Tercer Escalón: La Verdadera Peregrinación

Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, Egipto

Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, Egipto. El autor vivia en este monasterio durante el sexto siglo.

Η Κλίμαξ Θείας ανόδου 

1. Peregrinación es el abandono constante y voluntario de todas aquellas cosas que nos impiden el propósito y el ejercicio de la piedad, que es honrar y buscar a Dios. Peregrinación es un corazón vacío de toda desconfianza, una sabiduría desconocida, una prudencia secreta, una vida retirada, un propósito secreto, amor del desprecio, apetito de angustias, deseo del amor divino, abundancia de caridad, renuncia a la vanagloria, un abismo de silencio.

2. Está en la naturaleza de las cosas que, en un principio, un pensamiento agite de un modo incesante e intenso a los amantes del Señor, como si ellos se consumieran en el fuego divino de este deseo de alejarse de la patria y de los suyos, el cual también los incita a querer ser afligidos y despreciados por amor de Dios. No obstante a pesar de ser loable este sentir, es necesario, además, un gran discernimiento, porque en último término, no toda peregrinación es igualmente buena.

3. Ningún profeta es honrado en su tierra (Jn. 4:44), ha dicho el Señor; debemos velar, sin embargo, a fin de que nuestro exilio voluntario no se transforme en ocasión para la vanagloria, porque la peregrinación verdadera es el perfecto apartamiento de todas las cosas con la intención de que nuestro pensamiento jamás se aparte de Dios. El Peregrino es un amante perpetuo del llanto arraigado en sus entrañas por la memoria de su Creador. Peregrino es el que siempre aparta de sí la memoria y el afecto, tanto de parientes como de extraños por ser impedimentos para ir a Dios.

4. Aquel que se haya resuelto por esta peregrinación, por esta soledad, no debe detenerse en el mundo para escuchar a las almas amigas, por temor de ser asaltado, en ese tiempo, por el Enemigo. Ya que hubo muchos que pretendiendo llevar consigo a estos perezosos y negligentes, perecieron junto con ellos, apagándoseles en el ínterin la llama del fuego divino. Por lo tanto, cuando sintieras en ti esta llama y esta divina inspiración, corre presuroso, pues no sabes en qué momento ha de apagarse dejándote a oscuras. No todos somos llamados a salvar a los otros, porque, como dice el Apóstol: “Cada uno dará a Dios cuenta por sí” (Rom. 14:12), y en otro sitio: “Tú, en suma, que enseñas a otros, ¿cómo no te enseñas a ti mismo?” (Rom. 12:21). Como si dijera: “En lo que concierne a los demás, no sé, mas cada cual responderá, seguramente, por sí mismo.”

5. En tu peregrinar guárdate del demonio del vagabundaje y del amor a los placeres, pues la peregrinación suele dar ocasión a este demonio.

6. Gran cosa es haber mortificado el apego a las cosas pasajeras, y la peregrinación es la madre de esta virtud.

7. Los que son peregrinos por amor a Dios, han de abandonar todos sus apegos, y estar como muertos para con todas las cosas, a fin de no estar por una parte alejados del mundo, y por la otra atrapados por sus lazos.

8. Quienes se han alejado del mundo, que no vuelvan a tocarlo, pues muchas veces los vicios largo tiempo adormecidos, suelen despertar a su contacto.

9. Nuestra madre Eva contra su voluntad salió del Paraíso, mas el exilio del monje es voluntario. Aquella fue arrojada a fin de que no comiera nuevamente del árbol de la desobediencia; éste debe alejarse por el peligro que representan, para su anhelo, los parientes según la carne.

10. Huye entonces, como de un grandísimo azote, de la vecindad de estos lugares del mundo, pues cuando el fruto está ausente, menos mueve al corazón.

11. Otro modo que tienen estos ladrones de engañarnos, es sugerirnos que no nos apartemos de los seculares, diciéndonos que mayor será nuestra recompensa, si viendo mujeres y andando en medio de ellas, permanecemos castos. No debemos escucharlos sino, más bien, hacer todo lo contrario.

12. Después de habernos alejado un tiempo de nuestra patria y de haber adquirido un poco de piedad, de compunción y de abstinencia, los demonios comenzarán a combatirnos, generando en nosotros pensamientos de vanidad e incitándonos a retornar a nuestra patria para edificación y ejemplo de todos aquellos que antes nos vieron vivir desordenadamente en el siglo. Y si por ventura tenemos alguna ilustración o alguna gracia en el hablar, entonces nos empujan fuertemente hacia el siglo, para que nos transformemos en maestros y salvadores de almas. Todo esto a fin de que la hacienda que con mucho trabajo adquirimos en el puerto, la perdamos en alta mar.

13. Esforcémonos por imitar a Lot, y no a la mujer de Lot; porque el alma que retornara al lugar del cual salió, ha de transformarse en sal y permanecerá inmóvil como una estatua (cf. Gen. 19:24).

14. Huye, entonces, de Egipto, y hazlo de tal manera que nunca jamás vuelvas, porque los corazones que allí volvieron no alcanzarán la Jerusalén de la impasibilidad.

15. Con todo esto, sin embargo, no es malo para aquellos que al principio de su conversión dejaron la patria, y todas las cosas con ella, por conservarse en la infancia de su profesión y a fin de cerrar las puertas a todo cuanto podía dañarlos, que después de confirmados y adelantados en la virtud, y perfectamente purificados, vuelvan a ella para hacer partícipes a otros de la salvación que ellos mismos alcanzaron. Porque aquel gran Moisés que vio a Dios y que por Él fue enviado para salvar a su pueblo, pasó muchos peligros en Egipto, y muchas aflicciones y trabajos en este mundo por tal causa.

16. Más vale entristecer a nuestros padres que a nuestro Señor, porque El nos creó y redimió, pero aquellos muchas veces destruyeron a los que amaron, y los entregaron al tormento eterno.

17. Peregrino es aquel que, como hombre de otra lengua que mora en una nación extranjera entre gente que no conoce, vive solo consigo en el conocimiento de sí mismo.

18. Que nadie piense que nos separamos de nuestra patria y de nuestros deudos porque los aborrezcamos (nunca quiera Dios que tal sea nuestra intención), sino para evitar el daño que de su parte puede llegarnos.

19. En ese punto, como en todo lo demás, tenemos a nuestro Salvador por maestro y por ejemplo, el cual muchas veces se alejó de la Virgen y del santo José. Y cuando le dijeron: “Tu madre y tus hermanos te buscan” (cf. Mt. 12:47), nuestro buen maestro nos enseñó este santo odio y esta libertad del corazón al responder: “Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (cf. Mt. 12:50).

20. Ten por padre, entonces, a aquel que puede y quiere trabajar contigo para ayudarte a descargar el fardo de tus pecados; sea tu padre la compunción, que tiene el poder de lavar la suciedad de tu alma; sea tu hermano aquel que trabaja y lucha a tu lado en tu curso hacia el cielo; sea tu mujer y compañera, que de tu lado no se aparte, la memoria de la muerte; sean tus hijos bienamados, los gemidos del corazón; que tu siervo sea tu cuerpo, y tus amigos las santas potencias, que te serán de utilidad en la hora de la muerte, si tú cultivaras ahora su amistad. Ésta es la familia espiritual de aquellos que buscan a Dios.

21. El amor de Dios excluye el amor desordenado de los padres — se engaña aquel que pretende poseer a los dos al mismo tiempo — , pues El ha dicho: “Nadie puede servir a dos señores” (Mt. 6:24).

22. “No penséis que he venido a poner paz, sino espada” (Mt. 10:34) — dice el Señor en otra parte — porque vine a apartar a los amadores de Dios de los amadores del mundo, y a los terrenos y ambiciosos de los espirituales, y a los ambiciosos de los humildes. Porque el Señor se regocija de los conflictos y separaciones cuando ellos se producen por amor a Él.

23. ¡Ten cuidado!, no estés secretamente atado por el amor de los tuyos, pues te arriesgas, al verlos andar naufragando en el diluvio de las miserias y trabajos de este mundo y tratar de socorrerlos, a perecer junto con ellos en ese mismo diluvio. No te dejes conmover, entonces, por las lágrimas de tus padres y de los amigos que lloran tu salida del mundo, para no tener que llorar tú mismo, por toda la eternidad.

24. Cuando ellos te cercaran como abejas, o mejor, como avispas, y comenzaran a lamentarse sobre ti, no lo dudes un solo instante: fija, sin abstracciones, los ojos de tu alma sobre tu muerte y sobre el recuerdo de tus acciones pasadas, a fin de arrojar, con tu pena, a otra pena.

25. Los nuestros, que de hecho, no son los nuestros, nos prometen, muchas veces engañosamente, que todas las cosas se harán según nuestra voluntad y que no nos impedirán nuestros buenos propósitos. Mas ellos, de este modo, tratan de desviarnos de nuestro curso para lograr sus propios fines.

26. Cuando nos alejemos del mundo, busquemos nuestro sitio en los lugares más humildes, menos públicos y más apartados de las consolaciones del mundo. De otro modo podremos vernos envueltos por las pasiones.

27. Oculta la nobleza de tu origen si fueras noble, y en nada muestres la claridad y nobleza de tu linaje, a fin de no aparecer uno en tus palabras y otro en tus actos.

28. Entre todos los peregrinos ninguno hubo como aquel Patriarca a quien le fue dicho: “Sal de tu tierra y de entre tus parientes, y de la casa de tu padre” (Gen. 12:1), siendo por esta vía llamado a marchar entre gente bárbara y de lengua desconocida.

29. El Señor, algunas veces, ha tornado ilustres a ciertos hombres que a ejemplo de aquel gran Patriarca eligieron el exilio. Mas, si bien esta gloria viene de Dios, es bueno que ella sea preservada con el escudo de la humildad.

30. Cuando los demonios, o los hombres, nos alaban por nuestro exilio o por alguna virtud, debemos recurrir con gran atención al recuerdo de aquel Señor que peregrinó del cielo hasta la tierra por nosotros, y hallaremos que, ni aun viviendo todos los siglos, podríamos nosotros imitar la pureza de su exilio.

31. Peligrosas son todas las ataduras, tanto las que nos unen a uno de los nuestros como las que nos ligan a un extraño: ellas pueden arrastrarnos insensiblemente hacia las cosas del mundo y amortiguar en nosotros el fuego de la compunción.

32. Porque así como es imposible mirar con un ojo el cielo y con el otro la tierra, es igualmente imposible, estando en el cuerpo y con el ánimo aficionado al mundo, tener una afición pura por las cosas del cielo.

33. Con gran trabajo y fatiga se alcanza la virtud y se establecen los buenos hábitos. Mas puede ocurrir que aquello que sólo se consiguió tras mucho trabajo y en mucho tiempo, se pierda en un instante; pues “las malas compañías corrompen los buenos hábitos” (cf. 1 Cor. 15:33), y estas compañías son a la vez mundanas e inmundas.

34. Aquel que después de haber renunciado al mundo quiere vivir y relacionarse con los hombres que viven según el mundo, o vivir cerca de ellos, ha de caer, ciertamente, en los mismos peligros que ellos y ha de ensuciar su corazón con sus mismos pensamientos. Y si así no se ensuciara, al juzgar y condenar a los que así se ensucian, se ensuciará él mismo. De los sueños con que suelen ser tentados los principiantes

35. Me es imposible negar que mi espíritu posee apenas un conocimiento imperfecto y que está lleno de ignorancia. Pues, así como el paladar juzga la calidad de los alimentos, el oído juzga la verdad de las sentencias, y así como el sol revela la debilidad de los ojos, así también las palabras muestran la ignorancia del alma. Mas la ley del amor nos obliga a tratar cosas que exceden nuestras facultades. Yo creo de utilidad, sin pretender imponerlo, agregar a este capítulo algo sobre los sueños, para que no ignoremos del todo esta astucia de nuestros adversarios. Para ello conviene saber, en primer lugar, qué cosa es el sueño.

36. El sueño es un movimiento del espíritu mientras el cuerpo está inmóvil.

37. La fantasía es una ilusión de los ojos interiores, que hace aparecer como real aquello que no lo es en un alma adormecida. La fantasía es una alienación del alma que tiene lugar en un cuerpo despierto. La fantasía es una visión que no se fundamenta en la realidad.

38. La causa por la cual me pareció apropiado hablar sobre los sueños en este lugar, es manifiesta. Cuando nosotros, por amor de Dios abandonamos nuestras casas y parientes, y nos alejamos de ellos y nos entregamos a la peregrinación, comienzan los demonios a perturbarnos entre sueños, representándonos a nuestros padres y a nuestros parientes afligidos, tristes o muertos por causa nuestra, y pasando necesidades o en su lecho de muerte. Mas el que a sueños como estos da crédito, se asemeja al que corre tras su sombra para darle alcance.

39. Los demonios de la vanagloria profetizan en nuestro sueño. Siendo muy ingeniosos, ellos conjeturan sobre algunas cosas por venir y nos las anuncian. Cuando estas cosas suceden, nos sentimos maravillados y nos elevamos a nosotros mismos a la categoría de poseedores de la pre-ciencia. Y con esto nos ensoberbecemos.

