Primer Escalón: de la Renunciación

Icono de la Escala, Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

Icono de la Escala, Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

De Η Κλίμαξ Θείας ανόδου – La Santa Escala

Traducido por Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

1. Dios. Nuestro Señor y Rey, que es bueno, más que bueno y enteramente bueno – es cosa muy conveniente, cuando uno se dirige a los servidores de Dios, comenzar nuestra oración con su santo nombre-, tuvo por bien honrar a todas las criaturas racionales que Él creó, con la dignidad del libre albedrío. Entre estas criaturas, unas son sus amigos, otras sus fieles servidores, otras sus servidores inútiles, otras le son extrañas y otras, por fin, son sus totalmente impotentes adversarios.

2. Amigos de Dios, venerado Padre, según nosotros lo entendemos — ignorantes y rudos como somos -, son aquellas substancias intelectuales e incorporales que lo rodean. Sus fieles servidores son aquellos que en todo, infatigablemente y sin hesitar, hacen Su santísima voluntad. Sus servidores inútiles son aquellos que, habiendo sido lavados con el agua del Santo Bautismo, no cumplen el compromiso contraído. Nosotros consideramos como extraños y enemigos de Dios a todos aquellos que viven sin el bautismo o cuya fe está plagada de errores. Sus adversarios, finalmente, son aquellos que, no contentos con haber sacudido de sí el yugo de la ley de Dios, persiguen con todas sus fuerzas a quienes procuran guardarla.

3. Extendernos acerca de cada una de estas categorías requeriría, llegado el caso, un tratado especial, y no conviene a mi ignorancia disertar ahora tan largamente sobre este tema.

Hablaremos entonces, a continuación, acerca de aquellos que, justamente, merecen ser llamados fidelísimos siervos de Dios. Ellos, con la potentísima fuerza de su caridad, son quienes nos impulsan a tomar esta carga. Por obediencia a ellos extendemos sin dilaciones nuestra ruda mano, y tomando de la suya la pluma de la enseñanza, la humedecemos en la tinta de la humildad, oscura y resplandeciente a la vez, para escribir con ella sobre sus blancos y humildes corazones como sobre un pergamino, o mejor, como sobre espirituales tablas, las palabras de Dios, que son, en verdad, divinas simientes, y según este principio:

4. Dios es la vida y la salvación de todos los seres dotados de libre albedrío; de los fieles y de los infieles, de los justos y de los pecadores, de los piadosos y de los impíos, de aquellos que están sometidos por sus pasiones y de aquellos que alcanzaron la impasibilidad, de los monjes y de los seculares, de los sabios y de los ignorantes, de los sanos y de los enfermos, de los jóvenes y de los viejos, y como la efusión de la luz, como la visión del sol, como la alternancia de las estaciones, a todos beneficia, ya que “Dios no hace acepción de personas” [Romanos 2:11].

5/9. Y para definir algunos de los vocablos que más hacen a nuestro propósito, decimos que impío es aquel ser racional y mortal que se aparta voluntariamente del camino, y que considera a su propio Creador, Siempre — existente, como no existente. Inicuo es aquel que interpreta la ley divina según su propio sentido pervertido, que se cree poseedor de la fe cuando en verdad profesa una herejía que se opone a Dios. Cristiano es aquel que, tanto como le es posible a un hombre, imita a Cristo en palabras, en obras y en pensamientos, creyendo firmemente en la Santísima Trinidad. Amigo de Dios es aquel que usa debidamente, y en forma ordenada, las cosas naturales, sin dejar jamás, en cuanto ello está en sus manos, de hacer el bien. Continente es aquel que, puesto en medio de tentaciones y trampas, trata de imitar la forma de ser de quienes han trascendido todo eso.

10/14. Monje: esta es la condición y el estado de los incorporales en un cuerpo material y sucio; monje es aquel que lleva los ojos del alma puestos siempre en Dios, y hace oración en todo tiempo, en todo lugar y en toda actividad, monje es una perpetua contradicción y violencia ejercidas sobre la propia naturaleza, y una vigilantísima e infatigable guarda de los sentidos; monje es un cuerpo casto, una boca pura y un espíritu iluminado; monje es un alma afligida y triste, que tanto en el sueño como en la vigilia, se ocupa sin cesar con el recuerdo de la muerte sin dejar jamás de ejercitarse en la virtud.

