Tercer Escalón: La Verdadera Peregrinación

Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, Egipto

Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, Egipto. El autor vivia en este monasterio durante el sexto siglo.

Η Κλίμαξ Θείας ανόδου 

1. Peregrinación es el abandono constante y voluntario de todas aquellas cosas que nos impiden el propósito y el ejercicio de la piedad, que es honrar y buscar a Dios. Peregrinación es un corazón vacío de toda desconfianza, una sabiduría desconocida, una prudencia secreta, una vida retirada, un propósito secreto, amor del desprecio, apetito de angustias, deseo del amor divino, abundancia de caridad, renuncia a la vanagloria, un abismo de silencio.

2. Está en la naturaleza de las cosas que, en un principio, un pensamiento agite de un modo incesante e intenso a los amantes del Señor, como si ellos se consumieran en el fuego divino de este deseo de alejarse de la patria y de los suyos, el cual también los incita a querer ser afligidos y despreciados por amor de Dios. No obstante a pesar de ser loable este sentir, es necesario, además, un gran discernimiento, porque en último término, no toda peregrinación es igualmente buena.

3. Ningún profeta es honrado en su tierra (Jn. 4:44), ha dicho el Señor; debemos velar, sin embargo, a fin de que nuestro exilio voluntario no se transforme en ocasión para la vanagloria, porque la peregrinación verdadera es el perfecto apartamiento de todas las cosas con la intención de que nuestro pensamiento jamás se aparte de Dios. El Peregrino es un amante perpetuo del llanto arraigado en sus entrañas por la memoria de su Creador. Peregrino es el que siempre aparta de sí la memoria y el afecto, tanto de parientes como de extraños por ser impedimentos para ir a Dios.

4. Aquel que se haya resuelto por esta peregrinación, por esta soledad, no debe detenerse en el mundo para escuchar a las almas amigas, por temor de ser asaltado, en ese tiempo, por el Enemigo. Ya que hubo muchos que pretendiendo llevar consigo a estos perezosos y negligentes, perecieron junto con ellos, apagándoseles en el ínterin la llama del fuego divino. Por lo tanto, cuando sintieras en ti esta llama y esta divina inspiración, corre presuroso, pues no sabes en qué momento ha de apagarse dejándote a oscuras. No todos somos llamados a salvar a los otros, porque, como dice el Apóstol: “Cada uno dará a Dios cuenta por sí” (Rom. 14:12), y en otro sitio: “Tú, en suma, que enseñas a otros, ¿cómo no te enseñas a ti mismo?” (Rom. 12:21). Como si dijera: “En lo que concierne a los demás, no sé, mas cada cual responderá, seguramente, por sí mismo.”

5. En tu peregrinar guárdate del demonio del vagabundaje y del amor a los placeres, pues la peregrinación suele dar ocasión a este demonio.

6. Gran cosa es haber mortificado el apego a las cosas pasajeras, y la peregrinación es la madre de esta virtud.

7. Los que son peregrinos por amor a Dios, han de abandonar todos sus apegos, y estar como muertos para con todas las cosas, a fin de no estar por una parte alejados del mundo, y por la otra atrapados por sus lazos.

8. Quienes se han alejado del mundo, que no vuelvan a tocarlo, pues muchas veces los vicios largo tiempo adormecidos, suelen despertar a su contacto.

9. Nuestra madre Eva contra su voluntad salió del Paraíso, mas el exilio del monje es voluntario. Aquella fue arrojada a fin de que no comiera nuevamente del árbol de la desobediencia; éste debe alejarse por el peligro que representan, para su anhelo, los parientes según la carne.

10. Huye entonces, como de un grandísimo azote, de la vecindad de estos lugares del mundo, pues cuando el fruto está ausente, menos mueve al corazón.

11. Otro modo que tienen estos ladrones de engañarnos, es sugerirnos que no nos apartemos de los seculares, diciéndonos que mayor será nuestra recompensa, si viendo mujeres y andando en medio de ellas, permanecemos castos. No debemos escucharlos sino, más bien, hacer todo lo contrario.

12. Después de habernos alejado un tiempo de nuestra patria y de haber adquirido un poco de piedad, de compunción y de abstinencia, los demonios comenzarán a combatirnos, generando en nosotros pensamientos de vanidad e incitándonos a retornar a nuestra patria para edificación y ejemplo de todos aquellos que antes nos vieron vivir desordenadamente en el siglo. Y si por ventura tenemos alguna ilustración o alguna gracia en el hablar, entonces nos empujan fuertemente hacia el siglo, para que nos transformemos en maestros y salvadores de almas. Todo esto a fin de que la hacienda que con mucho trabajo adquirimos en el puerto, la perdamos en alta mar.

13. Esforcémonos por imitar a Lot, y no a la mujer de Lot; porque el alma que retornara al lugar del cual salió, ha de transformarse en sal y permanecerá inmóvil como una estatua (cf. Gen. 19:24).

14. Huye, entonces, de Egipto, y hazlo de tal manera que nunca jamás vuelvas, porque los corazones que allí volvieron no alcanzarán la Jerusalén de la impasibilidad.

15. Con todo esto, sin embargo, no es malo para aquellos que al principio de su conversión dejaron la patria, y todas las cosas con ella, por conservarse en la infancia de su profesión y a fin de cerrar las puertas a todo cuanto podía dañarlos, que después de confirmados y adelantados en la virtud, y perfectamente purificados, vuelvan a ella para hacer partícipes a otros de la salvación que ellos mismos alcanzaron. Porque aquel gran Moisés que vio a Dios y que por Él fue enviado para salvar a su pueblo, pasó muchos peligros en Egipto, y muchas aflicciones y trabajos en este mundo por tal causa.

16. Más vale entristecer a nuestros padres que a nuestro Señor, porque El nos creó y redimió, pero aquellos muchas veces destruyeron a los que amaron, y los entregaron al tormento eterno.

17. Peregrino es aquel que, como hombre de otra lengua que mora en una nación extranjera entre gente que no conoce, vive solo consigo en el conocimiento de sí mismo.

18. Que nadie piense que nos separamos de nuestra patria y de nuestros deudos porque los aborrezcamos (nunca quiera Dios que tal sea nuestra intención), sino para evitar el daño que de su parte puede llegarnos.

19. En ese punto, como en todo lo demás, tenemos a nuestro Salvador por maestro y por ejemplo, el cual muchas veces se alejó de la Virgen y del santo José. Y cuando le dijeron: “Tu madre y tus hermanos te buscan” (cf. Mt. 12:47), nuestro buen maestro nos enseñó este santo odio y esta libertad del corazón al responder: “Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (cf. Mt. 12:50).

20. Ten por padre, entonces, a aquel que puede y quiere trabajar contigo para ayudarte a descargar el fardo de tus pecados; sea tu padre la compunción, que tiene el poder de lavar la suciedad de tu alma; sea tu hermano aquel que trabaja y lucha a tu lado en tu curso hacia el cielo; sea tu mujer y compañera, que de tu lado no se aparte, la memoria de la muerte; sean tus hijos bienamados, los gemidos del corazón; que tu siervo sea tu cuerpo, y tus amigos las santas potencias, que te serán de utilidad en la hora de la muerte, si tú cultivaras ahora su amistad. Ésta es la familia espiritual de aquellos que buscan a Dios.

21. El amor de Dios excluye el amor desordenado de los padres — se engaña aquel que pretende poseer a los dos al mismo tiempo — , pues El ha dicho: “Nadie puede servir a dos señores” (Mt. 6:24).

22. “No penséis que he venido a poner paz, sino espada” (Mt. 10:34) — dice el Señor en otra parte — porque vine a apartar a los amadores de Dios de los amadores del mundo, y a los terrenos y ambiciosos de los espirituales, y a los ambiciosos de los humildes. Porque el Señor se regocija de los conflictos y separaciones cuando ellos se producen por amor a Él.

23. ¡Ten cuidado!, no estés secretamente atado por el amor de los tuyos, pues te arriesgas, al verlos andar naufragando en el diluvio de las miserias y trabajos de este mundo y tratar de socorrerlos, a perecer junto con ellos en ese mismo diluvio. No te dejes conmover, entonces, por las lágrimas de tus padres y de los amigos que lloran tu salida del mundo, para no tener que llorar tú mismo, por toda la eternidad.

24. Cuando ellos te cercaran como abejas, o mejor, como avispas, y comenzaran a lamentarse sobre ti, no lo dudes un solo instante: fija, sin abstracciones, los ojos de tu alma sobre tu muerte y sobre el recuerdo de tus acciones pasadas, a fin de arrojar, con tu pena, a otra pena.

25. Los nuestros, que de hecho, no son los nuestros, nos prometen, muchas veces engañosamente, que todas las cosas se harán según nuestra voluntad y que no nos impedirán nuestros buenos propósitos. Mas ellos, de este modo, tratan de desviarnos de nuestro curso para lograr sus propios fines.

26. Cuando nos alejemos del mundo, busquemos nuestro sitio en los lugares más humildes, menos públicos y más apartados de las consolaciones del mundo. De otro modo podremos vernos envueltos por las pasiones.

27. Oculta la nobleza de tu origen si fueras noble, y en nada muestres la claridad y nobleza de tu linaje, a fin de no aparecer uno en tus palabras y otro en tus actos.

28. Entre todos los peregrinos ninguno hubo como aquel Patriarca a quien le fue dicho: “Sal de tu tierra y de entre tus parientes, y de la casa de tu padre” (Gen. 12:1), siendo por esta vía llamado a marchar entre gente bárbara y de lengua desconocida.

29. El Señor, algunas veces, ha tornado ilustres a ciertos hombres que a ejemplo de aquel gran Patriarca eligieron el exilio. Mas, si bien esta gloria viene de Dios, es bueno que ella sea preservada con el escudo de la humildad.

30. Cuando los demonios, o los hombres, nos alaban por nuestro exilio o por alguna virtud, debemos recurrir con gran atención al recuerdo de aquel Señor que peregrinó del cielo hasta la tierra por nosotros, y hallaremos que, ni aun viviendo todos los siglos, podríamos nosotros imitar la pureza de su exilio.

31. Peligrosas son todas las ataduras, tanto las que nos unen a uno de los nuestros como las que nos ligan a un extraño: ellas pueden arrastrarnos insensiblemente hacia las cosas del mundo y amortiguar en nosotros el fuego de la compunción.

