Los invitados descorteses (Lucas 14:16-24)

L'Invitation au festin ( La invitación al banquete), Eugène Burnand (suizo, 1899)

L’Invitation au festin ( La invitación al banquete), Eugène Burnand (suizo, 1899)

Pero El le dijo: Cierto hombre dio una gran cena, e invitó a muchos; y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los que habían sido invitados: “Venid, porque ya todo está preparado.” Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses.” Y otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego que me excuses.” También otro dijo: “Me he casado, y por eso no puedo ir.” Cuando el siervo regresó, informó de todo esto a su señor. Entonces, enojado el dueño de la casa, dijo a su siervo: “Sal enseguida por las calles y callejones de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los ciegos y los cojos.”

Y el siervo dijo: “Señor, se ha hecho lo que ordenaste, y todavía hay lugar.” Entonces el señor dijo al siervo: “Sal a los caminos y por los cercados, y oblígalos a entrar para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron invitados probará mi cena.”

LBLA

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
22:1-10 14:16-24

 


Comentario

 

Nuestro Señor respondió a la exclamación de uno de los convidados con otra parábola, en la que, con la imagen de una cena se representa al Reino del Mesías, la Iglesia de Cristo. El anfitrión de esta cena es el Señor Dios, sus servidores son la ley y los profetas. Todo el pueblo judío fue invitado a entrar en el Reino. Cuando estaba próximo el tiempo de ese Reino, Dios una vez mas los invitó pero ahora a través del Mesías (en algunas profecías como Isaías 52:13 el Mesías es llamado el siervo del Señor pues adoptó la naturaleza humana). En un principio el Mesías se manifestaba sólo a los elegidos — los judíos— con la noticia de que el Reino de Dios está cerca [e.g. Mateo 10:7], todo está preparado. Pero entre esos mismos judíos hubo quienes, llamados inicialmente en su calidad de conocedores de la ley del Antiguo Testamento — escribas, fariseos y otros líderes del “pueblo elegido”— rehusaron en connivencia aquella invitación. Sus obligaciones materiales y solicitudes mundanas sirvieron de excusas para desatender el llamado de Dios y rechazar al Mesías-Cristo. Entonces, el Señor Dios ordenó al Mesías que invite a publicanos y pecadores, y como en Su Reino aun sobraban muchos lugares, extendió su invitación a los gentiles. Aquellos que respondieron a la enseñanza del Evangelio, entraron en el Reino del Mesías; en cambio los escribas, los fariseos y todos aquellos que la despreciaron se quedaron fuera del Reino.

 

– Arzobispo Averky Tauchev (ruso-ortodoxo, 1906-1976), “Guia Para el Estudio de los Cuatro Evangelios”

 
 


Dijo aún: “El que permanece en el desierto, para guardar el sosiego con Dios, está liberado de tres guerras: la de oír, la del hablar y la de ver. Le queda una sola: la del corazón.”

– Antonio el Grande (Las Palabras de los Ancianos)

 
 
 
 

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“Esforzaos por entrar por la puerta estrecha” (Lucas 13:18-29)

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Entonces decía: ¿A qué es semejante el reino de Dios y con qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que un hombre tomó y echó en su huerto; y creció y se hizo árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina hasta que todo quedó fermentado.

Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, mientras proseguía camino a Jerusalén. Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y El les dijo: Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos tratarán de entrar y no podrán. Después que el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, y vosotros, estando fuera, comencéis a llamar a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”, El respondiendo, os dirá: “No sé de dónde sois.” Entonces comenzaréis a decir: “Comimos y bebimos en tu presencia, y enseñaste en nuestras calles;” y El dirá: “Os digo que no sé de dónde sois; Apartaos de mi, todos los que hacéis iniquidad.” Allí será el llanto y el crujir de dientes cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros echados fuera. Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

LBLA

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
13:31-32 4:30-32 13:18-19
13:33 13:20-21
9:35 6:6 13:22
7:13-14 13:23-24
7:22-23 13:25-28a
8:11-12 13:28b-29

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

 

Entrad por la puerta angosta; porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos los que por ella entran. Estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida y cuan pocos son los que dan con ella (Mateo 7:13-14).

Y sin embargo, más adelante dijo: Mi yugo es suave y mi carga ligera [Mateo 11:30]. Y aun en lo que antes dijo, ya lo dio a entender. Entonces ¿cómo es que aquí llama estrecha y angosta a la senda? Si pones atención, verás que también aquí declara ser fácil y suave en gran manera. Preguntarás: ¿cómo siendo estrecha y angosta puede ser fácil? Porque es camino y es puerta; así como la otra senda, aun siendo amplia y espaciosa, es también camino. En semejantes caminos, nada permanece, sino que todo pasa: todo lo que a esta vida pertenece, ya sean cosas tristes, ya alegres y prósperas.

Ni sólo por esto es fácil la virtud, sino que se hace aún más fácil por el fin. Pues no únicamente porque los trabajos y sudores son pasajeros, sino por el buen fin y acabamiento que tienen, que es la vida eterna, han de producir consolación en los que combaten. De modo que la brevedad de los trabajos y la eternidad de la corona y el que aquéllos precedan a ésta, todo trae gran consuelo en los sufrimientos. Por eso Pablo llamó leve a la tribulación; no atendiendo a la naturaleza de lo que nos acontece, sino a la pronta voluntad de los combatientes y a la esperanza de los bienes futuros. Dice: Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable; y no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles [2 Corintios 4:17-18]. Si por la esperanza de los premios vanos y perecederos parecen leves y más soportables las olas y los mares a los navegantes, las muertes y heridas a los soldados, el calor y el frío a los agricultores, y a los púgiles las frecuentes contusiones, mucho más necesario es que cuando se nos propone el cielo, los bienes inefables y los inmortales premios, nadie sienta la pena de las presentes aflicciones.

Y si alguno, a pesar de todo, todavía tiene la senda por estrecha y laboriosa, eso nace de la desidia únicamente. Pero advierte cómo también por otro camino la aligera, cuando ordena no juntarse ni mezclarse con los canes y los cerdos, y cuidarse de los seudoprofetas [Mateo 7:15] y por todos los medios nos hace solícitos. Aun eso mismo de que la llame estrecha, ayuda mucho para facilitarla; puesto que así nos amonesta a vivir vigilando. Al modo como cuando Pablo dice: No es nuestra lucha contra la carne y sangre [Efesios 6:12], lo dice no para abatir los ánimos de los combatientes, sino para mucho levantarlos, así el Señor, para despertar del sueño a los caminantes, les dice que el camino es áspero. Ni solamente así nos excita a vigilar, sino también cuando añade que hay muchos que tratan de vencernos; y que lo más grave es que no acometen abiertamente, sino a ocultas: porque así son los seudoprofetas.

Pero no te aflijas por eso, dice, de que la senda sea áspera y empinada, sino atiende en dónde termina. Y todo esto lo dice para levantar el ánimo, como lo hizo cuando decía: Y los que se hacen violencia lo arrebatan [Mateo 11:12]. Cuando el atleta entra al concurso, al darse cuenta claramente de que el jefe del certamen está mirando la lucha, se torna más diligente. No decaigamos, pues, de ánimo cuando acá nos acontezcan contrariedades y aflicciones. Pues la senda es estrecha y la puerta angosta, pero ella no es la ciudad. Por lo mismo no hemos de esperar aquí el descanso, ni tampoco hemos de temer que en aquella ciudad haya tristezas.

Al decir: Pocos son los que la encuentran [Mateo 7:14], de nuevo advierte la desidia de muchos y enseña a los oyentes a que no Se fijen en la prosperidad de esos muchos, sino en tos trabajos y empeños de los pocos. Como si dijera: muchos no sólo no entran por ese camino, pero ni siquiera lo eligen, que es el extremo de la necedad. Mas no se debe atender a la multitud ni turbarse por ellos, sino imitar a los pocos y caminar por la dicha senda, reuniéndose de todas partes en apretado haz y mutuamente aplaudiéndonos. Pues aparté de que es estrecha, hay muchos que tratan de armarnos zancadilla para que no entremos.

Homilias Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía LXXVI (tr. del griego por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

 


Dijo aún: “Del prójimo nos viene la vida y la muerte. Porque, si ganamos al hermano, ganamos a Dios; y si escandalizamos al hermano, pecamos contra Cristo.”

– Antonio el Grande (Las Palabras de los Ancianos)

“Cuando estas cosas empiecen a suceder, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra redención” (Lucas 21:28-33)

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Cuando estas cosas empiecen a suceder, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra redención.

Y les refirió una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan las hojas, al verlo, sabéis por vosotros mismos que el verano ya está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el reino de Dios está cerca. En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.

LBLA

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
24:30-35 13:26-21 21:27-33

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

 

¿Observas en qué forma tan tremenda describe su advenimiento? ¿Ves cómo levanta el ánimo de los discípulos? Pone primero las cosas tristes; y luego, tras ellas, las buenas y alegres; y así los consuela. Juntamente trae el recuerdo de su Pasión y aun de su resurrección, y aun en forma más espléndida. Recuerda su cruz para que no se duelan ellos ni se avergüencen pues un día vendrá Jesús y la tomará como señal. Otro dice: y mirarán a aquel a quien traspasaron. Por esto llorarán las tribus, viendo que es el mismo. Y una vez que mencionó la cruz, añadió: Verán al Hijo del hombre venir, no en la cruz, sino: en las nubes del cielo con gran poder y gloria [Mt 24:30]. Como si dijera: para que no por oír cruz pienses en algo triste, vendrá con gran poder y gloria.

Trae la cruz para que así quede condenado el pecado de ellos con esto mismo y por sí mismo. Como si alguno, herido con una piedra, mostrara la piedra misma o la vestidura ensangrentada. Vendrá en una nube, así como fue llevado a los cielos; y al contemplarlo llorarán las tribus. Ni quedará todo en llanto, sino que esto es para que ellos mismos sentencien y por su propia sentencia sean condenados.

