“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya” (Lucas 22:39-42,45-23:1)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani  (primera mitad del siglo 18)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani (primera mitad del siglo 18)

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.

Mientras él aún hablaba, se presentó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y se acercó hasta Jesús para besarle. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó. Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra él: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.

Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos. Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.

Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó? Y decían otras muchas cosas injuriándole.

Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al concilio, diciendo: ¿Eres tú el Cristo? Dínoslo. Y les dijo: Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios. Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy. Entonces ellos dijeron: ¿Qué más testimonio necesitamos? porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca. Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos, llevaron a Jesús a Pilato.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:36 14:32 22:39 18:1
26:40-41 14:37-38 22:40
26:39 14:35-36 22:41 18:11
26:39 14:36 22:42 5:30
26:40-41 14:37-38 22:45-46
26:47 14:43 22:47 7:32, 18:3
26:48-50 14:44-46 22:47-48
26:51-52 14:47 22:49-50 18:10-11
26:27-29 14:23-25 22:20
22:51
26:55 14:48-49 22:52-53 18:20
26:57 14:53 22:54 18:12,24
26:67-70 14:66-68 22:54-57 18:16,17
26:71-74 14:68-72 22:58-61 18:25-27
26:75 14:72 22:61-62
26:67-68 14:65 22:63-65 18:22
27:1 15:1 22:66-67
22:67-68
26:64 14:62 22:69 6:62
22:70
26:65-66 14:63-64 22:71
27:2 15:1 23:1 18:28

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Yo no puedo hacer algo de Mí mismo. Según oigo así transmito. Y mi veredicto es fiel, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado [Juan 5:30].

¿Quién de los hombres sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? De igual modo nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu que está en El [1 Corintios 2:11].

 

No dice otra cosa sino ésta: Yo no tengo otra voluntad distinta y propia, sino la del Padre; si El algo quiere, yo también; y si algo quiero Yo, El también. Y así como nadie puede reprender al Padre cuando juzga, así tampoco a Mí, pues la sentencia es una misma y conforme a ella se pronuncia el voto. Y no te admires de que El diga estas cosas, abajándose al modo humano, pues los judíos lo creían puro hombre. Por tal motivo en semejantes pasajes es necesario tener en cuenta no únicamente las palabras, sino también la opinión de los oyentes; y tomar las respuestas en el sentido en que fueron dadas, según esa opinión. De lo contrario se seguirían muchos males y absurdos.

Te ruego que adviertas cómo dijo: No busco la voluntad mía. Entonces hay en El otra voluntad, y muy inferior por cierto; ni sólo inferior, sino también no tan útil. Ya que si fuera saludable y tan acoplada con la voluntad del Padre ¿por qué no la buscas? Los hombres con razón diríamos eso, pues tenemos muchos quereres que no van de acuerdo con el beneplácito divino. Pero tú ¿por qué te expresas así, siendo en todo igual a tu Padre? Nadie diría que semejante palabra es propia de un hombre que habla con exactitud y que fue crucificado. Si Pablo en tal manera se une a la voluntad de Dios que llega a decir: Vivo, mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí [Gálatas 2:20] ¿cómo puede el Señor de todos decir: No busco mi voluntad sino la del que me envió, como si fuera distinta? ¿Qué es, pues, lo que significa? Habla en cuanto hombre y conformándose con la opinión de los oyentes. En lo anterior se demuestra que unas cosas las dijo hablando como Dios y otras hablando como hombre. Aquí de nuevo habla como hombre y dice: Mi veredicto es fiel.

¿Cómo queda esto en claro? Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Así como a un hombre desapasionado no se le puede acusar de que ha juzgado injustamente, así tampoco a Mí me podéis ya reprender. Quien intenta salir con la suya, quizá con razón puede caer en sospecha de haber destruido la justicia por ese motivo. Pero quien no busca su propio interés ¿qué motivo hay para que no dé con justicia el veredicto? Pues bien, bajo este punto de vista examinad lo que a Mí se refiere. Si yo dijera que no he sido enviado por el Padre; si no refiriera a El la gloria de mis obras, quizá alguno de vosotros podría sospechar que Yo me jactaba y no decía la verdad. Pero si lo que hago lo refiero a otro ¿por qué ponéis sospecha en lo que digo? Observa a dónde ha llevado el discurso y por qué motivo afirma que su veredicto es fiel. Toma el motivo que cualquiera tomaría para su defensa.

¿Observas cuán claramente brilla lo que muchas veces he dicho? Y ¿qué es lo que he dicho? Que ese abajarse tanto en sus expresiones, precisamente persuade a todos los que no estén locos a no rebajar sus palabras a lo simplemente humano, sino más bien a entenderlas en un sentido altísimo. Más aún: quienes ya se arrastran por la tierra, por aquí fácilmente, aunque poco a poco, son llevados a cosas más altas.

Meditando todo esto, os suplico que no pasemos a la ligera por las sentencias, sino que todo lo examinemos cuidadosamente y en todas partes tengamos atención a los motivos por los que así se expresa Cristo. No pensemos que nos basta como excusa nuestra ignorancia y sencillez. Cristo no nos ordenó únicamente ser sencillos, sino además prudentes [Mateo 10:16]. Seamos, pues, sencillos, pero con prudencia, así en la doctrina como en las obras; juzguémonos a nosotros mismos, para que en aquel último día no seamos condenados con el mundo. Mostrémonos con nuestros criados tales como queremos que se muestre con nosotros nuestro Señor. Pues dice: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden [Mateo 6:12].

Yo sé bien que el alma no soporta de buen grado las ofensas; pero si pensamos que sobrellevándolas, no favorecemos precisamente al que nos causa daño, sino a nosotros mismos, presto arrojaremos lejos el veneno de nuestra ira. Aquel que no perdonó a su deudor los cien denarios, no hizo daño a su consiervo sino a sí mismo se hizo reo de infinitos talentos que antes se le habían condonado [Mateo 18:30-34]. De modo que cuando a otros no perdonamos, a nosotros mismos no nos perdonamos. En consecuencia, no digamos al Señor únicamente: “No te acuerdes de nuestros pecados”; sino digámonos a nosotros mismos: “No nos acordemos de las ofensas de nuestros consiervos.” Ejerce tú primero en ti la justicia y luego seguirá la obra de Dios. Tú mismo redactas la ley del perdón y del castigo y tú mismo eres el que sentenciará. De modo que en tus manos está que Dios se acuerde o no se acuerde de tus pecados. Por lo cual Pablo ordena perdonar si alguno tiene algo contra otro [Colosenses 3:13]; y no sólo perdonar, sino hacerlo en tal forma que no queden ni reliquias de lo pasado.

Cristo no sólo no trajo al medio ni sacó al público nuestros pecados, pero ni siquiera quiso recordarlos. No dijo: “Has pecado en esto y en esto otro”; sino que todo lo perdonó, y borró el documento, y no tuvo en cuenta las culpas, como lo dice Pablo [Colosenses 2:14]. Pues procedamos nosotros de igual modo: ¡olvidémoslo todo! Únicamente tengamos en cuenta el bien que haya hecho aquel que nos ofendió; pero si en algo nos molestó, si algo odioso hizo en contra nuestra, borremos esto de nuestra memoria y arrojémoslo lejos: que no quede ni rastro. Y si ningún bien nos ha hecho, tanto mayores serán las alabanzas y recompensas para nosotros que perdonamos.

Otros expían sus culpas con vigilias o durmiendo en el suelo y con mil maceraciones; pero tú puedes por un camino más fácil lavar tus pecados todos; o sea con el olvido de las injurias. ¿Por qué, a la manera de un loco furioso, mueves en tu contra la espada y te excluyes de la vida eterna, siendo así que convendría poner todos los medios para conseguirla? Si la vida presente resulta tan deseable ¿qué dirás de aquella otra de la cual ha huido todo dolor, tristeza y gemidos? ¿En la que no hay temor de la muerte, ni se puede temer que los bienes tengan acabamiento?

Tres veces y muchas más bienaventurados los que gozan de suerte semejante; así como tres veces y muchas más son míseros los que se privan de semejante bienandanza. Preguntarás: pero ¿haciendo qué gozaremos nosotros de esa vida? Pues oye al Juez que dice a cierto adolescente que le preguntaba eso mismo: ¿Qué haré para poseer la vida eterna? [Mateo 19:16] Cristo le dice y pone delante los mandamientos; y vino a encerrarlos todos y a terminar con el amor al prójimo. Quizá alguno de los oyentes diga como el rico aquel: “Esto lo he guardado, porque yo no he robado, no he asesinado, no he fornicado.” Una cosa sin embargo no puedes afirmar: que amaste al prójimo como convenía. Porque o fuiste envidioso o lo ofendiste con palabras o bien no lo auxiliaste cuando se le hacía injusticia o no compartiste con él tus bienes: no lo amaste.

Mas Cristo no ordenó solamente eso, sino también otra cosa. ¿Cuál?: Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sigúeme [Mateo 19:21]. Significa y quiere decir: seguir a Cristo; imitar a Cristo. ¿Qué aprendemos de aquí? En primer lugar que quien tal amor no tiene, no puede conseguir aquella suerte bienaventurada entre los más eximios. Pues como el joven respondiera: Todo eso lo he hecho; como si aún le faltara algo grande para la perfección, Jesús le dice: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que posees, dalo a los pobres y ven y sigúeme. Esto es, pues, lo primero que tenemos que aprender. La segundo es que aquel joven en vano se lisonjeaba de todo aquello que habia hecho; pues teniendo tan gran abundancia de riquezas, despreciaba a los pobres. ¿Cómo podía decirse que los amaba? En eso no había dicho verdad.

Por nuestra parte, hagamos ambas cosas: derrochemos acá abundante y diligentemente todo lo nuestro para adquirirlo en el cielo. Si ha habido quien por alcanzar una dignidad terrena ha derrochado todos sus haberes; por una dignidad, digo, que sólo puede poseer en esta vida y eso no por mucho tiempo (pues muchos han perdido sus prefecturas antes de morir y otros por causa de ellas han perdido la vida; pero aun sabiendo todo esto, dan todos sus haberes por poseerlas); pues si por una tal dignidad, repito, llevan a cabo tantas y tan notables cosas ¿qué habrá más mísero que nosotros, pues por la vida que para siempre permanece y nadie puede quitarnos, no damos ni siquiera un poco, ni gastamos para eso aquello mismo que poco después tenemos que perder?

¿Qué locura es esta de no querer dar voluntariamente lo que contra nuestra voluntad se nos quitará; y no querer mejor llevarlo con nosotros a la eternidad? Si alguien nos fuera llevando a la muerte; pero luego nos preguntara si queríamos redimir nuestra vida a cambio de todos nuestros bienes, hasta le quedaríamos agradecidos. Ahora, en cambio, cuando ya condenados a la gehenna se nos propone liberarnos dando a los pobres la mitad de nuestros haberes, preferimos ser llevados al suplicio y conservar inútilmente nuestros bienes, que ni son nuestros, y perder lo que sí nos pertenece.

¿Qué excusa tendremos? ¿qué perdón merecemos, si estando patente un tan fácil camino, nos arrojamos por los precipicios y tomamos una senda que a nada conduce; y así nos privamos de los bienes todos de acá y de allá, pudiendo libremente disfrutar de unos y de otros? Pues bien, si antes no, a lo menos ahora volvamos en nosotros mismos; y procediendo razonablemente repartamos como conviene nuestros haberes, para conseguir con facilidad los bienes futuros, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía XXXIX sobre el Evangelio de San Juan (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

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“Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lucas 19:29-40, 22:7-39)

Die Verleugnung des Petrus, Peter Janssen (1869)

Die Verleugnung des Petrus, Peter Janssen (1869)

Y aconteció que llegando cerca de Betfagé y de Betania, al monte que se llama de los Olivos, envió dos de sus discípulos, diciendo: Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo. Y si alguien os preguntare: ¿Por qué lo desatáis? le responderéis así: Porque el Señor lo necesita. Fueron los que habían sido enviados, y hallaron como les dijo. Y cuando desataban el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino? Ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita. Y lo trajeron a Jesús; y habiendo echado sus mantos sobre el pollino, subieron a Jesús encima. Y a su paso tendían sus mantos por el camino. Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él, respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían.

Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar el cordero de la pascua. Y Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo: Id, preparadnos la pascua para que la comamos. Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la preparemos? Él les dijo: He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare, y decid al padre de familia de esa casa: El Maestro te dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Entonces él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad allí. Fueron, pues, y hallaron como les había dicho; y prepararon la pascua.

Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. Mas he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. A la verdad el Hijo del Hombre va, según lo que está determinado; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado! Entonces ellos comenzaron a discutir entre sí, quién de ellos sería el que había de hacer esto.

Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor.  Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.  Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel.

Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. El le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces. Y a ellos dijo: Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada.

Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y compre una.  Porque os digo que es necesario que se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: Y fue contado con los inicuos; porque lo que está escrito de mí, tiene cumplimiento.  Entonces ellos dijeron: Señor, aquí hay dos espadas. Y él les dijo: Basta.

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
21:1-3 11:1-3 19:28-31
21:6-8 11:4-8 19:32-36
21:9 11:9-10 19:37-38 12:12-13
21:15-16 19:39-40
26:14-19 14:10-16 22:4-13
22:14-15
26:27-29 14:23-25 22:16-18
26:26 14:22 22:19 6:35
26:27-29 14:23-25 22:20
26:23-24 14:20-21 22:21-22
26:22 14:19 22:23 13:22
20:24-27 10:41-44 22:24-26
22:27-30
22:31-32
26:33-34 14:29-30 22:33-34 13:36-38
22:35-36
15:28 22:37
22:38
26:36 14:32 22:39 18:1

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Respondiéndole Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen en Ti, yo jamás me escandalizaré [Mateo 26:33].

¡Oh Pedro! ¿qué es lo que dices? El profeta predijo: Se dispersarán las ovejas [Zacarías 13:7]. Cristo lo confirma. Y tú dices: ¡jamás! ¿No te basta con que antiguamente, cuando tú dijiste: ¡No lo quiera el cielo, Señor! [Mateo 16:22], fueras reprendido? Jesús permite que caiga para enseñarle que siempre crea en la palabra de Cristo y tenga el parecer de Cristo por más seguro que el propio. Los demás discípulos sacaron de las negaciones un fruto no pequeño, viendo en ellas la debilidad humana y la divina veracidad.

Cuando Cristo predice algo, no conviene discutirlo ni alzarse sobre los demás, pues dice Pablo: Te gloriarás en ti y no en otro [Gálatas 6:4]. Cuando lo conveniente era suplicar y decir: Ayúdanos, Señor, para que no nos apartemos de Ti, Pedro confió en sí mismo y dijo: Aunque todos se escandalicen en Ti, yo jamás me escandalizaré. Como si dijera: “Aunque todos sufran esa debilidad, yo no la sufriré.” Esto lo llevó poco a poco a confiar excesivamente en sí mismo. Cristo, queriendo corregir esto, permitió las negaciones, ya que Pedro no había cedido ni a Cristo ni a los profetas (pues Cristo le había citado al profeta para que así no recalcitrara); y pues no se le puede enseñar con solas palabras, se le enseñará con las obras. Y que Cristo lo permitió para que Pedro quedara en adelante enmendado, oye cómo lo dice el mismo Cristo: Mas yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe [Lucas 22:32]. Le habló así para más conmoverlo, y demostrarle que su caída era peor que la de los otros, y que necesitaba un auxilio mayor.

Doble era su pecado: contradecir a Cristo y anteponerse a los demás. Y aun había un tercer pecado, más grave aún, que era el adscribirlo todo a sus propias fuerzas. Para curar todo esto Jesús permite que suceda la caída; y por esto, dejando a los demás, se dirige a Pedro y le dice: ¡Simón, Simón, mira que Satanás ha redamado zarandearos como el trigo! [Lucas 22:31]; es decir turbaros, tentaros. Pero yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe. Mas, si el demonio reclamó zarandearlos a todos ¿por qué no dijo Cristo: Yo he rogado por todos? Pero ¿acaso no está claro el motivo que ya antes dije, o sea que fue para más conmover a Pedro y declarar que su falta es más grave que la de los otros? Por esto a él se dirige. ¿Por qué no le dijo: Yo no lo permití, sino: Yo rogué? Como va enseguida a su Pasión se expresa al modo humano, y demuestra así ser verdadero hombre. En efecto: quien edificó su Iglesia sobre la confesión de Pedro, y en tal forma la defendió y armó que no la pudieran vencer ni mil peligros ni muertes mil; quien confió a Pedro las llaves de los cielos y le confirió tan altísimos poderes; quien para todo eso no necesitó rogar (pues en aquella ocasión no dijo: He rogado, sino que habló con plena autoridad diciendo: Edificaré mi Iglesia y te daré las llaves de los cielos) ¿cómo iba a tener necesidad de rogar para fortalecer el alma vacilante en la tentación de un hombre solo?

Entonces ¿por qué habló así? Por el motivo que ya expuse y por la rudeza de los discípulos, pues aún no tenían acerca de El la opinión que convenía. Pero entonces ¿por qué Pedro, a pesar de todo, lo negó? Es que Cristo no dijo: Para que no me niegues, sino para que no desfallezca tu fe; es decir para que no perezca del todo. Porque esto fue obra de Cristo, ya que el miedo todo lo destruye. Grande era el miedo. Fue grande, y grande lo descubrió el Señor interviniendo con su auxilio. Y lo descubrió grande, porque encerraba en sí una terrible enfermedad, o sea la arrogancia y el espíritu de contradicción. Y para curar de raíz esta enfermedad, permitió que tan gran terror invadiera a Pedro. Y era tan recia esta tempestad y enfermedad en Pedro, que no sólo contradijo a Cristo y al profeta, sino que aún después, como Cristo le dijera: En verdad te digo que esta noche antes del canto del gallo, me negarás tres veces, todavía Pedro le respondió: Aunque fuera necesario morir contigo yo no te negaré [Mateo 26:34,35]. Lucas añade que cuanto más Cristo le negaba, tanto más Pedro le contradecía.

¿Qué es esto, Pedro? Cuando Jesús decía: Uno de vosotros me va a entregar, temías por ti, no fuera a suceder que vinieras a ser traidor; y aunque de nada tenías conciencia, obligabas a un condiscípulo a preguntar al Señor; y ahora que el Señor claramente dice: Todos os escandalizaréis ¿le contradices, y no una vez sola, sino dos y muchas más? Así lo asegura Lucas. ¿Por qué le sucedió esto? Por su mucha caridad y el mucho gozo. Pues en cuanto se sintió liberado del miedo de llegar a ser traidor y conoció al que lo iba a ser, se expresaba con absoluta franqueza y libertad, y aun se levantó sobre los otros y dijo: Aunque todos se escandalicen, pero yo no me escandalizaré [Mateo 26:33]

Más aún: algo de ambición se ocultaba aquí. En la cena discutían quién era el mayor [Lucas 22:24]: ¡hasta ese punto los sacudía esa enfermedad! Por lo cual Cristo lo corrigió. No porque lo empujara a las negaciones ¡lejos tal cosa! sino solamente retirándole su auxilio y dejando que se mostrara la humana debilidad. Advierte cuan humilde fue en adelante Pedro. Después de la resurrección, cuando preguntó a Jesús: Y éste ¿qué? [Juan 21:21] recibió una reprensión, pero ya no se atrevió a contradecir, como ahora, sino que guardó silencio. Y lo mismo, también después de la resurrección, cuando oyó a Jesús decir: No os incumbe a vosotros conocer los tiempos y las circunstancias [Hechos 1:7], de nuevo calló y no contradijo. Y más tarde, cuando en el techo de la casa, con ocasión del lienzo, oyó la voz que le decía: Lo que Dios ha purificado, cesa tú de llamarlo impuro [Hechos 10:15], aunque no veía claro qué podía significar aquello, estuvo quieto y no discutió.

Todo este fruto lo logró aquel pecado. Antes de la caída, todo lo adscribe a sus fuerzas y dice: Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré.  Aunque fuere necesario morir contigo, no te negaré. Lo conveniente era decir: “Si disfruto de tu gracia.”  En cambio, después procede del todo al contrario y dice: ¿Por qué fijáis en nosotros los ojos, como si con nuestro poder y santidad hubiéramos hecho andar a éste? [Hechos 3:12] Gran enseñanza recibimos aquí: que no basta con el fervor del hombre sin la gracia de lo alto; y también que en nada puede ayudarnos la gracia de lo alto, si no hay la prontitud de nuestra voluntad. Esto lo esclarecen los ejemplos de Pedro y Judas. Judas, aun ayudado de gran auxilio de parte de la gracia, ningún provecho sacó, porque no quiso ni puso lo que estaba de su parte. Pedro, en cambio, aun con toda su buena voluntad, destituido del auxilio divino, cayó. Es que la virtud se entreteje con ambos elementos.

En consecuencia, os ruego que no lo dejemos todo a Dios y nos entreguemos al sueño, ni tampoco nos entreguemos al activismo pensando en que nuestros propios trabajos llevarán todo a buen término. No quiere Dios que permanezcamos inactivos. Por esto no lo hace todo El. Pero tampoco nos quiere arrogantes. Por lo mismo no nos lo dio todo. Quitando lo malo que hay en ambos extremos, dejó lo útil. Permitió que el príncipe de los apóstoles cayera para hacerlo más modesto y llevarlo a mayor caridad. Pues dijo: Aquel a quien más se le perdonare más amará [Lucas 7:47].

Obedezcamos a Dios en todo. No le discutamos lo que nos dice, aun cuando nos diga lo que parezca contrario a nuestra razón e inteligencia: prevalezcan sus palabras sobre nuestra razón e inteligencia. Procedamos así en los misterios, sin atender únicamente a lo que cae bajo el dominio de nuestros sentidos, sino apegándonos a sus palabras. Sus palabras no pueden engañar. En cambio, nuestros sentidos fácilmente se engañan. Su palabra nunca es inoperante; pero nuestros sentidos muchas veces se engañan. Puesto que El dijo: Este es mi cuerpo, obedezcamos, creamos, con ojos espirituales contemplémoslo. No nos dio Cristo algo simplemente sensible, sino que en cosas sensibles todo es espiritual. Así en el bautismo, por la materialidad del agua, se concede el don; pero el don y efecto es espiritual, o sea una generación o regeneración o renovación. Si tú fueras incorpóreo, te habría dado esos dones espirituales a la descubierta; pero, pues el alma está unida al cuerpo, mediante cosas sensibles te da Dios los dones espirituales.

¡Cuántos hay ahora que dicen: Yo quisiera ver su forma, su figura, su vestido, su calzado! Pues bien: lo ves, lo tocas, lo comes. Querrías tú ver su vestido; pero él se te entrega a sí mismo no únicamente para que lo veas, sino para que lo toques, lo comas, lo recibas dentro de ti. En consecuencia, que nadie se acerque con repugnancia, nadie con tibieza, sino todos fervorosos, todos encendidos, todos inflamados. Si los judíos comían el cordero pascual de pie, calzados, con los báculos en las manos, aprisa, mucho más conviene que tú te llegues vigilante y despierto. Porque ellos debían salir hacia Palestina y por lo mismo estaban en hábito de viajeros; pero tú tienes que viajar hacia el cielo.

Conviene en consecuencia continuamente vigilar, pues no es pequeño el castigo que amenaza a quienes indignamente comulgan. Considerando lo mucho que te indignas contra el traidor y contra los que crucificaron a Cristo, guárdate de ser reo del cuerpo y sangre de Cristo. Aquéllos destrozaron el cuerpo sagrado; y tú, tras de tan grandes beneficios recibidos, lo recibes en tu alma en pecado. Porque no le bastó con hacerse hombre, ser abofeteado, ser muerto, sino que se concorpora con nosotros no únicamente por la fe, sino constituyéndonos en realidad cuerpo suyo.

Pues entonces ¿cuánta pureza debe tener quien disfruta de este sacrificio? ¿Cómo tiene que ser más pura que los rayos del sol la mano aquella que divide esta carne, la boca que se llena de este fuego espiritual, la sangre que se tiñe con sangre tan tremenda? ¡Piensa en la alteza de honor a que has sido encumbrado y de qué mesa disfrutas! Con aquel que los ángeles ven y tiemblan y no se atreven a mirarlo sin terror a causa del fulgor que de ahí dimana, con ese nos alimentamos, con ese nos concorporamos, y somos hechos un cuerpo y una carne de Cristo.

