“Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Lucas 23:2-34, 44-56)

Что есть Истина, Христос и Пилат (¿Qué es la verdad? Pilato y Cristo), Nicholas Ge (1890)

Что есть Истина, Христос и Пилат (¿Qué es la verdad? Pilato y Cristo), Nicholas Ge (1890)

Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohibe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey. Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices. Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre. Pero ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.

Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el hombre era galileo. Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén. Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal. Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió. Y estaban los principales sacerdotes y los escribas acusándole con gran vehemencia. Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato. Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.

Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. Le soltaré, pues, después de castigarle. Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta. Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: ¡Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás! Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio. Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús; pero ellos volvieron a dar voces, diciendo: ¡Crucifícale, crucifícale! Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré. Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.

Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?

Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.

Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo. Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.

Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo. Este, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos, fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie. Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día de reposo.

Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo. Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
23:2
27:11 15:2 23:3 18:33,37
23:4 18:38; 19:4,6
23:5-9
23:13-14 18:38; 19:4,6
23:15-16
27:15 15:6 23:17
27:20-21 15:11 23:18-19 18:40
27:22-23 15:12-14 23:20-21 19:6
23:22 18:38; 19:4,6
27:22-23 15:12-14 23:23 19:15
27:26 15:15 23:24-25 19:16
 27:32 15:21 23:26  19:17-18
23:27
[23:28-31]
 27:38 15:27 23:32-33 19:18
23:34
27:45 15:33 23:44-45a
27:51 15:38 23:45b
27:50  15:37 23:46  19:30
 27:54  15:39  23:47
23:48-49
 27:57-58 15:42-45  23:50-52 19:38
27:59-60 15:46 23:53  19:40-42
23:54-55
 16:1  23:56

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Jesús compareció en presencia del Procurador; y le preguntó el Procurador: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le contestó: Tú lo dices. Pero en cuanto a las acusaciones de los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo, nada respondió [Mateo 27:11].

¿ADVIERTES CÓMO por primera vez se examina aquí lo que los judíos con suma frecuencia trataban? Como vieran éstos que Pilato no se cuidaba de las disquisiciones legalistas, acuden a los crímenes contra la nación y públicos. Lo mismo hacían con los apóstoles y continuamente les objetaban lo mismo; o sea que andaban por todas partes predicando a un tal Rey, Jesús [Hechos 18:17], que ellos consideraban como simple hombre; y con esto echaban sobre los apóstoles la sospecha de que andaban queriendo establecer un reino y tiranía. Por donde se ve que aquel desgarrar sus vestiduras el pontífice y su estupor, fueron cosas simuladas y de comedia. En realidad todo lo revolvían y barajaban para darle muerte a Cristo.

Tal fue el motivo de que Pilato lo interrogara sobre esto entonces. ¿Qué respondió Cristo?: Tú lo dices. Confesó ser Rey, pero Rey celeste Con mayor claridad lo dijo a Pilato en otra parte, al responderle: Mi reino no es de este mundo [Juan 18:36], para que ni estos acusadores ni aquellos otros tuvieran excusa alguna. Y da Cristo ahí la razón incontrovertible: Si fuera de este mundo, los míos combatirían para que no fuera entregado. Y para quitar toda sospecha, había pagado el tributo [Mateo 22:17] y había dispuesto que los demás también lo pagaran; y cuando quisieron proclamarlo Rey, huyó [Juan 6:15].

Preguntarás: ¿por qué no alegó esto cuando fue acusado de ambicionar el poder? Porque teniendo ellos en sus manos infinitas demostraciones de su poder, mansedumbre y modestia, voluntariamente se cegaban, tramaban males contra El y tenían corrompido el juicio. Por tal motivo a nada responde, sino que calla. Alguna vez habla pero brevísimamente, para no echar sobre sí la opinión de arrogante a causa de su perpetuo silencio. Fue cuando el sumo pontífice lo conjuró y cuando el Procurador lo interrogó. En cambio, a los crímenes de que lo acusaban, nada responde, pues sabía que no los había de persuadir.

Ya lo había predicho el profeta: En su humildad se le privó de juicio [Isaías 53:8 LXX]. El Procurador se admiraba de esas cosas. Y en verdad era de admirar el mostrar tan grande modestia y silencio quien tantísimas cosas podía alegar. Pero no lo acusaban porque creyeran que tuviera alguna falta, sino únicamente llevados de la envidia y el odio. Pues si ya cuando presentaron testigos falsos nada tuvieron que acusar ¿por qué persisten en acusar? ¿Por qué, aun viendo expirar a Judas, y a Pilato lavarse las manos, no se compungieron? Pues en esas circunstancias, hizo Jesús muchas cosas que los podían llevar a compungirse; y sin embargo no se tornaron mejores.