32. Porque así como es imposible mirar con un ojo el cielo y con el otro la tierra, es igualmente imposible, estando en el cuerpo y con el ánimo aficionado al mundo, tener una afición pura por las cosas del cielo.

33. Con gran trabajo y fatiga se alcanza la virtud y se establecen los buenos hábitos. Mas puede ocurrir que aquello que sólo se consiguió tras mucho trabajo y en mucho tiempo, se pierda en un instante; pues “las malas compañías corrompen los buenos hábitos” (cf. 1 Cor. 15:33), y estas compañías son a la vez mundanas e inmundas.

34. Aquel que después de haber renunciado al mundo quiere vivir y relacionarse con los hombres que viven según el mundo, o vivir cerca de ellos, ha de caer, ciertamente, en los mismos peligros que ellos y ha de ensuciar su corazón con sus mismos pensamientos. Y si así no se ensuciara, al juzgar y condenar a los que así se ensucian, se ensuciará él mismo. De los sueños con que suelen ser tentados los principiantes

35. Me es imposible negar que mi espíritu posee apenas un conocimiento imperfecto y que está lleno de ignorancia. Pues, así como el paladar juzga la calidad de los alimentos, el oído juzga la verdad de las sentencias, y así como el sol revela la debilidad de los ojos, así también las palabras muestran la ignorancia del alma. Mas la ley del amor nos obliga a tratar cosas que exceden nuestras facultades. Yo creo de utilidad, sin pretender imponerlo, agregar a este capítulo algo sobre los sueños, para que no ignoremos del todo esta astucia de nuestros adversarios. Para ello conviene saber, en primer lugar, qué cosa es el sueño.

36. El sueño es un movimiento del espíritu mientras el cuerpo está inmóvil.

37. La fantasía es una ilusión de los ojos interiores, que hace aparecer como real aquello que no lo es en un alma adormecida. La fantasía es una alienación del alma que tiene lugar en un cuerpo despierto. La fantasía es una visión que no se fundamenta en la realidad.

38. La causa por la cual me pareció apropiado hablar sobre los sueños en este lugar, es manifiesta. Cuando nosotros, por amor de Dios abandonamos nuestras casas y parientes, y nos alejamos de ellos y nos entregamos a la peregrinación, comienzan los demonios a perturbarnos entre sueños, representándonos a nuestros padres y a nuestros parientes afligidos, tristes o muertos por causa nuestra, y pasando necesidades o en su lecho de muerte. Mas el que a sueños como estos da crédito, se asemeja al que corre tras su sombra para darle alcance.

39. Los demonios de la vanagloria profetizan en nuestro sueño. Siendo muy ingeniosos, ellos conjeturan sobre algunas cosas por venir y nos las anuncian. Cuando estas cosas suceden, nos sentimos maravillados y nos elevamos a nosotros mismos a la categoría de poseedores de la pre-ciencia. Y con esto nos ensoberbecemos.

40. Y muchas veces sucede, por secreto juicio de Dios, que el demonio resulte veraz para con aquellos que creen en él, del mismo modo que resulta mentiroso para con los que no le hacen caso. Siendo un espíritu, él ve todas las cosas que suceden en el aire que nos rodea, y cuando adivina que alguno ha de morir se lo comunica en sueños a alguno de los que creen en él, y así lo engaña.

41. Pero ninguna cosa futura la saben de ciencia cierta, sino por conjetura; y por esta vía hasta los médicos pueden predecirla muerte de un enfermo.

42. Muchas veces ocurre que los demonios toman la figura de un ángel de luz, o la de un mártir, y así se nos presentan en sueños, despertando nosotros llenos de alegría y soberbia. Esto último debe ser tomado como una de las señales de su engaño.

43. Porque los ángeles buenos nos hacen ver la representación de los suplicios, los juicios y las separaciones, y cuando despertamos lo hacemos tristes y temerosos.

44. Aquellos que comienzan a creer a los demonios en sus sueños, terminan siendo engañados fuera de los sueños. Por todo esto, es de locos y malvados el dar crédito a tales vanidades; mas el que ningún crédito les da, este es un verdadero sabio.

45. Debes creer, entonces, solamente en aquellos sueños que te predican pena y juicio. Y si esto te mueve a desesperación, debes entender que también esto te viene del demonio.

 

 

De Η Κλίμαξ Θείας ανόδου – La Santa Escala

Traducido por Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

Aunque hay un Evangelio en las lecturas de Sábado y Domingo durante Cuaresma en la Iglesia Ortodoxa, durante la semana las lecturas son del Antiguo Testamento.  Entonces, en lugar de un Evangelio, favor de permitirme presentar unas lecturas del libro, La Santa Escala, escrito por el monje cristiano Juan Clímaco, que vivía en Siria y Egipto durante el siglo VII.

Introducción

A partir del siglo VI, el célebre monasterio de Santa Catalina, fundado por Justiniano en el Monte Sinaí, se convierte en el más importante centro de difusión — e irradiación — del hesicasmo. La mística de la luz, que Orígenes y San Gregorio Niseno habían unido a la imagen bíblica de Moisés, hizo escuela sobre el sitio mismo donde Dios entregó la Ley a su pueblo. Y hasta el siglo XIV, la luz del siglo por venir,” aparecida con anticipación en el Sinaí y manifestada plenamente en el Thabor, será el objetivo buscado — en su propio interior — por los hesicastas del Oriente cristiano.

Uno de los hombres más notables entre los grandes doctores sinaítas fue indudablemente Juan, higúmeno del monasterio de Santa Catalina entre los años 580 y 650, de cuya vida, a pesar de haber sido uno de los ascetas orientales de mayor renombre, no se tienen mayores datos, a no ser un corto escrito del monje Daniel, de Raitu — que hemos incluido en esta versión de “La Santa Escala” —, algunos fragmentos de los “Relatos” del monje Anastasio y algunos indicios que el mismo Juan desliza en su obra. En cuanto a sus primeros años la carencia de noticias es total; sólo podemos deducir que recibió una sólida formación intelectual.

A los dieciséis años ingresa, según la Liturgia Griega, en el·Monasterio de Santa Catalina y se somete a la dirección de un cierto abad Martyrius, quien le conferirá la tonsura monástica a la edad de veinte años.

Tras la muerte de su padre espiritual, Juan, que en aquel entonces tendría alrededor de treinta y cinco años, decide entregarse a la vida solitaria en un sitio llamado Thola (Wadi El Tlah), donde se establece en una gruta, algo alejada del grupo de anacoretas que vivía en los alrededores. Pasado un tiempo se le acercaría su primer discípulo, un monje llamado Moisés; y más tarde, atraídos por la aureola que había comenzado a desarrollarse a su alrededor, acuden los monjes en gran cantidad procurando su consejo. Con el tiempo Juan se transformaría en un eminente padre espiritual.

Finalmente, y tras algunos incidentes que pueden leerse más adelante (en “Breve relato de la vida del bienaventurado padre San Juan Clímaco”), es elegido higúmeno del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí. Se supone que durante esta época fue redactada — a pedido del higúmeno Juan, de Raitu — su Scala Paradisi, como la llamaron los latinos, a la que debe su nombre de Clímaco (en griego Klimax: escalera).

Llegado a una edad muy avanzada, él abdica en favor de su hermano carnal Jorge — que lo sobreviviría muy poco tiempo — y retorna a la vida solitaria hasta su muerte, que se señala como ocurrida entre los años 650 y 680.

 

Segundo Escalón: del Desapego

Icono de la Escala, Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

Icono de la Escala, Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

Η Κλίμαξ Θείας ανόδου 

1. Aquel que en verdad ama al Señor, que en verdad desea gozar del Reino de los cielos, que en verdad se duele de sus pecados, que en verdad está herido con la memoria de las penas del infierno y del juicio eterno, que en verdad está animado por el temor de su propia muerte, a ninguna cosa de este mundo amará desordenadamente: no se fatigará con los cuidados del dinero ni la hacienda, ni de los padres, ni de los hermanos, ni de cosa alguna mortal y terrena. Mas, habiendo rechazado toda atadura y aborrecido todos los cuidados concernientes a esas cosas, y más todavía a su propia carne, desnudo y ligero seguirá a Cristo elevando siempre sus ojos al cielo en espera del socorro según las palabras del Profeta: Yo no me turbé siguiéndote a ti, pastor mío; nunca deseé el día ni el reposo del hombre [Jeremías 17:16 LXX]

2. Grandísima confusión es, por cierto, la de aquellos que después de haber sido llamados, no por hombres sino por Dios, después de haber abandonado todo lo que antes enumeré, se preocupan por alguna otra cosa que tampoco les será de utilidad en la hora de la necesidad, es decir en el momento de la muerte. A esto llamó el Señor: mirar atrás y no ser digno del Reino de los Cielos [Lucas 9:62].

3. El Señor conocía muy bien nuestra fragilidad en los comienzos, y cuan fácilmente nos volvemos al siglo cuando tenemos conversación familiar con personas del siglo. Por tal motivo, al que le pidió: “Señor, dame licencia para ir a enterrar a mi padre,” Él le respondió: “Deja a los muertos enterrar a sus muertos” [Mateo 8:22].

4. Suelen los demonios, después que hemos dejado el mundo, incitarnos a felicitar a algunos seculares misericordiosos y compasivos, haciéndonos creer que ellos son bienaventurados y nosotros miserables, por carecer de las virtudes que aquellos tienen. Esto lo hacen los demonios a fin de que esta adúltera y falsa humildad nos vuelva al mundo, y si permanecemos en la religión, para que vivamos desconsolados y desconfiando.

5. Hay quienes desprecian a los hombres que viven en el mundo por soberbia y presunción. Hay otros que, no por soberbia, sino a fin de escapar de este abismo de desconsuelo y desconfianza, a fin de concebir una esperanza y alegrarse por haber sido apartados del mundo, tienen en poco las costumbres de los que viven en él.

6. Quienes deseamos correr rápida y alegremente por este camino, estimándolo en lo que merece, miremos con atención la condena que el Señor pronunció contra todos aquellos que viven en el mundo, y que estando vivos están muertos, al decir: Deja a los que están en el mundo, y están muertos, sepultar a los que están muertos corporalmente [Mateo 8:22]

7. Y oigamos lo que el Señor dijo al joven que había guardado casi todos los mandamientos: “Una cosa te falta: ve y vende todos tus bienes, y dalos a los pobres, y hazte, por amor de Dios, pobre y necesitado de la ajena misericordia” [Marcos 10:21, Lucas 18:22]

8. No fueron las riquezas la causa de que aquel joven dejase de recibir el bautismo; se engañan quienes suponen que por tal motivo le mandaba el Señor que vendiera su hacienda. No era esta la causa, sino querer elevarlo a la altura del estado de nuestra profesión.