¿Quién contará las proezas del Señor, hará oír todas sus alabanzas? [Salmos 105:2 LXX] ¿Qué pastor hay que nutra a sus propias ovejas con sus propios miembros? ¿Qué digo pastor? Con frecuencia hay madres que después del parto entregan sus hijos a otras mujeres para que los alimenten y nutran. Pero Cristo no sufrió esto, sino que con su propia sangre nos nutre y en toda plenitud nos une consigo. Considera que nació de nuestra substancia. Dirás que esto no interesa a todos. Pues bien, con toda certeza interesa a todos. Porque si vino a nuestra naturaleza, vino para todos; y si para todos, luego también para cada uno.

Preguntarás: entonces ¿cómo es que no todos sacaron fruto? No se ha de achacar eso a quien en favor de todos eligió venir así, sino a ellos que no quisieron aprovecharse. El por su parte, mediante este misterio, se une con cada uno de los fieles; y a los que una vez ha engendrado los nutre y no los entrega a otro, y con esto te demuestra haber vestido tu carne. En consecuencia, no seamos desidiosos, pues tan gran amor se nos ha concedido, honor tan excelente. ¿No habéis visto con cuánto anhelo los infantes aplican sus labios a los pechos de su madre? Pues con igual anhelo acerquémonos a esta mesa y a este pecho de espiritual bebida. O mejor aún, con mayor anhelo, a la manera de infantes en lactancia, para extraer de ahí la gracia del Espíritu Santo: no tengamos otro dolor que el de vernos privados de este espiritual alimento. Estos misterios no son obra humana. El mismo que en aquella cena instituyólos, es el que ahora los obra. Nosotros poseemos la ordenación ministerial, pero quien los santifica y trasmuta es El mismo.

En consecuencia, que no se acerque ningún Judas, ningún avaro. Si alguno no es de los discípulos, apártese: ¡no soporta esta mesa a quienes no lo son! Con mis discípulos, dice Cristo, como la cena pascual [Mateo 26:18]. Nada tiene menos esta mesa que aquélla; pues no la prepara allá Cristo y acá un hombre, sino que ambas las prepara Cristo. Este es ahora el cenáculo aquel en donde ellos estaban; de aquí salieron al monte de los olivos. Nosotros de aquí salgamos hacia las manos de los pobres, pues las manos de ellos son el monte de los olivos. La multitud de los pobres es los olivos plantados en la casa del Señor, que destilan el óleo; el óleo que en la vida futura nos será de utilidad; el óleo que las cinco vírgenes prudentes tuvieron, mientras que las otras cinco que no se proveyeron, por eso perecieron. Provistos de él entremos aquí, para poder acercarnos al Esposo con las lámparas encendidas y refulgentes. Provistos de él salgamos de aquí. No se acerque, pues, ningún cruel, ningún inmisericorde, ninguno plenamente impuro.

Digo esto para vosotros los que tomáis los misterios y también para vosotros los que los repartís. Porque es necesario dirigirnos también a vosotros, a fin de que con gran diligencia distribuyáis este don. No leve suplicio os está preparado si admitís a participar en esta mesa a alguno que conocéis como perverso. La sangre de Cristo se exigirá de vuestras manos [Ezequiel 33:8]. Aunque se trate de un estratega o de un prefecto o aun del mismo que lleva ceñida la cabeza con la diadema, si se acerca indignamente, apártalo: mayor poder tienes tú que él. Si se te hubiera encargado la custodia de una limpia fuente destinada al rebaño y advirtieras la boca de alguna oveja manchada de cieno, no le permitirías que inclinara la cabeza para beber y enlodara el caudal.

Pues bien, no se te ha señalado la guarda de una fuente de aguas, sino de sangre y de espíritu; de manera que si vieres que se acercan gentes manchadas de pecados, que son más asquerosos que la tierra y el lodo, y no te indignares y no las apartares ¿qué perdón merecerás? Para esto os distinguió Dios con honor semejante, para que así separéis a los pecadores. Esta es vuestra honra; ésta, vuestra seguridad; ésta, vuestra corona; y no el andar de un lado para otro, revestidos de blanca y refulgente túnica.

Preguntarás: ¿cómo puedo yo discernir a unos de otros? Yo no me refiero a los pecados ocultos, sino a los públicos. Y voy a decir algo más escalofriante aún: no es tan grave dejar dentro de la iglesia a los energúmenos como lo es el dejar a éstos que señala Pablo que pisotean a Cristo y tienen por común y vil la sangre del Testamento e injurian la gracia del Espíritu Santo [Hebreos 10:29]. Quien ha pecado y se acerca, es peor que un poseso. Al fin y al cabo, el poseso, agitado del demonio, no merece castigo; pero el pecador, si indignamente se acerca, será entregado a los suplicios eternos.

Rechacemos no solamente a ésos, sino a cuantos veamos que indignamente se acercan. Nadie que no sea discípulo se acerque. Ningún Judas comulgue, para que no sufra el castigo de Judas. Cuerpo es de Cristo también esta multitud. Cuida, pues, tú que repartes los misterios, de no irritar al Señor si no limpias este cuerpo: ¡no le suministres espada en vez de alimento! Aun cuando alguno se acerque a la comunión por ignorancia, apártalo, no temas. Teme a Dios y no a los hombres. Si temes al hombre, él mismo se reirá de ti; si temes a Dios, también los hombres te reverenciarán. Y si tú no te atreves, tráelo a mí. Yo no toleraré semejante atrevimiento. Antes perderé la vida que entregar a un indigno la sangre del Señor. Antes derramaré mí sangre que dar esa sangre tremenda a quien es indigno. Pero si después de larga y seria investigación no lo encuentras indigno, libre quedas de pecado.

Queda dicho esto para los pecadores públicos. Pues si a éstos corregimos, pronto nos dará Dios a conocer los otros que no conocemos. Pero si toleramos a los que conocemos ¿por qué nos ha de dar Dios a conocer a los desconocidos? Todo esto lo digo, no para que simplemente apartemos a ésos y los mantengamos separados, sino para que, enmendados, los tornemos al redil, a fin de cuidar también de ellos. De este modo nos haremos propicio a Dios y encontraremos muchos que dignamente comulguen; y recibiremos abundante recompensa de nuestro empeño solícito en favor de los demás. Ojalá todos la obtengamos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Mirad que no seáis engañados” (Lucas 21:8-9, 25-27, 33-36)

 La distruzione del Tempio di Gerusalemme, Francesco Hayez (1867)

La distruzione del Tempio di Gerusalemme, Francesco Hayez (1867)

Él entonces dijo: Mirad que no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y: El tiempo está cerca. Mas no vayáis en pos de ellos. Y cuando oigáis de guerras y de sediciones, no os alarméis; porque es necesario que estas cosas acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente.

Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
24:3-8 13:3-8 21:7-11
24:29-30 13:24-25 21:25-26
24:30-35 13:26-31 21:27-33
21:34-38

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Mirad que nadie os extravíe. Pues muchos se presentarán en nombre mío y dirán: Yo soy el Cristo y seducirán a muchos. Habéis de oír guerras y rumores de guerras. Estad sobre aviso. No os alarméis. Es preciso que esto suceda, pero no llega aún el fin [Mateo 24:4-6].

Como se hallaban en tal disposición de ánimo que pensaban para nada tocarles a ellos el castigo de Jerusalén, por estar lejos del tumulto y desorden, sólo se preocupaban de lo que es óptimo, creyendo que todo se realizaría prontamente. Por esto Jesús nuevamente les predice graves padecimientos, y los pone solícitos y les ordena estar vigilantes, por dos motivos: Para no ser engañados por falacia de los seductores, y para que no decaigan a causa de la multitud de los males que se van a echar encima.

Porque habrá, les dice, una doble guerra: de engañadores y de enemigos Pero la primera será mucho más dura, pues se desarrollará en la confusión y perturbación de todas las cosas, andando los hombres todos turbados y atemorizados. Porque en ese tiempo habría una gran conmoción por echar de ahí a los romanos que dominaban el país, y serían capturadas las ciudades y andarían alborotados los ejércitos y en armas, y muchos fácilmente creerían falsedades. Habla de la guerra en Jerusalén y no de alguna otra que brotara de países extranjeros. Al fin y al cabo ¿qué les interesaba a ellos esta última? Por lo demás si Jesús se refiriera a las calamidades del orbe, nada nuevo les habría dicho, pues ellas acontecen ya de ordinario y continuamente. Ya en tiempos pasados había guerras, tumultos y combates. Predice por consiguiente la guerra judía que luego iba a seguirse, pues ya los judíos andaban tratando de pelear contra los romanos [1]. Como todo eso podía perturbar a los discípulos, de antemano se lo predice.

Enseguida, dando a entender que El mismo acometería a los judíos y lucharía contra ellos, menciona no únicamente batallas, sino también castigos enviados del cielo, como el hambre, las pestes, los terremotos. Demuestra así ser El quien permitió que los enemigos invadieran la ciudad y que todo aquello no sucedería fortuitamente y según lo que suele acontecer entre los hombres, sino como castigo de la ira divina. Por esto dice que no sucederán tales cosas por casualidad, ni repentinamente, sino después de dar el cielo las señales. Y para que no dijeran los judíos que los nuevos creyentes eran la causa de aquellos males, les declara la causa verdadera del castigo aplicado. De antemano les había dicho: En verdad os digo que vendrán todas estas cosas sobre esta generación- aludiendo a la muerte de los profetas que ellos habían llevado a cabo. Enseguida, para que no pensaran los discípulos, al oír tan graves calamidades, que por esto quedaría destruida la predicación, añadió: No os alarméis. Es preciso que esto suceda. Es decir, lo que yo he predicho y cuanto he anunciado no se interrumpirá por causa de esa acometida de tentaciones y pruebas. Ciertamente vendrán la turbación y el tumulto, pero no conmoverán ni derribarán mis predicciones.

Y pues había dicho a los judíos: Ya no me volveréis a ver desde ahora hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! [Mateo 23:39, Lucas 13:35] y por esto creían los discípulos que juntamente con la ruina de la ciudad llegaría la consumación del orbe, les corrige semejante opinión y les dice: Pero no llega aún el fin. Y que ellos tuvieran esa sospecha que acabo de indicar, adviértelo por el modo mismo de la pregunta. ¿Qué es lo que preguntan? ¿Cuándo sucederá esto? o sea ¿cuándo será destruida Jerusalén y cuál será la señal de tu advenimiento y del fin del mundo?

Jesús por de pronto nada les responde; sino que primero les dice lo que más interesaba saber. Y no habló al punto de la ruina de Jerusalén ni de su propio advenimiento segundo, sino de las desgracias que ya se echaban encima; y acerca de ellos los hizo solícitos diciendo: Mirad que nadie os extravíe. Pues muchos vendrán en mi nombre y dirán: Yo soy el Cristo. Excitándolos a oír estas cosas, les dice: Mirad que nadie os extravíe. Luego, una vez que ya los ha puesto en guardia y los ha hecho solícitos para vigilar, tras de mencionar a los engañadores y a los seudocristos, finalmente les refiere los males que van a venir sobre Jerusalén; y confirma lo futuro por lo ya sucedido y cierra así la boca a los necios y a los querellosos.

Como ya dije, llama guerras y rumores de guerras a los disturbios que se les van a echar encima. Y como, además, según advertí, pensaban ellos que tras de la guerra se seguiría el fin del mundo, mira cómo los pone en guardia diciendo: Pero no llega aún el fin. Pues se levantarán razas contra razas, reinos contra reinos [Mateo 24:7]. Indica aquí el comienzo de las calamidades de los judíos. Mas todo es sólo el comienzo de los dolores [Mateo 24:8], o sea de los que a ellos les sobrevendrán. Entonces os entregarán para que os atormenten y os matarán [Mateo 24:9]. Oportunamente interpone las calamidades que sufrirán los discípulos, de las que recibirán algún consuelo, a causa de las comunes desgracias. Mas no sólo por eso, sino además por lo que añade: Por mi nombre.