Entonces despachará sus enviados para que al son de trompeta potente congreguen a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales, del uno al otro cabo de los cielos [Mt 24:31]. Cuando oyes esto, considera el suplicio de los que queden en la tierra. Porque no sólo sufrirán aquellas penas, sino ésta además. Y así como anteriormente predijo Jesús que dirían: Bendito el que viene en el nombre del Señor [Mt 22:39] así ahora dice que llorarán. Y pues les habló de ásperas guerras, para que sepan que tras de los males de esta vida les esperan los futuros tormentos, los presenta llorando y separados de los escogidos y entregados a la gehena. De modo que por aquí nuevamente levanta el ánimo de los discípulos, con indicarles de qué males tan grandes serán liberados y cuan grandes bienes disfrutarán.

Mas ¿por qué los convoca mediante los ángeles siendo así que viene tan manifiestamente? Para darles también este honor. Pablo asegura que serán levantados en las nubes [1 Tes 4:17]. Y le mismo afirma cuando habla de la resurrección, pues dice: Bajará el Señor desde el cielo, a la orden de mando, por la voz del arcángel [1 Tes 4:16]. De manera que en cuanto resuciten, los ángeles los congregarán; y una vez congregados, los arrebatarán las nubes. Y todo esto se verificará en un momento. Y no los llama El allá arriba, sino que El baja al sonar la trompeta.

¿Qué significan aquí la trompeta y el sonido? Se menciona para significar exaltación y alegría, y también para significar el terror y dolor de los que quedarán en la tierra. ¡Ay de nosotros en aquel día terrible! Debiendo alegrarnos al oír estas cosas, nos dolemos y descaecemos de ánimo y nos consumimos de tristeza. ¿Acaso solamente yo sufro de esta manera, y vosotros, al contrario, os alegráis al oírlas, mientras a mí me invade el temor cuando ellas se narran y lloro amargamente y gimo de lo íntimo de mi corazón? Cierto que tales cosas no me atañen, pero sí las que luego se dicen acerca de las diez vírgenes y del que enterró el talento recibido y del siervo malvado.

Lloro porque perderemos tan inmensa gloria y la esperanza de tan grandes bienes, y esto perpetuamente y para siempre; y sin embargo, a pesar de todo, tan poco empeño ponemos. Si el trabajo fuera duro; si la ley fuera pesada, aun así sería conveniente empeñarnos. Pero, en fin, parecería que muchos de los desidiosos tendrían alguna excusa; excusa fría, pero aparentemente razonable en la dificultad de los preceptos y en ser mucho el trabajo y el tiempo muy largo y la carga intolerable. Pero en nuestro caso, nada de eso podemos alegar en disculpa de lo que en aquel día nos atribulará más que la misma gehena, cuando hayamos perdido el reino y los bienes inefables, todo por no sufrir brevísimo tiempo y ciertamente con muy poco trabajo. El tiempo de verdad es corto y el trabajo módico; y a pesar de todo perdemos alientos y decaemos de ánimo.

Aquí en la tierra combates y en el cielo está tu corona; te atormentan los hombres, pero te honra Dios; corres durante un par de días y recibes el premio para siglos infinitos; la lucha es en cuerpo corruptible y el honor del triunfo es incorruptible. Pero además conviene considerar que, aun cuando no querramos padecer un poco por Cristo de todos modos algo tenemos que padecer. Al fin y al cabo, no porque no mueras por Cristo ya por eso eres inmortal; ni porque no des tus dineros por Cristo ya por eso los llevarás contigo cuando mueras. Te pide El lo que aún cuando no te lo pidiera tendrías que darlo, puesto que eres mortal. Quiere El que tú voluntariamente hagas lo que al fin por necesidad tendrás que hacer. Lo único que anhela es que lo hagas por El, pues que todas las cosas sean contingentes y transitorias sucede por ley natural.

¿Adviertes cuan fácil es el certamen? Te dice: Lo que de todos modos has de padecer, padécelo por mí: añádele esto sólo y yo lo tomo como idóneo servicio. El oro que habías de poner en usura con otro, ponlo conmigo con mayor seguridad y ganancia. Ese tu cuerpo que vas a inscribir en una milicia a favor de otro, inscríbelo en la mía: yo excederé con mucho a todos tus trabajos por la grandeza de la recompensa. Tratándose de los demás, siempre buscas tú al que mejor paga en los préstamos, en las empresas, en mil cosas ¿y solamente excluyes a Cristo, quien precisamente paga infinitamente más que todos los otros? Pero ¿qué guerra es ésta o qué enemistad? ¿Cómo podrás tener excusa o perdón en esas cosas en que prefieres unos hombres a otros y en cambio no quieres anteponer a los hombres ni siquiera a Dios?

¿Para qué entregas tus tesoros a la tierra? Pónlos en mis manos, te dice. ¿No te parece más seguro que el hoyo en la tierra el Señor mismo de la tierra? La tierra te devuelve el tesoro que en ella depositaste, aunque no siempre; mientras que Dios incluso te paga por guardártelo. Y lo hace porque excesivamente nos ama. De modo que si quieres prestarle a rédito, está a punto. Si quieres sembrar, El recibe la semilla. Si quieres construir, te atrae hacia sí diciendo: Construye tu mansión acá en mi predio. ¿Por qué te apresuras a ir a hombres pobres, a hombres que andan pidiendo limosna? Corre hacia Dios, quien por pocas cosas te dará otras grandes.

Y sin embargo, cosas son éstas que no queremos ni siquiera oírlas, sino que a toda prisa nos vamos a donde hay guerras, batallas, querellas de todo género, riñas y falsas acusaciones. Entonces ¿acaso no es muy justo que se nos castigue y se nos aparte cuando El para todo se ofrece y nosotros lo rechazamos? Nadie habrá que no lo afirme. Porque El te dice: Si anhelas decoro, toma mi decoro; si quieres armas, toma mis armas; si quieres vestidos, toma mis vestiduras; si quieres alimentos, ven a mi mesa; si caminar, toma mi senda; si recibir herencia, recibe mi herencia; si entrar en la patria, entra en la ciudad de la que yo soy el artífice y fundador; si quieres construirte una mansión, constrúyela en mis tabernáculos. Yo por todo lo que te dé, no voy a pedirte recompensa ni paga: más aún, por el hecho mismo me declaro tu deudor, si es que quieres usar de todos mis haberes.

¿Qué hay igual a semejante liberalidad? Yo soy padre, Yo soy hermano, Yo soy esposo, soy mansión, soy alimento, soy vestido, soy raíz, soy fundamento, soy todo cuanto anhelas: en consecuencia, no andes falto de cosa alguna. Incluso me pondré a tu servicio, pues vine a servir y no a ser servido. Yo soy amigo, miembro, cabeza, hermano, hermana, madre: Yo lo soy todo. Lo único que te pido es que seas mi amigo. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti, en el cielo por ti suplico al Padre y vine a la tierra para rogar por ti al Padre. Y tú eres para mí todo: hermano, coheredero, amigo, miembro mío. ¿Qué más deseas? ¿por qué huyes de quien tanto te ama? ¿Por qué te afanas para este mundo? ¿Por qué echas agua en toneles sin fondo? Porque eso es trabajar para esta vida.

¿Por qué azotas el fuego y por qué hieres los vientos? [1 Cor 9:26] ¿para qué corres en vano? [Gál 2:2]  ¿Acaso no tiene cada arte su finalidad propia? Esto a todos es manifiesto. Pues bien: ¡muéstrame la finalidad de los empeños de este siglo! No podrás. Porque: Vanidad de vanidades, todas las cosas vanidad [Ecl 1:2]. Vamos a los sepulcros. ¡Muéstrame aquí al padre! ¡muéstrame a la esposa! ¿Dónde está el que se cubría de doradas vestiduras? ¿el que asentaba en carruaje? ¿el que poseía ejércitos y talabarte y pregoneros? ¿el que a otros condenaba a muerte o los encarcelaba? ¿el que daba muerte o libraba de ella a quienes bien le parecía? Yo no veo sino osamentas, gusanos, arañas. De modo que todo aquello era tierra, era fábula, era ensueño, era sombra, era cuento y cosa pintada. Y ni aun pintada. Porque las pinturas nos representan las cosas a lo menos en imagen; pero en lo mundano, ni en imagen.

Y ojalá terminaran aquí todos los males. Pero no. Honores, placeres, glorias, son sólo sombra y palabras vanas. En cambio las consecuencias no son sólo sombras, no son sólo palabras vanas. Es algo que permanece y que irá con nosotros a la otra vida y todos lo conocerán: rapiñas, avaricia, fornicaciones, adulterios y mil otras miserias semejantes no serán polvo ni simples imágenes, sino que estarán escritas en los cielos, ya sean palabras ya obras. Y ¿con qué ojos veremos a Cristo? Si nadie puede ver a su padre cuando es consciente de haberle faltado ¿cómo podremos entonces ver ni la vista tolerar de aquel que es de mayor mansedumbre que un padre?

Porque tenemos que presentarnos ante el tribunal de Cristo y sufrir un minucioso examen de todo. Y si alguno no cree en ese juicio futuro, observe lo que acá en el mundo se practica. Mire a los que están en la cárcel, a los que yacen en el estiércol, como Job; mire a los posesos, a los locos, a los enfermos incurables, a los que luchan con la perpetua pobreza, a los agotados por la inedia, a los que ha herido algún duelo inmenso, a los que viven cautivos. Ciertamente no sufrirían ellos tales cosas, si no esperara el castigo y el suplicio a los demás que cometieron los mismos pecados. Si éstos acá nada han sufrido, esto mismo te debe ser señal de que algo les queda para más allá de la partida de este mundo.

