“Había un hombre rico … Y uno pobre, llamado Lázaro” (Lucas 16:19-31)

De rijke man en de arme Lazarus ( El rico y  el pobre Lázaro ), Hendrick ter Bruggghen (holandés, 1625)

De rijke man en de arme Lazarus (El rico y el pobre Lázaro), Hendrick ter Bruggghen (holandés, 1625)

Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba llenarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y los ángeles le llevaron al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Abismo entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abrahán, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.’ Pero Abrahán le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes, no puedan hacerlo; ni de ahí puedan pasar hacia nosotros.’ «Replicó: ‘Pues entonces, te ruego, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también ellos a este lugar de tormento.’ Abrahán le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los oigan.’ Él dijo: ‘No, padre Abrahán, que si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán.’ Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite.’


 


El Rico y Lázaro

 

    En este caso, por la providencia de Dios el rico vivía en muy buenas condiciones y podía sin ningún sacrificio ayudar al pobre que se encontraba tendido en el suelo al lado del portón de su casa. Estando sumergido enteramente en sí mismo y en las fiestas diarias, el rico fue totalmente indiferente con respecto a los sufrimientos del pobre.

    Recordarse de la hermosa recompensa que obtuvo Lázaro en el otro mundo, anima a los pobres y a los que sufren. Por las enfermedades, pobreza y la falta de fuerzas físicas, Lázaro no podía ayudar o hacer buenas obras para los demás. Pero nada más que por resistir pacientemente los sufrimientos y por no quejarse de su destino, él recibió la bienaventuranza en el cielo. La razón por la cual se menciona en esta parábola a Abraham, significa que el rico no fue condenado por sus riquezas, sino, por falta de compasión por los necesitados. Abraham, al contrario, siendo una persona muy rica, al mismo tiempo era piadoso con todos.

    Algunos preguntan: no sería injusto y cruel condenar eternamente al rico, ya que sus gozos materiales eran temporales. Para responder a esta pregunta, se debe entender que la futura bienaventuranza o sufrimientos no se deben mirar únicamente desde el punto de vista como un lugar de permanencia en el paraíso o el infierno. En primer lugar el paraíso o el infierno son condiciones espirituales. Según el Señor, el Reino de los Cielos se encuentra dentro de nosotros mismos igual que el infierno comienza dentro del alma del pecador. Cuando en la persona habita la gracia de Dios, entonces en su alma habita el paraíso. Cuando las pasiones y los remordimientos de conciencia agobian a la persona, entonces ella sufre como los pecadores que se encuentran en el infierno. Recordemos los sufrimientos “del Caballero Mezquino” en el poema del escritor ruso Pushkin: “La conciencia es como una bestia que con sus zarpas rasguña el corazón; la conciencia es como aquel visitante que nadie invitó, como un interlocutor molesto y un vicioso prestamista.” Los sufrimientos de los pecadores serán especialmente intolerables en el otro mundo por la razón de que no existirá más la posibilidad de satisfacer los vicios o por medio del arrepentimiento aliviar los descargos de conciencia. Por esta razón los sufrimientos de los pecadores serán eternos.

    En la parábola del rico y Lázaro, se entreabre la cortina del más allá y se ofrece la oportunidad de entender nuestra existencia aquí en la tierra en una perspectiva basada en la eternidad. Enlucidos por esta parábola, nosotros vemos que los bienes terrenales no son la felicidad, sino, mejor dicho, representan ser una prueba de nuestra habilidad en cuanto a querer o ayudar a nuestros prójimos. “Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles” dice el Señor en su parábola precedente, “Quién os confiará lo verdadero?” O sea, si nosotros no supimos administrar correctamente los bienes ilusorios del presente, entonces nosotros no somos dignos de recibir de Dios el verdadero tesoro designado para nosotros en la vida eterna. Por esta razón tratemos de recordar que los bienes materiales pertenecen únicamente a Dios. Y con ellos, Él nos somete a las pruebas.

– Obispo Alejandro Mileant, “Parábolas Evangélicas,” tr. por Nicolas Mitakys

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/parabolas_s.htm#n17)

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