“También había algunas mujeres mirando de lejos …” (Marcos 15:22-25,33-41)

Vue depuis la Croix(Vista desde la Cruz, James Tissot (francés, 1886-94)

Vue depuis la Croix, James Tissot (1886-94)

Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó. Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno. Era la hora tercera cuando le crucificaron.

Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle. Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
27:33 15:22 23:33 19:17-18
27:34 15:23  19:28-30
27:35-36 15:24 23:34-35 19:23-24
15:25
27:45 15:33 23:44-45
27:20-21 15:11  23:18-19 18:40
27:46-47 15:34-35
27:48-49 15:36 22:36-37
27:50 15:37 22:46 19:30
27:51 15:38 23:45
27:54 15:39 22:47
27:55-56 15:40-41

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Y estaban ahí María Magdalena y la otra Marta, sentadas frente al sepulcro [Mateo 27:61]. ¿Por qué permanecen ahí sentadas? Pues aún nada sublime ni grande sabían de Jesús, y por eso acudieron luego con ungüentos. Lo hacían en espera de que, si se aplacaba el furor de los judíos, podrían ellas acercarse y saciar su anhelo de embalsamarlo. ¿Observas la fortaleza de estas mujeres? ¿Adviertes su cariño a Cristo? ¿Ves su liberalidad en los gastos, hasta ponerse en peligro de muerte? ¡Imitémoslas, oh varones! No abandonemos a Jesús en las pruebas. Gastaron ellas de sus haberes generosamente para embalsamar aquel cadáver, llegando hasta poner en peligro su vida. En cambio, nosotros (pues repetiré lo mismo) ni lo alimentamos cuando está hambriento, ni lo vestimos cuando está desnudo; y si lo vemos que pide limosna, pasamos de largo y aprisa.

Ciertamente, si viéramos a Cristo en persona, sin duda cada cual le daría de lo suyo en abundancia. Pues bien: ahora es El mismo. Porque dijo: Yo soy. Entonces ¿por qué no le das lo tuyo todo? Ahora lo oyes que dice: Conmigo lo hacéis. No interesa que des a éste o a ese otro; pues no harás menos que las mujeres aquellas que entonces sustentaban al Señor, sino mucho más. No os conturbéis por esto. Claro que no es lo mismo alimentar al Señor presente en persona (pues aun un corazón de piedra se movería a ello), a ayudar, por solas las palabras de Cristo, a un pobre mutilado y encorvado. En el caso de Cristo aun la sola dignidad y aspecto del que se nos presenta, nos atrae; en cambio en el caso del pobre se te da íntegro el premio de la misericordia.

Por lo demás, mayor prueba es de respeto y reverencia para con Cristo el ayudar en todo a un consiervo por solas las palabras de Cristo. Ayuda, pues, a los pobres y fíate del que recibe y dice: A mí lo diste. Si no fuera a El a quien lo das, no te recompensaría ni te retribuiría con el reino. Tampoco te echaría a la gehena, si no fuera a El a quien tú desprecias en el pobre, cuando desprecias a un hombrecillo vil cualquiera. Pero como El es el despreciado, por esto el pecado es muy grave. En su caso Pablo a El perseguía, por lo cual Cristo le dice: ¿Por qué me persigues? [Hechos 9:4]

En consecuencia, cuando damos limosna, pensemos que la damos a Cristo; porque sus palabras merecen más fe que lo que por los sentidos percibimos. Cuando veas a un pobre acuérdate de que dijo que era El mismo el alimentado. Aunque aquel que pide no sea personalmente Cristo, pero bajo su disfraz El es el que pide y recibe. Avergüénzate cuando no des al que te pide: es cosa de vergüenza, y merece pena y castigo. Que El pida es fruto de su bondad, del que convendría que nos gloriáramos. Que tú no le des es fruto de tu crueldad. Si tú ahora no crees que lo pasas de largo cuando desprecias a uno de los fieles pobres, ya lo creerás cuando El te saque al medio y te diga: Cuando no lo hicisteis con uno de éstos, conmigo no lo hicisteis [Mateo 25:45]. Pero ojalá nunca oigas semejantes expresiones. Ojalá que ahora creyendo en sus palabras, fructifiquéis y oigáis entonces aquella otra palabra que os introduzca en el reino.

Quizá diga alguno: Todos los días nos hablas de la limosna y de la misericordia. Pues bien: ¡no cesaré de hacerlo! Aun en el caso de que entre vosotros todo eso anduviera bien, no convendría cesar de hablaros de ello, para que no por eso cayerais en alguna negligencia. Sin embargo, si todo anduviera bien, yo insistiría menos. Pero siendo así que no habéis llegado ni a la mitad de lo que conviene, echaos la culpa a vosotros mismos y no a mí. Al quejaros de esto, procedéis como un niño que oye continuamente alfa, pero no aprende esa letra; y luego se queja ante el maestro de que continuamente y sin descanso se la esté repitiendo. ¡Vamos! ¿Quién por mis exhortaciones se ha vuelto más diligente en dar limosna? ¿quién ha derrochado sus dineros? ¿quién ha distribuido entre los pobres

la mitad, la tercera parte de sus haberes? ¡Nadie! Entonces ¿cómo no sería absurdo que, pues vosotros no aprendéis, os empeñarais en que nosotros nos abstuviéramos de enseñar? Debería hacerse lo contrario: que si nosotros quisiéramos abstenernos, vosotros nos detuvierais diciendo: ¡todavía no aprendemos esto! ¿por qué dejas de enseñarnos y amonestarnos?

Si alguno estuviera enfermo de los ojos y yo fuera su médico; y al no aprovechar con emplastos, ungüentos y demás remedios aplicados, me marchara ¿acaso el enfermo no se acercaría a las puertas de mi clínica y me daría voces y me acusaría de grave descuido, pues continuando la enfermedad yo me apartaba?

Ysi así acusado, yo respondiera: Ya os puse una cataplasma, ya te ungí ¿lo soportaría el enfermo? Sin duda que no. Sino que al punto me diría: ¿Qué utilidad saco yo de eso, pues continúo enfermo? Pensad del mismo modo acerca del alma.

Y si acaso cuando una mano enferma, entorpecida, contraída, no hubiera logrado sanar mediante continuos fomentos ¿acaso no se me acusaría de modo semejante? Pues ahora en nuestro caso, estamos medicinando y atendiendo una mano contraída y seca. Por consiguiente, hasta que no la veamos extendida, no desistiremos de atenderla. Y ojalá también vosotros no habléis ni tratéis de otra cosa en el hogar, en el foro, en la mesa, en la noche; más aún, hasta entre sueños. Porque si continuamente meditáramos con cuidado en esto durante la vigilia, aun entre sueños en esto nos ocuparíamos.

Pero en fin, ¿qué es lo que dices? ¿Que yo continuamente predico acerca de la limosna? Bien quisiera yo que entre vosotros ya no fuera necesaria una exhortación semejante, sino predicar combatiendo contra los judíos y gentiles y contra los herejes. Pero a quienes aún están débiles, ¿quién podrá revestirles la armadura y sacarlos a la batalla, cuando aún están heridos y cubiertos de llagas? Si yo os viera en plena salud, ya o? hubiera conducido a la lucha; y apoyados en la gracia de Dios, habríais contemplado los infinitos montones de cadáveres y muchas cabezas cortadas.

Por lo demás, ya en otros tratados abundantemente hemos escrito acerca de esa materia; y a pesar de todo, tampoco acá podemos celebrar una completa victoria a causa de vuestra desidia que reina entre muchos. Pues los enemigos, largamente vencidos en la explicación de los dogmas, nos echan en cara y nos reprenden el modo de vivir de muchos de los que nos rodean y las heridas y las enfermedades de las almas de éstos. ¿Cómo, pues, podemos sacaros confiadamente al combate, cuando a nosotros mismos nos causáis molestias al ver cómo los enemigos os hieren y os burlan?

Tiene uno su mano enferma y contrahecha para dar limosna. ¿Cómo podrá sostener el escudo y herir sin que lo hieran los adversarios con crueles sarcasmos? Otros andan cojos de los pies, como son los que se van al teatro y a las casas de asignación de mujeres perdidas. ¿Cómo podrán éstos presentarse a la batalla sin que se les hiera echándoles en cara acusaciones de lascivia? Otro anda enfermo de los ojos y casi ciego y no ve correctamente, sino que anda harto de lascivia y acometiendo el pudor de las mujeres y poniendo asechanzas a los matrimonios. ¿Cómo podrá éste tal clavar los ojos en los enemigos, vibrar la lanza, lanzar los dardos, cuando de todos lados a él lo hieren con dicterios?

Los hay que se duelen del vientre no menos que los hidrópicos, pues están entregados a la gula y a la embriaguez. ¿Cómo podré yo sacar a la batalla a esos ebrios? Al otro se le ha podrido la boca, como son los iracundos, los pleitistas, los blasfemos. Pero quien tal es ¿cuándo podrá lanzar el grito valeroso de guerra en el combate y llevar a cabo alguna hazaña grande y generosa, estando, como está, ebrio con cierto género de embriaguez y da a los adversarios abundante materia de burla.

