“Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Lucas 23:2-34, 44-56)

Что есть Истина, Христос и Пилат (¿Qué es la verdad? Pilato y Cristo), Nicholas Ge (1890)

Что есть Истина, Христос и Пилат (¿Qué es la verdad? Pilato y Cristo), Nicholas Ge (1890)

Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohibe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey. Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices. Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre. Pero ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.

Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el hombre era galileo. Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén. Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal. Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió. Y estaban los principales sacerdotes y los escribas acusándole con gran vehemencia. Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato. Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.

Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. Le soltaré, pues, después de castigarle. Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta. Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: ¡Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás! Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio. Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús; pero ellos volvieron a dar voces, diciendo: ¡Crucifícale, crucifícale! Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré. Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.

Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?

Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.

Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo. Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.

Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo. Este, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos, fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie. Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día de reposo.

Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo. Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
23:2
27:11 15:2 23:3 18:33,37
23:4 18:38; 19:4,6
23:5-9
23:13-14 18:38; 19:4,6
23:15-16
27:15 15:6 23:17
27:20-21 15:11 23:18-19 18:40
27:22-23 15:12-14 23:20-21 19:6
23:22 18:38; 19:4,6
27:22-23 15:12-14 23:23 19:15
27:26 15:15 23:24-25 19:16
 27:32 15:21 23:26  19:17-18
23:27
[23:28-31]
 27:38 15:27 23:32-33 19:18
23:34
27:45 15:33 23:44-45a
27:51 15:38 23:45b
27:50  15:37 23:46  19:30
 27:54  15:39  23:47
23:48-49
 27:57-58 15:42-45  23:50-52 19:38
27:59-60 15:46 23:53  19:40-42
23:54-55
 16:1  23:56

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Jesús compareció en presencia del Procurador; y le preguntó el Procurador: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le contestó: Tú lo dices. Pero en cuanto a las acusaciones de los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo, nada respondió [Mateo 27:11].

¿ADVIERTES CÓMO por primera vez se examina aquí lo que los judíos con suma frecuencia trataban? Como vieran éstos que Pilato no se cuidaba de las disquisiciones legalistas, acuden a los crímenes contra la nación y públicos. Lo mismo hacían con los apóstoles y continuamente les objetaban lo mismo; o sea que andaban por todas partes predicando a un tal Rey, Jesús [Hechos 18:17], que ellos consideraban como simple hombre; y con esto echaban sobre los apóstoles la sospecha de que andaban queriendo establecer un reino y tiranía. Por donde se ve que aquel desgarrar sus vestiduras el pontífice y su estupor, fueron cosas simuladas y de comedia. En realidad todo lo revolvían y barajaban para darle muerte a Cristo.

Tal fue el motivo de que Pilato lo interrogara sobre esto entonces. ¿Qué respondió Cristo?: Tú lo dices. Confesó ser Rey, pero Rey celeste Con mayor claridad lo dijo a Pilato en otra parte, al responderle: Mi reino no es de este mundo [Juan 18:36], para que ni estos acusadores ni aquellos otros tuvieran excusa alguna. Y da Cristo ahí la razón incontrovertible: Si fuera de este mundo, los míos combatirían para que no fuera entregado. Y para quitar toda sospecha, había pagado el tributo [Mateo 22:17] y había dispuesto que los demás también lo pagaran; y cuando quisieron proclamarlo Rey, huyó [Juan 6:15].

Preguntarás: ¿por qué no alegó esto cuando fue acusado de ambicionar el poder? Porque teniendo ellos en sus manos infinitas demostraciones de su poder, mansedumbre y modestia, voluntariamente se cegaban, tramaban males contra El y tenían corrompido el juicio. Por tal motivo a nada responde, sino que calla. Alguna vez habla pero brevísimamente, para no echar sobre sí la opinión de arrogante a causa de su perpetuo silencio. Fue cuando el sumo pontífice lo conjuró y cuando el Procurador lo interrogó. En cambio, a los crímenes de que lo acusaban, nada responde, pues sabía que no los había de persuadir.

Ya lo había predicho el profeta: En su humildad se le privó de juicio [Isaías 53:8 LXX]. El Procurador se admiraba de esas cosas. Y en verdad era de admirar el mostrar tan grande modestia y silencio quien tantísimas cosas podía alegar. Pero no lo acusaban porque creyeran que tuviera alguna falta, sino únicamente llevados de la envidia y el odio. Pues si ya cuando presentaron testigos falsos nada tuvieron que acusar ¿por qué persisten en acusar? ¿Por qué, aun viendo expirar a Judas, y a Pilato lavarse las manos, no se compungieron? Pues en esas circunstancias, hizo Jesús muchas cosas que los podían llevar a compungirse; y sin embargo no se tornaron mejores.

¿Qué le dice Pilato a Jesús?: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? [Mateo 27:19] Porque deseaba que se defendiera y así librarlo, le hablaba así. Mas como Jesús nada respondiera, Pilato urdió otro medio. ¿Cuál? Era costumbre que se dejara libre uno de los criminales; y Pilato intentó librar a Jesús por este camino. Como si les dijera: Si no queréis dejarlo libre como inocente, a lo menos libradlo como criminal en reverencia de la fiesta. ¿Observas cómo se ha invertido el orden? La costumbre era que el pueblo pidiera en favor de los reos ya condenados, y que el Procurador concediera la petición; mas ahora sucede al contrario: el Procurador pide al pueblo, que ni aun así se aplaca, sino que más se enfurece, y locos por la envidia, dan gritos. Pues nada podían objetar acusando; y aun callando El, quedaban redargüidos, pues tantas cosas había que declaraban justo a Jesús. Callando los derrotaba, mientras ellos, enfurecidos, barbotaban miles de cosas.

En estando él sentado en el tribunal, su mujer le envió este recado: No te metas con ese justo; pues he sufrido mucho hoy en sueños, por causa de él [Mateo 27:19]. Mira otra cosa que hubiera podido retraerlos de su propósito. Porque ese sueño, tras de la experiencia ya adquirida en el asunto, era de no poco peso. ¿Por qué no lo vio Pilato en persona? O porque su mujer era más digna de verlo; o también porque de haberlo visto él, no se le hubiera dado fe; o quizá hubiera cambiado algo del ensueño. Por esto la Providencia hace que sea su mujer quien lo vea y así llegue al conocimiento de todos. Y no solamente lo vio, sino que padeció muchas cosas, para que Pilato, por consolarla, procediera con mayor lentitud en decretar la muerte. Además, no interesaba poco el tiempo del ensueño, pues ella lo vio en esa misma noche. Mas Pilato no podía dar libre a Cristo sin peligro, pues los judíos le habían dicho: Se hace Rey. Se hacía pues necesario investigar pruebas, razones y señales de que Cristo buscaba el dicho reinado. Por ejemplo, si había reunido ejército, si había juntado dineros, si tenía fábrica de armas, o en fin si había intentado algo.