Les dice: Seréis blanco del odio de todas las gentes por causa de mi nombre. Entonces muchos desfallecerán. Y unos a otros se traicionarán. Y surgirán muchos falsos cristos y seudoprofetas y seducirán a muchos. Y como desbordará la iniquidad, se entibiará la caridad de la mayor parte.  Mas el que perseverare hasta el fin ese se salvará [Mateo 24:9-13].  Habla aquí de un mal mayor, que es la guerra intestina, pues hubo muchos falsos hermanos. ¿Observas la triple guerra: de parte de los seductores, de parte de los enemigos y de parte de los falsos hermanos? Mira cómo lo deplora Pablo: De fuera, ataques; de dentro, ansiedades [2 Corintios 7:5]; peligros de parte de los falsos hermanos [2 Corintios 11:26]. Y también: Esos son falsos apóstoles, operarios fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo [2 Corintios 11:13]. Y de nuevo les advierte una pena gravísima sobre todas, que será la de no tener consuelo en la caridad.

En seguida, declarando que el hombre generoso y paciente no sufre daño por esto, les dice: No os alarméis ni os turbéis. Si mostráis la conveniente paciencia, semejantes males no os vencerán. Y señal clara de esto, será que la predicación llenará todo el orbe: tan levantados de la tierra andaréis que semejantes males no os podrán alcanzar. Y para que no dijeran: pero ¿cómo podremos vivir? añadió algo más: No sólo viviréis, sino que enseñaréis por todo el mundo. Por esto dijo: Será predicado este evangelio en todo el mundo, para que su testimonio llegue a todos los pueblos; y entonces vendrá el fin [Mateo 24:14], es decir, la ruina de Jerusalén.

Que se refiera a esa ruina, y que antes de ella el Evangelio se haya predicado, oye cómo lo dice Pablo: Resonó por toda la tierra su voz [Romanos 10:18]; y también: Evangelio que ha sido predicado a toda criatura de debajo del cielo [Colosenses 1:23]. Y ves al mismo Pablo que desde Jerusalén corre hasta España. Pues si uno solo abarcó tan gran parte del orbe, piensa en las hazañas que llevarían a cabo todos los otros. Escribiendo Pablo a otros acerca del Evangelio, les decía que iba creciendo y fructificaba en toda criatura que está debajo del cielo [Colosenses 1:6,23].

¿Qué significa: Para que su testimonio llegue a todos los pueblos? Es que aún cuando fue predicado en todas partes, no todos creyeron en él ni en todas partes lo recibieron. Es como si dijera: Será testimonio para los que no han creído; o sea que les servirá de acusación y confutación. Para testimonio, pues los que creyeron darán testimonio contra los que no qui. sieron creer, y los condenarán. Y por este motivo, una vez que el Evangelio fue predicado en todo el orbe, perecieron los de Jerusalén, para que aquéllos desagradecidos no tuvieran ni sombra de excusa.

En efecto: quienes vieron su poder resplandeciente en todo el orbe, y casi instantáneamente apoderado del mundo ¿qué perdón tienen si permanecen en su endurecimiento? Que el Evangelio fue entonces predicado, oye cómo lo testifica Pablo: Evangelio que ha sido predicado a toda criatura de debajo del cielo. Y es esto un argumento fortísimo del poder de Cristo: el que su doctrina, en veinte o treinta años, llenara los confines de la tierra habitada. Dice luego: Y entonces vendrá el fin. El fin de Jerusalén. Lo que sigue demuestra que esto fue lo que Cristo quiso dar a entender. Porque trajo al medio una profecía para afirmar la ruina de la ciudad y dijo: Cuando viereis instalados en el lugar santo el sacrilegio y la devastación predichos por el profeta Daniel – quien lee la Escritura, comprenda [Mateo 24:15] Los remite a Daniel [Daniel 9:27]. Llama abominación y sacrilegio a la estatua del que entonces dominaba la tierra, estatua que éste puso en el interior del templo [2], una vez arruinados la ciudad y el santuario: por esto la llama sacrilegio y devastación. Y para que conocieran que todo esto sucedería viviendo aún algunos de ellos, dijo: Cuando viereis el sacrilegio y la devastación.

En vista de esto, cualquiera debe admirar en gran manera el poder de Cristo y la fortaleza de los apóstoles, pues en tiempos tan apretados predicaron el Evangelio, cuando más eran impugnadas las cosas de los judíos, cuando éstos eran vigilados como gente sediciosa y el César había decretado que todos fueran exterminados [Hechos 18:2]. Sucedió lo mismo que si alguno, estando el mar todo alborotado y las tinieblas llenando todo el ambiente y aconteciendo frecuentes naufragios, y estando en discordia todos los marineros, y apareciendo sobre las aguas los monstruos marinos para ayudar a las olas a hundir a los navegantes, y desatados los rayos y acometiendo los piratas, mientras los mismos que conducen la nave andan entre sí disputando y poniéndose asechanzas, en tales circunstancias, a unos hombres imperitos en el arte de la navegación y que ni siquiera conocen el mar, se les ordenara sentarse al timón, manejar la nave y luchar contra una formidable escuadra que acomete de frente, repleta de fortín simo ejército; y que usaran de una navecilla en la que, como dije, reinara tan grave confusión, y que tomaran al abordaje y echaran a pique la gran embarcación.

Los pueblos odiaban a los apóstoles por ser estos judíos; los judíos los lapidaban por ser impugnadores de sus leyes; y en parte alguna podían establecerse. De modo que todo era precipicios, escollos, arrecifes ocultos en las ciudades, en las villas, en las casas; y todos y cada cual los acometía: jefe, príncipe, pueblo, particulares, pueblos íntegros; y por doquiera había tal perturbación que no puede el discurso explicarla. El linaje judío era abiertamente aborrecido en el Imperio Romano, porque le causaba infinitas molestias. Y sin embargo, nada de eso dañaba a la predicación. Pues tomada ya la ciudad y dada al incendio y deshecha su gente por la fuerza de las desgracias, los apóstoles se marcharon de ahí, y llevando nuevas leyes imperaron sobre los romanos.

¡Ah cosas estupendas y nunca vistas! Cautivaron los romanos a muchos miles de judíos, mas no pudieron vencer a doce hombres que luchaban con ellos desprovistos de armas y de todo. ¿Qué discurso podrá pintar milagro tan ingente? Porque es esencial que quienes han de enseñar, posean dos cosas: que sean fidedignos y que sean gratos a los oyentes. Añade que la doctrina sea tal que con facilidad se acepte; y finalmente que el tiempo esté tranquilo y sin perturbaciones. Pero en aquel entonces todo iba al revés. Porque ellos no parecían dignos de fe; además, echaban de sí a quienes habían sido engañados por los falsos apóstoles, que parecían predicar cosas creíbles; nadie los amaba; más aún, se les odiaba, mientras ellos apartaban a la gente de lo que más gustoso le era, como son las costumbres, la patria y las leyes.

Duros y difíciles eran los preceptos, y las cosas que ellos prohibían redundaban de deleites. Y tanto ellos como sus discípulos tenían que soportar muchas veces peligros de muerte. Aparte de todo esto, las circunstancias del tiempo presentaban graves dificultades, pues estaban llenas de guerras y alborotos, hasta el punto de que aún sin las otras dificultades ya dichas, esta sola bastaba para perturbarlo todo. De modo que aquí resulta oportuno decir: ¿Quién referirá las proezas de Dios y hará oír todas sus alabanzas? [Salmos 105:2 LXX] Si los connacionales de Moisés a causa del lodo y las pajas con que a los principios se les oprimía, no prestaban oídos a Moisés a pesar de los muchos milagros, a los que diariamente sufrían heridas y muertes ¿quién los persuadió a que dejaran su vida de ocio y prefirieran la otra llena de peligros, sangre y muertes en abundancia?

Sobre todo siendo extranjeros los predicadores y prácticamente enemigos de todos. Si alguno introdujera en una nación o en una ciudad o en un pueblo, más aún, en un pequeño domicilio a un hombre odiado de todos los que ahí habitan y procurara por medio de él apartar a cada uno de los seres que más ama, como son el padre, la madre, la esposa, los hijos ¿no sucedería que a ese tal, antes de que abriera la boca lo hicieran pedazos? Y si anduvieran litigando el esposo y la esposa entre sí ¿acaso no lo lapidarían aun antes de traspasar los umbrales de la casa?

Pues qué, si además de ser él personalmente aborrecido, ordenara cosas pesadas y dispusiera que vivieran con moderación los que andan entregados a sus placeres; y además emprendiera la lucha contra muchos, numerosos y más fuertes que él ¿acaso no es manifiesto que perecería con toda certeza? Pues esto que aún en sola una casa no se puede así lograr, Cristo lo hizo en todo el universo, conduciendo a los médicos del orbe por toda la tierra por entre precipicios, hornos, desfiladeros, montes, tierras y mares y guerras sin cuento. Si quieres conocer todo esto con más pormenores y mayor certidumbre, o sea las hambres, pestes, terremotos y demás catástrofes, lee la historia de Josefo [3] y lo sabrás con exactitud.

Por esto decía Jesús: No os alarméis. Es preciso que esto suceda. Y: El que perseverare hasta el fin ése se salvará. Y además: Será predicado este evangelio del reino en todo el orbe. Y a sus discípulos quebrantados por el terror y con ánimo decaído, les infunde mejores esperanzas; y les anuncia que aún cuando haya mil dificultades es necesario que el Evangelio sea predicado por todo el orbe y después vendrá el acabamiento. ¿Has advertido en qué condición se encontraban entonces las cosas y cuan variadas guerras había; y esto a los comienzos, que es cuando para cada buena obra se requiere grande paz? ¿En qué situación se hallaban las cosas? Pues nada impide que resumamos lo dicho. La primera guerra era la de los seductores. Pues dice: Vendrán muchos seudocristos y falsos profetas. La segunda era la de los romanos: Habéis de oír guerras. La tercera guerra es la del hambre que sobrevendrá. La cuarta es la de la peste y los terremotos. La quinta es que os entregarán a la muerte. La sexta, que todos os aborrecerán por causa de mi nombre. La séptima, que unos a otros se traicionarán y se odiarán, donde anuncia una guerra intestina Luego, los seudocristos y los falsos hermanos. Finalmente, que se entibiará la caridad de la mayor parte, lo que es causa de todos los males.

¿Adviertes los mil géneros de guerras, todas nuevas y estupendas? Y en medio de todo esto y de otras muchas cosas (pues a la guerra civil se añadirá la de los parientes), la predicación sin embargo llenó todo el orbe. Porque dice: Será predicado este Evangelio del reino en todo el orbe. ¿Dónde están los que introducen la tiranía de los horóscopos y las vueltas de los tiempos entre los dogmas y verdades de la Iglesia? ¿Quién ha narrado haberse visto otro Cristo y haber acontecido cosa o suceso a éste parecido? Aunque refieran mil falsedades (por ejemplo que ya han pasado cien mil años), sin embargo nadie se ha atrevido a fingir otro hecho a éste semejante.

Entonces ¿a qué círculos de los tiempos os referís? Porque ni la destrucción de Sodoma, ni la de Gomorra, ni otro cataclismo alguno igual se ha repetido jamás. ¿Hasta cuándo, pues, estaréis hablando en broma y diciendo de otro círculo del tiempo y otros horóscopos? Preguntarás: ¿cómo es entonces que muchas cosas se predicen y luego suceden? Pues porque tú mismo te has privado del auxilio divino y te has perdido y colocado fuera de la providencia de Dios, el demonio a su antojo baraja las cosas. No lo hace así con los santos, pero ni aun con nosotros, pecadores, pero que en absoluto desechamos tales cosas. Pues aun cuando nuestro modo de vivir sea intolerable, sin embargo, a causa de que con la gracia de Dios mantenemos los dogmas verdaderos de la Iglesia, nos hallamos ser superiores a las asechanzas del demonio.

Pero en fin ¿a qué se reducen los horóscopos? No a otra cosa, sino a perversidad y confusión y a que todo se hace al acaso y a como salga; ni solamente al acaso, sino incluso contra la razón. Objetarás: pero si no existen los horóscopos ¿por qué éste es rico y aquél es pobre? ¡No lo sé!… Pero voy a discutir contigo en el sentido de hacerte caer en la cuenta de que no todo se ha de investigar con vana curiosidad, ni se han de creer las cosas como si fueran al acaso. Porque tú no debes, por el hecho de ignorar eso, fingir falsedades. Es preferible honradamente ignorar a malamente aprender. Quien ignora la causa fácilmente es conducido por la razón; pero aquel que por no saber la causa verdadera, inventa una falsa, ya no podrá con facilidad aceptar la verdadera, porque necesitará de mucho mayor trabajo y sudores para abandonar su primera opinión.

