“Cuando estas cosas empiecen a suceder, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra redención” (Lucas 21:28-33)

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Cuando estas cosas empiecen a suceder, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra redención.

Y les refirió una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan las hojas, al verlo, sabéis por vosotros mismos que el verano ya está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el reino de Dios está cerca. En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.

LBLA

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
24:30-35 13:26-21 21:27-33

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

 

¿Observas en qué forma tan tremenda describe su advenimiento? ¿Ves cómo levanta el ánimo de los discípulos? Pone primero las cosas tristes; y luego, tras ellas, las buenas y alegres; y así los consuela. Juntamente trae el recuerdo de su Pasión y aun de su resurrección, y aun en forma más espléndida. Recuerda su cruz para que no se duelan ellos ni se avergüencen pues un día vendrá Jesús y la tomará como señal. Otro dice: y mirarán a aquel a quien traspasaron. Por esto llorarán las tribus, viendo que es el mismo. Y una vez que mencionó la cruz, añadió: Verán al Hijo del hombre venir, no en la cruz, sino: en las nubes del cielo con gran poder y gloria [Mt 24:30]. Como si dijera: para que no por oír cruz pienses en algo triste, vendrá con gran poder y gloria.

Trae la cruz para que así quede condenado el pecado de ellos con esto mismo y por sí mismo. Como si alguno, herido con una piedra, mostrara la piedra misma o la vestidura ensangrentada. Vendrá en una nube, así como fue llevado a los cielos; y al contemplarlo llorarán las tribus. Ni quedará todo en llanto, sino que esto es para que ellos mismos sentencien y por su propia sentencia sean condenados.

Entonces despachará sus enviados para que al son de trompeta potente congreguen a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales, del uno al otro cabo de los cielos [Mt 24:31]. Cuando oyes esto, considera el suplicio de los que queden en la tierra. Porque no sólo sufrirán aquellas penas, sino ésta además. Y así como anteriormente predijo Jesús que dirían: Bendito el que viene en el nombre del Señor [Mt 22:39] así ahora dice que llorarán. Y pues les habló de ásperas guerras, para que sepan que tras de los males de esta vida les esperan los futuros tormentos, los presenta llorando y separados de los escogidos y entregados a la gehena. De modo que por aquí nuevamente levanta el ánimo de los discípulos, con indicarles de qué males tan grandes serán liberados y cuan grandes bienes disfrutarán.

Mas ¿por qué los convoca mediante los ángeles siendo así que viene tan manifiestamente? Para darles también este honor. Pablo asegura que serán levantados en las nubes [1 Tes 4:17]. Y le mismo afirma cuando habla de la resurrección, pues dice: Bajará el Señor desde el cielo, a la orden de mando, por la voz del arcángel [1 Tes 4:16]. De manera que en cuanto resuciten, los ángeles los congregarán; y una vez congregados, los arrebatarán las nubes. Y todo esto se verificará en un momento. Y no los llama El allá arriba, sino que El baja al sonar la trompeta.

¿Qué significan aquí la trompeta y el sonido? Se menciona para significar exaltación y alegría, y también para significar el terror y dolor de los que quedarán en la tierra. ¡Ay de nosotros en aquel día terrible! Debiendo alegrarnos al oír estas cosas, nos dolemos y descaecemos de ánimo y nos consumimos de tristeza. ¿Acaso solamente yo sufro de esta manera, y vosotros, al contrario, os alegráis al oírlas, mientras a mí me invade el temor cuando ellas se narran y lloro amargamente y gimo de lo íntimo de mi corazón? Cierto que tales cosas no me atañen, pero sí las que luego se dicen acerca de las diez vírgenes y del que enterró el talento recibido y del siervo malvado.