Sin suficiente motivo Pilato se deja arrastrar por tales suposiciones, por lo cual Cristo le declara que no está exento de culpa, diciéndole: Por esto el que me ha entregado a ti comete mayor pecado [Juan 19:11]. Cedió pues por debilidad y lo sujetó a los azotes. Pilato era débil y nada varonil; y en cambio los príncipes de los sacerdotes eran malignos y astutos. Y pues Pilato había pensado en otro modo de librar a Cristo, valiéndose de!a solemnidad y la ley que ordenaba dar libertad a uno de los presos con esa ocasión ¿qué es lo que traman los príncipes de los sacerdotes? Dice el evangelista: Persuadieron a la turba pedir a Barrabás [Mateo 27:20].

¿Observas por cuántos medios procura Pilato librarlos de culpa y con qué empeño se esfuerzan ellos para que no les quede ni sombra de excusa? Porque ¿qué era lo que a ese tiempo convenía? ¿Dejar libre a alguno de los reos ya convictos, o a aquel de quien se dudaba si era o no culpable? Puesto que si convenía dejar libre a uno de los ya condenados, mucho más convenía dejar libre a aquel cuya falta aún no se comprobaba. Al fin y al cabo a ellos mismos no les parecía Jesús ser peor que los públicos y homicidas.

Por tal motivo dice el evangelista no únicamente que tenían en la cárcel a un ladrón, sino a un ladrón insigne, célebre por su perversidad y que había cometido infinitos homicidios. A pesar de todo, lo prefieren y anteponen al Salvador del mundo y no respetan ni el tiempo sagrado ni las leyes de lo humano ni nada semejante, sino que totalmente los ciega la envidia. Y no contentos con su propia maldad, corrompen al pueblo para merecer también por este engaño los extremos castigos. Como pidieran al Procurador la libertad de Barrabás, Pilato les dijo: Pues ¿qué haré de Jesús que se dice Cristo? [Mateo 27:22] Quería nuevamente por este otro medio doblegarlos, dejando en manos de ellos el que a lo menos por vergüenza pidieran libre a Jesús; y que así todo dependiera de la generosidad del pueblo. Pues si les hubiera dicho: No ha cometido crimen alguno, los habría vuelto más querellosos aún. En cambio, la petición de salvar a Jesús por las leyes de la humanidad, le parecía más apto. Pero ellos contestaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! El les respondió: ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos con desbordado furor vociferaban: ¡Sea crucificado! Viendo, pues, Pilato que nada adelantaba, se lavó las manos diciendo: Soy inocente [Mateo 27:22-24].

Entonces ¿por qué lo entregas a la muerte? ¿Por qué no lo libraste como hizo el tribuno aquel con Pablo? [Hechos 21] Y eso que sabía que matando a Pablo les caía bien a los judíos; pues a causa de éste se habían levantado en sedición y alboroto; y sin embargo, fuertemente se opuso. No procedió así el Procurador, sino que se portó débil y cobardemente; de modo que la corrupción alcanzó a todos. Ni él resistió a la multitud, ni la plebe resistió a los judíos. Y así ninguna excusa les quedaba. Ellos vociferaban, o sea clamaban más y más: ¡Sea crucificado! Pues no querían simplemente dar muerte a Cristo, sino una muerte de criminal Por esto, aun repugnándolo el juez, perseveraban en sus clamores.

¿Ves cuántas cosas hizo Cristo para inducirlos al arrepentimiento? Así como a Judas con frecuencia lo reprimió, así lo hizo con éstos: a través de todo el evangelio procede así, y lo mismo ahora al tiempo del juicio. Cuando veían al que era Procurador y juez lavarse las manos y le oían decir: Yo soy inocente de la sangre de este hombre, lo propio era que se compungieran, tanto por las palabras como por lo que hacía; lo mismo que cuando vieron a Judas colgado con el lazo y también a Pilato que en persona les rogaba que escogieran a otro preso en vez de Jesús. Cuando el traidor y acusador se condena a sí mismo de falsedad; y el juez que sentencia, echa de sí la culpa; y en esa misma noche se realiza un tal ensueño; y en cierto modo Pilato en persona pide la liberación de Jesús ¿qué excusa pudieron tener los judíos? Al fin y al cabo, si no concedían que fuera inocente, a lo menos con toda certeza no debían anteponerle un ladrón; digo a un ladrón insigne y del que públicamente sabían qué clase de hombre era.

¿Qué hicieron los judíos? Como vieran al juez lavándose las manos y oyeran que decía: Yo soy inocente, gritaban: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos [Mateo 27:25]. Entonces, finalmente, pues ellos contra sí mismos dictaron la sentencia, Pilato cedió del todo. Pero tú considera en este paso la gran perversidad de los judíos. Porque así es el ímpetu temerario de la mala pasión: no deja ver nada bueno. Pase ¡oh judíos! que os maldijerais a vosotros mismos; mas ¿por qué atraéis la maldición también sobre vuestros hijos? El Señor, en cambio, benigno como es, mientras ellos así tan furiosamente enloquecían, tanto contra sí mismos como contra sus hijos, no confirmó la sentencia que lanzaban en propia contra y de sus hijos, sino que, por el contrario, a quienes de ellos hicieron penitencia los recibió en su amistad y los colmó de bienes. Del número de éstos era Pablo y muchos miles de creyentes de Jerusalén Pues Santiago decía: ¿Ves, hermano, cuántos millares hay de creyentes? [Hechos 21:20]

Entonces les dejó libre a Barrabás; y a Jesús, tras de haberlo hecho azotar, se lo entregó para que lo crucificaran [Mateo 27:26].

¿Por qué lo mandó azotar? O bien fue como a ya sentenciado, o para guardar cierta forma de juicio en el asunto, o para dar gusto a los judíos. Lo conveniente y necesario era que resistiera. Pues anteriormente les había dicho: Tomadlo allá vosotros y según vuestra ley juzgadlo [Juan 18:31]. Muchas cosas había capaces de apartar a Pilato y a los judíos de tan grave crimen: los milagros y prodigios, la inmensa mansedumbre de la víctima, su profundo silencio. Pues así como se mostró verdadero hombre tanto en lo que dijo en su defensa como por las súplicas al Padre, así demostró también su alteza divina y su magnanimidad, tanto por el silencio como por el desprecio de lo que contra El se decía; de modo que a todos los dejaba admirados. Pero por nada quisieron ceder.

Es que cuando ya una vez la razón queda coartada como con una embriaguez y locura, es muy difícil arrepentirse de la caída, a no ser que se esté dotado de un ánimo esforzado y generoso. Cosa grave, por cierto, cosa grave es dar entrada a esa clase de pasiones; por lo cual se hace necesario cerrarles del todo la puerta; pues en cuanto han invadido a un alma y la han llenado, a la manera del fuego que cae sobre leña, se enciende gran llamarada. Os suplico, en consecuencia, que pongamos todos los medios para impedirle la entrada; y que no suceda que, prevalidos de un frío raciocinio, nos consolemos con éste, e introduzcamos en el alma toda perversidad, diciendo: ¿Qué importa esto? ¿qué importa esotro? Brotan de aquí males sin cuento. El demonio, perverso como es, usa de su astucia, perseverancia y adaptación, para ruina del hombre; y comienza su batalla por cosas mínimas.

