“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya” (Lucas 22:39-42,45-23:1)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani  (primera mitad del siglo 18)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani (primera mitad del siglo 18)

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.

Mientras él aún hablaba, se presentó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y se acercó hasta Jesús para besarle. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó. Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra él: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.

Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos. Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.

Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó? Y decían otras muchas cosas injuriándole.

Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al concilio, diciendo: ¿Eres tú el Cristo? Dínoslo. Y les dijo: Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios. Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy. Entonces ellos dijeron: ¿Qué más testimonio necesitamos? porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca. Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos, llevaron a Jesús a Pilato.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:36 14:32 22:39 18:1
26:40-41 14:37-38 22:40
26:39 14:35-36 22:41 18:11
26:39 14:36 22:42 5:30
26:40-41 14:37-38 22:45-46
26:47 14:43 22:47 7:32, 18:3
26:48-50 14:44-46 22:47-48
26:51-52 14:47 22:49-50 18:10-11
26:27-29 14:23-25 22:20
22:51
26:55 14:48-49 22:52-53 18:20
26:57 14:53 22:54 18:12,24
26:67-70 14:66-68 22:54-57 18:16,17
26:71-74 14:68-72 22:58-61 18:25-27
26:75 14:72 22:61-62
26:67-68 14:65 22:63-65 18:22
27:1 15:1 22:66-67
22:67-68
26:64 14:62 22:69 6:62
22:70
26:65-66 14:63-64 22:71
27:2 15:1 23:1 18:28

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Yo no puedo hacer algo de Mí mismo. Según oigo así transmito. Y mi veredicto es fiel, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado [Juan 5:30].

¿Quién de los hombres sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? De igual modo nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu que está en El [1 Corintios 2:11].

 

No dice otra cosa sino ésta: Yo no tengo otra voluntad distinta y propia, sino la del Padre; si El algo quiere, yo también; y si algo quiero Yo, El también. Y así como nadie puede reprender al Padre cuando juzga, así tampoco a Mí, pues la sentencia es una misma y conforme a ella se pronuncia el voto. Y no te admires de que El diga estas cosas, abajándose al modo humano, pues los judíos lo creían puro hombre. Por tal motivo en semejantes pasajes es necesario tener en cuenta no únicamente las palabras, sino también la opinión de los oyentes; y tomar las respuestas en el sentido en que fueron dadas, según esa opinión. De lo contrario se seguirían muchos males y absurdos.

Te ruego que adviertas cómo dijo: No busco la voluntad mía. Entonces hay en El otra voluntad, y muy inferior por cierto; ni sólo inferior, sino también no tan útil. Ya que si fuera saludable y tan acoplada con la voluntad del Padre ¿por qué no la buscas? Los hombres con razón diríamos eso, pues tenemos muchos quereres que no van de acuerdo con el beneplácito divino. Pero tú ¿por qué te expresas así, siendo en todo igual a tu Padre? Nadie diría que semejante palabra es propia de un hombre que habla con exactitud y que fue crucificado. Si Pablo en tal manera se une a la voluntad de Dios que llega a decir: Vivo, mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí [Gálatas 2:20] ¿cómo puede el Señor de todos decir: No busco mi voluntad sino la del que me envió, como si fuera distinta? ¿Qué es, pues, lo que significa? Habla en cuanto hombre y conformándose con la opinión de los oyentes. En lo anterior se demuestra que unas cosas las dijo hablando como Dios y otras hablando como hombre. Aquí de nuevo habla como hombre y dice: Mi veredicto es fiel.

¿Cómo queda esto en claro? Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Así como a un hombre desapasionado no se le puede acusar de que ha juzgado injustamente, así tampoco a Mí me podéis ya reprender. Quien intenta salir con la suya, quizá con razón puede caer en sospecha de haber destruido la justicia por ese motivo. Pero quien no busca su propio interés ¿qué motivo hay para que no dé con justicia el veredicto? Pues bien, bajo este punto de vista examinad lo que a Mí se refiere. Si yo dijera que no he sido enviado por el Padre; si no refiriera a El la gloria de mis obras, quizá alguno de vosotros podría sospechar que Yo me jactaba y no decía la verdad. Pero si lo que hago lo refiero a otro ¿por qué ponéis sospecha en lo que digo? Observa a dónde ha llevado el discurso y por qué motivo afirma que su veredicto es fiel. Toma el motivo que cualquiera tomaría para su defensa.