Por tal motivo yo cada día recorro todo este ejército, curando las heridas y procurando sanar las llagas. Si alguna vez al fin estáis despiertos y aptos y prontos para herir al enemigo, entonces os enseñaré el arte táctico y os instruiré sobre cómo manejar estas armas. O mejor dicho, vuestras obras mismas serán las armas, y todos los adversarios rápidamente sucumbirán si fuereis mansos, modestos, misericordiosos; si olvidáis las injurias, si demostráis poseer las demás virtudes. Y si algunos contradicen, entonces haremos lo que esté de nuestra parte y os sacaremos al medio a la pelea. Por ahora incluso nos vemos impedidos en semejante carrera, por lo que toca a vosotros.

Te ruego que consideres esto. Decimos nosotros que Cristo llevó a cabo grandes cosas, puesto que de los hombres hizo ángeles. Pero cuando los adversarios exigen pruebas y nos piden que íes mostremos algún ejemplar de los de este rebaño, que sea tal como ángel, tenemos que enmudecer. Pues temo yo no sea que en vez de ángeles, saque, como de una zahúrda, cerdos o garañones alborotados que corren en pos de las yeguas. Sé bien que esto os molesta. Pero no lo digo por todos, sino por los que son reos de pecados semejantes. Más aún en contra de ellos, pues si se enmiendan lo digo en favor de ellos. Por ahora, todo se ha arruinado, todo está corrompido y en nada difiere el templo de un establo de bueyes o de asnos o de camellos: ¡voy en torno buscando una oveja, y no logro ver ni una sola! En tal forma todos tiran coces, como si fueran caballos u onagros; y llenan este sitio y lo colman de estiércol: ¡tan sucias son sus conversaciones! ¡Si tú pudieras saber todo lo que en cada reunión platican hombres y mujeres, encontrarías que tales pláticas son más inmundas, con mucho, que el estiércol!

Os suplico que corrijáis esta mala costumbre, a fin de que el templo respire aroma de ungüento. Porque ahora ponemos en la iglesia sensibles timiamas, pero no ponemos mucho cuidado en esa otra espiritual inmundicia, para purificarla y echarla de aquí. ¿Qué utilidad se sigue entonces? No mancharíamos tanto el templo amontonando en él estiércol, como lo manchamos con semejantes mutuas conversaciones acerca del lucro, de las negociaciones, de las ventas, de cuantas cosas para nada nos interesan, cuando convenía que aquí asistieran coros de ángeles y hacer de la Iglesia un cielo, y que solamente se escucharan aquí súplicas, oraciones continuas, y silencio y atención se prestara.

Por lo menos ahora practiquemos esto, tanto para que se purifiquen nuestras vidas, como para conseguir los bienes eternos que nos están prometidos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXVIII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

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La genealogía de Cristo (Mateo 1:1-25)

La prostituée de Jéricho et les deux espions, James Tissot (francés, 1902)

La prostituée de Jéricho et les deux espions, James Tissot (francés, 1902)

Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos; Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, y Esrom a Aram; Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón; Salmón engendró, de Rahab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, y Obed engendró a Isaí; Isaí engendró al rey David. Y David engendró a Salomón de la que había sido mujer de Urías. Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa; Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías; Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías; Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos durante la deportación a Babilonia.
David overhandigt Uria de brief  (David Entrega la carta a Urías), Pieter Lastman (holandés, 1611)

David overhandigt Uria de brief (David Entrega la carta a Urías), Pieter Lastman (holandés, 1611)

Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel; Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor; Azor engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud; Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, y Matán a Jacob; Jacob engendró a José, el marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo. De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones; y desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

50025-D2Y el nacimiento de Jesucristo fue como sigue. Estando su madre María desposada con José, antes de que se consumara el matrimonio, se halló que había concebido por obra del Espíritu Santo. Y José su marido, siendo un hombre justo y no queriendo difamarla, quiso abandonarla en secreto. Pero mientras pensaba en esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor, diciendo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo. Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había hablado por medio del profeta, diciendo:

HE AQUI, LA VIRGEN CONCEBIRA Y DARA A LUZ UN HIJO, Y LE PONDRAN POR NOMBRE EMMANUEL, que traducido significa: DIOS CON NOSOTROS.

Y cuando despertó José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer; y la conservó virgen hasta que dio a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.

 

La Bibila de Las Americas*

 

*1:25 … y la conservó virgen hasta [ἕως οὗ] que dio a luz un hijo … El griego no implica que Maria tenia hijos después. La creencia de que ella tuvo otros hijos biológicos se originó con el arriano, Helvidio, al final del siglo cuarto. (Los arrianos eran una secta herética de los cristianos que negaban la divinidad de Cristo.)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
1:1-16 3:23-38 1:1-5
1:17
1:18 1:35
1:19-2:4

 


Comentario

¿Qué es lo que investigamos? La razón de que Mateo ponga la genealogía de José, quien en absoluto nada tuvo que ver en la generación de Cristo. Ya indicamos un motivo. Conviene ahora declarar otro más secreto y misterioso. ¿Cuál es? No quería que los judíos, al mismo tiempo que conocían el parto, supieran que nacía de una Virgen. No os conturbe esta inesperada respuesta. No es sentencia mía sino de nuestros Padres y doctores, varones admirables y esclarecidos.

Si allá al comienzo Cristo muchas veces les dijo cosas oscuras, llamándose Hijo del Hombre, sin revelar con claridad en todas partes su igualdad con el Padre ¿por qué tú te admiras de que también este misterio lo dejara en sombras con una grande y admirable providencia? Preguntas ¿qué es aquí lo admirable? El haber salvado el honor de la Virgen y haberla librado de perversas sospechas. Si los judíos desde un principio hubieran oído este misterio, lo habrían interpretado maliciosamente y habrían lapidado a la Virgen y la habrían condenado como adúltera.

Si en otras cosas de las que en el Antiguo Testamento tenían ejemplos, con tan gran impudencia procedían; si cuando Cristo arrojaba los demonios lo llamaban endemoniado; si cuando curó en sábado lo tuvieron por enemigo de Dios, aun a pesar de que anteriormente con frecuencia se había quebrantado la ley del sábado ¿qué no habrían dicho si tal misterio hubieran escuchado? Porque habrían tenido como aliado todo el tiempo pretérito en que nunca jamás semejante cosa había sucedido. Si en presencia de muchos y grandes milagros todavía lo llamaban el hijo de José ¿cómo iban a creerlo nacido de una Virgen antes de los dichos milagros? Por tal motivo se pone la genealogía de José y se desposa a la Virgen. Si José, varón justo y admirable, necesitó de grandes pruebas para llegar a comprender lo sucedido, como fueron la visita del ángel, la visión en sueños, el testimonio de los profetas ¿cómo aquellos judíos perversos, corrompidos, enemigos de Cristo, habrían aceptado semejante versión? Cosa tan nueva, tan inesperada, tenía que perturbarlos profundamente, puesto que en todo el tiempo de sus antepasados, jamás tal cosa había sucedido.

Los que creyeron ser Cristo el Hijo de Dios, ya no pudieron dudar de semejante misterio. En cambio, los que lo creían seductor y enemigo de Dios ¿cómo no iban a escandalizarse de semejante afirmación, en lugar de darle asentimiento? Tal fue la razón de que allá al principio nada dijeron los apóstoles, mientras que amplísimamente se referían a la resurrección, de la que ya en los tiempos antiguos abundaban ejemplos, aunque ninguno tan espléndido. En cambio, que fuera nacido de una Virgen no lo dicen con frecuencia, ni tampoco la Virgen se atrevió a publicarlo. Mira, por ejemplo, lo que ella le dice: Tu padre y yo te buscábamos [Lucas 2:48]. Más aún, si lo hubieran sospechado, ni siquiera habrían creído ser él hijo de David, negado lo cual se habrían seguido muchos males. Por esto ni los ángeles mismos lo revelan, sino únicamente a José y a María. Cuando anunciaron a los pastores el fausto acontecimiento, ninguna alusión hicieron al inefable misterio.

Y ¿por qué motivo, habiendo recordado a Abrahán y añadiendo que engendró a Isaac e Isaac engendró a Jacob, sin nombrar a su hermano Esaú, cuando llegó a Jacob recordó a Judá y a sus hermanos? Dicen algunos que fue a causa de las malas costumbres de Esaú y de aquellos primeros. Por mi parte no lo afirmaría. Pues si ese fuera el motivo ¿cómo, poco después recuerda mujeres de las mismas costumbres? Es que en el caso la gloria de Cristo resplandece más por sus contrarios: es decir no de que tenga grandes progenitores, sino al revés pequeños y aun viles. La gloria mayor de quien es excelentísimo es poder parecer vil y humilde si es posible. ¿Cuál es pues la razón de que no los conmemore? Porque nada tenían de común con los israelitas, pues eran sarracenos, ismaelitas y árabes, y los demás que de éstos tomaron origen. Por esto, dejándolos a un lado, se apresura a nombrar a los progenitores de Cristo y del pueblo judío. Por eso dice: Jacob engendró a Judá y sus hermanos. Aquí queda indicado el pueblo judío. Prosigue: Judá engendró a Fares y a Zara, de Tamar.