En verdad que el Señor, pues es Dios de todos, no habría castigado a unos, mientras que a otros que cometieron los mismos pecados, y aún más graves, los habría dejado impunes, si no les hubiera de imponer más allá de la vida alguna pena. En consecuencia, por estos argumentos y ejemplos, humillémonos; y quienes no creían en el juicio, crean ahora y mejoren sus costumbres, a fin de que habiendo llevado todos una vida digna del reino de los cielos, consigamos los bienes futuros, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía LXXVI (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

 


Dijo el padre Antonio: “Hay algunos que han martirizado su cuerpo con la ascesis y, por falta de discernimiento, se alejan de Dios.”

– Antonio el Grande (Las Palabras de los Ancianos)

La destrucción de Jerusalén (Lucas 21:5-7,10-11,20-24)

The Siege and Destruction of Jerusalem by the Romans Under the Command of Titus, A.D. 70 (El asedio y destrucción de Jerusalén por los romanos bajo el mando de Tito, el año 70 dC), David Roberts (inglés, 1850)

The Siege and Destruction of Jerusalem by the Romans Under the Command of Titus, A.D. 70 (El asedio y destrucción de Jerusalén por los romanos bajo el mando de Tito, el año 70 dC), David Roberts (inglés, 1850)

Y mientras algunos estaban hablando del templo, de cómo estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: En cuanto a estas cosas que estáis mirando, vendrán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada.

Y le preguntaron, diciendo: Maestro, ¿cuándo sucederá esto, y qué señal habrá cuando estas cosas vayan a suceder?

Entonces les dijo: Se levantará nación contra nación y reino contra reino; habrá grandes terremotos, y plagas y hambres en diversos lugares; y habrá terrores y grandes señales del cielo. Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre.

Pero cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su desolación está cerca. Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes, y los que estén en medio de la ciudad, aléjense; y los que estén en los campos, no entren en ella; porque estos son días de venganza, para que se cumplan todas las cosas que están escritas. ¡Ay de las que estén encinta y de las que estén criando en aquellos días! Porque habrá una gran calamidad sobre la tierra, e ira para este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.

LBLA

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
24:1-2 13:1-2 21:5-6
24:3-8 13:3-8 21:7-11
21:20
24:17-18 13:14-16 21:21-22
24:21 13:19 21:23
21:24

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

 

COMO antes había dicho a los judíos: Vuestro templo quedará desierto [Mt 23:38]; y les predijo infinitos males, tomaron de aquí pie los discípulos; y como admirados, le mostraban la belleza del templo y dudaban de que hubieran de ser destruidos tan egregios edificios, tan gran mole, tan inefable artificio. Entonces Jesús ya no se refiere a la amplitud vasta del edificio, sino que les habla de su caída y destrucción. Les dice: “¿Veis todas estas cosas y os admiráis y quedáis estupefactos? Pues bien: No quedará piedra sobre piedra.”

Preguntarás: ¿cómo es entonces que sí permaneció? ¿qué significa esto? No fue así como así aquella afirmación. Porque o significa la ruina total o se refiere solamente al sitio en el que fue levantado el Templo. Puesto que hay algunas partes del Templo que hasta nuestros días [i.e. el siglo IV] han quedado derruidas hasta los cimientos. Además, por lo ya sucedido, es necesario que crean aun los más querellosos, que también el resto perecerá. Luego, estando Jesús sentado en la cima del monte de los olivos, se le acercaron los discípulos a solas para preguntarle: Dinos ¿cuándo sucederá todo esto; y cuál será la señal de tu advenimiento y de la consumación y fin del mundo? [Mt 24:3] Se le acercaron a solas porque querían preguntarle acerca de esas cosas. Tenían grande anhelo por saber el día del advenimiento de Jesús, pues ansiaban contemplar su gloria, que tantos bienes había de reportar. Dos cosas le preguntan: Cuándo sucederá esto, es decir la ruina del templo; y cuáles serán las señales de su advenimiento. Lucas advierte que fue solamente una la pregunta, es decir, acerca de Jerusalén, porque pensaban ellos que juntamente se verificaría el advenimiento de Jesús. Por su parte Marcos no dice que le preguntaran todos acerca de Jerusalén, sino solamente Pedro y Juan, que eran los que con mayor confianza lo trataban [Mc 13:3-4].

¿Qué respondió Jesús? Mirad que nadie os extravíe. Pues muchos se presentarán en nombre mío y dirán: Yo soy el Cristo y seducirán a muchos. Habéis de oír guerras y rumores de guerras. Estad sobre aviso. No os alarméis. Es preciso que esto suceda, pero no llega aún el fin. Como se hallaban en tal disposición de ánimo que pensaban para nada tocarles a ellos el castigo de Jerusalén, por estar lejos del tumulto y desorden, sólo se preocupaban de lo que es óptimo, creyendo que todo se realizaría prontamente. Por esto Jesús nuevamente les predice graves padecimientos, y los pone solícitos y les ordena estar vigilantes, por dos motivos: Para no ser engañados por falacia de los seductores, y para que no decaigan a causa de la multitud de los males que se van a echar encima.

Porque habrá, les dice, una doble guerra: de engañadores y de enemigos. Pero la primera será mucho más dura, pues se desarrollará en la confusión y perturbación de todas las cosas, andando los hombres todos turbados y atemorizados. Porque en ese tiempo habría una gran conmoción por echar de ahí a los romanos que dominaban el país, y serían capturadas las ciudades y andarían alborotados los ejércitos y en armas, y muchos fácilmente creerían falsedades. Habla de la guerra en Jerusalén y no de alguna otra que brotara de países extranjeros. Al fin y al cabo ¿qué les interesaba a ellos esta última? Por lo demás si Jesús se refiriera a las calamidades del orbe, nada nuevo les habría dicho, pues ellas acontecen ya de ordinario y continuamente. Ya en tiempos pasados había guerras, tumultos y combates. Predice por consiguiente la guerra judía que luego iba a seguirse, pues ya los judíos andaban tratando de pelear contra los romanos. Como todo eso podía perturbar a los discípulos, de antemano se lo predice.

Enseguida, dando a entender que El mismo acometería a los judíos y lucharía contra ellos, menciona no únicamente batallas, sino también castigos enviados del cielo, como el hambre, las pestes, los terremotos. Demuestra así ser El quien permitió que los enemigos invadieran la ciudad y que todo aquello no sucedería fortuitamente y según lo que suele acontecer entre los hombres, sino como castigo de la ira divina. Por esto dice que no sucederán tales cosas por casualidad, ni repentinamente, sino después de dar el cielo las señales. Y para que no dijeran los judíos que los nuevos creyentes eran la causa de aquellos males, les declara la causa verdadera del castigo aplicado. De antemano les había dicho: En verdad os digo que vendrán todas estas cosas sobre esta generación – aludiendo a la muerte de los profetas que ellos habían llevado a cabo. Enseguida, para que no pensaran los discípulos, al oír tan graves calamidades, que por esto quedaría destruida la predicación, añadió: No os alarméis. Es preciso que esto suceda. Es decir, lo que yo he predicho y cuanto he anunciado no se interrumpirá por causa de esa acometida de tentaciones y pruebas. Ciertamente vendrán la turbación y el tumulto, pero no conmoverán ni derribarán mis predicciones.

Y pues había dicho a los judíos: Ya no me volveréis a ver desde ahora hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! [Mt 23:39] y por esto creían los discípulos que juntamente con la ruina de la ciudad llegaría la consumación del orbe, les corrige semejante opinión y les dice: Pero no llega aún el fin. Y que ellos tuvieran esa sospecha que acabo de indicar, adviértelo por el modo mismo de la pregunta. ¿Qué es lo que preguntan? ¿Cuándo sucederá esto? o sea “¿Cuándo será destruida Jerusalén y cuál será la señal de tu advenimiento y del fin del mundo?”

Jesús por de pronto nada les responde; sino que primero les dice lo que más interesaba saber. Y no habló al punto de la ruina de Jerusalén ni de su propio advenimiento segundo, sino de las desgracias que ya se echaban encima; y acerca de ellos los hizo solícitos diciendo: Mirad que nadie os extravíe. Pues muchos vendrán en mi nombre y dirán: Yo soy el Cristo. Excitándolos a oír estas cosas, les dice: Mirad que nadie os extravíe. Luego, una vez que ya los ha puesto en guardia y los ha hecho solícitos para vigilar, tras de mencionar a los engañadores y a los seudocristos, finalmente les refiere los males que van a venir sobre Jerusalén; y confirma lo futuro por lo ya sucedido y cierra así la boca a los necios y a los querellosos.

Como ya dije, llama guerras y rumores de guerras a los disturbios que se les van a echar encima. Y como, además, según advertí, pensaban ellos que tras de la guerra se seguiría el fin del mundo, mira cómo los pone en guardia diciendo: Pero no llega aún el fin. Pues se levantarán razas contra razas, reinos contra reinos. Indica aquí el comienzo de las calamidades de los judíos. Mas todo es sólo el comienzo de los dolores, o sea de los que a ellos les sobrevendrán. Entonces os entregarán para que os atormenten y os matarán. Oportunamente interpone las calamidades que sufrirán los discípulos, de las que recibirán algún consuelo, a causa de las comunes desgracias. Mas no sólo por eso, sino además por lo que añade: Por mi nombre.

Les dice: Seréis blanco del odio de todas las gentes por causa de mi nombre. Entonces muchos desfallecerán. Y unos a otros se traicionarán. Y surgirán muchos falsos cristos y seudoprofetas y seducirán a muchos. Y como desbordará la iniquidad, se entibiará la caridad de la mayor parte. Mas el que perseverare hasta el fin ese se salvará. Habla aquí de un mal mayor, que es la guerra intestina, pues hubo muchos falsos hermanos. ¿Observas la triple guerra: de parte de los seductores, de parte de los enemigos y de parte de los falsos hermanos? Mira cómo lo deplora Pablo: De fuera, ataques; de dentro, ansiedades [2 Co 7:5]; peligros de parte de los falsos hermanos [2 Co 11:26]. Y también: Esos son falsos apóstoles, operarios fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo [2 Co 11:13]. Y de nuevo les advierte una pena gravísima sobre todas, que será la de no tener consuelo en la caridad.

