“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya” (Lucas 22:39-42,45-23:1)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani  (primera mitad del siglo 18)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani (primera mitad del siglo 18)

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.

Mientras él aún hablaba, se presentó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y se acercó hasta Jesús para besarle. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó. Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra él: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.

Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos. Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.

Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó? Y decían otras muchas cosas injuriándole.

Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al concilio, diciendo: ¿Eres tú el Cristo? Dínoslo. Y les dijo: Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios. Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy. Entonces ellos dijeron: ¿Qué más testimonio necesitamos? porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca. Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos, llevaron a Jesús a Pilato.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:36 14:32 22:39 18:1
26:40-41 14:37-38 22:40
26:39 14:35-36 22:41 18:11
26:39 14:36 22:42 5:30
26:40-41 14:37-38 22:45-46
26:47 14:43 22:47 7:32, 18:3
26:48-50 14:44-46 22:47-48
26:51-52 14:47 22:49-50 18:10-11
26:27-29 14:23-25 22:20
22:51
26:55 14:48-49 22:52-53 18:20
26:57 14:53 22:54 18:12,24
26:67-70 14:66-68 22:54-57 18:16,17
26:71-74 14:68-72 22:58-61 18:25-27
26:75 14:72 22:61-62
26:67-68 14:65 22:63-65 18:22
27:1 15:1 22:66-67
22:67-68
26:64 14:62 22:69 6:62
22:70
26:65-66 14:63-64 22:71
27:2 15:1 23:1 18:28

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Yo no puedo hacer algo de Mí mismo. Según oigo así transmito. Y mi veredicto es fiel, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado [Juan 5:30].

¿Quién de los hombres sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? De igual modo nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu que está en El [1 Corintios 2:11].

 

No dice otra cosa sino ésta: Yo no tengo otra voluntad distinta y propia, sino la del Padre; si El algo quiere, yo también; y si algo quiero Yo, El también. Y así como nadie puede reprender al Padre cuando juzga, así tampoco a Mí, pues la sentencia es una misma y conforme a ella se pronuncia el voto. Y no te admires de que El diga estas cosas, abajándose al modo humano, pues los judíos lo creían puro hombre. Por tal motivo en semejantes pasajes es necesario tener en cuenta no únicamente las palabras, sino también la opinión de los oyentes; y tomar las respuestas en el sentido en que fueron dadas, según esa opinión. De lo contrario se seguirían muchos males y absurdos.

Te ruego que adviertas cómo dijo: No busco la voluntad mía. Entonces hay en El otra voluntad, y muy inferior por cierto; ni sólo inferior, sino también no tan útil. Ya que si fuera saludable y tan acoplada con la voluntad del Padre ¿por qué no la buscas? Los hombres con razón diríamos eso, pues tenemos muchos quereres que no van de acuerdo con el beneplácito divino. Pero tú ¿por qué te expresas así, siendo en todo igual a tu Padre? Nadie diría que semejante palabra es propia de un hombre que habla con exactitud y que fue crucificado. Si Pablo en tal manera se une a la voluntad de Dios que llega a decir: Vivo, mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí [Gálatas 2:20] ¿cómo puede el Señor de todos decir: No busco mi voluntad sino la del que me envió, como si fuera distinta? ¿Qué es, pues, lo que significa? Habla en cuanto hombre y conformándose con la opinión de los oyentes. En lo anterior se demuestra que unas cosas las dijo hablando como Dios y otras hablando como hombre. Aquí de nuevo habla como hombre y dice: Mi veredicto es fiel.

¿Cómo queda esto en claro? Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Así como a un hombre desapasionado no se le puede acusar de que ha juzgado injustamente, así tampoco a Mí me podéis ya reprender. Quien intenta salir con la suya, quizá con razón puede caer en sospecha de haber destruido la justicia por ese motivo. Pero quien no busca su propio interés ¿qué motivo hay para que no dé con justicia el veredicto? Pues bien, bajo este punto de vista examinad lo que a Mí se refiere. Si yo dijera que no he sido enviado por el Padre; si no refiriera a El la gloria de mis obras, quizá alguno de vosotros podría sospechar que Yo me jactaba y no decía la verdad. Pero si lo que hago lo refiero a otro ¿por qué ponéis sospecha en lo que digo? Observa a dónde ha llevado el discurso y por qué motivo afirma que su veredicto es fiel. Toma el motivo que cualquiera tomaría para su defensa.