¿Qué haces, oh evangelista? ¿Nos traes la historia de una unión criminal? [Tamar era la nuera de Judá]  Responde: ¿qué me objetas? En verdad que si narráramos la historia de un simple hombre, con razón alguna habría callado esas cosas. Pero si se trata de la historia de un Dios hecho hombre, eso no sólo no ha de callarse, sino ponerse en clarísima luz, para que así se manifieste su providencia y su poder. No vino para rehuir nuestras vergüenzas, sino para suprimirlas. Así como no admiramos tanto su muerte, como el que haya muerto crucificado, aun cuando esto segundo sea un oprobio -pues cuanto mayor es el oprobio mejor manifiesta el amor que Cristo nos tuvo-, así hemos de pensar acerca de su genealogía. No sólo debemos admirarlo por haber tomado nuestra carne, sino también por haber querido tomar semejantes progenitores, sin avergonzarse nunca de tomar sobre sí nuestras miserias.

E hizo público desde el comienzo de su genealogía, el no avergonzarse de nada de lo nuestro, enseñándonos a que nunca nos avergoncemos por la maldad de nuestros antepasados, sino que nos demos a conseguir únicamente la virtud. A quien la cultiva, aun cuando su progenitor sea un extranjero o haya tenido una madre meretriz o por otros motivos despreciable, de esto ningún daño se le seguirá. Si la vida anterior para nada mancha a quien acoge a un adúltero, muchos menos el varón virtuoso, por haber nacido de una mujer adúltera o meretriz, queda deshonrado con la improbidad de sus progenitores.

Y procedía así Jesús no únicamente para enseñarnos, sino además para humillar la soberbia de los judíos. Habían olvidado la virtud interior del alma y siempre traían en la boca el nombre de Abrahán, creyendo que la virtud de sus ancestros les serviría de defensa. Por eso desde el principio les manifestó que de eso no puede adquirirse gloria, sino solamente de las obras buenas. Además les pone de manifiesto que todos, aun los mismos ancestros, estuvieron sujetos a la ley del pecado. Del patriarca que dio su nombre a ese pueblo, se refiere que cayó en no leve pecado. Tamar lo acusa de fornicación. David del adulterio con una mujer engendró a Salomón. Pues si la Ley no fue guardada por aquellos excelentes varones, mucho menos lo sería por los más pequeños. De manera que no habiéndose cumplido la Ley por ellos, todos pecaron y la venida de Cristo se hizo necesaria.

Por otra parte, el evangelista hizo mención de los doce patriarcas, abatiendo también por este camino aquella jactancia judía por la nobleza de los progenitores. Pues muchos de ellos nacieron de esclava; y sin embargo, esa diferencia de padres no influyó en los hijos, pues todos igualmente fueron patriarcas y jefes de tribu. Esto es para la Iglesia una prerrogativa; ésta es para nosotros la razón de nuestra nobleza y dignidad, de la que en lo antiguo existió la figura. De manera que ya seas siervo, ya libre, por esto nada tienes ni de más ni de menos. Una sola cosa es la que se indaga: la recta voluntad y las buenas costumbres.

Aparte de lo anterior, otro motivo hubo para conmemorar a los dichos. Pues no sin causa en seguida de Fares se puso a Zara. Porque parecía cosa superflua y redundante, tras de la mención de Fares, de donde parte la genealogía de Cristo, nombrar también a Zara. Entonces ¿por qué también a éste lo nombra? Cuando Tamar estaba a punto de darlos a luz, al momento de parirlos, fue Zara quien primero sacó la mano fuera del vientre [Génesis 38:27], viendo lo cual la comadrona, para que fuese él el primogénito, le ató una cinta de púrpura en la mano. Pero apenas la había atado, el niño retiró la mano; de manera que el primero que vio la luz fue Fares y hasta después Zara. Al notar esto la comadrona exclamó: ¡Vaya rotura (en la esperanza) que has hecho!

¿Adviertes la oscuridad del misterio? Porque no sin motivo se nos escribieron estas cosas. Ni era digno de la historia que se nos narrara lo que dijo la comadrona, ni parece que había razón para referir eso de que sacó la mano primero y luego nació después. Entonces ¿qué significa el enigma? Contestamos, atendiendo desde luego al nombre mismo del niño. Porque “Fa-res” significa “división” o “ruptura”. En segundo lugar, por el hecho, pues no parece natural que el niño que primero había sacado la mano, luego, atada ya, la retrajera: no parece cosa natural. Que habiendo uno sacado la mano primero, saliera luego el otro, parecería natural; pero que el primero encogiera la mano para dar salida al segundo no es cosa que suceda en los partos. Sin duda estaba presente el favor de Dios que manejaba a los niños, y por este medio diseñaba una sombra e imagen del futuro.

¿Qué dicen algunos de los que han estudiado estas cosas? Que estos dos niños eran figura de dos pueblos. Y para que entiendas que las instituciones del segundo pueblo brillaron con el nacimiento del primero, el niño extendió la mano, pero no se dejó ver íntegramente; más aún, la retrajo luego; de manera que hasta que salió a luz íntegro su hermano, hasta entonces él apareció: que es exactamente lo que sucedió en los dos pueblos. En los días de Abrahán aparecieron las instituciones eclesiásticas que luego fueron suprimidas. Así apareció el pueblo judaico con sus instituciones legales. Y finalmente vino el pueblo nuevo con sus leyes. Por esto dijo la comadrona: ¿Por qué por tu medio se ha roto el cerco? Porque la Ley al llegar cortó las instituciones del tiempo de Abrahán que se manejaban libres. Con frecuencia la Escritura Sagrada llama cerco a la Ley, como lo dice David el profeta: Destruiste su cerco y la vendimian cuantos pasan al lado del camino [Salmos 80:12]. Por su parte Isaías: Y le puse en torno un cerco.  Y también Pablo: Deshaciendo la pared y cerco interpuesto [Efesios 2:14].

Otros creen que lo de: ¿por qué por tu medio se ha roto el cerco? se dijo por causa del pueblo nuevo. Porque éste al llegar abrogó la Ley. ¿Observas, pues, cómo el evangelista no sin gran razón hizo recuerdo de la historia íntegra de Judá? Pues por la misma razón mencionó a Rut y a Rahab, de las que una fue extranjera y la otra meretriz: para que entendieras que había venido para borrar todos nuestros pecados. Vino como médico y no como juez. Del mismo modo que aquellos antiguos desposaron a mujeres meretrices, así Dios unió consigo nuestra naturaleza adúltera, tal como ya antes los profetas lo habían afirmado respecto de la sinagoga. Sólo que la sinagoga fue desagradecida con su Esposo, mientras que la Iglesia, una vez liberada de sus males heredados, permaneció en el abrazo del Esposo.

Observa cómo lo que se refiere a Rut concuerda con nuestra situación. Era ella una extranjera reducida a la última pobreza. Pero cuando Booz la vio, ni despreció su linaje bajo ni despreció su pobreza. Exactamente al modo como Cristo admitió como consorte a la Iglesia que le era extranjera y no poseía grandes bienes. Y así como aquélla si no hubiera renunciado antes a sus padres y tenido en menos su casa, linaje, patria y parientes, nunca habría sido digna de semejantes nupcias, así la Iglesia entonces apareció amable a su Esposo cuando hubo renunciado a las costumbres patrias. Así lo declaró el profeta al apostrofarla: Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre y anhelará el Rey tu hermosura [Salmos 45:11]. Eso fue lo que hizo Rut y así fue madre de reyes, como la Iglesia, pues de ella nació David. Tales fueron los motivos por los que el evangelista, avergonzando a los judíos con todas estas cosas y persuadiéndolos a no ser soberbios, tejió la genealogía e hizo mención de aquellas mujeres. Rut, en efecto, a través de sus descendientes, engendró al gran David, y David nunca se avergonzó de semejante origen.

Porque no puede nadie, no puede ser ni virtuoso ni esclarecido ni sin gloria, por la virtud o por la perversidad de sus progenitores. Más aún: si hemos de decir una paradoja, más excelentemente brilla aquel que nacido de perversos progenitores llega sin embargo a ser un hombre virtuoso. En consecuencia, que nadie se ensoberbezca por sus ancestros; sino que, considerando quiénes fueron los progenitores del Señor, rechace toda hinchazón y no se gloríe sino de sus buenas obras. Y ni aun de éstas, pues por esto aquel fariseo del evangelio quedó inferior al publicano. Si quieres hacer algo excelente, no te ensoberbezcas, y con esto ya lo has hecho todo. Si siendo pecadores, cuando lo pensamos y nos tenemos por lo que somos, quedamos justificados, como aquel publicano ¿cuánto más lo estaremos si, siendo justos, nos tenemos por pecadores? Si el pensar con humildad hace justos a los pecadores, aun cuando no sea propiamente humildad sino simplemente justa apreciación; si tanto vale esa justa apreciación en los pecadores ¿qué no hará la verdadera humildad en los justos?