40. Y muchas veces sucede, por secreto juicio de Dios, que el demonio resulte veraz para con aquellos que creen en él, del mismo modo que resulta mentiroso para con los que no le hacen caso. Siendo un espíritu, él ve todas las cosas que suceden en el aire que nos rodea, y cuando adivina que alguno ha de morir se lo comunica en sueños a alguno de los que creen en él, y así lo engaña.

41. Pero ninguna cosa futura la saben de ciencia cierta, sino por conjetura; y por esta vía hasta los médicos pueden predecirla muerte de un enfermo.

42. Muchas veces ocurre que los demonios toman la figura de un ángel de luz, o la de un mártir, y así se nos presentan en sueños, despertando nosotros llenos de alegría y soberbia. Esto último debe ser tomado como una de las señales de su engaño.

43. Porque los ángeles buenos nos hacen ver la representación de los suplicios, los juicios y las separaciones, y cuando despertamos lo hacemos tristes y temerosos.

44. Aquellos que comienzan a creer a los demonios en sus sueños, terminan siendo engañados fuera de los sueños. Por todo esto, es de locos y malvados el dar crédito a tales vanidades; mas el que ningún crédito les da, este es un verdadero sabio.

45. Debes creer, entonces, solamente en aquellos sueños que te predican pena y juicio. Y si esto te mueve a desesperación, debes entender que también esto te viene del demonio.

 

 

De Η Κλίμαξ Θείας ανόδου – La Santa Escala

Traducido por Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

Aunque hay un Evangelio en las lecturas de Sábado y Domingo durante Cuaresma en la Iglesia Ortodoxa, durante la semana las lecturas son del Antiguo Testamento.  Entonces, en lugar de un Evangelio, favor de permitirme presentar unas lecturas del libro, La Santa Escala, escrito por el monje cristiano Juan Clímaco, que vivía en Siria y Egipto durante el siglo VII.

Introducción

A partir del siglo VI, el célebre monasterio de Santa Catalina, fundado por Justiniano en el Monte Sinaí, se convierte en el más importante centro de difusión — e irradiación — del hesicasmo. La mística de la luz, que Orígenes y San Gregorio Niseno habían unido a la imagen bíblica de Moisés, hizo escuela sobre el sitio mismo donde Dios entregó la Ley a su pueblo. Y hasta el siglo XIV, la luz del siglo por venir,” aparecida con anticipación en el Sinaí y manifestada plenamente en el Thabor, será el objetivo buscado — en su propio interior — por los hesicastas del Oriente cristiano.

Uno de los hombres más notables entre los grandes doctores sinaítas fue indudablemente Juan, higúmeno del monasterio de Santa Catalina entre los años 580 y 650, de cuya vida, a pesar de haber sido uno de los ascetas orientales de mayor renombre, no se tienen mayores datos, a no ser un corto escrito del monje Daniel, de Raitu — que hemos incluido en esta versión de “La Santa Escala” —, algunos fragmentos de los “Relatos” del monje Anastasio y algunos indicios que el mismo Juan desliza en su obra. En cuanto a sus primeros años la carencia de noticias es total; sólo podemos deducir que recibió una sólida formación intelectual.

A los dieciséis años ingresa, según la Liturgia Griega, en el·Monasterio de Santa Catalina y se somete a la dirección de un cierto abad Martyrius, quien le conferirá la tonsura monástica a la edad de veinte años.

Tras la muerte de su padre espiritual, Juan, que en aquel entonces tendría alrededor de treinta y cinco años, decide entregarse a la vida solitaria en un sitio llamado Thola (Wadi El Tlah), donde se establece en una gruta, algo alejada del grupo de anacoretas que vivía en los alrededores. Pasado un tiempo se le acercaría su primer discípulo, un monje llamado Moisés; y más tarde, atraídos por la aureola que había comenzado a desarrollarse a su alrededor, acuden los monjes en gran cantidad procurando su consejo. Con el tiempo Juan se transformaría en un eminente padre espiritual.

Finalmente, y tras algunos incidentes que pueden leerse más adelante (en “Breve relato de la vida del bienaventurado padre San Juan Clímaco”), es elegido higúmeno del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí. Se supone que durante esta época fue redactada — a pedido del higúmeno Juan, de Raitu — su Scala Paradisi, como la llamaron los latinos, a la que debe su nombre de Clímaco (en griego Klimax: escalera).

Llegado a una edad muy avanzada, él abdica en favor de su hermano carnal Jorge — que lo sobreviviría muy poco tiempo — y retorna a la vida solitaria hasta su muerte, que se señala como ocurrida entre los años 650 y 680.

 

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Segundo Escalón: del Desapego

Icono de la Escala, Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

Icono de la Escala, Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

Η Κλίμαξ Θείας ανόδου 

1. Aquel que en verdad ama al Señor, que en verdad desea gozar del Reino de los cielos, que en verdad se duele de sus pecados, que en verdad está herido con la memoria de las penas del infierno y del juicio eterno, que en verdad está animado por el temor de su propia muerte, a ninguna cosa de este mundo amará desordenadamente: no se fatigará con los cuidados del dinero ni la hacienda, ni de los padres, ni de los hermanos, ni de cosa alguna mortal y terrena. Mas, habiendo rechazado toda atadura y aborrecido todos los cuidados concernientes a esas cosas, y más todavía a su propia carne, desnudo y ligero seguirá a Cristo elevando siempre sus ojos al cielo en espera del socorro según las palabras del Profeta: Yo no me turbé siguiéndote a ti, pastor mío; nunca deseé el día ni el reposo del hombre [Jeremías 17:16 LXX]

2. Grandísima confusión es, por cierto, la de aquellos que después de haber sido llamados, no por hombres sino por Dios, después de haber abandonado todo lo que antes enumeré, se preocupan por alguna otra cosa que tampoco les será de utilidad en la hora de la necesidad, es decir en el momento de la muerte. A esto llamó el Señor: mirar atrás y no ser digno del Reino de los Cielos [Lucas 9:62].

3. El Señor conocía muy bien nuestra fragilidad en los comienzos, y cuan fácilmente nos volvemos al siglo cuando tenemos conversación familiar con personas del siglo. Por tal motivo, al que le pidió: “Señor, dame licencia para ir a enterrar a mi padre,” Él le respondió: “Deja a los muertos enterrar a sus muertos” [Mateo 8:22].

4. Suelen los demonios, después que hemos dejado el mundo, incitarnos a felicitar a algunos seculares misericordiosos y compasivos, haciéndonos creer que ellos son bienaventurados y nosotros miserables, por carecer de las virtudes que aquellos tienen. Esto lo hacen los demonios a fin de que esta adúltera y falsa humildad nos vuelva al mundo, y si permanecemos en la religión, para que vivamos desconsolados y desconfiando.

5. Hay quienes desprecian a los hombres que viven en el mundo por soberbia y presunción. Hay otros que, no por soberbia, sino a fin de escapar de este abismo de desconsuelo y desconfianza, a fin de concebir una esperanza y alegrarse por haber sido apartados del mundo, tienen en poco las costumbres de los que viven en él.

6. Quienes deseamos correr rápida y alegremente por este camino, estimándolo en lo que merece, miremos con atención la condena que el Señor pronunció contra todos aquellos que viven en el mundo, y que estando vivos están muertos, al decir: Deja a los que están en el mundo, y están muertos, sepultar a los que están muertos corporalmente [Mateo 8:22]

7. Y oigamos lo que el Señor dijo al joven que había guardado casi todos los mandamientos: “Una cosa te falta: ve y vende todos tus bienes, y dalos a los pobres, y hazte, por amor de Dios, pobre y necesitado de la ajena misericordia” [Marcos 10:21, Lucas 18:22]

8. No fueron las riquezas la causa de que aquel joven dejase de recibir el bautismo; se engañan quienes suponen que por tal motivo le mandaba el Señor que vendiera su hacienda. No era esta la causa, sino querer elevarlo a la altura del estado de nuestra profesión.

9. Para conocer su gloria debería bastarnos este argumento: quienes viviendo en el mundo se ejercitan en ayunos, vigilias, trabajos y aflicciones semejantes, cuando vienen a la vida monástica como a una escuela de virtud, tienen en menos aquellos primeros ejercicios suponiéndolos como falsos y fingidos.

10. Yo he visto que muchas y diversas plantas de virtud sembradas por aquellos que viven el mundo -las cuales eran regadas con el agua cenagosa de la vanagloria, escardadas por la ostentación y abonadas con el estiércol de las alabanzas humanas — al ser trasplantadas en tierra desierta y apartada de la vista y de la compañía de los hombres, se secaban por carecer del agua maloliente de la vanidad. Ya que las plantas que aman esa humedad no pueden producir frutos en el suelo seco y árido de los ejercicios.

11. Aquel que haya logrado aborrecer al mundo, ése estará libre de la tristeza del mundo. Pero aquel que tiene todavía afición por las cosas del mundo, no estará del todo libre de esta pasión, ya que ¿cómo dejaría de entristecerse cuando se viera privado de lo que ama?

12. Para con todas las cosas tenemos necesidad de gran templanza y vigilancia. Más, por encima de todas ellas, debemos esforzarnos por alcanzar esta libertad y la pureza de corazón. Pues he conocido algunos hombres, los cuales viviendo en el mundo con muchos cuidados y ocupaciones, con muchas congojas y mucha vigilia, escaparon de los movimientos y ardores de la propia carne. Pero estos mismos, al entrar en los monasterios, al vivir libres de esos cuidados, se dejaron corromper, torpe y miserablemente, por el ardor del cuerpo.

13. Velemos sobre nosotros mismos, no nos suceda que royendo caminar por el camino estrecho y dificultoso, lo estemos haciendo por el camino largo y espacioso y así vivamos engañados. Camino estrecho es la aflicción del bien, la perseverancia en las vigilias, el agua con medida y el Pan con parsimonia, absorber la purificante poción de las humillaciones, soportar la mortificación de nuestra voluntad, el sufrimiento de las ofensas, el menosprecio de nosotros mismos, la paciencia sin murmuración, el tolerar las injurias, el no indignarse contra los que nos infaman, el no quejarse de los que nos desprecian, el no replicar cuando nos condenan. Bienaventurados los que caminan por esta senda, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

14. Ninguno entrará a la celeste cámara nupcial para recibir la corona que recibieron los grandes santos, a no ser aquel que hubiera cumplido con la primera, con la segunda y con la tercera renunciación, a saber: en la primera ha de renunciar a todas las cosas que están fuera de él, como son los padres, los parientes, los amigos y todo lo demás; en la segunda ha de renunciar a su propia voluntad; en la tercera, por fin, ha de renunciar a la vanagloria que algunas veces suele acompañar a la obediencia, porque a este vicio están más sujetos los que viven en compañía que los que moran en soledad.

15. Salid, dice el Señor por medio de Isaías [Isaías 52:11], salid de allí, no toquéis nada inmundo. Porque, ¿cuál de los hombres del mundo ha hecho jamás milagros? ¿quién resucitó a los muertos y arrojó a los demonios? ¡Atended! Estas son las insignias de los verdaderos monjes, las cuales el mundo no merece recibir. Porque si él las mereciese, superfluos serían nuestros trabajos y la soledad de nuestro apartamiento.

16. Cuando después de nuestra renunciación los demonios encienden nuestro corazón con el recuerdo de nuestros padres y hermanos, entonces, principalmente, debemos tomar contra ellos las armas de la oración, y a nuestro turno encender nuestro corazón con el recuerdo del fuego eterno para apagar con su fuego la llama dañosa de aquel otro fuego.

17. Si alguien, creyéndose libre de ataduras se entristece en su corazón al verse privado de algún objeto, él está por completo en manos de la ilusión.

18. Cuando los jóvenes, después de haberse entregado a los deleites y vicios de la carne quieren entrar en la religión, procuren ejercitarse con toda atención y vigilancia en estos trabajos, para que no venga a ser peor su fin que su comienzo [Mateo 12:45]. Muchas veces el puerto, que suele ser la causa de la salud, lo es también de peligros. Esto lo saben muy bien aquellos que navegan por este mar espiritual. Y es cosa miserable ver perderse los navíos en el puerto, cuando estuvieron salvos en medio de la mar.

 

 

De Η Κλίμαξ Θείας ανόδου – La Santa Escala

Traducido por Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

Aunque hay un Evangelio en las lecturas de Sábado y Domingo durante Cuaresma en la Iglesia Ortodoxa, durante la semana las lecturas son del Antiguo Testamento.  Entonces, en lugar de un Evangelio, favor de permitirme presentar unas lecturas del libro, La Santa Escala, escrito por el monje cristiano Juan Clímaco, que vivía en Siria y Egipto durante el siglo VII.