15/16. Renunciación y menosprecio del mundo, es odio voluntario, negación de la propia naturaleza, a fin de alcanzar aquello que está por encima de la naturaleza. Todos los que abandonan y desprecian los bienes de esta vida, suelen hacer esto por la gloria del Reino por venir, por la memoria de sus pecados, o tan sólo por amor de Dios. Si alguien hiciese esto, y no por alguna de estas causas, no sería razonable su renunciación. Sea cual fuere el fin y el término de nuestra vida, tal será el premio que recibiremos de Cristo, juez y remunerador de nuestros trabajos.

17. Quien desee aliviarse de la carga de sus pecados, debe imitar a los que están sobre las sepulturas llorando a los muertos — derramando continuas y fervientes lágrimas, y gemidos profundos en lo íntimo de su corazón — hasta que venga Cristo, quite la piedra del monumento, que es la ceguera y dureza del corazón, y libere a Lázaro, que es nuestra alma, de las ataduras de sus pecados, y mande a sus ministros (que son los ángeles), cutiéndoles: “Desatadlo de las ataduras de sus vicios y dejadlo ir hacia la bienaventurada impasibilidad” [Juan 11:44].

18. Todos cuantos deseamos salir de Egipto y de la dominación del Faraón, tenemos necesidad (después de Dios), de algún Moisés que nos sirva de mediador para con Él, de alguien que, guiándonos por este camino con la ayuda de sus obras y de su oración, eleve por nosotros sus manos a Dios, para que logremos atravesar el mar de los pecados y podamos volver la espalda a Amalee, príncipe de los vicios, quien engañó a algunos que, confiados en sí mismos, creyeron que no tenían necesidad de guía.

19. Los que salieron de Egipto tuvieron a Moisés como guía, y los que huyeron de Sodomía, tuvieron como guía un ángel. Los primeros, los que salieron de Egipto, son aquellos que procuran sanar las enfermedades de su alma con la ayuda del médico espiritual; mas los segundos, los que huyeron de Sodomía, son aquellos que, llenos de inmundicias y torpezas corporales, desean fervientemente verse libres de ellas.

Éstos tienen necesidad, si me es permitido expresarme así, de un ángel, o por lo menos de un hombre que se asemeje a un ángel. Pues la eficacia de la medicina debe ser proporcional a la corrupción de nuestras llagas.

20-21. Aquellos que, revestidos de esta carne mortal desean emprender la ascensión al cielo, deberán necesariamente hacerse violencia y sufrir sin cesar [Mateo 11:12], sobre todo al comienzo de su renunciación, hasta que la inclinación al placer de su corazón insensible se vea transformada en una disposición estable de amor por Dios y por la pureza gracias a una compunción manifiesta. Grandes y penosos esfuerzos serán necesarios, en efecto, y muchas penas secretas, sobre todo después de una vida de negligencia, para lograr que nuestro intelecto, semejante a un niño goloso y regañón, a fuerza de dulzura, de simplicidad y de celo, pueda amar tan sólo la vigilancia y la pureza. Mientras tanto, será menester mucho coraje. Si dominados por las pasiones, débiles como somos, nos presentamos ante Cristo con una fe viva, con nuestras flaquezas y nuestra impotencia espiritual, confesándolas ante él, nosotros obtendremos, ciertamente, su asistencia más allá de nuestros merecimientos, y alcanzaremos Su favor y Su gracia si con eso procuramos sumirnos en el abismo de la humildad.

22. Todos los que osan emprender este combate, duro, áspero, y al mismo tiempo fácil, deben saber que les será preciso arrojarse al fuego a fin de hacer que el fuego inmaterial habite en ellos. Que cada cual, por lo tanto, se pruebe a sí mismo, que coma de este pan celestial con amargura, que beba de este cáliz suavísimo con lágrimas, no sea que el combate se torne su juicio y su condenación. Si es verdad que no todos los bautizados alcanzan la salvación, miremos con atención por temor a que este peligro se haga extensivo a quienes profesan la religión.

