“Mirad que no seáis engañados” (Lucas 21:8-9, 25-27, 33-36)

 La distruzione del Tempio di Gerusalemme, Francesco Hayez (1867)

La distruzione del Tempio di Gerusalemme, Francesco Hayez (1867)

Él entonces dijo: Mirad que no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y: El tiempo está cerca. Mas no vayáis en pos de ellos. Y cuando oigáis de guerras y de sediciones, no os alarméis; porque es necesario que estas cosas acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente.

Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
24:3-8 13:3-8 21:7-11
24:29-30 13:24-25 21:25-26
24:30-35 13:26-31 21:27-33
21:34-38

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Mirad que nadie os extravíe. Pues muchos se presentarán en nombre mío y dirán: Yo soy el Cristo y seducirán a muchos. Habéis de oír guerras y rumores de guerras. Estad sobre aviso. No os alarméis. Es preciso que esto suceda, pero no llega aún el fin [Mateo 24:4-6].

Como se hallaban en tal disposición de ánimo que pensaban para nada tocarles a ellos el castigo de Jerusalén, por estar lejos del tumulto y desorden, sólo se preocupaban de lo que es óptimo, creyendo que todo se realizaría prontamente. Por esto Jesús nuevamente les predice graves padecimientos, y los pone solícitos y les ordena estar vigilantes, por dos motivos: Para no ser engañados por falacia de los seductores, y para que no decaigan a causa de la multitud de los males que se van a echar encima.

Porque habrá, les dice, una doble guerra: de engañadores y de enemigos Pero la primera será mucho más dura, pues se desarrollará en la confusión y perturbación de todas las cosas, andando los hombres todos turbados y atemorizados. Porque en ese tiempo habría una gran conmoción por echar de ahí a los romanos que dominaban el país, y serían capturadas las ciudades y andarían alborotados los ejércitos y en armas, y muchos fácilmente creerían falsedades. Habla de la guerra en Jerusalén y no de alguna otra que brotara de países extranjeros. Al fin y al cabo ¿qué les interesaba a ellos esta última? Por lo demás si Jesús se refiriera a las calamidades del orbe, nada nuevo les habría dicho, pues ellas acontecen ya de ordinario y continuamente. Ya en tiempos pasados había guerras, tumultos y combates. Predice por consiguiente la guerra judía que luego iba a seguirse, pues ya los judíos andaban tratando de pelear contra los romanos [1]. Como todo eso podía perturbar a los discípulos, de antemano se lo predice.

Enseguida, dando a entender que El mismo acometería a los judíos y lucharía contra ellos, menciona no únicamente batallas, sino también castigos enviados del cielo, como el hambre, las pestes, los terremotos. Demuestra así ser El quien permitió que los enemigos invadieran la ciudad y que todo aquello no sucedería fortuitamente y según lo que suele acontecer entre los hombres, sino como castigo de la ira divina. Por esto dice que no sucederán tales cosas por casualidad, ni repentinamente, sino después de dar el cielo las señales. Y para que no dijeran los judíos que los nuevos creyentes eran la causa de aquellos males, les declara la causa verdadera del castigo aplicado. De antemano les había dicho: En verdad os digo que vendrán todas estas cosas sobre esta generación- aludiendo a la muerte de los profetas que ellos habían llevado a cabo. Enseguida, para que no pensaran los discípulos, al oír tan graves calamidades, que por esto quedaría destruida la predicación, añadió: No os alarméis. Es preciso que esto suceda. Es decir, lo que yo he predicho y cuanto he anunciado no se interrumpirá por causa de esa acometida de tentaciones y pruebas. Ciertamente vendrán la turbación y el tumulto, pero no conmoverán ni derribarán mis predicciones.

Y pues había dicho a los judíos: Ya no me volveréis a ver desde ahora hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! [Mateo 23:39, Lucas 13:35] y por esto creían los discípulos que juntamente con la ruina de la ciudad llegaría la consumación del orbe, les corrige semejante opinión y les dice: Pero no llega aún el fin. Y que ellos tuvieran esa sospecha que acabo de indicar, adviértelo por el modo mismo de la pregunta. ¿Qué es lo que preguntan? ¿Cuándo sucederá esto? o sea ¿cuándo será destruida Jerusalén y cuál será la señal de tu advenimiento y del fin del mundo?