Introducción

A partir del siglo VI, el célebre monasterio de Santa Catalina, fundado por Justiniano en el Monte Sinaí, se convierte en el más importante centro de difusión — e irradiación — del hesicasmo. La mística de la luz, que Orígenes y San Gregorio Niseno habían unido a la imagen bíblica de Moisés, hizo escuela sobre el sitio mismo donde Dios entregó la Ley a su pueblo. Y hasta el siglo XIV, la luz del siglo por venir,” aparecida con anticipación en el Sinaí y manifestada plenamente en el Thabor, será el objetivo buscado — en su propio interior — por los hesicastas del Oriente cristiano.

Uno de los hombres más notables entre los grandes doctores sinaítas fue indudablemente Juan, higúmeno del monasterio de Santa Catalina entre los años 580 y 650, de cuya vida, a pesar de haber sido uno de los ascetas orientales de mayor renombre, no se tienen mayores datos, a no ser un corto escrito del monje Daniel, de Raitu — que hemos incluido en esta versión de “La Santa Escala” —, algunos fragmentos de los “Relatos” del monje Anastasio y algunos indicios que el mismo Juan desliza en su obra. En cuanto a sus primeros años la carencia de noticias es total; sólo podemos deducir que recibió una sólida formación intelectual.

A los dieciséis años ingresa, según la Liturgia Griega, en el·Monasterio de Santa Catalina y se somete a la dirección de un cierto abad Martyrius, quien le conferirá la tonsura monástica a la edad de veinte años.

Tras la muerte de su padre espiritual, Juan, que en aquel entonces tendría alrededor de treinta y cinco años, decide entregarse a la vida solitaria en un sitio llamado Thola (Wadi El Tlah), donde se establece en una gruta, algo alejada del grupo de anacoretas que vivía en los alrededores. Pasado un tiempo se le acercaría su primer discípulo, un monje llamado Moisés; y más tarde, atraídos por la aureola que había comenzado a desarrollarse a su alrededor, acuden los monjes en gran cantidad procurando su consejo. Con el tiempo Juan se transformaría en un eminente padre espiritual.

Finalmente, y tras algunos incidentes que pueden leerse más adelante (en “Breve relato de la vida del bienaventurado padre San Juan Clímaco”), es elegido higúmeno del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí. Se supone que durante esta época fue redactada — a pedido del higúmeno Juan, de Raitu — su Scala Paradisi, como la llamaron los latinos, a la que debe su nombre de Clímaco (en griego Klimax: escalera).

Llegado a una edad muy avanzada, él abdica en favor de su hermano carnal Jorge — que lo sobreviviría muy poco tiempo — y retorna a la vida solitaria hasta su muerte, que se señala como ocurrida entre los años 650 y 680.

 

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:27-30)

La oración de San Efrén el Sirio (siglo IV)

La oración de San Efrén el Sirio (siglo IV)

Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
11:27 10:22 3:35;13:3;16:15;1:18;5:37;6:46;7:28-29;8:19;10:15;15:21;17:25
11:28-30

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que Yo os aliviaré.

 

No éste o aquél, sino todos los que vivís en solicitudes, en tristezas, en pecados. Venid, no para que Yo os castigue, sino para perdonaros vuestros pecados. Venid, no porque Yo necesite de vosotros y vuestra gloria, sino porque tengo sed de vuestra salvación. Yo, dice, OÍ aliviaré. No dice: “os haré salvos,” sino lo que es mucho más, “os daré un descanso perfecto.” Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis la paz para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. Como si dijera: no temáis al oír yugo, puesto que es suave; no tembléis al oír carga, puesto que es ligera.

Entonces ¿cómo anteriormente dijo: La puerta es angosta y el camino estrecho? [Mateo 7:13] Esto es verdadero, pero se trata de cuando sois remisos, si sois perezosos; en cambio, si hacéis lo que antes se os ha dicho, será todo una carga ligera. En este sentido lo dijo ahora. Mas ¿cómo podrá realizarse? Si eres humilde, si eres manso, si eres modesto. Esta virtud es la madre y principio de todas las virtudes. Por esto al empezar a establecer las leyes divinas, por aquí dio principio [Mateo 5:3]. Hace lo mismo ahora y establece una gran recompensa. Como si dijera: de este modo no únicamente serás útil a otros, sino, antes que para nadie, para ti mismo preparas una gran recompensa. Puesto que: Hallaréis descanso para vuestras almas. Antes de la recompensa futura ya aquí te adelanta otra y te da el premio. Con esto hace más aceptable su sentencia y con ponerse El mismo como ejemplo. Entonces ¿qué temes? ¿que te desprecien si eres humilde? Mírame y apréndelo todo de Mí: conocerás entonces cuán grande bien hay en ello. ¿Observas cómo por todos los medios induce a la humildad? Por lo que El ha hecho: Aprended de Mí que soy manso. Por lo que ellos ganarán: Hallaréis descanso para vuestras almas. Por lo que El les da: Os aliviaré. Por haberles hecho ligera la carga: Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. Pablo nos persuade lo mismo diciendo: La momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable [2 Corintios 4:17]. Preguntarás: ¿cómo es ligera la carga, pues dice: El que no aborrece a su padre y a su madre; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de Mí; y el que no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo? [Lucas 14:26,27,33; Mateo 10:37,38]  Y ordena aborrecer al alma misma [Mateo 16:25]. Que Pablo resuelva tu dificultad diciendo: ¿Quién nos arrebatará el amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? [Romanos 8:35] Y también: Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros [Romanos 8:18]. Que te lo enseñen los apóstoles, que tras de infinitos azotes volvían de la reunión de los judíos: Gozosos porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús [Hechos 5:41].

Y si todavía temes y tiemblas al oír yugo y carga, semejante temor ya no brota de la naturaleza de las cosas, sino de tu desidia; de manera que si eres diligente y fervoroso, todo te será leve y fácil. Por tal motivo Cristo, persuadiéndonos de la necesidad de trabajar, no habló sólo de cosas suaves ni sólo de trabajosas, sino de ambas. Puesto que habló de yugo, pero lo llamó suave; nombró la carga, pero añadió que es ligera. Todo para que no rehúyas tales cosas por ser onerosas, ni tampoco las desprecies como demasiado fáciles. Pero si tras de todo esto aún te parece difícil la virtud, piensa que más difícil es la perversidad, como lo dejó entender el mismo Cristo. Pues antes de decir: Tomad mi yugo, puso por delante lo otro: Venid vosotros los que estáis fatigados y cargados, declarando que el pecado es laborioso y carga pesada y difícil de soportar. Porque no dijo únicamente fatigados, sino además cargados.

Lo mismo dijo el profeta describiendo la naturaleza del pecado: Pesan mis iniquidades sobre mí como pesada cargad [Salmos 37:4 LXX]. Y Zacarías, pintándolo, lo llama talento de piorno [Zacarías 5:7,8]. Y la experiencia así lo demuestra también. Pues no hay nada que tanto pese sobre el alma, que tanto ciegue y deprima, como la conciencia de pecado; ni nada que tanto levante la voluntad como la posesión de la justicia y la virtud. Atiende, te ruego. ¿Qué cosa más pesada que nada poseer, presentar la otra mejilla, no vengarse del que hiere, morir de muerte violenta? Y sin embargo, si bien discurrimos, todo eso es fácil y ligero y aun produce placer.

Mas, para que no os turbéis, examinemos cosa por cosa. Y si os parece bien, comencemos con lo que a muchos les parece trabajosísimo. ¿Acaso te parece, dime, pesado y enojoso cuidar de sólo el alimento, o más bien estar envuelto en mil solicitudes? ¿Tener el hombre un solo vestido y nada más buscar, o más bien, poseyendo en casa muchas riquezas, estar atormentado día y noche y andar temblando, temiendo y angustiado por guardarlas, no sea que la polilla las roa o que el esclavo cargue con ellas y huya? Pero, por mucho que yo diga, no podré pintar el caso tal cual es mejor que la misma experiencia. Por lo cual, me gustaría que estuviera presente alguno de los que han llegado a la cumbre de la virtud, con lo que tocaríais como con la mano el gozo de la pobreza. Nadie de los amantes de la pobreza recibiría las riquezas ni aun regaladas. Preguntarás: bueno ¿pero los ricos querrían alguna vez hacerse pobres y abandonar el cuidado de la riqueza? Respondo que esto nada significa, sino que es prueba de necedad y de enfermedad gravísima y que no demuestra que haya gozo en la posesión de las riquezas.

Sírvannos de testigos en esto los que diariamente se lamentan de semejantes cuidados y piensan que una vida así no es factible ni puede vivirse. En cambio los pobres no andan así, sino que se ríen, se gozan, se glorían de la pobreza, no menos que el rey con su diadema. También el presentar la otra mejilla al que nos hiere, en vez de herirlo por parte nuestra, es, si bien se considera, lo más llevadero y más agradable. Porque de lo segundo nacen las guerras; de lo primero, el término de ellas. Con lo segundo a veces enciendes la hoguera de la ira del otro; con lo primero, por el contrario, apagas tu llama propia. Y a todos es manifiesto ser más dulce no inflamarse que en el fuego quemarse.

Y si en las cosas materiales es esto verdad, mucho más lo es en lo que toca al alma. ¿Qué te parece más ligero, luchar o ser coroñado? ¿Estar en el pugilato o disfrutar del premio? ¿Luchar con las olas o estar ya en el puerto? A la verdad, aun el morir es mejor que el vivir. Porque la muerte libra de los peligros y de las olas; mientras que la vida pone en los peligros y nos expone a mil asechanzas y angustias que la hacen desagradable. Y si no crees a lo dicho, escucha a quienes al tiempo de los combates contemplaron el rostro de los mártires; y cómo, mientras eran azotados y destrozados, estaban llenos de regocijo y alegres: metidos en las sartenes se gozaban y alegraban más que si los tendieran en lechos de flores. Por esto Pablo, que iba a cerrar el curso de su vida con una muerte violenta, ya a punto de salir de ella, exclamaba: Me alegro y me congratulo con todos vosotros; y vosotros igualmente alegraos y congratulaos conmigo [Filipenses 2:17,18]. ¿Observas con cuánta grandeza de alma convoca al orbe todo para que participe de su gozo? ¡Tan gran bien le parecía ser el salir de este mundo! ¡tan deseable aquella muerte terrible! ¡tan apetecible y amable!

Pero que el yugo de la virtud sea suave y ligero, hay muchas razones que lo declaran. Y si os place, veamos finalmente las cargas del pecado. Traigamos al medio a los avaros, es decir, a esos que sin vergüenza alguna traen y llevan los préstamos. ¿Qué habrá más laborioso que semejante negociación? ¡Cuántos padecimientos! ¡cuántas solicitudes! ¡cuántos escollos! ¡cuántos peligros! ¡cuántas trampas y asechanzas! ¡cuántas guerras que nacen cada día de semejante lucro! ¡cuántos alborotos y tumultos! Así como jamás puedes ver el mar sin oleajes, así tampoco a esa alma sin cuidados y temores y tristezas y perturbaciones. Apenas se apartan unas y llegan otras; y tras éstas, otras; y aún no apaciguadas éstas, otras al punto se levantan.

¿Quieres que observemos el ánimo de un rijoso e iracundo? ¿Qué hay peor que sus tormentos? ¿qué cosa más cruel que sus llagas interiores? ¿qué más ardiente que ese horno siempre encendido y que esa llama que jamás se extingue? Y si te vuelves hacia los que se mueren por la belleza de los cuerpos, y están apegados a la vida presente ¿qué servidumbre hay más grave que ésta? Llevan una vida de Caín, la pasan en perpetuos miedos y terrores; y si muere alguno de los que ellos aman, lloran su muerte más que la de un pariente o consanguíneo. Y ¿qué hay más turbulento y feroz que un hombre soberbio? Dice Cristo: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. La clemencia es madre de todos los bienes.

En consecuencia, no temas, no te apartes de ese yugo que te librará de todos los males. Tómalo sobre tu cuello con presteza, y entonces experimentarás su placer. Porque no quebrantará tu cerviz. Se te impone para conservación del buen orden y para enseñarte a caminar cadenciosamente y a buen ritmo y para llevarte por el camino real y librarte de los precipicios que hay a una parte y a otra; y para que así recorras con facilidad la senda angosta. Entonces, ya que tantos bienes acarrea, tan grandes, tanta seguridad, tanta alegría, llevemos con pleno ánimo” y con todo empeño este yugo, a fin de encontrar en esta vida descanso para nuestras almas, y conseguir los bienes por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria y el imperio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía XXXVIII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Lucas 23:2-34, 44-56)

Что есть Истина, Христос и Пилат (¿Qué es la verdad? Pilato y Cristo), Nicholas Ge (1890)

Что есть Истина, Христос и Пилат (¿Qué es la verdad? Pilato y Cristo), Nicholas Ge (1890)

Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohibe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey. Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices. Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre. Pero ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.

Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el hombre era galileo. Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén. Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal. Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió. Y estaban los principales sacerdotes y los escribas acusándole con gran vehemencia. Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato. Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.

Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. Le soltaré, pues, después de castigarle. Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta. Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: ¡Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás! Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio. Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús; pero ellos volvieron a dar voces, diciendo: ¡Crucifícale, crucifícale! Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré. Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.

Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?

Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.

Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo. Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.

Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo. Este, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos, fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie. Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día de reposo.

Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo. Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
23:2
27:11 15:2 23:3 18:33,37
23:4 18:38; 19:4,6
23:5-9
23:13-14 18:38; 19:4,6
23:15-16
27:15 15:6 23:17
27:20-21 15:11 23:18-19 18:40
27:22-23 15:12-14 23:20-21 19:6
23:22 18:38; 19:4,6
27:22-23 15:12-14 23:23 19:15
27:26 15:15 23:24-25 19:16
 27:32 15:21 23:26  19:17-18
23:27
[23:28-31]
 27:38 15:27 23:32-33 19:18
23:34
27:45 15:33 23:44-45a
27:51 15:38 23:45b
27:50  15:37 23:46  19:30
 27:54  15:39  23:47
23:48-49
 27:57-58 15:42-45  23:50-52 19:38
27:59-60 15:46 23:53  19:40-42
23:54-55
 16:1  23:56

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Jesús compareció en presencia del Procurador; y le preguntó el Procurador: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le contestó: Tú lo dices. Pero en cuanto a las acusaciones de los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo, nada respondió [Mateo 27:11].

¿ADVIERTES CÓMO por primera vez se examina aquí lo que los judíos con suma frecuencia trataban? Como vieran éstos que Pilato no se cuidaba de las disquisiciones legalistas, acuden a los crímenes contra la nación y públicos. Lo mismo hacían con los apóstoles y continuamente les objetaban lo mismo; o sea que andaban por todas partes predicando a un tal Rey, Jesús [Hechos 18:17], que ellos consideraban como simple hombre; y con esto echaban sobre los apóstoles la sospecha de que andaban queriendo establecer un reino y tiranía. Por donde se ve que aquel desgarrar sus vestiduras el pontífice y su estupor, fueron cosas simuladas y de comedia. En realidad todo lo revolvían y barajaban para darle muerte a Cristo.

Tal fue el motivo de que Pilato lo interrogara sobre esto entonces. ¿Qué respondió Cristo?: Tú lo dices. Confesó ser Rey, pero Rey celeste Con mayor claridad lo dijo a Pilato en otra parte, al responderle: Mi reino no es de este mundo [Juan 18:36], para que ni estos acusadores ni aquellos otros tuvieran excusa alguna. Y da Cristo ahí la razón incontrovertible: Si fuera de este mundo, los míos combatirían para que no fuera entregado. Y para quitar toda sospecha, había pagado el tributo [Mateo 22:17] y había dispuesto que los demás también lo pagaran; y cuando quisieron proclamarlo Rey, huyó [Juan 6:15].

Preguntarás: ¿por qué no alegó esto cuando fue acusado de ambicionar el poder? Porque teniendo ellos en sus manos infinitas demostraciones de su poder, mansedumbre y modestia, voluntariamente se cegaban, tramaban males contra El y tenían corrompido el juicio. Por tal motivo a nada responde, sino que calla. Alguna vez habla pero brevísimamente, para no echar sobre sí la opinión de arrogante a causa de su perpetuo silencio. Fue cuando el sumo pontífice lo conjuró y cuando el Procurador lo interrogó. En cambio, a los crímenes de que lo acusaban, nada responde, pues sabía que no los había de persuadir.

Ya lo había predicho el profeta: En su humildad se le privó de juicio [Isaías 53:8 LXX]. El Procurador se admiraba de esas cosas. Y en verdad era de admirar el mostrar tan grande modestia y silencio quien tantísimas cosas podía alegar. Pero no lo acusaban porque creyeran que tuviera alguna falta, sino únicamente llevados de la envidia y el odio. Pues si ya cuando presentaron testigos falsos nada tuvieron que acusar ¿por qué persisten en acusar? ¿Por qué, aun viendo expirar a Judas, y a Pilato lavarse las manos, no se compungieron? Pues en esas circunstancias, hizo Jesús muchas cosas que los podían llevar a compungirse; y sin embargo no se tornaron mejores.

¿Qué le dice Pilato a Jesús?: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? [Mateo 27:19] Porque deseaba que se defendiera y así librarlo, le hablaba así. Mas como Jesús nada respondiera, Pilato urdió otro medio. ¿Cuál? Era costumbre que se dejara libre uno de los criminales; y Pilato intentó librar a Jesús por este camino. Como si les dijera: Si no queréis dejarlo libre como inocente, a lo menos libradlo como criminal en reverencia de la fiesta. ¿Observas cómo se ha invertido el orden? La costumbre era que el pueblo pidiera en favor de los reos ya condenados, y que el Procurador concediera la petición; mas ahora sucede al contrario: el Procurador pide al pueblo, que ni aun así se aplaca, sino que más se enfurece, y locos por la envidia, dan gritos. Pues nada podían objetar acusando; y aun callando El, quedaban redargüidos, pues tantas cosas había que declaraban justo a Jesús. Callando los derrotaba, mientras ellos, enfurecidos, barbotaban miles de cosas.

En estando él sentado en el tribunal, su mujer le envió este recado: No te metas con ese justo; pues he sufrido mucho hoy en sueños, por causa de él [Mateo 27:19]. Mira otra cosa que hubiera podido retraerlos de su propósito. Porque ese sueño, tras de la experiencia ya adquirida en el asunto, era de no poco peso. ¿Por qué no lo vio Pilato en persona? O porque su mujer era más digna de verlo; o también porque de haberlo visto él, no se le hubiera dado fe; o quizá hubiera cambiado algo del ensueño. Por esto la Providencia hace que sea su mujer quien lo vea y así llegue al conocimiento de todos. Y no solamente lo vio, sino que padeció muchas cosas, para que Pilato, por consolarla, procediera con mayor lentitud en decretar la muerte. Además, no interesaba poco el tiempo del ensueño, pues ella lo vio en esa misma noche. Mas Pilato no podía dar libre a Cristo sin peligro, pues los judíos le habían dicho: Se hace Rey. Se hacía pues necesario investigar pruebas, razones y señales de que Cristo buscaba el dicho reinado. Por ejemplo, si había reunido ejército, si había juntado dineros, si tenía fábrica de armas, o en fin si había intentado algo.

Sin suficiente motivo Pilato se deja arrastrar por tales suposiciones, por lo cual Cristo le declara que no está exento de culpa, diciéndole: Por esto el que me ha entregado a ti comete mayor pecado [Juan 19:11]. Cedió pues por debilidad y lo sujetó a los azotes. Pilato era débil y nada varonil; y en cambio los príncipes de los sacerdotes eran malignos y astutos. Y pues Pilato había pensado en otro modo de librar a Cristo, valiéndose de!a solemnidad y la ley que ordenaba dar libertad a uno de los presos con esa ocasión ¿qué es lo que traman los príncipes de los sacerdotes? Dice el evangelista: Persuadieron a la turba pedir a Barrabás [Mateo 27:20].

¿Observas por cuántos medios procura Pilato librarlos de culpa y con qué empeño se esfuerzan ellos para que no les quede ni sombra de excusa? Porque ¿qué era lo que a ese tiempo convenía? ¿Dejar libre a alguno de los reos ya convictos, o a aquel de quien se dudaba si era o no culpable? Puesto que si convenía dejar libre a uno de los ya condenados, mucho más convenía dejar libre a aquel cuya falta aún no se comprobaba. Al fin y al cabo a ellos mismos no les parecía Jesús ser peor que los públicos y homicidas.

Por tal motivo dice el evangelista no únicamente que tenían en la cárcel a un ladrón, sino a un ladrón insigne, célebre por su perversidad y que había cometido infinitos homicidios. A pesar de todo, lo prefieren y anteponen al Salvador del mundo y no respetan ni el tiempo sagrado ni las leyes de lo humano ni nada semejante, sino que totalmente los ciega la envidia. Y no contentos con su propia maldad, corrompen al pueblo para merecer también por este engaño los extremos castigos. Como pidieran al Procurador la libertad de Barrabás, Pilato les dijo: Pues ¿qué haré de Jesús que se dice Cristo? [Mateo 27:22] Quería nuevamente por este otro medio doblegarlos, dejando en manos de ellos el que a lo menos por vergüenza pidieran libre a Jesús; y que así todo dependiera de la generosidad del pueblo. Pues si les hubiera dicho: No ha cometido crimen alguno, los habría vuelto más querellosos aún. En cambio, la petición de salvar a Jesús por las leyes de la humanidad, le parecía más apto. Pero ellos contestaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! El les respondió: ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos con desbordado furor vociferaban: ¡Sea crucificado! Viendo, pues, Pilato que nada adelantaba, se lavó las manos diciendo: Soy inocente [Mateo 27:22-24].

Entonces ¿por qué lo entregas a la muerte? ¿Por qué no lo libraste como hizo el tribuno aquel con Pablo? [Hechos 21] Y eso que sabía que matando a Pablo les caía bien a los judíos; pues a causa de éste se habían levantado en sedición y alboroto; y sin embargo, fuertemente se opuso. No procedió así el Procurador, sino que se portó débil y cobardemente; de modo que la corrupción alcanzó a todos. Ni él resistió a la multitud, ni la plebe resistió a los judíos. Y así ninguna excusa les quedaba. Ellos vociferaban, o sea clamaban más y más: ¡Sea crucificado! Pues no querían simplemente dar muerte a Cristo, sino una muerte de criminal Por esto, aun repugnándolo el juez, perseveraban en sus clamores.

¿Ves cuántas cosas hizo Cristo para inducirlos al arrepentimiento? Así como a Judas con frecuencia lo reprimió, así lo hizo con éstos: a través de todo el evangelio procede así, y lo mismo ahora al tiempo del juicio. Cuando veían al que era Procurador y juez lavarse las manos y le oían decir: Yo soy inocente de la sangre de este hombre, lo propio era que se compungieran, tanto por las palabras como por lo que hacía; lo mismo que cuando vieron a Judas colgado con el lazo y también a Pilato que en persona les rogaba que escogieran a otro preso en vez de Jesús. Cuando el traidor y acusador se condena a sí mismo de falsedad; y el juez que sentencia, echa de sí la culpa; y en esa misma noche se realiza un tal ensueño; y en cierto modo Pilato en persona pide la liberación de Jesús ¿qué excusa pudieron tener los judíos? Al fin y al cabo, si no concedían que fuera inocente, a lo menos con toda certeza no debían anteponerle un ladrón; digo a un ladrón insigne y del que públicamente sabían qué clase de hombre era.

¿Qué hicieron los judíos? Como vieran al juez lavándose las manos y oyeran que decía: Yo soy inocente, gritaban: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos [Mateo 27:25]. Entonces, finalmente, pues ellos contra sí mismos dictaron la sentencia, Pilato cedió del todo. Pero tú considera en este paso la gran perversidad de los judíos. Porque así es el ímpetu temerario de la mala pasión: no deja ver nada bueno. Pase ¡oh judíos! que os maldijerais a vosotros mismos; mas ¿por qué atraéis la maldición también sobre vuestros hijos? El Señor, en cambio, benigno como es, mientras ellos así tan furiosamente enloquecían, tanto contra sí mismos como contra sus hijos, no confirmó la sentencia que lanzaban en propia contra y de sus hijos, sino que, por el contrario, a quienes de ellos hicieron penitencia los recibió en su amistad y los colmó de bienes. Del número de éstos era Pablo y muchos miles de creyentes de Jerusalén Pues Santiago decía: ¿Ves, hermano, cuántos millares hay de creyentes? [Hechos 21:20]

Entonces les dejó libre a Barrabás; y a Jesús, tras de haberlo hecho azotar, se lo entregó para que lo crucificaran [Mateo 27:26].

¿Por qué lo mandó azotar? O bien fue como a ya sentenciado, o para guardar cierta forma de juicio en el asunto, o para dar gusto a los judíos. Lo conveniente y necesario era que resistiera. Pues anteriormente les había dicho: Tomadlo allá vosotros y según vuestra ley juzgadlo [Juan 18:31]. Muchas cosas había capaces de apartar a Pilato y a los judíos de tan grave crimen: los milagros y prodigios, la inmensa mansedumbre de la víctima, su profundo silencio. Pues así como se mostró verdadero hombre tanto en lo que dijo en su defensa como por las súplicas al Padre, así demostró también su alteza divina y su magnanimidad, tanto por el silencio como por el desprecio de lo que contra El se decía; de modo que a todos los dejaba admirados. Pero por nada quisieron ceder.