¿Observas cuán claramente brilla lo que muchas veces he dicho? Y ¿qué es lo que he dicho? Que ese abajarse tanto en sus expresiones, precisamente persuade a todos los que no estén locos a no rebajar sus palabras a lo simplemente humano, sino más bien a entenderlas en un sentido altísimo. Más aún: quienes ya se arrastran por la tierra, por aquí fácilmente, aunque poco a poco, son llevados a cosas más altas.

Meditando todo esto, os suplico que no pasemos a la ligera por las sentencias, sino que todo lo examinemos cuidadosamente y en todas partes tengamos atención a los motivos por los que así se expresa Cristo. No pensemos que nos basta como excusa nuestra ignorancia y sencillez. Cristo no nos ordenó únicamente ser sencillos, sino además prudentes [Mateo 10:16]. Seamos, pues, sencillos, pero con prudencia, así en la doctrina como en las obras; juzguémonos a nosotros mismos, para que en aquel último día no seamos condenados con el mundo. Mostrémonos con nuestros criados tales como queremos que se muestre con nosotros nuestro Señor. Pues dice: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden [Mateo 6:12].

Yo sé bien que el alma no soporta de buen grado las ofensas; pero si pensamos que sobrellevándolas, no favorecemos precisamente al que nos causa daño, sino a nosotros mismos, presto arrojaremos lejos el veneno de nuestra ira. Aquel que no perdonó a su deudor los cien denarios, no hizo daño a su consiervo sino a sí mismo se hizo reo de infinitos talentos que antes se le habían condonado [Mateo 18:30-34]. De modo que cuando a otros no perdonamos, a nosotros mismos no nos perdonamos. En consecuencia, no digamos al Señor únicamente: “No te acuerdes de nuestros pecados”; sino digámonos a nosotros mismos: “No nos acordemos de las ofensas de nuestros consiervos.” Ejerce tú primero en ti la justicia y luego seguirá la obra de Dios. Tú mismo redactas la ley del perdón y del castigo y tú mismo eres el que sentenciará. De modo que en tus manos está que Dios se acuerde o no se acuerde de tus pecados. Por lo cual Pablo ordena perdonar si alguno tiene algo contra otro [Colosenses 3:13]; y no sólo perdonar, sino hacerlo en tal forma que no queden ni reliquias de lo pasado.

Cristo no sólo no trajo al medio ni sacó al público nuestros pecados, pero ni siquiera quiso recordarlos. No dijo: “Has pecado en esto y en esto otro”; sino que todo lo perdonó, y borró el documento, y no tuvo en cuenta las culpas, como lo dice Pablo [Colosenses 2:14]. Pues procedamos nosotros de igual modo: ¡olvidémoslo todo! Únicamente tengamos en cuenta el bien que haya hecho aquel que nos ofendió; pero si en algo nos molestó, si algo odioso hizo en contra nuestra, borremos esto de nuestra memoria y arrojémoslo lejos: que no quede ni rastro. Y si ningún bien nos ha hecho, tanto mayores serán las alabanzas y recompensas para nosotros que perdonamos.

Otros expían sus culpas con vigilias o durmiendo en el suelo y con mil maceraciones; pero tú puedes por un camino más fácil lavar tus pecados todos; o sea con el olvido de las injurias. ¿Por qué, a la manera de un loco furioso, mueves en tu contra la espada y te excluyes de la vida eterna, siendo así que convendría poner todos los medios para conseguirla? Si la vida presente resulta tan deseable ¿qué dirás de aquella otra de la cual ha huido todo dolor, tristeza y gemidos? ¿En la que no hay temor de la muerte, ni se puede temer que los bienes tengan acabamiento?

Tres veces y muchas más bienaventurados los que gozan de suerte semejante; así como tres veces y muchas más son míseros los que se privan de semejante bienandanza. Preguntarás: pero ¿haciendo qué gozaremos nosotros de esa vida? Pues oye al Juez que dice a cierto adolescente que le preguntaba eso mismo: ¿Qué haré para poseer la vida eterna? [Mateo 19:16] Cristo le dice y pone delante los mandamientos; y vino a encerrarlos todos y a terminar con el amor al prójimo. Quizá alguno de los oyentes diga como el rico aquel: “Esto lo he guardado, porque yo no he robado, no he asesinado, no he fornicado.” Una cosa sin embargo no puedes afirmar: que amaste al prójimo como convenía. Porque o fuiste envidioso o lo ofendiste con palabras o bien no lo auxiliaste cuando se le hacía injusticia o no compartiste con él tus bienes: no lo amaste.