Jesús por de pronto nada les responde; sino que primero les dice lo que más interesaba saber. Y no habló al punto de la ruina de Jerusalén ni de su propio advenimiento segundo, sino de las desgracias que ya se echaban encima; y acerca de ellos los hizo solícitos diciendo: Mirad que nadie os extravíe. Pues muchos vendrán en mi nombre y dirán: Yo soy el Cristo. Excitándolos a oír estas cosas, les dice: Mirad que nadie os extravíe. Luego, una vez que ya los ha puesto en guardia y los ha hecho solícitos para vigilar, tras de mencionar a los engañadores y a los seudocristos, finalmente les refiere los males que van a venir sobre Jerusalén; y confirma lo futuro por lo ya sucedido y cierra así la boca a los necios y a los querellosos.

Como ya dije, llama guerras y rumores de guerras a los disturbios que se les van a echar encima. Y como, además, según advertí, pensaban ellos que tras de la guerra se seguiría el fin del mundo, mira cómo los pone en guardia diciendo: Pero no llega aún el fin. Pues se levantarán razas contra razas, reinos contra reinos [Mateo 24:7]. Indica aquí el comienzo de las calamidades de los judíos. Mas todo es sólo el comienzo de los dolores [Mateo 24:8], o sea de los que a ellos les sobrevendrán. Entonces os entregarán para que os atormenten y os matarán [Mateo 24:9]. Oportunamente interpone las calamidades que sufrirán los discípulos, de las que recibirán algún consuelo, a causa de las comunes desgracias. Mas no sólo por eso, sino además por lo que añade: Por mi nombre.

Les dice: Seréis blanco del odio de todas las gentes por causa de mi nombre. Entonces muchos desfallecerán. Y unos a otros se traicionarán. Y surgirán muchos falsos cristos y seudoprofetas y seducirán a muchos. Y como desbordará la iniquidad, se entibiará la caridad de la mayor parte.  Mas el que perseverare hasta el fin ese se salvará [Mateo 24:9-13].  Habla aquí de un mal mayor, que es la guerra intestina, pues hubo muchos falsos hermanos. ¿Observas la triple guerra: de parte de los seductores, de parte de los enemigos y de parte de los falsos hermanos? Mira cómo lo deplora Pablo: De fuera, ataques; de dentro, ansiedades [2 Corintios 7:5]; peligros de parte de los falsos hermanos [2 Corintios 11:26]. Y también: Esos son falsos apóstoles, operarios fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo [2 Corintios 11:13]. Y de nuevo les advierte una pena gravísima sobre todas, que será la de no tener consuelo en la caridad.

En seguida, declarando que el hombre generoso y paciente no sufre daño por esto, les dice: No os alarméis ni os turbéis. Si mostráis la conveniente paciencia, semejantes males no os vencerán. Y señal clara de esto, será que la predicación llenará todo el orbe: tan levantados de la tierra andaréis que semejantes males no os podrán alcanzar. Y para que no dijeran: pero ¿cómo podremos vivir? añadió algo más: No sólo viviréis, sino que enseñaréis por todo el mundo. Por esto dijo: Será predicado este evangelio en todo el mundo, para que su testimonio llegue a todos los pueblos; y entonces vendrá el fin [Mateo 24:14], es decir, la ruina de Jerusalén.

Que se refiera a esa ruina, y que antes de ella el Evangelio se haya predicado, oye cómo lo dice Pablo: Resonó por toda la tierra su voz [Romanos 10:18]; y también: Evangelio que ha sido predicado a toda criatura de debajo del cielo [Colosenses 1:23]. Y ves al mismo Pablo que desde Jerusalén corre hasta España. Pues si uno solo abarcó tan gran parte del orbe, piensa en las hazañas que llevarían a cabo todos los otros. Escribiendo Pablo a otros acerca del Evangelio, les decía que iba creciendo y fructificaba en toda criatura que está debajo del cielo [Colosenses 1:6,23].