9. Para conocer su gloria debería bastarnos este argumento: quienes viviendo en el mundo se ejercitan en ayunos, vigilias, trabajos y aflicciones semejantes, cuando vienen a la vida monástica como a una escuela de virtud, tienen en menos aquellos primeros ejercicios suponiéndolos como falsos y fingidos.

10. Yo he visto que muchas y diversas plantas de virtud sembradas por aquellos que viven el mundo -las cuales eran regadas con el agua cenagosa de la vanagloria, escardadas por la ostentación y abonadas con el estiércol de las alabanzas humanas — al ser trasplantadas en tierra desierta y apartada de la vista y de la compañía de los hombres, se secaban por carecer del agua maloliente de la vanidad. Ya que las plantas que aman esa humedad no pueden producir frutos en el suelo seco y árido de los ejercicios.

11. Aquel que haya logrado aborrecer al mundo, ése estará libre de la tristeza del mundo. Pero aquel que tiene todavía afición por las cosas del mundo, no estará del todo libre de esta pasión, ya que ¿cómo dejaría de entristecerse cuando se viera privado de lo que ama?

12. Para con todas las cosas tenemos necesidad de gran templanza y vigilancia. Más, por encima de todas ellas, debemos esforzarnos por alcanzar esta libertad y la pureza de corazón. Pues he conocido algunos hombres, los cuales viviendo en el mundo con muchos cuidados y ocupaciones, con muchas congojas y mucha vigilia, escaparon de los movimientos y ardores de la propia carne. Pero estos mismos, al entrar en los monasterios, al vivir libres de esos cuidados, se dejaron corromper, torpe y miserablemente, por el ardor del cuerpo.

13. Velemos sobre nosotros mismos, no nos suceda que royendo caminar por el camino estrecho y dificultoso, lo estemos haciendo por el camino largo y espacioso y así vivamos engañados. Camino estrecho es la aflicción del bien, la perseverancia en las vigilias, el agua con medida y el Pan con parsimonia, absorber la purificante poción de las humillaciones, soportar la mortificación de nuestra voluntad, el sufrimiento de las ofensas, el menosprecio de nosotros mismos, la paciencia sin murmuración, el tolerar las injurias, el no indignarse contra los que nos infaman, el no quejarse de los que nos desprecian, el no replicar cuando nos condenan. Bienaventurados los que caminan por esta senda, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

14. Ninguno entrará a la celeste cámara nupcial para recibir la corona que recibieron los grandes santos, a no ser aquel que hubiera cumplido con la primera, con la segunda y con la tercera renunciación, a saber: en la primera ha de renunciar a todas las cosas que están fuera de él, como son los padres, los parientes, los amigos y todo lo demás; en la segunda ha de renunciar a su propia voluntad; en la tercera, por fin, ha de renunciar a la vanagloria que algunas veces suele acompañar a la obediencia, porque a este vicio están más sujetos los que viven en compañía que los que moran en soledad.

15. Salid, dice el Señor por medio de Isaías [Isaías 52:11], salid de allí, no toquéis nada inmundo. Porque, ¿cuál de los hombres del mundo ha hecho jamás milagros? ¿quién resucitó a los muertos y arrojó a los demonios? ¡Atended! Estas son las insignias de los verdaderos monjes, las cuales el mundo no merece recibir. Porque si él las mereciese, superfluos serían nuestros trabajos y la soledad de nuestro apartamiento.

16. Cuando después de nuestra renunciación los demonios encienden nuestro corazón con el recuerdo de nuestros padres y hermanos, entonces, principalmente, debemos tomar contra ellos las armas de la oración, y a nuestro turno encender nuestro corazón con el recuerdo del fuego eterno para apagar con su fuego la llama dañosa de aquel otro fuego.

17. Si alguien, creyéndose libre de ataduras se entristece en su corazón al verse privado de algún objeto, él está por completo en manos de la ilusión.

18. Cuando los jóvenes, después de haberse entregado a los deleites y vicios de la carne quieren entrar en la religión, procuren ejercitarse con toda atención y vigilancia en estos trabajos, para que no venga a ser peor su fin que su comienzo [Mateo 12:45]. Muchas veces el puerto, que suele ser la causa de la salud, lo es también de peligros. Esto lo saben muy bien aquellos que navegan por este mar espiritual. Y es cosa miserable ver perderse los navíos en el puerto, cuando estuvieron salvos en medio de la mar.

 

 

De Η Κλίμαξ Θείας ανόδου – La Santa Escala

Traducido por Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

Aunque hay un Evangelio en las lecturas de Sábado y Domingo durante Cuaresma en la Iglesia Ortodoxa, durante la semana las lecturas son del Antiguo Testamento.  Entonces, en lugar de un Evangelio, favor de permitirme presentar unas lecturas del libro, La Santa Escala, escrito por el monje cristiano Juan Clímaco, que vivía en Siria y Egipto durante el siglo VII.

Introducción

A partir del siglo VI, el célebre monasterio de Santa Catalina, fundado por Justiniano en el Monte Sinaí, se convierte en el más importante centro de difusión — e irradiación — del hesicasmo. La mística de la luz, que Orígenes y San Gregorio Niseno habían unido a la imagen bíblica de Moisés, hizo escuela sobre el sitio mismo donde Dios entregó la Ley a su pueblo. Y hasta el siglo XIV, la luz del siglo por venir,” aparecida con anticipación en el Sinaí y manifestada plenamente en el Thabor, será el objetivo buscado — en su propio interior — por los hesicastas del Oriente cristiano.

Uno de los hombres más notables entre los grandes doctores sinaítas fue indudablemente Juan, higúmeno del monasterio de Santa Catalina entre los años 580 y 650, de cuya vida, a pesar de haber sido uno de los ascetas orientales de mayor renombre, no se tienen mayores datos, a no ser un corto escrito del monje Daniel, de Raitu — que hemos incluido en esta versión de “La Santa Escala” —, algunos fragmentos de los “Relatos” del monje Anastasio y algunos indicios que el mismo Juan desliza en su obra. En cuanto a sus primeros años la carencia de noticias es total; sólo podemos deducir que recibió una sólida formación intelectual.

A los dieciséis años ingresa, según la Liturgia Griega, en el·Monasterio de Santa Catalina y se somete a la dirección de un cierto abad Martyrius, quien le conferirá la tonsura monástica a la edad de veinte años.

Tras la muerte de su padre espiritual, Juan, que en aquel entonces tendría alrededor de treinta y cinco años, decide entregarse a la vida solitaria en un sitio llamado Thola (Wadi El Tlah), donde se establece en una gruta, algo alejada del grupo de anacoretas que vivía en los alrededores. Pasado un tiempo se le acercaría su primer discípulo, un monje llamado Moisés; y más tarde, atraídos por la aureola que había comenzado a desarrollarse a su alrededor, acuden los monjes en gran cantidad procurando su consejo. Con el tiempo Juan se transformaría en un eminente padre espiritual.

Finalmente, y tras algunos incidentes que pueden leerse más adelante (en “Breve relato de la vida del bienaventurado padre San Juan Clímaco”), es elegido higúmeno del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí. Se supone que durante esta época fue redactada — a pedido del higúmeno Juan, de Raitu — su Scala Paradisi, como la llamaron los latinos, a la que debe su nombre de Clímaco (en griego Klimax: escalera).

Llegado a una edad muy avanzada, él abdica en favor de su hermano carnal Jorge — que lo sobreviviría muy poco tiempo — y retorna a la vida solitaria hasta su muerte, que se señala como ocurrida entre los años 650 y 680.

 

Primer Escalón: de la Renunciación

Icono de la Escala, Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

Icono de la Escala, Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí

De Η Κλίμαξ Θείας ανόδου – La Santa Escala

Traducido por Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

1. Dios. Nuestro Señor y Rey, que es bueno, más que bueno y enteramente bueno – es cosa muy conveniente, cuando uno se dirige a los servidores de Dios, comenzar nuestra oración con su santo nombre-, tuvo por bien honrar a todas las criaturas racionales que Él creó, con la dignidad del libre albedrío. Entre estas criaturas, unas son sus amigos, otras sus fieles servidores, otras sus servidores inútiles, otras le son extrañas y otras, por fin, son sus totalmente impotentes adversarios.

2. Amigos de Dios, venerado Padre, según nosotros lo entendemos — ignorantes y rudos como somos -, son aquellas substancias intelectuales e incorporales que lo rodean. Sus fieles servidores son aquellos que en todo, infatigablemente y sin hesitar, hacen Su santísima voluntad. Sus servidores inútiles son aquellos que, habiendo sido lavados con el agua del Santo Bautismo, no cumplen el compromiso contraído. Nosotros consideramos como extraños y enemigos de Dios a todos aquellos que viven sin el bautismo o cuya fe está plagada de errores. Sus adversarios, finalmente, son aquellos que, no contentos con haber sacudido de sí el yugo de la ley de Dios, persiguen con todas sus fuerzas a quienes procuran guardarla.

3. Extendernos acerca de cada una de estas categorías requeriría, llegado el caso, un tratado especial, y no conviene a mi ignorancia disertar ahora tan largamente sobre este tema.

Hablaremos entonces, a continuación, acerca de aquellos que, justamente, merecen ser llamados fidelísimos siervos de Dios. Ellos, con la potentísima fuerza de su caridad, son quienes nos impulsan a tomar esta carga. Por obediencia a ellos extendemos sin dilaciones nuestra ruda mano, y tomando de la suya la pluma de la enseñanza, la humedecemos en la tinta de la humildad, oscura y resplandeciente a la vez, para escribir con ella sobre sus blancos y humildes corazones como sobre un pergamino, o mejor, como sobre espirituales tablas, las palabras de Dios, que son, en verdad, divinas simientes, y según este principio:

4. Dios es la vida y la salvación de todos los seres dotados de libre albedrío; de los fieles y de los infieles, de los justos y de los pecadores, de los piadosos y de los impíos, de aquellos que están sometidos por sus pasiones y de aquellos que alcanzaron la impasibilidad, de los monjes y de los seculares, de los sabios y de los ignorantes, de los sanos y de los enfermos, de los jóvenes y de los viejos, y como la efusión de la luz, como la visión del sol, como la alternancia de las estaciones, a todos beneficia, ya que “Dios no hace acepción de personas” [Romanos 2:11].