Sucede como en las tablillas enceradas que una vez que se borran puede cualquiera escribir en ellas fácilmente otra cosa, mientras que en las grabadas no sucede lo mismo, puesto que se hace necesario traer primero lo mal escrito. También entre los médicos es preferible el que nada receta ai que prescribe medicinas dañosas. Y en la arquitectura es peor el que sin fundamentos edifica que el que nada- edifica; y es mejor la tierra que nada produce que la otra que engendra solamente espinas.

En consecuencia, no tengamos prisa en aprenderlo todo, ni llevemos molestamente el ignorar algunas cosas. Para que no suceda que si luego encontramos algún maestro, le demos doble trabajo. Y lo que es peor aún, algunos, por padecer enfermedad incurable, una vez que han caído en esos dogmas falsos, en ellos se aferran. No es lo mismo tener que arrancar primero del campo las malas hierbas que ya arraigaron, que sembrar y plantar en un campo limpio. En aquél se hace necesaria una limpia previa y hasta después sembrar; en este otro ya están preparados los oídos.

Con que, en fin ¿de dónde proviene que uno sea rico y el otro pobre? Lo diré ya: unos poseen riquezas porque Dios se las da; otros porque El permite que las posean; otros por una arcana providencia de Dios. Y esta razón es la más breve y sencilla. Instarás: ¿por qué al fornicario lo enriqueció y lo mismo al adúltero, al libinidoso y al que luego usa mal de sus posesiones? Respondo que Dios no lo hace rico, sino que permite que se enriquezca; y hay gran diferencia entre hacer y permitir. Mas ¿por qué en absoluto no se lo permite? Porque aún no ha llegado el tiempo del juicio, para que cada cual reciba su merecido. ¿Quién peor que el rico aquel que no daba a Lázaro ni las migajas de su mesa? Y sin embargo, fue luego el más miserable de los hombres, pues no pudo lograr ni una gota de agua. Y todo porque habiendo sido rico no fue humano ni compasivo. Si hay dos que tengan desigual fortuna, pero ambos son malvados, y uno de ellos es rico y el otro pobre, no serán castigados igualmente, sino que el rico tendrá penas más graves.

¿Ves cómo este segundo es castigado con más graves suplicios por haber recibido los bienes en esta vida? Así pues, cuando veas a los que injustamente se han enriquecido llevar una vida próspera gime, derrama lágrimas, pues su riqueza se convertirá en aumento de castigo. Así como los que pecaron, y no quieren hacer penitencia, se preparan un tesoro de ira divina, así los que acá no sufrieron el castigo, sino que vivieron prósperamente, serán con mayor gravedad castigados.

Si te place, te demostraré lo mismo no sólo por lo de la vida futura, sino también con el ejemplo de la presente. Al bienaventurado David, después de haber pecado con Bersabé, como el profeta Ib reprendiera, principalmente lo acusó con mayor fuerza por haber recibido muchos beneficios y haberse portado así a pesar de ellos. Oye cómo lo reprende Dios: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl. Te he dado la casa de tu señor. Te he dado la casa de Israel y de Judá. Y si es poco, añadiré todavía otras cosas más. ¿Por qué has hecho lo malo ante mis ojos? [2 Samuel 12:7-9] Los castigos de los pecados no son todos iguales, sino que varían con la edad, las personas, las dignidades, la prudencia y muchas otras circunstancias.

Más claro todavía. Tráigase al medio un pecado. Sea la fornicación Considera ahora cuántos géneros de castigos se le han aplicado, tomándolos no de nuestro discurso, sino de las Escrituras. Si alguno fornicó antes de la Ley, sufrió un género de castigo, como lo demuestra Pablo diciendo: Cuantos pecaron antes de la Ley, sin la Ley serán castigados Fornicó alguno después de la Ley, padecerá más grave suplicio [Romanos 2:12]. Pues: Cuantos pecaron en la Ley serán juzgados por la Ley. Fornicó algún sacerdote, a causa de su dignidad sufre el máximo aumento de pena. Por este motivo las otras doncellas fornicarias eran condenadas a muerte; pero las hijas de sacerdotes eran quemadas, demostrando así el legislador cuan grave castigo amenazaba al sacerdote que así pecara. Pues si la joven, por ser hija de un sacerdote, lleva una pena mayor, mucho más grave la padecerá el sacerdote mismo.

¿Una mujer sufrió violencia? Está libre de culpa y de castigo. ¿Fornicaron dos, una rica y otra pobre? También aquí se da una diferencia en el castigo. Esto se ve claro por lo que acabamos de decir de David. ¿Ha fornicado alguno después de la venida de Cristo, pero es de los aún no iniciados? Sufrirá mayores penas que esos anteriores. ¿Fornicó alguno después del sagrado bautismo? A éste no le queda ya consuelo ni alivio, ha mostró Pablo al decir: Si alguno desprecia la Ley de Moisés, muere sin misericordia bajo palabra de dos o tres testigos. Pues ¿con cuánta mayor pena pensáis que será castigado el que conculca al Hijo de Dios; el que tiene como sangre vulgar y ordinaria la sangre del Testamento, sangre con que él mismo ha sido santificado y enseguida injuria al Espíritu Santo? [Hebreos 10:28,29] ¿Ha fornicado en este tiempo algún sacerdote? Es esto el colmo de todas las desgracias. ¿Has visto cuánta diferencia de castigos respecto de un mismo pecado? Un castigo hay antes de la Ley; otro después de la Ley; otro es el del ministro sagrado; otro el de la mujer, según sea rica o pobre; y otro el del catecúmeno, el del fiel, el del sacerdote. También por razón de la prudencia hay diferencia de castigos y grande. Puesto que dice: El que conoce la voluntad de su señor y no la cumple, será grandemente azotado [Lucas 12:47].

También por haber precedido tantos y tan grandes ejemplos sufre el pecador mayores castigos. Pues dice: Vosotros ni viendo hicisteis luego penitencia [Mateo 21:32], aun cuando hayáis sido ensalzados con grandes honores. Y esto es lo que le reprende Jesús a Jerusalén diciendo: ¡Cuántas veces quise congregar a vuestros hijos y no quisisteis [Lucas 13:34]. De los que pecan por exceso de placeres, tienes ejemplo en lo de Lázaro [Lucas 16:19-31]. Pero también por el sitio se acrecienta la gravedad del pecado. Así lo declara Jesús con aquella expresión: Entre el santuario y el altar [Mateo 23:35]. También por el modo con que se ha cometido el delito. Pues dice: No es cosa admirable que alguien robe [pues roba para saciar su hambre] [Proverbios 6:30 LXX]. Y también: Mataste a tus hijos y a tus hijas; esto además de tu fornicación y de tus abominaciones [Ezequiel 16:20,21 LXX]. Y según las personas: Si alguno peca contra otro hombre, orarán por él; pero si alguno peca contra Dios ¿quién orará en su favor? [1 Samuel 2:25 LXX]

También cuando alguno supera en desidia a otros que son peores que él, es cosa que reprende Dios por Ezequiel diciendo: Porque ni siquiera os habéis ajustado a las normas de las nadones que os rodean [Ezequiel 5:7]. También cuando no nos enmendamos ni aun teniendo delante el ejemplo de los demás, pues dice: Vio a su hermana y la justificó [Ezequiel 16:51]. También cuando alguno ha disfrutado de un especial patrocinio: Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho estos milagros ha tiempo que habrían hecho penitencia [Mateo 9:21,22]. Por lo cual serán tratadas Tiro y Sidón con menos rigor que esta ciudad. ¿Has observado la gran exactitud y cómo no todos sufren el mismo castigo por iguales pecados? Cuando después de larga espera de parte de Dios nada aprovechamos, más graves penas tendremos que sufrir. Así lo indica Pablo diciendo: Por tu endurecimiento e impenitente corazón te atesoras cólera para el día del castigos [Romanos 2:5].

Sabiendo todo esto, no nos molestemos ni turbemos a causa del curso de los acontecimientos, ni nos dejemos alterar por el oleaje de nuestros pensamientos; sino que, teniendo en cuenta la incomprensible providencia de Dios y acomodándonos a ella, cuidemos de ejercitar la virtud y huyamos de la perversidad, para que disfrutemos de los bienes futuros, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, la gloria, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXV sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

[1] El sitio de Jerusalén del año 70 d. C. fue un acontecimiento decisivo en la Primera guerra judeo-romana. Fue seguido por la caída de Masada en el año 73. El ejército romano, dirigido por el futuro emperador Tito, con Tiberio Julio Alejandro como su segundo al mando, sitió y conquistó la ciudad de Jerusalén, que había estado ocupada por sus defensores judíos en el año 66 d. C. La ciudad y su famoso templo fueron destruidos el mismo año de su conquista. La destrucción del Templo de Jerusalén todavía es lamentada anualmente durante la festividad judía Tisha b’Av y en el Arco de Tito (todavía en pie en Roma), donde se representa y celebra el saqueo de Jerusalén y el Templo. La destrucción del Templo fue un acontecimiento importante para la historia y la tradición judía, conmemorado anualmente por los judíos durante el ayuno de Tisha b’Av. Es igualmente importante para la teología cristiana. Este evento ha sido relatado en detalle por el dirigente judío que había entrado al servicio de los romanos y, luego, se convirtió en historiador, Flavio Josefo. (Fuente: “Sitio de Jerusalén” en Wikipedia )

[2] Los romanos erigieron un monumento al general vencedor después de que capturaron el Templo

[3] Tito Flavio Josefo, también conocido por su nombre hebreo José ben Matityahu o Josefo ben Matityahu (n. 37-38 – Roma, 101), fue un historiador judío fariseo, descendiente de familia de sacerdotes. Hombre de acción, estadista y diplomático, fue uno de los caudillos de la rebelión de los judíos contra los romanos. Hecho prisionero y trasladado a Roma, llegó a ser favorito de la familia imperial Flavia. En Roma escribió, en griego, sus obras más conocidas: La guerra de los judíos, Antigüedades judías y Contra Apión. Fue considerado como un traidor a la causa judía y odiado por los judíos. Su obra fue preservada por los romanos y los cristianos (Fuente: “Flavio Josefo” en Wikipedia)

“También había algunas mujeres mirando de lejos …” (Marcos 15:22-25,33-41)

Vue depuis la Croix(Vista desde la Cruz, James Tissot (francés, 1886-94)

Vue depuis la Croix, James Tissot (1886-94)

Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó. Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno. Era la hora tercera cuando le crucificaron.

Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle. Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
27:33 15:22 23:33 19:17-18
27:34 15:23  19:28-30
27:35-36 15:24 23:34-35 19:23-24
15:25
27:45 15:33 23:44-45
27:20-21 15:11  23:18-19 18:40
27:46-47 15:34-35
27:48-49 15:36 22:36-37
27:50 15:37 22:46 19:30
27:51 15:38 23:45
27:54 15:39 22:47
27:55-56 15:40-41

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Y estaban ahí María Magdalena y la otra Marta, sentadas frente al sepulcro [Mateo 27:61]. ¿Por qué permanecen ahí sentadas? Pues aún nada sublime ni grande sabían de Jesús, y por eso acudieron luego con ungüentos. Lo hacían en espera de que, si se aplacaba el furor de los judíos, podrían ellas acercarse y saciar su anhelo de embalsamarlo. ¿Observas la fortaleza de estas mujeres? ¿Adviertes su cariño a Cristo? ¿Ves su liberalidad en los gastos, hasta ponerse en peligro de muerte? ¡Imitémoslas, oh varones! No abandonemos a Jesús en las pruebas. Gastaron ellas de sus haberes generosamente para embalsamar aquel cadáver, llegando hasta poner en peligro su vida. En cambio, nosotros (pues repetiré lo mismo) ni lo alimentamos cuando está hambriento, ni lo vestimos cuando está desnudo; y si lo vemos que pide limosna, pasamos de largo y aprisa.

Ciertamente, si viéramos a Cristo en persona, sin duda cada cual le daría de lo suyo en abundancia. Pues bien: ahora es El mismo. Porque dijo: Yo soy. Entonces ¿por qué no le das lo tuyo todo? Ahora lo oyes que dice: Conmigo lo hacéis. No interesa que des a éste o a ese otro; pues no harás menos que las mujeres aquellas que entonces sustentaban al Señor, sino mucho más. No os conturbéis por esto. Claro que no es lo mismo alimentar al Señor presente en persona (pues aun un corazón de piedra se movería a ello), a ayudar, por solas las palabras de Cristo, a un pobre mutilado y encorvado. En el caso de Cristo aun la sola dignidad y aspecto del que se nos presenta, nos atrae; en cambio en el caso del pobre se te da íntegro el premio de la misericordia.