¿Qué significa: Para que su testimonio llegue a todos los pueblos? Es que aún cuando fue predicado en todas partes, no todos creyeron en él ni en todas partes lo recibieron. Es como si dijera: Será testimonio para los que no han creído; o sea que les servirá de acusación y confutación. Para testimonio, pues los que creyeron darán testimonio contra los que no qui. sieron creer, y los condenarán. Y por este motivo, una vez que el Evangelio fue predicado en todo el orbe, perecieron los de Jerusalén, para que aquéllos desagradecidos no tuvieran ni sombra de excusa.

En efecto: quienes vieron su poder resplandeciente en todo el orbe, y casi instantáneamente apoderado del mundo ¿qué perdón tienen si permanecen en su endurecimiento? Que el Evangelio fue entonces predicado, oye cómo lo testifica Pablo: Evangelio que ha sido predicado a toda criatura de debajo del cielo. Y es esto un argumento fortísimo del poder de Cristo: el que su doctrina, en veinte o treinta años, llenara los confines de la tierra habitada. Dice luego: Y entonces vendrá el fin. El fin de Jerusalén. Lo que sigue demuestra que esto fue lo que Cristo quiso dar a entender. Porque trajo al medio una profecía para afirmar la ruina de la ciudad y dijo: Cuando viereis instalados en el lugar santo el sacrilegio y la devastación predichos por el profeta Daniel – quien lee la Escritura, comprenda [Mateo 24:15] Los remite a Daniel [Daniel 9:27]. Llama abominación y sacrilegio a la estatua del que entonces dominaba la tierra, estatua que éste puso en el interior del templo [2], una vez arruinados la ciudad y el santuario: por esto la llama sacrilegio y devastación. Y para que conocieran que todo esto sucedería viviendo aún algunos de ellos, dijo: Cuando viereis el sacrilegio y la devastación.

En vista de esto, cualquiera debe admirar en gran manera el poder de Cristo y la fortaleza de los apóstoles, pues en tiempos tan apretados predicaron el Evangelio, cuando más eran impugnadas las cosas de los judíos, cuando éstos eran vigilados como gente sediciosa y el César había decretado que todos fueran exterminados [Hechos 18:2]. Sucedió lo mismo que si alguno, estando el mar todo alborotado y las tinieblas llenando todo el ambiente y aconteciendo frecuentes naufragios, y estando en discordia todos los marineros, y apareciendo sobre las aguas los monstruos marinos para ayudar a las olas a hundir a los navegantes, y desatados los rayos y acometiendo los piratas, mientras los mismos que conducen la nave andan entre sí disputando y poniéndose asechanzas, en tales circunstancias, a unos hombres imperitos en el arte de la navegación y que ni siquiera conocen el mar, se les ordenara sentarse al timón, manejar la nave y luchar contra una formidable escuadra que acomete de frente, repleta de fortín simo ejército; y que usaran de una navecilla en la que, como dije, reinara tan grave confusión, y que tomaran al abordaje y echaran a pique la gran embarcación.

Los pueblos odiaban a los apóstoles por ser estos judíos; los judíos los lapidaban por ser impugnadores de sus leyes; y en parte alguna podían establecerse. De modo que todo era precipicios, escollos, arrecifes ocultos en las ciudades, en las villas, en las casas; y todos y cada cual los acometía: jefe, príncipe, pueblo, particulares, pueblos íntegros; y por doquiera había tal perturbación que no puede el discurso explicarla. El linaje judío era abiertamente aborrecido en el Imperio Romano, porque le causaba infinitas molestias. Y sin embargo, nada de eso dañaba a la predicación. Pues tomada ya la ciudad y dada al incendio y deshecha su gente por la fuerza de las desgracias, los apóstoles se marcharon de ahí, y llevando nuevas leyes imperaron sobre los romanos.

¡Ah cosas estupendas y nunca vistas! Cautivaron los romanos a muchos miles de judíos, mas no pudieron vencer a doce hombres que luchaban con ellos desprovistos de armas y de todo. ¿Qué discurso podrá pintar milagro tan ingente? Porque es esencial que quienes han de enseñar, posean dos cosas: que sean fidedignos y que sean gratos a los oyentes. Añade que la doctrina sea tal que con facilidad se acepte; y finalmente que el tiempo esté tranquilo y sin perturbaciones. Pero en aquel entonces todo iba al revés. Porque ellos no parecían dignos de fe; además, echaban de sí a quienes habían sido engañados por los falsos apóstoles, que parecían predicar cosas creíbles; nadie los amaba; más aún, se les odiaba, mientras ellos apartaban a la gente de lo que más gustoso le era, como son las costumbres, la patria y las leyes.