5/9. Y para definir algunos de los vocablos que más hacen a nuestro propósito, decimos que impío es aquel ser racional y mortal que se aparta voluntariamente del camino, y que considera a su propio Creador, Siempre — existente, como no existente. Inicuo es aquel que interpreta la ley divina según su propio sentido pervertido, que se cree poseedor de la fe cuando en verdad profesa una herejía que se opone a Dios. Cristiano es aquel que, tanto como le es posible a un hombre, imita a Cristo en palabras, en obras y en pensamientos, creyendo firmemente en la Santísima Trinidad. Amigo de Dios es aquel que usa debidamente, y en forma ordenada, las cosas naturales, sin dejar jamás, en cuanto ello está en sus manos, de hacer el bien. Continente es aquel que, puesto en medio de tentaciones y trampas, trata de imitar la forma de ser de quienes han trascendido todo eso.

10/14. Monje: esta es la condición y el estado de los incorporales en un cuerpo material y sucio; monje es aquel que lleva los ojos del alma puestos siempre en Dios, y hace oración en todo tiempo, en todo lugar y en toda actividad, monje es una perpetua contradicción y violencia ejercidas sobre la propia naturaleza, y una vigilantísima e infatigable guarda de los sentidos; monje es un cuerpo casto, una boca pura y un espíritu iluminado; monje es un alma afligida y triste, que tanto en el sueño como en la vigilia, se ocupa sin cesar con el recuerdo de la muerte sin dejar jamás de ejercitarse en la virtud.

15/16. Renunciación y menosprecio del mundo, es odio voluntario, negación de la propia naturaleza, a fin de alcanzar aquello que está por encima de la naturaleza. Todos los que abandonan y desprecian los bienes de esta vida, suelen hacer esto por la gloria del Reino por venir, por la memoria de sus pecados, o tan sólo por amor de Dios. Si alguien hiciese esto, y no por alguna de estas causas, no sería razonable su renunciación. Sea cual fuere el fin y el término de nuestra vida, tal será el premio que recibiremos de Cristo, juez y remunerador de nuestros trabajos.

17. Quien desee aliviarse de la carga de sus pecados, debe imitar a los que están sobre las sepulturas llorando a los muertos — derramando continuas y fervientes lágrimas, y gemidos profundos en lo íntimo de su corazón — hasta que venga Cristo, quite la piedra del monumento, que es la ceguera y dureza del corazón, y libere a Lázaro, que es nuestra alma, de las ataduras de sus pecados, y mande a sus ministros (que son los ángeles), cutiéndoles: “Desatadlo de las ataduras de sus vicios y dejadlo ir hacia la bienaventurada impasibilidad” [Juan 11:44].

18. Todos cuantos deseamos salir de Egipto y de la dominación del Faraón, tenemos necesidad (después de Dios), de algún Moisés que nos sirva de mediador para con Él, de alguien que, guiándonos por este camino con la ayuda de sus obras y de su oración, eleve por nosotros sus manos a Dios, para que logremos atravesar el mar de los pecados y podamos volver la espalda a Amalee, príncipe de los vicios, quien engañó a algunos que, confiados en sí mismos, creyeron que no tenían necesidad de guía.

19. Los que salieron de Egipto tuvieron a Moisés como guía, y los que huyeron de Sodomía, tuvieron como guía un ángel. Los primeros, los que salieron de Egipto, son aquellos que procuran sanar las enfermedades de su alma con la ayuda del médico espiritual; mas los segundos, los que huyeron de Sodomía, son aquellos que, llenos de inmundicias y torpezas corporales, desean fervientemente verse libres de ellas.

Éstos tienen necesidad, si me es permitido expresarme así, de un ángel, o por lo menos de un hombre que se asemeje a un ángel. Pues la eficacia de la medicina debe ser proporcional a la corrupción de nuestras llagas.

20-21. Aquellos que, revestidos de esta carne mortal desean emprender la ascensión al cielo, deberán necesariamente hacerse violencia y sufrir sin cesar [Mateo 11:12], sobre todo al comienzo de su renunciación, hasta que la inclinación al placer de su corazón insensible se vea transformada en una disposición estable de amor por Dios y por la pureza gracias a una compunción manifiesta. Grandes y penosos esfuerzos serán necesarios, en efecto, y muchas penas secretas, sobre todo después de una vida de negligencia, para lograr que nuestro intelecto, semejante a un niño goloso y regañón, a fuerza de dulzura, de simplicidad y de celo, pueda amar tan sólo la vigilancia y la pureza. Mientras tanto, será menester mucho coraje. Si dominados por las pasiones, débiles como somos, nos presentamos ante Cristo con una fe viva, con nuestras flaquezas y nuestra impotencia espiritual, confesándolas ante él, nosotros obtendremos, ciertamente, su asistencia más allá de nuestros merecimientos, y alcanzaremos Su favor y Su gracia si con eso procuramos sumirnos en el abismo de la humildad.

22. Todos los que osan emprender este combate, duro, áspero, y al mismo tiempo fácil, deben saber que les será preciso arrojarse al fuego a fin de hacer que el fuego inmaterial habite en ellos. Que cada cual, por lo tanto, se pruebe a sí mismo, que coma de este pan celestial con amargura, que beba de este cáliz suavísimo con lágrimas, no sea que el combate se torne su juicio y su condenación. Si es verdad que no todos los bautizados alcanzan la salvación, miremos con atención por temor a que este peligro se haga extensivo a quienes profesan la religión.

23. Aquellos que emprenden este combate deben renunciar a todo y menospreciarlo todo, reírse de todo y rechazarlo todo, a fin de poseer un fundamento sólido. Este buen fundamento está sustentado por tres columnas: inocencia, ayuno y templanza, y todos los que se vuelven niños en Cristo deben comenzar por allí, tomando ejemplo de los que son niños en edad — en quienes no se puede encontrar perversidad ni disimulo, codicia desmedida ni vientre siempre insatisfecho, fuego de lujuria ni ardor salvaje en sus cuerpos — , porque conforme a la leña de los manjares se producen los incendios.

24. Es, en verdad, una cosa odiosa y peligrosa el hecho de que aquel que comienza, lo haga con flojedad y blandura, pues suele ser esto el indicio de la caída venidera. Por tal causa es en extremo provechoso comenzar con gran ánimo y fervor, aun cuando más tarde se deba en cierta medida reducir este rigor. Porque aquellas almas que comenzaron su combate en forma varonil para después debilitarse, pueden encontrar, en el recuerdo de su antigua virtud y diligencia, un estímulo y un azote que los lleve nuevamente al rigor pasado y les permite renovar sus alas.

25. Cuando el alma se traiciona a sí misma y pierde este benéfico y deseable fervor, que investigue, procurando encontrar la causa que la llevó a perderlo, y que con ella se trabe en combate con todo su celo, ya que no podrá recuperarlo si no lo introduce a través de la misma puerta por la cual salió.

26. Aquel que renuncia al mundo movido por un sentimiento de temor es semejante al incienso cuando se quema: al principio huele bien, mas termina transformándose en humo. Aquel que renuncia al mundo con la esperanza de una recompensa se asemeja a la piedra del molino que muele siempre del mismo modo. Pero aquel que renuncia al mundo por amor a Dios adquiere desde el comienzo el fuego interior, y este fuego, como si estuviera en medio de un gran bosque, se transforma en un gran incendio.

27. Algunos, sobre ladrillos edifican en piedras, otros, sobre la tierra levantan columnas, otros, marchan lentamente durante un tiempo; luego, al calentarse sus músculos y sus articulaciones, aceleran su paso. Aquel que posee inteligencia comprenderá este discurso simbólico. Los primeros, los que sobre ladrillos asientan piedras, son los que a partir de excelentes obras de virtud se levantan a la contemplación de las cosas divinas; sin embargo, al no estar fundados sobre la humildad y la paciencia, caen ante el embate de la tempestad. Los segundos, los que sobre la tierra levantan columnas, son los que sin haber pasado por los ejercicios y trabajos de la vida monástica, quieren volar a la vida solitaria, siendo fácil presa de los enemigos invisibles por carecer de virtud y de experiencia. Los terceros, los que avanzan paso a paso, son los que caminan con humildad y obediencia. A ellos les infunde el Señor el espíritu de Caridad, por el cual son encendidos e impulsados para terminar prósperamente su camino.

28. Puesto que es un Dios y un Rey el que nos llama a su servicio, corramos hacia El ardientemente, para no arriesgarnos — si el plazo de nuestra vida por ventura fuera breve — a morir de hambre por encontrarnos sin frutos en la hora de la muerte. Procuremos agradar a nuestro Rey y Señor, como los soldados al suyo, ya que al final de esta gloriosa milicia nos será exigida una cuenta exacta de nuestros servicios.

29. Temamos a Dios, al menos como algunos temen a las fieras. Me ha tocado ver, en efecto, a ciertos hombres que si bien no dejaron de hurtar por temor a Dios, sí lo hicieron por temor a los perros que ladraban. De este modo, lo que no terminó en ellos por temor a Dios, acabó por temor a los perros.

30. Amemos a Dios, al menos como amamos a nuestros amigos. Porque también he visto muchas veces que algunos, habiendo ofendido a Dios y provocando su ira con maldades, ningún cuidado tuvieron por recobrar su amistad. Esos mismos hombres en cambio, habiendo suscitado con una pequeña ofensa el enojo de un amigo, trabajaron luego con toda diligencia a fin de reconciliarse con el ofendido, y presentaron todo tipo de excusas y confesaron su culpa, e involucraron en todo esto a parientes y amigos ofreciéndoles muchas dádivas y presentes.

31. En los comienzos de la renunciación, la práctica de las virtudes requerirá de nosotros muchas penas y muchos esfuerzos. Más, después de haber realizado algún progreso, esa práctica no nos costará tanta pena, o apenas un poco. Y cuando nuestra mentalidad terrestre haya sido consumida y vencida por nuestro celo, entonces las practicaremos todas con gozo, con fervor, con amor y con un ardor divino.

32. Cuanto más dignos de alabanza son aquellos que desde el comienzo abrazan las virtudes y cumplen los mandamientos de Dios con alegría y devoción, tanto más dignos son de piedad los que, después de haber vivido largo tiempo de este modo, dejan de hacerlo, y si por ventura lo hacen, es con mucho trabajo y pesar.