En seguida, declarando que el hombre generoso y paciente no sufre daño por esto, les dice: No os alarméis ni os turbéis. Si mostráis la conveniente paciencia, semejantes males no os vencerán. Y señal clara de esto, será que la predicación llenará todo el orbe: tan levantados de la tierra andaréis que semejantes males no os podrán alcanzar. Y para que no dijeran: pero ¿cómo podremos vivir? añadió algo más: No sólo viviréis, sino que enseñaréis por todo el mundo. Por esto dijo: Será predicado este evangelio en todo el mundo, para que su testimonio llegue a todos los pueblos; y entonces vendrá el fin [Mt 24:14], es decir, la ruina de Jerusalén.

Que se refiera a esa ruina, y que antes de ella el Evangelio se haya predicado, oye cómo lo dice Pablo: Resonó por toda la tierra su voz [Ro 10:18]; y también: Evangelio que ha sido predicado a toda criatura de debajo del cielo [Col 1:23]. Y ves al mismo Pablo que desde Jerusalén corre hasta España. Pues si uno solo abarcó tan gran parte del orbe, piensa en las hazañas que llevarían a cabo todos los otros. Escribiendo Pablo a otros acerca del Evangelio, les decía que iba creciendo y fructificaba en toda criatura que está debajo del cielo [Col 1:6, 12:3].

¿Qué significa: Para que su testimonio llegue a todos los pueblos? Es que aún cuando fue predicado en todas partes, no todos creyeron en él ni en todas partes lo recibieron. Es como si dijera: Será testimonio para los que no han creído; o sea que les servirá de acusación y confutación. Para testimonio, pues los que creyeron darán testimonio contra los que no qui. sieron creer, y los condenarán. Y por este motivo, una vez que el Evangelio fue predicado en todo el orbe, perecieron los de Jerusalén, para que aquéllos desagradecidos no tuvieran ni sombra de excusa.

En efecto: quienes vieron su poder resplandeciente en todo el orbe, y casi instantáneamente apoderado del mundo ¿qué perdón tienen si permanecen en su endurecimiento? Que el Evangelio fue entonces predicado, oye cómo lo testifica Pablo: Evangelio que ha sido predicado a toda criatura de debajo del cielo. Y es esto un argumento fortísimo del poder de Cristo: el que su doctrina, en veinte o treinta años, llenara los confines de la tierra habitada. Dice luego: Y entonces vendrá el fin. El fin de Jerusalén. Lo que sigue demuestra que esto fue lo que Cristo quiso dar a entender. Porque trajo al medio una profecía para afirmar la ruina de la ciudad y dijo: Cuando viereis instalados en el lugar santo el sacrilegio y la devastación predichos por el profeta Daniel – quien lee la Escritura, comprenda. Los remite a Daniel [Da 9,27]. Llama abominación y sacrilegio a la estatua del que entonces dominaba la tierra, estatua que éste puso en el interior del templo, una vez arruinados la ciudad y el santuario: por esto la llama sacrilegio y devastación. Y para que conocieran que todo esto sucedería viviendo aún algunos de ellos, dijo: Cuando viereis el sacrilegio y la devastación.

En vista de esto, cualquiera debe admirar en gran manera el poder de Cristo y la fortaleza de los apóstoles, pues en tiempos tan apretados predicaron el Evangelio, cuando más eran impugnadas las cosas de los judíos, cuando éstos eran vigilados como gente sediciosa y el César había decretado que todos fueran exterminados. Sucedió lo mismo que si alguno, estando el mar todo alborotado y las tinieblas llenando todo el ambiente y aconteciendo frecuentes naufragios, y estando en discordia todos los marineros, y apareciendo sobre las aguas los monstruos marinos para ayudar a las olas a hundir a los navegantes, y desatados los rayos y acometiendo los piratas, mientras los mismos que conducen la nave andan entre sí disputando y poniéndose asechanzas, en tales circunstancias, a unos hombres imperitos en el arte de la navegación y que ni siquiera conocen el mar, se les ordenara sentarse al timón, manejar la nave y luchar contra una formidable escuadra que acomete de frente, repleta de fortín simo ejército; y que usaran de una navecilla en la que, como dije, reinara tan grave confusión, y que tomaran al abordaje y echaran a pique la gran embarcación.

Los pueblos odiaban a los apóstoles por ser estos judíos; los judíos los lapidaban por ser impugnadores de sus leyes; y en parte alguna podían establecerse. De modo que todo era precipicios, escollos, arrecifes ocultos en las ciudades, en las villas, en las casas; y todos y cada cual los acometía: jefe, príncipe, pueblo, particulares, pueblos íntegros; y por doquiera había tal perturbación que no puede el discurso explicarla. El linaje judío era abiertamente aborrecido en el Imperio Romano, porque le causaba infinitas molestias. Y sin embargo, nada de eso dañaba a la predicación. Pues tomada ya la ciudad y dada al incendio y deshecha su gente por la fuerza de las desgracias, los apóstoles se marcharon de ahí, y llevando nuevas leyes imperaron sobre los romanos.

¡Ah cosas estupendas y nunca vistas! Cautivaron los romanos a muchos miles de judíos, mas no pudieron vencer a doce hombres que luchaban con ellos desprovistos de armas y de todo. ¿Qué discurso podrá pintar milagro tan ingente? Porque es esencial que quienes han de enseñar, posean dos cosas: que sean fidedignos y que sean gratos a los oyentes. Añade que la doctrina sea tal que con facilidad se acepte; y finalmente que el tiempo esté tranquilo y sin perturbaciones. Pero en aquel entonces todo iba al revés. Porque ellos no parecían dignos de fe; además, echaban de sí a quienes habían sido engañados por los falsos apóstoles, que parecían predicar cosas creíbles; nadie los amaba; más aún, se les odiaba, mientras ellos apartaban a la gente de lo que más gustoso le era, como son las costumbres, la patria y las leyes.

Duros y difíciles eran los preceptos, y las cosas que ellos prohibían redundaban de deleites. Y tanto ellos como sus discípulos tenían que soportar muchas veces peligros de muerte. Aparte de todo esto, las circunstancias del tiempo presentaban graves dificultades, pues estaban llenas de guerras y alborotos, hasta el punto de que aún sin las otras dificultades ya dichas, esta sola bastaba para perturbarlo todo. De modo que aquí resulta oportuno decir: ¿Quién referirá las proezas de Dios y hará oír todas sus alabanzas? Si los connacionales de Moisés a causa del lodo y las pajas con que a los principios se les oprimía, no prestaban oídos a Moisés a pesar de los muchos milagros, a los que diariamente sufrían heridas y muertes ¿quién los persuadió a que dejaran su vida de ocio y prefirieran la otra llena de peligros, sangre y muertes en abundancia?

Sobre todo siendo extranjeros los predicadores y prácticamente enemigos de todos. Si alguno introdujera en una nación o en una ciudad o en un pueblo, más aún, en un pequeño domicilio a un hombre odiado de todos los que ahí habitan y procurara por medio de él apartar a cada uno de los seres que más ama, como son el padre, la madre, la esposa, los hijos ¿no sucedería que a ese tal, antes de que abriera la boca lo hicieran pedazos? Y si anduvieran litigando el esposo y la esposa entre sí ¿acaso no lo lapidarían aun antes de traspasar los umbrales de la casa?

Pues qué, si además de ser él personalmente aborrecido, ordenara cosas pesadas y dispusiera que vivieran con moderación los que andan entregados a sus placeres; y además emprendiera la lucha contra muchos, numerosos y más fuertes que él ¿acaso no es manifiesto que perecería con toda certeza? Pues esto que aún en sola una casa no se puede así lograr, Cristo lo hizo en todo el universo, conduciendo a los médicos del orbe por toda la tierra por entre precipicios, hornos, desfiladeros, montes, tierras y mares y guerras sin cuento. Si quieres conocer todo esto con más pormenores y mayor certidumbre, o sea las hambres, pestes, terremotos y demás catástrofes, lee la historia de Josefo* y lo sabrás con exactitud.

Por esto decía Jesús: No os alarméis. Es preciso que esto suceda. Y: El que perseverare hasta el fin ése se salvará. Y además: Será predicado este evangelio del reino en todo el orbe. Y a sus discípulos quebrantados por el terror y con ánimo decaído, les infunde mejores esperanzas; y les anuncia que aún cuando haya mil dificultades es necesario que el Evangelio sea predicado por todo el orbe y después vendrá el acabamiento. ¿Has advertido en qué condición se encontraban entonces las cosas y cuan variadas guerras había; y esto a los comienzos, que es cuando para cada buena obra se requiere grande paz? ¿En qué situación se hallaban las cosas? Pues nada impide que resumamos lo dicho. La primera guerra era la de los seductores. Pues dice: Vendrán muchos seudocristos y falsos profetas. La segunda era la de los romanos: Habéis de oír guerras. La tercera guerra es la del hambre que sobrevendrá. La cuarta es la de la peste y los terremotos. La quinta es que os entregarán a la muerte. La sexta, que todos os aborrecerán por causa de mi nombre. La séptima, que unos a otros se traicionarán y se odiarán, donde anuncia una guerra intestina Luego, los seudocristos y los falsos hermanos. Finalmente, que se entibiará la caridad de la mayor parte, lo que es causa de todos los males.