Por lo demás, mayor prueba es de respeto y reverencia para con Cristo el ayudar en todo a un consiervo por solas las palabras de Cristo. Ayuda, pues, a los pobres y fíate del que recibe y dice: A mí lo diste. Si no fuera a El a quien lo das, no te recompensaría ni te retribuiría con el reino. Tampoco te echaría a la gehena, si no fuera a El a quien tú desprecias en el pobre, cuando desprecias a un hombrecillo vil cualquiera. Pero como El es el despreciado, por esto el pecado es muy grave. En su caso Pablo a El perseguía, por lo cual Cristo le dice: ¿Por qué me persigues? [Hechos 9:4]

En consecuencia, cuando damos limosna, pensemos que la damos a Cristo; porque sus palabras merecen más fe que lo que por los sentidos percibimos. Cuando veas a un pobre acuérdate de que dijo que era El mismo el alimentado. Aunque aquel que pide no sea personalmente Cristo, pero bajo su disfraz El es el que pide y recibe. Avergüénzate cuando no des al que te pide: es cosa de vergüenza, y merece pena y castigo. Que El pida es fruto de su bondad, del que convendría que nos gloriáramos. Que tú no le des es fruto de tu crueldad. Si tú ahora no crees que lo pasas de largo cuando desprecias a uno de los fieles pobres, ya lo creerás cuando El te saque al medio y te diga: Cuando no lo hicisteis con uno de éstos, conmigo no lo hicisteis [Mateo 25:45]. Pero ojalá nunca oigas semejantes expresiones. Ojalá que ahora creyendo en sus palabras, fructifiquéis y oigáis entonces aquella otra palabra que os introduzca en el reino.

Quizá diga alguno: Todos los días nos hablas de la limosna y de la misericordia. Pues bien: ¡no cesaré de hacerlo! Aun en el caso de que entre vosotros todo eso anduviera bien, no convendría cesar de hablaros de ello, para que no por eso cayerais en alguna negligencia. Sin embargo, si todo anduviera bien, yo insistiría menos. Pero siendo así que no habéis llegado ni a la mitad de lo que conviene, echaos la culpa a vosotros mismos y no a mí. Al quejaros de esto, procedéis como un niño que oye continuamente alfa, pero no aprende esa letra; y luego se queja ante el maestro de que continuamente y sin descanso se la esté repitiendo. ¡Vamos! ¿Quién por mis exhortaciones se ha vuelto más diligente en dar limosna? ¿quién ha derrochado sus dineros? ¿quién ha distribuido entre los pobres

la mitad, la tercera parte de sus haberes? ¡Nadie! Entonces ¿cómo no sería absurdo que, pues vosotros no aprendéis, os empeñarais en que nosotros nos abstuviéramos de enseñar? Debería hacerse lo contrario: que si nosotros quisiéramos abstenernos, vosotros nos detuvierais diciendo: ¡todavía no aprendemos esto! ¿por qué dejas de enseñarnos y amonestarnos?

Si alguno estuviera enfermo de los ojos y yo fuera su médico; y al no aprovechar con emplastos, ungüentos y demás remedios aplicados, me marchara ¿acaso el enfermo no se acercaría a las puertas de mi clínica y me daría voces y me acusaría de grave descuido, pues continuando la enfermedad yo me apartaba?

Ysi así acusado, yo respondiera: Ya os puse una cataplasma, ya te ungí ¿lo soportaría el enfermo? Sin duda que no. Sino que al punto me diría: ¿Qué utilidad saco yo de eso, pues continúo enfermo? Pensad del mismo modo acerca del alma.

Y si acaso cuando una mano enferma, entorpecida, contraída, no hubiera logrado sanar mediante continuos fomentos ¿acaso no se me acusaría de modo semejante? Pues ahora en nuestro caso, estamos medicinando y atendiendo una mano contraída y seca. Por consiguiente, hasta que no la veamos extendida, no desistiremos de atenderla. Y ojalá también vosotros no habléis ni tratéis de otra cosa en el hogar, en el foro, en la mesa, en la noche; más aún, hasta entre sueños. Porque si continuamente meditáramos con cuidado en esto durante la vigilia, aun entre sueños en esto nos ocuparíamos.

Pero en fin, ¿qué es lo que dices? ¿Que yo continuamente predico acerca de la limosna? Bien quisiera yo que entre vosotros ya no fuera necesaria una exhortación semejante, sino predicar combatiendo contra los judíos y gentiles y contra los herejes. Pero a quienes aún están débiles, ¿quién podrá revestirles la armadura y sacarlos a la batalla, cuando aún están heridos y cubiertos de llagas? Si yo os viera en plena salud, ya o? hubiera conducido a la lucha; y apoyados en la gracia de Dios, habríais contemplado los infinitos montones de cadáveres y muchas cabezas cortadas.

Por lo demás, ya en otros tratados abundantemente hemos escrito acerca de esa materia; y a pesar de todo, tampoco acá podemos celebrar una completa victoria a causa de vuestra desidia que reina entre muchos. Pues los enemigos, largamente vencidos en la explicación de los dogmas, nos echan en cara y nos reprenden el modo de vivir de muchos de los que nos rodean y las heridas y las enfermedades de las almas de éstos. ¿Cómo, pues, podemos sacaros confiadamente al combate, cuando a nosotros mismos nos causáis molestias al ver cómo los enemigos os hieren y os burlan?

Tiene uno su mano enferma y contrahecha para dar limosna. ¿Cómo podrá sostener el escudo y herir sin que lo hieran los adversarios con crueles sarcasmos? Otros andan cojos de los pies, como son los que se van al teatro y a las casas de asignación de mujeres perdidas. ¿Cómo podrán éstos presentarse a la batalla sin que se les hiera echándoles en cara acusaciones de lascivia? Otro anda enfermo de los ojos y casi ciego y no ve correctamente, sino que anda harto de lascivia y acometiendo el pudor de las mujeres y poniendo asechanzas a los matrimonios. ¿Cómo podrá éste tal clavar los ojos en los enemigos, vibrar la lanza, lanzar los dardos, cuando de todos lados a él lo hieren con dicterios?

Los hay que se duelen del vientre no menos que los hidrópicos, pues están entregados a la gula y a la embriaguez. ¿Cómo podré yo sacar a la batalla a esos ebrios? Al otro se le ha podrido la boca, como son los iracundos, los pleitistas, los blasfemos. Pero quien tal es ¿cuándo podrá lanzar el grito valeroso de guerra en el combate y llevar a cabo alguna hazaña grande y generosa, estando, como está, ebrio con cierto género de embriaguez y da a los adversarios abundante materia de burla.

Por tal motivo yo cada día recorro todo este ejército, curando las heridas y procurando sanar las llagas. Si alguna vez al fin estáis despiertos y aptos y prontos para herir al enemigo, entonces os enseñaré el arte táctico y os instruiré sobre cómo manejar estas armas. O mejor dicho, vuestras obras mismas serán las armas, y todos los adversarios rápidamente sucumbirán si fuereis mansos, modestos, misericordiosos; si olvidáis las injurias, si demostráis poseer las demás virtudes. Y si algunos contradicen, entonces haremos lo que esté de nuestra parte y os sacaremos al medio a la pelea. Por ahora incluso nos vemos impedidos en semejante carrera, por lo que toca a vosotros.

Te ruego que consideres esto. Decimos nosotros que Cristo llevó a cabo grandes cosas, puesto que de los hombres hizo ángeles. Pero cuando los adversarios exigen pruebas y nos piden que íes mostremos algún ejemplar de los de este rebaño, que sea tal como ángel, tenemos que enmudecer. Pues temo yo no sea que en vez de ángeles, saque, como de una zahúrda, cerdos o garañones alborotados que corren en pos de las yeguas. Sé bien que esto os molesta. Pero no lo digo por todos, sino por los que son reos de pecados semejantes. Más aún en contra de ellos, pues si se enmiendan lo digo en favor de ellos. Por ahora, todo se ha arruinado, todo está corrompido y en nada difiere el templo de un establo de bueyes o de asnos o de camellos: ¡voy en torno buscando una oveja, y no logro ver ni una sola! En tal forma todos tiran coces, como si fueran caballos u onagros; y llenan este sitio y lo colman de estiércol: ¡tan sucias son sus conversaciones! ¡Si tú pudieras saber todo lo que en cada reunión platican hombres y mujeres, encontrarías que tales pláticas son más inmundas, con mucho, que el estiércol!

Os suplico que corrijáis esta mala costumbre, a fin de que el templo respire aroma de ungüento. Porque ahora ponemos en la iglesia sensibles timiamas, pero no ponemos mucho cuidado en esa otra espiritual inmundicia, para purificarla y echarla de aquí. ¿Qué utilidad se sigue entonces? No mancharíamos tanto el templo amontonando en él estiércol, como lo manchamos con semejantes mutuas conversaciones acerca del lucro, de las negociaciones, de las ventas, de cuantas cosas para nada nos interesan, cuando convenía que aquí asistieran coros de ángeles y hacer de la Iglesia un cielo, y que solamente se escucharan aquí súplicas, oraciones continuas, y silencio y atención se prestara.

Por lo menos ahora practiquemos esto, tanto para que se purifiquen nuestras vidas, como para conseguir los bienes eternos que nos están prometidos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXVIII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho?” (Marcos 15:1-15)

Ecce homo, Antonio Ciseri (1871)

Ecce homo, Antonio Ciseri (1871)

Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondiendo él, le dijo: Tú lo dices. Y los principales sacerdotes le acusaban mucho. Otra vez le preguntó Pilato, diciendo: ¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te acusan. Mas Jesús ni aun con eso respondió; de modo que Pilato se maravillaba. Ahora bien, en el día de la fiesta les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen. Y había uno que se llamaba Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido homicidio en una revuelta. Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre les había hecho. Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes. Mas los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás. Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos? Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale! Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale! Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
27:2 15:1 23:1 18:28
27:11 15:2 23:3  18:33,37
27:12-14 15:3-5 19:8-9
27:15 15:6 23:17
27:16-18 15:7-10 18:39
27:20-21 15:11  23:18-19 18:40
27:22-23 15:12-14 23:20-21 19:6,15
27:26 15:15 23:24-25 19:16

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Pero ellos contestaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! El les respondió: ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos con desbordado furor vociferaban: ¡Sea crucificado!  Viendo, pues, Pilato que nada adelantaba, se lavó las manos diciendo: Soy inocente [Mateo 27:22-24].

Entonces ¿por qué lo entregas a la muerte? ¿Por qué no lo libraste como hizo el tribuno aquel con Pablo? [Hechos 21] Y eso que sabía que matando a Pablo les caía bien a los judíos; pues a causa de éste se habían levantado en sedición y alboroto; y sin embargo, fuertemente se opuso. No procedió así el Procurador, sino que se portó débil y cobardemente; de modo que la corrupción alcanzó a todos. Ni él resistió a la multitud, ni la plebe resistió a los judíos. Y así ninguna excusa les quedaba. Ellos vociferaban, o sea clamaban más y más: ¡Sea crucificado! Pues no querían simplemente dar muerte a Cristo, sino una muerte de criminal Por esto, aun repugnándolo el juez, perseveraban en sus clamores.

¿Ves cuántas cosas hizo Cristo para inducirlos al arrepentimiento? Así como a Judas con frecuencia lo reprimió, así lo hizo con éstos: a través de todo el evangelio procede así, y lo mismo ahora al tiempo del juicio. Cuando veían al que era Procurador y juez lavarse las manos y le oían decir: Yo soy inocente de la sangre de este hombre, lo propio era que se compungieran, tanto por las palabras como por lo que hacía; lo mismo que cuando vieron a Judas colgado con el lazo y también a Pilato que en persona les rogaba que escogieran a otro preso en vez de Jesús. Cuando el traidor y acusador se condena a sí mismo de falsedad; y el juez que sentencia, echa de sí la culpa; y en esa misma noche se realiza un tal ensueño; y en cierto modo Pilato en persona pide la liberación de Jesús ¿qué excusa pudieron tener los judíos? Al fin y al cabo, si no concedían que fuera inocente, a lo menos con toda certeza no debían anteponerle un ladrón; digo a un ladrón insigne y del que públicamente sabían qué clase de hombre era.