Duros y difíciles eran los preceptos, y las cosas que ellos prohibían redundaban de deleites. Y tanto ellos como sus discípulos tenían que soportar muchas veces peligros de muerte. Aparte de todo esto, las circunstancias del tiempo presentaban graves dificultades, pues estaban llenas de guerras y alborotos, hasta el punto de que aún sin las otras dificultades ya dichas, esta sola bastaba para perturbarlo todo. De modo que aquí resulta oportuno decir: ¿Quién referirá las proezas de Dios y hará oír todas sus alabanzas? [Salmos 105:2 LXX] Si los connacionales de Moisés a causa del lodo y las pajas con que a los principios se les oprimía, no prestaban oídos a Moisés a pesar de los muchos milagros, a los que diariamente sufrían heridas y muertes ¿quién los persuadió a que dejaran su vida de ocio y prefirieran la otra llena de peligros, sangre y muertes en abundancia?

Sobre todo siendo extranjeros los predicadores y prácticamente enemigos de todos. Si alguno introdujera en una nación o en una ciudad o en un pueblo, más aún, en un pequeño domicilio a un hombre odiado de todos los que ahí habitan y procurara por medio de él apartar a cada uno de los seres que más ama, como son el padre, la madre, la esposa, los hijos ¿no sucedería que a ese tal, antes de que abriera la boca lo hicieran pedazos? Y si anduvieran litigando el esposo y la esposa entre sí ¿acaso no lo lapidarían aun antes de traspasar los umbrales de la casa?

Pues qué, si además de ser él personalmente aborrecido, ordenara cosas pesadas y dispusiera que vivieran con moderación los que andan entregados a sus placeres; y además emprendiera la lucha contra muchos, numerosos y más fuertes que él ¿acaso no es manifiesto que perecería con toda certeza? Pues esto que aún en sola una casa no se puede así lograr, Cristo lo hizo en todo el universo, conduciendo a los médicos del orbe por toda la tierra por entre precipicios, hornos, desfiladeros, montes, tierras y mares y guerras sin cuento. Si quieres conocer todo esto con más pormenores y mayor certidumbre, o sea las hambres, pestes, terremotos y demás catástrofes, lee la historia de Josefo [3] y lo sabrás con exactitud.

Por esto decía Jesús: No os alarméis. Es preciso que esto suceda. Y: El que perseverare hasta el fin ése se salvará. Y además: Será predicado este evangelio del reino en todo el orbe. Y a sus discípulos quebrantados por el terror y con ánimo decaído, les infunde mejores esperanzas; y les anuncia que aún cuando haya mil dificultades es necesario que el Evangelio sea predicado por todo el orbe y después vendrá el acabamiento. ¿Has advertido en qué condición se encontraban entonces las cosas y cuan variadas guerras había; y esto a los comienzos, que es cuando para cada buena obra se requiere grande paz? ¿En qué situación se hallaban las cosas? Pues nada impide que resumamos lo dicho. La primera guerra era la de los seductores. Pues dice: Vendrán muchos seudocristos y falsos profetas. La segunda era la de los romanos: Habéis de oír guerras. La tercera guerra es la del hambre que sobrevendrá. La cuarta es la de la peste y los terremotos. La quinta es que os entregarán a la muerte. La sexta, que todos os aborrecerán por causa de mi nombre. La séptima, que unos a otros se traicionarán y se odiarán, donde anuncia una guerra intestina Luego, los seudocristos y los falsos hermanos. Finalmente, que se entibiará la caridad de la mayor parte, lo que es causa de todos los males.

