“Esforzaos por entrar por la puerta estrecha” (Lucas 13:18-29)

Evgeny Rodionov (1977-1996), soldado ruso, decapitado por rebeldes chechenos cuando se negó a quitarse su cruz.

Evgeny Rodionov (1977-1996), soldado ruso, decapitado por rebeldes chechenos cuando se negó a quitarse su cruz.

Entonces decía: ¿A qué es semejante el reino de Dios y con qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que un hombre tomó y echó en su huerto; y creció y se hizo árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina hasta que todo quedó fermentado.

Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, mientras proseguía camino a Jerusalén. Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y El les dijo: Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos tratarán de entrar y no podrán. Después que el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, y vosotros, estando fuera, comencéis a llamar a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”, El respondiendo, os dirá: “No sé de dónde sois.” Entonces comenzaréis a decir: “Comimos y bebimos en tu presencia, y enseñaste en nuestras calles;” y El dirá: “Os digo que no sé de dónde sois; Apartaos de mi, todos los que hacéis iniquidad.” Allí será el llanto y el crujir de dientes cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros echados fuera. Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

 

La Bibila de Las Americas

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
13:31-32 4:30-32 13:18-19
13:33 13:20-21
9:35 6:6 13:22
7:13-14 13:23-24
7:22-23 13:25-28a
8:11-12 13:28b-29

 


Comentario

Parábola del grano de mostaza

(Lucas 13:18-19; Mateo 13:31-32; Marcos 4:30-32)

En Oriente, un árbol de mostaza puede alcanzar un tamaño enorme, aunque su semilla es tan pequeña que los judíos tenían un dicho: “pequeño como un grano de mostaza.” El significado de la parábola es que, a pesar de que en un principio el Reino de Dios fue en apariencia pequeño e insignificante, el poder concentrado en él superó todos las adversidades y fue capaz de transformarlo en un Reino magno y universal. San Juan Crisostomo comenta: “con esta parábola Nuestro Señor quiso mostrar el modo en que iba a difundirse la prédica del Evangelio. A pesar de que sus discípulos eran los más débiles y humildes, poseían un gran poder interior, y su prédica se extendió por todo el mundo.”  La Iglesia de Cristo, en un principio pequeña e inadvertida para el mundo, se expandió por la tierra de tal manera que una multitud de naciones se cobija bajo su amparo, como los pájaros en las ramas de un árbol de mostaza. Precisamente lo mismo ocurre con el alma de cada ser humano: el soplo de la gracia de Dios, inicialmente apenas perceptible, envuelve el alma cada vez mas, hasta que ésta se convierte en receptora de abundantes virtudes.

 

Parábola sobre la levadura

(Lucas 13:18-19; Mateo 13:31-32; Marcos 4:30-32)

La parábola acerca de la levadura tiene el mismo significado que la parábola anterior. Dice san Juan Crisostomo: “como la levadura da sus propiedades a una gran cantidad de harina, así vosotros (los Apóstoles) habéis de transfigurar al mundo entero.” De igual modo ocurre en el alma de cada individuo miembro del Reino de Cristo: el poder de la gracia invisible comienza gradual pero activamente a posesionarse de todos los poderes de su espíritu, y santificándolo, lo transfigura. Algunos interpretan que las tres medidas de harina son las tres potencias del alma: mente, sentimiento y voluntad.

El camino estrecho que lleva al Reino de Dios

(Lucas 13:22-30)