No eches, pues, a perder tus trabajos; no pierdas el mérito de tus sudores; no recorras infinitos estadios corriendo inútilmente y perdiendo tu trabajo. El Señor conoce muchísimo mejor que tú tus obras. Si das un vaso de agua fresca, ni aun eso desprecia; y si un óbolo das de limosna, si un solo gemido lanzas, todo lo recibe El con benevolencia suma, lo recuerda, le señala su premio. ¿Para qué examinas lo tuyo y aun con frecuencia lo publicas? ¿Ignoras que si tú te alabas Dios no te alabará y que si tú te confiesas miserable El nunca cesará en tus alabanzas delante de todos? No quiere El que tus trabajos se tengan en menos. ¡Qué digo se tengan en menos! Ningún medio deja de poner para que aún por mínimos méritos allá arriba recibas tu corona. Da vueltas buscando ocasiones para que puedas librarte de la gehena.

Por esto, aun cuando te entregues al trabajo a la hora undécima, te dará íntegra tu recompensa. Dice: Aun cuando no tengáis ya ocasión de salvaros, lo haré por mi nombre, para que no sea profanado mi nombre [Ezekiel 36:22]. Si gimes si lloras, esto al punto lo toma como ocasión para salvarte. En fin, que no nos ensoberbezcamos: confesémonos inútiles para que seamos útiles. Si te crees digno de alabanza, te inutilizas, aun cuando de verdad seas digno de alabanza. Si te llamas inútil, te vuelves útil aun en el caso de que seas digno de reproche. De manera que el olvido de nuestras buenas obras nos es indispensable. Preguntarás que cómo podemos desconocer lo que de verdad conocemos. Pero ¿qué estás diciendo? Continuamente ofendes al Señor y todavía te alegras y te ríes y ni siquiera te das cuenta de que has pecado y todo lo echas al olvido; y en cambio ¿no puedes prescindir del recuerdo de tus obras buenas? ¡Y eso que el temor tiene más fuerza!

Pero procedamos al contrario. Cada día caemos en pecado y ni siquiera nos acordamos de eso. En cambio, si damos a un pobre una pequeña limosnita, lo publicamos por arriba y por abajo: cosa que es el extremo de la locura y además suma pena para quien recibe la limosna y suma pérdida para quien anda procurando atesorar buenas obras. No hay más seguro depósito de las buenas obras que el olvido de las buenas obras. Así como cuando exponemos en la plaza nuestros vestidos de oro nos preparamos muchos que nos asechan; mientras que si los ocultamos en casa y los encerramos, entonces los tenemos seguros, lo mismo sucede con las buenas obras: si frecuentemente las andamos recordando movemos a ira al Señor, damos armas al enemigo y lo invitamos a que nos robe. Pero si sólo las conoce Aquel que debe conocerlas estarán en plena seguridad.

En consecuencia, no revuelvas en tu memoria con frecuencia tus buenas obras, no sea que alguien te las arrebate, como le sucedió al fariseo que las andaba publicando y así el demonio se las hurtó; y esto a pesar de que las publicaba con acciones de gracias y refiriéndolas todas a Dios. Cosa que no le aprovechó. Porque no es acción de gracias el vituperar a otros, el buscar para sí la gloria de muchos, el ensoberbecerse contra el que peca. Si das gracias a Dios, conténtate con eso y no hagas referencias a los otros hombres, ni juzgues a tu prójimo, porque eso no es dar gracias. Si quieres saber el modo de dar gracias, oye a los tres jóvenes del horno que dicen: Hemos pecado; hemos obrado la injusticia; pero tú, Señor, eres justo en todo lo que has hecho, pues con justo juicio en todo has procedido. Confesar los propios pecados, eso es dar gracias a Dios. El que así los confiesa, se declara reo de innumerables faltas y no rehúsa el castigo.

Cuidémonos de decir algo en alabanza propia: esto nos vuelve odiosos a los hombres y execrables ante Dios. Cuanto más excelentes obras hagamos, más bajamente hablemos de nosotros: entonces alcanzaremos mayor gloria ante Dios y ante los hombres; y no sólo gloria delante de Dios sino grandes recompensas. No exijas premios y recibirás premios. Confiesa que alcanzas tu salvación por simple gracia, para que Dios confiese serte deudor, no únicamente por tus buenas obras, sino también por ese agradecimiento tuyo. Cuando obramos el bien tenemos a Dios como deudor sólo por las buenas obras; pero cuando además pensamos que nada bueno hemos hecho, nos es deudor también por ese sentimiento humilde, más aún que por las mismas obras buenas: de manera que tal sentimiento se equipara a las obras buenas Y si éste falta, las obras no parecerán cosa grande. Porque también nosotros nos agradamos más de nuestros siervos cuando, procediendo ellos con gran benevolencia, piensan que aún no han hecho nada grande y que valga la pena.

Si quieres, pues, que tus buenas obras sean grandes, no las juzgues grandes. Así aquel centurión decía: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa [Mateo 8:8], con lo que se hizo digno y más de nuestros siervos cuando, procediendo ellos con gran No soy digno de ser llamado apóstol [1 Corintios 15:9], y con esto llegó a ser el primero de todos. Así exclamaba el Bautista: No soy digno de desatar la correa de su calzado [Marcos 1:7; Juan 1:27] – y con esto se hizo digno amigo del Esposo, y a su mano que él juzgaba indigna de tocar el calzado de Cristo, la puso éste sobre su cabeza. Igualmente Pedro decía: Apártate de mí que soy hombre pecador [Lucas 5:8] y con esto fue hecho fundamento de la Iglesia. Porque nada hay más grato a Dios que el contarse uno como el último de los pecadores. Este es el principio de toda virtud. Porque quien es humilde y vive contrito, no se dejará llevar de la vanagloria, no se irritará contra su prójimo ni lo envidiará, no caerá en ningún otro vicio. Es un hecho que, por más esfuerzo que pongamos, nunca levantaremos en alto una mano que está quebrada. Del mismo modo, si el alma se llena de contrición, aunque infinitas pasiones del corazón pretendan hincharla y ensoberbecerla, no podrá ella levantarse ni un poquito. Si quien deplora los daños temporales, echa de sí todas las debilidades del alma, con mayor razón quien deplora sus pecados alcanzará la virtud.

Dirás: pero ¿quién es capaz de quebrantar hasta ese punto su corazón? Pues oye a David, esclarecido sobre todo por su contrición, y obsérvalo. Tras de infinitas preclaras hazañas, estando a punto de perder su patria, su familia, la vida misma, al tiempo mismo de semejante desgracia, como viera a un mísero y despreciable soldado que lo insultaba y se querellaba, no sólo no se vengó, sino que a uno de sus jefes que anhelaba matar al injuriante, se lo impidió y le dijo: ¡Déjalo! porque así Dios se lo ha ordenado [2 Samuel 16:10]. Y también como los sacerdotes le preguntaran si podía llevar consigo el arca de la alianza, no lo permitió; sino ¿qué dijo?: ¡Vuelva el arca a la ciudad y quede en su sitio! Si encontrare gracia delante del Señor y me librare Dios de los males que me amenazan, volveré a ver su decoro. Pero si me dijere: No te quiero, por mi parte haré lo que le sea agradable.

Y lo que hizo con Saúl una y otra y muchas veces ¡cuán grande virtud manifiesta! Porque fue cosa que estaba por encima de la Ley Antigua y andaba ya muy cerca del precepto evangélico. Cuantos preceptos dimanaban de Dios los abrazaba y no se ponía a razones sobre los acontecimientos, sino que ponía todo su empeño en cumplir en todas partes con la ley divina. Y tras de tantas y tan preclaras hazañas, teniendo delante a un tirano, parricida, fratricida, rijoso y furioso y que trataba de quitarle el reino, ni aún así tropezó en algo, sino que dijo: Si agrada a Dios que yo sea destronado y viva fugitivo y errante mientras él vive entre honores, lo acepto, lo abrazo y doy gracias por los males sin cuento que sufro. No procedió como muchos petulantes y sin decoro que no habiendo llevado a cabo ni la mínima parte de las hazañas que hizo David, cuando advierten que otros andan en prosperidad en tanto que ellos padecen cualquier molestia o aflicción, destrozan su propia alma y la cargan con un sin fin de blasfemias.

No se pareció a ellos David, lleno de preclara modestia; y por esto dijo Dios: Encontré a David, hijo de José, varón según mi corazón [2 Samuel 16:10]. Tengamos nosotros ese mismo ánimo y llevemos con mansedumbre lo que hayamos de sufrir; y antes del reino gocemos desde acá de los frutos de la humildad. Porque dice el Señor: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas [Mateo 11:29]. Pues bien: para que aquí y en la otra vida disfrutemos de paz, plantemos en nuestra alma la humildad cuidadosamente, porque es ella madre de todos los bienes. Podremos así vadear sin tempestades el piélago de la vida presente y llegar al puerto tranquilo, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Juan Crisóstomo (Constantinopla, siglo IV), Homilías sobre el Evangelio según San Mateo, Homilía III

“¿Aún no entendéis?” (Marcos 8:11-21)

La multiplicité des pains, James Tissot (1886-1896)

La multiplicité des pains, James Tissot (1886-1896)

Entonces salieron los fariseos y comenzaron a discutir con El, buscando de El una señal del cielo para ponerle a prueba. Suspirando profundamente en su espíritu, dijo: ¿Por qué pide señal esta generación? En verdad os digo que no se le dará señal a esta generación. Y dejándolos, se embarcó otra vez y se fue al otro lado.