¿Adviertes los mil géneros de guerras, todas nuevas y estupendas? Y en medio de todo esto y de otras muchas cosas (pues a la guerra civil se añadirá la de los parientes), la predicación sin embargo llenó todo el orbe. Porque dice: Será predicado este Evangelio del reino en todo el orbe. ¿Dónde están los que introducen la tiranía de los horóscopos y las vueltas de los tiempos entre los dogmas y verdades de la Iglesia? ¿Quién ha narrado haberse visto otro Cristo y haber acontecido cosa o suceso a éste parecido? Aunque refieran mil falsedades (por ejemplo que ya han pasado cien mil años), sin embargo nadie se ha atrevido a fingir otro hecho a éste semejante.

Entonces ¿a qué círculos de los tiempos os referís? Porque ni la destrucción de Sodoma, ni la de Gomorra, ni otro cataclismo alguno igual se ha repetido jamás. ¿Hasta cuándo, pues, estaréis hablando en broma y diciendo de otro círculo del tiempo y otros horóscopos? Preguntarás: ¿cómo es entonces que muchas cosas se predicen y luego suceden? Pues porque tú mismo te has privado del auxilio divino y te has perdido y colocado fuera de la providencia de Dios, el demonio a su antojo baraja las cosas. No lo hace así con los santos, pero ni aun con nosotros, pecadores, pero que en absoluto desechamos tales cosas. Pues aun cuando nuestro modo de vivir sea intolerable, sin embargo, a causa de que con la gracia de Dios mantenemos los dogmas verdaderos de la Iglesia, nos hallamos ser superiores a las asechanzas del demonio.

Pero en fin ¿a qué se reducen los horóscopos? No a otra cosa, sino a perversidad y confusión y a que todo se hace al acaso y a como salga; ni solamente al acaso, sino incluso contra la razón. Objetarás: pero si no existen los horóscopos ¿por qué éste es rico y aquél es pobre? ¡No lo sé!… Pero voy a discutir contigo en el sentido de hacerte caer en la cuenta de que no todo se ha de investigar con vana curiosidad, ni se han de creer las cosas como si fueran al acaso. Porque tú no debes, por el hecho de ignorar eso, fingir falsedades. Es preferible honradamente ignorar a malamente aprender. Quien ignora la causa fácilmente es conducido por la razón; pero aquel que por no saber la causa verdadera, inventa una falsa, ya no podrá con facilidad aceptar la verdadera, porque necesitará de mucho mayor trabajo y sudores para abandonar su primera opinión.

Sucede como en las tablillas enceradas que una vez que se borran puede cualquiera escribir en ellas fácilmente otra cosa, mientras que en las grabadas no sucede lo mismo, puesto que se hace necesario traer primero lo mal escrito. También entre los médicos es preferible el que nada receta ai que prescribe medicinas dañosas. Y en la arquitectura es peor el que sin fundamentos edifica que el que nada- edifica; y es mejor la tierra que nada produce que la otra que engendra solamente espinas.

En consecuencia, no tengamos prisa en aprenderlo todo, ni llevemos molestamente el ignorar algunas cosas. Para que no suceda que si luego encontramos algún maestro, le demos doble trabajo. Y lo que es peor aún, algunos, por padecer enfermedad incurable, una vez que han caído en esos dogmas falsos, en ellos se aferran. No es lo mismo tener que arrancar primero del campo las malas hierbas que ya arraigaron, que sembrar y plantar en un campo limpio. En aquél se hace necesaria una limpia previa y hasta después sembrar; en este otro ya están preparados los oídos.

Con que, en fin ¿de dónde proviene que uno sea rico y el otro pobre? Lo diré ya: unos poseen riquezas porque Dios se las da; otros porque El permite que las posean; otros por una arcana providencia de Dios. Y esta razón es la más breve y sencilla. Instarás: ¿por qué al fornicario lo enriqueció y lo mismo al adúltero, al libinidoso y al que luego usa mal de sus posesiones? Respondo que Dios no lo hace rico, sino que permite que se enriquezca; y hay gran diferencia entre hacer y permitir. Mas ¿por qué en absoluto no se lo permite? Porque aún no ha llegado el tiempo del juicio, para que cada cual reciba su merecido. ¿Quién peor que el rico aquel que no daba a Lázaro ni las migajas de su mesa? Y sin embargo, fue luego el más miserable de los hombres, pues no pudo lograr ni una gota de agua. Y todo porque habiendo sido rico no fue humano ni compasivo. Si hay dos que tengan desigual fortuna, pero ambos son malvados, y uno de ellos es rico y el otro pobre, no serán castigados igualmente, sino que el rico tendrá penas más graves.

