“El reino de Dios entre vosotros está” (Lucas 17:20-25)

Habiéndole preguntado los fariseos cuándo vendría el reino de Dios, Jesús les respondió, y dijo: El reino de Dios no viene con señales visibles, ni dirán: “¡Mirad, aquí está!” o: “¡Allí está!” Porque he aquí, el reino de Dios entre vosotros está. Y dijo a los discípulos: Vendrán días cuando ansiaréis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Y os dirán: “¡Mirad allí! ¡Mirad aquí!” No vayáis, ni corráis tras ellos. Porque como el relámpago al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro extremo del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día. Pero primero es necesario que El padezca mucho y sea rechazado por esta generación.

 

La Búsqueda de la Felicidad

 

CADA UNO DE NOSOTROS quiere para sí mismo el bien, la felicidad. El Señor nos dió la tierra, para que habitemos en ella alegremente, para que bienaventuremos, para que participemos de la gloria de Dios. Sin embargo, frecuentemente solemos escuchar que nuestra vida no nos trae ninguna alegría. Día a día nos levantamos, trabajamos y nos cansamos; siempre la misma rutina, todo nos cansa, estamos aburridos, y vemos todo gris alrededor nuestro. Realmente si nos miramos, vemos que todo el día nos gestionamos, nos preocupamos, nos ofendemos, nos irritamos, nos peleamos por pequeñeces y nos sentimos desgraciados, innecesarios y solos. Resultamos ser desgraciados, ya que somos esclavos de las cosas materiales, y vivimos mecánicamente, dependemos de las circunstancias que atravesamos. Ponemos toda nuestra energía en cosas insignificantes, las cuales hoy están, y mañana pueden no estar.

Esta vida inestable y transitoria, con sus ofensas, sus pecados de juzgar al prójimo, y sus envidias, la tomamos como nuestra vida real. Irritándonos y ofendiéndonos, perdemos la paz en nuestro corazón, y nos cargamos de oscuridad. Todo nos desagrada, nuestros amigos parecen ser enemigos, hasta la luz del sol no nos ilumina, y los pájaros no cantan para nosotros. Estando en esta situación nos ocultamos a nosotros mismos nuestra propia fuente de bien, y de alegría. No vemos el bien ni en nosotros, ni en los demás. Todo nos parece malo. Pero ¿Dónde está el problema? ¿Qué es lo que arruina tanto nuestras vidas? Vivimos con los corazones oscurecidos. Tomamos la victoria temporal de las fuerzas oscuras, ese estado pecador de nuestras almas, como algo verdadero, como algo original nuestro. Caminamos por la oscuridad, y el que camina por la oscuridad se tropieza. Tenemos adjuntos los pecados del mal: el pecado de juzgar a los demás, el de irritación y el de odio, lo que nos convierte en poco pacíficos. Cuando nos relacionamos con otras personas que internamente no tienen paz, provocamos la separación y el alejamiento al uno del otro. Al sentir la separación, sentimos el mal y la desgracia, y realmente sufrimos.

¿En la vida cotidiana, dónde está el bien y la alegría? ¿Cómo iluminar nuestra vida? ¿Cómo encontrar el sendero hacia la luz? El Señor es fuente de luz y de alegría, y el maligno nos trae la oscuridad. Somos esclavos del maligno. Nuestro enemigo nos trae oscuridad a nuestro corazón, y en medio de la oscuridad tomamos la vida equivocadamente. La oscuridad de nuestro corazónaltera nuestra vida. Realizamos pasos inciertos, decimos cosas innecesarias, hacemos movimientos poco seguros, dejamos de ver la verdadera cara de la persona, y la valoramos incorrectamente, tomando su estado temporal como su verdadera existencia. Tomando lo acumulado como algo válido, nos encontramos en un estado que nos lleva a la desgracia mutua y a la separación. Nuestros ancestros fueron creados sin pecado. Debido a los tiempos de caída espiritual, es como que el pecado entra en nuestra composición natural, se nos adhiere y nos tiene cautivos. Tenemos todo ligado al pecado, y mediante el pecado perdemos la alegría de la vida.

La vida cotidiana es el medio para formar la verdadera vida. Nosotros al medio lo convertimos en el objetivo. Nuestros pasos reales, que se desprenden de lo irreal, llevan consigo el mal, la pena y el sufrimiento. Caminamos como si estuviésemos en un sueño, y cargados por la oscuridad y las pasiones, miramos y vemos solo la oscuridad. El maligno no nos deja ver la luz. Somos instrumentos ciegos de las fuerzas oscuras, por lo cual sufrimos. No somos creadores de la vida, sino que somos esclavos suyos.

¿Cómo hay que ser? Hay que abrir los ojos. Recibir la vida buena, ya que es algo posible. Tan solo hay que usar las fuerzas para poder recibir este tesoro. Este tesoro está en nosotros mismos, y en los que nos rodean.

Queremos vivir felices y bien. Pero ¿qué hacemos para lograr esto? Hasta las oraciones de la mañana, y las de la noche no nos dejan ver nuestro estado de perdición. Es imprescindible que entendamos el sentido de la oración, entonces encontraremos el reconocimiento de nuestros pecados, y reconoceremos la misericordia de Dios. Estas oraciones definen toda nuestra vida y sus acciones, ellas nos indican que tenemos que hacer, y que es lo que tenemos que evitar.

En las oraciones de noche, y en las de la mañana estamos parados ante el rostro de Dios, y nos miramos a nosotros mismos. Estas oraciones nos descubren a nosotros mismos. Es importante que lo poco que nos espera en el día, lo iluminemos con la razón divina.

Nuestra alma está creada para la eternidad, pero nosotros completamente no nos preocupamos por ella. Tratamos de adquirir todos los tesoros posibles, excepto el tesoro de la eternidad. Somos malos comerciantes, y valoramos barato nuestra alma. Pero sin embargo no hay nada más valioso que nuestra alma. Solo compramos aquello que no tiene ningún valor en la eternidad, y aquello que va a la eternidad no lo adquirimos. Esto pasa por que tenemos todo confundido, todos los valores están transgredidos: el pecado nos nubló el valor real de las cosas. Cuando realmente sintamos toda la falsedad, y lo incorrecta que es nuestra vida, entonces se realizará la verdadera adquisición. La persona ante la luz Divina empezará a arreglar el desorden de su vida, y tenderá al bien y a la eternidad.

Es importante que cada día no se valla vacío a la eternidad, hay que encontrar lo valioso en la vida de cada día. Cada día se nos da para sacar aunque sea un mínimo de aquel bien, aquella alegría que esencialmente es la eternidad, y la cual irá con nosotros a la vida futura. Para extraer lo valioso de cada día, hay que relacionarse creativamente con cada momento de nuestra vida. Con el espíritu creador podemos superar nuestra inercia, liberarnos de la oscuridad de la pasión que nos gobierna. La victoria sobre el pecado nos lleva a percibir la paz alegremente, a conocer a Dios, y lleva consigo la formación de la vida real, a la cual, en esencia, es llamado el hombre.

¿Cómo llegar a esta vida creativa? La fuente de nuestra vida es nuestro corazón. Nuestro corazón es el campo de lucha entre el maligno y Dios, y esta lucha sucede a cada hora, y a cada minuto. Hay que estar todo el tiempo en guardia, vigilando el corazón, entender las maquinaciones del diablo y rechazarlas. Entonces tendremos una relación creativa con cada momento de nuestra vida. Todo el tiempo estamos parados en el límite entre el bien y el mal. Depende de nuestra voluntad en que nos inclinemos al bien, o que sin fuerzas nos subordinemos al mal. El maligno nos quiere poseer, y nosotros tenemos que resistirnos. El maligno nos incita al pecado del bien solo aparente, y nos induce a aquello que no es bueno para nosotros. Él nos introduce el pecado con apariencia de alegría.