¿Qué le dice Pilato a Jesús?: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? [Mateo 27:19] Porque deseaba que se defendiera y así librarlo, le hablaba así. Mas como Jesús nada respondiera, Pilato urdió otro medio. ¿Cuál? Era costumbre que se dejara libre uno de los criminales; y Pilato intentó librar a Jesús por este camino. Como si les dijera: Si no queréis dejarlo libre como inocente, a lo menos libradlo como criminal en reverencia de la fiesta. ¿Observas cómo se ha invertido el orden? La costumbre era que el pueblo pidiera en favor de los reos ya condenados, y que el Procurador concediera la petición; mas ahora sucede al contrario: el Procurador pide al pueblo, que ni aun así se aplaca, sino que más se enfurece, y locos por la envidia, dan gritos. Pues nada podían objetar acusando; y aun callando El, quedaban redargüidos, pues tantas cosas había que declaraban justo a Jesús. Callando los derrotaba, mientras ellos, enfurecidos, barbotaban miles de cosas.

En estando él sentado en el tribunal, su mujer le envió este recado: No te metas con ese justo; pues he sufrido mucho hoy en sueños, por causa de él [Mateo 27:19]. Mira otra cosa que hubiera podido retraerlos de su propósito. Porque ese sueño, tras de la experiencia ya adquirida en el asunto, era de no poco peso. ¿Por qué no lo vio Pilato en persona? O porque su mujer era más digna de verlo; o también porque de haberlo visto él, no se le hubiera dado fe; o quizá hubiera cambiado algo del ensueño. Por esto la Providencia hace que sea su mujer quien lo vea y así llegue al conocimiento de todos. Y no solamente lo vio, sino que padeció muchas cosas, para que Pilato, por consolarla, procediera con mayor lentitud en decretar la muerte. Además, no interesaba poco el tiempo del ensueño, pues ella lo vio en esa misma noche. Mas Pilato no podía dar libre a Cristo sin peligro, pues los judíos le habían dicho: Se hace Rey. Se hacía pues necesario investigar pruebas, razones y señales de que Cristo buscaba el dicho reinado. Por ejemplo, si había reunido ejército, si había juntado dineros, si tenía fábrica de armas, o en fin si había intentado algo.

Sin suficiente motivo Pilato se deja arrastrar por tales suposiciones, por lo cual Cristo le declara que no está exento de culpa, diciéndole: Por esto el que me ha entregado a ti comete mayor pecado [Juan 19:11]. Cedió pues por debilidad y lo sujetó a los azotes. Pilato era débil y nada varonil; y en cambio los príncipes de los sacerdotes eran malignos y astutos. Y pues Pilato había pensado en otro modo de librar a Cristo, valiéndose de!a solemnidad y la ley que ordenaba dar libertad a uno de los presos con esa ocasión ¿qué es lo que traman los príncipes de los sacerdotes? Dice el evangelista: Persuadieron a la turba pedir a Barrabás [Mateo 27:20].

¿Observas por cuántos medios procura Pilato librarlos de culpa y con qué empeño se esfuerzan ellos para que no les quede ni sombra de excusa? Porque ¿qué era lo que a ese tiempo convenía? ¿Dejar libre a alguno de los reos ya convictos, o a aquel de quien se dudaba si era o no culpable? Puesto que si convenía dejar libre a uno de los ya condenados, mucho más convenía dejar libre a aquel cuya falta aún no se comprobaba. Al fin y al cabo a ellos mismos no les parecía Jesús ser peor que los públicos y homicidas.