Mas Cristo no ordenó solamente eso, sino también otra cosa. ¿Cuál?: Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sigúeme [Mateo 19:21]. Significa y quiere decir: seguir a Cristo; imitar a Cristo. ¿Qué aprendemos de aquí? En primer lugar que quien tal amor no tiene, no puede conseguir aquella suerte bienaventurada entre los más eximios. Pues como el joven respondiera: Todo eso lo he hecho; como si aún le faltara algo grande para la perfección, Jesús le dice: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que posees, dalo a los pobres y ven y sigúeme. Esto es, pues, lo primero que tenemos que aprender. La segundo es que aquel joven en vano se lisonjeaba de todo aquello que habia hecho; pues teniendo tan gran abundancia de riquezas, despreciaba a los pobres. ¿Cómo podía decirse que los amaba? En eso no había dicho verdad.

Por nuestra parte, hagamos ambas cosas: derrochemos acá abundante y diligentemente todo lo nuestro para adquirirlo en el cielo. Si ha habido quien por alcanzar una dignidad terrena ha derrochado todos sus haberes; por una dignidad, digo, que sólo puede poseer en esta vida y eso no por mucho tiempo (pues muchos han perdido sus prefecturas antes de morir y otros por causa de ellas han perdido la vida; pero aun sabiendo todo esto, dan todos sus haberes por poseerlas); pues si por una tal dignidad, repito, llevan a cabo tantas y tan notables cosas ¿qué habrá más mísero que nosotros, pues por la vida que para siempre permanece y nadie puede quitarnos, no damos ni siquiera un poco, ni gastamos para eso aquello mismo que poco después tenemos que perder?

¿Qué locura es esta de no querer dar voluntariamente lo que contra nuestra voluntad se nos quitará; y no querer mejor llevarlo con nosotros a la eternidad? Si alguien nos fuera llevando a la muerte; pero luego nos preguntara si queríamos redimir nuestra vida a cambio de todos nuestros bienes, hasta le quedaríamos agradecidos. Ahora, en cambio, cuando ya condenados a la gehenna se nos propone liberarnos dando a los pobres la mitad de nuestros haberes, preferimos ser llevados al suplicio y conservar inútilmente nuestros bienes, que ni son nuestros, y perder lo que sí nos pertenece.

¿Qué excusa tendremos? ¿qué perdón merecemos, si estando patente un tan fácil camino, nos arrojamos por los precipicios y tomamos una senda que a nada conduce; y así nos privamos de los bienes todos de acá y de allá, pudiendo libremente disfrutar de unos y de otros? Pues bien, si antes no, a lo menos ahora volvamos en nosotros mismos; y procediendo razonablemente repartamos como conviene nuestros haberes, para conseguir con facilidad los bienes futuros, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía XXXIX sobre el Evangelio de San Juan (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Tomad, esto es mi cuerpo” (Marcos 14:10-42)

Fresco en el monasterio Vatopedi, el Monte Athos, Grecia (siglo XIV)

Fresco en el monasterio Vatopedi, el Monte Athos, Grecia (siglo XIV)

Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los principales sacerdotes para entregárselo. Ellos, al oírlo, se alegraron, y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba oportunidad para entregarle.

El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando sacrificaban el cordero de la pascua, Sus discípulos Le dijeron: ¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la pascua? Y envió dos de sus discípulos, y les dijo: Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle, y donde entrare, decid al señor de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Y él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad para nosotros allí. Fueron Sus discípulos y entraron en la ciudad, y hallaron como les había dicho; y prepararon la pascua. Y cuando llegó la noche, vino Él con los doce. Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían, dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, Me va a entregar. Entonces ellos comenzaron a entristecerse, y a decirle uno por uno: ¿Seré yo? Y el otro: ¿Seré yo? El, respondiendo, les dijo: Es uno de los doce, el que moja conmigo en el plato. A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de Él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido. Y mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y lo partió y les dio, diciendo: Tomad, esto es Mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. Y les dijo: Esto es Mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada. De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios.

Cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.

Entonces Jesús les dijo: Todos os escandalizaréis de Mí esta noche; porque escrito está:

Heriré al Pastor,
y las ovejas serán dispersadas.

Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. Entonces Pedro Le dijo: Aunque todos se escandalicen, yo no. Y le dijo Jesús: De cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces, Me negarás tres veces. Mas él con mayor insistencia decía: Si me fuere necesario morir contigo, no Te negaré. También todos decían lo mismo.

Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a Sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que Yo oro. Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad. Yéndose un poco adelante, Se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para Ti; aparta de Mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que Tú. Vino luego y los halló durmiendo; y dijo a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue y oró, diciendo las mismas palabras. Al volver, otra vez los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño; y no sabían qué responderle. Vino la tercera vez, y les dijo: Dormid ya, y descansad. Basta, la hora ha venido; he aquí, el Hijo del Hombre es entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos; he aquí, se acerca el que Me entrega.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:14-19 14:10-16 22:4-13
26:20-21 14:17-18 6:64
26:22 14:19 22:23 13:22
26:23-24 14:20-21 22:21-22
26:26 14:22 22:19 6:35
26:27-29 14:23-25 22:16-18
26:30 14:26-27
26:31-32 14:27-28
26:33-34 14:29-30 22:33-34 13:36-38
26:35 14:31
26:36 14:32 22:39 18:1
26:36-37 14:32-33
26:38 14:34 12:26-27
26:39 14:35-36 22:41 18:11
26:42-44 14:39-40
26:45-46 14:41-42 12:23

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Y mientras cenaban, tomó Jesús el pan y dando gracias lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: Tomad y comed. Este es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y dando gracias se lo dio diciendo: Bebed todos de él, pues esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos, en remisión de los pecados [Matthew 26:26-28].

¡OH CUAN grande ceguedad la del traidor! Participando de los misterios, permaneció él mismo. Al participar de la veneranda mesa escalofriante, no cambió ni se arrepintió. Lucas lo significa al decir que después de esto, el demonio se entró en él; no porque Lucas despreciara el cuerpo del Señor, sino burlándose de la impudencia del traidor. Porque su pecado se hacía mayor por ambos lados: por acercarse con tal disposición de alma a los misterios; y porque habiéndose acercado, no se mejoró, ni por el temor, ni por el beneficio, ni por el honor que se le concedía.

Por su parte Cristo, aunque todo lo sabía, no se lo impidió, para que así conozcas que El nada omite de cuanto se refiere a nuestra enmienda. Por esto, ya antes, ya después, lo amonestó y trató de detenerlo con palabras y con obras, por el temor y por las amenazas y por los honores. Sin embargo, nada pudo curarlo de semejante enfermedad. Y así, prescindiendo ya de él, Cristo recuerda a los discípulos, mediante los misterios, nuevamente su muerte; y durante la cena les habla de la cruz, procurando hacerles más llevadera su Pasión con la frecuencia en anunciarla de antemano. Si después de tantas obras llevadas a cabo y de tan numerosas predicciones, todavía se turbaron ¿qué no les habría acontecido si nada hubieran oído de antemano?

Y mientras cenaban, tomó Jesús el pan. Y lo partió. ¿Por qué celebró Jesús este misterio al tiempo de la Pascua? Para que por todos los caminos comprendas ser uno mismo el Legislador del Antiguo Testamento y el del Nuevo; y que lo que en aquél se contiene fue figura de lo que ahora se realiza. Por esto, en donde estaba el tipo y la figura, Jesús puso la realidad y verdad. La tarde era un símbolo de la plenitud de los tiempos e indicaba que las cosas tocaban a su realización. Y da gracias-para enseñarnos cómo se ha de celebrar este misterio; y además, mostrando que no va forzado a su Pasión; y dándonos ejemplo para que toleremos con acciones de gracias todo cuanto padezcamos; y poniéndonos buena esperanza Pues si el tipo y figura pudo librar de tan dura esclavitud, mucho mejor la realidad librará al orbe todo y será entregada en beneficio de todo el género humano. Por esto no instituyó este misterio antes, sino hasta cuando los ritos legales habían de cesar enseguida.

Termina de este modo con lo que constituía la principal solemnidad y conduce a otra mesa sumamente veneranda y terrible. Y así dice: Tomad, comed; este es mi cuerpo que será entregado por muchos. ¿Cómo fue que los discípulos no se perturbaron oyendo esto? Fue porque ya anteriormente les había dicho muchas y grandes cosas acerca del misterio. Y por lo mismo, tampoco les hace preparación especial inmediata, pues ya sabían sobre eso lo bastante. Pone el motivo de la Pasión, que es el perdón de los pecados; y llama a su sangre, sangre del Nuevo Testamento, o sea de la nueva promesa, de la nueva Ley. Porque ya de antiguo lo había prometido y ahora lo confirma el Nuevo Testamento. Así como el Antiguo tuvo sangre de ovejas y terneros, así éste tiene la sangre del Señor.