¿Adviertes los mil géneros de guerras, todas nuevas y estupendas? Y en medio de todo esto y de otras muchas cosas (pues a la guerra civil se añadirá la de los parientes), la predicación sin embargo llenó todo el orbe. Porque dice: Será predicado este Evangelio del reino en todo el orbe. ¿Dónde están los que introducen la tiranía de los horóscopos y las vueltas de los tiempos entre los dogmas y verdades de la Iglesia? ¿Quién ha narrado haberse visto otro Cristo y haber acontecido cosa o suceso a éste parecido? Aunque refieran mil falsedades (por ejemplo que ya han pasado cien mil años), sin embargo nadie se ha atrevido a fingir otro hecho a éste semejante.

Entonces ¿a qué círculos de los tiempos os referís? Porque ni la destrucción de Sodoma, ni la de Gomorra, ni otro cataclismo alguno igual se ha repetido jamás. ¿Hasta cuándo, pues, estaréis hablando en broma y diciendo de otro círculo del tiempo y otros horóscopos? Preguntarás: ¿cómo es entonces que muchas cosas se predicen y luego suceden? Pues porque tú mismo te has privado del auxilio divino y te has perdido y colocado fuera de la providencia de Dios, el demonio a su antojo baraja las cosas. No lo hace así con los santos, pero ni aun con nosotros, pecadores, pero que en absoluto desechamos tales cosas. Pues aun cuando nuestro modo de vivir sea intolerable, sin embargo, a causa de que con la gracia de Dios mantenemos los dogmas verdaderos de la Iglesia, nos hallamos ser superiores a las asechanzas del demonio.

Pero en fin ¿a qué se reducen los horóscopos? No a otra cosa, sino a perversidad y confusión y a que todo se hace al acaso y a como salga; ni solamente al acaso, sino incluso contra la razón. Objetarás: pero si no existen los horóscopos ¿por qué éste es rico y aquél es pobre? ¡No lo sé!… Pero voy a discutir contigo en el sentido de hacerte caer en la cuenta de que no todo se ha de investigar con vana curiosidad, ni se han de creer las cosas como si fueran al acaso. Porque tú no debes, por el hecho de ignorar eso, fingir falsedades. Es preferible honradamente ignorar a malamente aprender. Quien ignora la causa fácilmente es conducido por la razón; pero aquel que por no saber la causa verdadera, inventa una falsa, ya no podrá con facilidad aceptar la verdadera, porque necesitará de mucho mayor trabajo y sudores para abandonar su primera opinión.

Sucede como en las tablillas enceradas que una vez que se borran puede cualquiera escribir en ellas fácilmente otra cosa, mientras que en las grabadas no sucede lo mismo, puesto que se hace necesario traer primero lo mal escrito. También entre los médicos es preferible el que nada receta ai que prescribe medicinas dañosas. Y en la arquitectura es peor el que sin fundamentos edifica que el que nada- edifica; y es mejor la tierra que nada produce que la otra que engendra solamente espinas.

En consecuencia, no tengamos prisa en aprenderlo todo, ni llevemos molestamente el ignorar algunas cosas. Para que no suceda que si luego encontramos algún maestro, le demos doble trabajo. Y lo que es peor aún, algunos, por padecer enfermedad incurable, una vez que han caído en esos dogmas falsos, en ellos se aferran. No es lo mismo tener que arrancar primero del campo las malas hierbas que ya arraigaron, que sembrar y plantar en un campo limpio. En aquél se hace necesaria una limpia previa y hasta después sembrar; en este otro ya están preparados los oídos.

Con que, en fin ¿de dónde proviene que uno sea rico y el otro pobre? Lo diré ya: unos poseen riquezas porque Dios se las da; otros porque El permite que las posean; otros por una arcana providencia de Dios. Y esta razón es la más breve y sencilla. Instarás: ¿por qué al fornicario lo enriqueció y lo mismo al adúltero, al libinidoso y al que luego usa mal de sus posesiones? Respondo que Dios no lo hace rico, sino que permite que se enriquezca; y hay gran diferencia entre hacer y permitir. Mas ¿por qué en absoluto no se lo permite? Porque aún no ha llegado el tiempo del juicio, para que cada cual reciba su merecido. ¿Quién peor que el rico aquel que no daba a Lázaro ni las migajas de su mesa? Y sin embargo, fue luego el más miserable de los hombres, pues no pudo lograr ni una gota de agua. Y todo porque habiendo sido rico no fue humano ni compasivo. Si hay dos que tengan desigual fortuna, pero ambos son malvados, y uno de ellos es rico y el otro pobre, no serán castigados igualmente, sino que el rico tendrá penas más graves.

¿Ves cómo este segundo es castigado con más graves suplicios por haber recibido los bienes en esta vida? Así pues, cuando veas a los que injustamente se han enriquecido llevar una vida próspera gime, derrama lágrimas, pues su riqueza se convertirá en aumento de castigo. Así como los que pecaron, y no quieren hacer penitencia, se preparan un tesoro de ira divina, así los que acá no sufrieron el castigo, sino que vivieron prósperamente, serán con mayor gravedad castigados.

Si te place, te demostraré lo mismo no sólo por lo de la vida futura, sino también con el ejemplo de la presente. Al bienaventurado David, después de haber pecado con Bersabé, como el profeta Ib reprendiera, principalmente lo acusó con mayor fuerza por haber recibido muchos beneficios y haberse portado así a pesar de ellos. Oye cómo lo reprende Dios: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl. Te he dado la casa de tu señor. Te he dado la casa de Israel y de Judá. Y si es poco, añadiré todavía otras cosas más. ¿Por qué has hecho lo malo ante mis ojos? [2 Sam 12:7-9] Los castigos de los pecados no son todos iguales, sino que varían con la edad, las personas, las dignidades, la prudencia y muchas otras circunstancias.

Más claro todavía. Tráigase al medio un pecado. Sea la fornicación. Considera ahora cuántos géneros de castigos se le han aplicado, tomándolos no de nuestro discurso, sino de las Escrituras. Si alguno fornicó antes de la Ley, sufrió un género de castigo, como lo demuestra Pablo diciendo: Cuantos pecaron antes de la Ley, sin la Ley serán castigados Fornicó alguno después de la Ley, padecerá más grave suplicio. Pues: Cuantos pecaron en la Ley serán juzgados por la Ley [Ro 2:12]. Fornicó algún sacerdote, a causa de su dignidad sufre el máximo aumento de pena. Por este motivo las otras doncellas fornicarias eran condenadas a muerte; pero las hijas de sacerdotes eran quemadas, demostrando así el legislador cuan grave castigo amenazaba al sacerdote que así pecara. Pues si la joven, por ser hija de un sacerdote, lleva una pena mayor, mucho más grave la padecerá el sacerdote mismo.

¿Una mujer sufrió violencia? Está libre de culpa y de castigo. ¿Fornicaron dos, una rica y otra pobre? También aquí se da una diferencia en el castigo. Esto se ve claro por lo que acabamos de decir de David. ¿Ha fornicado alguno después de la venida de Cristo, pero es de los aún no iniciados? Sufrirá mayores penas que esos anteriores. ¿Fornicó alguno después del sagrado bautismo? A éste no le queda ya consuelo ni alivio, ha mostró Pablo al decir: Si alguno desprecia la Ley de Moisés, muere sin misericordia bajo palabra de dos o tres testigos. Pues ¿con cuánta mayor pena pensáis que será castigado el que conculca al Hijo de Dios; el que tiene como sangre vulgar y ordinaria la sangre del Testamento, sangre con que él mismo ha sido santificado y enseguida injuria al Espíritu Santo? [Hb 10:28,29] ¿Ha fornicado en este tiempo algún sacerdote? Es esto el colmo de todas las desgracias. ¿Has visto cuánta diferencia de castigos respecto de un mismo pecado? Un castigo hay antes de la Ley; otro después de la Ley; otro es el del ministro sagrado; otro el de la mujer, según sea rica o pobre; y otro el del catecúmeno, el del fiel, el del sacerdote. También por razón de la prudencia hay diferencia de castigos y grande. Puesto que dice: El que conoce la voluntad de su señor y no la cumple, será grandemente azotado [Lc 12:47].

También por haber precedido tantos y tan grandes ejemplos sufre el pecador mayores castigos. Pues dice: Vosotros ni viendo hicisteis luego penitencia [Mt 21:32], aun cuando hayáis sido ensalzados con grandes honores. Y esto es lo que le reprende Jesús a Jerusalén diciendo: ¡Cuántas veces quise congregar a vuestros hijos y no quisisteis [Lc 13:34]. De los que pecan por exceso de placeres, tienes ejemplo en lo de Lázaro. Pero también por el sitio se acrecienta la gravedad del pecado. Así lo declara Jesús con aquella expresión: Entre el santuario y el altar [Mt 23:35]. También por el modo con que se ha cometido el delito. Pues dice: No es cosa admirable que alguien robe [pues roba para saciar su hambre] [Prov 6:30]. Y también: Mataste a tus hijos y a tus hijas; esto además de tu fornicación y de tus abominaciones [Ezek 16:20,21 LXX]. Y según las personas: Si alguno peca contra otro hombre, orarán por él; pero si alguno peca contra Dios ¿quién orará en su favor? [1 Sam 2:25 LXX]

También cuando alguno supera en desidia a otros que son peores que él, es cosa que reprende Dios por Ezequiel diciendo: Porque ni siquiera os habéis ajustado a las normas de las nadones que os rodean [Ezek 5:7]. También cuando no nos enmendamos ni aun teniendo delante el ejemplo de los demás, pues dice: Vio a su hermana y la justificó [Ezek 16:51]. También cuando alguno ha disfrutado de un especial patrocinio: Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho estos milagros ha tiempo que habrían hecho penitencia. Por lo cual serán tratadas Tiro y Sidón con menos rigor que esta ciudad [Mt 9:21,22]. ¿Has observado la gran exactitud y cómo no todos sufren el mismo castigo por iguales pecados? Cuando después de larga espera de parte de Dios nada aprovechamos, más graves penas tendremos que sufrir. Así lo indica Pablo diciendo: Por tu endurecimiento e impenitente corazón te atesoras cólera para el día del castigóos [Ro 2:5].