¿Ves cómo este segundo es castigado con más graves suplicios por haber recibido los bienes en esta vida? Así pues, cuando veas a los que injustamente se han enriquecido llevar una vida próspera gime, derrama lágrimas, pues su riqueza se convertirá en aumento de castigo. Así como los que pecaron, y no quieren hacer penitencia, se preparan un tesoro de ira divina, así los que acá no sufrieron el castigo, sino que vivieron prósperamente, serán con mayor gravedad castigados.

Si te place, te demostraré lo mismo no sólo por lo de la vida futura, sino también con el ejemplo de la presente. Al bienaventurado David, después de haber pecado con Bersabé, como el profeta Ib reprendiera, principalmente lo acusó con mayor fuerza por haber recibido muchos beneficios y haberse portado así a pesar de ellos. Oye cómo lo reprende Dios: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl. Te he dado la casa de tu señor. Te he dado la casa de Israel y de Judá. Y si es poco, añadiré todavía otras cosas más. ¿Por qué has hecho lo malo ante mis ojos? [2 Samuel 12:7-9] Los castigos de los pecados no son todos iguales, sino que varían con la edad, las personas, las dignidades, la prudencia y muchas otras circunstancias.

Más claro todavía. Tráigase al medio un pecado. Sea la fornicación Considera ahora cuántos géneros de castigos se le han aplicado, tomándolos no de nuestro discurso, sino de las Escrituras. Si alguno fornicó antes de la Ley, sufrió un género de castigo, como lo demuestra Pablo diciendo: Cuantos pecaron antes de la Ley, sin la Ley serán castigados Fornicó alguno después de la Ley, padecerá más grave suplicio [Romanos 2:12]. Pues: Cuantos pecaron en la Ley serán juzgados por la Ley. Fornicó algún sacerdote, a causa de su dignidad sufre el máximo aumento de pena. Por este motivo las otras doncellas fornicarias eran condenadas a muerte; pero las hijas de sacerdotes eran quemadas, demostrando así el legislador cuan grave castigo amenazaba al sacerdote que así pecara. Pues si la joven, por ser hija de un sacerdote, lleva una pena mayor, mucho más grave la padecerá el sacerdote mismo.

¿Una mujer sufrió violencia? Está libre de culpa y de castigo. ¿Fornicaron dos, una rica y otra pobre? También aquí se da una diferencia en el castigo. Esto se ve claro por lo que acabamos de decir de David. ¿Ha fornicado alguno después de la venida de Cristo, pero es de los aún no iniciados? Sufrirá mayores penas que esos anteriores. ¿Fornicó alguno después del sagrado bautismo? A éste no le queda ya consuelo ni alivio, ha mostró Pablo al decir: Si alguno desprecia la Ley de Moisés, muere sin misericordia bajo palabra de dos o tres testigos. Pues ¿con cuánta mayor pena pensáis que será castigado el que conculca al Hijo de Dios; el que tiene como sangre vulgar y ordinaria la sangre del Testamento, sangre con que él mismo ha sido santificado y enseguida injuria al Espíritu Santo? [Hebreos 10:28,29] ¿Ha fornicado en este tiempo algún sacerdote? Es esto el colmo de todas las desgracias. ¿Has visto cuánta diferencia de castigos respecto de un mismo pecado? Un castigo hay antes de la Ley; otro después de la Ley; otro es el del ministro sagrado; otro el de la mujer, según sea rica o pobre; y otro el del catecúmeno, el del fiel, el del sacerdote. También por razón de la prudencia hay diferencia de castigos y grande. Puesto que dice: El que conoce la voluntad de su señor y no la cumple, será grandemente azotado [Lucas 12:47].