Pon atención, te lo ruego. Quería enredar a Saúl en las vaciedades y delirios de una pitonisa. Pero si desde el principio se lo hubiera propuesto, ciertamente Saúl lo habría desechado. ¿Cómo lo habría aceptado cuando él mismo había expulsado a las pitonisas? Por tal motivo el demonio lo fue llevando poco a poco. Desobedeció Saúl a Samuel y se atrevió a ofrecer el sacrificio de holocausto, ausente el profeta. Acusado de esto, respondió que la llegada de los enemigos lo había puesto en aquella necesidad grande [1 Samuel 13:12, 28:15]. Y siendo así que convenía llorar aquella falta, procedió como si en nada hubiera faltado. Luego el Señor le ordenó pelear contra los amalecitas, y también acá quebrantó lo ordenado por Dios. Siguiéronse sus crímenes contra David. Y así, poco a poco, ya no se detuvo en la pendiente de su ruina, hasta que fue a dar al abismo de su perdición.

Lo mismo le sucedió a Caín. El demonio no lo empujó repentinamente al asesinato de su hermano, pues no se lo habría persuadido. Sino que primero le presentó el asunto como si no fuera pecado; luego lo inflamó en cólera y envidia y lo persuadió de que ningún mal se seguiría; en tercer lugar le persuadió el homicidio y el negar que lo hubiera perpetrado; y no se apartó de él el demonio, hasta que por fin puso Caín el colofón a todos los males. En consecuencia, se hace necesario rechazarlo sobre todo a los comienzos. Sobre todo teniendo en cuenta que dichos comienzos, aun cuando no pasen adelante, son ya pecado que no se ha de despreciar; y que en cambio, si el alma se descuida un poco, pasan a cosas graves. Hay, pues, que tomar todos los medios para combatir los malos principios.

No consideres el pecado como cosa pequeña, sino piensa, pues debes pensar que con el descuido se convierte en raíz de mayores caídas. Si se ha de decir una paradoja, no requieren tanta diligencia para evitarlos los pecados grandes como los pequeños. En los grandes la naturaleza misma del pecado hace que lo aborrezcamos, mientras que en los menos graves, aun por el hecho de serlo, nos arrastran a la negligencia y no dejan que con fortaleza se luche contra ellos. Con lo cual, mientras andamos descuidados, ellos crecen. Lo mismo puedes ver en las cosas corporales. Por este camino se originó en Judas el grave daño de la traición. Si no se hubiera persuadido de que el robar los bienes destinados a los pobres era cosa leve, nunca habría llegado hasta la traición. Asimismo, si los judíos no se hubieran persuadido de que entregarse a la vanagloria era cosa leve, nunca habrían llegado a dar muerte a Cristo.

De modo que ya ves cómo de ese principio han nacido todos los males. Nadie repentinamente se hace malo. Tiene, por cierto, nuestra alma un nativo pudor del mal y una reverencia al bien, y no puede suceder que repentinamente se incline a la impudencia y lo eche a rodar todo juntamente: ¡se corrompe poco a poco por su negligencia! Así la idolatría comenzó por ser los hombres, ya vivos ya muertos, excesivamente tenidos en honor; así se llegó al culto de las esculturas; así entró la fornicación y los demás pecados. Atiende en este punto. ¿Qué cosa más leve que reír? ¿qué mal se puede seguir de eso? Pues bien, la risa es el origen de la obscenidad, las chocarrerías, las palabras torpes, y finalmente de las torpes acciones.

Acusado alguno de que calumnia al prójimo, de que lo injuria, de que lo maldice, se descuida y alega: maldecir es cosa leve. Pero de ahí nacen los odios profundos, las enemistades irreconciliables e infinitas palabras injuriosas; y de las palabras injuriosas se procede a los golpes, y de los golpes con frecuencia se llega al asesinato. De modo que el demonio maligno va llevando de lo leve a lo grave. Y de lo grave arrastra a la desesperación; porque también ha encontrado este otro camino, no menos pernicioso que el anterior. No arruina tanto el pecado como la desesperación. Al fin y al cabo, el que ha pecado puede pronto, mediante la penitencia, corregir lo que hizo, si anda vigilante. Pero quien desespera y no se corrige, deja de enmendarse porque ya no echa mano del medio de la penitencia.

Tiene todavía el demonio un tercer medio y forma de asechanzas gravísimo, que es cuando envuelve el pecado en apariencias de piedad. Preguntarás: ¿cómo ha tomado tanta fuerza el demonio que llegue hasta ese engaño? Óyelo y guárdate de su astucia. Ordena Cristo, por medio de Pablo, que el esposo no se separe de su mujer [1 Corintios 7:10]; y añade que no deben defraudarse en el débito conyugal mutuamente [1 Corintios 7:5], si no es de común consentimiento. Pues bien, algunas mujeres, por amor a la continencia, se han separado de sus maridos, como si hicieran una obra piadosa, y a sí mismas se han precipitado luego en el adulterio. Piensa cuan perverso trabajo fue el que se tomaron y que sufrirán penas extremas por haber introducido un mal tan grave y haber precipitado a sus esposos en el abismo de la perdición.

Otros, absteniéndose de los alimentos, apoyados en el precepto del ayuno, poco a poco han llegado hasta abominar de la comida, cosa que les causa grandes padecimientos. Sucede esto cuando se aferran a sus propias opiniones, formadas sin tener en cuenta las Sagradas Escrituras. Entre los corintios hubo algunos que pensaron ser cosa indiferente comer de toda clase de manjares, aun prohibidos; y que en esto había algo más de perfección. Y sin embargo, no era eso perfección alguna, sino el colmo de la iniquidad. Por lo cual Pablo con vehemencia los reprende y les afirma ser reos de extremo castigo. Piensan otros ser cosa de piedad el cultivo de la cabellera; y sin embargo esto está prohibido y es cosa de mucha vergüenza. Otros hay que creen ser ganancia espiritual el dolor excesivo de los pecados; pero también esto pertenece a las diabólicas astucias, como sucedió en el caso de Judas, quien por esa causa se ahorcó.

Por este mismo motivo temía Pablo que aquel fornicario de Corintio cayera en una desesperación semejante a la de Judas; y exhorta a los corintios a que lo más pronto posible lo libren de eso: Para que no lo consuma una excesiva tristeza Y enseguida, declarando cómo esto último proviene de astucias del demonio [2 Corintios 2:7], añade: Para que no nos envuelva Satanás en sus astucias, pues no desconocemos sus ardides [2 Corintios 2:10,11]. Como si dijera: él pelea contra nosotros con dolo crecido. Si luchara a campo abierto, fácil sería nuestra victoria. Pero aun ahora es fácil con tal de que vivamos vigilantes Porque para todos y cada uno de sus caminos ya nos armó Dios.