Camino de Galilea hacia Jerusalén un hombre le hizo a Jesús la siguiente pregunta: “¿Señor, son pocos los que se salvan? Esta pregunta tiene en cuenta la importancia de algunas exigencias de Jesucristo el Salvador para quienes desean acceder al Reino del Mesías. Jesús respondió con dureza y severidad no sólo a quien le había formulado la pregunta sino a todos los presentes: “Procurad entrar por la puerta estrecha…” — imagen usada con frecuencia por el Señor. El Reino del Mesías, la Iglesia de Cristo, es presentada aquí como una casa que además de una entrada principal cuenta con una puerta estrecha a través de la cual se permite el ingreso sólo ocasionalmente. Muchos querrán entrar por esta puerta angosta pero será inútil pues su moral está en extremo deteriorada e incontables son sus prejuicios en relación con el Reino del Mesías. La importancia de esta analogía reside en que los judíos de aquella época, gracias a los tan difundidos prejuicios de los fariseos, estaban poco capacitados para atravesar la puerta estrecha que en verdad consiste en el arrepentimiento y la abnegación. “Una vez que el Dueño de la casa se levanta y cierra la puerta…” Aquí Dios es representado por el Dueño de casa que está sentado y esperando a sus amigos para cenar; luego se levanta y cierra la puerta de su casa impidiendo el ingreso a los extraños. Esta es una imagen del Juicio del Señor sobre cada ser humano y la humanidad toda luego de Su Segunda Venida. Quienes se encuentren fuera de los aposentos en los que se lleva a cabo la cena del Señor con sus amigos son indignos de la comunión beatífica con Dios. Para ellos será tarde por mas que se muestren arrepentidos y deseosos de entrar. No hay arrepentimiento posible después de la muerte. Los que han sido arrojados fuera dirán: “Hemos comido y bebido en tu compania y Tu mismo has predicado en nuestras plazas.” Aquellos que no se hicieran dignos de participar en la cena le recordarán al Dueño de casa que ellos son sus conocidos; alguna vez fueron extraños seguidores de la enseñanza de Cristo pero no fueron verdaderos cristianos y por ello serán apartados. “Nosotros comimos y bebimos en tu compania y en nuestras calles Tu nos has enseñado.” Estas palabras se aplican especialmente y en sentido literal a los judíos, quienes rechazaron a su Mesías y con ello perdieron el derecho de ingresar al Reino de Cristo. Recién entenderán su error al producirse la Segunda Venida de Cristo, pero será tarde ya y recibirán por respuesta: “No sé de dónde sois…” “Apártense de Mí todos los que han obrado la maldad…” En el Reino del Mesías, el lugar de los judíos apartados será tomado por los gentiles provenientes desde todos los confines de la tierra que confesaron su fe en Jesucristo. “Estos últimos serán los primeros y hay primeros que serán últimos.” Los judíos se consideraban “los primeros” pero como rechazaron al Mesías serán “los últimos.” Los gentiles a quienes se consideraba como “los últimos” serán “los primeros” en el Reino de Cristo. Del mismo modo, quienes se contaban entre los “primeros” pero que en verdad no observaron como corresponde los mandamientos de Cristo serán “los últimos” en el Juicio Final; en cambio quienes fueron objeto de desprecio serán “los primeros.”

Arzobispo Averky Tauchev (ruso-ortodoxo), “Guia para el Estudio de los Cuatro Evangelios”

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“El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe …” (Marcos 9:33-41)

Lad de små børn komme til Mig (Dejad que los niños vengan a Mí), Carl Bloch (danés, siglo XIX)

Lad de små børn komme til Mig (Dejad que los niños vengan a Mí), Carl Bloch (danés, siglo XIX)

Y llegaron a Capernaúm; y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. Sentándose, llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos; y tomándolo en sus brazos les dijo: El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me envió.

Juan le dijo: Maestro, vimos a uno echando fuera demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo impidáis, porque no hay nadie que haga un milagro en mi nombre, y que pueda enseguida hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, por nosotros está. Porque cualquiera que os dé de beber un vaso de agua, por razón de vuestro nombre, ya que sois seguidores de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.

 

La Bibila de Las Americas*
* 8:38 vimos a uno echando fuera demonios en tu nombre.  LBLA omite y no viene con nosotros.
 8:41 … cualquiera que os dé de beber un vaso de agua, por razón de vuestro nombre ...
El griego es  Ὃς γὰρ ἂν ποτίσῃ ὑμᾶς ποτήριον ὕδατος ἐν ὀνόματί μου, que corresponde mejor a la RVR:Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre [ἐν ὀνόματί μου] …

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
9:33
18:1-5 9:34-37  9:46-48
9:38-40 9:49-50
10:42 9:41

 


Comentario

 

En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién es, entonces, el mayor en el reino de los cielos? (Mateo 18:1).