Por tal motivo dice el evangelista no únicamente que tenían en la cárcel a un ladrón, sino a un ladrón insigne, célebre por su perversidad y que había cometido infinitos homicidios. A pesar de todo, lo prefieren y anteponen al Salvador del mundo y no respetan ni el tiempo sagrado ni las leyes de lo humano ni nada semejante, sino que totalmente los ciega la envidia. Y no contentos con su propia maldad, corrompen al pueblo para merecer también por este engaño los extremos castigos. Como pidieran al Procurador la libertad de Barrabás, Pilato les dijo: Pues ¿qué haré de Jesús que se dice Cristo? [Mateo 27:22] Quería nuevamente por este otro medio doblegarlos, dejando en manos de ellos el que a lo menos por vergüenza pidieran libre a Jesús; y que así todo dependiera de la generosidad del pueblo. Pues si les hubiera dicho: No ha cometido crimen alguno, los habría vuelto más querellosos aún. En cambio, la petición de salvar a Jesús por las leyes de la humanidad, le parecía más apto. Pero ellos contestaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! El les respondió: ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos con desbordado furor vociferaban: ¡Sea crucificado! Viendo, pues, Pilato que nada adelantaba, se lavó las manos diciendo: Soy inocente [Mateo 27:22-24].

Entonces ¿por qué lo entregas a la muerte? ¿Por qué no lo libraste como hizo el tribuno aquel con Pablo? [Hechos 21] Y eso que sabía que matando a Pablo les caía bien a los judíos; pues a causa de éste se habían levantado en sedición y alboroto; y sin embargo, fuertemente se opuso. No procedió así el Procurador, sino que se portó débil y cobardemente; de modo que la corrupción alcanzó a todos. Ni él resistió a la multitud, ni la plebe resistió a los judíos. Y así ninguna excusa les quedaba. Ellos vociferaban, o sea clamaban más y más: ¡Sea crucificado! Pues no querían simplemente dar muerte a Cristo, sino una muerte de criminal Por esto, aun repugnándolo el juez, perseveraban en sus clamores.

¿Ves cuántas cosas hizo Cristo para inducirlos al arrepentimiento? Así como a Judas con frecuencia lo reprimió, así lo hizo con éstos: a través de todo el evangelio procede así, y lo mismo ahora al tiempo del juicio. Cuando veían al que era Procurador y juez lavarse las manos y le oían decir: Yo soy inocente de la sangre de este hombre, lo propio era que se compungieran, tanto por las palabras como por lo que hacía; lo mismo que cuando vieron a Judas colgado con el lazo y también a Pilato que en persona les rogaba que escogieran a otro preso en vez de Jesús. Cuando el traidor y acusador se condena a sí mismo de falsedad; y el juez que sentencia, echa de sí la culpa; y en esa misma noche se realiza un tal ensueño; y en cierto modo Pilato en persona pide la liberación de Jesús ¿qué excusa pudieron tener los judíos? Al fin y al cabo, si no concedían que fuera inocente, a lo menos con toda certeza no debían anteponerle un ladrón; digo a un ladrón insigne y del que públicamente sabían qué clase de hombre era.

¿Qué hicieron los judíos? Como vieran al juez lavándose las manos y oyeran que decía: Yo soy inocente, gritaban: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos [Mateo 27:25]. Entonces, finalmente, pues ellos contra sí mismos dictaron la sentencia, Pilato cedió del todo. Pero tú considera en este paso la gran perversidad de los judíos. Porque así es el ímpetu temerario de la mala pasión: no deja ver nada bueno. Pase ¡oh judíos! que os maldijerais a vosotros mismos; mas ¿por qué atraéis la maldición también sobre vuestros hijos? El Señor, en cambio, benigno como es, mientras ellos así tan furiosamente enloquecían, tanto contra sí mismos como contra sus hijos, no confirmó la sentencia que lanzaban en propia contra y de sus hijos, sino que, por el contrario, a quienes de ellos hicieron penitencia los recibió en su amistad y los colmó de bienes. Del número de éstos era Pablo y muchos miles de creyentes de Jerusalén Pues Santiago decía: ¿Ves, hermano, cuántos millares hay de creyentes? [Hechos 21:20]

Entonces les dejó libre a Barrabás; y a Jesús, tras de haberlo hecho azotar, se lo entregó para que lo crucificaran [Mateo 27:26].

¿Por qué lo mandó azotar? O bien fue como a ya sentenciado, o para guardar cierta forma de juicio en el asunto, o para dar gusto a los judíos. Lo conveniente y necesario era que resistiera. Pues anteriormente les había dicho: Tomadlo allá vosotros y según vuestra ley juzgadlo [Juan 18:31]. Muchas cosas había capaces de apartar a Pilato y a los judíos de tan grave crimen: los milagros y prodigios, la inmensa mansedumbre de la víctima, su profundo silencio. Pues así como se mostró verdadero hombre tanto en lo que dijo en su defensa como por las súplicas al Padre, así demostró también su alteza divina y su magnanimidad, tanto por el silencio como por el desprecio de lo que contra El se decía; de modo que a todos los dejaba admirados. Pero por nada quisieron ceder.