Oye cómo nos exhorta a no despreciar las cosas leves: Quien dijere fatuo a su hermano, será reo de la gehena [Mateo 5:22]. Y también : el que ve con ojos lascivos es perfecto adúltero [Mateo 5:28]. A los chocarreros los llama míseros. Y en todas partes va cortando y arrancando los principios y semillas del mal. Dice que de toda palabra ociosa tendremos que dar cuenta [Mateo 12:36]. Por esto Job purificaba no únicamente las acciones, sino aun los pensamientos de sus hijos [Job 1:5]. Y acerca de la desesperación dice: ¿Acaso el que ha caído no se levantará? [Jeremías 8:4] Y también: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva [Ezequiel 18:23 LXX]. Además: Hoy, si oyereis su voz [Salmos 95:7]. Y luego: Hay gozo en el cielo por un pecador que hace penitencia. Abundan en las Sagradas Escrituras otras muchas sentencias y ejemplos. Y para que no perezcamos bajo el pretexto de piedad, oye a Pablo que dice: Para que no lo consuma la tristeza excesiva.

Sabiendo estas cosas, opongamos la prudencia de las Escrituras a todos los caminos por donde pueden caer los desidiosos. Ni digas: pero ¿qué si curiosamente miro a una mujer hermosa? Porque si adulteras en tu corazón, pronto te atreverás a adulterar en las obras. Tampoco digas: pero ¿qué si a este pobre lo paso de largo? Si a éste pasas, luego pasarás a otro y a otro. Tampoco digas: pero ¿y qué si codicio los bienes ajenos? Esto fue lo que perdió a Acab, aunque luego pagara el precio del viñedo, pues lo tomó contra la voluntad de su sueño. El comprador no ha de obligar sino persuadir. Pues si ese que pagó el justo precio fue condenado por haber tomado los bienes de quien no quería dárselos, quien no sólo hace eso, sino que realmente se los arrebata al renuente, y esto ahora en la Ley de Gracia ¿de qué castigo no será digno?

Pues para que no seamos castigados, conservémonos limpios de toda violencia y rapiña; guardémonos no sólo de los pecados, sino del principio de ellos, y cultivemos con diligencia la virtud. Así gozaremos de los bienes eternos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXVI sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

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“Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya” (Lucas 22:39-42,45-23:1)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani  (primera mitad del siglo 18)

L Agonia di Cristo nel Giardino, Giuseppe Bazzani (primera mitad del siglo 18)

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.

Mientras él aún hablaba, se presentó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y se acercó hasta Jesús para besarle. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada? Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó. Y Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos, que habían venido contra él: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.

Y prendiéndole, le llevaron, y le condujeron a casa del sumo sacerdote. Y Pedro le seguía de lejos. Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy. Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.

Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó? Y decían otras muchas cosas injuriándole.

Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo, los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al concilio, diciendo: ¿Eres tú el Cristo? Dínoslo. Y les dijo: Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios. Dijeron todos: ¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy. Entonces ellos dijeron: ¿Qué más testimonio necesitamos? porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca. Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos, llevaron a Jesús a Pilato.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
26:36 14:32 22:39 18:1
26:40-41 14:37-38 22:40
26:39 14:35-36 22:41 18:11
26:39 14:36 22:42 5:30
26:40-41 14:37-38 22:45-46
26:47 14:43 22:47 7:32, 18:3
26:48-50 14:44-46 22:47-48
26:51-52 14:47 22:49-50 18:10-11
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Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Yo no puedo hacer algo de Mí mismo. Según oigo así transmito. Y mi veredicto es fiel, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado [Juan 5:30].

¿Quién de los hombres sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? De igual modo nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu que está en El [1 Corintios 2:11].

 

No dice otra cosa sino ésta: Yo no tengo otra voluntad distinta y propia, sino la del Padre; si El algo quiere, yo también; y si algo quiero Yo, El también. Y así como nadie puede reprender al Padre cuando juzga, así tampoco a Mí, pues la sentencia es una misma y conforme a ella se pronuncia el voto. Y no te admires de que El diga estas cosas, abajándose al modo humano, pues los judíos lo creían puro hombre. Por tal motivo en semejantes pasajes es necesario tener en cuenta no únicamente las palabras, sino también la opinión de los oyentes; y tomar las respuestas en el sentido en que fueron dadas, según esa opinión. De lo contrario se seguirían muchos males y absurdos.

Te ruego que adviertas cómo dijo: No busco la voluntad mía. Entonces hay en El otra voluntad, y muy inferior por cierto; ni sólo inferior, sino también no tan útil. Ya que si fuera saludable y tan acoplada con la voluntad del Padre ¿por qué no la buscas? Los hombres con razón diríamos eso, pues tenemos muchos quereres que no van de acuerdo con el beneplácito divino. Pero tú ¿por qué te expresas así, siendo en todo igual a tu Padre? Nadie diría que semejante palabra es propia de un hombre que habla con exactitud y que fue crucificado. Si Pablo en tal manera se une a la voluntad de Dios que llega a decir: Vivo, mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí [Gálatas 2:20] ¿cómo puede el Señor de todos decir: No busco mi voluntad sino la del que me envió, como si fuera distinta? ¿Qué es, pues, lo que significa? Habla en cuanto hombre y conformándose con la opinión de los oyentes. En lo anterior se demuestra que unas cosas las dijo hablando como Dios y otras hablando como hombre. Aquí de nuevo habla como hombre y dice: Mi veredicto es fiel.

¿Cómo queda esto en claro? Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Así como a un hombre desapasionado no se le puede acusar de que ha juzgado injustamente, así tampoco a Mí me podéis ya reprender. Quien intenta salir con la suya, quizá con razón puede caer en sospecha de haber destruido la justicia por ese motivo. Pero quien no busca su propio interés ¿qué motivo hay para que no dé con justicia el veredicto? Pues bien, bajo este punto de vista examinad lo que a Mí se refiere. Si yo dijera que no he sido enviado por el Padre; si no refiriera a El la gloria de mis obras, quizá alguno de vosotros podría sospechar que Yo me jactaba y no decía la verdad. Pero si lo que hago lo refiero a otro ¿por qué ponéis sospecha en lo que digo? Observa a dónde ha llevado el discurso y por qué motivo afirma que su veredicto es fiel. Toma el motivo que cualquiera tomaría para su defensa.

¿Observas cuán claramente brilla lo que muchas veces he dicho? Y ¿qué es lo que he dicho? Que ese abajarse tanto en sus expresiones, precisamente persuade a todos los que no estén locos a no rebajar sus palabras a lo simplemente humano, sino más bien a entenderlas en un sentido altísimo. Más aún: quienes ya se arrastran por la tierra, por aquí fácilmente, aunque poco a poco, son llevados a cosas más altas.

Meditando todo esto, os suplico que no pasemos a la ligera por las sentencias, sino que todo lo examinemos cuidadosamente y en todas partes tengamos atención a los motivos por los que así se expresa Cristo. No pensemos que nos basta como excusa nuestra ignorancia y sencillez. Cristo no nos ordenó únicamente ser sencillos, sino además prudentes [Mateo 10:16]. Seamos, pues, sencillos, pero con prudencia, así en la doctrina como en las obras; juzguémonos a nosotros mismos, para que en aquel último día no seamos condenados con el mundo. Mostrémonos con nuestros criados tales como queremos que se muestre con nosotros nuestro Señor. Pues dice: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden [Mateo 6:12].