¿Qué hicieron los judíos? Como vieran al juez lavándose las manos y oyeran que decía: Yo soy inocente, gritaban: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos [Mateo 27:25]. Entonces, finalmente, pues ellos contra sí mismos dictaron la sentencia, Pilato cedió del todo. Pero tú considera en este paso la gran perversidad de los judíos. Porque así es el ímpetu temerario de la mala pasión: no deja ver nada bueno. Pase ¡oh judíos! que os maldijerais a vosotros mismos; mas ¿por qué atraéis la maldición también sobre vuestros hijos? El Señor, en cambio, benigno como es, mientras ellos así tan furiosamente enloquecían, tanto contra sí mismos como contra sus hijos, no confirmó la sentencia que lanzaban en propia contra y de sus hijos, sino que, por el contrario, a quienes de ellos hicieron penitencia los recibió en su amistad y los colmó de bienes. Del número de éstos era Pablo y muchos miles de creyentes de Jerusalén Pues Santiago decía: ¿Ves, hermano, cuántos millares hay de creyentes? [Hechos 21:20]

Homilía LXXXVI sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?” (Marcos 14:43-15:1)

Christus voor de hogepriester (1617), Gerrit van Honthorst

Christus voor de hogepriester (Cristo ante el sumo sacerdote), Gerrit van Honthorst (1617)

Luego, hablando él aún, vino Judas, que era uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los escribas y de los ancianos. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle, y llevadle con seguridad. Y cuando vino, se acercó luego a él, y le dijo: Maestro, Maestro. Y le besó. Entonces ellos le echaron mano, y le prendieron. Pero uno de los que estaban allí, sacando la espada, hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja. Y respondiendo Jesús, les dijo: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día estaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis; pero es así, para que se cumplan las Escrituras. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron. Pero cierto joven le seguía, cubierto el cuerpo con una sábana; y le prendieron;mas él, dejando la sábana, huyó desnudo.

Trajeron, pues, a Jesús al sumo sacerdote; y se reunieron todos los principales sacerdotes y los ancianos y los escribas. Y Pedro le siguió de lejos hasta dentro del patio del sumo sacerdote; y estaba sentado con los alguaciles, calentándose al fuego. Y los principales sacerdotes y todo el concilio buscaban testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte; pero no lo hallaban. Porque muchos decían falso testimonio contra él, mas sus testimonios no concordaban. Entonces levantándose unos, dieron falso testimonio contra él, diciendo: Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré este templo hecho a mano, y en tres días edificaré otro hecho sin mano. Pero ni aun así concordaban en el testimonio. Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, diciendo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece? Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte. Y algunos comenzaron a escupirle, y a cubrirle el rostro y a darle de puñetazos, y a decirle: Profetiza. Y los alguaciles le daban de bofetadas.

Estando Pedro abajo, en el patio, vino una de las criadas del sumo sacerdote; y cuando vio a Pedro que se calentaba, mirándole, dijo: Tú también estabas con Jesús el nazareno. Mas él negó, diciendo: No le conozco, ni sé lo que dices. Y salió a la entrada; y cantó el gallo. Y la criada, viéndole otra vez, comenzó a decir a los que estaban allí: Este es de ellos. Pero él negó otra vez. Y poco después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro: Verdaderamente tú eres de ellos; porque eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos. Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis. Y el gallo cantó la segunda vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y pensando en esto, lloraba.

Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:47 14:43 22:47 7:32,18:3
26:48-50 14:44-46 22:47-48
26:51-52 14:47 22:49-50 18:10-11
26:55 14:48-49 22:52-53 18:20
26:56 14:49-50
14:51-52
26:57 14:53 22:54 18:12,24
26:58 14:54 18:15
26:59-60 14:55-56 23:10
26:60-64 14:57-61
26:64 14:62 22:69 6:62
26:36-37 14:32-33
26:65 14:63
26:65-66 14:63-64 22:71
26:67-68 14:65 22:63-65 18:22
26:69-70 14:66-68 22:54-57 18:16-17
26:71-74 14:68-72 22:58-61 18:25-27
27:2 15:1 23:1 18:28

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

¿Qué hace el sumo pontífice? Para obligarlo a responder y poder cogerlo por sus propias palabras, le dice: ¿No oyes lo que éstos testifican en tu contra? Pero él callaba. Al fin y al cabo, era inútil responder en donde nadie quería oír. Aquello era únicamente una ficción de juicio; pero en la realidad era un conjunto apasionado de ladrones que acometían lo mismo en un antro que en plena vía. Por esto Jesús callaba. Pero el pontífice perseveraba en su pregunta y decía: Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Respondióle Jesús: Tú lo has dicho. Pero yo os anuncio que a partir de ahora, veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Omnipotente y venir sobre las nubes del cielo. Entonces el príncipe de los sacerdotes rasgó sus vestiduras diciendo: Ha blasfemado. Lo dijo para acentuar más la gravedad del crimen y confirmar con los hechos sus palabras. Puso así terror en los oyentes; y entonces hicieron éstos lo que después, cuando lo de Esteban: se taparon los oídos [Hechos 7:59].

Pero ¿en qué consistía la blasfemia? Porque en otra ocasión a ellos congregados les había dicho: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta tanto que pongo a tus enemigos como escabel de tus pies [Mateo 22:43-46]; y les explicó lo que decía; y ellos no se atrevieron a replicar, sino que guardaron silencio y en adelante tampoco lo contradijeron. Entonces ¿por qué ahora llaman blasfemia a lo que dijo? Pero en fin: ¿por qué Cristo respondió de esa manera? Para quitarles toda posible defensa. Porque hasta el último momento siempre enseñó que El era el Cristo, que está sentado a la derecha del Padre y que finalmente vendría a juzgar al universo. Lo cual indicaba suma concordia con el Padreé

Rasgadas, pues, sus vestiduras, dice Caifas: ¿Qué os parece? No profiere su sentencia, sino que, como si se tratara de un pecado manifiesto y una clara blasfemia, solamente les pide su parecer. Sabiendo que si la cosa se hacía pública y se examinaba a Cristo, saldría libre de tales acusaciones, lo condenan ahí entre ellos mismos y se adelantan a los oyentes y dicen: Vosotros habéis oído la blasfemia: ¡que sólo faltó que obligaran y violentaran a sentenciar en ese sentido¡ ¿Qué dicen ellos?: ¡Reo es de muerte!, para presentarlo como ya condenado y obligar a Pilato a sentenciar en el mismo sentido. Con tales pensamientos y a sabiendas de lo que hacían, dicen: Es reo de muerte. De modo que ellos acusaban, ellos condenaban, ellos sentenciaban y hacían en el tribunal todos los oficios. ¿Por qué no lo acusaron de transgredir el sábado? Porque en esto ya muchas veces los había refutado. Aparte de que intentaban cogerío en palabras y condenarlo conforme a lo que ahí se decía. Así pues, Caifas, adelantándose en el asunto, una vez oído el parecer de los otros, tras de atraer a sí los ánimos de todos con el acto de rasgar sus vestiduras, condujo a Cristo a Pilato, como un hombre ya sentenciado y condenado. Así arregló todo en la sesión. Pero ante Pilato nada de eso dijeron los sacerdotes, sino ¿qué?: Si éste no fuera un malhechor no te lo habríamos entregado,! [Juan 18:30] con el objeto de que fuera condenado como reo de crímenes públicos. ¿Por qué no le dieron muerte a ocultas? Querían crearle mala fama. Puesto que muchos lo habían escuchado y sobremanera lo admiraban, los sacerdotes se esforzaban públicamente y ante la multitud en que fuera muerto.

Cristo no lo impidió, sino que aprovechó la ocasión de la perversidad de ellos para confirmar la verdad, de modo que su muerte fuera a todos manifiesta. Y sucedió lo contrario de le que ellos pretendían. Anhelaban infamarlo para colmarlo de desdoro; pero este mismo camino sirvió para que resultara más brillante y honrado. Así como en lo que decían: “Démosle muerte para que no vengan los romanos y destruyan nuestra ciudad y nación” [Juan 18:48], sucedió precisamente eso, una vez que le dieron muerte, así ahora lo crucificaron públicamente para dañarlo en su honra, y aconteció lo contrario.

Que ellos tuvieran potestad para darle por sí mismo la muerte, oye cómo Pilato lo asegura al decirles: Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley [Juan 18:31]. Pero ellos no quisieron eso, para que pareciera que moría como tirano, inicuo y revoltoso. Y por el mismo motivo lo crucificaron juntamente con dos ladrones. Y además decían: No escribas: El Rey de los judíos, sino que él dijo Rey soy de los judíos [Juan 19:21]. Todo aconteció en favor de la verdad y para que a ellos no les quedara ni sombra de defensa, aunque fuera impudentísima. Y en el sepulcro, los sellos y los guardias hicieron brillar la virtud; y lo mismo se ha de decir de las burlas, dicterios e injurias. Tal es la mentira: por los medios que pone para sus asechanzas, por esos mismos queda deshecha, como sucedió en este caso. Los que creían haber reportado una victoria, quedaron grandemente en vergüenza y vencidos perecieron; y el que parecía vencido, brilló espléndidamente y obtuvo la victoria.

No busquemos el triunfo en todo ni temamos siempre quedar vencidos. Hay ocasiones en que la victoria daña y en cambio es útil la ruina. Entre los que andan irritados, parece vencedor el que lanzó más injurias; y sin embargo, éste es el vencido por esa gravísima enfermedad y ha quedado herido; y el que con fortaleza soportó las injurias es el que vence y queda por encima. El primero no pudo ni siquiera extinguir su propia ira y enfermedad, mientras que el otro del todo se la curó. Aquél quedó vencido por su propio mal; éste otro triunfó incluso de la enfermedad ajena; y no sólo no fue inflamado, sino que apagó en el otro la llama que se levantaba. Si hubiera querido gozar de la victoria aparente, también él habría quedado vencido y habría inflamado más aún y dañado a su adversario; y ambos habrían sido derrotados por la ira, mísera y vergonzosamente, como sucede con las mujeres cuando riñen. En cambio, en el otro supuesto, el que cultivó la moderación quedó libre de semejante desdoro y levantó un trofeo espléndido en sí y en su adversario contra la ira, mientras aparentemente quedaba vencido.

Repito, pues: no busquemos en todo la victoria. Ciertamente el que hirió venció al herido, pero fue con una mala victoria que acarreó daño al vencedor. El herido y al parecer vencido, si lo lleva con moderación es quien en realidad ha ganado la corona. Con frecuencia es mejor ser vencido; y este es el modo más excelente de victoria. ¿Pero qué digo en la rapiña y en la envidia? El que es arrastrado al martirio, encadenado, azotado, destrozado, degollado es como vence. En las guerras se dice vencido al que cae por tierra; entre nosotros, al contrario, eso es lo que se llama victoria. Nunca vencemos con obrar el mal, sino siempre sufriendo males. Espléndida en sumo grado es la victoria en que padeciendo vencemos a quienes nos dañan. Por aquí se ve que la victoria es de Dios, pues tiene un modo contrario al de la victoria profana. Además, es claro argumento de fortaleza. Así las rocas marinas heridas por las olas, a éstas las deshacen; así los santos todos alcanzaron la corona y son celebrados; y erigieron espléndidos trofeos, consiguiendo el triunfo precisamente con no querellarse.

Dice el Señor: “No te muevas, no te fatigues. Es Dios quien te ha infundido la fortaleza, tal que con ella venzas, no entrando en la liza, sino solamente padeciendo. No entres en la batalla y conquistarás el triunfo; no luches cuerpo a cuerpo y serás coronado. Eres aún mucho más fuerte y poderoso que tu adversario. ¿Por qué te deshonras? No le des ocasión para decir que peleó contigo y te venció, sino déjalo estupefacto de tu invencible virtud y proclamando delante de todos que tú sin batalla lo venciste.” Por este camino aquel bienaventurado José en todas partes es ensalzado, pues soportando los males venció a quien le hacía mal. Asechanzas le pusieron sus hermanos y también la mujer egipcia; pero él a todos los superó.