Es que cuando ya una vez la razón queda coartada como con una embriaguez y locura, es muy difícil arrepentirse de la caída, a no ser que se esté dotado de un ánimo esforzado y generoso. Cosa grave, por cierto, cosa grave es dar entrada a esa clase de pasiones; por lo cual se hace necesario cerrarles del todo la puerta; pues en cuanto han invadido a un alma y la han llenado, a la manera del fuego que cae sobre leña, se enciende gran llamarada. Os suplico, en consecuencia, que pongamos todos los medios para impedirle la entrada; y que no suceda que, prevalidos de un frío raciocinio, nos consolemos con éste, e introduzcamos en el alma toda perversidad, diciendo: ¿Qué importa esto? ¿qué importa esotro? Brotan de aquí males sin cuento. El demonio, perverso como es, usa de su astucia, perseverancia y adaptación, para ruina del hombre; y comienza su batalla por cosas mínimas.

Pon atención, te lo ruego. Quería enredar a Saúl en las vaciedades y delirios de una pitonisa. Pero si desde el principio se lo hubiera propuesto, ciertamente Saúl lo habría desechado. ¿Cómo lo habría aceptado cuando él mismo había expulsado a las pitonisas? Por tal motivo el demonio lo fue llevando poco a poco. Desobedeció Saúl a Samuel y se atrevió a ofrecer el sacrificio de holocausto, ausente el profeta. Acusado de esto, respondió que la llegada de los enemigos lo había puesto en aquella necesidad grande [1 Samuel 13:12, 28:15]. Y siendo así que convenía llorar aquella falta, procedió como si en nada hubiera faltado. Luego el Señor le ordenó pelear contra los amalecitas, y también acá quebrantó lo ordenado por Dios. Siguiéronse sus crímenes contra David. Y así, poco a poco, ya no se detuvo en la pendiente de su ruina, hasta que fue a dar al abismo de su perdición.

Lo mismo le sucedió a Caín. El demonio no lo empujó repentinamente al asesinato de su hermano, pues no se lo habría persuadido. Sino que primero le presentó el asunto como si no fuera pecado; luego lo inflamó en cólera y envidia y lo persuadió de que ningún mal se seguiría; en tercer lugar le persuadió el homicidio y el negar que lo hubiera perpetrado; y no se apartó de él el demonio, hasta que por fin puso Caín el colofón a todos los males. En consecuencia, se hace necesario rechazarlo sobre todo a los comienzos. Sobre todo teniendo en cuenta que dichos comienzos, aun cuando no pasen adelante, son ya pecado que no se ha de despreciar; y que en cambio, si el alma se descuida un poco, pasan a cosas graves. Hay, pues, que tomar todos los medios para combatir los malos principios.

No consideres el pecado como cosa pequeña, sino piensa, pues debes pensar que con el descuido se convierte en raíz de mayores caídas. Si se ha de decir una paradoja, no requieren tanta diligencia para evitarlos los pecados grandes como los pequeños. En los grandes la naturaleza misma del pecado hace que lo aborrezcamos, mientras que en los menos graves, aun por el hecho de serlo, nos arrastran a la negligencia y no dejan que con fortaleza se luche contra ellos. Con lo cual, mientras andamos descuidados, ellos crecen. Lo mismo puedes ver en las cosas corporales. Por este camino se originó en Judas el grave daño de la traición. Si no se hubiera persuadido de que el robar los bienes destinados a los pobres era cosa leve, nunca habría llegado hasta la traición. Asimismo, si los judíos no se hubieran persuadido de que entregarse a la vanagloria era cosa leve, nunca habrían llegado a dar muerte a Cristo.

De modo que ya ves cómo de ese principio han nacido todos los males. Nadie repentinamente se hace malo. Tiene, por cierto, nuestra alma un nativo pudor del mal y una reverencia al bien, y no puede suceder que repentinamente se incline a la impudencia y lo eche a rodar todo juntamente: ¡se corrompe poco a poco por su negligencia! Así la idolatría comenzó por ser los hombres, ya vivos ya muertos, excesivamente tenidos en honor; así se llegó al culto de las esculturas; así entró la fornicación y los demás pecados. Atiende en este punto. ¿Qué cosa más leve que reír? ¿qué mal se puede seguir de eso? Pues bien, la risa es el origen de la obscenidad, las chocarrerías, las palabras torpes, y finalmente de las torpes acciones.