En cada persona hay más bondad que maldad, solo que el bien esta mezclado con el mal. Usted me dirá “¿Cómo es eso? ¿Por qué vemos en el otro tanto mal? Todo un mar de maldad.” Sí, el mal es un mar, pero el bien es un océano. El mal trepa en nosotros, se desprende por los ojos, y el bien esta escondido en nosotros, esta disperso, no esta totalizado. El mal es insolente, y el bien es modesto. El mal es la oscuridad, el pecado, nuestra falta de fuerza, la depravación, la desgracia y la muerte. El bien es la luz, la unión, la fuerza, el poder, la alegría y la vida espiritual.

El comienzo fastidioso de cada día, y de cada hora, se lo puede iluminar, hacerlo alegre, si es que tomamos de la vida el bien, la luz y el color. Debo dirigir la atención correctamente a la vida que me rodea. Si voy a encaminar mi ojo interno hacia la luz, entonces la podré ver. La atención es un acto grandioso de la vida espiritual. Lucha, esforzate en encontrar la luz, y la verás. Esta dicho:“Buscad, y hallaréis” (Mateo 7:7). Nuestra existencia esta llena con dos tercios de luz, pero esta luz interna no se nos manifiesta. Venciendo a la oscuridad, dejamos pasar la luz a nuestro corazón, es decir al Señor. Esto ya nos es un momento pasivo, sino que creador. Hay que revelar el espíritu creador. Creando una nueva vida podemos llegar a la Fuente de Luz, que todo lo ilumina.

El bien es eterno y proviene de Dios, y a Él se unirá. Este movimiento del bien hacia Dios, es la construcción del Reino de Dios en la tierra. Hay que esforzarse hacia el bien, y el bien solo se atraerá a nosotros. Yo voy al Padre, y el Padre viene hacia mi encuentro (parábola del hijo pródigo). Echando al maligno de nuestro corazón, liberamos allá un lugar para el Señor. El Señor entra en nuestro corazón y reina en él, con lo cual se construye el Reino de Dios. Es un bien real en la tierra, es el regocijo del Espíritu Santo. Entonces se abre en nosotros la vida celestial, lo ideal se vuelve real. Rezamos: “vénganos Tu Reino,” esto es algo real. La permanente lucha contra el pecado es un estado de luz, de santidad, que tiene como fuente al Espíritu Santo, de la Fuente de la Luz, que es Dios. Por eso el apóstol Pablo determina que: “No consiste el reino de Dios en el comer, ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo” (Romanos 14:17). En este estado el hombre se une a Dios, y siente la alegría del Espíritu Santo con toda su existencia. Esto se debe a que el hombre regresa a Dios, su Padre, a su casa.

La felicidad no se puede obtener mediante el pecado, quebrantando la Ley de la vida ¿Cómo empezar la lucha contra el pecado? Hay que encontrar la fuerza que derriba y deja sin fuerzas al pecado. Hay que unirse a la Fuente de fuerza del bien, a Dios, dirigiéndonos hacia Él con oraciones, para que nos ayude, ya que nos domina la fuerza del pecado que deja sin fuerzas nuestros esfuerzos, y sin ayuda de Dios no estamos en condiciones de cambiar nuestra naturaleza pecadora.

El Señor está cerca, viene al encuentro, y ayuda. Con un pequeño llamado a Dios, con las palabras: “Señor, ayúdame,” en un momento que prevalezca sobre nosotros la fuerza oscura, llamamos a nuestra vida de la inexistencia hacia la existencia. Llamar a Dios es un acto de la voluntad, llamar a la Fuente de luz. El acto de llamar a Dios en los momentos de oscuridad del corazón (irritación, rencor, envidia u otra pasión), diciendo las palabras: “Señor, ayúdame,” disminuye las distancias entre la tierra y el cielo. En respuesta al llamado, desciende del Cielo la ayuda, que llega directo al corazón, con un rayo de luz que ilumina la oscuridad, y la dispersa. Pensar en Dios es la acción del Espíritu Santo dentro de nosotros. Llamando a Dios, con la voluntad pasamos a otro campo de la vida, esto es un acto espiritual, que se une con la luz divina. Invocando a Dios, Verbo de la oración, recibimos en respuesta la luz divina, que resulta ser la estrella que nos guía en nuestras vidas. Invita a actuar las fuerzas del bien, y en la persona se generan brotes de vida, en esta tierra helada e indiferente.

El momento de invocación a Dios es la guía de la luz en nuestra alma. Como si fuese poco decir: “Señor, ayúdame,” y ante nosotros es como que se abre el cielo con la morada de Dios, del cual se desprende la luz que llega hacia nosotros, y es como que solos entramos en la eternidad. La misma eternidad entra en nuestra vida, como un momento que nos acerca a la Fuente de luz. Esta luz junta nuestros granos del bien, en medio del caos del bien y del mal, característico de nuestra vida cotidiana. El Señor reina en nuestro corazón, y con esto se forma el Reino de Dios, que es de paz y de alegría.

En el proceso de lucha contra el pecado es como que solos renacemos: de irritados pasamos a ser dóciles, de mezquinos a generosos, de malos a buenos, de crueles a misericordiosos, de atareados con las vanidades a graduales. Se nos forman nuevos sentimientos y emociones. Se nos abren los ojos. La oscuridad de nuestro corazón se reemplaza por la luz, y esto es un milagro, que es la aparición de la fuerza divina. Esto es una renovación, apartar (quitar) a la persona vieja (pecadora) y formar una nueva persona, un nuevo ser, es una transfiguración. Lo eterno, lo celestial entra en nuestra vida, y con esto entramos a la eternidad. Al hombre se le da una enorme fuerza, con ayuda de Dios, que es la de cambiar la vida pecadora por una vida nueva. Construir el Reino de Dios en la tierra. El Espíritu Santo empieza a actuar en nosotros, los frutos del Espíritu son: “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio” (Gal. 5:22).Entonces cada persona se vuelve como si fuese creador de milagros, ya que vence al pecado, realiza un milagro, abriendo en sí mismo a Dios. Empezamos a ver todo el espejismo de nuestra vida.

Sin llamar a Dios, e ir tras Él, no podemos salir de la esclavitud de las cosas y de las situaciones, somos sus esclavos. En la medida de lo posible, hay que iluminar más frecuentemente nuestros días con los rayos de luz divina, abrir una especie de ventana al cielo, para que la luz celestial se vierta en nuestro corazón. Cuanto más tengamos estos momentos de iluminación, más iluminada de luz divina estará nuestra vida. El mundo va a adquirir su belleza verdadera, y el hombre su verdadera existencia, y va a sentir la alegría de la vida. El cristianismo no es una religión de penas, sino que una religión de alegría y bienaventuranzas. El apóstol Pablo dice: “Alégrense siempre” (1 Tesal. 5:16). Esto es el comienzo de aquella bienaventuranza, de la cual está dicho: “Lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento, lo tiene Dios preparado para aquellos que lo aman” (1 Corintios 2:9).

– Arzobispo Sergio Korolev de Praga (ruso), (tr. por Juan Vorobioff)

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/vida_espiritual_arzobispo_sergio.htm#_Toc38175934)

 


Dijo el padre Antonio: “Hay algunos que han martirizado su cuerpo con la ascesis y, por falta de discernimiento, se alejan de Dios.”