Es que cuando ya una vez la razón queda coartada como con una embriaguez y locura, es muy difícil arrepentirse de la caída, a no ser que se esté dotado de un ánimo esforzado y generoso. Cosa grave, por cierto, cosa grave es dar entrada a esa clase de pasiones; por lo cual se hace necesario cerrarles del todo la puerta; pues en cuanto han invadido a un alma y la han llenado, a la manera del fuego que cae sobre leña, se enciende gran llamarada. Os suplico, en consecuencia, que pongamos todos los medios para impedirle la entrada; y que no suceda que, prevalidos de un frío raciocinio, nos consolemos con éste, e introduzcamos en el alma toda perversidad, diciendo: ¿Qué importa esto? ¿qué importa esotro? Brotan de aquí males sin cuento. El demonio, perverso como es, usa de su astucia, perseverancia y adaptación, para ruina del hombre; y comienza su batalla por cosas mínimas.

Pon atención, te lo ruego. Quería enredar a Saúl en las vaciedades y delirios de una pitonisa. Pero si desde el principio se lo hubiera propuesto, ciertamente Saúl lo habría desechado. ¿Cómo lo habría aceptado cuando él mismo había expulsado a las pitonisas? Por tal motivo el demonio lo fue llevando poco a poco. Desobedeció Saúl a Samuel y se atrevió a ofrecer el sacrificio de holocausto, ausente el profeta. Acusado de esto, respondió que la llegada de los enemigos lo había puesto en aquella necesidad grande [1 Samuel 13:12, 28:15]. Y siendo así que convenía llorar aquella falta, procedió como si en nada hubiera faltado. Luego el Señor le ordenó pelear contra los amalecitas, y también acá quebrantó lo ordenado por Dios. Siguiéronse sus crímenes contra David. Y así, poco a poco, ya no se detuvo en la pendiente de su ruina, hasta que fue a dar al abismo de su perdición.

Lo mismo le sucedió a Caín. El demonio no lo empujó repentinamente al asesinato de su hermano, pues no se lo habría persuadido. Sino que primero le presentó el asunto como si no fuera pecado; luego lo inflamó en cólera y envidia y lo persuadió de que ningún mal se seguiría; en tercer lugar le persuadió el homicidio y el negar que lo hubiera perpetrado; y no se apartó de él el demonio, hasta que por fin puso Caín el colofón a todos los males. En consecuencia, se hace necesario rechazarlo sobre todo a los comienzos. Sobre todo teniendo en cuenta que dichos comienzos, aun cuando no pasen adelante, son ya pecado que no se ha de despreciar; y que en cambio, si el alma se descuida un poco, pasan a cosas graves. Hay, pues, que tomar todos los medios para combatir los malos principios.

No consideres el pecado como cosa pequeña, sino piensa, pues debes pensar que con el descuido se convierte en raíz de mayores caídas. Si se ha de decir una paradoja, no requieren tanta diligencia para evitarlos los pecados grandes como los pequeños. En los grandes la naturaleza misma del pecado hace que lo aborrezcamos, mientras que en los menos graves, aun por el hecho de serlo, nos arrastran a la negligencia y no dejan que con fortaleza se luche contra ellos. Con lo cual, mientras andamos descuidados, ellos crecen. Lo mismo puedes ver en las cosas corporales. Por este camino se originó en Judas el grave daño de la traición. Si no se hubiera persuadido de que el robar los bienes destinados a los pobres era cosa leve, nunca habría llegado hasta la traición. Asimismo, si los judíos no se hubieran persuadido de que entregarse a la vanagloria era cosa leve, nunca habrían llegado a dar muerte a Cristo.

De modo que ya ves cómo de ese principio han nacido todos los males. Nadie repentinamente se hace malo. Tiene, por cierto, nuestra alma un nativo pudor del mal y una reverencia al bien, y no puede suceder que repentinamente se incline a la impudencia y lo eche a rodar todo juntamente: ¡se corrompe poco a poco por su negligencia! Así la idolatría comenzó por ser los hombres, ya vivos ya muertos, excesivamente tenidos en honor; así se llegó al culto de las esculturas; así entró la fornicación y los demás pecados. Atiende en este punto. ¿Qué cosa más leve que reír? ¿qué mal se puede seguir de eso? Pues bien, la risa es el origen de la obscenidad, las chocarrerías, las palabras torpes, y finalmente de las torpes acciones.

Acusado alguno de que calumnia al prójimo, de que lo injuria, de que lo maldice, se descuida y alega: maldecir es cosa leve. Pero de ahí nacen los odios profundos, las enemistades irreconciliables e infinitas palabras injuriosas; y de las palabras injuriosas se procede a los golpes, y de los golpes con frecuencia se llega al asesinato. De modo que el demonio maligno va llevando de lo leve a lo grave. Y de lo grave arrastra a la desesperación; porque también ha encontrado este otro camino, no menos pernicioso que el anterior. No arruina tanto el pecado como la desesperación. Al fin y al cabo, el que ha pecado puede pronto, mediante la penitencia, corregir lo que hizo, si anda vigilante. Pero quien desespera y no se corrige, deja de enmendarse porque ya no echa mano del medio de la penitencia.

Tiene todavía el demonio un tercer medio y forma de asechanzas gravísimo, que es cuando envuelve el pecado en apariencias de piedad. Preguntarás: ¿cómo ha tomado tanta fuerza el demonio que llegue hasta ese engaño? Óyelo y guárdate de su astucia. Ordena Cristo, por medio de Pablo, que el esposo no se separe de su mujer [1 Corintios 7:10]; y añade que no deben defraudarse en el débito conyugal mutuamente [1 Corintios 7:5], si no es de común consentimiento. Pues bien, algunas mujeres, por amor a la continencia, se han separado de sus maridos, como si hicieran una obra piadosa, y a sí mismas se han precipitado luego en el adulterio. Piensa cuan perverso trabajo fue el que se tomaron y que sufrirán penas extremas por haber introducido un mal tan grave y haber precipitado a sus esposos en el abismo de la perdición.

Otros, absteniéndose de los alimentos, apoyados en el precepto del ayuno, poco a poco han llegado hasta abominar de la comida, cosa que les causa grandes padecimientos. Sucede esto cuando se aferran a sus propias opiniones, formadas sin tener en cuenta las Sagradas Escrituras. Entre los corintios hubo algunos que pensaron ser cosa indiferente comer de toda clase de manjares, aun prohibidos; y que en esto había algo más de perfección. Y sin embargo, no era eso perfección alguna, sino el colmo de la iniquidad. Por lo cual Pablo con vehemencia los reprende y les afirma ser reos de extremo castigo. Piensan otros ser cosa de piedad el cultivo de la cabellera; y sin embargo esto está prohibido y es cosa de mucha vergüenza. Otros hay que creen ser ganancia espiritual el dolor excesivo de los pecados; pero también esto pertenece a las diabólicas astucias, como sucedió en el caso de Judas, quien por esa causa se ahorcó.

Por este mismo motivo temía Pablo que aquel fornicario de Corintio cayera en una desesperación semejante a la de Judas; y exhorta a los corintios a que lo más pronto posible lo libren de eso: Para que no lo consuma una excesiva tristeza Y enseguida, declarando cómo esto último proviene de astucias del demonio [2 Corintios 2:7], añade: Para que no nos envuelva Satanás en sus astucias, pues no desconocemos sus ardides [2 Corintios 2:10,11]. Como si dijera: él pelea contra nosotros con dolo crecido. Si luchara a campo abierto, fácil sería nuestra victoria. Pero aun ahora es fácil con tal de que vivamos vigilantes Porque para todos y cada uno de sus caminos ya nos armó Dios.

Oye cómo nos exhorta a no despreciar las cosas leves: Quien dijere fatuo a su hermano, será reo de la gehena [Mateo 5:22]. Y también : el que ve con ojos lascivos es perfecto adúltero [Mateo 5:28]. A los chocarreros los llama míseros. Y en todas partes va cortando y arrancando los principios y semillas del mal. Dice que de toda palabra ociosa tendremos que dar cuenta [Mateo 12:36]. Por esto Job purificaba no únicamente las acciones, sino aun los pensamientos de sus hijos [Job 1:5]. Y acerca de la desesperación dice: ¿Acaso el que ha caído no se levantará? [Jeremías 8:4] Y también: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva [Ezequiel 18:23 LXX]. Además: Hoy, si oyereis su voz [Salmos 95:7]. Y luego: Hay gozo en el cielo por un pecador que hace penitencia. Abundan en las Sagradas Escrituras otras muchas sentencias y ejemplos. Y para que no perezcamos bajo el pretexto de piedad, oye a Pablo que dice: Para que no lo consuma la tristeza excesiva.

Sabiendo estas cosas, opongamos la prudencia de las Escrituras a todos los caminos por donde pueden caer los desidiosos. Ni digas: pero ¿qué si curiosamente miro a una mujer hermosa? Porque si adulteras en tu corazón, pronto te atreverás a adulterar en las obras. Tampoco digas: pero ¿qué si a este pobre lo paso de largo? Si a éste pasas, luego pasarás a otro y a otro. Tampoco digas: pero ¿y qué si codicio los bienes ajenos? Esto fue lo que perdió a Acab, aunque luego pagara el precio del viñedo, pues lo tomó contra la voluntad de su sueño. El comprador no ha de obligar sino persuadir. Pues si ese que pagó el justo precio fue condenado por haber tomado los bienes de quien no quería dárselos, quien no sólo hace eso, sino que realmente se los arrebata al renuente, y esto ahora en la Ley de Gracia ¿de qué castigo no será digno?

Pues para que no seamos castigados, conservémonos limpios de toda violencia y rapiña; guardémonos no sólo de los pecados, sino del principio de ellos, y cultivemos con diligencia la virtud. Así gozaremos de los bienes eternos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXVI sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya” (Lucas 22:39-42,45-23:1)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani  (primera mitad del siglo 18)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani (primera mitad del siglo 18)

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.

Mientras él aún hablaba, se presentó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y se acercó hasta Jesús para besarle. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó. Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra él: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.

Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos. Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.

Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó? Y decían otras muchas cosas injuriándole.

Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al concilio, diciendo: ¿Eres tú el Cristo? Dínoslo. Y les dijo: Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios. Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy. Entonces ellos dijeron: ¿Qué más testimonio necesitamos? porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca. Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos, llevaron a Jesús a Pilato.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:36 14:32 22:39 18:1
26:40-41 14:37-38 22:40
26:39 14:35-36 22:41 18:11
26:39 14:36 22:42 5:30
26:40-41 14:37-38 22:45-46
26:47 14:43 22:47 7:32, 18:3
26:48-50 14:44-46 22:47-48
26:51-52 14:47 22:49-50 18:10-11
26:27-29 14:23-25 22:20
22:51
26:55 14:48-49 22:52-53 18:20
26:57 14:53 22:54 18:12,24
26:67-70 14:66-68 22:54-57 18:16,17
26:71-74 14:68-72 22:58-61 18:25-27
26:75 14:72 22:61-62
26:67-68 14:65 22:63-65 18:22
27:1 15:1 22:66-67
22:67-68
26:64 14:62 22:69 6:62
22:70
26:65-66 14:63-64 22:71
27:2 15:1 23:1 18:28

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Yo no puedo hacer algo de Mí mismo. Según oigo así transmito. Y mi veredicto es fiel, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado [Juan 5:30].

¿Quién de los hombres sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? De igual modo nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu que está en El [1 Corintios 2:11].

 

No dice otra cosa sino ésta: Yo no tengo otra voluntad distinta y propia, sino la del Padre; si El algo quiere, yo también; y si algo quiero Yo, El también. Y así como nadie puede reprender al Padre cuando juzga, así tampoco a Mí, pues la sentencia es una misma y conforme a ella se pronuncia el voto. Y no te admires de que El diga estas cosas, abajándose al modo humano, pues los judíos lo creían puro hombre. Por tal motivo en semejantes pasajes es necesario tener en cuenta no únicamente las palabras, sino también la opinión de los oyentes; y tomar las respuestas en el sentido en que fueron dadas, según esa opinión. De lo contrario se seguirían muchos males y absurdos.

Te ruego que adviertas cómo dijo: No busco la voluntad mía. Entonces hay en El otra voluntad, y muy inferior por cierto; ni sólo inferior, sino también no tan útil. Ya que si fuera saludable y tan acoplada con la voluntad del Padre ¿por qué no la buscas? Los hombres con razón diríamos eso, pues tenemos muchos quereres que no van de acuerdo con el beneplácito divino. Pero tú ¿por qué te expresas así, siendo en todo igual a tu Padre? Nadie diría que semejante palabra es propia de un hombre que habla con exactitud y que fue crucificado. Si Pablo en tal manera se une a la voluntad de Dios que llega a decir: Vivo, mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí [Gálatas 2:20] ¿cómo puede el Señor de todos decir: No busco mi voluntad sino la del que me envió, como si fuera distinta? ¿Qué es, pues, lo que significa? Habla en cuanto hombre y conformándose con la opinión de los oyentes. En lo anterior se demuestra que unas cosas las dijo hablando como Dios y otras hablando como hombre. Aquí de nuevo habla como hombre y dice: Mi veredicto es fiel.

¿Cómo queda esto en claro? Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Así como a un hombre desapasionado no se le puede acusar de que ha juzgado injustamente, así tampoco a Mí me podéis ya reprender. Quien intenta salir con la suya, quizá con razón puede caer en sospecha de haber destruido la justicia por ese motivo. Pero quien no busca su propio interés ¿qué motivo hay para que no dé con justicia el veredicto? Pues bien, bajo este punto de vista examinad lo que a Mí se refiere. Si yo dijera que no he sido enviado por el Padre; si no refiriera a El la gloria de mis obras, quizá alguno de vosotros podría sospechar que Yo me jactaba y no decía la verdad. Pero si lo que hago lo refiero a otro ¿por qué ponéis sospecha en lo que digo? Observa a dónde ha llevado el discurso y por qué motivo afirma que su veredicto es fiel. Toma el motivo que cualquiera tomaría para su defensa.

¿Observas cuán claramente brilla lo que muchas veces he dicho? Y ¿qué es lo que he dicho? Que ese abajarse tanto en sus expresiones, precisamente persuade a todos los que no estén locos a no rebajar sus palabras a lo simplemente humano, sino más bien a entenderlas en un sentido altísimo. Más aún: quienes ya se arrastran por la tierra, por aquí fácilmente, aunque poco a poco, son llevados a cosas más altas.

Meditando todo esto, os suplico que no pasemos a la ligera por las sentencias, sino que todo lo examinemos cuidadosamente y en todas partes tengamos atención a los motivos por los que así se expresa Cristo. No pensemos que nos basta como excusa nuestra ignorancia y sencillez. Cristo no nos ordenó únicamente ser sencillos, sino además prudentes [Mateo 10:16]. Seamos, pues, sencillos, pero con prudencia, así en la doctrina como en las obras; juzguémonos a nosotros mismos, para que en aquel último día no seamos condenados con el mundo. Mostrémonos con nuestros criados tales como queremos que se muestre con nosotros nuestro Señor. Pues dice: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden [Mateo 6:12].

Yo sé bien que el alma no soporta de buen grado las ofensas; pero si pensamos que sobrellevándolas, no favorecemos precisamente al que nos causa daño, sino a nosotros mismos, presto arrojaremos lejos el veneno de nuestra ira. Aquel que no perdonó a su deudor los cien denarios, no hizo daño a su consiervo sino a sí mismo se hizo reo de infinitos talentos que antes se le habían condonado [Mateo 18:30-34]. De modo que cuando a otros no perdonamos, a nosotros mismos no nos perdonamos. En consecuencia, no digamos al Señor únicamente: “No te acuerdes de nuestros pecados”; sino digámonos a nosotros mismos: “No nos acordemos de las ofensas de nuestros consiervos.” Ejerce tú primero en ti la justicia y luego seguirá la obra de Dios. Tú mismo redactas la ley del perdón y del castigo y tú mismo eres el que sentenciará. De modo que en tus manos está que Dios se acuerde o no se acuerde de tus pecados. Por lo cual Pablo ordena perdonar si alguno tiene algo contra otro [Colosenses 3:13]; y no sólo perdonar, sino hacerlo en tal forma que no queden ni reliquias de lo pasado.

Cristo no sólo no trajo al medio ni sacó al público nuestros pecados, pero ni siquiera quiso recordarlos. No dijo: “Has pecado en esto y en esto otro”; sino que todo lo perdonó, y borró el documento, y no tuvo en cuenta las culpas, como lo dice Pablo [Colosenses 2:14]. Pues procedamos nosotros de igual modo: ¡olvidémoslo todo! Únicamente tengamos en cuenta el bien que haya hecho aquel que nos ofendió; pero si en algo nos molestó, si algo odioso hizo en contra nuestra, borremos esto de nuestra memoria y arrojémoslo lejos: que no quede ni rastro. Y si ningún bien nos ha hecho, tanto mayores serán las alabanzas y recompensas para nosotros que perdonamos.

Otros expían sus culpas con vigilias o durmiendo en el suelo y con mil maceraciones; pero tú puedes por un camino más fácil lavar tus pecados todos; o sea con el olvido de las injurias. ¿Por qué, a la manera de un loco furioso, mueves en tu contra la espada y te excluyes de la vida eterna, siendo así que convendría poner todos los medios para conseguirla? Si la vida presente resulta tan deseable ¿qué dirás de aquella otra de la cual ha huido todo dolor, tristeza y gemidos? ¿En la que no hay temor de la muerte, ni se puede temer que los bienes tengan acabamiento?

Tres veces y muchas más bienaventurados los que gozan de suerte semejante; así como tres veces y muchas más son míseros los que se privan de semejante bienandanza. Preguntarás: pero ¿haciendo qué gozaremos nosotros de esa vida? Pues oye al Juez que dice a cierto adolescente que le preguntaba eso mismo: ¿Qué haré para poseer la vida eterna? [Mateo 19:16] Cristo le dice y pone delante los mandamientos; y vino a encerrarlos todos y a terminar con el amor al prójimo. Quizá alguno de los oyentes diga como el rico aquel: “Esto lo he guardado, porque yo no he robado, no he asesinado, no he fornicado.” Una cosa sin embargo no puedes afirmar: que amaste al prójimo como convenía. Porque o fuiste envidioso o lo ofendiste con palabras o bien no lo auxiliaste cuando se le hacía injusticia o no compartiste con él tus bienes: no lo amaste.

Mas Cristo no ordenó solamente eso, sino también otra cosa. ¿Cuál?: Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sigúeme [Mateo 19:21]. Significa y quiere decir: seguir a Cristo; imitar a Cristo. ¿Qué aprendemos de aquí? En primer lugar que quien tal amor no tiene, no puede conseguir aquella suerte bienaventurada entre los más eximios. Pues como el joven respondiera: Todo eso lo he hecho; como si aún le faltara algo grande para la perfección, Jesús le dice: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que posees, dalo a los pobres y ven y sigúeme. Esto es, pues, lo primero que tenemos que aprender. La segundo es que aquel joven en vano se lisonjeaba de todo aquello que habia hecho; pues teniendo tan gran abundancia de riquezas, despreciaba a los pobres. ¿Cómo podía decirse que los amaba? En eso no había dicho verdad.

Por nuestra parte, hagamos ambas cosas: derrochemos acá abundante y diligentemente todo lo nuestro para adquirirlo en el cielo. Si ha habido quien por alcanzar una dignidad terrena ha derrochado todos sus haberes; por una dignidad, digo, que sólo puede poseer en esta vida y eso no por mucho tiempo (pues muchos han perdido sus prefecturas antes de morir y otros por causa de ellas han perdido la vida; pero aun sabiendo todo esto, dan todos sus haberes por poseerlas); pues si por una tal dignidad, repito, llevan a cabo tantas y tan notables cosas ¿qué habrá más mísero que nosotros, pues por la vida que para siempre permanece y nadie puede quitarnos, no damos ni siquiera un poco, ni gastamos para eso aquello mismo que poco después tenemos que perder?

¿Qué locura es esta de no querer dar voluntariamente lo que contra nuestra voluntad se nos quitará; y no querer mejor llevarlo con nosotros a la eternidad? Si alguien nos fuera llevando a la muerte; pero luego nos preguntara si queríamos redimir nuestra vida a cambio de todos nuestros bienes, hasta le quedaríamos agradecidos. Ahora, en cambio, cuando ya condenados a la gehenna se nos propone liberarnos dando a los pobres la mitad de nuestros haberes, preferimos ser llevados al suplicio y conservar inútilmente nuestros bienes, que ni son nuestros, y perder lo que sí nos pertenece.

¿Qué excusa tendremos? ¿qué perdón merecemos, si estando patente un tan fácil camino, nos arrojamos por los precipicios y tomamos una senda que a nada conduce; y así nos privamos de los bienes todos de acá y de allá, pudiendo libremente disfrutar de unos y de otros? Pues bien, si antes no, a lo menos ahora volvamos en nosotros mismos; y procediendo razonablemente repartamos como conviene nuestros haberes, para conseguir con facilidad los bienes futuros, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía XXXIX sobre el Evangelio de San Juan (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lucas 19:29-40, 22:7-39)

Die Verleugnung des Petrus, Peter Janssen (1869)

Die Verleugnung des Petrus, Peter Janssen (1869)

Y aconteció que llegando cerca de Betfagé y de Betania, al monte que se llama de los Olivos, envió dos de sus discípulos, diciendo: Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo. Y si alguien os preguntare: ¿Por qué lo desatáis? le responderéis así: Porque el Señor lo necesita. Fueron los que habían sido enviados, y hallaron como les dijo. Y cuando desataban el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino? Ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita. Y lo trajeron a Jesús; y habiendo echado sus mantos sobre el pollino, subieron a Jesús encima. Y a su paso tendían sus mantos por el camino. Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él, respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían.

Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar el cordero de la pascua. Y Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo: Id, preparadnos la pascua para que la comamos. Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la preparemos? Él les dijo: He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare, y decid al padre de familia de esa casa: El Maestro te dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Entonces él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad allí. Fueron, pues, y hallaron como les había dicho; y prepararon la pascua.

Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. Mas he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. A la verdad el Hijo del Hombre va, según lo que está determinado; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado! Entonces ellos comenzaron a discutir entre sí, quién de ellos sería el que había de hacer esto.

Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor.  Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.  Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel.

Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. El le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces. Y a ellos dijo: Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada.

Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y compre una.  Porque os digo que es necesario que se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: Y fue contado con los inicuos; porque lo que está escrito de mí, tiene cumplimiento.  Entonces ellos dijeron: Señor, aquí hay dos espadas. Y él les dijo: Basta.

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
21:1-3 11:1-3 19:28-31
21:6-8 11:4-8 19:32-36
21:9 11:9-10 19:37-38 12:12-13
21:15-16 19:39-40
26:14-19 14:10-16 22:4-13
22:14-15
26:27-29 14:23-25 22:16-18
26:26 14:22 22:19 6:35
26:27-29 14:23-25 22:20
26:23-24 14:20-21 22:21-22
26:22 14:19 22:23 13:22
20:24-27 10:41-44 22:24-26
22:27-30
22:31-32
26:33-34 14:29-30 22:33-34 13:36-38
22:35-36
15:28 22:37
22:38
26:36 14:32 22:39 18:1

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Respondiéndole Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen en Ti, yo jamás me escandalizaré [Mateo 26:33].

¡Oh Pedro! ¿qué es lo que dices? El profeta predijo: Se dispersarán las ovejas [Zacarías 13:7]. Cristo lo confirma. Y tú dices: ¡jamás! ¿No te basta con que antiguamente, cuando tú dijiste: ¡No lo quiera el cielo, Señor! [Mateo 16:22], fueras reprendido? Jesús permite que caiga para enseñarle que siempre crea en la palabra de Cristo y tenga el parecer de Cristo por más seguro que el propio. Los demás discípulos sacaron de las negaciones un fruto no pequeño, viendo en ellas la debilidad humana y la divina veracidad.

Cuando Cristo predice algo, no conviene discutirlo ni alzarse sobre los demás, pues dice Pablo: Te gloriarás en ti y no en otro [Gálatas 6:4]. Cuando lo conveniente era suplicar y decir: Ayúdanos, Señor, para que no nos apartemos de Ti, Pedro confió en sí mismo y dijo: Aunque todos se escandalicen en Ti, yo jamás me escandalizaré. Como si dijera: “Aunque todos sufran esa debilidad, yo no la sufriré.” Esto lo llevó poco a poco a confiar excesivamente en sí mismo. Cristo, queriendo corregir esto, permitió las negaciones, ya que Pedro no había cedido ni a Cristo ni a los profetas (pues Cristo le había citado al profeta para que así no recalcitrara); y pues no se le puede enseñar con solas palabras, se le enseñará con las obras. Y que Cristo lo permitió para que Pedro quedara en adelante enmendado, oye cómo lo dice el mismo Cristo: Mas yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe [Lucas 22:32]. Le habló así para más conmoverlo, y demostrarle que su caída era peor que la de los otros, y que necesitaba un auxilio mayor.

Doble era su pecado: contradecir a Cristo y anteponerse a los demás. Y aun había un tercer pecado, más grave aún, que era el adscribirlo todo a sus propias fuerzas. Para curar todo esto Jesús permite que suceda la caída; y por esto, dejando a los demás, se dirige a Pedro y le dice: ¡Simón, Simón, mira que Satanás ha redamado zarandearos como el trigo! [Lucas 22:31]; es decir turbaros, tentaros. Pero yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe. Mas, si el demonio reclamó zarandearlos a todos ¿por qué no dijo Cristo: Yo he rogado por todos? Pero ¿acaso no está claro el motivo que ya antes dije, o sea que fue para más conmover a Pedro y declarar que su falta es más grave que la de los otros? Por esto a él se dirige. ¿Por qué no le dijo: Yo no lo permití, sino: Yo rogué? Como va enseguida a su Pasión se expresa al modo humano, y demuestra así ser verdadero hombre. En efecto: quien edificó su Iglesia sobre la confesión de Pedro, y en tal forma la defendió y armó que no la pudieran vencer ni mil peligros ni muertes mil; quien confió a Pedro las llaves de los cielos y le confirió tan altísimos poderes; quien para todo eso no necesitó rogar (pues en aquella ocasión no dijo: He rogado, sino que habló con plena autoridad diciendo: Edificaré mi Iglesia y te daré las llaves de los cielos) ¿cómo iba a tener necesidad de rogar para fortalecer el alma vacilante en la tentación de un hombre solo?