Acusado alguno de que calumnia al prójimo, de que lo injuria, de que lo maldice, se descuida y alega: maldecir es cosa leve. Pero de ahí nacen los odios profundos, las enemistades irreconciliables e infinitas palabras injuriosas; y de las palabras injuriosas se procede a los golpes, y de los golpes con frecuencia se llega al asesinato. De modo que el demonio maligno va llevando de lo leve a lo grave. Y de lo grave arrastra a la desesperación; porque también ha encontrado este otro camino, no menos pernicioso que el anterior. No arruina tanto el pecado como la desesperación. Al fin y al cabo, el que ha pecado puede pronto, mediante la penitencia, corregir lo que hizo, si anda vigilante. Pero quien desespera y no se corrige, deja de enmendarse porque ya no echa mano del medio de la penitencia.

Tiene todavía el demonio un tercer medio y forma de asechanzas gravísimo, que es cuando envuelve el pecado en apariencias de piedad. Preguntarás: ¿cómo ha tomado tanta fuerza el demonio que llegue hasta ese engaño? Óyelo y guárdate de su astucia. Ordena Cristo, por medio de Pablo, que el esposo no se separe de su mujer [1 Corintios 7:10]; y añade que no deben defraudarse en el débito conyugal mutuamente [1 Corintios 7:5], si no es de común consentimiento. Pues bien, algunas mujeres, por amor a la continencia, se han separado de sus maridos, como si hicieran una obra piadosa, y a sí mismas se han precipitado luego en el adulterio. Piensa cuan perverso trabajo fue el que se tomaron y que sufrirán penas extremas por haber introducido un mal tan grave y haber precipitado a sus esposos en el abismo de la perdición.

Otros, absteniéndose de los alimentos, apoyados en el precepto del ayuno, poco a poco han llegado hasta abominar de la comida, cosa que les causa grandes padecimientos. Sucede esto cuando se aferran a sus propias opiniones, formadas sin tener en cuenta las Sagradas Escrituras. Entre los corintios hubo algunos que pensaron ser cosa indiferente comer de toda clase de manjares, aun prohibidos; y que en esto había algo más de perfección. Y sin embargo, no era eso perfección alguna, sino el colmo de la iniquidad. Por lo cual Pablo con vehemencia los reprende y les afirma ser reos de extremo castigo. Piensan otros ser cosa de piedad el cultivo de la cabellera; y sin embargo esto está prohibido y es cosa de mucha vergüenza. Otros hay que creen ser ganancia espiritual el dolor excesivo de los pecados; pero también esto pertenece a las diabólicas astucias, como sucedió en el caso de Judas, quien por esa causa se ahorcó.

Por este mismo motivo temía Pablo que aquel fornicario de Corintio cayera en una desesperación semejante a la de Judas; y exhorta a los corintios a que lo más pronto posible lo libren de eso: Para que no lo consuma una excesiva tristeza Y enseguida, declarando cómo esto último proviene de astucias del demonio [2 Corintios 2:7], añade: Para que no nos envuelva Satanás en sus astucias, pues no desconocemos sus ardides [2 Corintios 2:10,11]. Como si dijera: él pelea contra nosotros con dolo crecido. Si luchara a campo abierto, fácil sería nuestra victoria. Pero aun ahora es fácil con tal de que vivamos vigilantes Porque para todos y cada uno de sus caminos ya nos armó Dios.

Oye cómo nos exhorta a no despreciar las cosas leves: Quien dijere fatuo a su hermano, será reo de la gehena [Mateo 5:22]. Y también : el que ve con ojos lascivos es perfecto adúltero [Mateo 5:28]. A los chocarreros los llama míseros. Y en todas partes va cortando y arrancando los principios y semillas del mal. Dice que de toda palabra ociosa tendremos que dar cuenta [Mateo 12:36]. Por esto Job purificaba no únicamente las acciones, sino aun los pensamientos de sus hijos [Job 1:5]. Y acerca de la desesperación dice: ¿Acaso el que ha caído no se levantará? [Jeremías 8:4] Y también: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva [Ezequiel 18:23 LXX]. Además: Hoy, si oyereis su voz [Salmos 95:7]. Y luego: Hay gozo en el cielo por un pecador que hace penitencia. Abundan en las Sagradas Escrituras otras muchas sentencias y ejemplos. Y para que no perezcamos bajo el pretexto de piedad, oye a Pablo que dice: Para que no lo consuma la tristeza excesiva.