23. Aquellos que emprenden este combate deben renunciar a todo y menospreciarlo todo, reírse de todo y rechazarlo todo, a fin de poseer un fundamento sólido. Este buen fundamento está sustentado por tres columnas: inocencia, ayuno y templanza, y todos los que se vuelven niños en Cristo deben comenzar por allí, tomando ejemplo de los que son niños en edad — en quienes no se puede encontrar perversidad ni disimulo, codicia desmedida ni vientre siempre insatisfecho, fuego de lujuria ni ardor salvaje en sus cuerpos — , porque conforme a la leña de los manjares se producen los incendios.

24. Es, en verdad, una cosa odiosa y peligrosa el hecho de que aquel que comienza, lo haga con flojedad y blandura, pues suele ser esto el indicio de la caída venidera. Por tal causa es en extremo provechoso comenzar con gran ánimo y fervor, aun cuando más tarde se deba en cierta medida reducir este rigor. Porque aquellas almas que comenzaron su combate en forma varonil para después debilitarse, pueden encontrar, en el recuerdo de su antigua virtud y diligencia, un estímulo y un azote que los lleve nuevamente al rigor pasado y les permite renovar sus alas.

25. Cuando el alma se traiciona a sí misma y pierde este benéfico y deseable fervor, que investigue, procurando encontrar la causa que la llevó a perderlo, y que con ella se trabe en combate con todo su celo, ya que no podrá recuperarlo si no lo introduce a través de la misma puerta por la cual salió.

26. Aquel que renuncia al mundo movido por un sentimiento de temor es semejante al incienso cuando se quema: al principio huele bien, mas termina transformándose en humo. Aquel que renuncia al mundo con la esperanza de una recompensa se asemeja a la piedra del molino que muele siempre del mismo modo. Pero aquel que renuncia al mundo por amor a Dios adquiere desde el comienzo el fuego interior, y este fuego, como si estuviera en medio de un gran bosque, se transforma en un gran incendio.

27. Algunos, sobre ladrillos edifican en piedras, otros, sobre la tierra levantan columnas, otros, marchan lentamente durante un tiempo; luego, al calentarse sus músculos y sus articulaciones, aceleran su paso. Aquel que posee inteligencia comprenderá este discurso simbólico. Los primeros, los que sobre ladrillos asientan piedras, son los que a partir de excelentes obras de virtud se levantan a la contemplación de las cosas divinas; sin embargo, al no estar fundados sobre la humildad y la paciencia, caen ante el embate de la tempestad. Los segundos, los que sobre la tierra levantan columnas, son los que sin haber pasado por los ejercicios y trabajos de la vida monástica, quieren volar a la vida solitaria, siendo fácil presa de los enemigos invisibles por carecer de virtud y de experiencia. Los terceros, los que avanzan paso a paso, son los que caminan con humildad y obediencia. A ellos les infunde el Señor el espíritu de Caridad, por el cual son encendidos e impulsados para terminar prósperamente su camino.

28. Puesto que es un Dios y un Rey el que nos llama a su servicio, corramos hacia El ardientemente, para no arriesgarnos — si el plazo de nuestra vida por ventura fuera breve — a morir de hambre por encontrarnos sin frutos en la hora de la muerte. Procuremos agradar a nuestro Rey y Señor, como los soldados al suyo, ya que al final de esta gloriosa milicia nos será exigida una cuenta exacta de nuestros servicios.

29. Temamos a Dios, al menos como algunos temen a las fieras. Me ha tocado ver, en efecto, a ciertos hombres que si bien no dejaron de hurtar por temor a Dios, sí lo hicieron por temor a los perros que ladraban. De este modo, lo que no terminó en ellos por temor a Dios, acabó por temor a los perros.

30. Amemos a Dios, al menos como amamos a nuestros amigos. Porque también he visto muchas veces que algunos, habiendo ofendido a Dios y provocando su ira con maldades, ningún cuidado tuvieron por recobrar su amistad. Esos mismos hombres en cambio, habiendo suscitado con una pequeña ofensa el enojo de un amigo, trabajaron luego con toda diligencia a fin de reconciliarse con el ofendido, y presentaron todo tipo de excusas y confesaron su culpa, e involucraron en todo esto a parientes y amigos ofreciéndoles muchas dádivas y presentes.