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto


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“Todas las generaciones me tendrán bienaventurada” (Lucas 1:39-49,56)

La imagen más antigua de la Virgen María, pintados por los cristianos perseguidos en Roma en los años 200, la Catacumba de Priscilla

La imagen más antigua de la Virgen María, pintada por los cristianos perseguidos en Roma en los años 200, la Catacumba de Priscilla

En esos días María se levantó y fue apresuradamente a la región montañosa, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando Elisabet oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz y dijo: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Por qué me ha acontecido esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque he aquí, apenas la voz de tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de gozo en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó que tendrá cumplimiento lo que le fue dicho de parte del Señor.

 

Entonces María dijo:

Mi alma engrandece al Señor,

Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; pues he aquí, desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán bienaventurada.

Porque grandes cosas me ha hecho el Poderoso; y santo es su nombre.

Y María se quedó con Elisabet como tres meses, y después regresó a su casa.

 

 

Lucas 1:39-49,56, La Biblia de las Américas

 


 

Comentario

 

Desde los primeros tiempos del Cristianismo, la Santísima Virgen María fue venerada por los cristianos por Sus grandes virtudes, por ser Ella la elegida Divina y por Su ayuda a los necesitados.

La glorificación de la Virgen María se inició desde el momento en que el Arcángel Gabriel la saludó con las palabras: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo! ¡Bendita Tú eres entre todas las mujeres!”, con las que le comunicó el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Con este mismo saludo y con el agregado de la frase: “Bendito es el fruto de tu vientre,” la recibió su prima, la santa Elizabeth, a la cual el Espíritu Santo le reveló que estaba ante la presencia de la Madre de Dios (San Lucas 1:28-42).

En la Iglesia cristiana, la veneración piadosa de la Santísima Virgen María se evidencia por la cantidad de festividades, con las cuales la Iglesia conmemora distintos acontecimientos de la vida de la Santísima Virgen.

Los grandes padres y maestros de la Iglesia componían en honor a la Virgen María cánticos de alabanzas, “Akathistos” (himnos de glorificación en los que hay permanecer de pie), pronunciaban palabras inspiradas… Teniendo en cuenta esta veneración devota de la Santísima Virgen, es gratificante y constructivo saber cómo vivía, cómo se preparaba y cómo alcanzó una altura espiritual como para convertirse en el receptáculo del Verbo de Dios.

Las escrituras del Antiguo Testamento, al predecir la Encarnación del Hijo de Dios, también se referían a la Virgen María. Así, la primera promesa de Expiación que le fue dada al hombre caído en el pecado incluye una profecía sobre la Santísima Virgen en las palabras de reproche dirigidas a la serpiente: “Y enemistad pondré entre tú y la Mujer y entre tu simiente y la Simiente Suya” (Génesis 3:15). La profecía sobre la Virgen María consiste en que el futuro Redentor se menciona aquí como Simiente de Mujer, mientras que en todos los otros casos se alude a los descendientes como simiente de algún antecesor masculino. El profeta Isaías aclara esta profecía, indicando que la Mujer que dará a luz al Mesías – Emanuel será virgen: “El propio Señor les dará la señal” les dice el profeta a los poco creyentes descendientes del rey David, “He aquí que, una Virgen llevará en su seno y concebirá a un Hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros” (Is. 7:14). Aunque la palabra “Virgen” le parecía inadecuada a los antiguos hebreos porque el nacimiento supone necesariamente una relación matrimonial, no osaron, sin embargo, reemplazar la palabra “Virgen” por otro término, como por ejemplo, “Mujer.”

– Obispo Alejandro Mileant (ortodoxo ruso), (tr. por Natalia Hasapov)

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/maria_s.htm)

 


Dijo el padre Antonio: “Vi tendidas sobre la tierra todas las redes del Maligno, y dije gimiendo: ‘¿Quién podrá escapar de ellas?’ Y oí una voz que me dijo: ‘La humildad.'”

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto


“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:25-35)

Cristo Pantocrator, Iglesia del Santo Sepulcro, Jerusalén

Cristo Pantocrator, Iglesia del Santo Sepulcro, Jerusalén

Grandes multitudes le acompañaban; y El, volviéndose, les dijo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque, ¿quién de vosotros, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo, para ver si tiene lo suficiente para terminarla? No sea que cuando haya echado los cimientos y no pueda terminar, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar.” ¿O qué rey, cuando sale al encuentro de otro rey para la batalla, no se sienta primero y delibera si con diez mil hombres es bastante fuerte como para enfrentarse al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación y pide condiciones de paz.

 

Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo. Por tanto, buena es la sal, pero si también la sal ha perdido su sabor, ¿con qué será sazonada? No es útil ni para la tierra ni para el muladar; la arrojan fuera. El que tenga oídos para oír, que oiga.

 

Lucas 14:25-35, La Biblia de las Américas

 


 

Explicación

 

Amándonos El con tan grande vehemencia, quiere ser de nosotros amado con la misma. Semejantes discursos levantaban el ánimo de los apóstoles y lo hacían más elevado. Porque se decían: si el vulgo ha de menospreciar a los parientes, hijos y padres ¿cuáles conviene que seamos nosotros que somos los maestros? Puesto que todas esas duras dificultades no se limitarán a vosotros, sino que pasarán a otros. Y pues viaje acá tan grandes bienes, exijo gran obediencia y cariño. El que ama al padre o a la madre más que a mí no es digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.

¿Has observado la autoridad del Maestro? ¿Ves cómo se muestra genuino Hijo del Padre, al ordenar que todo quede bajo sus pies y que a todo se anteponga su caridad? Pero ¿qué digo? Es como si dijera: si amigos y parientes y tu misma alma los antepones a mi amor, estás muy lejos de ser mi discípulo. Pero ¿acaso estas cosas no son contrarias a la Ley Antigua? ¡De ningún modo! Al revés: concuerdan muy bien con ella. Porque en ésta no solamente se odiaba a los idólatras, sino que se ordenaba lapidar al idólatra. Y en el Deuteronomio, admirándose de los que cultivan la verdad, se dice: El que dijo a su padre o su madre: no te conozco y a sus hermanos no consideró; y desconoció a su hijo por haber guardado tu palabra [Deuteronomio 33:9]. Y si Pablo da muchos preceptos acerca de los padres y manda que en todo se les obedezca, no te admires [Efesios 6:1]. Porque en todo eso, solamente manda que se les obedezca en lo que no se opone a la piedad para con Dios; y en todo lo demás es cosa santa procurarles todo honor. Pero cuando exigen más de lo que conviene, no se ha de obedecer. Por esto dice Lucas: Si alguno viene a Mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo. No manda simplemente aborrecer, cosa que sería el colmo de la iniquidad; sino que si ellos quieren que los ames más que a Mí, por este motivo aborrécelos. Lo contrario perdería al que ama y al amado.

Decía esto Cristo para hacer a los hijos más fuertes y a los padres que quieran servir de impedimento, más mansos. Así los padres, viendo que él tiene tanta fuerza y potestad que puede separarles y arrancarles a sus hijos, no intentarán lo que no debe ser, y desistirán. Y habla solamente con los hijos, dejando a un lado a los padres, a quienes aparta de sus inútiles pretensiones. Pero luego, para que éstos no se indignaran ni lo llevaran a mal, mira a dónde endereza su discurso. Una vez que dijo: El que no aborrece a su padre y a su madre, añadió: más aún: a su propia alma.