Sabiendo estas cosas, opongamos la prudencia de las Escrituras a todos los caminos por donde pueden caer los desidiosos. Ni digas: pero ¿qué si curiosamente miro a una mujer hermosa? Porque si adulteras en tu corazón, pronto te atreverás a adulterar en las obras. Tampoco digas: pero ¿qué si a este pobre lo paso de largo? Si a éste pasas, luego pasarás a otro y a otro. Tampoco digas: pero ¿y qué si codicio los bienes ajenos? Esto fue lo que perdió a Acab, aunque luego pagara el precio del viñedo, pues lo tomó contra la voluntad de su sueño. El comprador no ha de obligar sino persuadir. Pues si ese que pagó el justo precio fue condenado por haber tomado los bienes de quien no quería dárselos, quien no sólo hace eso, sino que realmente se los arrebata al renuente, y esto ahora en la Ley de Gracia ¿de qué castigo no será digno?

Pues para que no seamos castigados, conservémonos limpios de toda violencia y rapiña; guardémonos no sólo de los pecados, sino del principio de ellos, y cultivemos con diligencia la virtud. Así gozaremos de los bienes eternos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXVI sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

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“También había algunas mujeres mirando de lejos …” (Marcos 15:22-25,33-41)

Vue depuis la Croix(Vista desde la Cruz, James Tissot (francés, 1886-94)

Vue depuis la Croix, James Tissot (1886-94)

Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó. Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno. Era la hora tercera cuando le crucificaron.

Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle. Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
27:33 15:22 23:33 19:17-18
27:34 15:23  19:28-30
27:35-36 15:24 23:34-35 19:23-24
15:25
27:45 15:33 23:44-45
27:20-21 15:11  23:18-19 18:40
27:46-47 15:34-35
27:48-49 15:36 22:36-37
27:50 15:37 22:46 19:30
27:51 15:38 23:45
27:54 15:39 22:47
27:55-56 15:40-41

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Y estaban ahí María Magdalena y la otra Marta, sentadas frente al sepulcro [Mateo 27:61]. ¿Por qué permanecen ahí sentadas? Pues aún nada sublime ni grande sabían de Jesús, y por eso acudieron luego con ungüentos. Lo hacían en espera de que, si se aplacaba el furor de los judíos, podrían ellas acercarse y saciar su anhelo de embalsamarlo. ¿Observas la fortaleza de estas mujeres? ¿Adviertes su cariño a Cristo? ¿Ves su liberalidad en los gastos, hasta ponerse en peligro de muerte? ¡Imitémoslas, oh varones! No abandonemos a Jesús en las pruebas. Gastaron ellas de sus haberes generosamente para embalsamar aquel cadáver, llegando hasta poner en peligro su vida. En cambio, nosotros (pues repetiré lo mismo) ni lo alimentamos cuando está hambriento, ni lo vestimos cuando está desnudo; y si lo vemos que pide limosna, pasamos de largo y aprisa.

Ciertamente, si viéramos a Cristo en persona, sin duda cada cual le daría de lo suyo en abundancia. Pues bien: ahora es El mismo. Porque dijo: Yo soy. Entonces ¿por qué no le das lo tuyo todo? Ahora lo oyes que dice: Conmigo lo hacéis. No interesa que des a éste o a ese otro; pues no harás menos que las mujeres aquellas que entonces sustentaban al Señor, sino mucho más. No os conturbéis por esto. Claro que no es lo mismo alimentar al Señor presente en persona (pues aun un corazón de piedra se movería a ello), a ayudar, por solas las palabras de Cristo, a un pobre mutilado y encorvado. En el caso de Cristo aun la sola dignidad y aspecto del que se nos presenta, nos atrae; en cambio en el caso del pobre se te da íntegro el premio de la misericordia.