33. Cuidémonos de sentir aversión o de condenar aquellas renuncias al mundo que parecen ser solamente fruto de una combinación de circunstancias. Porque he visto algunos hombres que habiendo huido hacia el exilio, involuntariamente reencontraron en esas tierras a su soberano; y fueron tomados a su servicio y contados entre sus caballeros, y recibidos a su mesa y en su palacio. He visto también que muchos granos caídos por azar sobre la tierra, germinaban y daban luego abundantes y excelentes frutos; y del mismo modo he visto lo contrario. He visto algunos que al ir a la casa del médico por un motivo cualquiera, acertaron a recibir en ella la salud que no tenían, recuperando la vista ya casi perdida. Es así como muchas veces lo involuntario resulta más seguro y más eficaz que aquello que se hace con un propósito determinado.

34. Que ninguno, bajo el pretexto de la multitud y gravedad de sus pecados, se declare indigno de profesar la vida monástica, y que no crea el que si así lo hace, que está procediendo con humildad, ya que por amor al placer, él “busca excusas en sus pecados.” Cuando la corrupción es grande, a fin de drenar totalmente la infección, se hace necesario un tratamiento enérgico.

35. Si un rey mortal y terreno nos convoca a su servicio y a su milicia, no hay nada que nos detenga ni buscamos excusas para no acudir. Antes, dejadas todas las cosas, corremos a servir y a obedecer con suma alegría. Por lo tanto, cuando el Rey de reyes, el Señor de los señores, el Dios de dioses nos llame a su celestial servicio, debemos estar atentos a fin de no recusarnos por pereza y negligencia, pues en ese caso nos encontraremos sin excusas ante su gran tribunal.

36. Es posible avanzar, aunque dificultosamente, aun estando encadenado por los asuntos del mundo y su cuidado, ya que también pueden caminar, con impedimento y trabajo, quienes llevan grilletes en sus pies. El célibe, retenido en el mundo solamente por los negocios y su cuidado, se asemeja al que tiene sus manos esposadas. Así, cuando él desea entregarse a la vida monástica o solitaria, puede hacerlo libremente. Aquel que está casado, en cambio, es semejante al que lleva tanto sus manos como sus pies encadenados.

37. Me preguntaron cierta vez unos negligentes que vivían en el mundo: ¿cómo podríamos nosotros, morando con nuestras mujeres y cercados por el cuidado de nuestros negocios, vivir la vida monástica? A los cuales yo respondí: Todo el bien que pudiereis hacer, hacedlo; no injuriéis a nadie, no digáis mentiras ni toméis lo ajeno, no os levantéis contra nadie ni queráis mal a nadie; frecuentad las iglesias y los sermones, usad de misericordia con los necesidades, no escandalicéis ni deis mal ejemplo a nadie, no os empeñéis en suscitar discordias sino en deshacerlas, y contentaos con el uso legítimo de vuestras mujeres, porque si esto hiciereis no estaréis lejos del reino de Dios.

38. Aprestémonos para el buen combate con amor y alegría, sin dejarnos intimidar por nuestros enemigos. Porque ellos ven muy bien, a pesar de no ser vistos por nosotros, la figura de nuestras almas, y si nos vieran acobardados y medrosos, con mayor furia se lanzarían contra nosotros. Por lo tanto, con gran coraje, alcemos nuestras armas contra esos picaros, que no atacan a los combatientes resueltos.

39. En su deseo de adaptar el combate a nuestras fuerzas, suele el Señor suavizar las primeras batallas de los principiantes y de los nuevos guerreros, a fin de que ellos no retornen al mundo espantados por la grandeza del peligro. Gozaos, por lo tanto, siempre en el Señor, y tomad esto como una señal de su llamado y de su amor por vosotros.

40. Pero también suele suceder que el mismo Señor, cuando desde un principio ve a las almas generosas, en su deseo de coronarlas cuanto antes les apareja las más fuertes batallas.

41. El Señor oculta a los ojos de los hombres del siglo las dificultades de esta milicia — que desde otro punto de vista es fácil- porque si ellas fueran conocidas, no habría quien quisiese abandonar el mundo.

42. Ofrenda a Cristo los trabajos de tu juventud y podrás gozar en la vejez el tesoro de la impasibilidad, ya que son los bienes acumulados durante la mocedad los que nos reconfortan y alimentan en la debilidad de nuestra vejez. Trabajemos los jóvenes ardientemente, y corramos con sobriedad y vigilancia, ya que la hora incierta de la muerte nos aguarda en todo instante. Nuestros enemigos son en verdad perversos, astutos, poderosos, invisibles, desprovistos de todo impedimento corporal y nunca duermen; ellos tienen el fuego en sus manos y se esfuerzan por incendiar el templo vivo de Dios.

43. Que nadie en su juventud preste atención a los demonios que suelen decir: “No maltrates a tu carne, para no caer en la dolencia y en la enfermedad” pues de este modo ellos hacen al hombre blando y piadoso consigo mismo. Son muy pocos en efecto, en estos tiempos que corren, los que mortifican en todo a su carne, aunque algunos se abstienen de muchos y delicados manjares. Tal es una de las principales astucias de nuestro adversario: hacernos blandos y flojos al principio de nuestra profesión, para que después el fin sea semejante al comienzo.

44. Quienes verdaderamente se han resuelto a servir a Cristo — con la ayuda de los Padres espirituales y a partir del conocimiento que tienen de ellos mismos — deben buscar, antes que cualquier otra cosa, un lugar, un modo de comportarse, una forma de vivir y aquellos ejercicios que les sean apropiados. Porque no a todos conviene la vida cenobítica, particularmente por causa de la gula; del mismo modo, tampoco la vida eremítica es para cualquiera, en este caso, por causa de la ira. Que cada cual examine, ahora, el estado que más le conviene. .

45. El estado monástico, de una manera general, comprende tres modos de vivir. El primero es de vida solitaria, el de los monjes llamados anacoretas; el segundo es el que adoptan dos o tres monjes que comparten la soledad; el tercero es el de los que viven en la obediencia del monasterio: “Que nadie se desvíe ni a derecha ni a izquierda, dice el Sabio [Proverbios 4:27], más siga el camino real” [Números 20:17]. Entre estos tres géneros de vida, el del medio es para muchos el más conveniente, pues está escrito: “¡ay del solo, que si cae (en la tristeza espiritual, en la negligencia, en la somnolencia, en la pereza o en la desesperación) no tiene quien lo levante!” [Eclesiastés 4:10] en cambio “donde están dos o tres congregados» en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” [Mateo 18:20].

46. ¿Cuál es el monje fiel y sabio? Monje fiel y sabio será aquel que haya conservado íntegro su fervor hasta el fin de su vida, sin haber dejado de acrecentar, día tras día, fuego sobre fuego, fervor sobre fervor, deseo sobre deseo y celo sobre celo.

 

 

Aunque hay un Evangelio en las lecturas de Sábado y Domingo durante Cuaresma en la Iglesia Ortodoxa, durante la semana las lecturas son del Antiguo Testamento.  Entonces, en lugar de un Evangelio, favor de permitirme presentar unas lecturas del libro, La Santa Escala, escrito por el monje cristiano Juan Clímaco, que vivía en Siria y Egipto durante el siglo VII.

Los frutos de la oración incesante

Es por la oración que el asceta alcanza una pobreza espiritual auténtica. Aprendiendo a pedir sin cesar la ayuda de Dios, pierde poco a poco su confianza en si mismo. Si hace algo con éxito, no ve allí su propio logro, sino que lo atribuye a la misericordia divina que implora sin cesar. La oración incesante lleva a la adquisición de la fe, pues aquél que ora continuamente comienza gradualmente a sentir la presencia de Dios. Ese sentimiento se desarrolla poco a poco, de tal modo que el ojo espiritual llega a reconocer a Dios en su Providencia mejor de lo que el ojo natural ve los objetos materiales; y entonces el corazón conoce la presencia de Dios por una experiencia inmediata. Aquél que ha visto a Dios por una experiencia inmediata. Aquel que ha visto a Dios de esta manera y ha sentido así su presencia, no puede dejar de creer en él con una fe viviente que se manifestará en sus actos.

La oración incesante vence al mal mediante la esperanza en Dios; conduce al hombre a una santa simplicidad, separando su intelecto del hábito de dispersarse en pensamientos distintos y hacer planes sobre si mismo y sobre su prójimo, y manteniéndolo siempre en una pobreza y una humildad de pensamientos. Es en esto que consiste la formación del hombre de oración. Aquel que ora sin cesar pierde gradualmente el hábito de dejar vagar sus pensamientos, de estar distraído, de estar colmado de vanas preocupaciones, y cuanto más profundamente se arraiga en el alma ese impulso hacia la santidad y hacia la humildad, más se pierden los hábitos precedentes. Finalmente, llega ser como un niño, tal como lo recomienda Cristo en el Evangelio; llega a ser loco por amor de Cristo, es decir, pierde la falsa sabiduría del mundo y recibe de Dios una inteligencia espiritual.

La curiosidad, la desconfianza y las sospecha son igualmente destruidas por la oración incesante; a partir de allí, los otros comienzan a parecernos buenos, y de esta transformación del corazón nace el amor por los hombres. Aquél que ora sin cesar permanece constantemente en el Señor, reconoce al Señor como Dios, adquiere el temor de Dios del cual nace la pureza, y está da nacimiento al amor divino. El amor de Dios lo colma con los dones del Espíritu Santo, del que es el templo.

de De La Oración y del Combate Espiritual, Ignacio Brianchaninov (1807-1867)

Obstáculos en el Camino Hacia el Evangelio

" Cuando el hombre hace de si mismo su propio ídolo, no alcanza nunca lo que esta buscando, o sea, una felicidad verdadera."  Un yate en el desierto, el festival Burning Man, 2012

“Cuando el hombre hace de si mismo su propio ídolo, no alcanza nunca lo que esta buscando.”
(Foto: Un yate en el desierto, el festival Burning Man, 2012)

 

No hay hada más mortal para el espíritu, como transformar a uno mismo, consciente o inconscientemente, en el centro de la vida. Cuando el hombre hace de si mismo su propio ídolo, no alcanza nunca lo que esta buscando, o sea, una felicidad verdadera  … den le la posibilidad de ilimitada diversiones y placeres, la fama, y el reconocimiento mundial, y después de un corto entusiasmo el sentirá el vacío y la soledad.