31. En los comienzos de la renunciación, la práctica de las virtudes requerirá de nosotros muchas penas y muchos esfuerzos. Más, después de haber realizado algún progreso, esa práctica no nos costará tanta pena, o apenas un poco. Y cuando nuestra mentalidad terrestre haya sido consumida y vencida por nuestro celo, entonces las practicaremos todas con gozo, con fervor, con amor y con un ardor divino.

32. Cuanto más dignos de alabanza son aquellos que desde el comienzo abrazan las virtudes y cumplen los mandamientos de Dios con alegría y devoción, tanto más dignos son de piedad los que, después de haber vivido largo tiempo de este modo, dejan de hacerlo, y si por ventura lo hacen, es con mucho trabajo y pesar.

33. Cuidémonos de sentir aversión o de condenar aquellas renuncias al mundo que parecen ser solamente fruto de una combinación de circunstancias. Porque he visto algunos hombres que habiendo huido hacia el exilio, involuntariamente reencontraron en esas tierras a su soberano; y fueron tomados a su servicio y contados entre sus caballeros, y recibidos a su mesa y en su palacio. He visto también que muchos granos caídos por azar sobre la tierra, germinaban y daban luego abundantes y excelentes frutos; y del mismo modo he visto lo contrario. He visto algunos que al ir a la casa del médico por un motivo cualquiera, acertaron a recibir en ella la salud que no tenían, recuperando la vista ya casi perdida. Es así como muchas veces lo involuntario resulta más seguro y más eficaz que aquello que se hace con un propósito determinado.

34. Que ninguno, bajo el pretexto de la multitud y gravedad de sus pecados, se declare indigno de profesar la vida monástica, y que no crea el que si así lo hace, que está procediendo con humildad, ya que por amor al placer, él “busca excusas en sus pecados.” Cuando la corrupción es grande, a fin de drenar totalmente la infección, se hace necesario un tratamiento enérgico.

35. Si un rey mortal y terreno nos convoca a su servicio y a su milicia, no hay nada que nos detenga ni buscamos excusas para no acudir. Antes, dejadas todas las cosas, corremos a servir y a obedecer con suma alegría. Por lo tanto, cuando el Rey de reyes, el Señor de los señores, el Dios de dioses nos llame a su celestial servicio, debemos estar atentos a fin de no recusarnos por pereza y negligencia, pues en ese caso nos encontraremos sin excusas ante su gran tribunal.

36. Es posible avanzar, aunque dificultosamente, aun estando encadenado por los asuntos del mundo y su cuidado, ya que también pueden caminar, con impedimento y trabajo, quienes llevan grilletes en sus pies. El célibe, retenido en el mundo solamente por los negocios y su cuidado, se asemeja al que tiene sus manos esposadas. Así, cuando él desea entregarse a la vida monástica o solitaria, puede hacerlo libremente. Aquel que está casado, en cambio, es semejante al que lleva tanto sus manos como sus pies encadenados.

37. Me preguntaron cierta vez unos negligentes que vivían en el mundo: ¿cómo podríamos nosotros, morando con nuestras mujeres y cercados por el cuidado de nuestros negocios, vivir la vida monástica? A los cuales yo respondí: Todo el bien que pudiereis hacer, hacedlo; no injuriéis a nadie, no digáis mentiras ni toméis lo ajeno, no os levantéis contra nadie ni queráis mal a nadie; frecuentad las iglesias y los sermones, usad de misericordia con los necesidades, no escandalicéis ni deis mal ejemplo a nadie, no os empeñéis en suscitar discordias sino en deshacerlas, y contentaos con el uso legítimo de vuestras mujeres, porque si esto hiciereis no estaréis lejos del reino de Dios.

38. Aprestémonos para el buen combate con amor y alegría, sin dejarnos intimidar por nuestros enemigos. Porque ellos ven muy bien, a pesar de no ser vistos por nosotros, la figura de nuestras almas, y si nos vieran acobardados y medrosos, con mayor furia se lanzarían contra nosotros. Por lo tanto, con gran coraje, alcemos nuestras armas contra esos picaros, que no atacan a los combatientes resueltos.