Como si dijera: ¿para qué me alegas que son tus padres, hermanos, hermanas o esposa? Nada hay más unido contigo que tu alma; y sin embargo, si no la aborreces, todo se volverá contra lo que tú amas. Y no ordenó simplemente aborrecerla, sino en tal forma que se la entregue a los combates, a las batallas, a la muerte y sangre. Pues dice: El que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. No dice tan sólo que ha de estar preparado a la muerte, sino a una muerte violenta, y no sólo violenta, sino ignominiosa.

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XXXV (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewe.htm#bi)

 


El padre Pambo preguntó al padre Antonio: “¿Qué debo hacer?” El anciano le dice: “No confíes en tu justicia, no te preocupes de lo que pasa y sé continente con la lengua y con el vientre.”

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto


“El buen pastor da su vida por las ovejas” (Juan 10:9-16)

Yo soy la puerta; si alguno entra por mí, será salvo; y entrará y saldrá y hallará pasto. El ladrón sólo viene para robar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el que es un asalariado y no un pastor, que no es el dueño de las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. El huye porque sólo trabaja por el pago y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen, de igual manera que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ésas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor.

 


Recordando a San Juan Crisóstomo, “Boca de Oro” (AD 349-407)

 

Mosaico del San Juan Crisostomo, Hagia Sofia, Constantinopla

Mosaico del San Juan Crisóstomo, Hagia Sofia, Constantinopla

“Violentas tempestades me acosan por todas partes dijo; pero no las temo, porque mis pies descansan sobre la roca. El mar rugiente y las gigantescas olas no pueden hacer naufragar la nave de Jesucristo. No temo la muerte, que considero como una ganancia; ni el destierro, porque toda la tierra es del Señor; ni la pérdida de mis bienes, porque vine desnudo al mundo y desnudo partiré de él.”

Este incomparable maestro recibió después de su muerte el nombre de Crisóstomo o Boca de Oro, en recuerdo de sus maravillosos dones de oratoria. Pero su piedad y su indomable valor son los títulos todavía más gloriosos que hacen de él uno de los más grandes pastores de la Iglesia. San Juan nació en Antioquía de Siria, alrededor del año 347. Era hijo único de Segundo, comandante de las tropas imperiales. Su madre, Antusa, que quedó viuda a los veinte años, consagraba su tiempo a cuidar de su hijo, de su hogar y a los ejercicios de piedad. Su ejemplo impresionó tan profundamente a uno de los maestros de Juan, famoso sifista pagano, que no pudo contener la exclamación: “¡Qué mujeres tan extraordinarias produce el Cristianismo!” Antusa escogió para su hijo los más notables maestros del Imperio. La elocuencia constituía en aquella época una de las más importantes disciplinas. Juan la estudió bajo la dirección de Libanio, el más famoso de los oradores de su tiempo, y pronto superó a su propio maestro. Cuando preguntaron a Libanio en su lecho de muerte quién debía sucederle en el cargo, respondió: “Yo habría escogido a Juan, pero los cristianos nos lo han arrebatado.”

De acuerdo con la costumbre de la época, Juan no recibió el bautismo sino hasta los veintidós años, cuando era estudiante de leyes. Poco después, junto con sus amigos Basilio, Teodoro (que fue más tarde obispo de Mopsuesta) y algunos otros, empezó a frecuentar una escuela para monjes, donde estudió bajo la dirección de Diodoro de Tarso y, el año 374, ingresó en una de las comunidades de ermitaños de las montañas del sur de Antioquía. Más tarde escribió un vívido relato de las austeridades y pruebas de esos monjes. Juan pasó cuatro años bajo la dirección de un anciano monje sirio, y después vivió dos años solo, en una cueva. La humedad le produjo una grave enfermedad, y para reponerse tuvo que volver a la ciudad, en 381. Este mismo año recibió el diaconado de manos de San Melecio. En 386, el obispo Flaviano le confirió el sacerdocio y le nombró predicador suyo. Juan tenía entonces alrededor de cuarenta años. Durante doce años, desempeñó este oficio y cargó con la responsabilidad de representar al anciano obispo. Juan consideraba como su primera obligación el cuidado y la instrucción de los pobres, y jamás dejó de hablar de ellos en sus sermones y de incitar al pueblo a la limosna. Según los propios cálculos del santo, Antioquía tenía entonces unos cien mil cristianos y otros tanto paganos. Juan les alimentaba con la palabra divina, predicando varias veces por semana y aun varias veces al día en algunas ocasiones.

Cuando el emperador Teodosio I se vio obligado a imponer un nuevo tributo a causa de la guerra con Magno Máximo, los antioquenses se rebelaron y destrozaron las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa, sin que los magistrados pudiesen impedirlo. Pero pasada la tempestad, el pueblo empezó a reflexionar en las posibles consecuencias de sus actos, y el terror se apoderó de todos, y aumentó cuando se presentaron en la ciudad dos oficiales de Constantinopla que venían a imponer el castigo del emperador al pueblo. A pesar de su edad, el obispo Flaviano partió bajo la más violenta tempestad del año, a pedir clemencia al emperador, quien, movido a compasión, perdonó a los ciudadanos de Antioquía. Entre tanto, San Juan había estado predicando la más notable serie de sermones en su carrera, es decir, la veintiuna famosa homilías “De las estatuas.” En ellas se manifiesta la extraordinaria comunicación que el orador creaba con sus oyentes y la conciencia que tenía del poder de su palabra para hacer el bien. No hay duda de que la cuaresma del año 387, en la que San Juan Crisóstomo predicó esas homilías, modificó el curso de su carrera y que, a partir de ese momento, su oratoria se convirtió, aun desde el punto de vista político, en una de las grandes fuerzas que movían el Imperio. Después de la tormenta, el santo continuó su trabajo con la energía de siempre; pero Dios le llamó pronto a glorificar su nombre en otro puesto, donde le reservaba nuevas pruebas y nuevas coronas.

A la muerte de Nectario, arzobispo de Constantinopla, en el 397, el emperador Arcadio, aconsejado por Eutropio, su ayuda de cámara, resolvió apoyar la candidatura de San Juan Crisóstomo a dicha sede. Así pues, dio al conde d´Este la orden de enviar a San Juan a Constantinopla, pero sin publicar la noticia para evitar un levantamiento popular. El conde fue a Antioquía; ahí pidió al santo que le acompañase a las tumbas de los mártires en las afueras de la ciudad, y entonces dio a un oficial la orden de transportar al predicador lo más rápidamente posible a la ciudad imperial, en un carruaje. El arzobispo de Alejandría, Teófilo, hombre orgulloso y turbulento, había ido a Constantinopla a recomendar a un protegido suyo para la sede, pero tuvo que desistir de sus intrigas, y San Juan fue consagrado por él mismo, el 26 de febrero del año 398.