Sabiendo todo esto, no nos molestemos ni turbemos a causa del curso de los acontecimientos, ni nos dejemos alterar por el oleaje de nuestros pensamientos; sino que, teniendo en cuenta la incomprensible providencia de Dios y acomodándonos a ella, cuidemos de ejercitar la virtud y huyamos de la perversidad, para que disfrutemos de los bienes futuros, por gracia y be. nignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, la gloria, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía LXXV (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewy.htm#cq)

 

Tito Flavio Josefo, también conocido por su nombre hebreo José ben Matityahu o Josefo ben Matityahu (n. 3738 –Roma101), fue un historiador judío fariseo, descendiente de familia de sacerdotes. Fue uno de los caudillos de la rebelión de los judíos contra los romanos. Hecho prisionero y trasladado a Roma, llegó a ser favorito de la familia imperial Flavia. En Roma escribió, en griego, sus obras más conocidas: La guerra de los judíosAntigüedades judías y Contra Apión. Fue considerado como un traidor a la causa judía y odiado por los judíos. Su obra fue preservada por los romanos y los cristianos.  (https://es.wikipedia.org/wiki/Flavio_Josefo)

 


Dijo el padre Antonio: “Vi tendidas sobre la tierra todas las redes del Maligno, y dije gimiendo: “¿Quién podrá escapar de ellas? Y oí una voz que me dijo: “La humildad.”

– Antonio el Grande (Las Palabras de los Ancianos)

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/palabras_ancianos_juliania.htm)

“Mi madre y mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la hacen” (Lucas 8:16-21)

La imagen más antigua de la Virgen María, pintados por los cristianos perseguidos en Roma en los años 200, la Catacumba de Priscilla

La imagen más antigua de la Virgen María, pintados por los cristianos perseguidos en Roma en los años 200, la Catacumba de Priscilla

Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de una cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entren vean la luz. Pues no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz. Por tanto, tened cuidado de cómo oís; porque al que tiene, más le será dado; y al que no tiene, aun lo que cree que tiene se le quitará.

Entonces su madre y sus hermanos llegaron a donde El estaba, pero no podían acercarse a El debido al gentío. Y le avisaron: Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte. Pero respondiendo El, les dijo: Mi madre y mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la hacen.

Lucas 8:16-21, LBLA

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
5:14-16 4:21 8:16
10:26 4:22-23 8:17
13:12 8:18
12:46-50 3:31-35 8:19-21

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

 

Lo que hace poco os decía, que sin la virtud todo es en vano, ahora clarísimamente se demuestra. Os decía que eran inútiles la edad, el natural, el vivir en el desierto, si no existe el buen propósito de la voluntad. Pero ahora aprendemos otra cosa además de aquéllas: que ni aun el haber dado a luz a Cristo y haber tenido aquel parto maravilloso, tendría utilidad alguna sin la virtud.

Esto sobre todo queda manifiesto en este pasaje. Pues dice: Mientras El hablaba a la muchedumbre, alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos te buscan. Pero El dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y lo dijo no porque se avergonzara de su madre o que negara ser Ella su madre; pues si de Ella se hubiera avergonzado, no hubiera salido de su vientre; sino para declarar que de todo ello ninguna utilidad le provendría a su madre, si ella no guardaba todos los preceptos. Porque lo que Ella entonces hacía, nacía de cierta ambición: quería ostentarse ante el pueblo como si aún mandara sobre su hijo, del cual no imaginaba aún nada grande, de manera que se acercó inoportunamente. Considera, pues, la arrogancia de Ella y de los hermanos. Siendo lo propio que entraran y escucharan con las turbas; o si no querían esto, esperar a que se terminara el discurso, para luego acercársele, lo llaman afuera delante de todos, descubriendo así su vana ambición y demostrando que querían aún mandar sobre El con gran autoridad. Por su parte el evangelista lo refiere como en cierto modo acusando, pues dice: Mientras El hablaba a la muchedumbre. Como si dijera: ¿acaso no había otro tiempo? ¿no podían haberle hablado llamándolo aparte? Y ¿qué le querrían decir? Si le iban a tratar acerca de la verdad de su doctrina, convenía que lo expusieran abiertamente y delante de todos, para utilidad común de los otros. Pero, si le iban a hablar de cosas particulares de ellos, no convenía que en esa forma le urgieran. Si El no permitió ir a sepultar a su padre para no impedir a quien deseaba seguirlo, mucho menos debió interrumpir su discurso para cosas de poca importancia. De donde se ve claramente que ellos procedieron así por sola vanagloria. Significando esto, Juan dice: Ni sus hermanos creían en El [Jn 7:5] – Y refiere las palabras de ellos, demasiado locas, y afirma que lo empujaban a Jerusalén no por otro motivo, sino para alcanzar gloria ellos con los milagros de El. Porque le dicen: Nadie hace esas cosas en secreto si pretende manifestarse [Jn 7:5]. Pero El los reprendió y culpó su ánimo aún carnal. Y como los judíos lo despreciaban y decían: ¿No es éste el hijo del carpintero cuyos padre y madie nosotros conocemos? ¿No están entre nosotros sus hermanos? [Mt 13:55,56]

Vituperaban así su linaje como innoble, por lo cual sus hermanos lo impelían a manifestarse con milagros. Pero El los rechaza, tratando de librarlos de semejante enfermedad. De modo que si El hubiera querido negar a su madre, era la ocasión para que la hubiera negado, cuando los judíos se la echaban en cara como un oprobio. Mas, por el contrario, tan grande solicitud muestra por Ella, que estando en la cruz la encomendó al discípulo a quien más amaba y mostró gran cuidado de Ella. En cambio, en este pasaje no procede del mismo modo, con el objeto de hacerle a Ella un bien y también a los hermanos. Como lo creían puro hombre y se dejaban llevar del anhelo de la gloria vana, echa fuera esa enfermedad, no para oprobio de ellos, sino para enmienda. Mas tú, por tu parte, no consideres únicamente aquellas palabras que contienen una moderada reprensión, sino además la importunidad y atrevimiento de sus hermanos y quién es el que los reprende. Porque no es puro hombre, sino el Unigénito Hijo de Dios.

Y la razón de reprenderlos: pues no quería poner duda sobre Ella, sino librarla de una enfermedad tiránica y llevarla poco a poco a la conveniente opinión de lo que El era y convencerla de que no era solamente hijo suyo, sino también su Señor. Y verás haber sido la reprensión en modo extremo conveniente a quien El es, y útil para su madre; y a la vez sumamente llena de mansedumbre. Porque no respondió: “¡Anda y di a esa madre que no es ella mi madre!” Sino que dijo al que le hablaba: ¿Quién es mi madre? Y logró así, además de lo ya dicho, otra cosa. ¿Cuál? Que nadie, ni aun ellos, fiándose en el parentesco, descuidara la virtud. Porque si a ella en nada le ayudaba ser su madre si no estaba muy firme en la virtud, apenas y ni apenas algún otro motivo de parentesco alcanzaría la salvación. Porque la única nobleza consiste en hacer la voluntad de Dios. Este modo de nobleza es más excelente y mejor que el otro basado en la naturaleza.

Sabiendo esto, no nos envanezcamos por los hijos esclarecidos en la virtud, si no estamos dotados de una virtud como la de ellos; ni tampoco por nuestros buenos y nobles padres si no nos les asemejamos. Y aun pudiera suceder que quien nos engendró no fuera nuestro padre, y quien no nos engendró sí sea nuestro padre. Por eso en otro pasaje, como una mujer clamara: Dichoso el seno que te llevó y los pechos que mamaste, Cristo no le respondió: ningún seno me llevó, ningunos pechos mamé, sino: Más bien dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan [Lc 11:27,28]. ¿Observas cómo no niega en forma alguna el natural parentesco, sino que le añade la afinidad que proviene de la virtud?

También el Precursor, cuando dice: Raza de víboras, no os gloriéis diciendo: Tenemos a Abrahán por padre [Mt 3:7,9] no quiso decir que ellos no fueran nacidos de Abrahán según la naturaleza, sino que de nada les aprovechaba ser nacidos de Abrahán si no tenían otro parentesco por medio de las mismas costumbres. Esto mismo declara Cristo con estas palabras: Si sois hijos de Abrahán, haced las obras de Abrahán [Jn 8:39]. No les niega el parentesco carnal, sino que afirma que hay otro mayor y más verdadero que ése, y que es el que se debe buscar. Lo mismo hace aquí, pero con mayor moderación y suavidad por tratarse de su madre. Porque no dijo: “No es mi madre, ni ésos no son mis hermanos, ya que no hacen mi voluntad.” Ni sentenció ni condenó, sino que lo dejó al arbitrio de ellos si quisieran serlo, expresándose con la mansedumbre a El conveniente. Pues dice: Quien hace la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre [Mt 13:50]. De manera que si lo quieren ser, que echen por este camino. Y cuando exclamó la mujer y le dijo: Bienaventurado el seno que te llevó, no contestó Cristo: “no es mi madre;” sino que dijo: “Si quiere ser bienaventurada que haga la voluntad de mi Padre. Pues quien así procede, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.”

¡Ah, ah! ¡cuán grande honor! ¡ah, cuán grande es la virtud! ¡a qué cumbres levanta a quienes la practican! ¡Cuántas mujeres han llamado bienaventurada a la santísima Virgen y a su vientre, y anhelaron ser así madres y rechazar de sí todas las cosas! Pero ¿qué obsta para ello? Ancho camino nos abre la virtud y pueden no sólo las mujeres sino también los varones levantarse a semejante afinidad y aun a una superior con mucho. Porque ésta constituye en una verdadera maternidad más que el parto. De manera que si ser madre es una cosa feliz, mucho más y más verdaderamente lo es eso otro, puesto que es más deseable. En consecuencia, no solamente lo desees, sino emprende con gran empeño la senda que te ha de conducir a lo que anhelas.

Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XLIV (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewj.htm#br)

 


El padre Pambo preguntó al padre Antonio: “¿Qué debo hacer?” El anciano le dice: “No confíes en tu justicia, no te preocupes de lo que pasa y sé continente con la lengua y con el vientre.”

– Antonio el Grande ( Las Palabras de los Ancianos)

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/palabras_ancianos_juliania.htm)

“El reino de Dios entre vosotros está” (Lucas 17:20-25)

Habiéndole preguntado los fariseos cuándo vendría el reino de Dios, Jesús les respondió, y dijo: El reino de Dios no viene con señales visibles, ni dirán: “¡Mirad, aquí está!” o: “¡Allí está!” Porque he aquí, el reino de Dios entre vosotros está. Y dijo a los discípulos: Vendrán días cuando ansiaréis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Y os dirán: “¡Mirad allí! ¡Mirad aquí!” No vayáis, ni corráis tras ellos. Porque como el relámpago al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro extremo del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día. Pero primero es necesario que El padezca mucho y sea rechazado por esta generación.

 

La Búsqueda de la Felicidad

 

CADA UNO DE NOSOTROS quiere para sí mismo el bien, la felicidad. El Señor nos dió la tierra, para que habitemos en ella alegremente, para que bienaventuremos, para que participemos de la gloria de Dios. Sin embargo, frecuentemente solemos escuchar que nuestra vida no nos trae ninguna alegría. Día a día nos levantamos, trabajamos y nos cansamos; siempre la misma rutina, todo nos cansa, estamos aburridos, y vemos todo gris alrededor nuestro. Realmente si nos miramos, vemos que todo el día nos gestionamos, nos preocupamos, nos ofendemos, nos irritamos, nos peleamos por pequeñeces y nos sentimos desgraciados, innecesarios y solos. Resultamos ser desgraciados, ya que somos esclavos de las cosas materiales, y vivimos mecánicamente, dependemos de las circunstancias que atravesamos. Ponemos toda nuestra energía en cosas insignificantes, las cuales hoy están, y mañana pueden no estar.

Esta vida inestable y transitoria, con sus ofensas, sus pecados de juzgar al prójimo, y sus envidias, la tomamos como nuestra vida real. Irritándonos y ofendiéndonos, perdemos la paz en nuestro corazón, y nos cargamos de oscuridad. Todo nos desagrada, nuestros amigos parecen ser enemigos, hasta la luz del sol no nos ilumina, y los pájaros no cantan para nosotros. Estando en esta situación nos ocultamos a nosotros mismos nuestra propia fuente de bien, y de alegría. No vemos el bien ni en nosotros, ni en los demás. Todo nos parece malo. Pero ¿Dónde está el problema? ¿Qué es lo que arruina tanto nuestras vidas? Vivimos con los corazones oscurecidos. Tomamos la victoria temporal de las fuerzas oscuras, ese estado pecador de nuestras almas, como algo verdadero, como algo original nuestro. Caminamos por la oscuridad, y el que camina por la oscuridad se tropieza. Tenemos adjuntos los pecados del mal: el pecado de juzgar a los demás, el de irritación y el de odio, lo que nos convierte en poco pacíficos. Cuando nos relacionamos con otras personas que internamente no tienen paz, provocamos la separación y el alejamiento al uno del otro. Al sentir la separación, sentimos el mal y la desgracia, y realmente sufrimos.

¿En la vida cotidiana, dónde está el bien y la alegría? ¿Cómo iluminar nuestra vida? ¿Cómo encontrar el sendero hacia la luz? El Señor es fuente de luz y de alegría, y el maligno nos trae la oscuridad. Somos esclavos del maligno. Nuestro enemigo nos trae oscuridad a nuestro corazón, y en medio de la oscuridad tomamos la vida equivocadamente. La oscuridad de nuestro corazónaltera nuestra vida. Realizamos pasos inciertos, decimos cosas innecesarias, hacemos movimientos poco seguros, dejamos de ver la verdadera cara de la persona, y la valoramos incorrectamente, tomando su estado temporal como su verdadera existencia. Tomando lo acumulado como algo válido, nos encontramos en un estado que nos lleva a la desgracia mutua y a la separación. Nuestros ancestros fueron creados sin pecado. Debido a los tiempos de caída espiritual, es como que el pecado entra en nuestra composición natural, se nos adhiere y nos tiene cautivos. Tenemos todo ligado al pecado, y mediante el pecado perdemos la alegría de la vida.

La vida cotidiana es el medio para formar la verdadera vida. Nosotros al medio lo convertimos en el objetivo. Nuestros pasos reales, que se desprenden de lo irreal, llevan consigo el mal, la pena y el sufrimiento. Caminamos como si estuviésemos en un sueño, y cargados por la oscuridad y las pasiones, miramos y vemos solo la oscuridad. El maligno no nos deja ver la luz. Somos instrumentos ciegos de las fuerzas oscuras, por lo cual sufrimos. No somos creadores de la vida, sino que somos esclavos suyos.

¿Cómo hay que ser? Hay que abrir los ojos. Recibir la vida buena, ya que es algo posible. Tan solo hay que usar las fuerzas para poder recibir este tesoro. Este tesoro está en nosotros mismos, y en los que nos rodean.

Queremos vivir felices y bien. Pero ¿qué hacemos para lograr esto? Hasta las oraciones de la mañana, y las de la noche no nos dejan ver nuestro estado de perdición. Es imprescindible que entendamos el sentido de la oración, entonces encontraremos el reconocimiento de nuestros pecados, y reconoceremos la misericordia de Dios. Estas oraciones definen toda nuestra vida y sus acciones, ellas nos indican que tenemos que hacer, y que es lo que tenemos que evitar.

En las oraciones de noche, y en las de la mañana estamos parados ante el rostro de Dios, y nos miramos a nosotros mismos. Estas oraciones nos descubren a nosotros mismos. Es importante que lo poco que nos espera en el día, lo iluminemos con la razón divina.

Nuestra alma está creada para la eternidad, pero nosotros completamente no nos preocupamos por ella. Tratamos de adquirir todos los tesoros posibles, excepto el tesoro de la eternidad. Somos malos comerciantes, y valoramos barato nuestra alma. Pero sin embargo no hay nada más valioso que nuestra alma. Solo compramos aquello que no tiene ningún valor en la eternidad, y aquello que va a la eternidad no lo adquirimos. Esto pasa por que tenemos todo confundido, todos los valores están transgredidos: el pecado nos nubló el valor real de las cosas. Cuando realmente sintamos toda la falsedad, y lo incorrecta que es nuestra vida, entonces se realizará la verdadera adquisición. La persona ante la luz Divina empezará a arreglar el desorden de su vida, y tenderá al bien y a la eternidad.

Es importante que cada día no se valla vacío a la eternidad, hay que encontrar lo valioso en la vida de cada día. Cada día se nos da para sacar aunque sea un mínimo de aquel bien, aquella alegría que esencialmente es la eternidad, y la cual irá con nosotros a la vida futura. Para extraer lo valioso de cada día, hay que relacionarse creativamente con cada momento de nuestra vida. Con el espíritu creador podemos superar nuestra inercia, liberarnos de la oscuridad de la pasión que nos gobierna. La victoria sobre el pecado nos lleva a percibir la paz alegremente, a conocer a Dios, y lleva consigo la formación de la vida real, a la cual, en esencia, es llamado el hombre.

¿Cómo llegar a esta vida creativa? La fuente de nuestra vida es nuestro corazón. Nuestro corazón es el campo de lucha entre el maligno y Dios, y esta lucha sucede a cada hora, y a cada minuto. Hay que estar todo el tiempo en guardia, vigilando el corazón, entender las maquinaciones del diablo y rechazarlas. Entonces tendremos una relación creativa con cada momento de nuestra vida. Todo el tiempo estamos parados en el límite entre el bien y el mal. Depende de nuestra voluntad en que nos inclinemos al bien, o que sin fuerzas nos subordinemos al mal. El maligno nos quiere poseer, y nosotros tenemos que resistirnos. El maligno nos incita al pecado del bien solo aparente, y nos induce a aquello que no es bueno para nosotros. Él nos introduce el pecado con apariencia de alegría.

En cada persona hay más bondad que maldad, solo que el bien esta mezclado con el mal. Usted me dirá “¿Cómo es eso? ¿Por qué vemos en el otro tanto mal? Todo un mar de maldad.” Sí, el mal es un mar, pero el bien es un océano. El mal trepa en nosotros, se desprende por los ojos, y el bien esta escondido en nosotros, esta disperso, no esta totalizado. El mal es insolente, y el bien es modesto. El mal es la oscuridad, el pecado, nuestra falta de fuerza, la depravación, la desgracia y la muerte. El bien es la luz, la unión, la fuerza, el poder, la alegría y la vida espiritual.

El comienzo fastidioso de cada día, y de cada hora, se lo puede iluminar, hacerlo alegre, si es que tomamos de la vida el bien, la luz y el color. Debo dirigir la atención correctamente a la vida que me rodea. Si voy a encaminar mi ojo interno hacia la luz, entonces la podré ver. La atención es un acto grandioso de la vida espiritual. Lucha, esforzate en encontrar la luz, y la verás. Esta dicho:“Buscad, y hallaréis” (Mateo 7:7). Nuestra existencia esta llena con dos tercios de luz, pero esta luz interna no se nos manifiesta. Venciendo a la oscuridad, dejamos pasar la luz a nuestro corazón, es decir al Señor. Esto ya nos es un momento pasivo, sino que creador. Hay que revelar el espíritu creador. Creando una nueva vida podemos llegar a la Fuente de Luz, que todo lo ilumina.