Yo sé bien que el alma no soporta de buen grado las ofensas; pero si pensamos que sobrellevándolas, no favorecemos precisamente al que nos causa daño, sino a nosotros mismos, presto arrojaremos lejos el veneno de nuestra ira. Aquel que no perdonó a su deudor los cien denarios, no hizo daño a su consiervo sino a sí mismo se hizo reo de infinitos talentos que antes se le habían condonado [Mateo 18:30-34]. De modo que cuando a otros no perdonamos, a nosotros mismos no nos perdonamos. En consecuencia, no digamos al Señor únicamente: “No te acuerdes de nuestros pecados”; sino digámonos a nosotros mismos: “No nos acordemos de las ofensas de nuestros consiervos.” Ejerce tú primero en ti la justicia y luego seguirá la obra de Dios. Tú mismo redactas la ley del perdón y del castigo y tú mismo eres el que sentenciará. De modo que en tus manos está que Dios se acuerde o no se acuerde de tus pecados. Por lo cual Pablo ordena perdonar si alguno tiene algo contra otro [Colosenses 3:13]; y no sólo perdonar, sino hacerlo en tal forma que no queden ni reliquias de lo pasado.

Cristo no sólo no trajo al medio ni sacó al público nuestros pecados, pero ni siquiera quiso recordarlos. No dijo: “Has pecado en esto y en esto otro”; sino que todo lo perdonó, y borró el documento, y no tuvo en cuenta las culpas, como lo dice Pablo [Colosenses 2:14]. Pues procedamos nosotros de igual modo: ¡olvidémoslo todo! Únicamente tengamos en cuenta el bien que haya hecho aquel que nos ofendió; pero si en algo nos molestó, si algo odioso hizo en contra nuestra, borremos esto de nuestra memoria y arrojémoslo lejos: que no quede ni rastro. Y si ningún bien nos ha hecho, tanto mayores serán las alabanzas y recompensas para nosotros que perdonamos.

Otros expían sus culpas con vigilias o durmiendo en el suelo y con mil maceraciones; pero tú puedes por un camino más fácil lavar tus pecados todos; o sea con el olvido de las injurias. ¿Por qué, a la manera de un loco furioso, mueves en tu contra la espada y te excluyes de la vida eterna, siendo así que convendría poner todos los medios para conseguirla? Si la vida presente resulta tan deseable ¿qué dirás de aquella otra de la cual ha huido todo dolor, tristeza y gemidos? ¿En la que no hay temor de la muerte, ni se puede temer que los bienes tengan acabamiento?

Tres veces y muchas más bienaventurados los que gozan de suerte semejante; así como tres veces y muchas más son míseros los que se privan de semejante bienandanza. Preguntarás: pero ¿haciendo qué gozaremos nosotros de esa vida? Pues oye al Juez que dice a cierto adolescente que le preguntaba eso mismo: ¿Qué haré para poseer la vida eterna? [Mateo 19:16] Cristo le dice y pone delante los mandamientos; y vino a encerrarlos todos y a terminar con el amor al prójimo. Quizá alguno de los oyentes diga como el rico aquel: “Esto lo he guardado, porque yo no he robado, no he asesinado, no he fornicado.” Una cosa sin embargo no puedes afirmar: que amaste al prójimo como convenía. Porque o fuiste envidioso o lo ofendiste con palabras o bien no lo auxiliaste cuando se le hacía injusticia o no compartiste con él tus bienes: no lo amaste.

Mas Cristo no ordenó solamente eso, sino también otra cosa. ¿Cuál?: Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sigúeme [Mateo 19:21]. Significa y quiere decir: seguir a Cristo; imitar a Cristo. ¿Qué aprendemos de aquí? En primer lugar que quien tal amor no tiene, no puede conseguir aquella suerte bienaventurada entre los más eximios. Pues como el joven respondiera: Todo eso lo he hecho; como si aún le faltara algo grande para la perfección, Jesús le dice: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que posees, dalo a los pobres y ven y sigúeme. Esto es, pues, lo primero que tenemos que aprender. La segundo es que aquel joven en vano se lisonjeaba de todo aquello que habia hecho; pues teniendo tan gran abundancia de riquezas, despreciaba a los pobres. ¿Cómo podía decirse que los amaba? En eso no había dicho verdad.

Por nuestra parte, hagamos ambas cosas: derrochemos acá abundante y diligentemente todo lo nuestro para adquirirlo en el cielo. Si ha habido quien por alcanzar una dignidad terrena ha derrochado todos sus haberes; por una dignidad, digo, que sólo puede poseer en esta vida y eso no por mucho tiempo (pues muchos han perdido sus prefecturas antes de morir y otros por causa de ellas han perdido la vida; pero aun sabiendo todo esto, dan todos sus haberes por poseerlas); pues si por una tal dignidad, repito, llevan a cabo tantas y tan notables cosas ¿qué habrá más mísero que nosotros, pues por la vida que para siempre permanece y nadie puede quitarnos, no damos ni siquiera un poco, ni gastamos para eso aquello mismo que poco después tenemos que perder?

¿Qué locura es esta de no querer dar voluntariamente lo que contra nuestra voluntad se nos quitará; y no querer mejor llevarlo con nosotros a la eternidad? Si alguien nos fuera llevando a la muerte; pero luego nos preguntara si queríamos redimir nuestra vida a cambio de todos nuestros bienes, hasta le quedaríamos agradecidos. Ahora, en cambio, cuando ya condenados a la gehenna se nos propone liberarnos dando a los pobres la mitad de nuestros haberes, preferimos ser llevados al suplicio y conservar inútilmente nuestros bienes, que ni son nuestros, y perder lo que sí nos pertenece.

¿Qué excusa tendremos? ¿qué perdón merecemos, si estando patente un tan fácil camino, nos arrojamos por los precipicios y tomamos una senda que a nada conduce; y así nos privamos de los bienes todos de acá y de allá, pudiendo libremente disfrutar de unos y de otros? Pues bien, si antes no, a lo menos ahora volvamos en nosotros mismos; y procediendo razonablemente repartamos como conviene nuestros haberes, para conseguir con facilidad los bienes futuros, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía XXXIX sobre el Evangelio de San Juan (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lucas 19:29-40, 22:7-39)

Die Verleugnung des Petrus, Peter Janssen (1869)

Die Verleugnung des Petrus, Peter Janssen (1869)

Y aconteció que llegando cerca de Betfagé y de Betania, al monte que se llama de los Olivos, envió dos de sus discípulos, diciendo: Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo. Y si alguien os preguntare: ¿Por qué lo desatáis? le responderéis así: Porque el Señor lo necesita. Fueron los que habían sido enviados, y hallaron como les dijo. Y cuando desataban el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino? Ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita. Y lo trajeron a Jesús; y habiendo echado sus mantos sobre el pollino, subieron a Jesús encima. Y a su paso tendían sus mantos por el camino. Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él, respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían.

Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar el cordero de la pascua. Y Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo: Id, preparadnos la pascua para que la comamos. Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la preparemos? Él les dijo: He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa donde entrare, y decid al padre de familia de esa casa: El Maestro te dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Entonces él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad allí. Fueron, pues, y hallaron como les había dicho; y prepararon la pascua.

Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. Mas he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. A la verdad el Hijo del Hombre va, según lo que está determinado; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado! Entonces ellos comenzaron a discutir entre sí, quién de ellos sería el que había de hacer esto.

Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor.  Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.  Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel.

Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. El le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces. Y a ellos dijo: Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada.

Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y compre una.  Porque os digo que es necesario que se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: Y fue contado con los inicuos; porque lo que está escrito de mí, tiene cumplimiento.  Entonces ellos dijeron: Señor, aquí hay dos espadas. Y él les dijo: Basta.

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
21:1-3 11:1-3 19:28-31
21:6-8 11:4-8 19:32-36
21:9 11:9-10 19:37-38 12:12-13
21:15-16 19:39-40
26:14-19 14:10-16 22:4-13
22:14-15
26:27-29 14:23-25 22:16-18
26:26 14:22 22:19 6:35
26:27-29 14:23-25 22:20
26:23-24 14:20-21 22:21-22
26:22 14:19 22:23 13:22
20:24-27 10:41-44 22:24-26
22:27-30
22:31-32
26:33-34 14:29-30 22:33-34 13:36-38
22:35-36
15:28 22:37
22:38
26:36 14:32 22:39 18:1

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Respondiéndole Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen en Ti, yo jamás me escandalizaré [Mateo 26:33].

¡Oh Pedro! ¿qué es lo que dices? El profeta predijo: Se dispersarán las ovejas [Zacarías 13:7]. Cristo lo confirma. Y tú dices: ¡jamás! ¿No te basta con que antiguamente, cuando tú dijiste: ¡No lo quiera el cielo, Señor! [Mateo 16:22], fueras reprendido? Jesús permite que caiga para enseñarle que siempre crea en la palabra de Cristo y tenga el parecer de Cristo por más seguro que el propio. Los demás discípulos sacaron de las negaciones un fruto no pequeño, viendo en ellas la debilidad humana y la divina veracidad.

Cuando Cristo predice algo, no conviene discutirlo ni alzarse sobre los demás, pues dice Pablo: Te gloriarás en ti y no en otro [Gálatas 6:4]. Cuando lo conveniente era suplicar y decir: Ayúdanos, Señor, para que no nos apartemos de Ti, Pedro confió en sí mismo y dijo: Aunque todos se escandalicen en Ti, yo jamás me escandalizaré. Como si dijera: “Aunque todos sufran esa debilidad, yo no la sufriré.” Esto lo llevó poco a poco a confiar excesivamente en sí mismo. Cristo, queriendo corregir esto, permitió las negaciones, ya que Pedro no había cedido ni a Cristo ni a los profetas (pues Cristo le había citado al profeta para que así no recalcitrara); y pues no se le puede enseñar con solas palabras, se le enseñará con las obras. Y que Cristo lo permitió para que Pedro quedara en adelante enmendado, oye cómo lo dice el mismo Cristo: Mas yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe [Lucas 22:32]. Le habló así para más conmoverlo, y demostrarle que su caída era peor que la de los otros, y que necesitaba un auxilio mayor.

Doble era su pecado: contradecir a Cristo y anteponerse a los demás. Y aun había un tercer pecado, más grave aún, que era el adscribirlo todo a sus propias fuerzas. Para curar todo esto Jesús permite que suceda la caída; y por esto, dejando a los demás, se dirige a Pedro y le dice: ¡Simón, Simón, mira que Satanás ha redamado zarandearos como el trigo! [Lucas 22:31]; es decir turbaros, tentaros. Pero yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe. Mas, si el demonio reclamó zarandearlos a todos ¿por qué no dijo Cristo: Yo he rogado por todos? Pero ¿acaso no está claro el motivo que ya antes dije, o sea que fue para más conmover a Pedro y declarar que su falta es más grave que la de los otros? Por esto a él se dirige. ¿Por qué no le dijo: Yo no lo permití, sino: Yo rogué? Como va enseguida a su Pasión se expresa al modo humano, y demuestra así ser verdadero hombre. En efecto: quien edificó su Iglesia sobre la confesión de Pedro, y en tal forma la defendió y armó que no la pudieran vencer ni mil peligros ni muertes mil; quien confió a Pedro las llaves de los cielos y le confirió tan altísimos poderes; quien para todo eso no necesitó rogar (pues en aquella ocasión no dijo: He rogado, sino que habló con plena autoridad diciendo: Edificaré mi Iglesia y te daré las llaves de los cielos) ¿cómo iba a tener necesidad de rogar para fortalecer el alma vacilante en la tentación de un hombre solo?

Entonces ¿por qué habló así? Por el motivo que ya expuse y por la rudeza de los discípulos, pues aún no tenían acerca de El la opinión que convenía. Pero entonces ¿por qué Pedro, a pesar de todo, lo negó? Es que Cristo no dijo: Para que no me niegues, sino para que no desfallezca tu fe; es decir para que no perezca del todo. Porque esto fue obra de Cristo, ya que el miedo todo lo destruye. Grande era el miedo. Fue grande, y grande lo descubrió el Señor interviniendo con su auxilio. Y lo descubrió grande, porque encerraba en sí una terrible enfermedad, o sea la arrogancia y el espíritu de contradicción. Y para curar de raíz esta enfermedad, permitió que tan gran terror invadiera a Pedro. Y era tan recia esta tempestad y enfermedad en Pedro, que no sólo contradijo a Cristo y al profeta, sino que aún después, como Cristo le dijera: En verdad te digo que esta noche antes del canto del gallo, me negarás tres veces, todavía Pedro le respondió: Aunque fuera necesario morir contigo yo no te negaré [Mateo 26:34,35]. Lucas añade que cuanto más Cristo le negaba, tanto más Pedro le contradecía.

¿Qué es esto, Pedro? Cuando Jesús decía: Uno de vosotros me va a entregar, temías por ti, no fuera a suceder que vinieras a ser traidor; y aunque de nada tenías conciencia, obligabas a un condiscípulo a preguntar al Señor; y ahora que el Señor claramente dice: Todos os escandalizaréis ¿le contradices, y no una vez sola, sino dos y muchas más? Así lo asegura Lucas. ¿Por qué le sucedió esto? Por su mucha caridad y el mucho gozo. Pues en cuanto se sintió liberado del miedo de llegar a ser traidor y conoció al que lo iba a ser, se expresaba con absoluta franqueza y libertad, y aun se levantó sobre los otros y dijo: Aunque todos se escandalicen, pero yo no me escandalizaré [Mateo 26:33]

Más aún: algo de ambición se ocultaba aquí. En la cena discutían quién era el mayor [Lucas 22:24]: ¡hasta ese punto los sacudía esa enfermedad! Por lo cual Cristo lo corrigió. No porque lo empujara a las negaciones ¡lejos tal cosa! sino solamente retirándole su auxilio y dejando que se mostrara la humana debilidad. Advierte cuan humilde fue en adelante Pedro. Después de la resurrección, cuando preguntó a Jesús: Y éste ¿qué? [Juan 21:21] recibió una reprensión, pero ya no se atrevió a contradecir, como ahora, sino que guardó silencio. Y lo mismo, también después de la resurrección, cuando oyó a Jesús decir: No os incumbe a vosotros conocer los tiempos y las circunstancias [Hechos 1:7], de nuevo calló y no contradijo. Y más tarde, cuando en el techo de la casa, con ocasión del lienzo, oyó la voz que le decía: Lo que Dios ha purificado, cesa tú de llamarlo impuro [Hechos 10:15], aunque no veía claro qué podía significar aquello, estuvo quieto y no discutió.