En la administración de su casa, el santo suprimió los gastos que su predecesor había considerado necesarios para el mantenimiento de su dignidad, y consagró ese dinero al socorro de los pobres y la ayuda a los hospitales. Una vez puesta en orden su casa, el nuevo obispo emprendió la reforma del clero. A sus exhortaciones, llenas de celo, añadió las disposiciones disciplinarias, aunque es preciso reconocer que, por necesarias que éstas hayan sido, su severidad revela cierta falta de tacto. El santo era un modelo exacto de lo que exigía de los otros. La falta de modestia de las mujeres en aquella alegre capital, provocó la indignación del obispo, quién les hizo ver cuán falsa y absurda era la excusa de que vestían así porque no veían en ello ningún daño. La elocuencia y el celo del Crisóstomo movieron a penitencia a muchos pecadores y convirtieron a numerosos idólatras y herejes. Los novicianos criticaron su bondad con los pecadores, pues el santo les exhortaba al arrepentimiento con la compasión de un padre, y acostumbraba decirles: “Si habéis caído en el pecado más de una vez, y aún mil veces, venid a mí y yo os curaré.” Sin embargo, era muy firme y severo en el mantenimiento de la disciplina, y se mostraba inflexible con los pecadores impertinentes. En cierta ocasión, los cristianos fueron a las carreras un Viernes Santo y asistieron a los juegos el Sábado Santo. El virtuoso obispo se sintió profundamente herido, y el Domingo de Pascua predicó un ardiente sermón “Contra los juegos y los espectáculos del teatro y del circo.” La indignación le hizo olvidar la fiesta de la Pascua, y su exordio fue un llamamiento conmovedor. Se han conservado numerosos sermones de San Juan Crisóstomo, demostrando que no se equivocan quienes le consideran como el mayor orador de todos los tiempos, a pesar de que su lenguaje, especialmente en sus últimos años, era excesivamente violento y combativo. Como alguien ha dicho, “en algunas ocasiones, San Juan Crisóstomo casi grita a los pecadores,” y hay razones para pensar que sus ataques contra los judíos, por motivados que fuesen, causaron en parte los sangrientos combates entre éstos y los cristianos de Antioquía. No todos los que se oponían al obispo eran malos; había entre ellos algunos cristianos buenos y serios, como el que un día sería Cirilo de Alejandría.

Otra de las actividades a las que el arzobispo consagró sus energías fue la fundación de comunidades de mujeres piadosas. Entre las santas viudas que se confiaron a la dirección de este gran maestro de santos, probablemente sea la más ilustre la noble Santa Olimpia. San Juan Crisóstomo no se limitaba a cuidar solo los fieles de su rebaño, sino que extendía su celo a las más remotas regiones. Así, envió a un obispo a evangelizar a los escritas nómadas, y a un hombre admirable a predicar a los godos. Palestina, Persia y muchas otras provincias distantes sintieron los benéficos efectos de su celo. El santo obispo se distinguió también por su extraordinario espíritu de oración, virtud ésta que predicó incansablemente, exhortando a los mismos laicos a recitar el oficio divino a media noche: “Muchos artesanos decía tienen que levantarse a trabajar a media noche, y los soldados vigilan cuando están de guardia; ¿por qué no hacéis vosotros lo mismo para alabar a Dios?” Grande fue también la ternura con que el santo hablaba del admirable amor divino, manifestado en la Eucaristía, y exhortaba a los fieles a la comunión frecuente. Los negocios públicos exigieron a menudo la participación de San Juan Crisóstomo; por ejemplo, a la caída del ayuda de cámara y antiguo esclavo Eutropio, en 399, predicó un famoso sermón en presencia del odiado cortesano, quien se había refugiado en la catedral, detrás del altar. El obispo exhortó al pueblo a perdonar al culpable, ya que el mismo emperador, a quien habían injuriado directamente, lo había perdonado. Como dijo el santo, en adelante no tendrían derecho a esperar que Dios les perdonase, si no perdonaban entonces a quien necesitaba de misericordia y de tiempo para hacer penitencia.

Pero San Juan Crisóstomo tenía todavía que glorificar a Dios con sus sufrimientos, como lo había hecho con sus trabajos. Y, si miramos el misterio de la cruz con ojos de fe, reconoceremos que el santo se mostró más grande en las persecuciones contra él que en todos los otros actos de su vida. Su principal adversario eclesiástico fue el arzobispo Teófilo de Alejandría antes mencionado, que tenía muchos cargos contra su hermano de Constantinopla. Enemigo no menos peligroso era la emperatriz Eudoxia. San Juan había sido acusado de haberla llamado “Jezabel,” y la malevolencia de algunos vio un ataque a la emperatriz en el sermón del obispo contra la malicia y vanidad de las mujeres de Constantinopla. Sabiendo que el obispo Teófilo no quería a Crisóstomo. Eudoxia se unió a él en una conspiración para deponer al obispo de Constantinopla. Teófilo llegó a dicha ciudad en junio de 403, acompañado de varios obispos egipcios; se negó a alojarse en la casa del santo y reunió un conciliábulo de treinta y seis obispos en una casa de Calcedonia llamada “La Encina.” Las principales razones que se alegaban para deponer a Juan eran que había depuesto a un diácono por haber golpeado a un esclavo; que había llamado réprobos a algunos miembros de su clero; que nadie sabía como empleaba sus rentas, que había vendido algunos objetos que pertenecían a la iglesia; que había dispuesto a varios obispos fuera de su provincia; que comía solo, y que daba la comunión a quienes no observaban en ayuno eucarístico. Todas las acusaciones eran falsas, o carecían de importancia. San Juan reunió un concilio local en la ciudad, y se rehusó a comparecer ante el conciliábulo de “La Encina.” En vista de ello, el conciliábulo procedió a firmar la sentencia de deposición y a enviarla al emperador, añadiendo que el santo era reo de tradición, probablemente por haber llamado “Jezabel” a la emperatriz. El emperador dio la orden de destierro contra San Juan Crisóstomo.

Constantinopla vivió tres días de gran agitación, y Crisóstomo lanzó un vigoroso manifiesto desde el púlpito: “Violentas tempestades me acosan por todas partes dijo; pero no las temo, porque mis pies descansan sobre la roca. El mar rugiente y las gigantescas olas no pueden hacer naufragar la nave de Jesucristo. No temo la muerte, que considero como una ganancia; ni el destierro, porque toda la tierra es del Señor; ni la pérdida de mis bienes, porque vine desnudo al mundo y desnudo partiré de él.” El obispo declaró que estaba pronto a dar su vida por sus ovejas, y que todos sus sufrimientos provenían de que no se había ahorrado trabajo alguno para ayudar a sus cristianos a salvarse. Después de este sermón se entregó espontáneamente, sin que el pueblo lo supiera, y un legado del emperador le condujo a Preneto de Bitinia. Pero el primer destierro fue de corta duración. La ciudad sufrió un ligero terremoto que aterrorizó a la supersticiosa Eudoxia, quien rogó a Arcadio que hiciese volver al Crisóstomo del exilio. El emperador le dio permiso de que escribiese el mismo día una carta, en la que la emperatriz rogaba al santo que volviera y aseguraba no haber tenido parte en el decreto de destierro. Toda la ciudad salió a recibir a su obispo, y el Bósforo se cubrió de relucientes antorchas. Teófilo y sus secuaces huyeron esa misma noche.