Declara además que va a morir y por esto habla del Testamento y menciona el Antiguo, pues también aquél fue dedicado con sangre. Y pone de nuevo el motivo de su muerte diciendo que será derramada por muchos para la remisión de los pecados. Y añade: Haced esto en memoria mía. ¿Adviertes cómo aparta y aleja ya de los ritos y costumbres judías? Como si dijera: Así como esos ritos los celebrabais en memoria de los milagros obrados en Egipto, así ahora haced esto en memoria mía. Aquella sangre se derramó para salvar a los primogénitos; pero ésta, para remisión de los pecados de todo el mundo. Pues dice: Esta es mi sangre que será derramada para remisión de los pecados.

Lo dijo con el objeto de al mismo tiempo declarar que su Pasión y cruz era un misterio, y consolar así de nuevo a sus discípulos. Y así como Moisés dijo a los judíos: Esto es para vosotros memorial sempiterno [Éxodo 12:14], así Cristo dice: Para memoria mía, hasta que venga. Por lo mismo dice: Con ardiente anhelo he deseado comer esta cena pascual [Lucas 22:15] es decir, entregaros el nuevo culto y ofreceros la cena pascual con que tornaré a los hombres espirituales. Y él también bebió del cáliz. Para que no dijeran al oír eso: ¿Cómo es esto? ¿de modo que bebemos sangre y comemos carne? Y se conturbaran -pues ya anteriormente, cuando les habló de este misterio, a las solas palabras se habían conturbado-; pues para que no se conturbaran, repito, comienza El mismo por tomarlo, para inducirlos a que participen con ánimo tranquilo de aquel misterio. Por esto bebe su propia sangre.

Preguntarás: entonces ¿es necesario practicar juntamente el rito antiguo y el nuevo? ¡De ningún modo! Por eso dijo: Haced esto, para apartarlos de lo antiguo. Pues si el nuevo perdona los pecados, como en realidad los perdona, el otro resulta ya superfluo. Y como lo hizo antiguamente con los judíos, también ahora unió el recuerdo del beneficio con la celebración del misterio, cerrando con esto la boca a los herejes. Pues cuando éstos preguntan ¿de dónde consta con claridad que Cristo fue inmolado?, con varios argumentos y también con el de este misterio les cerramos la boca. Si Cristo no hubiera en realidad muerto, lo que ahora se ofrece ¿de qué sería símbolo?

¿Adviertes con cuánto cuidado se proveyó a que recordáramos continuamente que Cristo murió por nosotros? Pues Marción, Valentino y Manes* iban más tarde a negar esta providencia y economía, Cristo, aun por medio de los misterios, nos trae a la memoria el recuerdo de su Pasión, para que nadie pueda ser engañado; y mediante la sagrada mesa, a la vez nos salva y nos instruye; porque ella es el principal de todos los bienes. Pablo repite esto con frecuencia.

*Marción (de Sinope, c. 85) – escritor y teólogo griego, fue un heresiarca cristiano del siglo II, fundador de la secta marcionita. Su doctrina se resume en la existencia de dos espíritus supremos, uno bueno y otro malo, y considera al Dios del Antiguo Testamento un inferior de éstos, simple modelador de una materia preexistente. Marción desplegando su canon. Rechazaba por tanto el Antiguo Testamento, y del Nuevo sólo aceptaba el Evangelio según san Lucas y las epístolas de San Pablo. La Iglesia define el canon del Nuevo Testamento en gran parte como una reacción contra Marción, finalmente confirmado en el siglo IX en el séptimo Concilio Ecuménico.

Valentino – fundador de una de las más importantes sectas gnósticas del siglo II. El gnosticismo es un conjunto de corrientes sincréticas filosófico-religiosas que llegaron a mimetizarse con el cristianismo en los tres primeros siglos de nuestra era, convirtiéndose finalmente en un pensamiento declarado herético después de una etapa de cierto prestigio entre los intelectuales cristianos. En efecto, puede hablarse de un gnosticismo pagano y de un gnosticismo cristiano, aunque el más significativo pensamiento gnóstico se alcanzó como rama heterodoxa del cristianismo primitivo. Según esta doctrina los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo, sino que se salvan mediante la gnosis, o conocimiento introspectivo de lo divino, que es un conocimiento superior a la fe. Valentinianismo fue condenado por varios Padres de la Iglesia, como Hipólito y Ireneo

Maniqueísmo es el nombre que recibe la religión universalista fundada por el sabio persa Mani (o Manes) (c. 215-276), quien decía ser el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad. El maniqueísmo se concibe desde sus orígenes como la fe definitiva, en tanto que pretende completar e invalidar a todas las demás. Al rivalizar en este sentido con otras religiones, como el zoroastrismo, el budismo, el cristianismo y el islam, de sus contactos con ellas se derivaron numerosos fenómenos de fusión doctrinal.

Homilía LXXXII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)