Sentían al modo humano, como lo significa el evangelista al decir: En aquel momento. Es decir, en el punto en que Cristo honró a Pedro más que a todos los otros. Pues siendo entre Santiago y Juan uno de ellos primogénito, Jesús a los otros dos no los honró de manera semejante con tal honor Avergonzados de esto, manifiestan la conmoción de su ánimo. Pero no dicen abiertamente: ¿por qué has preferido a Pedro a nosotros? ¿acaso él es mayor que nosotros? No se atreven a eso; sino que hacen la pregunta en un modo indeterminado: ¿Quién será más grande?

Cuando vieron los discípulos que Cristo prefirió aquellos tres a los demás, no sufrieron esa conmoción de ánimo; pero cuando a uno solo tanto lo honró, entonces se dolieron. Ni sólo eso, sino que juntando otras muchas cosas, se inflamaron de envidia. Pues Jesús había dicho a Pedro: Te daré las llaves [Mateo 16:19] y bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás [Mateo 16:17], y ahora le dice: Paga por mí y por ti [Mateo 17:26]; y finalmente les hería también la libertad de hablar que usaba Pedro. Y si Marcos no dice que lo preguntaran sino únicamente que así lo pensaban en su interior [Marcos 9:34], eso no se opone a la narración de Mateo. Porque es verosímil que hicieran ambas cosas; y que en otras ocasiones una y dos veces lo pensaran pero ahora sí lo dijeran y juntamente lo pensaran.

Pero tú no te fijes únicamente en este defecto, sino piensa, por otra parte, que ellos en esta ocasión no buscaban nada de lo de este siglo y en que además luego quitaron este defecto y mutuamente se cedían unos a otros el puesto primero. Nosotros, en cambio, no alcanzamos a llegar ni siquiera a esa clase de defectos de ellos, ni andamos investigando quién será mayor en el reino de los cielos, sino quién lo será acá en el reino de la tierra y quién más opulento y quién más poderoso. Y ¿qué hace Cristo? Descubre la conciencia de ellos y responde no únicamente a sus palabras, sino también a sus sentimientos. Y él, habiendo llamado a un niño lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis como este niño no entraréis en el reino de los cielos [Mateo 18:2-3].

Como si les dijera: Vosotros inquirís quién será mayor en el reino de los cielos y contendéis acerca de la primacía; pero yo digo a quien no se humillare que no es digno del reino de los cielos. Bellamente pone el ejemplo: ni solamente lo pone, sino que trae al niño al medio para persuadirlos y exhortarlos con la presencia misma del niño a que sean sencillos y humildes. Porque el niño está libre de envidia, de vanagloria, del anhelo de primacías y sobre todo posee esa virtud que llamamos sencillez y humildad.

De modo que para entrar al reino de los cielos se necesita no únicamente fortaleza y prudencia, sino además sencillez y humildad. Pues aun en las cosas más importantes, si faltan esas virtudes, queda fallo lo que toca a nuestra salvación. El párvulo, ya sea que se le injurie, ya sea que se le alabe, ahora se le azote, ahora se le honre, ni se cree indigno y se aira ni se deja llevar de la envidia ni se ensoberbece. ¿Observas cómo de nuevo Cristo nos pone delante ejemplos tomados de las cosas de la naturaleza; y nos declara que tales virtudes pueden obtenerse mediante los propósitos de la voluntad, y echa de este modo por tierra la dañosa locura de los maniqueos? Pues si la naturaleza es mala ¿por qué Cristo toma de ella los ejemplos de virtud? Yo pienso que puso en medio de los discípulos a un parvulito libre de todas esas enfermedades del alma. Porque en los parvulitos no tienen lugar ni la arrogancia ni la vanagloria ni la envidia ni las querellas ni otras enfermedades semejantes. Tienen en cambio por su propio natural muchas virtudes como son la sencillez, la humildad, el estar ajenos a la turba de negocios, el no ensoberbecerse de nada: cosas en que hay una doble virtud, porque las poseen y no se ensoherbecen por tenerlas. Por tal motivo tomó Jesús al infante y lo puso en medio.