Todo este fruto lo logró aquel pecado. Antes de la caída, todo lo adscribe a sus fuerzas y dice: Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré.  Aunque fuere necesario morir contigo, no te negaré. Lo conveniente era decir: “Si disfruto de tu gracia.”  En cambio, después procede del todo al contrario y dice: ¿Por qué fijáis en nosotros los ojos, como si con nuestro poder y santidad hubiéramos hecho andar a éste? [Hechos 3:12] Gran enseñanza recibimos aquí: que no basta con el fervor del hombre sin la gracia de lo alto; y también que en nada puede ayudarnos la gracia de lo alto, si no hay la prontitud de nuestra voluntad. Esto lo esclarecen los ejemplos de Pedro y Judas. Judas, aun ayudado de gran auxilio de parte de la gracia, ningún provecho sacó, porque no quiso ni puso lo que estaba de su parte. Pedro, en cambio, aun con toda su buena voluntad, destituido del auxilio divino, cayó. Es que la virtud se entreteje con ambos elementos.

En consecuencia, os ruego que no lo dejemos todo a Dios y nos entreguemos al sueño, ni tampoco nos entreguemos al activismo pensando en que nuestros propios trabajos llevarán todo a buen término. No quiere Dios que permanezcamos inactivos. Por esto no lo hace todo El. Pero tampoco nos quiere arrogantes. Por lo mismo no nos lo dio todo. Quitando lo malo que hay en ambos extremos, dejó lo útil. Permitió que el príncipe de los apóstoles cayera para hacerlo más modesto y llevarlo a mayor caridad. Pues dijo: Aquel a quien más se le perdonare más amará [Lucas 7:47].

Obedezcamos a Dios en todo. No le discutamos lo que nos dice, aun cuando nos diga lo que parezca contrario a nuestra razón e inteligencia: prevalezcan sus palabras sobre nuestra razón e inteligencia. Procedamos así en los misterios, sin atender únicamente a lo que cae bajo el dominio de nuestros sentidos, sino apegándonos a sus palabras. Sus palabras no pueden engañar. En cambio, nuestros sentidos fácilmente se engañan. Su palabra nunca es inoperante; pero nuestros sentidos muchas veces se engañan. Puesto que El dijo: Este es mi cuerpo, obedezcamos, creamos, con ojos espirituales contemplémoslo. No nos dio Cristo algo simplemente sensible, sino que en cosas sensibles todo es espiritual. Así en el bautismo, por la materialidad del agua, se concede el don; pero el don y efecto es espiritual, o sea una generación o regeneración o renovación. Si tú fueras incorpóreo, te habría dado esos dones espirituales a la descubierta; pero, pues el alma está unida al cuerpo, mediante cosas sensibles te da Dios los dones espirituales.

¡Cuántos hay ahora que dicen: Yo quisiera ver su forma, su figura, su vestido, su calzado! Pues bien: lo ves, lo tocas, lo comes. Querrías tú ver su vestido; pero él se te entrega a sí mismo no únicamente para que lo veas, sino para que lo toques, lo comas, lo recibas dentro de ti. En consecuencia, que nadie se acerque con repugnancia, nadie con tibieza, sino todos fervorosos, todos encendidos, todos inflamados. Si los judíos comían el cordero pascual de pie, calzados, con los báculos en las manos, aprisa, mucho más conviene que tú te llegues vigilante y despierto. Porque ellos debían salir hacia Palestina y por lo mismo estaban en hábito de viajeros; pero tú tienes que viajar hacia el cielo.

Conviene en consecuencia continuamente vigilar, pues no es pequeño el castigo que amenaza a quienes indignamente comulgan. Considerando lo mucho que te indignas contra el traidor y contra los que crucificaron a Cristo, guárdate de ser reo del cuerpo y sangre de Cristo. Aquéllos destrozaron el cuerpo sagrado; y tú, tras de tan grandes beneficios recibidos, lo recibes en tu alma en pecado. Porque no le bastó con hacerse hombre, ser abofeteado, ser muerto, sino que se concorpora con nosotros no únicamente por la fe, sino constituyéndonos en realidad cuerpo suyo.

Pues entonces ¿cuánta pureza debe tener quien disfruta de este sacrificio? ¿Cómo tiene que ser más pura que los rayos del sol la mano aquella que divide esta carne, la boca que se llena de este fuego espiritual, la sangre que se tiñe con sangre tan tremenda? ¡Piensa en la alteza de honor a que has sido encumbrado y de qué mesa disfrutas! Con aquel que los ángeles ven y tiemblan y no se atreven a mirarlo sin terror a causa del fulgor que de ahí dimana, con ese nos alimentamos, con ese nos concorporamos, y somos hechos un cuerpo y una carne de Cristo.

¿Quién contará las proezas del Señor, hará oír todas sus alabanzas? [Salmos 105:2 LXX] ¿Qué pastor hay que nutra a sus propias ovejas con sus propios miembros? ¿Qué digo pastor? Con frecuencia hay madres que después del parto entregan sus hijos a otras mujeres para que los alimenten y nutran. Pero Cristo no sufrió esto, sino que con su propia sangre nos nutre y en toda plenitud nos une consigo. Considera que nació de nuestra substancia. Dirás que esto no interesa a todos. Pues bien, con toda certeza interesa a todos. Porque si vino a nuestra naturaleza, vino para todos; y si para todos, luego también para cada uno.

Preguntarás: entonces ¿cómo es que no todos sacaron fruto? No se ha de achacar eso a quien en favor de todos eligió venir así, sino a ellos que no quisieron aprovecharse. El por su parte, mediante este misterio, se une con cada uno de los fieles; y a los que una vez ha engendrado los nutre y no los entrega a otro, y con esto te demuestra haber vestido tu carne. En consecuencia, no seamos desidiosos, pues tan gran amor se nos ha concedido, honor tan excelente. ¿No habéis visto con cuánto anhelo los infantes aplican sus labios a los pechos de su madre? Pues con igual anhelo acerquémonos a esta mesa y a este pecho de espiritual bebida. O mejor aún, con mayor anhelo, a la manera de infantes en lactancia, para extraer de ahí la gracia del Espíritu Santo: no tengamos otro dolor que el de vernos privados de este espiritual alimento. Estos misterios no son obra humana. El mismo que en aquella cena instituyólos, es el que ahora los obra. Nosotros poseemos la ordenación ministerial, pero quien los santifica y trasmuta es El mismo.