Lloro porque perderemos tan inmensa gloria y la esperanza de tan grandes bienes, y esto perpetuamente y para siempre; y sin embargo, a pesar de todo, tan poco empeño ponemos. Si el trabajo fuera duro; si la ley fuera pesada, aun así sería conveniente empeñarnos. Pero, en fin, parecería que muchos de los desidiosos tendrían alguna excusa; excusa fría, pero aparentemente razonable en la dificultad de los preceptos y en ser mucho el trabajo y el tiempo muy largo y la carga intolerable. Pero en nuestro caso, nada de eso podemos alegar en disculpa de lo que en aquel día nos atribulará más que la misma gehena, cuando hayamos perdido el reino y los bienes inefables, todo por no sufrir brevísimo tiempo y ciertamente con muy poco trabajo. El tiempo de verdad es corto y el trabajo módico; y a pesar de todo perdemos alientos y decaemos de ánimo.

Aquí en la tierra combates y en el cielo está tu corona; te atormentan los hombres, pero te honra Dios; corres durante un par de días y recibes el premio para siglos infinitos; la lucha es en cuerpo corruptible y el honor del triunfo es incorruptible. Pero además conviene considerar que, aun cuando no querramos padecer un poco por Cristo de todos modos algo tenemos que padecer. Al fin y al cabo, no porque no mueras por Cristo ya por eso eres inmortal; ni porque no des tus dineros por Cristo ya por eso los llevarás contigo cuando mueras. Te pide El lo que aún cuando no te lo pidiera tendrías que darlo, puesto que eres mortal. Quiere El que tú voluntariamente hagas lo que al fin por necesidad tendrás que hacer. Lo único que anhela es que lo hagas por El, pues que todas las cosas sean contingentes y transitorias sucede por ley natural.

¿Adviertes cuan fácil es el certamen? Te dice: Lo que de todos modos has de padecer, padécelo por mí: añádele esto sólo y yo lo tomo como idóneo servicio. El oro que habías de poner en usura con otro, ponlo conmigo con mayor seguridad y ganancia. Ese tu cuerpo que vas a inscribir en una milicia a favor de otro, inscríbelo en la mía: yo excederé con mucho a todos tus trabajos por la grandeza de la recompensa. Tratándose de los demás, siempre buscas tú al que mejor paga en los préstamos, en las empresas, en mil cosas ¿y solamente excluyes a Cristo, quien precisamente paga infinitamente más que todos los otros? Pero ¿qué guerra es ésta o qué enemistad? ¿Cómo podrás tener excusa o perdón en esas cosas en que prefieres unos hombres a otros y en cambio no quieres anteponer a los hombres ni siquiera a Dios?

¿Para qué entregas tus tesoros a la tierra? Pónlos en mis manos, te dice. ¿No te parece más seguro que el hoyo en la tierra el Señor mismo de la tierra? La tierra te devuelve el tesoro que en ella depositaste, aunque no siempre; mientras que Dios incluso te paga por guardártelo. Y lo hace porque excesivamente nos ama. De modo que si quieres prestarle a rédito, está a punto. Si quieres sembrar, El recibe la semilla. Si quieres construir, te atrae hacia sí diciendo: Construye tu mansión acá en mi predio. ¿Por qué te apresuras a ir a hombres pobres, a hombres que andan pidiendo limosna? Corre hacia Dios, quien por pocas cosas te dará otras grandes.

Y sin embargo, cosas son éstas que no queremos ni siquiera oírlas, sino que a toda prisa nos vamos a donde hay guerras, batallas, querellas de todo género, riñas y falsas acusaciones. Entonces ¿acaso no es muy justo que se nos castigue y se nos aparte cuando El para todo se ofrece y nosotros lo rechazamos? Nadie habrá que no lo afirme. Porque El te dice: Si anhelas decoro, toma mi decoro; si quieres armas, toma mis armas; si quieres vestidos, toma mis vestiduras; si quieres alimentos, ven a mi mesa; si caminar, toma mi senda; si recibir herencia, recibe mi herencia; si entrar en la patria, entra en la ciudad de la que yo soy el artífice y fundador; si quieres construirte una mansión, constrúyela en mis tabernáculos. Yo por todo lo que te dé, no voy a pedirte recompensa ni paga: más aún, por el hecho mismo me declaro tu deudor, si es que quieres usar de todos mis haberes.