Pero no terminó con eso su discurso, sino que continuó en la amonestación y dijo: Y el que recibiere a un niño como éste, a mí me recibe. Como si les dijera: no únicamente recibiréis gran premio si sois como este infante, sino también, si, por mí, honráis a otros que le sean semejantes, os retribuiré con el reino. Y añadió lo que es más al decir: A mí me recibe. Como si dijera: En modo tan grande me alegro con la humildad y la sencillez. Y llama aquí pequeños a los hombres tan sencillos y humildes que muchos los tienen por bajos y despreciables. Y enseguida, para más confirmar su doctrina, la refuerza poniendo delante no sólo los premios sino también los castigos. Pues dice: Y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgaran al cuello una piedra de molino de asno y lo hundieran en el fondo del mar.

Porque así como aquellos, dice Jesús, que por mí honran a estos pequeños, poseerán el cielo y un premio mayor que un reino, así los que los deshonran (pues esto significa escandalizarlos), sufrirán penas terribles. Y si al escándalo lo llama deshonra e injuria, no te admires, pues muchos a causa de su pusilanimidad han sufrido escándalo por haber sido menospreciados e injuriados. Para poner como de bulto el crimen, hace referencia al daño que se sigue de él. En cambio, no explica del mismo modo el castigo, sino que manifiesta cuánto sea intolerable por comparación con las cosas que nos son conocidas. Cuando quiere impresionar los ánimos rudos pone ejemplos de las cosas que caen bajo el dominio de los sentidos.
– San Juan Crisóstomo (Constantinopla, siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San MateoHomilía LVIII

 

 


Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada es puro, sino que tanto su mente como su conciencia están corrompidas. Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan, siendo abominables y desobedientes e inútiles para cualquier obra buena. Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Los ancianos deben ser sobrios, dignos, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la perseverancia. Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemara.  Asimismo, exhorta a los jóvenes a que sean prudentes; muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana e irreprochable, a fin de que el adversario se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros. Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos en todo, que sean complacientes, no contradiciendo, no defraudando, sino mostrando toda buena fe, para que adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador en todo respecto.

Tito 1:15-2:10, LBLA

 

Las lecturas son del Leccionario de la Iglesia Ortodoxa para el 19 de diciembre 2014

 

“El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe” (Lucas 9:44-50)

Lad de små børn komme til Mig (Dejad que los niños vengan a Mí), Carl Bloch (danés, siglo XIX)

Lad de små børn komme til Mig (Dejad que los niños vengan a Mí), Carl Bloch (danés, siglo XIX)

Pongan en sus oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado su sentido de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto. Se suscitó una discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor. Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros.» Pero Jesús le dijo: No se lo impidan, pues el que no está contra ustedes está por ustedes.


¿Qué pasó con el niño en el cuento?

Fresco de Cristo con San Ignacio, el Monasterio de Gracanica, Kosovo (construido en el siglo 14)

Fresco de Cristo con San Ignacio, el Monasterio de Gracanica, Kosovo (construido en el siglo 14)

Ignacio de Antioquía era el niño a quien el Señor alzo en sus brazos y dijo: “Os aseguro que si no os hacéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos” (Mt.18:3). Lo llaman Deífero (“hombre que lleva a Dios”) porque amaba tanto al Señor como si lo llevaba en su corazón. El fue discípulo del apóstol y evangelista Juan El Teólogo. De la misiva del San Ignacio a los pobladores de Esmirna, se ve que el fue muy allegado al apóstol Pedro y lo acompañaba en algunos de sus viajes apostólicos. Poco antes de la destrucción de Jerusalén en el año 72, falleció Evodio, uno de los primeros discípulos de Cristo y como su sucesor en la cátedra de Antioquía (capital de Siria) fue nombrado San Ignacio.

San Ignacio condujo a la Iglesia de Antioquía durante 40 años. (Años 67-107) En una visión especial le fue concedido de ver la Misa Celestial y escuchar el canto de los ángeles. De acuerdo al mundo de los ángeles el introdujo en los oficios religiosos antífonas, dos coros que se alternan como llamándose entre si. Este canto desde Siria se divulgó rápidamente en la Iglesia en sus comienzos.