Pero el buen tiempo duró poco. Frente a la iglesia de Santa Sofía se había erigido una estatua de plata de la emperatriz; los juegos públicos celebrados con motivo de la dedicación de la estatua perturbaron la liturgia y produjeron desórdenes y manifestaciones supersticiosas. Crisóstomo había predicado frecuentemente contra los espectáculos licenciosos. En esta ocasión, habían tenido lugar en un sitio que los hacía todavía más inexcusables. Para que nadie pudiera acusarle de que aprobase el abuso tácitamente, el santo obispo habló atacando los espectáculos con la libertad y el valor que le caracterizaban. La vanidosa emperatriz tomó esto como un ataque personal, y volvió a convocar a los enemigos de San Juan. Teófilo no se atrevió a acudir, pero envió a tres legados. Este nuevo conciliábulo apeló a ciertos cánones de un concilio arriano de Antioquía contra San Atanasio, que mandaba que ningún obispo que hubiese sido dispuesto por un sínodo pudiese volver a tomar posesión de su sede, sino por decreto de otro sínodo. Arcadio ordenó al santo que se retirara de su diócesis, pero éste se negó a abandonar el rebaño que Dios le había confiado, a no ser por la fuerza. El emperador mandó que sus tropas echasen a los fieles fuera de las iglesias el Sábado Santo. Los templos fueron profanados con el derramamiento de sangre y se produjeron otros ultrajes. El santo escribió al Papa San Inocencio I, rogándole que invalidase las órdenes del emperador, que eran notoriamente injustas. También escribió a otros obispos del occidente pidiéndoles su apoyo. El Papa escribió a Teófilo exhortándole a comparecer ante un concilio que debía dictar la sentencia, de acuerdo con los cánones de Nicea. Igualmente dirigió algunas cartas a San Juan Crisóstomo, a sus fieles y algunos de sus amigos, con la esperanza de que el nuevo concilio lo arreglaría todo. Lo mismo hizo Honorio, emperador del occidente. Pero Arcadio y Eudoxia lograron impedir que el concilio se reuniese, pues Teófilo y otros cabecillas de su facción temían la sentencia.

Crisóstomo solamente pudo permanecer en Constantinopla hasta dos meses después de la Pascua. El miércoles de Pentecostés, el emperador firmó la orden de destierro. El santo se despidió de los obispos que le habían permanecido fieles y de Santa Olimpia y las demás diaconisas, que estaban desoladas al verle partir, y abandonó sus diócesis furtivamente para evitar una sedición. Llegó a Nicea de Bitinia el 20 de junio de 404. Después de su partida, un incendio consumió la basílica y el senado de Constantinopla. Muchos de los partidarios del santo obispo fueron torturados para que descubrieran a los causantes del incendio, pero no se consiguió averiguar nada. El emperador determinó que San Juan Crisóstomo permaneciese en Cucuso, pequeña aldea de las montañas de Armenia. El santo partió de Nicea en julio, y debió sufrir mucho a causa del calor, la fatiga y la brutalidad de los soldados. Después de setenta días de viaje, llegó a Cucuso, donde el obispo del lugar y todo el pueblo cristiano rivalizaron en las muestras de respeto y cariño que le prodigaron. Han llegado hasta nosotros las cartas que San Juan Crisóstomo escribió desde el destierro a Santa Olimpia y a otras personas, así como el tratado que dedicó a dicha santa: Que nadie puede hacer daño a aquél que no se hace daño a sí mismo.”

Entretanto, el Papa Inocencio y el emperador Honorio habían enviado cinco obispos a Constantinopla para preparar el concilio, exigiendo al mismo tiempo que el santo continuase en el gobierno de su diócesis, hasta ser juzgado. Pero dichos obispos fueron hechos prisioneros en Tracia, pues el partido de Teófilo sabía muy bien que el concilio los condenaría. Los partidarios de Teófilo consiguieron también que el emperador desterrase a San Juan a Pitio, un lugar todavía más lejano en el extremo oriental del Mar Negro. Dos oficiales partieron con el encargo de conducirle hasta allá. Uno de ellos conservaba todavía un resto de compasión humana, pero el otro era incapaz de dirigirse al obispo en términos correctos. El viaje fue extremadamente penoso, ya que el calor hacía sufrir mucho al anciano obispo, y los oficiales imperiales le obligaban a marchar en las horas de sol abrazador. Al pasar por Comana de Capadocia, el santo iba ya muy enfermo. Esto no obstante, los oficiales le obligaron a arrastrarse hasta la capilla de San Basilisco, unos diez kilómetros más lejos. Durante la noche, San Basilisco se apareció a San Juan y le dijo: “Animo, hermano mío, que mañana estaremos juntos.” Al día siguiente, sintiéndose exhausto y muy enfermo, el obispo rogó a los oficiales que le dejasen reposar un poco mías. Estos se rehusaron a concederle esa gracia. Apenas habían caminando siete kilómetros, vieron que el obispo estaba entrando en agonía y le condujeron de nuevo a la capilla. Ahí el clero le revistió los ornamentos episcopales, y el santo recibió los últimos sacramentos. Pocas horas más tarde, pronunció sus últimas palabras: “Sea dada la gloria a Dios por todo,” y entregó su alma. Era el día de la Santa Cruz, 14 de septiembre de 407.

Al año siguiente, el cuerpo de San Juan Crisóstomo fue trasladado a Constantinopla. El emperador Teodosio II y su hermana Santa Pulqueria acompañaron en posesión el cadáver junto con el arzobispo San Patroclo, pidiendo perdón por los pecados de sus padres, que tan ciegamente habían perseguido al siervo de Dios. El cuerpo del santo fue depositado en la iglesia de los Apóstoles el 27 de enero, fecha en que se conmemora en occidente. En oriente su fiesta se celebra el 13 de noviembre y otros días. En la iglesia bizantina, San Juan Crisóstomo es uno de los tres Santos Patriarcas y Doctores Universales; los otros dos son San Basilio y San Gregorio Nazianceno. La Iglesia de occidente cuenta también a San Atanasio en el grupo de los grandes doctores griegos.

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/santos_juliania.htm#_Toc28073185)

 


Dijo el padre Antonio aún: “Nadie, si no es tentado, puede entrar en el reino de los cielos; de echo — dice — quita las tentaciones, y nadie se salva.”

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto


“¿Pensáis que vine a dar paz en la tierra? No, os digo, sino más bien división” (Lucas 12:48-59)

Icono del Cristo Pantocrator, Monasterio de Hilander, Monte Athos, Grecia

Icono del Cristo Pantocrator, Monasterio de Hilander, Monte Athos, Grecia

A todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él; y al que mucho le han confiado, más le exigirán.

Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera encendido! Pero de un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla! ¿Pensáis que vine a dar paz en la tierra? No, os digo, sino más bien división. Porque desde ahora en adelante, cinco en una casa estarán divididos; tres contra dos y dos contra tres. Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra.
cf Mat 10:34-36

Decía también a las multitudes: Cuando veis una nube que se levanta en el poniente, al instante decís: “Viene un aguacero”, y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís: “Va a hacer calor”, y así pasa. ¡Hipócritas! Sabéis examinar el aspecto de la tierra y del cielo; entonces, ¿por qué no examináis este tiempo presente?
cf Mat 16:2-3

¿Y por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Porque mientras vas con tu adversario para comparecer ante el magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te eche en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado aun el último centavo.


 

Comentario

 

No penséis que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada. Porque vine a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su misma casa [Mateo 10:34].

Otra vez anuncia cosas laboriosas y con grande autoridad; y de antemano predice lo que después habían de objetar. A fin de que, tras de oír semejantes cosas, no le dijeran: ¿Para esto has venido, para darnos muerte lo mismo que a quienes nos han hecho caso y para llenar de guerras el orbe? El se adelanta y dice: No penséis que he venido a poner paz en la tierra. Entonces ¿por qué mandó a los apóstoles que entrando en una casa dieran la paz? ¿Por qué los ángeles decían: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz? [Lucas 2:14] ¿Por qué los profetas todos predijeron la paz? Pues porque precisamente eso es sobre todo la paz: el cortar lo enfermo, el separar lo que disiente. Y así puede juntarse el cielo con la tierra.