¿Qué hay igual a semejante liberalidad? Yo soy padre, Yo soy hermano, Yo soy esposo, soy mansión, soy alimento, soy vestido, soy raíz, soy fundamento, soy todo cuanto anhelas: en consecuencia, no andes falto de cosa alguna. Incluso me pondré a tu servicio, pues vine a servir y no a ser servido. Yo soy amigo, miembro, cabeza, hermano, hermana, madre: Yo lo soy todo. Lo único que te pido es que seas mi amigo. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti, en el cielo por ti suplico al Padre y vine a la tierra para rogar por ti al Padre. Y tú eres para mí todo: hermano, coheredero, amigo, miembro mío. ¿Qué más deseas? ¿por qué huyes de quien tanto te ama? ¿Por qué te afanas para este mundo? ¿Por qué echas agua en toneles sin fondo? Porque eso es trabajar para esta vida.

¿Por qué azotas el fuego y por qué hieres los vientos? [1 Cor 9:26] ¿para qué corres en vano? [Gál 2:2]  ¿Acaso no tiene cada arte su finalidad propia? Esto a todos es manifiesto. Pues bien: ¡muéstrame la finalidad de los empeños de este siglo! No podrás. Porque: Vanidad de vanidades, todas las cosas vanidad [Ecl 1:2]. Vamos a los sepulcros. ¡Muéstrame aquí al padre! ¡muéstrame a la esposa! ¿Dónde está el que se cubría de doradas vestiduras? ¿el que asentaba en carruaje? ¿el que poseía ejércitos y talabarte y pregoneros? ¿el que a otros condenaba a muerte o los encarcelaba? ¿el que daba muerte o libraba de ella a quienes bien le parecía? Yo no veo sino osamentas, gusanos, arañas. De modo que todo aquello era tierra, era fábula, era ensueño, era sombra, era cuento y cosa pintada. Y ni aun pintada. Porque las pinturas nos representan las cosas a lo menos en imagen; pero en lo mundano, ni en imagen.

Y ojalá terminaran aquí todos los males. Pero no. Honores, placeres, glorias, son sólo sombra y palabras vanas. En cambio las consecuencias no son sólo sombras, no son sólo palabras vanas. Es algo que permanece y que irá con nosotros a la otra vida y todos lo conocerán: rapiñas, avaricia, fornicaciones, adulterios y mil otras miserias semejantes no serán polvo ni simples imágenes, sino que estarán escritas en los cielos, ya sean palabras ya obras. Y ¿con qué ojos veremos a Cristo? Si nadie puede ver a su padre cuando es consciente de haberle faltado ¿cómo podremos entonces ver ni la vista tolerar de aquel que es de mayor mansedumbre que un padre?

Porque tenemos que presentarnos ante el tribunal de Cristo y sufrir un minucioso examen de todo. Y si alguno no cree en ese juicio futuro, observe lo que acá en el mundo se practica. Mire a los que están en la cárcel, a los que yacen en el estiércol, como Job; mire a los posesos, a los locos, a los enfermos incurables, a los que luchan con la perpetua pobreza, a los agotados por la inedia, a los que ha herido algún duelo inmenso, a los que viven cautivos. Ciertamente no sufrirían ellos tales cosas, si no esperara el castigo y el suplicio a los demás que cometieron los mismos pecados. Si éstos acá nada han sufrido, esto mismo te debe ser señal de que algo les queda para más allá de la partida de este mundo.

En verdad que el Señor, pues es Dios de todos, no habría castigado a unos, mientras que a otros que cometieron los mismos pecados, y aún más graves, los habría dejado impunes, si no les hubiera de imponer más allá de la vida alguna pena. En consecuencia, por estos argumentos y ejemplos, humillémonos; y quienes no creían en el juicio, crean ahora y mejoren sus costumbres, a fin de que habiendo llevado todos una vida digna del reino de los cielos, consigamos los bienes futuros, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía LXXVI (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

 


Dijo el padre Antonio: “Hay algunos que han martirizado su cuerpo con la ascesis y, por falta de discernimiento, se alejan de Dios.”

– Antonio el Grande (Las Palabras de los Ancianos)

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