En el año 107, durante la expedición contra los armenios, el emperador Trajano pasaba por Antioquía. Le comunicaron que San Ignacio profesa la fe cristiana, enseñaba desdeñar la riqueza, era célibe y no ofrecía ofrendas a los dioses romanos. El emperador llamó al Santo y exigió que el deje de hablar de Cristo. El anciano se negó y lo enviaron a Roma encadenado. En Roma lo echaron a los leones en el Coliseo, para la diversión del pueblo. Durante el viaje a Roma el escribió siete misivas, que se conservan hasta nuestros días. En sus misivas San Ignacio pide que los cristianos no traten de salvarlo de la muerte: “No queráis amarme fuera de tiempo. Dejadme ser pasto de las fieras, por los que me es dado alcanzar al Señor. Soy trigo de Dios y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo.” Escuchando sobre el coraje del Santo, Trajano terminó las persecuciones contra los cristianos. Sus reliquias fueron trasladadas a Antioquía y más tarde las llevaron a Roma y sepultaron en la Iglesia de San Clemente, papá de Roma.

(http://www.iglesiaortodoxa.cl/cal%20santos/dic/20_ignacio.html)

“Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23-27)

Decía a todos: Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles. Pues de verdad les digo que hay algunos, entre los aquí presentes, que no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios.


 

De El Camino al Reino del Cielo

 

San Inocencio de Alaska (ruso, siglo XIX)

 

    st-innocent

    Veamos ahora con más atención el camino que nos señaló El Señor Jesucristo, Quien dijo:

    Quien quiera seguirme,

    1) que se niegue a sí mismo,

    2) tome su cruz y

    3) Me siga.

    De esta manera el seguidor de Jesucristo debe empezar por negarse a sí mismo. Esto quiere decir renunciar a todas las malas costumbres, eliminar del corazón el apego a los bienes materiales (dinero, lujos, gloria entre los humanos, poderes y otros), no alimentar en sí malos deseos, aplastar los malos pensamientos, evitar situaciones conducentes al pecado, no hacer nada por tozudez o por amor propio sino hacer todo por amor a Dios y para la gloria de Su santo nombre. En resumen, negarse a sí mismo significa, como dijo el apóstol Pablo, estar muertos para el pecado y vivos para Dios.

    Después de esto‚ el discípulo y seguidor de Cristo debe tomar su cruz. Por cruz debemos entender las distintas dificultades relacionadas con la vida cristiana como así también las inevitables penas de la vidas. Las cruces pueden ser internas y externas. Tomar la cruz significa sobrellevar sin quejas todo lo desagradable que nos sucede. Es por eso que si alguien te ofende, se ríe de ti o te llega a desesperar, si alguien a quien ayudaste en vez de agradecerte te tiende redes, si quieres hacer algo bueno y no puedes lograrlo, si te ocurre alguna desgracia, si se enferma algún familiar tuyo, si sufres fracasos a pesar de todos tus esfuerzos y de tus incansables trabajos o si alguna otra cosa te hace sentir abatido, debes sobrellevar cualquiera de estas situaciones sin ira y sin quejas. No te consideres ofendido y trata de sobrellevar todo con entrega a Dios y con fe en Él.

    Llevar la cruz significa no solamente sobrellevar pacientemente todas las dificultades que nos suceden por circunstancias que no dependen de nosotros sino además imponernos tareas a nuestra medida en consonancia con la palabra de Dios y necesarios para nuestro perfeccionamiento espiritual. Por eso, podemos y debemos hacer algo en provecho de los demás como por ejemplo: trabajar para la Iglesia, visitar enfermos y presos, ayudar a los necesitados, juntar dinero para los que necesitan y participar en la distribución de educación espiritual. Es decir, debemos buscar la ocasión para ayudar a la salvación y al bien a los demás y luego actuar con paciencia y mansedumbre en esa dirección con acciones, palabras, rezos y consejos.