Protopresbítero Sergio Chetverikov

 

Para el hombre contemporáneo es difícil acercarse simple y directamente al Evangelio, aceptarlo tal cual es — sin filosofar, con corazón confiado, como es natural para los niños y gente simple, y tal como es incondicionalmente necesario, según las palabras del nuestro Señor Jesucristo: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos” (Mat. 18:3).

“Si no volvéis” — vuelven atrás, si no os haces de nuevo niños, — no en los sentidos de la pobreza de conocimiento, ni falta de la experiencia de la vida, — sino en el sentido del corazón no obstruido por su propia personalidad, diferentes prejuicios y pasiones, que se desarrollan y enraízan en el hombre con la edad, y ante la falta de cuidado de si mismo y olvido de las palabras del Salvador: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” (Mat. 5:8). Para aceptar la palabra del Evangelio, el hombre contemporáneo debe pasar mucho en la vida, humillarse, negarse a si mismo, y solo entonces se le revelará con toda claridad la altura del contenido del Evangelio. La finalidad de estas notas es investigar los principales obstáculos que impiden al hombre actual acercarse al Evangelio.

1. Como primer obstáculo en el camino hacia el Evangelio hay que reconocer la costumbre de acercamiento al objeto exclusivamente intelectual y teórico. La finalidad del Evangelio no esta en la conformación intelectual de las demandas de un hombre instruido, sino en ayudarle a encontrar el camino de renacimiento y renovación espiritual. “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3). “Si alguno esta en Cristo, nueva criatura es” (2 Cor. 5:17).

Rich young rulerComo vemos en las palabras del Evangelista Mateo al joven rico le inquietaban preguntas espirituales, la enseñanza de Cristo le gustaba y lo atraía, — pero no tanto como para sacrificar su bienestar. Justamente su parcialidad hacia lo terrenal le impidió de ser discípulo de Cristo. Cuando Jesucristo le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” — se alejo triste (Mat. 21:19).

Si miramos el pasado de la sociedad prerevolucionaria y del estudiantado ruso, veremos que les era siempre característico un cálido interés por las cuestiones eternas — sobre Dios, sobre la verdad, el sentido y la meta de la vida. Pero este interés era preponderante intelectual, teórico, que no influía sobre la vida. El Evangelio que llevaba, ante todo, a una renovación interior, atraía poco a la “inteligencia” rusa. La misma se interesaba principalmente de temas abstractos: filosofía, descubrimientos científicos, enseñanzas políticas y sociales y no del problema de salvación de su alma. Y a esto, justamente, llama el Evangelio, diciendo: “Que aprovechara al hombre, si gane todo el mundo, y perdiere se alma? O que recompensa dará el hombre por su alma?” (Mat. 16:26).

Si comparemos la relación con el Evangelio de la “inteligencia” rusa con la de los ascetas cristianos y simples fieles, veremos una importante diferencia. Para los últimos el Evangelio, menos de todo, es un objeto de estudio teórico. Ellos buscan y encuentran en el Evangelio, como en la palabra Divina, la indicación del camino de la vida.Solo esto buscan en él. La dirección hacia el Evangelio constituye, para ellos, el inicio de una vida nueva, a menudo, — una ruptura decisiva con el pasado. “He aquí, nosotros hemos dejado nuestras posesiones y te hemos seguido”— dice ap. Pedro a Jesucristo (Luc. 18:28). El Evangelio capta totalmente el alma de los ascetas cristianos, no dejando en ella lugar para otros intereses, otras metas en la vida. No solo un rincón dejan ellos a Cristo en su corazón, sino, se entregan a El completamente “con el pensamiento sin retorno” como dice un cántico de la iglesia. Recordemos algunos ejemplos de nuestra historia rusa, particularmente cercana. San Teodosio Pecherski, siendo todavía un niño, se niega a usar vestimenta elegante y prefiere los harapos, deseando imitar “la pobreza de Cristo.” El pide a un herrero de rodear se cuerpo desnudo de una cadena de hierro para vencer sus deseos pecaminosos, y el herrero satisface su pedido. Muchas veces el huye de su madre, trabaja para otros, y vive en la húmeda y estrecha cueva de san Antonio (de Kiev).

Serafín de Sarov

Serafín de Sarov

Otro santo ruso — un joven aristócrata rico y apuesto, Teodoro Kolychev, deja la corte de Iván el Terrible, se viste como simple campesino, trabaja en las aldeas, inicia una severa hazaña en el monasterio de Solovki. Una rica terrateniente Juliana Lazarevski distribuye en un año de hambre a los hambrientos todas sus posesiones. Serafín a los 17 años deja su casa paterna para peregrinar y toda su restante vida pasa en severas hazañas, en nombre de Cristo. Paisio Velichkovski deja la academia Teológica y a su madre, que lo quiere, su futuro bienestar, su buena posición en la sociedad, y se hace peregrino por los monasterios, viviendo en indigencia y pobreza. La viuda del coronel Alejandro Melgunov abandona su rica vida social y entra como sirvienta de un pobre sacerdote de aldea, cumpliendo trabajos más viles.

De estos ejemplos se ve claramente la diferencia entre la relación al Evangelio eclesiástica y ascética y la social característica de la “inteligencia.” Esta diferencia se encuentra no en la severidad de las hazañas, sino, principalmente en aquella total vuelta del alma hacia el Evangelio que vemos en ellos. No es necesario que cada uno se envuelva con cadenas, según el ejemplo de san Teodocio, o pase mil noches en oración sobre una piedra como san Serafín, ya que también aquel que ofrezca una copa de agua fría a “‘uno de estos péquenos” en nombre de Cristo, ya esta sobre el verdadero camino evangélico.

Todo lo arriba expresado se puede resumir en siguientes palabras: el primer obstáculo en el camino hacia el Evangelio es la costumbre de un interés teórico y abstracto en lugar de una dirección profunda hacia Cristo con toda el alma como a la fuente de la vida e inmortalidad.

2. El segundo obstáculo en el camino al Evangelio es la inmoderada absorción de uno mismo con su propia personalidad. No hay hada más mortal para el espíritu, como transformar a uno mismo, consciente o inconscientemente, en el centro de la vida. Cuando el hombre hace de si mismo su propio ídolo, no alcanza nunca lo que esta buscando, o sea, una felicidad verdadera. Le asedia (roe) siempre la insatisfacción y la angustia. Cubran lo de millones, den le la posibilidad de ilimitada diversiones y placeres, la fama, y el reconocimiento mundial, y después de un corto entusiasmo el sentirá el vacío y la soledad. Estará así hasta que logre destituirse a si mismo. Sin esto, a pesar de plantearse metas altas, será condenado solo a momentos pasajeros y fantasmales de alegría, que indefectiblemente serán sustituidos por un largo desencanto y tedio.

Para ser verdaderamente feliz hay que poner la meta de vida no en si mismo. Cuan mas importante y significativo será el objeto en el cual colocamos la meta de la vida, cuanto nos entregamos a el plenamente, cuanto mas olvidemos para él a si mismos, tanto nos tornaremos mas alegres y felices. Es feliz el hombre que se entrega a un trabajo amado, físico o intelectual. Es feliz el científico sumergido completamente en sus investigaciones, como un Arquímedes en sus diseños, o Xenofan, que dedico su vida al estudio de las estrellas, o Espinosa, ocupado en sus reflexiones religioso-filosóficas. Es feliz una madre, que vive plenamente para sus hijos, son felices las hermanas y hermanes con su amor reciproco, amigos con su pura y sincera amistad.

La felicidad máxima, la plenitud de la felicidad, según la enseñanza cristiana, se encuentra en el amor desinteresado y pleno a Dios y a la gente — no a la humanidad abstracta, sino, la que esta cerca de nosotros, el prójimo, — con sus fallas y debilidades. Toda la vida terrenal de Jesucristo y Su enseñanza, en particular Su sermón de la Montaña y la última conversación con Sus discípulos, Sus sufrimientos y la muerte — son un ejemplo de la realización de la ley de amor.

Y toda la salvación de nuestra alma consiste justamente en “negarse a si mismo” y tomando su cruz, o sea el peso de su vida, seguir a Cristo. Solo entonces caerá de nuestra alma la piedra pesada de insatisfacción interior y el alma se sentirá cálida y liviana. El hombre que ama, nunca se cansa de vivir amando. Ya pesar de mucho tiempo que siga su amor, le parecerá siempre que solo comienza. Para un cristiano se encuentra no en logros externos, sino en el crecimiento interno, que no tiene fin.

La conocida frase de Máximo Gorki: “el hombre, esto suena orgulloso,” tiene cierto sentido solo en la medida de ver en el hombre la imagen de Dios: si en cambio, la aplicamos al hombre separado de Dios y desprovisto de la inmortalidad, suena insensata y lastimosa, ya que es de común conocimiento la insignificancia y debilidad del hombre que existe hoy, y mañana es eliminado de la faz de la tierra, como una ínfima partícula de arena, una pompa de jabón. Solo en la unión con Dios y en la inmortalidad, están la fuerza y la gloria del hombre y no en él mismo en su aislamiento.

Por eso, todo lo dicho en esta parte puede ser resumido así: Para un acercamiento correcto al Evangelio es necesario liberarse de la costumbre de considerar a si mismo el centro y la meta de la vida. Hay que humillarse e inclinarse ante Dios, Quien es el Altísimo y Único centro y meta de la vida de todo lo existente.

3. Como el tercer obstáculo en el camino hacia el Evangelio, hay que reconocer el avasallamiento del hombre contemporáneo por la comprensión materialista y mecánica del mundo, la falta de conciencia de que el principio espiritual manda y dirige al mundo.

La gente ignora que el mundo es un gran misterio de la vida, cuya profundidad no es posible investigar, ni comprender. Nuestro conocimiento parcial y superficial lo tomamos erróneamente por comprensión de sus misterios. Los logres obtenidos de la ciencia levan a la convicción en lo mecánico del universo y a la suposición que ya, ya será revelado el último misterio de la naturaleza y se comprenderá todo. Pero en realidad resulta una idea pálida y miope sobre el universo — si no se toma en cuenta la grandeza y sabidurías de Aquel, Quien creo todo esto y sin el esfuerzo de someterse a Su ley y voluntad.

Es notable que las investigaciones científicas más actuales rechacen cada vez más bruta y materialista comprensión del mundo que imponía el ateísmo militante. En primer se torna cada vez mas evidente que todo le que vemos, oímos o tomamos en mayor medida es el producto de la actividad de nuestro espíritu conocedor, mas que la objetiva característica de los objetos que nos rodean.