Y se habían olvidado de tomar panes; y no tenían consigo en la barca sino sólo un pan. Y El les encargaba diciendo: ¡Tened cuidado! Guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes. Y ellos discutían entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta Jesús, les dijo: ¿Por qué discutís que no tenéis pan? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Tenéis el corazón endurecido? Teniendo ojos, ¿No veis? Y teniendo oídos, ¿No ois? ¿No recordáis cuando partí los cinco panes entre los cinco mil? ¿Cuántas cestas llenas de pedazos recogisteis? Y ellos le dijeron: Doce. Y cuando partí los siete panes entre los cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos le dijeron: Siete. Y les dijo: ¿Aún no entendéis?

 

LBLA

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
16:1 8:11 2:18
16:4 8:12-14
16:5-6 8:15 12:1
16:7-12 8:16-21

 


Comentario

 

Los discípulos, al pasar al otro lado, se habían olvidado de tomar panes. Y Jesús les dijo: Estad atentos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos (Mateo 16:5-6).

¿Por qué no les dijo: Guardaos de la doctrina de los fariseos? Porque quiere traerles a la memoria los sucesos de esos días, porque conocía que ya los habían olvidado. Pero no parecía oportuno en esa ocasión simplemente echárselos en cara: tomar ocasión de lo que ellos dijeran y así increparlos hacía más llevadera la acusación.

¿Por qué no los increpó cuando ellos dijeron: De dónde vamos a sacar en el desierto tantos panes? [Mateo 15:33, Marcos 8:4] Porque esa parecía buena ocasión. Fue para no parecer que tenía ansia de hacer el milagro. Por otra parte, no quería reprenderlos delante de las turbas, ni hacer ostentación de sí mismo. En cambio ahora la acusación resulta más oportuna, pues tales se mostraban ellos tras del doble milagro. Tal es la causa de que, después del segundo milagro, los increpe y saque al medio los pensamientos de ellos. ¿Qué era lo que pensaban?: Es porque no hemos traído panes, dice el evangelista. Todavía estaban adheridos a las purificaciones judaicas y a la discriminación de alimentos; y por lo mismo los increpa Jesús con mayor vehemencia y les dice: ¿Qué pensamientos son los vuestros, hombres de poca fe? ¿Que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni recordáis? Como si les dijera: Obcecado está vuestro corazón, y teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís [Marcos 8:17-18]. ¿Aún no habéis entendido ni recordáis los cinco panes para cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿De los siete panes para cuatro mil hombres cuántas espuertas recogisteis? [Mateo 16:9-10]

¿Adviertes su gran indignación? En ninguna otra parte, según parece, los increpó en tal forma. ¿Por qué lo hace? Para de nuevo desterrar la discriminación en los alimentos. Por esto anteriormente sólo les dijo: No entendéis, no comprendéis. En cambio ahora añade: Hombres de poca fe, increpándolos con vehemencia. Porque no siempre conviene echar mano de la mansedumbre. Así como antes les había infundido confianza, así ahora los increpa, siempre buscando con esta variedad su salud espiritual. Pero observa cómo al mismo tiempo que los increpa, les muestra su gran mansedumbre. Pues enseguida, como justificándose de haberlos reprendido con aspereza, les dice: ¿Aún no habéis entendido ni os acordáis de los cinco panes para cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni de los siete panes para los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Recuerda el número así de los que comieron como de los sobrantes, tanto para traerles a la memoria los milagros pasados, como para hacerlos más atentos a los que van a seguirse.

Y para que veas cuánto pudo aquella increpación y cómo despertó la mente soñolienta de los discípulos, oye lo que dice el evangelista. Pues como Cristo nada más dijera, sino solamente los hubiera increpado, añadiendo: ¿Cómo no habéis entendido que no os hablaba del pan? Guardaos digo del fermento de los fariseos y saduceos, el evangelista prosigue: Entonces cayeron en la cuenta de que no les había dicho que se guardaran del fermento del pan, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos [Mateo 16:12]; aunque él claramente los increpó para eso.

Considera cuántos bienes se siguieron de esa increpación. Pues por una parte los retrajo de las observancias judaicas; por otra, como ellos antes estuvieran soñolientos los volvió más atentos y los fortificó en la fe, de manera que no teman ni se atemoricen si les acontece tener pocos panes, ni se afanen por cuidarse del hambre, sino que desprecien todas las cosas. En consecuencia, tampoco nosotros querramos adular a los súbditos y caerles bien siempre, ni querramos que quienes nos gobiernan nos den continuamente gusto en todo. El alma humana necesita de ese doble remedio. Y este es el motivo por el que Dios administra así las cosas humanas, procediendo a veces de un modo y a veces de otro, sin permitir que los bienes ni los males sean inmutables.

Así como unas veces es de día y otras es de noche, y unas veces hay invierno y otras verano, así en las cosas humanas: unas veces hay alegría y otras tristeza; unas veces enfermedad y otras salud. No nos espantemos, pues, si caemos enfermos, siendo así que aún deberíamos admirarnos de estar con salud. No nos turbemos cuando nos aprieta el dolor, pues aun al tiempo en que gozamos, lo conveniente sería que nos perturbáramos. En conclusión: todo viene según el orden natural de las cosas. ¿Cómo puedes admirarte de que así suceda cuando vemos que aún a los santos iguales cosas les han acontecido?

Y para que lo comprendas ¡ea! ¡traigamos al medio la vida de alguno que tú pienses estar más lejos de los negocios y más lleno de delicias! ¿Te parece que examinemos desde el principio la vida de Abrahán? ¿Qué fue lo primero que se le ordenó?: Sal de tu tierra y de tu parentela [Genesis 12:1] ¿Observas cómo semejante mandato está pleno de dolor? Pues advierte cómo se le sigue una prosperidad: Y ve a la tierra que yo te mostraré Yo te haré un gran pueblo. Y ¿qué sucedió? ¿Acaso una vez que llegó a la tierra aquella y tomó puerto ahí, ya no hubo más tristezas? De ninguna manera. Cayó en cosas más amargas: hambre, peregrinación, rapto de su mujer. Mas luego hubo bienes de nuevo: el castigo del Faraón, el salir libre, el honrarlo aquéllos con dones abundantes y el retorno a su casa. Y en fin, todo lo que sigue es una cadena de bienes y de males, entremezclados.

También a los apóstoles acontecieron cosas semejantes. Por esto Pablo decía: El que nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos consolar nosotros a todos los atribulados [2 Corintios 1:4]. Dirás: “Pero a mí eso ¿qué me importa, pues vivo en perpetuo dolor?” No seas malagradecido ni olvides los beneficios. No es posible que alguien viva solamente en perpetuos dolores, pues la naturaleza no lo podría tolerar. Porque quisiéramos vivir en perpetuo gozo, creemos que vivimos en perpetuo dolor. Y no es este el único motivo, sino que al punto nos olvidamos de las cosas buenas y de la prosperidad, mientras que, por el contrario, continuamente nos acordamos de lo que aflige; y por esto decimos que pasamos la vida en perpetuo dolor.  Si os place, examinemos la vida de quien la pasa entre continuas delicias; es decir, la de un hombre delicado, que tiene abundancia de todo, sin aflicciones, sin tristezas, sin molestias. Os probaremos que ni éste está del todo libre del dolor, ni aquel otro de alguna tranquilidad. Pero no os conturbéis.

Veamos a un esclavo y a un rey joven y a un pupilo que ha logrado una enorme herencia. Consideremos a un operario que todo el día trabaja y a otro que vive en continuos placeres. ¿Te parece que ante todo describamos los dolores del que vive entre continuos placeres? Pues considera cuánto es necesario que se agite y fluctúe al anhelar una gloria mayor que la que puede alcanzar; y cuando lo desprecian sus criados; y cuando los inferiores lo injurian; y cuando ve que tiene infinitos acusadores que lo calumnian acerca de que hace gastos enormes; y cuando le acontecen infinitas otras cosas que suelen acaecer en medio de la abundancia de riquezas, como son las enemistades, los enojos, las acusaciones y reproches, los daños, la cantidad de asechanzas de parte de los envidiosos que no pudiendo apoderarse de sus riquezas, por todas partes lo acometen, lo desgarran y le levantan infinitas tempestades.

¿Quieres que ahora te enumere los deleites de aquel obrero mercenario? Se halla libre de todo lo dicho. Aun cuando alguno lo injurie, no se duele; a nadie teme ni tiene por superior a él; no tiembla por causa de las riquezas; toma con placer sus alimentos, duerme gozoso. No se alegran como él los que beben el vino de la isla de Tasos, cuando va a las fuentes de agua para beber de sus raudales. Cierto que no es como ésta la condición del que antes dijimos. Pero, si aún no estás satisfecho, para quedar yo más victorioso ¡ea! comparemos al rey que yo decía con el esclavo. Verás con frecuencia a éste saltar de gozo, jugar, mientras el otro, adornado de púrpura y diadema, anda triste y comido de infinitos cuidados y muerto de miedo.

Porque en conclusión, ¡no se puede! ¡no, no se puede encontrar una vida sin dolor ni tampoco privada en absoluto de algún placer! Pues, como ya lo dije, no podría la naturaleza nuestra soportar eso. Que uno goce más que otro, se duela más que otro, eso nace del mismo que vive en el dolor porque es de poco ánimo, pero no de la naturaleza de las cosas. Si queremos gozarnos con frecuencia, muchas ocasiones tenemos. Desde luego, si nos dedicamos a la virtud, ya nada podrá causarnos dolor. Pues la virtud es causa en el alma de la buena esperanza en quien la ejercita; lo hace agradable a Dios y bien visto de los hombres y nos aporta un inefable gozo. Si la virtud es trabajosa en su ejercicio, pero está llena la conciencia de abundante alegría, pone en lo interior tanto gozo cuanto no puede explicarse. Porque ¿qué es lo que en la vida presente parece más deleitable? ¿La mesa opípara, la buena salud corporal, la gloria, las riquezas? Pues bien: si eso que te parece agradable lo comparas con la virtud, encontrarás ser lo más amargo de todo. Porque nada hay más dulce que la buena conciencia y la buena esperanza.

Si queréis todavía mejor comprenderlo, vayamos a un moribundo o a un anciano. Recordémosle las mesas opíparas bien abastecidas que tuvo, y la gloria y los honores, y las buenas obras que practicó durante su vida; y preguntémosle de cuáles más se goza. Observaremos que de aquellas primeras se ruboriza y avergüenza, mientras que de estas últimas se regocija y alegra. Así el rey Ezequías, cuando cayó enfermo, no recordó la gloria, ni el reino, ni la mesa suculenta, sino su justicia: Acuérdate, dice, o Señor, de que he andado en tu presencia [2 Reyes 20:3]. Mira cómo también Pablo se regocija por lo mismo y exclama: He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe? [2 Timoteo 4:7] Preguntarás: “Pero ¿qué otras cosas podía enumerar Pablo?” Muchas otras: honores, greyes de amigos, muchos servidores.

¿No lo oyes que dice: Me recibisteis como a un ángel del Señor, como a Cristo Jesús; y si hubiera sido posible os habríais arrancado los ojos y me los habríais dado? [Gálatas 4:14,15] Y además, que expusieron su cabeza por salvarle la vida [Romanos 16:4]. Pero nada de eso alega, sino únicamente sus trabajos, sus peligros y los triunfos en esa materia conseguidos. Y con razón. Pues aquellas otras cosas aquí se quedan; pero éstas van con nosotros. De aquéllas tendremos que dar razón; de estas otras .esperamos recompensa. ¿Ignoráis acaso cómo los pecados afligirán al alma en aquel último día y cómo punzarán el corazón? Pero entonces el recuerdo de las buenas obras, a la manera de una bonanza en plena tempestad, consolarán al alma en su turbación. Si vigilamos y vivimos con sobriedad, durante la vida toda nos acompañará ese santo temor; pero como vivimos descuidados, se nos echará encima cuando salgamos de aquí. El encadenado más se duele cuando lo sacan y carean con los jueces; entonces más tiembla, cuando se acerca al tribunal, cuando ha de dar razón de sus hechos.

Por eso muchos cuentan horrendas visiones que en semejante ocasión se les presentaron; y no pudiendo soportarlas los moribundos, tendidos en el lecho, se sacuden grandemente con ímpetu; y a los presentes los miran con torvas miradas, porque interiormente el alma se agita y no quiere apartarse del cuerpo ni puede soportar la presencia de los ángeles que se acercan. Si cuando vemos a hombres temibles temblamos, cuando veamos a los ángeles amenazantes y a las tremendas Potestades ¿qué no sufriremos, arrancada ya el alma del cuerpo y doliéndose grandemente, pero en vano? Porque aquel rico del evangelio, Epulón, una vez que hubo muerto lloró, lloró mucho; pero no le sirvió.

Imaginando, pues, todo esto y meditándolo, guardemos el santo temor para que no padezcamos otro tanto y para que escapemos de aquel eterno suplicio y consigamos los bienes eternos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien con el Padre sea la gloria, juntamente con el santo y vivificante Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San MateoHomilía LIII

 


Ahora bien, en una casa grande no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, y unos para honra y otros para deshonra. Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra. Huye, pues, de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro. Pero rechaza los razonamientos necios e ignorantes, sabiendo que producen altercados. Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad, y volviendo en sí, escapen del lazo del diablo, habiendo estado cautivos de él para hacer su voluntad.” (2 Timothy 2:20–26, LBLA)

 

Las lecturas tomadas del Leccionario de la Iglesia Ortodoxa de 14 de diciembre 2014

“Sientate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” (Lucas 20:27-44)

Les pharisiens questionnent Jésus ( Los fariseos cuestionan Jesús ), James Tissot (francés, 1886-1894)

Les pharisiens questionnent Jésus (Los fariseos cuestionan Jesús), James Tissot (francés, 1886-1894)

Y acercándose a El algunos de los saduceos (los que dicen que no hay resurrección), le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés nos escribió: Si el hermano de alguno muere, teniendo mujer, y no deja hijos, que su hermano tome la mujer y levante descendencia a su hermano. Eran, pues, siete hermanos; y el primero tomó esposa, y murió sin dejar hijos; y el segundo y el tercero la tomaron; y de la misma manera también los siete, y murieron sin dejar hijos. Por último, murió también la mujer. Por tanto, en la resurrección, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer. Y Jesús les dijo: Los hijos de este siglo se casan y son dados en matrimonio, pero los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni son dados en matrimonio; porque tampoco pueden ya morir, pues son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Pero que los muertos resucitan, aun Moisés lo enseñó, en aquel pasaje sobre la zarza ardiendo, donde llama al Señor, el Dios de Abraham, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob. El no es Dios de muertos, sino de vivos; porque todos viven para El. Y algunos de los escribas respondieron, y dijeron: Maestro, bien has hablado. Porque ya no se atrevían a preguntarle nada.

Entonces El les dijo: ¿Cómo es que dicen que el Cristo es el hijo de David? Pues David mismo dice en el libro de los Salmos: El Señor dijo a mi Señor: “Sientate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.”

David, por tanto, le llama “Señor.” ¿Cómo, pues, es El su hijo?

Lucas 20:27-44, LBLA

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

 

Y pues iba ya a su Pasión, alega una profecía en que abiertamente se le llama Señor; y no sin motivo ni poniendo acento en lo de ser Señor, sino por otro motivo razonable. Puesto que cuando antes les había preguntado El primero, ellos no habían respondido conforme a la verdad (puesto que habían afirmado ser El simplemente hombre), para destruirles esa falsa opinión, alega ahora a David, que proclama su divinidad. Pensaban ellos ser Cristo mero hombre y por eso dijeron: De David. Pero Cristo, enmendando la creencia de ellos, aduce al mismo David profeta que testifica que lo llama Señor y verdadero Hijo del Padre y le atribuye un honor igual al del Padre. Y no se detiene aquí, sino que, para aterrorizarlos, añadió lo que sigue: Entonces ¿cómo David lo llama, inspirado por el Espíritu Santo, Señor cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta tanto que pongo a tus enemigos como escabel de tus pies? [Salmo 109:1 LXX]. Así los encaminaba al verdadero conocimiento. Y luego, para que no pensaran ellos que David había hablado adulando y que había proferido una sentencia meramente humana, continuó con lo que seguía. Pues si David lo llama Señor ¿cómo es hijo suyo? Observa con cuán grande moderación trae al medio la verdadera opinión que de El se ha de tener.

Porque primero les dijo: ¿Qué os parece del Cristo? ¿de quién es hijo? para llevarlos mediante la pregunta y la respuesta a la verdad. Luego, habiendo ellos contestado: De David, prosigue como ya indiqué, pero siempre interrogando: Entonces ¿cómo David, inspirado por el Espíritu Santo, lo llama Señor? para que no se ofendan con tales palabras. Por eso no dijo: ¿Qué os parece de mí? sino: del Cristo. Por la misma razón los apóstoles con moderación se expresaron acerca del patriarca David, diciendo: Permitidme que os diga sin eufemismos que el patriarca David murió y fue sepultado [Hechos 2:29]. Y por la misma Cristo, al modo de quien pregunta y discurre, les presenta el dogma de su divinidad diciendo: Entonces ¿cómo David, inspirado por el Espíritu Santo, lo llama Señor diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha en tanto que pongo a tus enemigos como escabel de tus pies? Y continúa: Si pues David lo llama Señor ¿cómo es hijo suyo? Y no es que Jesús niegue ser hijo de David ¡lejos tal cosa!, sino que quería enmendar la opinión de ellos. De otro modo nunca habría increpado a Pedro por igual motivo [Mateo 16:22,23].

De manera que cuando dice: ¿Cómo es hijo suyo? quiere significar que no lo es en el sentido en que ellos lo afirmaban. Porque ellos decían que el Cristo era únicamente hijo de David y por lo mismo no Señor de David Y una vez que trajo al medio el testimonio del profeta, suavemente añadió: Si pues David lo llama Señor ¿cómo es su hijo? Los fariseos cuando esto oyeron nada le contestaron: es que no estaban en disposición de aprender nada que fuera idóneo y verdadero. Por esto añadió aquello: Es Señor suyo. Más aún: ni siquiera dijo eso como suyo, sino invocando al profeta, puesto que ellos no se fiaban de Cristo y aun hablaban mal de El. Teniendo esto en cuenta, no conviene que nos escandalicemos cuando lo oímos decir de sí algo bajo y humilde, pues había muchos motivos para que Jesús atemperara su modo de hablar conforme a la capacidad de aquellos oyentes.

Por eso les va dando su enseñanza mediante preguntas y respuestas, pero dejando siempre entender su verdadera dignidad de Hijo de Dios. Al fin y al cabo no era lo mismo oír que les decía ser el Cristo Señor de los judíos y decir que era Señor de David. Advierte además la oportunidad. Pues cuando dice: Uno es el Señor, habla también de sí mismo, puesto que en realidad es Señor, como se deduce no solamente de las obras, sino además de la profecía. Y les declara que el Padre habrá de tomar venganza de ellos, cuando añade: Hasta tanto que pongo a tus enemigos como escabel de tus pies. Muestra con esto la gran concordia y el honor igual que tiene con el Padre. Y puso así un remate sublime y excelso a su discurso con esas palabras que podían reducir al silencio a sus adversarios. Y desde entonces éstos guardaron silencio, no voluntariamente, sino porque nada tenían que replicar. Tan grande herida recibieron que renunciaron a acometer de nuevo la misma cuestión. Pues dice el evangelista: Nadie se atrevió desde aquel día a proponerle ninguna cuestión.

Sin embargo, aquellas discusiones traían gran utilidad a las turbas; por lo cual Jesús abandonó a aquellos lobos, una vez deshechas sus asechanzas, y enderezó su enseñanza a las turbas. Los enemigos no sacaban de ella ninguna ganancia por estar cautivos de la vanagloria y haber caído en tan terrible enfermedad. Porque la vanagloria es grave enfermedad y monstruo de muchas cabezas: arrebatados por ella, unos ansían el principado, otros la riqueza, otros el poder. Y pasando adelante ese monstruo se llega hasta la limosna, el ayuno, las oraciones y la doctrina: muchas cabezas tiene semejante monstruo. Y a la verdad que de aquellas otras cosas saquen vanagloria los así afectados, nada tiene de admirable; lo estupendo y digno de llorarse es que la logren mediante el ayuno y la oración. Pero no nos contentemos con recriminar, sino declaremos además el modo de huir de la enfermedad.

¿A quiénes abordaremos primero? ¿A los que se glorían de sus riquezas o de sus vestidos? ¿O a los que se glorían de sus dignidades? ¿O a los que se glorían de su saber o de su cuerpo o de sus habilidades o de su belleza o de sus adornos? ¿O a los que se glorían de su propia crueldad o de su propia bondad o de las limosnas que hacen? ¿O a los que se glorían de su propia perversidad o en su muerte o aun después de su acabamiento? Pues, como ya dije, muchos y complicados escondrijos tiene esta enfermedad y va hasta más allá de nuestra vida. Públicamente se dice: Fulano murió y para causar admiración ordenó que se hiciera esto y aquello; y por eso aquél quedó pobre, aquel otro quedó rico. Porque -cosa de verdad amarga- semejante fiera hiere por encontrados modos.

En fin: ¿contra quiénes primeramente entablaremos el combate y ordenaremos la batalla? No basta un solo discurso para combatirlos a todos. ¿Os parece que comencemos por los que se glorían de sus limosnas? A mí paréceme ser oportuno. Porque mucho estimo yo el hacer limosnas y deploro que eso se haya venido abajo. Tal vanagloria me parece como una institutriz que pone asechanzas a una princesa; porque la va alimentando, pero para la torpeza y para su daño, halagándola con el placer y despreciando el educarla conforme a la dignidad de su padre, de manera que venga a dar gusto a hombres criminales y perversísimos: para eso la persuade que use de ciertos adornos, desvergonzados, infames, con que pueda agradar a los extraños, pero no a su padre. ¡Ea, pues! ¡acometamos a éstos! ¡veamos la limosna abundantemente repartida, pero con esa finalidad!

La dicha princesa, digo la limosna, quiere el padre que ni siquiera se torne a ver a la derecha [Mateo 6:3]; pero la institutriz la saca de su tálamo; y luego la muestra y la hace espectáculo de los criados y de hombres cualesquiera, que ni siquiera la conocían. ¿Has visto a la meretriz prostituta entregándose a malvados amores y cómo se adorna según el gusto de ellos? ¿Quieres ver cómo la vanagloria torna al alma no solamente meretriz sino también loca furiosa? Pues observa sus intenciones. Porque corriendo esa princesa tras de los fugitivos y los criados, olvidada del cielo y aun positivamente habiéndolo rechazado, se da a perseguir por calles y encrucijadas a quienes la aborrecen, hombres feos y degradados, que ni siquiera desean verla, pues de ver cómo anda loca de amores por ellos, por eso mismo la odian. Y ¿habrá persona más loca que una tal? Porque los más de los hombres a nadie aborrecen más que a quienes los quieren como instrumentos para conseguirte gloria. Inventan miles de reproches contra ésos. Sucede lo mismo que si a una princesa que ha sido arrojada del trono se le ordenara prostituirse con gladiadores que la aborrecieran.

Cuanto más tú busques a tales, instrumentos más te aborrecen. En cambio, Dios, cuanto más lo buscas tú tanto más te atrae y te alaba y te da una ingente recompensa. Pero si te parece, y quieres conocer desde otro ángulo de vista cuán grande sea el daño que te viene cuando das limosna por ostentación, medita en lo grave del dolor y continua tristeza que te sobrevendrá cuando Cristo te inspire y te repita aquellas palabras: Has perdido totalmente tu recompensa [Mateo 6:1]. La vanagloria es mala en toda ocasión, pero sobre todo cuando se ejercita la misericordia; lo cual viene siendo una extrema crueldad, pues se acrece mediante las desgracias ajenas y en cierto modo injuria a los pobres. Si andar uno refiriendo los beneficios que ha hecho es injuriar a quien los ha recibido, el publicanos delante de muchos ¿qué crimen piensas que sea?

Pero ¿cómo huiremos de mal semejante? Aprendiendo el modo que se ha de tener en compadecerse. Considerando la gloria de quienes buscamos. Dime: ¿quién es el autor de la limosna? Sin duda quien enseñó a hacerla, o sea Dios. El sobre todo sabe lo que es, y la ejerce en modo infinito. ¡Vamos! Si te ejercitas en la palestra para aprender ¿a quiénes te pondrás a ver? ¿Al que vende legumbres y peces o al entrenador? Cierto que aquéllos son muchos y éste es solamente uno. Pues bien y sin embargo, si él te ensalzara mientras los otros te burlaban ¿acaso no te reirías de todos juntamente con él? Y si estuvieras aprendiendo el pugilato ¿acaso no pondrías atención igualmente al que en tal arte fuera maestro? Si te propusieras ser orador ¿acaso no estimarías en mucho las alabanzas del maestro de oratoria y despreciarías las de los otros? Entonces ¿cómo no ha de ser absurdo que en las demás, artes solamente se atienda al maestro y en cambio en la limosna hacer lo contrario? Y eso que el daño no es igual en ambos casos.

En todas las artes, si luchas según el beneplácito del vulgo y no del maestro, todo el daño queda reducido a perder en la competencia; pero en el arte de la limosna se pierde la vida eterna. Por la misericordia te asemejas a Dios; pues hazte también semejante a El evitando la ostentación. Cuando Jesús obraba las curaciones, ordenaba a los beneficiados que a nadie lo dijeran. Tú en cambio ¿anhelas que los hombres te llamen misericordioso? ¿Qué ganancia percibes con eso? Ninguna, sino un daño infinito. Porque esos mismos a quienes tú tomas como testigos de tu misericordia, se convierten en ladrones de tus tesoros colocados en el cielo. O mejor dicho, no ellos, sino nosotros mismos que nos hurtamos nuestras mismas riquezas y disipamos lo que en el cielo se amontona. ¡Oh nuevo género de desgracias! ¡oh enfermedad extraña! Allá en donde ni la carcoma destruye ni los ladrones desentierran, la vanagloria todo lo dilapida. Ella es la polilla del tesoro celeste; ella el ladrón de las opulentas riquezas del cielo que roba los bienes ya colocados allá y puestos en seguro! Ella todo lo’ echa a perder y lo destruye. Habiendo visto el demonio que el cielo es un sitio inaccesible a los ladrones y a la carcoma, roba las riquezas de allá mediante la vanagloria.

Pero es que ambicionas la gloria. ¿No te basta con la que recibes del que toma tu limosna, que es el benignísimo Dios, sino que andas en busca también de la gloria humana? Pues mira no sea que te acontezca todo lo contrario: no sea que te condenen como no compasivo sino anhelante del fausto y entregado a la ambición, y como traidor de las ajenas desdichas. La limosna es un misterio. Cierra pues las puertas para que nadie vea lo que es crimen publicar. Estos son nuestros supremos misterios: la misericordia y la benignidad de Dios. El, según su gran misericordia, se compadeció de nosotros, que le éramos desobedientes. La primera oración que recitamos sobre los energúmenos llena está de alusiones a la misericordia; y!a segunda a su vez pide abundante misericordia para los que están en estado de penitencia. Y la tercera, que es en favor de nosotros mismos, trae junto a nosotros a los infantes inocentes para que provoquen a Dios a misericordia.