También por haber precedido tantos y tan grandes ejemplos sufre el pecador mayores castigos. Pues dice: Vosotros ni viendo hicisteis luego penitencia [Mateo 21:32], aun cuando hayáis sido ensalzados con grandes honores. Y esto es lo que le reprende Jesús a Jerusalén diciendo: ¡Cuántas veces quise congregar a vuestros hijos y no quisisteis [Lucas 13:34]. De los que pecan por exceso de placeres, tienes ejemplo en lo de Lázaro [Lucas 16:19-31]. Pero también por el sitio se acrecienta la gravedad del pecado. Así lo declara Jesús con aquella expresión: Entre el santuario y el altar [Mateo 23:35]. También por el modo con que se ha cometido el delito. Pues dice: No es cosa admirable que alguien robe [pues roba para saciar su hambre] [Proverbios 6:30 LXX]. Y también: Mataste a tus hijos y a tus hijas; esto además de tu fornicación y de tus abominaciones [Ezequiel 16:20,21 LXX]. Y según las personas: Si alguno peca contra otro hombre, orarán por él; pero si alguno peca contra Dios ¿quién orará en su favor? [1 Samuel 2:25 LXX]

También cuando alguno supera en desidia a otros que son peores que él, es cosa que reprende Dios por Ezequiel diciendo: Porque ni siquiera os habéis ajustado a las normas de las nadones que os rodean [Ezequiel 5:7]. También cuando no nos enmendamos ni aun teniendo delante el ejemplo de los demás, pues dice: Vio a su hermana y la justificó [Ezequiel 16:51]. También cuando alguno ha disfrutado de un especial patrocinio: Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho estos milagros ha tiempo que habrían hecho penitencia [Mateo 9:21,22]. Por lo cual serán tratadas Tiro y Sidón con menos rigor que esta ciudad. ¿Has observado la gran exactitud y cómo no todos sufren el mismo castigo por iguales pecados? Cuando después de larga espera de parte de Dios nada aprovechamos, más graves penas tendremos que sufrir. Así lo indica Pablo diciendo: Por tu endurecimiento e impenitente corazón te atesoras cólera para el día del castigos [Romanos 2:5].

Sabiendo todo esto, no nos molestemos ni turbemos a causa del curso de los acontecimientos, ni nos dejemos alterar por el oleaje de nuestros pensamientos; sino que, teniendo en cuenta la incomprensible providencia de Dios y acomodándonos a ella, cuidemos de ejercitar la virtud y huyamos de la perversidad, para que disfrutemos de los bienes futuros, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, la gloria, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXV sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

[1] El sitio de Jerusalén del año 70 d. C. fue un acontecimiento decisivo en la Primera guerra judeo-romana. Fue seguido por la caída de Masada en el año 73. El ejército romano, dirigido por el futuro emperador Tito, con Tiberio Julio Alejandro como su segundo al mando, sitió y conquistó la ciudad de Jerusalén, que había estado ocupada por sus defensores judíos en el año 66 d. C. La ciudad y su famoso templo fueron destruidos el mismo año de su conquista. La destrucción del Templo de Jerusalén todavía es lamentada anualmente durante la festividad judía Tisha b’Av y en el Arco de Tito (todavía en pie en Roma), donde se representa y celebra el saqueo de Jerusalén y el Templo. La destrucción del Templo fue un acontecimiento importante para la historia y la tradición judía, conmemorado anualmente por los judíos durante el ayuno de Tisha b’Av. Es igualmente importante para la teología cristiana. Este evento ha sido relatado en detalle por el dirigente judío que había entrado al servicio de los romanos y, luego, se convirtió en historiador, Flavio Josefo. (Fuente: “Sitio de Jerusalén” en Wikipedia )

[2] Los romanos erigieron un monumento al general vencedor después de que capturaron el Templo

[3] Tito Flavio Josefo, también conocido por su nombre hebreo José ben Matityahu o Josefo ben Matityahu (n. 37-38 – Roma, 101), fue un historiador judío fariseo, descendiente de familia de sacerdotes. Hombre de acción, estadista y diplomático, fue uno de los caudillos de la rebelión de los judíos contra los romanos. Hecho prisionero y trasladado a Roma, llegó a ser favorito de la familia imperial Flavia. En Roma escribió, en griego, sus obras más conocidas: La guerra de los judíos, Antigüedades judías y Contra Apión. Fue considerado como un traidor a la causa judía y odiado por los judíos. Su obra fue preservada por los romanos y los cristianos (Fuente: “Flavio Josefo” en Wikipedia)

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