En color, olor, gusto, sonido — todo le que crea el aspecto externo, la belleza y el encanto de las cosas circundantes y manifestaciones del mundo visible tales como: el color celeste del cielo, el brillo de las estrellas, el ruido del mar, el verdor de los campos y bosques, los sonidos de la voz humana, etc. — es derivado de nuestro espíritu, es resultado del mundo que nos rodea sobre nuestra síquica. Es verdad que las cosas que nos rodean existen por si mismas, pero nuestros conceptos sobre ellas se forman con el trabajo de nuestro, espíritu, que pone sobre ellas su sello. Nuestro espirito es, en cierto modo, el creador del mundo circundante. El mismo conocimiento nuestro de la materia y sus propiedades, es resultado de la actividad de nuestro espíritu. Con el enriquecimiento de nuestro espíritu con nuevos conocimientos y observaciones, cambia el concepto nuestro de la materia. La mente humana, todavía en tiempos antiguos, llegó a la conclusión que el mundo que nos rodea, constituye un movimiento continuo de minúsculas partículas — átomos, inaccesibles para la observación directa.

Que es el átomo? Cual es su naturaleza y su estructura? Es la partícula mínima de la sustancia inerte, divisible e indivisible al mismo tiempo, o es algo activo y viviente? Últimas investigaciones científicas afirman que este elemento básico de la materia, tiene aparentemente una naturaleza inmaterial, o sea no tiene extensión ni inercia y constituye un centro de cierta energía, viva y en movimiento. Según esta teoría, la materia, como sustancia muerta e inerte se suprime y se transforma en algo inmaterial, en una cierta fuerza. De esta manera surge un nuevo concepto sobre el mundo. La sustancia inerte deja lugar a la energía viva y esto es ya un cierto pasaje hacia el principio espiritual. El espíritu resulta triunfante sobre la materia en la estructura misma del mundo.

Veamos la interrelación de la materia y el espíritu desde otro punto de vista, el personal. Que es lo que consideramos en nosotros mismos mas esencial y valioso? Si el espíritu es un simple agregado a la materia y por si mismo no existe, entonces, sin duda, lo mas real y valioso debemos considerar a nuestro cuerpo. A él debemos dar toda nuestra atención y cuidado. Pero, el mas consecuente y convencido materialista no dirá que el verdadero contenido y principal interés de su vida consiste en el funcionamiento de su estomago, o en el estado saludable de su organismo, y no en las vivencias que él siente: sentimientos de alegría y tristeza; amistad y enemistad; amor y odio, etc. Amor a la belleza, interés hacia el conocimiento, placer ante objetos de arte, sed de perfeccionamiento espiritual y desarrollo, vivencias morales y religiosas, relación espiritual con otra gente, actividad social — este es el circulo verdadero de los mas altos y valiosos intereses de la humanidad. ¿Eliminen de la vida humana todo lo espiritual — y que quedara? El vacío!

¿Que es lo que siempre animaba y elevaba a la gente a la hazaña y el olvido de si mismo? Solo los ideales del espíritu. Nuestros cuerpos se mueren y se destruyen, y las sustancias que las componen entran en la circulación de la materia. En cambio, los ideales del espíritu quedan incorruptos y siguen inspirando y uniendo a la humanidad.

Justamente aquí — en el mundo de valores espirituales — se concentra el alto interés y la verdadera vida de la humanidad… El espíritu es la genuina, real fuerza que mueva la vida… La fuerza victoriosa del espíritu se manifiesta con especial claridad en movimientos religiosos y particularmente — en la historia del cristianismo.

Con su aparición, el Evangelio sacudió, dio vuelta a los conceptos antiguos e interrelaciones entre la gente. Hasta, si no en la vida real, entonces en la conciencia, el ideal hizo entrar nuevos pensamientos, nuevos problemas en la mente de la gente e inspiró en ellos a la humanidad.

Apareció un alto concepto sobre Dios y Su relación con la gente. Tuvieron preeminencia con especial fuerza las demandas del espíritu. Ocurrió un enorme ascenso de la fuerzas espirituales y capacidades del hombre, animado por el mandamiento de Cristo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que esta en los cielos es perfecto” (Mat. 5:48). Fue dado un nuevo e inagotable contenido a la creatividad humana en el dominio del pensamiento, pintura, arquitectura, música, poesía. En el cristianismo vemos una manifestación sorprendente, cuando la victoria en la lucha de la vida, resultó no del lado de la fuerza física bruta, en contra de nuestra acostumbrada seguridad, no del lado de odio, maldad, despiadada crueldad, sino del lado de una consciente indefensión y mansedumbre, armado solo con la fe, oración y amor. Con sola fuerza de su entusiasmo espiritual, fuerza de una ardiente fe y cálido amor a Su Señor Salvador y la bendita inspiración del Espíritu Santo, los cristianos soportaron y vencieron a tercas y despiadadas persecuciones durante tres siglos del potente poder romano que trataba sacar de raíz y destruir la odiada, nueva enseñanza de amor, hermandad, mansedumbre y humildad. A los sufrimientos físicos, los enemigos del Evangelio, armados con toda la ilustraciones de su siglo, agregaban groseras burlas sobre la fe cristiana, representaban en forma caricaturesca en la escena y literatura la enseñanza cristiana. Pero nada pudo sacudir o debilitar la fuerza victoriosa del cristianismo. Se conocen casos cuando los actores que salían a la escena para burlarse de Evangelio inesperadamente confesaban su fe en el Crucificado y se hacían mártires.

Francisco Vera, sacerdote,  fusilado en Jalisco por haber celebrado una Misa , 1927

Francisco Vera, sacerdote, fusilado en Jalisco por haber celebrado una Misa , 1927

Con rostros alegres y con la oración por sus verdugos, iban los cristianos a los terribles sufrimientos y valientemente encontraban la muerte en la cual veían la puerta hacia una nueva, eterna vida con Cristo. De todo lo dicho está claro que el cristianismo es una potente manifestación del espíritu, la victoria del espíritu sobre la materia, de la libertad sobre la necesidad, de la vida sobre la muerte. Ya es tiempo para nosotros de rechazar el exclusivamente materialista y mecánico punto de vista sobre el mundo. La materia y la mecánica poseen su lugar en el mundo, pero la superior, real, dominante posición pertenece al Espíritu, que es la fuerza real, concreta, viviente, libre, autoactiva, substancial, mas efectiva y mas comprensible para nosotros, que la llamada materia.

El ap. Pablo dice: “El Señor es el Espíritu; y donde esta el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Cor. 3:17). La libertad es la característica básica, existencial, imprescindible del espíritu. ¿Pero que es la libertad? Habitualmente consideramos a la libertad como independencia de cualquier tipo de limitaciones internas o externas. Tal concepto de la libertad, ante todo, tiene solo un carácter negativo. Luego — una limitación externa o interna es la condición imprescindible para el desarrollo de una verdadera libertad.

El Evangelio enseña que aquel que no venció todavía el pecado en si mismo, es esclavo del pecado y no posee una verdadera libertad. En realidad, la libertad, en su sentido positivo, es la capacidad de un comienzo creador. La materia es inerte. Ella comienza a moverse no por su propia iniciativa, sino bajo una acción externa y conserva el movimiento hasta que encuentre un obstáculo también externo. Solo para el espíritu es característico el comienzo creador de la acción, él está mas alto que la necesidad, no está ligado a ella. Dios dijo: “Sea la luz; y fue la luz”(Gen. 1:3). ¡He aquí la mas pura y potente manifestación de la libertad creadora del Espíritu!

En este carácter del espíritu se encuentra la explicación de los milagros. El milagro no es, como se acostumbra decir, la vulneración de las leyes de la naturaleza. Si particularmente tomamos en cuenta que las llamadas leyes de la naturaleza, habitualmente no son otra cosa que la acostumbrada sucesión de sucesos, cuya relación interna e imprescindible no está completamente clara para nosotros. El milagro no es otra cosa que la victoria de la fuerza creadora del espíritu sobre la inercia de la materia.

La fuerza libre del espíritu humano hace continuamente milagros sobre la inercia de la materia que nos rodea. La más alta, omnipotente libertad del Espíritu Divino, que dio la existencia al mundo, puede hacer milagros, imposibles y sorprendentes para la gente y completamente correspondientes a la naturaleza del Espíritu Divino.

Si es justo que la vida es un gran misterio, cuya ínfima parte es revelada a la gente, entonces, es indudable que para la gente no existe ninguna base lógica para dudar, no solo es la posibilidad de los milagros, sino también en la existencia real y concreta de ángeles y demonios; el gozo tras tumba de los justos y sufrimientos de los pecadores, sobre lo que nos habla con plena definición el Evangelio.

Resumiendo el contenido de lo ante dicho podemos afirmar que para un acercamiento correcto al Evangelio hay que liberarse de los perjuicios de la mecánica comprensión del mundo y ver el gobierno en el mundo de la fuerza del Espíritu libre. Hay que recordar que la vida es un gran misterio, solo parcialmente revelado a nosotros.

4. Otro importante obstáculo para aceptar el Evangelio es el error y falta de claridad de nuestros conceptos de la fe y del conocimiento y, en relación con esto, la inclinación de atribuir superioridad al conocimiento sobre la fe.

Al conocimiento vemos como algo indudable, firmemente basado, completamente objetivo, lógicamente irrefutable y obligatorio para todos; en cambio, a la fe consideramos como algo arbitrario, subjetivo e indemostrable. Sin embargo, esta contraposición del conocimiento a la fe, en realidad, resulta errónea. En primer termino, la definición misma del conocimiento como de algo indudable e firmemente basado, no corresponde a la realidad. Esto puede ser el ideal del conocimiento, pero no su estado actual. Vale la pena comparar aunque sea la enseñanza antigua sobre los cuatro elementos con la actual sobre los elementos y electrones; o teorías astronómicas antiguas sobre la estructura del Universo, con los descubrimientos astronómicos actuales; o los conceptos de Hipocrates y Galeno con los conocimientos actuales de anátomos y fisiólogos, etc., para ver cuán labiales, cambiantes y hasta contradictorias son las llamadas verdades científicas. Lo que unas generaciones proclamaban como una indudable verdad científica, como el más grande logro de la mente humana, se veía, por las generaciones siguientes, como un ingenuo error infantil. De manera que el conocimiento no es algo y exactamente y definitivamente establecido: cambia continuamente y crece en relación al crecimiento de la experiencia humana, al aumento de observaciones y al perfeccionamiento de las herramientas del saber. Por eso, tales expresiones como “la ciencia acepta,” “la ciencia niega” etc. deben ser usadas con reserva y sin aplomo. El saber no es otra cosa, que el resultado de la experiencia de nuestros cinco sentidos, corregida por la mente. Esta experiencia solo crece y se hace más exacta, pero no sale nunca de unos límites determinados por los cinco sentidos y la mente, y así nos da solo el saber superficial sobre el mundo.