El médico conserva sano el cuerpo cuando corta de él lo insanable; y el jefe hace lo mismo cuando empuja a separarse a quienes han iniciado juntas perniciosas. Así sucedió en la famosa torre de Babel: la concordia para el mal no se curó sino con una buena discordia, y así volvió la paz [Genesis 11:7,8]. Igualmente Pablo apartó a los que en su contra habían hecho juntas y concordia [Hechos 23:6,7]. Y en el caso de Nabot la junta y concordia fue más desastrosa que cualquier guerra [1 Reyes 21]. De manera que no siempre es laudable la concordia, pues también los ladrones forman entre si concordia. En conclusión, la guerra no brota de parte de Cristo, sino de la mala voluntad de los otros. El, por su parte, quería que todos estuvieran concordes en la piedad y religión; mas como ellos disentían, de ahí nacía la guerra.

Pero no es ese el sentido de lo que dijo Cristo. ¿Qué fue lo que dijo? Para cosolar a los discípulos les dijo: No vine a poner paz. Como si dijera: no penséis que sois vosotros la causa de esas guerras; soy yo quien las determina a causa de la disposición de ánimo que el mundo tiene. No os turbéis pues como de cosas inesperadas. Para esto vine Yo: para provocar la guerra, y esta es mi voluntad. No os turbéis al ver que la tierra, como si le pusieran asechanzas, se llena de guerras. En cuanto fuere separado lo que es de mala calidad, entonces lo que es de mejor calidad se adherirá al cielo. Se lo dice para fortalecerlos contra la mala opinión de muchos.

Y no dijo guerra, sino espada, que es mucho peor. Ni te admires de que tales sentencias encierren trabajo y suenen ingratas al oído. Queriendo ejercitarlos mediante la aspereza de tales palabras para que no volvieran atrás al ihallarse en medio de las dificultades, dispuso tales expresiones. Y para que nadie dijera que hablaba por divertir y ocultando lo difícil de la empresa, explicó de un modo más terrible y acerbo las cosas que podían decirse de otra manera. Al fin y al cabo, es mejor la suavidad en las obras que en las palabras.

Por lo cual, no se contentó con eso, sino que, declarando el modo de las guerras, dejó ver que eran más terribles con mucho que cualquier guerra civil. Les dice: He venido a separar al hombre de su padre y a la hija de su madre y a la nuera de su suegra. Como quien dice: se levantarán no sólo los amigos y conciudadanos, sino los parientes unos contra otros; y la naturaleza misma se rasgará con la guerra. De modo que la guerra estallará no únicamente entre los domésticos sino aun entre los que son amiguísimos y están unidos con el más estrecho parentesco. Pero esto sobre todo manifiesta su poder: que los discípulos, oyendo tales cesas, las aceptaran y las persuadieran a los demás.

En realidad tales guerras no las hará El mismo, sino la perversidad del hombre; sin embargo dice que El las hará. Porque es costumbre de las Sagradas Escrituras hablar así. En otra parte dicen: Les dio Dios ojos para que no vieran? Pues del mismo modo aquí habla, para que ellos, recordando las palabras que cité más arriba, no se turbaran al ser acometidos con oprobios e injurias. Y si algunos tienen estas cosas por pesadas, recuerden la historia antigua. Pues allá en los primeros tiempos sucedió lo mismo; cosa que, por otra parte, demuestra la afinidad de la Ley Antigua con la Nueva, y que es uno mismo el Legislador de ambas

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XXXV (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewe.htm#bi)

 


Dijo el padre Antonio al padre Poemen: “Esta es la obra grande del hombre: echar sobre sí el propio pecado ante Dios y esperar tentaciones hasta el último aliento.

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto


“Y se burlaban de El, sabiendo que ella había muerto” (Lucas 8:41-56)

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Y he aquí, llegó un hombre llamado Jairo, que era un oficial de la sinagoga; y cayendo a los pies de Jesús le rogaba que entrara a su casa; porque tenía una hija única, como de doce años, que estaba al borde de la muerte. Pero mientras El iba, la muchedumbre le apretaba. Y una mujer que había tenido un flujo de sangre por doce años y que había gastado en médicos todo cuanto tenía y no podía ser curada por nadie, se acercó a Jesús por detrás y tocó el borde de su manto, y al instante cesó el flujo de su sangre. Y Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Mientras todos lo negaban, Pedro dijo, y los que con él estaban: Maestro, las multitudes te aprietan y te oprimen. Pero Jesús dijo: Alguien me tocó, porque me di cuenta que de mí había salido poder. Al ver la mujer que ella no había pasado inadvertida, se acercó temblando, y cayendo delante de El, declaró en presencia de todo el pueblo la razón por la cual le había tocado, y cómo al instante había sido sanada. Y El le dijo: Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz. Mientras estaba todavía hablando, vino alguien de la casa del oficial de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro. Pero cuando Jesús lo oyó, le respondió: No temas; cree solamente, y ella será sanada. Y cuando El llegó a la casa, no permitió que nadie entrara con El sino sólo Pedro, Juan y Jacobo, y el padre y la madre de la muchacha. Todos la lloraban y se lamentaban; pero El dijo: No lloréis, porque no ha muerto, sino que duerme. Y se burlaban de El, sabiendo que ella había muerto. Pero El, tomándola de la mano, clamó, diciendo: ¡Niña, levántate! Entonces le volvió su espíritu, y se levantó al instante, y El mandó que le dieran de comer. Y sus padres estaban asombrados; pero El les encargó que no dijeran a nadie lo que había sucedido.


 

Comentario

 

Cuando llegó Jesús a la casa del jefe, viendo a los flautistas y a la muchedumbre de plañideras, dijo: Retiraos, que la niña no está muerta: duerme. Y se reían de él. Muestra bella de lo que eran los archisinagogos, pues que, tras la muerte, necesitaban para conmover el llanto valerse de flautas y címbalos. Y ¿qué hace Cristo? Echa fuera a todos los demás, y solamente introduce a los padres, para que no fueran a decir que otro la había sanado; y antes de resucitarla, indicó ya el milagro cuando dijo: No está muerta la niña, sino duerme.

En muchas otras ocasiones lo hizo así. Allá en el mar, primero increpó a los discípulos. Así ahora comienza por alejar de la mente de los circunstantes el terror; y al mismo tiempo manifiesta serle cosa fácil resucitar a los muertos; como lo hizo cuando lo de Lázaro diciendo: Nuestro amigo Lázaro duerme [Juan 11:11]. A Juntamente enseñaba que no se ha de temer la muerte, porque en adelante ya no será muerte sino sueño. Teniendo él que morir, al resucitar los cuerpos muertos preparaba a los discípulos para que luego tuvieran confianza y llevaran su muerte con mayor suavidad. Puesto que una vez venido El al mundo, la muerte ya no era sino un sueño. Y lo burlaban. Y se burlaban de El, pero El no se indignó, pues sabía que tampoco creerían en los milagros que más adelante obraría. Tampoco increpó a los que se reían, a fin de que sus risas, lo mismo que las flautas y los címbalos, fueran testimonios de que la niña ciertamente había muerto.

Y como con frecuencia los hombres no creen en los milagros, los prepara para eso utilizando sus mismas respuestas, como lo hizo con lo de Lázaro y lo de Moisés. A Moisés le dijo: ¿Qué es lo que tienes en tu mano? [Exodo 4:2] para que cuando viera la vara hecha serpiente, no se olvidara de que primero ella fue vara; sino que, recordando su propia respuesta, quedara estupefacto de lo sucedido. Y en lo de Lázaro, dice: ¿En dónde lo pusisteis? [Juan 11:34,39] para que los que le respondieron: Ven, ve; y luego: Ya hiede, pues lleva cuatro días, ya no puedan dudar de que El había resucitado a uno de verdad muerto.