Entonces ¿por qué habló así? Por el motivo que ya expuse y por la rudeza de los discípulos, pues aún no tenían acerca de El la opinión que convenía. Pero entonces ¿por qué Pedro, a pesar de todo, lo negó? Es que Cristo no dijo: Para que no me niegues, sino para que no desfallezca tu fe; es decir para que no perezca del todo. Porque esto fue obra de Cristo, ya que el miedo todo lo destruye. Grande era el miedo. Fue grande, y grande lo descubrió el Señor interviniendo con su auxilio. Y lo descubrió grande, porque encerraba en sí una terrible enfermedad, o sea la arrogancia y el espíritu de contradicción. Y para curar de raíz esta enfermedad, permitió que tan gran terror invadiera a Pedro. Y era tan recia esta tempestad y enfermedad en Pedro, que no sólo contradijo a Cristo y al profeta, sino que aún después, como Cristo le dijera: En verdad te digo que esta noche antes del canto del gallo, me negarás tres veces, todavía Pedro le respondió: Aunque fuera necesario morir contigo yo no te negaré [Mateo 26:34,35]. Lucas añade que cuanto más Cristo le negaba, tanto más Pedro le contradecía.

¿Qué es esto, Pedro? Cuando Jesús decía: Uno de vosotros me va a entregar, temías por ti, no fuera a suceder que vinieras a ser traidor; y aunque de nada tenías conciencia, obligabas a un condiscípulo a preguntar al Señor; y ahora que el Señor claramente dice: Todos os escandalizaréis ¿le contradices, y no una vez sola, sino dos y muchas más? Así lo asegura Lucas. ¿Por qué le sucedió esto? Por su mucha caridad y el mucho gozo. Pues en cuanto se sintió liberado del miedo de llegar a ser traidor y conoció al que lo iba a ser, se expresaba con absoluta franqueza y libertad, y aun se levantó sobre los otros y dijo: Aunque todos se escandalicen, pero yo no me escandalizaré [Mateo 26:33]

Más aún: algo de ambición se ocultaba aquí. En la cena discutían quién era el mayor [Lucas 22:24]: ¡hasta ese punto los sacudía esa enfermedad! Por lo cual Cristo lo corrigió. No porque lo empujara a las negaciones ¡lejos tal cosa! sino solamente retirándole su auxilio y dejando que se mostrara la humana debilidad. Advierte cuan humilde fue en adelante Pedro. Después de la resurrección, cuando preguntó a Jesús: Y éste ¿qué? [Juan 21:21] recibió una reprensión, pero ya no se atrevió a contradecir, como ahora, sino que guardó silencio. Y lo mismo, también después de la resurrección, cuando oyó a Jesús decir: No os incumbe a vosotros conocer los tiempos y las circunstancias [Hechos 1:7], de nuevo calló y no contradijo. Y más tarde, cuando en el techo de la casa, con ocasión del lienzo, oyó la voz que le decía: Lo que Dios ha purificado, cesa tú de llamarlo impuro [Hechos 10:15], aunque no veía claro qué podía significar aquello, estuvo quieto y no discutió.

Todo este fruto lo logró aquel pecado. Antes de la caída, todo lo adscribe a sus fuerzas y dice: Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré.  Aunque fuere necesario morir contigo, no te negaré. Lo conveniente era decir: “Si disfruto de tu gracia.”  En cambio, después procede del todo al contrario y dice: ¿Por qué fijáis en nosotros los ojos, como si con nuestro poder y santidad hubiéramos hecho andar a éste? [Hechos 3:12] Gran enseñanza recibimos aquí: que no basta con el fervor del hombre sin la gracia de lo alto; y también que en nada puede ayudarnos la gracia de lo alto, si no hay la prontitud de nuestra voluntad. Esto lo esclarecen los ejemplos de Pedro y Judas. Judas, aun ayudado de gran auxilio de parte de la gracia, ningún provecho sacó, porque no quiso ni puso lo que estaba de su parte. Pedro, en cambio, aun con toda su buena voluntad, destituido del auxilio divino, cayó. Es que la virtud se entreteje con ambos elementos.

En consecuencia, os ruego que no lo dejemos todo a Dios y nos entreguemos al sueño, ni tampoco nos entreguemos al activismo pensando en que nuestros propios trabajos llevarán todo a buen término. No quiere Dios que permanezcamos inactivos. Por esto no lo hace todo El. Pero tampoco nos quiere arrogantes. Por lo mismo no nos lo dio todo. Quitando lo malo que hay en ambos extremos, dejó lo útil. Permitió que el príncipe de los apóstoles cayera para hacerlo más modesto y llevarlo a mayor caridad. Pues dijo: Aquel a quien más se le perdonare más amará [Lucas 7:47].

Obedezcamos a Dios en todo. No le discutamos lo que nos dice, aun cuando nos diga lo que parezca contrario a nuestra razón e inteligencia: prevalezcan sus palabras sobre nuestra razón e inteligencia. Procedamos así en los misterios, sin atender únicamente a lo que cae bajo el dominio de nuestros sentidos, sino apegándonos a sus palabras. Sus palabras no pueden engañar. En cambio, nuestros sentidos fácilmente se engañan. Su palabra nunca es inoperante; pero nuestros sentidos muchas veces se engañan. Puesto que El dijo: Este es mi cuerpo, obedezcamos, creamos, con ojos espirituales contemplémoslo. No nos dio Cristo algo simplemente sensible, sino que en cosas sensibles todo es espiritual. Así en el bautismo, por la materialidad del agua, se concede el don; pero el don y efecto es espiritual, o sea una generación o regeneración o renovación. Si tú fueras incorpóreo, te habría dado esos dones espirituales a la descubierta; pero, pues el alma está unida al cuerpo, mediante cosas sensibles te da Dios los dones espirituales.

¡Cuántos hay ahora que dicen: Yo quisiera ver su forma, su figura, su vestido, su calzado! Pues bien: lo ves, lo tocas, lo comes. Querrías tú ver su vestido; pero él se te entrega a sí mismo no únicamente para que lo veas, sino para que lo toques, lo comas, lo recibas dentro de ti. En consecuencia, que nadie se acerque con repugnancia, nadie con tibieza, sino todos fervorosos, todos encendidos, todos inflamados. Si los judíos comían el cordero pascual de pie, calzados, con los báculos en las manos, aprisa, mucho más conviene que tú te llegues vigilante y despierto. Porque ellos debían salir hacia Palestina y por lo mismo estaban en hábito de viajeros; pero tú tienes que viajar hacia el cielo.

Conviene en consecuencia continuamente vigilar, pues no es pequeño el castigo que amenaza a quienes indignamente comulgan. Considerando lo mucho que te indignas contra el traidor y contra los que crucificaron a Cristo, guárdate de ser reo del cuerpo y sangre de Cristo. Aquéllos destrozaron el cuerpo sagrado; y tú, tras de tan grandes beneficios recibidos, lo recibes en tu alma en pecado. Porque no le bastó con hacerse hombre, ser abofeteado, ser muerto, sino que se concorpora con nosotros no únicamente por la fe, sino constituyéndonos en realidad cuerpo suyo.

Pues entonces ¿cuánta pureza debe tener quien disfruta de este sacrificio? ¿Cómo tiene que ser más pura que los rayos del sol la mano aquella que divide esta carne, la boca que se llena de este fuego espiritual, la sangre que se tiñe con sangre tan tremenda? ¡Piensa en la alteza de honor a que has sido encumbrado y de qué mesa disfrutas! Con aquel que los ángeles ven y tiemblan y no se atreven a mirarlo sin terror a causa del fulgor que de ahí dimana, con ese nos alimentamos, con ese nos concorporamos, y somos hechos un cuerpo y una carne de Cristo.

¿Quién contará las proezas del Señor, hará oír todas sus alabanzas? [Salmos 105:2 LXX] ¿Qué pastor hay que nutra a sus propias ovejas con sus propios miembros? ¿Qué digo pastor? Con frecuencia hay madres que después del parto entregan sus hijos a otras mujeres para que los alimenten y nutran. Pero Cristo no sufrió esto, sino que con su propia sangre nos nutre y en toda plenitud nos une consigo. Considera que nació de nuestra substancia. Dirás que esto no interesa a todos. Pues bien, con toda certeza interesa a todos. Porque si vino a nuestra naturaleza, vino para todos; y si para todos, luego también para cada uno.

Preguntarás: entonces ¿cómo es que no todos sacaron fruto? No se ha de achacar eso a quien en favor de todos eligió venir así, sino a ellos que no quisieron aprovecharse. El por su parte, mediante este misterio, se une con cada uno de los fieles; y a los que una vez ha engendrado los nutre y no los entrega a otro, y con esto te demuestra haber vestido tu carne. En consecuencia, no seamos desidiosos, pues tan gran amor se nos ha concedido, honor tan excelente. ¿No habéis visto con cuánto anhelo los infantes aplican sus labios a los pechos de su madre? Pues con igual anhelo acerquémonos a esta mesa y a este pecho de espiritual bebida. O mejor aún, con mayor anhelo, a la manera de infantes en lactancia, para extraer de ahí la gracia del Espíritu Santo: no tengamos otro dolor que el de vernos privados de este espiritual alimento. Estos misterios no son obra humana. El mismo que en aquella cena instituyólos, es el que ahora los obra. Nosotros poseemos la ordenación ministerial, pero quien los santifica y trasmuta es El mismo.

En consecuencia, que no se acerque ningún Judas, ningún avaro. Si alguno no es de los discípulos, apártese: ¡no soporta esta mesa a quienes no lo son! Con mis discípulos, dice Cristo, como la cena pascual [Mateo 26:18]. Nada tiene menos esta mesa que aquélla; pues no la prepara allá Cristo y acá un hombre, sino que ambas las prepara Cristo. Este es ahora el cenáculo aquel en donde ellos estaban; de aquí salieron al monte de los olivos. Nosotros de aquí salgamos hacia las manos de los pobres, pues las manos de ellos son el monte de los olivos. La multitud de los pobres es los olivos plantados en la casa del Señor, que destilan el óleo; el óleo que en la vida futura nos será de utilidad; el óleo que las cinco vírgenes prudentes tuvieron, mientras que las otras cinco que no se proveyeron, por eso perecieron. Provistos de él entremos aquí, para poder acercarnos al Esposo con las lámparas encendidas y refulgentes. Provistos de él salgamos de aquí. No se acerque, pues, ningún cruel, ningún inmisericorde, ninguno plenamente impuro.

Digo esto para vosotros los que tomáis los misterios y también para vosotros los que los repartís. Porque es necesario dirigirnos también a vosotros, a fin de que con gran diligencia distribuyáis este don. No leve suplicio os está preparado si admitís a participar en esta mesa a alguno que conocéis como perverso. La sangre de Cristo se exigirá de vuestras manos [Ezequiel 33:8]. Aunque se trate de un estratega o de un prefecto o aun del mismo que lleva ceñida la cabeza con la diadema, si se acerca indignamente, apártalo: mayor poder tienes tú que él. Si se te hubiera encargado la custodia de una limpia fuente destinada al rebaño y advirtieras la boca de alguna oveja manchada de cieno, no le permitirías que inclinara la cabeza para beber y enlodara el caudal.

Pues bien, no se te ha señalado la guarda de una fuente de aguas, sino de sangre y de espíritu; de manera que si vieres que se acercan gentes manchadas de pecados, que son más asquerosos que la tierra y el lodo, y no te indignares y no las apartares ¿qué perdón merecerás? Para esto os distinguió Dios con honor semejante, para que así separéis a los pecadores. Esta es vuestra honra; ésta, vuestra seguridad; ésta, vuestra corona; y no el andar de un lado para otro, revestidos de blanca y refulgente túnica.

Preguntarás: ¿cómo puedo yo discernir a unos de otros? Yo no me refiero a los pecados ocultos, sino a los públicos. Y voy a decir algo más escalofriante aún: no es tan grave dejar dentro de la iglesia a los energúmenos como lo es el dejar a éstos que señala Pablo que pisotean a Cristo y tienen por común y vil la sangre del Testamento e injurian la gracia del Espíritu Santo [Hebreos 10:29]. Quien ha pecado y se acerca, es peor que un poseso. Al fin y al cabo, el poseso, agitado del demonio, no merece castigo; pero el pecador, si indignamente se acerca, será entregado a los suplicios eternos.