    Si durante este proceso surgen en ti pensamientos de soberbia de que eres mejor o más inteligente que los demás, espanta de ti de raíz esas ideas pues éstas anularán todas tus buenas acciones. Bienaventurado aquel que lleva su cruz con cuidado y humildad porque el Señor no permitirá que una persona así vaya a la perdición sino que le dará el Espíritu Santo que lo guiará y lo fortalecerá.

    Para seguir a Jesús no sólo es necesario llevar únicamente la cruz exterior. Pues tales cruces las llevan todos los hombres y no tan sólo los cristianos, pues no existen persona alguna que no sufra ningún tipo de desdicha. Pero quien quiera ser un verdadero alumno de Jesucristo debe llevar además la cruz interna.

    “La cruz interna” es más fácil de encontrar que la externa. Solo hace falta dirigir, con un sentido de arrepentimiento, los pensamientos hacia adentro de uno y observar el alma, y con esto, aparecerán numerosas cruces. Piensa, por ejemplo, cómo surgiste y para qué estás en esta tierra. ¿Vives tú como enseña la fe cristiana? Préstale la debida atención a esto y comprenderás rápidamente que fuiste creado por Dios para cooperar con todos tus actos, con tu vida y con todo tu ser en la propagación del bien y, con esto, en la glorificación del santo Nombre de Dios. Pero tú no sólo no Lo glorificas sino que, por el contrario, Lo ofendes con tus pecados. Piensa después en qué te aguarda después de la muerte y en qué lugar estarás en el momento del Juicio Final, ¿estarás con los justos o con los pecadores? Y si te pones a pensar en eso llegarás involuntariamente a turbarte y empezarás a lamentarte por mucho de lo que dijiste e hiciste y esto será el comienzo de tu cruz interior. Y si te sigues mirando con más atención encontrarás otras cruces internas. Por ejemplo, el infierno, sobre el que antes pensabas en tan contadas ocasiones y con tanta indiferencia, empezará a aparecer ante ti con todos sus horrores. El paraíso que el Señor te preparó y sobre el que tú tan poco pensaste se presentará de manera viva ante ti como lo que es, un lugar de alegrías puras y eternas que tu estás perdiendo por tu superficialidad y por tus pecados.

    Si tú, a pesar de los sufrimientos interiores que te provocan estos pensamientos, decides con firmeza arrepentirte y corregirte y le rezas a Dios con toda sinceridad, sin distraerte con los placeres de la vida, por tu salvación y te entregas enteramente a Su voluntad, El Señor te empezará a mostrar con más claridad las enfermedades de tu alma para que puedas curarte completamente. Sucede que nuestra enfermedad interior se esconde de nuestra vista por una corteza de amor propio y pasiones. Lo que nosotros vemos a veces gracias a nuestra conciencia son solamente las llagas más grandes y evidentes. El diablo, el enemigo de nuestra salvación, sabe cuán salvador es para nosotros entender nuestra enfermedad moral y usa todo tipo de astucias para dificultarnos ese entendimiento y hacernos creer que todo está en orden.

    Cuando el diablo ve que la persona está seriamente ocupada con la corrección de su vida y que empieza a curarse con la ayuda de Dios, utiliza otro método más astuto todavía: descubre ante la persona su enfermedad moral de un modo tan terrible y desesperante que la persona se asusta y aleja de sí toda esperanza de corregirse. Si El Señor le permitiera al diablo usar este ultimo método no muchos de nosotros podrían evitar la desesperación. El Señor, como un médico experto, nos muestra nuestras llagas del alma poco a poco y nos da aliento a medida que nos curamos.

    De esta manera, cuando Jesús ilumine la visión de tu alma, empezarás a tomar conciencia más claramente de que tu corazón esta dañado y que tus pasiones te impiden acercarte a Dios. Empezarás a entender también que lo poco que tienes de bueno está contaminado de amor propio y soberbia. Entonces irremediablemente te pondrás triste y el miedo y la pena te dominarán. Miedo por la amenaza de perdición que pende sobre ti y pena por no haber escuchado por tan largo tiempo la mansa voz del Señor que te llamaba al Reino de los Cielos y por haber hecho tan poco el bien.