El bien es eterno y proviene de Dios, y a Él se unirá. Este movimiento del bien hacia Dios, es la construcción del Reino de Dios en la tierra. Hay que esforzarse hacia el bien, y el bien solo se atraerá a nosotros. Yo voy al Padre, y el Padre viene hacia mi encuentro (parábola del hijo pródigo). Echando al maligno de nuestro corazón, liberamos allá un lugar para el Señor. El Señor entra en nuestro corazón y reina en él, con lo cual se construye el Reino de Dios. Es un bien real en la tierra, es el regocijo del Espíritu Santo. Entonces se abre en nosotros la vida celestial, lo ideal se vuelve real. Rezamos: “vénganos Tu Reino,” esto es algo real. La permanente lucha contra el pecado es un estado de luz, de santidad, que tiene como fuente al Espíritu Santo, de la Fuente de la Luz, que es Dios. Por eso el apóstol Pablo determina que: “No consiste el reino de Dios en el comer, ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo” (Romanos 14:17). En este estado el hombre se une a Dios, y siente la alegría del Espíritu Santo con toda su existencia. Esto se debe a que el hombre regresa a Dios, su Padre, a su casa.

La felicidad no se puede obtener mediante el pecado, quebrantando la Ley de la vida ¿Cómo empezar la lucha contra el pecado? Hay que encontrar la fuerza que derriba y deja sin fuerzas al pecado. Hay que unirse a la Fuente de fuerza del bien, a Dios, dirigiéndonos hacia Él con oraciones, para que nos ayude, ya que nos domina la fuerza del pecado que deja sin fuerzas nuestros esfuerzos, y sin ayuda de Dios no estamos en condiciones de cambiar nuestra naturaleza pecadora.

El Señor está cerca, viene al encuentro, y ayuda. Con un pequeño llamado a Dios, con las palabras: “Señor, ayúdame,” en un momento que prevalezca sobre nosotros la fuerza oscura, llamamos a nuestra vida de la inexistencia hacia la existencia. Llamar a Dios es un acto de la voluntad, llamar a la Fuente de luz. El acto de llamar a Dios en los momentos de oscuridad del corazón (irritación, rencor, envidia u otra pasión), diciendo las palabras: “Señor, ayúdame,” disminuye las distancias entre la tierra y el cielo. En respuesta al llamado, desciende del Cielo la ayuda, que llega directo al corazón, con un rayo de luz que ilumina la oscuridad, y la dispersa. Pensar en Dios es la acción del Espíritu Santo dentro de nosotros. Llamando a Dios, con la voluntad pasamos a otro campo de la vida, esto es un acto espiritual, que se une con la luz divina. Invocando a Dios, Verbo de la oración, recibimos en respuesta la luz divina, que resulta ser la estrella que nos guía en nuestras vidas. Invita a actuar las fuerzas del bien, y en la persona se generan brotes de vida, en esta tierra helada e indiferente.

El momento de invocación a Dios es la guía de la luz en nuestra alma. Como si fuese poco decir: “Señor, ayúdame,” y ante nosotros es como que se abre el cielo con la morada de Dios, del cual se desprende la luz que llega hacia nosotros, y es como que solos entramos en la eternidad. La misma eternidad entra en nuestra vida, como un momento que nos acerca a la Fuente de luz. Esta luz junta nuestros granos del bien, en medio del caos del bien y del mal, característico de nuestra vida cotidiana. El Señor reina en nuestro corazón, y con esto se forma el Reino de Dios, que es de paz y de alegría.

En el proceso de lucha contra el pecado es como que solos renacemos: de irritados pasamos a ser dóciles, de mezquinos a generosos, de malos a buenos, de crueles a misericordiosos, de atareados con las vanidades a graduales. Se nos forman nuevos sentimientos y emociones. Se nos abren los ojos. La oscuridad de nuestro corazón se reemplaza por la luz, y esto es un milagro, que es la aparición de la fuerza divina. Esto es una renovación, apartar (quitar) a la persona vieja (pecadora) y formar una nueva persona, un nuevo ser, es una transfiguración. Lo eterno, lo celestial entra en nuestra vida, y con esto entramos a la eternidad. Al hombre se le da una enorme fuerza, con ayuda de Dios, que es la de cambiar la vida pecadora por una vida nueva. Construir el Reino de Dios en la tierra. El Espíritu Santo empieza a actuar en nosotros, los frutos del Espíritu son: “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio” (Gal. 5:22).Entonces cada persona se vuelve como si fuese creador de milagros, ya que vence al pecado, realiza un milagro, abriendo en sí mismo a Dios. Empezamos a ver todo el espejismo de nuestra vida.

Sin llamar a Dios, e ir tras Él, no podemos salir de la esclavitud de las cosas y de las situaciones, somos sus esclavos. En la medida de lo posible, hay que iluminar más frecuentemente nuestros días con los rayos de luz divina, abrir una especie de ventana al cielo, para que la luz celestial se vierta en nuestro corazón. Cuanto más tengamos estos momentos de iluminación, más iluminada de luz divina estará nuestra vida. El mundo va a adquirir su belleza verdadera, y el hombre su verdadera existencia, y va a sentir la alegría de la vida. El cristianismo no es una religión de penas, sino que una religión de alegría y bienaventuranzas. El apóstol Pablo dice: “Alégrense siempre” (1 Tesal. 5:16). Esto es el comienzo de aquella bienaventuranza, de la cual está dicho: “Lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento, lo tiene Dios preparado para aquellos que lo aman” (1 Corintios 2:9).

– Arzobispo Sergio Korolev de Praga (ruso), (tr. por Juan Vorobioff)

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/vida_espiritual_arzobispo_sergio.htm#_Toc38175934)

 


Dijo el padre Antonio: “Hay algunos que han martirizado su cuerpo con la ascesis y, por falta de discernimiento, se alejan de Dios.”

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto


“Todas las generaciones me tendrán bienaventurada” (Lucas 1:39-49,56)

La imagen más antigua de la Virgen María, pintados por los cristianos perseguidos en Roma en los años 200, la Catacumba de Priscilla

La imagen más antigua de la Virgen María, pintada por los cristianos perseguidos en Roma en los años 200, la Catacumba de Priscilla

En esos días María se levantó y fue apresuradamente a la región montañosa, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando Elisabet oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz y dijo: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Por qué me ha acontecido esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque he aquí, apenas la voz de tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de gozo en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó que tendrá cumplimiento lo que le fue dicho de parte del Señor.

 

Entonces María dijo:

Mi alma engrandece al Señor,

Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; pues he aquí, desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán bienaventurada.

Porque grandes cosas me ha hecho el Poderoso; y santo es su nombre.

Y María se quedó con Elisabet como tres meses, y después regresó a su casa.

 

 

Lucas 1:39-49,56, La Biblia de las Américas

 


 

Comentario

 

Desde los primeros tiempos del Cristianismo, la Santísima Virgen María fue venerada por los cristianos por Sus grandes virtudes, por ser Ella la elegida Divina y por Su ayuda a los necesitados.

La glorificación de la Virgen María se inició desde el momento en que el Arcángel Gabriel la saludó con las palabras: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo! ¡Bendita Tú eres entre todas las mujeres!”, con las que le comunicó el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Con este mismo saludo y con el agregado de la frase: “Bendito es el fruto de tu vientre,” la recibió su prima, la santa Elizabeth, a la cual el Espíritu Santo le reveló que estaba ante la presencia de la Madre de Dios (San Lucas 1:28-42).

En la Iglesia cristiana, la veneración piadosa de la Santísima Virgen María se evidencia por la cantidad de festividades, con las cuales la Iglesia conmemora distintos acontecimientos de la vida de la Santísima Virgen.

Los grandes padres y maestros de la Iglesia componían en honor a la Virgen María cánticos de alabanzas, “Akathistos” (himnos de glorificación en los que hay permanecer de pie), pronunciaban palabras inspiradas… Teniendo en cuenta esta veneración devota de la Santísima Virgen, es gratificante y constructivo saber cómo vivía, cómo se preparaba y cómo alcanzó una altura espiritual como para convertirse en el receptáculo del Verbo de Dios.

Las escrituras del Antiguo Testamento, al predecir la Encarnación del Hijo de Dios, también se referían a la Virgen María. Así, la primera promesa de Expiación que le fue dada al hombre caído en el pecado incluye una profecía sobre la Santísima Virgen en las palabras de reproche dirigidas a la serpiente: “Y enemistad pondré entre tú y la Mujer y entre tu simiente y la Simiente Suya” (Génesis 3:15). La profecía sobre la Virgen María consiste en que el futuro Redentor se menciona aquí como Simiente de Mujer, mientras que en todos los otros casos se alude a los descendientes como simiente de algún antecesor masculino. El profeta Isaías aclara esta profecía, indicando que la Mujer que dará a luz al Mesías – Emanuel será virgen: “El propio Señor les dará la señal” les dice el profeta a los poco creyentes descendientes del rey David, “He aquí que, una Virgen llevará en su seno y concebirá a un Hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros” (Is. 7:14). Aunque la palabra “Virgen” le parecía inadecuada a los antiguos hebreos porque el nacimiento supone necesariamente una relación matrimonial, no osaron, sin embargo, reemplazar la palabra “Virgen” por otro término, como por ejemplo, “Mujer.”

– Obispo Alejandro Mileant (ortodoxo ruso), (tr. por Natalia Hasapov)

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/maria_s.htm)

 


Dijo el padre Antonio: “Vi tendidas sobre la tierra todas las redes del Maligno, y dije gimiendo: ‘¿Quién podrá escapar de ellas?’ Y oí una voz que me dijo: ‘La humildad.'”

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto