“Pero si yo por el dedo de Dios echo fuera los demonios, entonces el reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lucas 11:14-23)

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Estaba Jesús echando fuera un demonio, que era mudo, y sucedió que cuando el demonio salió, el mudo habló; y las multitudes se maravillaron.

Pero algunos de ellos dijeron: El echa fuera los demonios por Beelzebú, príncipe de los demonios.

Y otros, para ponerle a prueba, demandaban de El una señal del cielo.

Pero conociendo El sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo es asolado; y una casa dividida contra sí misma, se derrumba. Y si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo permanecerá en pie su reino? Porque vosotros decís que yo echo fuera demonios por Beelzebú. Y si yo echo fuera demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan fuera vuestros hijos? Por consiguiente, ellos serán vuestros jueces. Pero si yo por el dedo de Dios echo fuera los demonios, entonces el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte, bien armado, custodia su palacio, sus bienes están seguros. Pero cuando uno más fuerte que él lo ataca y lo vence, le quita todas sus armas en las cuales había confiado y distribuye su botín. El que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama.


 

Comentario

 

    Pero si yo arrojo los demonios con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios.

    ¿Qué es ese reino? Mi advenimiento. Observa cómo de nuevo los atrae y medicina y los empuja a su conocimiento y les demuestra que pelean contra su propio bien y litigan en contra de su salvación. Como si les dijera: cuando convenía gozarse y dar saltos de júbilo, pues ha venido el que os dará aquellos bienes inefables y grandes que antiguamente anunciaron los profetas y ha llegado para vosotros el tiempo de la bienandanza, vosotros hacéis lo contrario y no sólo no recibís los bienes, sino que os dedicáis a calumniar y a revolver y a lanzar culpas que no existen.

    Mateo dice: Pues si yo arrojo los demonios en el Espíritu de Dios [Mat 12:28]. Lucas en cambio dice: Si yo arrojo los demonios en el dedo de Dios? [Luc 11:20] Pone así en claro que semejante obra es propia del sumo Poder, o sea el echar los demonios, y de una no vulgar gracia. Y de aquí quiere deducir por raciocinio que siendo eso así, luego vino ya el Hijo de Dios. Pero no lo dice claro, sino oscuramente; a fin de que a los judíos no les resulte molesto, lo deja entender diciendo: Luego ha llegado a vosotros el reino de Dios. ¿Observas su eximia sabiduría? Por las mismas cosas que le objetaban, les declara manifiestamente su venida.

    Luego, para atraerlos, no dice simplemente: Ha llegado el reino, sino que añade: a vosotros. Como si dijera: llegan para vosotros los bienes. Entonces ¿por qué tratándose de vuestros propios bienes no tenéis cordura? ¿por qué lucháis contra vuestra salvación? Este es el tiempo que los profetas predijeron; esta es la señal del advenimiento por ellos celebrado, es a saber: las obras llevadas a cabo con el divino Poder. Que sean hechas, vosotros lo sabéis; que lo sean por el divino Poder, las obras mismas ló proclaman. Porque no puede ser que ahora Satanás sea más poderoso, sino que necesariamente es más débil, pues uno que sea débil no podrá echar al demonio que es fuerte. Decía esto para manifestar la fuerza [del amor] y la debilidad de los litigantes y adversarios. Por tal motivo El con frecuencia exhorta a los discípulos [al amor] y declara cómo el demonio hace cuanto puede para hacerla desaparecer.

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XLI (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewh.htm#bn)

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“¿Qué padre hay entre ustedes que, si su hijo le pide un pescado, en lugar de un pescado le da una culebra” (Lucas 11:9-13)

Yo les digo: Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre ustedes que, si su hijo le pide un pescado, en lugar de un pescado le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!


 

Comentario

 

Monasterio Gregoriou en el Monte Athos, Grecia. El monasterio contiene parte de los restos de Santa Anastasia la romana, una mártir cristiana del siglo III que se recuerda hoy.

Monasterio Gregoriou en el Monte Athos, Grecia. El monasterio contiene parte de los restos de Santa Anastasia la romana, una mártir cristiana del siglo III que se recuerda hoy.

    ¿Quién de vosotros es el que si su hijo le pide pan, le da una piedra?

    Entre los hombres, si pides con frecuencia, resultarás gravoso y pesado; pero ante Dios, no lo haces, lo mueves a ira. Pero si persistes en pedir, recibirás, aun cuando no recibas al punto. Por eso está cerrada la puerta, para inducirte a llamar. Por eso no concede ni accede al punto, para que llames. Permanece, pues, llamando y sin duda recibirás. Ni vayas a decir: ¡Bueno! ¿y si pido y no recibo? Porque por medio de una parábola confirma él tu fe. Usa de un nuevo argumento y ejemplo humano, para empujarte a tener confianza en lo que pides; al mismo tiempo que por la parábola nos da a entender no sólo que tenemos que pedir, sino también qué es lo que hemos de pedir.

    Porque ¿quién de vosotros es el que si su hijo le pide pan le da una piedra? Pues si pides y no recibes es porque pides una piedra. Aunque seas hijo, no basta eso para que la alcances; o mejor aún, eso es lo que impide que recibas: que siendo hijo, pides lo que no te conviene. No pidas pues cosas mundanas sino espirituales y cierto las recibirás. Salomón [1 Reyes 3:10-14, 2 Crón 1:11,12], porque pidió lo que convenía, mira cómo al punto lo obtuvo. Conviene pues que quien ora, guarde dos cosas: que pida con fervor y que pida lo que conviene, pues dice Cristo: vosotros, aunque seáis padres, dejáis que vuestros hijos os pidan; pero si lo que piden les es dañoso, se lo negáis; si es útil, accedéis y lo concedéis.

    Pensando estas cosas, no desistas hasta haber recibido; no te apartes hasta haber encontrado; no pierdas el ánimo y empeño hasta que te abran la puerta. Si con estas disposiciones te acercas y te dices: si no recibo, no me apartaré, entonces recibirás si es que pides lo que a Aquel a quien pides le conviene dar y también te conviene a ti. ¿Qué cosas serán esas convenientes? Desde luego, si pides todo lo referente a la vida espiritual; si, tras de haber perdonado, te acercas a pedir perdón; si levantamos en oración las manos puras y sin ira ni querellas [1 Tim 2:8]. Si así pedimos, recibiremos.

    Ahora, en cambio, nuestra forma de pedir es una burla y es más propia de ebrios que de sobrios. Instarás: ¿Y qué si pido cosas espirituales y nada recibo? Sin duda que no pediste con fervor o te hiciste indigno de recibir o dejaste de pedir antes de lo que convenía. Preguntarás: ¿por qué no dijo en concreto qué es lo que se ha de pedir? En verdad que ya anteriormente lo había dicho y había declarado para qué cosas debíamos acercarnos a Dios. No digas, pues: me acerqué y no recibí. No quedó por parte de Dios que no recibieras, pues nos ama tanto que en esto vence a nuestros propios padres tanto cuanto supera la bondad a la perversidad. Pues si vosotros con ser malos sabéis dar cosas, buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos! Y no lo dijo para vituperar a la humana naturaleza, ni afirmando ser malo nuestro linaje -¡lejos de él tal cosa!- sino llamando maldad al paterno cariño si con el cariño y bondad de Dios se lo compara: ¡tan inmensa es la bondad que por naturaleza tiene!

    ¿Has captado la fuerza de este argumento? Es capaz de volver a la buena esperanza aun al más desesperado. Demuestra aquí Cristo la bondad de Dios mediante la comparación y ejemplo de los padres, como antes la había demostrado por sus dones más excelentes, como son el alma y el cuerpo. Sin embargo, no acude a lo que es el principal de todos los bienes, ni hace referencia a su venida. Pues quien entregó a su Hijo a la muerte ¿cómo no nos concederá cuanto le pidamos? El que no perdonó a su propio Hijo, antes lo entregó por todos ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? Pero Cristo todavía argumenta con ellos, acudiendo a las cosas humanas.

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XXIII (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ev3.htm#a2)

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Lucas 11:1-10)

El otro lado de la puerta: yo estoy a la puerta y llamo (Apocalipsis 3:20)

El otro lado de la puerta: Yo estoy a la puerta y llamo (Apocalipsis 3:20)

Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.

Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquél, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos? Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite.

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.


 

Comentario

 

    Dice Cristo: Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Pues había ordenado altas y admirables leyes, mandó a todos ser superiores a sus afectos y pasiones, y los condujo hasta el cielo y mandó que seamos semejantes, en cuanto es posible, a los ángeles y arcángeles y al mismo Señor de todos. Y dio órdenes a los discípulos no sólo de poner en práctica lo dicho, sino de enmendar a los demás y discernir entre los buenos y los malos, entre perros y no perros (ya que tantos misterios oculta el hombre), para que no se dijera que tales cosas son mandatos duros e intolerables. Más adelante el mismo Pedro pregunta: ¿Quién podrá salvarse? [Mat 19:25] y también: Si tal es la condición del hombre con la mujer, preferible es no casarse.

    Pues para que ahora no pusieran la misma objeción, una vez que en lo que precede demostró que sus mandatos son fáciles mediante abundantes razones que así lo probaban, finalmente corona la demostración de la dicha facilidad, buscando un no pequeño ni vulgar consuelo en los trabajos, mediante el auxilio de las continuas oraciones. Pues no dice que baste con procurar cumplir sus mandatos, sino que además debemos implorar el auxilio de lo alto, que sin duda vendrá y estará presente y nos ayudará en el combate y todo lo facilitará. Por esto mandó que se pidiera y prometió que lo daría.

    Ordenó pedir, no como quiera, sino con grande asiduidad y esfuerzo. Porque esto significa buscad. El que busca, echadas de su pensamiento todas las demás cosas, no se ocupa sino en lo que busca y para nada se preocupa de lo presente. Lo saben bien los que, habiendo perdido oro o esclavos, se dan a buscarlos. Esto es pues lo que significa con la palabra buscad. Llamad quiere decir que nos hemos de acercar a Dios con ansias y fervor de ánimo No decaigas de ánimo, oh hombre. No muestres menos cuidado acerca de la virtud que de los dineros. Al fin y al cabo cuando a ésos los buscaste, con frecuencia no los hallaste; y sin embargo, aun sabiendo bien que puede suceder que no los encuentres, empleas todos los modos de investigar. Y si no alcanzas inmediatamente lo que pides, no desesperes. Pues por eso dijo: Llamad para declarar que debes esperar, aun cuando no se te abra al punto.

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XXIII (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ev3.htm#a2)

“¡Dichosos los ojos que ven lo que ven!” (Lucas 10:22-24)

Le message de la femme de Pilate (El Mensaje de la esposa de Pilato), James Tissot (francés, 1886-1894).  La esposa de Pilato, Santa Prócula, se conmemora el 27 de octubre.  Después de la muerte de Cristo se convirtió en cristiana y murió en paz en el siglo primero.

Le message de la femme de Pilate (El Mensaje de la esposa de Pilato), James Tissot (francés, 1886-1894). La esposa de Pilato, Santa Prócula, se conmemora el 27 de octubre. Después de la muerte de Cristo se convirtió en cristiana y murió en paz en el siglo primero.

Mi Padre me lo ha entregado todo, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: ¡Dichosos los ojos que ven lo que ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron.


 


Comentario

 

    Si no los hubiera querido oír y salvar, lo propio era callar y no hablarles ni una palabra. Ahora, en cambio, habiéndoles en forma enigmática los incita. Porque Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

    Y acerca de que el pecado no provenga de la naturaleza misma ni de una necesidad, oye lo que dice a los apóstoles: Bienaventurados son vuestros ojos que ven y vuestros oídos que oyen. No habla de la vista y del oído corporales, sino de la vista y el oído de la mente. Porque estos oyentes eran judíos, educados del mismo modo; y sin embargo en nada los dañó la profecía, porque tenían bien arraigada la raíz del bien obrar; es a saber, el propósito de la voluntad. ¿Adviertes cómo eso de: A vosotros se os ha dado no lleva consigo necesidad alguna? Porque no se les habría proclamado bienaventurados si esa buena obra no les perteneciera y naciera de ellos. Así que no me arguyas diciendo que les habló oscuramente. Al fin y al cabo, podían también ellos acercarse y preguntar, como lo hicieron los apóstoles; sino que llenos de pereza y desidia, no quisieron. Mas ¿qué digo no quisieron? Incluso recalcitraron. Pues no solamente no le creían ni le daban oídos, sino que lo impugnaban y lo escuchaban grandemente molestos, como lo predijo el profeta acusándolos, cuando les advirtió: Lo oyeron pesadamente.

    No fueron así los discípulos y por esto los llama bienaventurados. Además, por otro camino los confirma diciendo: En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron: es decir, mi advenimiento, mis milagros, mi voz, mis enseñanzas. Con semejantes palabras los antepone no solamente a aquellos hombres perdidos y malvados, sino también a los esclarecidos antiguos, puesto que los llama más bienaventurados. ¿Por qué? No sólo porque están viendo lo que los judíos no ven, sino porque ven lo que aquéllos antiguos anhelaban ver. Estos tan sólo lo vieron por fe, mientras que los discípulos lo ven con sus propios ojos, y con mucha mayor claridad.

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XLV (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewj.htm#br)

“Había un hombre rico … Y uno pobre, llamado Lázaro” (Lucas 16:19-31)

De rijke man en de arme Lazarus ( El rico y  el pobre Lázaro ), Hendrick ter Bruggghen (holandés, 1625)

De rijke man en de arme Lazarus (El rico y el pobre Lázaro), Hendrick ter Bruggghen (holandés, 1625)

Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba llenarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y los ángeles le llevaron al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Abismo entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abrahán, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.’ Pero Abrahán le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes, no puedan hacerlo; ni de ahí puedan pasar hacia nosotros.’ «Replicó: ‘Pues entonces, te ruego, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también ellos a este lugar de tormento.’ Abrahán le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los oigan.’ Él dijo: ‘No, padre Abrahán, que si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán.’ Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite.’


 


El Rico y Lázaro

 

    En este caso, por la providencia de Dios el rico vivía en muy buenas condiciones y podía sin ningún sacrificio ayudar al pobre que se encontraba tendido en el suelo al lado del portón de su casa. Estando sumergido enteramente en sí mismo y en las fiestas diarias, el rico fue totalmente indiferente con respecto a los sufrimientos del pobre.

    Recordarse de la hermosa recompensa que obtuvo Lázaro en el otro mundo, anima a los pobres y a los que sufren. Por las enfermedades, pobreza y la falta de fuerzas físicas, Lázaro no podía ayudar o hacer buenas obras para los demás. Pero nada más que por resistir pacientemente los sufrimientos y por no quejarse de su destino, él recibió la bienaventuranza en el cielo. La razón por la cual se menciona en esta parábola a Abraham, significa que el rico no fue condenado por sus riquezas, sino, por falta de compasión por los necesitados. Abraham, al contrario, siendo una persona muy rica, al mismo tiempo era piadoso con todos.

    Algunos preguntan: no sería injusto y cruel condenar eternamente al rico, ya que sus gozos materiales eran temporales. Para responder a esta pregunta, se debe entender que la futura bienaventuranza o sufrimientos no se deben mirar únicamente desde el punto de vista como un lugar de permanencia en el paraíso o el infierno. En primer lugar el paraíso o el infierno son condiciones espirituales. Según el Señor, el Reino de los Cielos se encuentra dentro de nosotros mismos igual que el infierno comienza dentro del alma del pecador. Cuando en la persona habita la gracia de Dios, entonces en su alma habita el paraíso. Cuando las pasiones y los remordimientos de conciencia agobian a la persona, entonces ella sufre como los pecadores que se encuentran en el infierno. Recordemos los sufrimientos “del Caballero Mezquino” en el poema del escritor ruso Pushkin: “La conciencia es como una bestia que con sus zarpas rasguña el corazón; la conciencia es como aquel visitante que nadie invitó, como un interlocutor molesto y un vicioso prestamista.” Los sufrimientos de los pecadores serán especialmente intolerables en el otro mundo por la razón de que no existirá más la posibilidad de satisfacer los vicios o por medio del arrepentimiento aliviar los descargos de conciencia. Por esta razón los sufrimientos de los pecadores serán eternos.

    En la parábola del rico y Lázaro, se entreabre la cortina del más allá y se ofrece la oportunidad de entender nuestra existencia aquí en la tierra en una perspectiva basada en la eternidad. Enlucidos por esta parábola, nosotros vemos que los bienes terrenales no son la felicidad, sino, mejor dicho, representan ser una prueba de nuestra habilidad en cuanto a querer o ayudar a nuestros prójimos. “Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles” dice el Señor en su parábola precedente, “Quién os confiará lo verdadero?” O sea, si nosotros no supimos administrar correctamente los bienes ilusorios del presente, entonces nosotros no somos dignos de recibir de Dios el verdadero tesoro designado para nosotros en la vida eterna. Por esta razón tratemos de recordar que los bienes materiales pertenecen únicamente a Dios. Y con ellos, Él nos somete a las pruebas.

– Obispo Alejandro Mileant, “Parábolas Evangélicas,” tr. por Nicolas Mitakys

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/parabolas_s.htm#n17)

“Miren que les envío como corderos en medio de lobos” (Lucas 10:1-15)

Ruinas de Betsaida

Ruinas de Betsaida

Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir. Y les dijo: La mies es mucha y los obreros pocos. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Vayan; miren que les envío como corderos en medio de lobos. No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saluden a nadie en el camino. En la casa en que entren, digan primero: ‘Paz a esta casa.’ Y si hubiere allí un hijo de paz, la paz de ustedes reposará sobre él; si no, se volverá a ustedes. Permanezcan en la misma casa, coman y beban lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayan de casa en casa. En la ciudad en que entren y los reciban, coman lo que les pongan; curen los enfermos que haya en ella, y díganles: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes.’ En la ciudad en que entren y no los reciban, salgan a sus plazas y digan: ‘Sacudimos sobre ustedes hasta el polvo de su ciudad que se nos ha pegado a los pies. Sepan, de todas formas, que el Reino de Dios está cerca.’ Les digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad. ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ustedes, tiempo ha que, sentados con vestido de penitencia y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para ustedes. Y tú, Cafarnaún, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el abismo te hundirás!

 

 


Comentario por San Juan Crisóstomo (Constantinopla, siglo IV)

 

    Apliquémonos a nosotros mismos esto, pues no sólo a los incrédulos, sino también a nosotros nos amenazó con el castigo mayor que a los de Sodoma, si no recibimos y hospedamos a los peregrinos que vienen a nosotros, cuando ordenó a los apóstoles que aún sacudieran el polvo de su calzado. Y con razón. Pues aquéllos, si pecaron, cayeron antes de la Ley y de la gracia; pero nosotros, que pecamos después de tantos cuidados como se nos han prodigado ¿de qué perdón seremos dignos si mostramos tan grande aborrecimiento a los huéspedes y cerramos las puertas a los necesitados y antes que las puertas, los oídos mismos? Y no sólo a los pobres sino también a los necesitados. Las cerramos a los pobres porque las cerramos a los apóstoles. Es que mientras se lee a Pablo, tú no atiendes; y cuando Juan nos predica, tú no lo oyes. Entonces ¿cuándo darás hospitalidad al pobre, pues ni siquiera al apóstol recibes?

    Así pues, para que a éstos las puertas y a aquéllos los oídos queden abiertos, limpiemos de los oídos del alma todas las suciedades. Pues así como la inmundicia y la tierra tapan los oídos corporales, así los cantares de las meretrices, las narraciones profanas, las deudas, las conversaciones sobre la usura y los réditos cierran los oídos del alma, mucho más que cualesquiera inmundicias. Más aún: no solamente los cierran sino que los manchan. Los que tales cosas a referir se entregan, echan estiércol en vuestros oídos. Y lo que cierto bárbaro amenazaba a Israel diciendo: Comeréis vuestro estiércol eso hacen aquéllos con vosotros, no con palabras, sino con obras, y os obligan a soportarlo. Más aún: cosas mucho más graves. Porque los dichos cantares son con mucho más repugnantes.

Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XXXVVII

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewf.htm#bk)