    Aunque la cruz interior se te presente pesada no te desesperes y no pienses que el Señor te dejó. ¡No! Él siempre está contigo y te da fuerzas incluso cuando tu te olvidas de Él. Él no permitirá pruebas por encima de tus fuerzas. No le temas a nada y ten paciencia y reza con total sumisión y devoción. Pues Él es el Padre nuestro más bueno que pudimos desear tener. Si alguna vez Él permite que una persona entregada a Él entre en tentación es para mostrarle más claramente su propia debilidad y limpiar completamente su corazón en el que Él tiene pensado habitar con Su Hijo y con El Espíritu Santo.

    En momentos de pena no busques consuelo en la gente. Las personas no espirituales no tienen experiencia en los temas de la salvación y son malos consejeros. Haz que el Señor te ayude, te consuele y te guíe y pídele ayuda únicamente a Él. Es mucho más bienaventurada la persona a la que el Señor le envía penas pues éstas curan el alma. Sobrellevando penas el cristiano se asemeja a Jesucristo y por esto las penas son una benevolencia especial de Dios y una señal de Su empeño en la salvación de la persona.

    Si tu vas a llevar la cruz con sumisión a la voluntad de Dios y no vas a buscar consuelo en otro lugar que no sea en el Señor, Él por Su misericordia no te dejará sin consuelo y estará en contacto con tu corazón y te comunicará los dones del Espíritu Santo. Entonces sentirás una dulzura inimaginable, una tranquilidad y una alegría asombrosas que nunca antes habías sentido y sentirás simultáneamente un aumento de tus fuerzas espirituales, facilidad para la oración y una fe sólida. Entonces tu corazón prenderá de amor a Dios y al prójimo. Todos estos son dones del Espíritu Santo.

    Cuando El Señor te dé este don, no lo consideres de ninguna manera una recompensa por tus esfuerzos y no pienses que alcanzaste la santidad. Tales pensamientos son frutos de la soberbia, que entró tan profundamente en nuestras almas que incluso puede tener lugar en una persona capaz de hacer milagros. Estas consolaciones y este acercamiento del Espíritu Santo no son un premio sino una gracia. El Señor te da para probar los bienes que les preparó a los que Lo quieren para que tú busques con más empeño aún lo celestial.

    Por último, el discípulo de Jesucristo debe ir tras Él. Esto significa que hay que tratar de imitar en cada uno de los actos y actitudes propios los actos y las actitudes de Jesucristo. Debemos vivir y actuar como vivió y actúo Jesús. Por ejemplo, Jesucristo Le agradecía frecuentemente a Su Padre Celestial y Le rezaba constantemente. De igual manera nosotros también debemos agradecerle a Dios y rezarle en todas las circunstancias de la vida, sean estas exitosas o difíciles. Jesucristo respetaba a Su Purísima Madre y obedecía a las autoridades. De igual manera nosotros debemos respetar a nuestros padres y educadores, respetar a las autoridades, someternos a los gobiernos en aquellas cosas que no contradigan la Ley del Todopoderoso.

    Jesucristo cumplía con empeño y amor la tarea por la que vino al mundo. De igual manera nosotros debemos cumplir las obligaciones que nos fijan Dios y el Estado con empeño y a conciencia.

    Jesucristo quería a todas las personas y les hacía el bien a todos. Así también nosotros debemos querer a nuestros prójimos y hacerles el bien, en la medida de nuestras posibilidades, con hechos, palabras y pensamientos. Jesucristo entregaba todas sus fuerzas para la salvación de la gente. De igual manera nosotros no debemos escatimar ni nuestras fuerzas ni nuestra salud para el bien de los demás.

    Jesucristo sufrió y murió por nosotros voluntariamente. Por eso no nos debemos quejar cuando nos alcanzan desgracias sino, al contrario, debemos sobrellevarlas con humildad y devoción hacia a Dios. Jesucristo le perdonaba a Sus enemigos todo lo que ellos Le hacían y les deseaba el bien. Nosotros, de igual manera, debemos perdonar a nuestros enemigos, responderles con el bien a su mal y bendecir a quienes nos insultan.