De modo que cuando vio los címbalos y las turbas, los echó a todos fuera; y el milagro se operó en presencia de los padres de la niña; y no fue el milagro introduciendo en el cadáver otra alma, sino aquella misma que de ahí había salido y volviéndola a su cuerpo, así como quien despierta de un sueño. Y la tomó de la mano, para que los espectadores mejor certificaran; y para preparar con este ejemplo la fe en su propia resurrección. El padre le había dicho: Pon tus manos sobre ella; pero él hace más, pues no la pone sino que toma a la niña por la mano, y a la ya muerta la resucita, demostrando que todas las cosas están prontas y preparadas para obedecerlo.

Y no sólo la resucita, sino que ordena que le den alimento, para que no crean que se trata de un fantasma. Y no se lo da El, sino que ordena que otros se lo den. Lo mismo que en el caso de Lázaro, cuando dice: Saltadlo y dejadlo ir [Juan 11:44]; y luego lo hizo participante en el banquete. Porque suele siempre comprobar cuidadosísimamente la muerte lo mismo que la resurrección Pero tú no te fijes únicamente en la resurrección, sino en que ordenó que a nadie lo contaran, para que en todo aprendas que el fausto y la vanagloria en absoluto se deben evitar. Y además para que aprendas que El a los lamentadores los echó de la casa y en cierta forma los declaró indignos de presenciar el milagro.

Pero tú no te salgas junto con los flautistas, sino permanece ahí con Pedro, Juan y Santiago. Y si entonces Jesús los echó fuera, mucho más lo hará ahora. Porque entonces aún no era manifiesto que la muerte se había reducido a un sueño; en cambio, eso ahora brilla más claro que el sol. Dirás que no ha resucitado a tu hija ahora. Pero la resucitará y con mayor gloria. Porque aquella niña, aun resucitada, tenía que volver a morir; pero tu hija, cuando resucitará, será inmortal. Y así, en adelante, nadie llore, nadie se lamente, nadie niegue la victoria de Cristo.

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía XXXI (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/ewb.htm#bd)

 


Preguntó uno al padre Antonio: “¿Qué debo hacer para agradar a Dios? Y el anciano le respondió: “Haz lo que te mando: dondequiera que vayas, ten siempre a Dios ante tus ojos; para cualquier cosa que hagas o digas, bésate en el testimonio de las Sagradas Escrituras; en cualquier lugar que mores, no te vayas enseguida. Observa estos tres preceptos, y serás salvo.”

– de Las Palabras de Los Ancianos


Synaxis del Arcángel Miguel (Lucas 10:16-21)

El que a vosotros escucha, a mí me escucha, y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y el que a mí me rechaza, rechaza al que me envió.

Los setenta regresaron con gozo, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y El les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado autoridad para hollar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo, y nada os hará daño. Sin embargo, no os regocijéis en esto, de que los espíritus se os sometan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.

En aquella misma hora El se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado.


 

Noviembre 8 – Synaxis del Arcángel Miguel y Todos los Angeles

 

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¿No son todos ellos espíritus ministradores, enviados para servir por causa de los que heredarán la salvación?

– Hebreos 1:14

El Arcángel Miguel es uno de los ángeles superiores y se encuentra muy relacionado con los destinos de la Iglesia. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que, además del mundo físico, existe un gran mundo espiritual poblado de seres espirituales, juiciosos y buenos, quienes se llaman ángeles. En griego la palabra “ángel” significa mensajero. En las Sagradas Escrituras los llaman así porque Dios, por intermedio de ellos, comunica Su voluntad a los hombres. ¿Cómo es la vida de los ángeles en el mundo espiritual, dónde ellos habitan, y en qué consiste su misión? Nosotros sabemos muy poco y tampoco estamos en condiciones de comprenderlo. El mundo de ellos es muy diferente a nuestro mundo material; ahí el tiempo, espacio y todas las condiciones de vida tienen otro sentido. El agregado “arc” a algunos ángeles significa su superioridad en comparación con otros ángeles.

El nombre Miguel — en hebreo, significa “¡Quien como Dios!” Cuando en las Sagradas Escrituras se cuenta sobre la aparición de los ángeles a diferentes hombres, solamente se menciona el nombre de algunos de ellos, — posiblemente de quienes tienen una misión especial para consolidar el Reino de Dios sobre la tierra. Entre ellos — los arcángeles Miguel y Gabriel, mencionados en los libros canónicos de las Sagradas Escrituras y también los arcángeles Rafael, Uriel, Sariel, Jerahmeel and Raquel mencionados en los libros que no son parte del canon de las Sagradas Escrituras. (Canon o catalogo de los libros sagrados declarados auténticos por la Iglesia en el siglo V a.C. Los libros sagrados escritos posteriormente no entraron en el canon y por esto se los llama “no canónicos.”) Generalmente el arcángel Gabriel era mensajero de grandes y alegres acontecimientos referentes al pueblo de Dios (Dan 8:16-9:21, Lc.1:19-26). En el libro de Tobías el arcángel Rafael dice de sí mismo “Soy uno de los siete ángeles quienes elevan las oraciones de los Santos y están siempre en pie delante del Señor (Tob 12:15). De ahí la certeza que en el cielo hay siete arcángeles, uno de los cuales es el arcángel Miguel.

En las Sagradas Escrituras el arcángel Miguel se menciona como “Príncipe de los espíritus celestiales.” Aparece como un gran guerrero contra el diablo y toda la ilegalidad entre los hombres. De ahí su nombre en la Iglesia “Príncipe de los espíritus celestiales”. Así el arcángel Miguel se presentó a Josué como ayuda durante la conquista de la Tierra Prometida. El se presentó al profeta Daniel durante la caída del reino de Babilonia y cuando empezó la creación del reino del Mesías. A Daniel le fue profetizado sobre la ayuda de Dios a su pueblo por el arcángel Miguel durante futuras persecuciones en el reinado del Anticristo. En el libro de Revelaciones, el arcángel Miguel se presenta como el gran defensor del pueblo de Dios contra el demonio y otros ángeles rebeldes “Entonces se entabló una batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron con el dragón. También el dragón y sus ángeles combatieron contra ellos pero no prevalecieron y no hubo ya en cielo lugar para ellos y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado diablo y satanás”. El Apóstol Judas hace mención sobre el arcángel Miguel como el adversario del diablo. (Jo.5:13, Dan. cap.10; 12:1; Ju. 9; Ap.12:7-9, Lc.10:18).

Algunos padres de la Iglesia piensan, que, según las Sagradas Escrituras el arcángel Miguel participó en otros importantes acontecimientos en la vida del pueblo de Dios, pero donde no lo mencionan con su nombre. Por ejemplo, lo identifican con la misteriosa columna de fuego que iba delante de los judíos durante su huida de Egipto y que hizo ahogar al ejército del faraón y la derrota del enorme ejército asirio, que sitiaba a Jerusalén, cuando vivía el profeta Isaías. (Ex.33:9, 14:26- 28; 2 Re. 19:35)

– Obispo Alejandro Mileant (tr. por Irina Stoyanow y Debora Bettendorff)

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/vida_santos_6.htm#_Toc7231797)

 


El padre Antonio, dirigiendo la mirada al abismo de los juicios de Dios, preguntó: “Oh Señor, ¿cómo es que algunos mueren jóvenes y otros viejísimos? ¿Por qué unos son pobres y otros ricos? ¿Por qué los impíos son ricos y los justos pobres?” Y vino a él una voz que le dijo “Antonio, ocúpate de ti mismo. Se trata de juicios de Dios: de nada te sirve conocerlos.”

– de Las Palabras de Los Ancianos