¿Observas cuán claramente brilla lo que muchas veces he dicho? Y ¿qué es lo que he dicho? Que ese abajarse tanto en sus expresiones, precisamente persuade a todos los que no estén locos a no rebajar sus palabras a lo simplemente humano, sino más bien a entenderlas en un sentido altísimo. Más aún: quienes ya se arrastran por la tierra, por aquí fácilmente, aunque poco a poco, son llevados a cosas más altas.

Meditando todo esto, os suplico que no pasemos a la ligera por las sentencias, sino que todo lo examinemos cuidadosamente y en todas partes tengamos atención a los motivos por los que así se expresa Cristo. No pensemos que nos basta como excusa nuestra ignorancia y sencillez. Cristo no nos ordenó únicamente ser sencillos, sino además prudentes [Mateo 10:16]. Seamos, pues, sencillos, pero con prudencia, así en la doctrina como en las obras; juzguémonos a nosotros mismos, para que en aquel último día no seamos condenados con el mundo. Mostrémonos con nuestros criados tales como queremos que se muestre con nosotros nuestro Señor. Pues dice: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden [Mateo 6:12].

Yo sé bien que el alma no soporta de buen grado las ofensas; pero si pensamos que sobrellevándolas, no favorecemos precisamente al que nos causa daño, sino a nosotros mismos, presto arrojaremos lejos el veneno de nuestra ira. Aquel que no perdonó a su deudor los cien denarios, no hizo daño a su consiervo sino a sí mismo se hizo reo de infinitos talentos que antes se le habían condonado [Mateo 18:30-34]. De modo que cuando a otros no perdonamos, a nosotros mismos no nos perdonamos. En consecuencia, no digamos al Señor únicamente: “No te acuerdes de nuestros pecados”; sino digámonos a nosotros mismos: “No nos acordemos de las ofensas de nuestros consiervos.” Ejerce tú primero en ti la justicia y luego seguirá la obra de Dios. Tú mismo redactas la ley del perdón y del castigo y tú mismo eres el que sentenciará. De modo que en tus manos está que Dios se acuerde o no se acuerde de tus pecados. Por lo cual Pablo ordena perdonar si alguno tiene algo contra otro [Colosenses 3:13]; y no sólo perdonar, sino hacerlo en tal forma que no queden ni reliquias de lo pasado.

Cristo no sólo no trajo al medio ni sacó al público nuestros pecados, pero ni siquiera quiso recordarlos. No dijo: “Has pecado en esto y en esto otro”; sino que todo lo perdonó, y borró el documento, y no tuvo en cuenta las culpas, como lo dice Pablo [Colosenses 2:14]. Pues procedamos nosotros de igual modo: ¡olvidémoslo todo! Únicamente tengamos en cuenta el bien que haya hecho aquel que nos ofendió; pero si en algo nos molestó, si algo odioso hizo en contra nuestra, borremos esto de nuestra memoria y arrojémoslo lejos: que no quede ni rastro. Y si ningún bien nos ha hecho, tanto mayores serán las alabanzas y recompensas para nosotros que perdonamos.

Otros expían sus culpas con vigilias o durmiendo en el suelo y con mil maceraciones; pero tú puedes por un camino más fácil lavar tus pecados todos; o sea con el olvido de las injurias. ¿Por qué, a la manera de un loco furioso, mueves en tu contra la espada y te excluyes de la vida eterna, siendo así que convendría poner todos los medios para conseguirla? Si la vida presente resulta tan deseable ¿qué dirás de aquella otra de la cual ha huido todo dolor, tristeza y gemidos? ¿En la que no hay temor de la muerte, ni se puede temer que los bienes tengan acabamiento?