    Jesucristo, Rey del cielo y de la tierra, vivió en la pobreza y obtenía lo necesario para vivir con Su trabajo. De igual manera nosotros debemos ser trabajadores y contentarnos con lo que Dios nos dio y no buscar ser ricos pues, según las palabras del Salvador, es más fácil para un camello pasar por el ojo de la aguja que para un rico entrar al Reino de los Cielos.

    Jesucristo, que era manso y humilde de corazón, nunca buscó los elogios sino que siempre buscó la gloria de Su Padre. Nosotros tampoco debemos exponernos ante los demás. Por ejemplo si le ayudas al prójimo o das limosnas, vives de manera más correcta que los que te rodean, si eres más sabio e inteligente que tus conocidos o si en algún aspecto eres superior a los demás no te enorgullezcas por ello delante de los demás ni internamente porque todo lo que tienes de bueno y elogiable no es tuyo sino que es un don de Dios; lo que sí son tuyos son tus pecados y tus debilidades.

    “Ir tras Cristo” significa aceptar, creer y cumplir todo lo que dijo Jesús con fidelidad y sencillez de corazón. Quien escucha la palabra de Dios es Su alumno y aquel que cumple lo dicho por Él con devoción es un verdadero y querido seguidor de Él.

    Esto es lo que quiere decir negarse a sí mismo, tomar su cruz e ir tras Jesucristo. Éste es el único camino al Reino de los Cielos. Éste es el camino que siguió Jesucristo y es el camino que debemos seguir. No hubo y no habrá otro camino alternativo. A los que lo empiezan el camino les puede parecer angosto y empinado. Pero parece así no porque lo sea en realidad sino porque nosotros tenemos desvirtuadas las nociones de bien y de felicidad. Sentimos lo amargo como dulce y lo dulce como amargo. Sin embargo, a medida que nos acercamos a Dios muchas cosas que antes nos parecían difíciles nos resultarán fáciles y agradables y aquello que nos alegraba antes nos parecerá aburrido y pesado.

    Habrá, por supuesto, también momentos difíciles en los que el camino de ascenso a Dios te parecerá extremadamente dificultoso. Pensemos en esos momentos que por cada paso que hagamos se nos preparan miles de recompensas. Los padecimientos en este camino serán cuestión de minutos mientras que la recompensa por ellos será infinita. Por eso no le temas al camino del Señor pues el camino llano y ancho conduce al infierno mientras que el que es angosto y tiene espinas lleva al Cielo.

    – traducido del ruso por Margarita E. C. Guisasola y Nicolas Vorobiev

El obispo Inocencio (Ivan Popov-Veniaminov antes de su vida monástica) nació en 1797 en el pueblo de Anchinsk en la provincia siberiana de Irkutsk. Perdió a su padre de niño y creció bajo el especial cuidado de Dios. Aprendió sólo a leer y a escribir y ya a los siete años leía perfectamente los Salmos y las Epístolas en la Liturgia. Los feligreses de su iglesia convencieron a la madre para que lo enviara a la escuela e Inocencio fue aceptado en el seminario de Irkutsk, costeado por el gobierno, donde se graduó con excelencia. Se casó en 1821 y fue consagrado sacerdote. En 1823 fue enviado como misionero a Alaska a donde fue con su esposa. Con una elevada abnegación y mucho éxito predicó las enseñanzas de Cristo entre los primitivos aleutianos. Compuso el primer alfabeto y la primera gramática para el idioma Aleutiano y tradujo varios libros de las Sagradas Escrituras, sermones y oficios al idioma aleutiano. Después de varios años en América Inocencio fue a San Petersburgo para obtener ayuda en su trabajo misionero. Mientras estaba allí se le notifica la noticia de la muerte de su señora e ingresa a la vida monástica. En 1840 es consagrado obispo y asignado al obispado de “Kamchatka, islas Kuriles e islas Aleutianas” y aumenta aún más su actividad misionera. Veintiocho años después es trasladado al obispado moscovita por el mismo Metropolitano. Fallece en 1879 y en febrero de 1994 fue canonizado como santo en la catedral “Alegría de los que sufren” de San Francisco junto con el arzobispo Nicolás, el apóstol de Japón.

http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/camino_al_reino.htm