Rechacemos no solamente a ésos, sino a cuantos veamos que indignamente se acercan. Nadie que no sea discípulo se acerque. Ningún Judas comulgue, para que no sufra el castigo de Judas. Cuerpo es de Cristo también esta multitud. Cuida, pues, tú que repartes los misterios, de no irritar al Señor si no limpias este cuerpo: ¡no le suministres espada en vez de alimento! Aun cuando alguno se acerque a la comunión por ignorancia, apártalo, no temas. Teme a Dios y no a los hombres. Si temes al hombre, él mismo se reirá de ti; si temes a Dios, también los hombres te reverenciarán. Y si tú no te atreves, tráelo a mí. Yo no toleraré semejante atrevimiento. Antes perderé la vida que entregar a un indigno la sangre del Señor. Antes derramaré mí sangre que dar esa sangre tremenda a quien es indigno. Pero si después de larga y seria investigación no lo encuentras indigno, libre quedas de pecado.

Queda dicho esto para los pecadores públicos. Pues si a éstos corregimos, pronto nos dará Dios a conocer los otros que no conocemos. Pero si toleramos a los que conocemos ¿por qué nos ha de dar Dios a conocer a los desconocidos? Todo esto lo digo, no para que simplemente apartemos a ésos y los mantengamos separados, sino para que, enmendados, los tornemos al redil, a fin de cuidar también de ellos. De este modo nos haremos propicio a Dios y encontraremos muchos que dignamente comulguen; y recibiremos abundante recompensa de nuestro empeño solícito en favor de los demás. Ojalá todos la obtengamos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“También había algunas mujeres mirando de lejos …” (Marcos 15:22-25,33-41)

Vue depuis la Croix(Vista desde la Cruz, James Tissot (francés, 1886-94)

Vue depuis la Croix, James Tissot (1886-94)

Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó. Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno. Era la hora tercera cuando le crucificaron.

Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle. Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
27:33 15:22 23:33 19:17-18
27:34 15:23  19:28-30
27:35-36 15:24 23:34-35 19:23-24
15:25
27:45 15:33 23:44-45
27:20-21 15:11  23:18-19 18:40
27:46-47 15:34-35
27:48-49 15:36 22:36-37
27:50 15:37 22:46 19:30
27:51 15:38 23:45
27:54 15:39 22:47
27:55-56 15:40-41

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Y estaban ahí María Magdalena y la otra Marta, sentadas frente al sepulcro [Mateo 27:61]. ¿Por qué permanecen ahí sentadas? Pues aún nada sublime ni grande sabían de Jesús, y por eso acudieron luego con ungüentos. Lo hacían en espera de que, si se aplacaba el furor de los judíos, podrían ellas acercarse y saciar su anhelo de embalsamarlo. ¿Observas la fortaleza de estas mujeres? ¿Adviertes su cariño a Cristo? ¿Ves su liberalidad en los gastos, hasta ponerse en peligro de muerte? ¡Imitémoslas, oh varones! No abandonemos a Jesús en las pruebas. Gastaron ellas de sus haberes generosamente para embalsamar aquel cadáver, llegando hasta poner en peligro su vida. En cambio, nosotros (pues repetiré lo mismo) ni lo alimentamos cuando está hambriento, ni lo vestimos cuando está desnudo; y si lo vemos que pide limosna, pasamos de largo y aprisa.

Ciertamente, si viéramos a Cristo en persona, sin duda cada cual le daría de lo suyo en abundancia. Pues bien: ahora es El mismo. Porque dijo: Yo soy. Entonces ¿por qué no le das lo tuyo todo? Ahora lo oyes que dice: Conmigo lo hacéis. No interesa que des a éste o a ese otro; pues no harás menos que las mujeres aquellas que entonces sustentaban al Señor, sino mucho más. No os conturbéis por esto. Claro que no es lo mismo alimentar al Señor presente en persona (pues aun un corazón de piedra se movería a ello), a ayudar, por solas las palabras de Cristo, a un pobre mutilado y encorvado. En el caso de Cristo aun la sola dignidad y aspecto del que se nos presenta, nos atrae; en cambio en el caso del pobre se te da íntegro el premio de la misericordia.

Por lo demás, mayor prueba es de respeto y reverencia para con Cristo el ayudar en todo a un consiervo por solas las palabras de Cristo. Ayuda, pues, a los pobres y fíate del que recibe y dice: A mí lo diste. Si no fuera a El a quien lo das, no te recompensaría ni te retribuiría con el reino. Tampoco te echaría a la gehena, si no fuera a El a quien tú desprecias en el pobre, cuando desprecias a un hombrecillo vil cualquiera. Pero como El es el despreciado, por esto el pecado es muy grave. En su caso Pablo a El perseguía, por lo cual Cristo le dice: ¿Por qué me persigues? [Hechos 9:4]

En consecuencia, cuando damos limosna, pensemos que la damos a Cristo; porque sus palabras merecen más fe que lo que por los sentidos percibimos. Cuando veas a un pobre acuérdate de que dijo que era El mismo el alimentado. Aunque aquel que pide no sea personalmente Cristo, pero bajo su disfraz El es el que pide y recibe. Avergüénzate cuando no des al que te pide: es cosa de vergüenza, y merece pena y castigo. Que El pida es fruto de su bondad, del que convendría que nos gloriáramos. Que tú no le des es fruto de tu crueldad. Si tú ahora no crees que lo pasas de largo cuando desprecias a uno de los fieles pobres, ya lo creerás cuando El te saque al medio y te diga: Cuando no lo hicisteis con uno de éstos, conmigo no lo hicisteis [Mateo 25:45]. Pero ojalá nunca oigas semejantes expresiones. Ojalá que ahora creyendo en sus palabras, fructifiquéis y oigáis entonces aquella otra palabra que os introduzca en el reino.

Quizá diga alguno: Todos los días nos hablas de la limosna y de la misericordia. Pues bien: ¡no cesaré de hacerlo! Aun en el caso de que entre vosotros todo eso anduviera bien, no convendría cesar de hablaros de ello, para que no por eso cayerais en alguna negligencia. Sin embargo, si todo anduviera bien, yo insistiría menos. Pero siendo así que no habéis llegado ni a la mitad de lo que conviene, echaos la culpa a vosotros mismos y no a mí. Al quejaros de esto, procedéis como un niño que oye continuamente alfa, pero no aprende esa letra; y luego se queja ante el maestro de que continuamente y sin descanso se la esté repitiendo. ¡Vamos! ¿Quién por mis exhortaciones se ha vuelto más diligente en dar limosna? ¿quién ha derrochado sus dineros? ¿quién ha distribuido entre los pobres

la mitad, la tercera parte de sus haberes? ¡Nadie! Entonces ¿cómo no sería absurdo que, pues vosotros no aprendéis, os empeñarais en que nosotros nos abstuviéramos de enseñar? Debería hacerse lo contrario: que si nosotros quisiéramos abstenernos, vosotros nos detuvierais diciendo: ¡todavía no aprendemos esto! ¿por qué dejas de enseñarnos y amonestarnos?

Si alguno estuviera enfermo de los ojos y yo fuera su médico; y al no aprovechar con emplastos, ungüentos y demás remedios aplicados, me marchara ¿acaso el enfermo no se acercaría a las puertas de mi clínica y me daría voces y me acusaría de grave descuido, pues continuando la enfermedad yo me apartaba?

Ysi así acusado, yo respondiera: Ya os puse una cataplasma, ya te ungí ¿lo soportaría el enfermo? Sin duda que no. Sino que al punto me diría: ¿Qué utilidad saco yo de eso, pues continúo enfermo? Pensad del mismo modo acerca del alma.

Y si acaso cuando una mano enferma, entorpecida, contraída, no hubiera logrado sanar mediante continuos fomentos ¿acaso no se me acusaría de modo semejante? Pues ahora en nuestro caso, estamos medicinando y atendiendo una mano contraída y seca. Por consiguiente, hasta que no la veamos extendida, no desistiremos de atenderla. Y ojalá también vosotros no habléis ni tratéis de otra cosa en el hogar, en el foro, en la mesa, en la noche; más aún, hasta entre sueños. Porque si continuamente meditáramos con cuidado en esto durante la vigilia, aun entre sueños en esto nos ocuparíamos.

Pero en fin, ¿qué es lo que dices? ¿Que yo continuamente predico acerca de la limosna? Bien quisiera yo que entre vosotros ya no fuera necesaria una exhortación semejante, sino predicar combatiendo contra los judíos y gentiles y contra los herejes. Pero a quienes aún están débiles, ¿quién podrá revestirles la armadura y sacarlos a la batalla, cuando aún están heridos y cubiertos de llagas? Si yo os viera en plena salud, ya o? hubiera conducido a la lucha; y apoyados en la gracia de Dios, habríais contemplado los infinitos montones de cadáveres y muchas cabezas cortadas.

Por lo demás, ya en otros tratados abundantemente hemos escrito acerca de esa materia; y a pesar de todo, tampoco acá podemos celebrar una completa victoria a causa de vuestra desidia que reina entre muchos. Pues los enemigos, largamente vencidos en la explicación de los dogmas, nos echan en cara y nos reprenden el modo de vivir de muchos de los que nos rodean y las heridas y las enfermedades de las almas de éstos. ¿Cómo, pues, podemos sacaros confiadamente al combate, cuando a nosotros mismos nos causáis molestias al ver cómo los enemigos os hieren y os burlan?

Tiene uno su mano enferma y contrahecha para dar limosna. ¿Cómo podrá sostener el escudo y herir sin que lo hieran los adversarios con crueles sarcasmos? Otros andan cojos de los pies, como son los que se van al teatro y a las casas de asignación de mujeres perdidas. ¿Cómo podrán éstos presentarse a la batalla sin que se les hiera echándoles en cara acusaciones de lascivia? Otro anda enfermo de los ojos y casi ciego y no ve correctamente, sino que anda harto de lascivia y acometiendo el pudor de las mujeres y poniendo asechanzas a los matrimonios. ¿Cómo podrá éste tal clavar los ojos en los enemigos, vibrar la lanza, lanzar los dardos, cuando de todos lados a él lo hieren con dicterios?

Los hay que se duelen del vientre no menos que los hidrópicos, pues están entregados a la gula y a la embriaguez. ¿Cómo podré yo sacar a la batalla a esos ebrios? Al otro se le ha podrido la boca, como son los iracundos, los pleitistas, los blasfemos. Pero quien tal es ¿cuándo podrá lanzar el grito valeroso de guerra en el combate y llevar a cabo alguna hazaña grande y generosa, estando, como está, ebrio con cierto género de embriaguez y da a los adversarios abundante materia de burla.

Por tal motivo yo cada día recorro todo este ejército, curando las heridas y procurando sanar las llagas. Si alguna vez al fin estáis despiertos y aptos y prontos para herir al enemigo, entonces os enseñaré el arte táctico y os instruiré sobre cómo manejar estas armas. O mejor dicho, vuestras obras mismas serán las armas, y todos los adversarios rápidamente sucumbirán si fuereis mansos, modestos, misericordiosos; si olvidáis las injurias, si demostráis poseer las demás virtudes. Y si algunos contradicen, entonces haremos lo que esté de nuestra parte y os sacaremos al medio a la pelea. Por ahora incluso nos vemos impedidos en semejante carrera, por lo que toca a vosotros.

Te ruego que consideres esto. Decimos nosotros que Cristo llevó a cabo grandes cosas, puesto que de los hombres hizo ángeles. Pero cuando los adversarios exigen pruebas y nos piden que íes mostremos algún ejemplar de los de este rebaño, que sea tal como ángel, tenemos que enmudecer. Pues temo yo no sea que en vez de ángeles, saque, como de una zahúrda, cerdos o garañones alborotados que corren en pos de las yeguas. Sé bien que esto os molesta. Pero no lo digo por todos, sino por los que son reos de pecados semejantes. Más aún en contra de ellos, pues si se enmiendan lo digo en favor de ellos. Por ahora, todo se ha arruinado, todo está corrompido y en nada difiere el templo de un establo de bueyes o de asnos o de camellos: ¡voy en torno buscando una oveja, y no logro ver ni una sola! En tal forma todos tiran coces, como si fueran caballos u onagros; y llenan este sitio y lo colman de estiércol: ¡tan sucias son sus conversaciones! ¡Si tú pudieras saber todo lo que en cada reunión platican hombres y mujeres, encontrarías que tales pláticas son más inmundas, con mucho, que el estiércol!

Os suplico que corrijáis esta mala costumbre, a fin de que el templo respire aroma de ungüento. Porque ahora ponemos en la iglesia sensibles timiamas, pero no ponemos mucho cuidado en esa otra espiritual inmundicia, para purificarla y echarla de aquí. ¿Qué utilidad se sigue entonces? No mancharíamos tanto el templo amontonando en él estiércol, como lo manchamos con semejantes mutuas conversaciones acerca del lucro, de las negociaciones, de las ventas, de cuantas cosas para nada nos interesan, cuando convenía que aquí asistieran coros de ángeles y hacer de la Iglesia un cielo, y que solamente se escucharan aquí súplicas, oraciones continuas, y silencio y atención se prestara.

Por lo menos ahora practiquemos esto, tanto para que se purifiquen nuestras vidas, como para conseguir los bienes eternos que nos están prometidos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXVIII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)