No me alegues la cárcel en donde fue encerrado; ni el palacio en que la mujer pasaba la vida, sino muéstrame quién fue el vencido y quién el vencedor; quién quedó en tristeza y quién en gozo. La mujer no sólo no pudo vencer al justo José, pero ni aun su propia pasión y enfermedad, mientras que él a ella y su pésima enfermedad las venció. Si quieres escucha las propias palabras de la mujer y verás el trofeo: Nos has traído un hebreo para que se burle de nosotros [Génesis 39:17]. No fue él quien te burló, oh mísera, sino el demonio que te afirmó que podrías vencer al diamante. No introdujo tu esposo al hebreo para ponerte asechanzas: fue el Maligno quien te infiltró la impura lascivia, fue él quien te burló.

¿Qué hace José? Calla y es condenado, como lo fue Cristo. Todo aquello era figura de esto otro. José quedó en cadenas; la mujer, en su palacio. Pero él, aun cargado de cadenas, era más brillante que cualquier rey coronado; mientras que ella era más mísera que todos, aun sentada en su tálamo regio. También puede verse la victoria y la ruina por el éxito. ¿Cuál de los dos consiguió lo que quería: el encadenado o la reina? El procuró guardar su castidad; aquélla, quitársela. ¿Cuál de ambos consiguió lo que quería? ¿el que soportó los males o la causadora de los males? Claro es que quien soportó los males. De modo que éste fue el vencedor.

Sabiendo esto, procuremos la victoria por medio de la paciencia; huyamos de la otra, propia de quienes injurian. Así pasaremos esta vida sin dificultades y tranquila; y conseguiremos los bienes futuros, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXIV sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Tomad, esto es mi cuerpo” (Marcos 14:10-42)

Fresco en el monasterio Vatopedi, el Monte Athos, Grecia (siglo XIV)

Fresco en el monasterio Vatopedi, el Monte Athos, Grecia (siglo XIV)

Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los principales sacerdotes para entregárselo. Ellos, al oírlo, se alegraron, y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba oportunidad para entregarle.

El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando sacrificaban el cordero de la pascua, Sus discípulos Le dijeron: ¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la pascua? Y envió dos de sus discípulos, y les dijo: Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle, y donde entrare, decid al señor de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Y él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad para nosotros allí. Fueron Sus discípulos y entraron en la ciudad, y hallaron como les había dicho; y prepararon la pascua. Y cuando llegó la noche, vino Él con los doce. Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían, dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, Me va a entregar. Entonces ellos comenzaron a entristecerse, y a decirle uno por uno: ¿Seré yo? Y el otro: ¿Seré yo? El, respondiendo, les dijo: Es uno de los doce, el que moja conmigo en el plato. A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de Él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido. Y mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y lo partió y les dio, diciendo: Tomad, esto es Mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. Y les dijo: Esto es Mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada. De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios.

Cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.

Entonces Jesús les dijo: Todos os escandalizaréis de Mí esta noche; porque escrito está:

Heriré al Pastor,
y las ovejas serán dispersadas.

Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. Entonces Pedro Le dijo: Aunque todos se escandalicen, yo no. Y le dijo Jesús: De cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces, Me negarás tres veces. Mas él con mayor insistencia decía: Si me fuere necesario morir contigo, no Te negaré. También todos decían lo mismo.

Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a Sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que Yo oro. Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad. Yéndose un poco adelante, Se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para Ti; aparta de Mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que Tú. Vino luego y los halló durmiendo; y dijo a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue y oró, diciendo las mismas palabras. Al volver, otra vez los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño; y no sabían qué responderle. Vino la tercera vez, y les dijo: Dormid ya, y descansad. Basta, la hora ha venido; he aquí, el Hijo del Hombre es entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos; he aquí, se acerca el que Me entrega.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:14-19 14:10-16 22:4-13
26:20-21 14:17-18 6:64
26:22 14:19 22:23 13:22
26:23-24 14:20-21 22:21-22
26:26 14:22 22:19 6:35
26:27-29 14:23-25 22:16-18
26:30 14:26-27
26:31-32 14:27-28
26:33-34 14:29-30 22:33-34 13:36-38
26:35 14:31
26:36 14:32 22:39 18:1
26:36-37 14:32-33
26:38 14:34 12:26-27
26:39 14:35-36 22:41 18:11
26:42-44 14:39-40
26:45-46 14:41-42 12:23

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Y mientras cenaban, tomó Jesús el pan y dando gracias lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: Tomad y comed. Este es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y dando gracias se lo dio diciendo: Bebed todos de él, pues esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos, en remisión de los pecados [Matthew 26:26-28].

¡OH CUAN grande ceguedad la del traidor! Participando de los misterios, permaneció él mismo. Al participar de la veneranda mesa escalofriante, no cambió ni se arrepintió. Lucas lo significa al decir que después de esto, el demonio se entró en él; no porque Lucas despreciara el cuerpo del Señor, sino burlándose de la impudencia del traidor. Porque su pecado se hacía mayor por ambos lados: por acercarse con tal disposición de alma a los misterios; y porque habiéndose acercado, no se mejoró, ni por el temor, ni por el beneficio, ni por el honor que se le concedía.

Por su parte Cristo, aunque todo lo sabía, no se lo impidió, para que así conozcas que El nada omite de cuanto se refiere a nuestra enmienda. Por esto, ya antes, ya después, lo amonestó y trató de detenerlo con palabras y con obras, por el temor y por las amenazas y por los honores. Sin embargo, nada pudo curarlo de semejante enfermedad. Y así, prescindiendo ya de él, Cristo recuerda a los discípulos, mediante los misterios, nuevamente su muerte; y durante la cena les habla de la cruz, procurando hacerles más llevadera su Pasión con la frecuencia en anunciarla de antemano. Si después de tantas obras llevadas a cabo y de tan numerosas predicciones, todavía se turbaron ¿qué no les habría acontecido si nada hubieran oído de antemano?

Y mientras cenaban, tomó Jesús el pan. Y lo partió. ¿Por qué celebró Jesús este misterio al tiempo de la Pascua? Para que por todos los caminos comprendas ser uno mismo el Legislador del Antiguo Testamento y el del Nuevo; y que lo que en aquél se contiene fue figura de lo que ahora se realiza. Por esto, en donde estaba el tipo y la figura, Jesús puso la realidad y verdad. La tarde era un símbolo de la plenitud de los tiempos e indicaba que las cosas tocaban a su realización. Y da gracias-para enseñarnos cómo se ha de celebrar este misterio; y además, mostrando que no va forzado a su Pasión; y dándonos ejemplo para que toleremos con acciones de gracias todo cuanto padezcamos; y poniéndonos buena esperanza Pues si el tipo y figura pudo librar de tan dura esclavitud, mucho mejor la realidad librará al orbe todo y será entregada en beneficio de todo el género humano. Por esto no instituyó este misterio antes, sino hasta cuando los ritos legales habían de cesar enseguida.

Termina de este modo con lo que constituía la principal solemnidad y conduce a otra mesa sumamente veneranda y terrible. Y así dice: Tomad, comed; este es mi cuerpo que será entregado por muchos. ¿Cómo fue que los discípulos no se perturbaron oyendo esto? Fue porque ya anteriormente les había dicho muchas y grandes cosas acerca del misterio. Y por lo mismo, tampoco les hace preparación especial inmediata, pues ya sabían sobre eso lo bastante. Pone el motivo de la Pasión, que es el perdón de los pecados; y llama a su sangre, sangre del Nuevo Testamento, o sea de la nueva promesa, de la nueva Ley. Porque ya de antiguo lo había prometido y ahora lo confirma el Nuevo Testamento. Así como el Antiguo tuvo sangre de ovejas y terneros, así éste tiene la sangre del Señor.

Declara además que va a morir y por esto habla del Testamento y menciona el Antiguo, pues también aquél fue dedicado con sangre. Y pone de nuevo el motivo de su muerte diciendo que será derramada por muchos para la remisión de los pecados. Y añade: Haced esto en memoria mía. ¿Adviertes cómo aparta y aleja ya de los ritos y costumbres judías? Como si dijera: Así como esos ritos los celebrabais en memoria de los milagros obrados en Egipto, así ahora haced esto en memoria mía. Aquella sangre se derramó para salvar a los primogénitos; pero ésta, para remisión de los pecados de todo el mundo. Pues dice: Esta es mi sangre que será derramada para remisión de los pecados.

Lo dijo con el objeto de al mismo tiempo declarar que su Pasión y cruz era un misterio, y consolar así de nuevo a sus discípulos. Y así como Moisés dijo a los judíos: Esto es para vosotros memorial sempiterno [Éxodo 12:14], así Cristo dice: Para memoria mía, hasta que venga. Por lo mismo dice: Con ardiente anhelo he deseado comer esta cena pascual [Lucas 22:15] es decir, entregaros el nuevo culto y ofreceros la cena pascual con que tornaré a los hombres espirituales. Y él también bebió del cáliz. Para que no dijeran al oír eso: ¿Cómo es esto? ¿de modo que bebemos sangre y comemos carne? Y se conturbaran -pues ya anteriormente, cuando les habló de este misterio, a las solas palabras se habían conturbado-; pues para que no se conturbaran, repito, comienza El mismo por tomarlo, para inducirlos a que participen con ánimo tranquilo de aquel misterio. Por esto bebe su propia sangre.

Preguntarás: entonces ¿es necesario practicar juntamente el rito antiguo y el nuevo? ¡De ningún modo! Por eso dijo: Haced esto, para apartarlos de lo antiguo. Pues si el nuevo perdona los pecados, como en realidad los perdona, el otro resulta ya superfluo. Y como lo hizo antiguamente con los judíos, también ahora unió el recuerdo del beneficio con la celebración del misterio, cerrando con esto la boca a los herejes. Pues cuando éstos preguntan ¿de dónde consta con claridad que Cristo fue inmolado?, con varios argumentos y también con el de este misterio les cerramos la boca. Si Cristo no hubiera en realidad muerto, lo que ahora se ofrece ¿de qué sería símbolo?

¿Adviertes con cuánto cuidado se proveyó a que recordáramos continuamente que Cristo murió por nosotros? Pues Marción, Valentino y Manes* iban más tarde a negar esta providencia y economía, Cristo, aun por medio de los misterios, nos trae a la memoria el recuerdo de su Pasión, para que nadie pueda ser engañado; y mediante la sagrada mesa, a la vez nos salva y nos instruye; porque ella es el principal de todos los bienes. Pablo repite esto con frecuencia.

*Marción (de Sinope, c. 85) – escritor y teólogo griego, fue un heresiarca cristiano del siglo II, fundador de la secta marcionita. Su doctrina se resume en la existencia de dos espíritus supremos, uno bueno y otro malo, y considera al Dios del Antiguo Testamento un inferior de éstos, simple modelador de una materia preexistente. Marción desplegando su canon. Rechazaba por tanto el Antiguo Testamento, y del Nuevo sólo aceptaba el Evangelio según san Lucas y las epístolas de San Pablo. La Iglesia define el canon del Nuevo Testamento en gran parte como una reacción contra Marción, finalmente confirmado en el siglo IX en el séptimo Concilio Ecuménico.

Valentino – fundador de una de las más importantes sectas gnósticas del siglo II. El gnosticismo es un conjunto de corrientes sincréticas filosófico-religiosas que llegaron a mimetizarse con el cristianismo en los tres primeros siglos de nuestra era, convirtiéndose finalmente en un pensamiento declarado herético después de una etapa de cierto prestigio entre los intelectuales cristianos. En efecto, puede hablarse de un gnosticismo pagano y de un gnosticismo cristiano, aunque el más significativo pensamiento gnóstico se alcanzó como rama heterodoxa del cristianismo primitivo. Según esta doctrina los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo, sino que se salvan mediante la gnosis, o conocimiento introspectivo de lo divino, que es un conocimiento superior a la fe. Valentinianismo fue condenado por varios Padres de la Iglesia, como Hipólito y Ireneo

Maniqueísmo es el nombre que recibe la religión universalista fundada por el sabio persa Mani (o Manes) (c. 215-276), quien decía ser el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad. El maniqueísmo se concibe desde sus orígenes como la fe definitiva, en tanto que pretende completar e invalidar a todas las demás. Al rivalizar en este sentido con otras religiones, como el zoroastrismo, el budismo, el cristianismo y el islam, de sus contactos con ellas se derivaron numerosos fenómenos de fusión doctrinal.

Homilía LXXXII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)