¿Que es la fe? Con la palabra “fe” están unidos varios conceptos. La fe es, en primer termino, un sentimiento de seguridad en alguna verdad. En este sentido la fe puede ser natural a la gente no solo en dominio de la religión, sino también en el dominio del conocimiento. Sócrates, Galileo, Colón pueden ser ejemplos de tal fe. Tal fe puede ser resultada de propia observación y pensada reflexión, y también resultado de la confianza en las palabras de las personas de cuya veracidad no dudamos, y que son para nosotros una autoridad. Así el niño no duda de la veracidad de los cuentos de la niñera sobre duendes y ninfas. El cree a ella completamente, pero esta fe es ciega. Está basada en a confianza y no en la experiencia consciente. Una tal fe habitualmente se contrapone al conocimiento, dando la prioridad al último como basado en la experiencia consciente y reflexión.

En segundo término, bajo el concepto de la fe se puede entender un particular género de conocimiento diferente del científico intelectual. La fe — es aquel conocimiento, que con justicia se puede llamar la transmisión, la penetración en la esencia interna mas profunda de la vida y que Ap. Pablo llama: “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1). Este conocimiento penetrante no es dado a todos en forma igual. Allí donde un hombre no percibe nada, otro ve la verdad mas profunda y hace un descubrimiento genial. Miles han visto y ven como cae una manzana del árbol, paro solo a Newton este caso llevó al descubrimiento de la ley de la gravedad. Miles han visto y ven como hierve el agua en una pava, pero solo a James Watt nació en la cabeza la idea genial sobre la construcción de la maquina de vapor.

Jesus-blind-man-2Pero dirijámonos al Evangelio y encontramos en él el ejemplo de una penetrante bandera de la fe. Jesucristo sanó al ciego de nacimiento, y este hombre de inmediato vióen Él a un gran justo y profeta que vino de Dios. Su actitud hacia Cristo-Salvador con particular nitidez se dibuja en la comparación de su actitud con las otras personas. Los sabios letrados y fariseos, que vieron el sonado con sus propios ojos y que hicieron una minuciosa investigación de este caso con interrogatorios de los vecinos y padres del sanado, no reconocieron en Jesucristo ni un justo, ni un profeta de Dios.

“Este hombre no procede es Dios, porque no guarda el día de reposo” (Jn. 9: 16). — “Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de donde sea, y a mi me abrió los ojos,” — respondió el hombre, y les dijo: “todo el mundo sabe que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ese oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si este no viniera de Dios, nada podría hacer.”

En el caso de la sanacion del ciego de nacimiento se revelan cosas sorprendentes: En un mismo hecho exactamente definido e indiscutible, personas diferentes ven sentido diferente: Para el sanado, evidentemente, esta claramente visible la fuerza Divina. Los fariseos, en cambio, están ante este hecho como ciegos, caminan en círculo. ¿Como se explica esto?

Podíamos decir que el ciego de nacimiento evidenció en este caso una confianza ciega e ingenua, en cámbio los letrados mostraron severidad e imparcialidad del pensamiento científico? Es difícil que alguien pueda afirmar esto! Al contrario, la sensatez y profundidad de la comprensión aquí, y esto es evidente, está del lado del sanado. El vió la verdad que no quisieron ver los otros. Esto fue lo que marcó Jesucristo en Sus palabras conclusivas. “Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados” (Jn. 9:39). La misma perspicacia mostró la pecadora que mojaba los pies de Jesucristo con sus lágrimas. Y esto está anotado en un cántico de la iglesia donde dice: “Señor, la mujer que cayo en muchos pecados sintió Tu Divinidad” (Cántico del Miércoles Santo). Nadie en la casa del fariseo Simeón, igual que el mismo no sintieron con tanta claridad, fuerza y emoción la Divinidad de Jesucristo, como esta “casta prostituta,” según la expresión del cántico.

Y recuerden además a santa Mártir Bárbara. Separada de todo el mundo por su padre, viviendo en total soledad, ella supo por la profunda penetración en la naturaleza, que la rodeaba, ver en su extraordinaria belleza al Pintor y Creador, que ni su padre ni nadie de su entorno vió.

De lo dicho está claro que la cuestión del saber no es tan simple como puede parecer. Para saber es insuficiente poseer solo cinco sanos sentidos externos y seguir una lógica normal. Hay que poseer además una cierta sensibilidad espiritual, o como se dice, la capacidad de la visión intuitiva. Esta capacidad se manifiesta también tanto en la región del pensamiento científico (Newton, Einstein) como en la concepción religiosa. Refiriéndose a esta capacidad V. S. Soloviev escribía que creer en Dios es mucho más difícil que no creer. Para la fe se exige ascenso espiritual, la agudeza de la visión y sensibilidad espiritual. En cambio la negación de la fe no necesita nada de esto. Para no creer no es necesario el ascenso espiritual, es completamente suficiente la indiferencia hacia las cuestiones profundas de la vida las cuales rechaza por ligereza con sus construcciones lógicas. Para la penetración intuitiva en la profundidad de la vida, — hay que tener un alma de pintor y además educada por la hazaña espiritual — una verificación severa de si mismo.

Así, hay que diferenciar dos géneros del saber! El conocimiento mental externo con el cual se perciben las interrelaciones externas de las cosas, y el saber contemplativo interno con el cual se percibe la esencia profunda de las cosas. Así p.ej.: la belleza se percibe en forma intuitiva con el sentimiento interno. De manera semejante también la fe en Dios es un saber intuitivo que nace en un alma sensible y es acompañado por profundas vivencias religiosas.

De que a la fe en Dios se puede llamar el saber, esta claramente afirmado por las palabras del Señor: “Y esta es la vida eterna: que conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3). Un pensamiento semejante encontramos en el profeta Isaías: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; pero Israel no Me conoce, Mi pueblo no comprende” (Is. 1:3).

Pero mientras el conocimiento científico-positivo exige solo una cierta preparación mental y desarrollo formal, el saber espiritual-intuitivo está estrechamente vinculado con el estado moral del hombre. Exige la pureza del corazón y la severidad de la vida. Si no es accesible a todo hombre ocurre esto por su pecaminosidad. Si a veces decimos que el saber de Dios no nos es accesible, esto pasa por tres causas:

  • Por nuestra falta de observación y atención.
  • Por nuestra costumbre, inyectada a nosotros por la dirección contemporánea de la cultura europea, no observar tanto el objeto, cuanto tratar de hacerlo entrar, aunque sea a la fuerza, en una categoría comprensible para nosotros.
  • Porque nuestra alma está obstruida, atascada por enorme cantidad de impresiones y vivencias, que cambian continuamente y que le impiden observar a la vida en forma pensante.

El filosofo Anaxagor, que puso como principal meta de su vida “la observación de las estrellas,” sin duda estaba mas cerca del conocimiento de Dios, por las mismas condiciones de su existencia, que un obrero fabril actual ensordecido por el ruido de las maquinas, o el “hombre culto” con sus cines, autos y diferentes formas del deporte. Ensordecidos por el ruido y frivolidad del medio circundante, no percibimos la presencia, ni en nosotros mismos, ni alrededor nuestro de los movimientos tranquilos de la vida. Deberíamos parar y escuchar la vida interior del mundo, ver con atención lo que ocurre dentro de nosotros y alrededor. Entonces aprenderíamos ver a Dios, Quien, según las palabras del ap. Pablo: “En realidad Dios no está lejos de cada uno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17: 27-28).

Prueben seguir con atención a vuestra vida y verán en ella numerosas circunstancias, encuentros y conversaciones, habitualmente tomadas como casuales y sin importancia, pero que con análisis profundo revelan que una Mano invisible y cuidadosa dirige sin violencia a nuestra vida hacia el camino de bien, nos salva y ayuda. Prueben guardar en la memoria a todos estos casos, anótenlos, agudicen en esta dirección vuestro poder de observación y reunirán así un gran material de hechos que les permitirá convencerse espiritualmente, tanto de la existencia de Dios, como de Su Providencia. Este camino es el mejor y posiblemente único para conocer a Dios, tal como habla de esto san Basilio el Grande, afirmando que cuando vemos sobre nosotros y sobre otros la acción de la Providencia Divina, comenzamos a conocer y amar a Dios. No con argumentos lógicos debemos convencernos de la existencia de Dios. Este conocimiento se adquiere solo con la experiencia religiosa personal. La existencia de Dios no se demuestra: debe ser sentida interiormente. Si esto no existe, significa que hay un cierto obstáculo que impide sentir la existencia Divina. El ciego no ve a las estrellas, no porque no existen, sino porque sus ojos están vulnerados.

Así, todo lo dicho aquí se puede resumir así: No se puede contraponer el conocimiento a la fe como algo objetivamente cierto a lo subjetivo, arbitrario y poco cierto. La fe como sentimiento de seguridad, es un imprescindible elemento de todo conocimiento. Pero hay que distinguir del saber científico-positivo, materialista y mental, el saber espiritual-intuitivo, contemplativo, que penetra en la profundidad de la vida. Este, mas alto peldaño del conocimiento, procede de la sensibilidad espiritual y es inseparable de la hazaña del perfeccionamiento moral. Justamente, ella, la fe, con ayuda de Dios, nos lleva al acercamiento con Dios y la comprensión del Evangelio.

– tr. por Dra. Elena Ancibor

El Protopresbítero Sergio Chetverikov, que era sacerdote asceta-monje, fue consagrado en el gran ascetismo durante el verano del 1947 en el monasterio de san Job en Karpates. Padre Sergio fue un gran admirador de la hazaña monástica, y todavía estando en Rusia se formó espiritualmente con los últimos “staretz” de Optina. Ya antes de la revolución fueron publicados algunos de sus trabajos. Murió a los 78 anos en Bratislava, donde vivía con su hijo.

http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/prepiatstvia_evangeliu_chetverikov_s.htm