Por lo demás, mayor prueba es de respeto y reverencia para con Cristo el ayudar en todo a un consiervo por solas las palabras de Cristo. Ayuda, pues, a los pobres y fíate del que recibe y dice: A mí lo diste. Si no fuera a El a quien lo das, no te recompensaría ni te retribuiría con el reino. Tampoco te echaría a la gehena, si no fuera a El a quien tú desprecias en el pobre, cuando desprecias a un hombrecillo vil cualquiera. Pero como El es el despreciado, por esto el pecado es muy grave. En su caso Pablo a El perseguía, por lo cual Cristo le dice: ¿Por qué me persigues? [Hechos 9:4]

En consecuencia, cuando damos limosna, pensemos que la damos a Cristo; porque sus palabras merecen más fe que lo que por los sentidos percibimos. Cuando veas a un pobre acuérdate de que dijo que era El mismo el alimentado. Aunque aquel que pide no sea personalmente Cristo, pero bajo su disfraz El es el que pide y recibe. Avergüénzate cuando no des al que te pide: es cosa de vergüenza, y merece pena y castigo. Que El pida es fruto de su bondad, del que convendría que nos gloriáramos. Que tú no le des es fruto de tu crueldad. Si tú ahora no crees que lo pasas de largo cuando desprecias a uno de los fieles pobres, ya lo creerás cuando El te saque al medio y te diga: Cuando no lo hicisteis con uno de éstos, conmigo no lo hicisteis [Mateo 25:45]. Pero ojalá nunca oigas semejantes expresiones. Ojalá que ahora creyendo en sus palabras, fructifiquéis y oigáis entonces aquella otra palabra que os introduzca en el reino.

Quizá diga alguno: Todos los días nos hablas de la limosna y de la misericordia. Pues bien: ¡no cesaré de hacerlo! Aun en el caso de que entre vosotros todo eso anduviera bien, no convendría cesar de hablaros de ello, para que no por eso cayerais en alguna negligencia. Sin embargo, si todo anduviera bien, yo insistiría menos. Pero siendo así que no habéis llegado ni a la mitad de lo que conviene, echaos la culpa a vosotros mismos y no a mí. Al quejaros de esto, procedéis como un niño que oye continuamente alfa, pero no aprende esa letra; y luego se queja ante el maestro de que continuamente y sin descanso se la esté repitiendo. ¡Vamos! ¿Quién por mis exhortaciones se ha vuelto más diligente en dar limosna? ¿quién ha derrochado sus dineros? ¿quién ha distribuido entre los pobres

la mitad, la tercera parte de sus haberes? ¡Nadie! Entonces ¿cómo no sería absurdo que, pues vosotros no aprendéis, os empeñarais en que nosotros nos abstuviéramos de enseñar? Debería hacerse lo contrario: que si nosotros quisiéramos abstenernos, vosotros nos detuvierais diciendo: ¡todavía no aprendemos esto! ¿por qué dejas de enseñarnos y amonestarnos?

Si alguno estuviera enfermo de los ojos y yo fuera su médico; y al no aprovechar con emplastos, ungüentos y demás remedios aplicados, me marchara ¿acaso el enfermo no se acercaría a las puertas de mi clínica y me daría voces y me acusaría de grave descuido, pues continuando la enfermedad yo me apartaba?

Ysi así acusado, yo respondiera: Ya os puse una cataplasma, ya te ungí ¿lo soportaría el enfermo? Sin duda que no. Sino que al punto me diría: ¿Qué utilidad saco yo de eso, pues continúo enfermo? Pensad del mismo modo acerca del alma.

Y si acaso cuando una mano enferma, entorpecida, contraída, no hubiera logrado sanar mediante continuos fomentos ¿acaso no se me acusaría de modo semejante? Pues ahora en nuestro caso, estamos medicinando y atendiendo una mano contraída y seca. Por consiguiente, hasta que no la veamos extendida, no desistiremos de atenderla. Y ojalá también vosotros no habléis ni tratéis de otra cosa en el hogar, en el foro, en la mesa, en la noche; más aún, hasta entre sueños. Porque si continuamente meditáramos con cuidado en esto durante la vigilia, aun entre sueños en esto nos ocuparíamos.

Pero en fin, ¿qué es lo que dices? ¿Que yo continuamente predico acerca de la limosna? Bien quisiera yo que entre vosotros ya no fuera necesaria una exhortación semejante, sino predicar combatiendo contra los judíos y gentiles y contra los herejes. Pero a quienes aún están débiles, ¿quién podrá revestirles la armadura y sacarlos a la batalla, cuando aún están heridos y cubiertos de llagas? Si yo os viera en plena salud, ya o? hubiera conducido a la lucha; y apoyados en la gracia de Dios, habríais contemplado los infinitos montones de cadáveres y muchas cabezas cortadas.