Tres veces y muchas más bienaventurados los que gozan de suerte semejante; así como tres veces y muchas más son míseros los que se privan de semejante bienandanza. Preguntarás: pero ¿haciendo qué gozaremos nosotros de esa vida? Pues oye al Juez que dice a cierto adolescente que le preguntaba eso mismo: ¿Qué haré para poseer la vida eterna? [Mateo 19:16] Cristo le dice y pone delante los mandamientos; y vino a encerrarlos todos y a terminar con el amor al prójimo. Quizá alguno de los oyentes diga como el rico aquel: “Esto lo he guardado, porque yo no he robado, no he asesinado, no he fornicado.” Una cosa sin embargo no puedes afirmar: que amaste al prójimo como convenía. Porque o fuiste envidioso o lo ofendiste con palabras o bien no lo auxiliaste cuando se le hacía injusticia o no compartiste con él tus bienes: no lo amaste.

Mas Cristo no ordenó solamente eso, sino también otra cosa. ¿Cuál?: Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sigúeme [Mateo 19:21]. Significa y quiere decir: seguir a Cristo; imitar a Cristo. ¿Qué aprendemos de aquí? En primer lugar que quien tal amor no tiene, no puede conseguir aquella suerte bienaventurada entre los más eximios. Pues como el joven respondiera: Todo eso lo he hecho; como si aún le faltara algo grande para la perfección, Jesús le dice: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que posees, dalo a los pobres y ven y sigúeme. Esto es, pues, lo primero que tenemos que aprender. La segundo es que aquel joven en vano se lisonjeaba de todo aquello que habia hecho; pues teniendo tan gran abundancia de riquezas, despreciaba a los pobres. ¿Cómo podía decirse que los amaba? En eso no había dicho verdad.

Por nuestra parte, hagamos ambas cosas: derrochemos acá abundante y diligentemente todo lo nuestro para adquirirlo en el cielo. Si ha habido quien por alcanzar una dignidad terrena ha derrochado todos sus haberes; por una dignidad, digo, que sólo puede poseer en esta vida y eso no por mucho tiempo (pues muchos han perdido sus prefecturas antes de morir y otros por causa de ellas han perdido la vida; pero aun sabiendo todo esto, dan todos sus haberes por poseerlas); pues si por una tal dignidad, repito, llevan a cabo tantas y tan notables cosas ¿qué habrá más mísero que nosotros, pues por la vida que para siempre permanece y nadie puede quitarnos, no damos ni siquiera un poco, ni gastamos para eso aquello mismo que poco después tenemos que perder?

¿Qué locura es esta de no querer dar voluntariamente lo que contra nuestra voluntad se nos quitará; y no querer mejor llevarlo con nosotros a la eternidad? Si alguien nos fuera llevando a la muerte; pero luego nos preguntara si queríamos redimir nuestra vida a cambio de todos nuestros bienes, hasta le quedaríamos agradecidos. Ahora, en cambio, cuando ya condenados a la gehenna se nos propone liberarnos dando a los pobres la mitad de nuestros haberes, preferimos ser llevados al suplicio y conservar inútilmente nuestros bienes, que ni son nuestros, y perder lo que sí nos pertenece.

¿Qué excusa tendremos? ¿qué perdón merecemos, si estando patente un tan fácil camino, nos arrojamos por los precipicios y tomamos una senda que a nada conduce; y así nos privamos de los bienes todos de acá y de allá, pudiendo libremente disfrutar de unos y de otros? Pues bien, si antes no, a lo menos ahora volvamos en nosotros mismos; y procediendo razonablemente repartamos como conviene nuestros haberes, para conseguir con facilidad los bienes futuros, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía XXXIX sobre el Evangelio de San Juan (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

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“¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?” (Marcos 14:43-15:1)

Christus voor de hogepriester (1617), Gerrit van Honthorst

Christus voor de hogepriester (Cristo ante el sumo sacerdote), Gerrit van Honthorst (1617)

Luego, hablando él aún, vino Judas, que era uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los escribas y de los ancianos. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle, y llevadle con seguridad. Y cuando vino, se acercó luego a él, y le dijo: Maestro, Maestro. Y le besó. Entonces ellos le echaron mano, y le prendieron. Pero uno de los que estaban allí, sacando la espada, hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja. Y respondiendo Jesús, les dijo: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día estaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis; pero es así, para que se cumplan las Escrituras. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron. Pero cierto joven le seguía, cubierto el cuerpo con una sábana; y le prendieron;mas él, dejando la sábana, huyó desnudo.

Trajeron, pues, a Jesús al sumo sacerdote; y se reunieron todos los principales sacerdotes y los ancianos y los escribas. Y Pedro le siguió de lejos hasta dentro del patio del sumo sacerdote; y estaba sentado con los alguaciles, calentándose al fuego. Y los principales sacerdotes y todo el concilio buscaban testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte; pero no lo hallaban. Porque muchos decían falso testimonio contra él, mas sus testimonios no concordaban. Entonces levantándose unos, dieron falso testimonio contra él, diciendo: Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré este templo hecho a mano, y en tres días edificaré otro hecho sin mano. Pero ni aun así concordaban en el testimonio. Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, diciendo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece? Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte. Y algunos comenzaron a escupirle, y a cubrirle el rostro y a darle de puñetazos, y a decirle: Profetiza. Y los alguaciles le daban de bofetadas.

Estando Pedro abajo, en el patio, vino una de las criadas del sumo sacerdote; y cuando vio a Pedro que se calentaba, mirándole, dijo: Tú también estabas con Jesús el nazareno. Mas él negó, diciendo: No le conozco, ni sé lo que dices. Y salió a la entrada; y cantó el gallo. Y la criada, viéndole otra vez, comenzó a decir a los que estaban allí: Este es de ellos. Pero él negó otra vez. Y poco después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro: Verdaderamente tú eres de ellos; porque eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos. Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis. Y el gallo cantó la segunda vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y pensando en esto, lloraba.

Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:47 14:43 22:47 7:32,18:3
26:48-50 14:44-46 22:47-48
26:51-52 14:47 22:49-50 18:10-11
26:55 14:48-49 22:52-53 18:20
26:56 14:49-50
14:51-52
26:57 14:53 22:54 18:12,24
26:58 14:54 18:15
26:59-60 14:55-56 23:10
26:60-64 14:57-61
26:64 14:62 22:69 6:62
26:36-37 14:32-33
26:65 14:63
26:65-66 14:63-64 22:71
26:67-68 14:65 22:63-65 18:22
26:69-70 14:66-68 22:54-57 18:16-17
26:71-74 14:68-72 22:58-61 18:25-27
27:2 15:1 23:1 18:28

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

¿Qué hace el sumo pontífice? Para obligarlo a responder y poder cogerlo por sus propias palabras, le dice: ¿No oyes lo que éstos testifican en tu contra? Pero él callaba. Al fin y al cabo, era inútil responder en donde nadie quería oír. Aquello era únicamente una ficción de juicio; pero en la realidad era un conjunto apasionado de ladrones que acometían lo mismo en un antro que en plena vía. Por esto Jesús callaba. Pero el pontífice perseveraba en su pregunta y decía: Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Respondióle Jesús: Tú lo has dicho. Pero yo os anuncio que a partir de ahora, veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Omnipotente y venir sobre las nubes del cielo. Entonces el príncipe de los sacerdotes rasgó sus vestiduras diciendo: Ha blasfemado. Lo dijo para acentuar más la gravedad del crimen y confirmar con los hechos sus palabras. Puso así terror en los oyentes; y entonces hicieron éstos lo que después, cuando lo de Esteban: se taparon los oídos [Hechos 7:59].

Pero ¿en qué consistía la blasfemia? Porque en otra ocasión a ellos congregados les había dicho: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta tanto que pongo a tus enemigos como escabel de tus pies [Mateo 22:43-46]; y les explicó lo que decía; y ellos no se atrevieron a replicar, sino que guardaron silencio y en adelante tampoco lo contradijeron. Entonces ¿por qué ahora llaman blasfemia a lo que dijo? Pero en fin: ¿por qué Cristo respondió de esa manera? Para quitarles toda posible defensa. Porque hasta el último momento siempre enseñó que El era el Cristo, que está sentado a la derecha del Padre y que finalmente vendría a juzgar al universo. Lo cual indicaba suma concordia con el Padreé

Rasgadas, pues, sus vestiduras, dice Caifas: ¿Qué os parece? No profiere su sentencia, sino que, como si se tratara de un pecado manifiesto y una clara blasfemia, solamente les pide su parecer. Sabiendo que si la cosa se hacía pública y se examinaba a Cristo, saldría libre de tales acusaciones, lo condenan ahí entre ellos mismos y se adelantan a los oyentes y dicen: Vosotros habéis oído la blasfemia: ¡que sólo faltó que obligaran y violentaran a sentenciar en ese sentido¡ ¿Qué dicen ellos?: ¡Reo es de muerte!, para presentarlo como ya condenado y obligar a Pilato a sentenciar en el mismo sentido. Con tales pensamientos y a sabiendas de lo que hacían, dicen: Es reo de muerte. De modo que ellos acusaban, ellos condenaban, ellos sentenciaban y hacían en el tribunal todos los oficios. ¿Por qué no lo acusaron de transgredir el sábado? Porque en esto ya muchas veces los había refutado. Aparte de que intentaban cogerío en palabras y condenarlo conforme a lo que ahí se decía. Así pues, Caifas, adelantándose en el asunto, una vez oído el parecer de los otros, tras de atraer a sí los ánimos de todos con el acto de rasgar sus vestiduras, condujo a Cristo a Pilato, como un hombre ya sentenciado y condenado. Así arregló todo en la sesión. Pero ante Pilato nada de eso dijeron los sacerdotes, sino ¿qué?: Si éste no fuera un malhechor no te lo habríamos entregado,! [Juan 18:30] con el objeto de que fuera condenado como reo de crímenes públicos. ¿Por qué no le dieron muerte a ocultas? Querían crearle mala fama. Puesto que muchos lo habían escuchado y sobremanera lo admiraban, los sacerdotes se esforzaban públicamente y ante la multitud en que fuera muerto.

Cristo no lo impidió, sino que aprovechó la ocasión de la perversidad de ellos para confirmar la verdad, de modo que su muerte fuera a todos manifiesta. Y sucedió lo contrario de le que ellos pretendían. Anhelaban infamarlo para colmarlo de desdoro; pero este mismo camino sirvió para que resultara más brillante y honrado. Así como en lo que decían: “Démosle muerte para que no vengan los romanos y destruyan nuestra ciudad y nación” [Juan 18:48], sucedió precisamente eso, una vez que le dieron muerte, así ahora lo crucificaron públicamente para dañarlo en su honra, y aconteció lo contrario.

Que ellos tuvieran potestad para darle por sí mismo la muerte, oye cómo Pilato lo asegura al decirles: Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley [Juan 18:31]. Pero ellos no quisieron eso, para que pareciera que moría como tirano, inicuo y revoltoso. Y por el mismo motivo lo crucificaron juntamente con dos ladrones. Y además decían: No escribas: El Rey de los judíos, sino que él dijo Rey soy de los judíos [Juan 19:21]. Todo aconteció en favor de la verdad y para que a ellos no les quedara ni sombra de defensa, aunque fuera impudentísima. Y en el sepulcro, los sellos y los guardias hicieron brillar la virtud; y lo mismo se ha de decir de las burlas, dicterios e injurias. Tal es la mentira: por los medios que pone para sus asechanzas, por esos mismos queda deshecha, como sucedió en este caso. Los que creían haber reportado una victoria, quedaron grandemente en vergüenza y vencidos perecieron; y el que parecía vencido, brilló espléndidamente y obtuvo la victoria.

No busquemos el triunfo en todo ni temamos siempre quedar vencidos. Hay ocasiones en que la victoria daña y en cambio es útil la ruina. Entre los que andan irritados, parece vencedor el que lanzó más injurias; y sin embargo, éste es el vencido por esa gravísima enfermedad y ha quedado herido; y el que con fortaleza soportó las injurias es el que vence y queda por encima. El primero no pudo ni siquiera extinguir su propia ira y enfermedad, mientras que el otro del todo se la curó. Aquél quedó vencido por su propio mal; éste otro triunfó incluso de la enfermedad ajena; y no sólo no fue inflamado, sino que apagó en el otro la llama que se levantaba. Si hubiera querido gozar de la victoria aparente, también él habría quedado vencido y habría inflamado más aún y dañado a su adversario; y ambos habrían sido derrotados por la ira, mísera y vergonzosamente, como sucede con las mujeres cuando riñen. En cambio, en el otro supuesto, el que cultivó la moderación quedó libre de semejante desdoro y levantó un trofeo espléndido en sí y en su adversario contra la ira, mientras aparentemente quedaba vencido.

Repito, pues: no busquemos en todo la victoria. Ciertamente el que hirió venció al herido, pero fue con una mala victoria que acarreó daño al vencedor. El herido y al parecer vencido, si lo lleva con moderación es quien en realidad ha ganado la corona. Con frecuencia es mejor ser vencido; y este es el modo más excelente de victoria. ¿Pero qué digo en la rapiña y en la envidia? El que es arrastrado al martirio, encadenado, azotado, destrozado, degollado es como vence. En las guerras se dice vencido al que cae por tierra; entre nosotros, al contrario, eso es lo que se llama victoria. Nunca vencemos con obrar el mal, sino siempre sufriendo males. Espléndida en sumo grado es la victoria en que padeciendo vencemos a quienes nos dañan. Por aquí se ve que la victoria es de Dios, pues tiene un modo contrario al de la victoria profana. Además, es claro argumento de fortaleza. Así las rocas marinas heridas por las olas, a éstas las deshacen; así los santos todos alcanzaron la corona y son celebrados; y erigieron espléndidos trofeos, consiguiendo el triunfo precisamente con no querellarse.

Dice el Señor: “No te muevas, no te fatigues. Es Dios quien te ha infundido la fortaleza, tal que con ella venzas, no entrando en la liza, sino solamente padeciendo. No entres en la batalla y conquistarás el triunfo; no luches cuerpo a cuerpo y serás coronado. Eres aún mucho más fuerte y poderoso que tu adversario. ¿Por qué te deshonras? No le des ocasión para decir que peleó contigo y te venció, sino déjalo estupefacto de tu invencible virtud y proclamando delante de todos que tú sin batalla lo venciste.” Por este camino aquel bienaventurado José en todas partes es ensalzado, pues soportando los males venció a quien le hacía mal. Asechanzas le pusieron sus hermanos y también la mujer egipcia; pero él a todos los superó.

No me alegues la cárcel en donde fue encerrado; ni el palacio en que la mujer pasaba la vida, sino muéstrame quién fue el vencido y quién el vencedor; quién quedó en tristeza y quién en gozo. La mujer no sólo no pudo vencer al justo José, pero ni aun su propia pasión y enfermedad, mientras que él a ella y su pésima enfermedad las venció. Si quieres escucha las propias palabras de la mujer y verás el trofeo: Nos has traído un hebreo para que se burle de nosotros [Génesis 39:17]. No fue él quien te burló, oh mísera, sino el demonio que te afirmó que podrías vencer al diamante. No introdujo tu esposo al hebreo para ponerte asechanzas: fue el Maligno quien te infiltró la impura lascivia, fue él quien te burló.

¿Qué hace José? Calla y es condenado, como lo fue Cristo. Todo aquello era figura de esto otro. José quedó en cadenas; la mujer, en su palacio. Pero él, aun cargado de cadenas, era más brillante que cualquier rey coronado; mientras que ella era más mísera que todos, aun sentada en su tálamo regio. También puede verse la victoria y la ruina por el éxito. ¿Cuál de los dos consiguió lo que quería: el encadenado o la reina? El procuró guardar su castidad; aquélla, quitársela. ¿Cuál de ambos consiguió lo que quería? ¿el que soportó los males o la causadora de los males? Claro es que quien soportó los males. De modo que éste fue el vencedor.

Sabiendo esto, procuremos la victoria por medio de la paciencia; huyamos de la otra, propia de quienes injurian. Así pasaremos esta vida sin dificultades y tranquila; y conseguiremos los bienes futuros, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXIV sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)