Porque detestamos nuestros pecados suplicamos en favor de los que grandemente pecaron y han de ser acusados. Y en favor nuestro suplican los inocentes niños, e imitándolos en su sencillez se alcanza el reino de los cielos. Así se muestra la forma misma de rogar, puesto que quienes son sinceros y humildes a la manera de los niños conviene sobre todo que rueguen por los pecadores. Saben bien los iniciados de cuan inmensa misericordia y de cuán grande benignidad está lleno el misterio de la mesa sagrada. Pues bien, tú a tu vez, cuando haces limosna cierra la puerta de tu casa; que solamente la presencie aquel a quien la haces; y aun si es posible ni él. Si abres tu puerta, divulgas tu misterio. Piensa que aquel mismo de quien esperas gloria te condenará. Si es amigo te recriminará en su interior; y si es enemigo te descubrirá delante de los demás. Y así te acontecerá todo lo contrario de lo que anhelabas.

Querías tú que él te proclamara como misericordioso; pero él no clamará eso, sino que te llamará ambicioso de la vana gloria y que andas captando el aura popular, y añadirá otras cosas peores. Pero si ocultas tu limosna, entonces proclamará todo lo contrario y te llamará benigno y misericordioso. Pues Dios no permite que esa buena obra quede oculta. Si tú la ocultas El la publicará, de donde se te seguirá mayor admiración y más grande ganancia. De modo que la ostentación es un obstáculo para alcanzar gloria: el mismo andar buscándolo es un obstáculo para obtener lo que anhelamos. Porque no sólo no alcanzamos la gloria y alabanza debida a la misericordia, sino que logramos lo contrario; y además se nos sigue un daño grande.

Por todos estos motivos, rechacemos la gloria vana y solamente amemos la gloria de Dios. Por ese camino alcanzaremos gloria acá abajo y además los bienes eternos serán nuestro gozo, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía LXXI (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/eww.htm#cl)

 


“Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lucas 11:47-12:1)

Imprécations contre les pharisiens (Imprecaciones contra los fariseos, James Tissot (francés, 1886-1896)

Imprécations contre les pharisiens (Imprecaciones contra los fariseos), James Tissot (francés, 1886-1896)

¡Ay de vosotros!, porque edificáis los sepulcros de los profetas, y fueron vuestros padres quienes los mataron. De modo que sois testigos, y aprobáis las acciones de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros.

Por eso la sabiduría de Dios también dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles, y de ellos, matarán a algunos y perseguirán a otros, para que la sangre de todos los profetas, derramada desde la fundación del mundo, se le cargue a esta generación, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y la casa de Dios; sí, os digo que le será cargada a esta generación.”

¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la llave del conocimiento; vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis.

Cuando salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarle en gran manera, y a interrogarle minuciosamente sobre muchas cosas, tramando contra El para atraparle en algo que dijera. En estas circunstancias, cuando una multitud de miles y miles se había reunido, tanto que se atropellaban unos a otros, Jesús comenzó a decir primeramente a sus discípulos: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.


 

Comentario

 

¿Cómo no habéis entendido que no os hablaba del pan? Guardaos digo del fermento de los fariseos y saduceos [Mat 16:11], el evangelista prosigue: Entonces cayeron en la cuenta de que no les había dicho que se guardaran del fermento del pan, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos [Mat 14:12]; aunque él claramente los increpó para eso.

Considera cuántos bienes se siguieron de esa increpación. Pues por una parte los retrajo de las observancias judaicas; por otra, como ellos antes estuvieran soñolientos los volvió más atentos y los fortificó en la fe, de manera que no teman ni se atemoricen si les acontece tener pocos panes, ni se afanen por cuidarse del hambre, sino que desprecien todas las cosas. En consecuencia, tampoco nosotros querramos adular a los súbditos y caerles bien siempre, ni querramos que quienes nos gobiernan nos den continuamente gusto en todo. El alma humana necesita de ese doble remedio. Y este es el motivo por el que Dios administra así las cosas humanas, procediendo a veces de un modo y a veces de otro, sin permitir que los bienes ni los males sean inmutables.

Así como unas veces es de día y otras es de noche, y unas veces hay invierno y otras verano, así en las cosas humanas: unas veces hay alegría y otras tristeza; unas veces enfermedad y otras salud. No nos espantemos, pues, si caemos enfermos, siendo así que aún deberíamos admirarnos de estar con salud. No nos turbemos cuando nos aprieta el dolor, pues aun al tiempo en que gozamos, lo conveniente sería que nos perturbáramos. En conclusión: todo viene según el orden natural de las cosas. ¿Cómo puedes admirarte de que así suceda cuando vemos que aún a los santos iguales cosas les han acontecido?

Y para que lo comprendas ¡ea! ¡traigamos al medio la vida de alguno que tú pienses estar más lejos de los negocios y más lleno de delicias! ¿Te parece que examinemos desde el principio la vida de Abrahán? ¿Qué fue lo primero que se le ordenó?: Sal de tu tierra y de tu parentela [Gen 12:1]. ¿Observas cómo semejante mandato está pleno de dolor? Pues advierte cómo se le sigue una prosperidad: Y ve a la tierra que yo te mostraré Yo te haré un gran pueblo. Y ¿qué sucedió? ¿Acaso una vez que llegó a la tierra aquella y tomó puerto ahí, ya no hubo más tristezas? De ninguna manera. Cayó en cosas más amargas: hambre, peregrinación, rapto de su mujer. Mas luego hubo bienes de nuevo: el castigo del Faraón, el salir libre, el honrarlo aquéllos con dones abundantes y el retorno a su casa. Y en fin, todo lo que sigue es una cadena de bienes y de males, entremezclados.

También a los apóstoles acontecieron cosas semejantes. Por esto Pablo decía: El que nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos consolar nosotros a todos los atribulados [2 Cor 12:1]. Dirás: “Pero a mí eso ¿qué me importa, pues vivo en perpetuo dolor?” No seas malagradecido ni olvides los beneficios. No es posible que alguien viva solamente en perpetuos dolores, pues la naturaleza no lo podría tolerar. Porque quisiéramos vivir en perpetuo gozo, creemos que vivimos en perpetuo dolor. Y no es este el único motivo, sino que al punto nos olvidamos de las cosas buenas y de la prosperidad, mientras que, por el contrario, continuamente nos acordamos de lo que aflige; y por esto decimos que pasamos la vida en perpetuo dolor.

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía LIII (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewn.htm#bz)

 


Un día el santo padre Antonio, mientras estaba sentado en el desierto, fue presa del desaliento y de densa tinieblas de pensamientos. Y decía a Dos: “¡Oh Señor! Yo quiero salvarme, pero los pensamientos me lo impiden. ¿Qué puedo hacer en mi aflicción? Entonces, asomándose un poco, ve Antonio a otro como él, que está sentado y trabaja, después interrumpe el trabajo, se pone en pie y ora, después se sienta de nuevo y se pone a trenzar cuerdas, y después se levanta de nuevo y ora. Era un ángel del Señor, enviado para corregir a Antonio y darle fuerza. Y oyó al ángel que decía: “Haz así y serás salvo.”

– de Las Palabras de Los Ancianos


“Y después de traer las barcas a tierra, dejándolo todo, le siguieron” (Lucas 5:1-11)

La pêche miraculeuse (La pesca milagrosa), James Tissot (francés, 1886-1896)

La pêche miraculeuse (La pesca milagrosa), James Tissot (francés, 1886-1896)

Y aconteció que mientras la multitud se agolpaba sobre El para oír la palabra de Dios, estando Jesús junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban a la orilla del lago, pero los pescadores habían bajado de ellas y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, pidió que se separara de tierra un poco; y sentándose, enseñaba a las multitudes desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Sal a la parte más profunda y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, dijo: Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque tú lo pides, echaré las redes. Y cuando lo hicieron, encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían; entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Y vinieron y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: ¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador! Porque el asombro se había apoderado de él y de todos sus compañeros, por la redada de peces que habían hecho; y lo mismo les sucedió también a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Y Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Y después de traer las barcas a tierra, dejándolo todo, le siguieron.


Comentario

San Juan Crisóstomo (Constantinopla, siglo IV)

    Pondera su obediencia y su fe. Desde luego, en pleno ejercicio de la pesca – y ya sabéis cuánto apasiona semejante ejercicio – lo oyen que los llama; y no lo dejan para después ni dudan, ni le dijeron: Regresaremos a la casa y lo consultaremos con los parientes, sino que al punto lo siguen, como lo había hecho Eliseo con Elías [1 Reyes 19:20,21]. Esta obediencia es la que Cristo nos pide y la busca en nosotros, de manera que no la difiramos ni por un momento, ni aun cuando alguno de nuestros más allegados quisiera obligarnos. Por esto, al que se le acercó diciendo que le permitiera ir a enterrar a su padre [Mateo 8:21,22], ni siquiera eso le permitió, declarando de esta manera que la obligación de seguir a Cristo debe anteponerse a todo lo demás.

Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilia XIV (tr. del griego por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/evy.htm#t)