Por lo demás, ya en otros tratados abundantemente hemos escrito acerca de esa materia; y a pesar de todo, tampoco acá podemos celebrar una completa victoria a causa de vuestra desidia que reina entre muchos. Pues los enemigos, largamente vencidos en la explicación de los dogmas, nos echan en cara y nos reprenden el modo de vivir de muchos de los que nos rodean y las heridas y las enfermedades de las almas de éstos. ¿Cómo, pues, podemos sacaros confiadamente al combate, cuando a nosotros mismos nos causáis molestias al ver cómo los enemigos os hieren y os burlan?

Tiene uno su mano enferma y contrahecha para dar limosna. ¿Cómo podrá sostener el escudo y herir sin que lo hieran los adversarios con crueles sarcasmos? Otros andan cojos de los pies, como son los que se van al teatro y a las casas de asignación de mujeres perdidas. ¿Cómo podrán éstos presentarse a la batalla sin que se les hiera echándoles en cara acusaciones de lascivia? Otro anda enfermo de los ojos y casi ciego y no ve correctamente, sino que anda harto de lascivia y acometiendo el pudor de las mujeres y poniendo asechanzas a los matrimonios. ¿Cómo podrá éste tal clavar los ojos en los enemigos, vibrar la lanza, lanzar los dardos, cuando de todos lados a él lo hieren con dicterios?

Los hay que se duelen del vientre no menos que los hidrópicos, pues están entregados a la gula y a la embriaguez. ¿Cómo podré yo sacar a la batalla a esos ebrios? Al otro se le ha podrido la boca, como son los iracundos, los pleitistas, los blasfemos. Pero quien tal es ¿cuándo podrá lanzar el grito valeroso de guerra en el combate y llevar a cabo alguna hazaña grande y generosa, estando, como está, ebrio con cierto género de embriaguez y da a los adversarios abundante materia de burla.

Por tal motivo yo cada día recorro todo este ejército, curando las heridas y procurando sanar las llagas. Si alguna vez al fin estáis despiertos y aptos y prontos para herir al enemigo, entonces os enseñaré el arte táctico y os instruiré sobre cómo manejar estas armas. O mejor dicho, vuestras obras mismas serán las armas, y todos los adversarios rápidamente sucumbirán si fuereis mansos, modestos, misericordiosos; si olvidáis las injurias, si demostráis poseer las demás virtudes. Y si algunos contradicen, entonces haremos lo que esté de nuestra parte y os sacaremos al medio a la pelea. Por ahora incluso nos vemos impedidos en semejante carrera, por lo que toca a vosotros.

Te ruego que consideres esto. Decimos nosotros que Cristo llevó a cabo grandes cosas, puesto que de los hombres hizo ángeles. Pero cuando los adversarios exigen pruebas y nos piden que íes mostremos algún ejemplar de los de este rebaño, que sea tal como ángel, tenemos que enmudecer. Pues temo yo no sea que en vez de ángeles, saque, como de una zahúrda, cerdos o garañones alborotados que corren en pos de las yeguas. Sé bien que esto os molesta. Pero no lo digo por todos, sino por los que son reos de pecados semejantes. Más aún en contra de ellos, pues si se enmiendan lo digo en favor de ellos. Por ahora, todo se ha arruinado, todo está corrompido y en nada difiere el templo de un establo de bueyes o de asnos o de camellos: ¡voy en torno buscando una oveja, y no logro ver ni una sola! En tal forma todos tiran coces, como si fueran caballos u onagros; y llenan este sitio y lo colman de estiércol: ¡tan sucias son sus conversaciones! ¡Si tú pudieras saber todo lo que en cada reunión platican hombres y mujeres, encontrarías que tales pláticas son más inmundas, con mucho, que el estiércol!

Os suplico que corrijáis esta mala costumbre, a fin de que el templo respire aroma de ungüento. Porque ahora ponemos en la iglesia sensibles timiamas, pero no ponemos mucho cuidado en esa otra espiritual inmundicia, para purificarla y echarla de aquí. ¿Qué utilidad se sigue entonces? No mancharíamos tanto el templo amontonando en él estiércol, como lo manchamos con semejantes mutuas conversaciones acerca del lucro, de las negociaciones, de las ventas, de cuantas cosas para nada nos interesan, cuando convenía que aquí asistieran coros de ángeles y hacer de la Iglesia un cielo, y que solamente se escucharan aquí súplicas, oraciones continuas, y silencio y atención se prestara.

Por lo menos ahora practiquemos esto, tanto para que se purifiquen nuestras vidas, como para conseguir los bienes eternos que nos están prometidos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXVIII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)