39. En su deseo de adaptar el combate a nuestras fuerzas, suele el Señor suavizar las primeras batallas de los principiantes y de los nuevos guerreros, a fin de que ellos no retornen al mundo espantados por la grandeza del peligro. Gozaos, por lo tanto, siempre en el Señor, y tomad esto como una señal de su llamado y de su amor por vosotros.

40. Pero también suele suceder que el mismo Señor, cuando desde un principio ve a las almas generosas, en su deseo de coronarlas cuanto antes les apareja las más fuertes batallas.

41. El Señor oculta a los ojos de los hombres del siglo las dificultades de esta milicia — que desde otro punto de vista es fácil- porque si ellas fueran conocidas, no habría quien quisiese abandonar el mundo.

42. Ofrenda a Cristo los trabajos de tu juventud y podrás gozar en la vejez el tesoro de la impasibilidad, ya que son los bienes acumulados durante la mocedad los que nos reconfortan y alimentan en la debilidad de nuestra vejez. Trabajemos los jóvenes ardientemente, y corramos con sobriedad y vigilancia, ya que la hora incierta de la muerte nos aguarda en todo instante. Nuestros enemigos son en verdad perversos, astutos, poderosos, invisibles, desprovistos de todo impedimento corporal y nunca duermen; ellos tienen el fuego en sus manos y se esfuerzan por incendiar el templo vivo de Dios.

43. Que nadie en su juventud preste atención a los demonios que suelen decir: “No maltrates a tu carne, para no caer en la dolencia y en la enfermedad” pues de este modo ellos hacen al hombre blando y piadoso consigo mismo. Son muy pocos en efecto, en estos tiempos que corren, los que mortifican en todo a su carne, aunque algunos se abstienen de muchos y delicados manjares. Tal es una de las principales astucias de nuestro adversario: hacernos blandos y flojos al principio de nuestra profesión, para que después el fin sea semejante al comienzo.

44. Quienes verdaderamente se han resuelto a servir a Cristo — con la ayuda de los Padres espirituales y a partir del conocimiento que tienen de ellos mismos — deben buscar, antes que cualquier otra cosa, un lugar, un modo de comportarse, una forma de vivir y aquellos ejercicios que les sean apropiados. Porque no a todos conviene la vida cenobítica, particularmente por causa de la gula; del mismo modo, tampoco la vida eremítica es para cualquiera, en este caso, por causa de la ira. Que cada cual examine, ahora, el estado que más le conviene. .

45. El estado monástico, de una manera general, comprende tres modos de vivir. El primero es de vida solitaria, el de los monjes llamados anacoretas; el segundo es el que adoptan dos o tres monjes que comparten la soledad; el tercero es el de los que viven en la obediencia del monasterio: “Que nadie se desvíe ni a derecha ni a izquierda, dice el Sabio [Proverbios 4:27], más siga el camino real” [Números 20:17]. Entre estos tres géneros de vida, el del medio es para muchos el más conveniente, pues está escrito: “¡ay del solo, que si cae (en la tristeza espiritual, en la negligencia, en la somnolencia, en la pereza o en la desesperación) no tiene quien lo levante!” [Eclesiastés 4:10] en cambio “donde están dos o tres congregados» en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” [Mateo 18:20].

46. ¿Cuál es el monje fiel y sabio? Monje fiel y sabio será aquel que haya conservado íntegro su fervor hasta el fin de su vida, sin haber dejado de acrecentar, día tras día, fuego sobre fuego, fervor sobre fervor, deseo sobre deseo y celo sobre celo.

 

 

Aunque hay un Evangelio en las lecturas de Sábado y Domingo durante Cuaresma en la Iglesia Ortodoxa, durante la semana las lecturas son del Antiguo Testamento.  Entonces, en lugar de un Evangelio, favor de permitirme presentar unas lecturas del libro, La Santa Escala, escrito por el monje cristiano Juan Clímaco, que vivía en Siria y Egipto durante el siglo VII.