En consecuencia, que no se acerque ningún Judas, ningún avaro. Si alguno no es de los discípulos, apártese: ¡no soporta esta mesa a quienes no lo son! Con mis discípulos, dice Cristo, como la cena pascual [Mateo 26:18]. Nada tiene menos esta mesa que aquélla; pues no la prepara allá Cristo y acá un hombre, sino que ambas las prepara Cristo. Este es ahora el cenáculo aquel en donde ellos estaban; de aquí salieron al monte de los olivos. Nosotros de aquí salgamos hacia las manos de los pobres, pues las manos de ellos son el monte de los olivos. La multitud de los pobres es los olivos plantados en la casa del Señor, que destilan el óleo; el óleo que en la vida futura nos será de utilidad; el óleo que las cinco vírgenes prudentes tuvieron, mientras que las otras cinco que no se proveyeron, por eso perecieron. Provistos de él entremos aquí, para poder acercarnos al Esposo con las lámparas encendidas y refulgentes. Provistos de él salgamos de aquí. No se acerque, pues, ningún cruel, ningún inmisericorde, ninguno plenamente impuro.

Digo esto para vosotros los que tomáis los misterios y también para vosotros los que los repartís. Porque es necesario dirigirnos también a vosotros, a fin de que con gran diligencia distribuyáis este don. No leve suplicio os está preparado si admitís a participar en esta mesa a alguno que conocéis como perverso. La sangre de Cristo se exigirá de vuestras manos [Ezequiel 33:8]. Aunque se trate de un estratega o de un prefecto o aun del mismo que lleva ceñida la cabeza con la diadema, si se acerca indignamente, apártalo: mayor poder tienes tú que él. Si se te hubiera encargado la custodia de una limpia fuente destinada al rebaño y advirtieras la boca de alguna oveja manchada de cieno, no le permitirías que inclinara la cabeza para beber y enlodara el caudal.

Pues bien, no se te ha señalado la guarda de una fuente de aguas, sino de sangre y de espíritu; de manera que si vieres que se acercan gentes manchadas de pecados, que son más asquerosos que la tierra y el lodo, y no te indignares y no las apartares ¿qué perdón merecerás? Para esto os distinguió Dios con honor semejante, para que así separéis a los pecadores. Esta es vuestra honra; ésta, vuestra seguridad; ésta, vuestra corona; y no el andar de un lado para otro, revestidos de blanca y refulgente túnica.

Preguntarás: ¿cómo puedo yo discernir a unos de otros? Yo no me refiero a los pecados ocultos, sino a los públicos. Y voy a decir algo más escalofriante aún: no es tan grave dejar dentro de la iglesia a los energúmenos como lo es el dejar a éstos que señala Pablo que pisotean a Cristo y tienen por común y vil la sangre del Testamento e injurian la gracia del Espíritu Santo [Hebreos 10:29]. Quien ha pecado y se acerca, es peor que un poseso. Al fin y al cabo, el poseso, agitado del demonio, no merece castigo; pero el pecador, si indignamente se acerca, será entregado a los suplicios eternos.

Rechacemos no solamente a ésos, sino a cuantos veamos que indignamente se acercan. Nadie que no sea discípulo se acerque. Ningún Judas comulgue, para que no sufra el castigo de Judas. Cuerpo es de Cristo también esta multitud. Cuida, pues, tú que repartes los misterios, de no irritar al Señor si no limpias este cuerpo: ¡no le suministres espada en vez de alimento! Aun cuando alguno se acerque a la comunión por ignorancia, apártalo, no temas. Teme a Dios y no a los hombres. Si temes al hombre, él mismo se reirá de ti; si temes a Dios, también los hombres te reverenciarán. Y si tú no te atreves, tráelo a mí. Yo no toleraré semejante atrevimiento. Antes perderé la vida que entregar a un indigno la sangre del Señor. Antes derramaré mí sangre que dar esa sangre tremenda a quien es indigno. Pero si después de larga y seria investigación no lo encuentras indigno, libre quedas de pecado.

Queda dicho esto para los pecadores públicos. Pues si a éstos corregimos, pronto nos dará Dios a conocer los otros que no conocemos. Pero si toleramos a los que conocemos ¿por qué nos ha de dar Dios a conocer a los desconocidos? Todo esto lo digo, no para que simplemente apartemos a ésos y los mantengamos separados, sino para que, enmendados, los tornemos al redil, a fin de cuidar también de ellos. De este modo nos haremos propicio a Dios y encontraremos muchos que dignamente comulguen; y recibiremos abundante recompensa de nuestro empeño solícito en favor de los demás. Ojalá todos la obtengamos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXII sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

“Mirad que no seáis engañados” (Lucas 21:8-9, 25-27, 33-36)

 La distruzione del Tempio di Gerusalemme, Francesco Hayez (1867)

La distruzione del Tempio di Gerusalemme, Francesco Hayez (1867)

Él entonces dijo: Mirad que no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y: El tiempo está cerca. Mas no vayáis en pos de ellos. Y cuando oigáis de guerras y de sediciones, no os alarméis; porque es necesario que estas cosas acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente.

Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
24:3-8 13:3-8 21:7-11
24:29-30 13:24-25 21:25-26
24:30-35 13:26-31 21:27-33
21:34-38

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Mirad que nadie os extravíe. Pues muchos se presentarán en nombre mío y dirán: Yo soy el Cristo y seducirán a muchos. Habéis de oír guerras y rumores de guerras. Estad sobre aviso. No os alarméis. Es preciso que esto suceda, pero no llega aún el fin [Mateo 24:4-6].

Como se hallaban en tal disposición de ánimo que pensaban para nada tocarles a ellos el castigo de Jerusalén, por estar lejos del tumulto y desorden, sólo se preocupaban de lo que es óptimo, creyendo que todo se realizaría prontamente. Por esto Jesús nuevamente les predice graves padecimientos, y los pone solícitos y les ordena estar vigilantes, por dos motivos: Para no ser engañados por falacia de los seductores, y para que no decaigan a causa de la multitud de los males que se van a echar encima.

Porque habrá, les dice, una doble guerra: de engañadores y de enemigos Pero la primera será mucho más dura, pues se desarrollará en la confusión y perturbación de todas las cosas, andando los hombres todos turbados y atemorizados. Porque en ese tiempo habría una gran conmoción por echar de ahí a los romanos que dominaban el país, y serían capturadas las ciudades y andarían alborotados los ejércitos y en armas, y muchos fácilmente creerían falsedades. Habla de la guerra en Jerusalén y no de alguna otra que brotara de países extranjeros. Al fin y al cabo ¿qué les interesaba a ellos esta última? Por lo demás si Jesús se refiriera a las calamidades del orbe, nada nuevo les habría dicho, pues ellas acontecen ya de ordinario y continuamente. Ya en tiempos pasados había guerras, tumultos y combates. Predice por consiguiente la guerra judía que luego iba a seguirse, pues ya los judíos andaban tratando de pelear contra los romanos [1]. Como todo eso podía perturbar a los discípulos, de antemano se lo predice.

Enseguida, dando a entender que El mismo acometería a los judíos y lucharía contra ellos, menciona no únicamente batallas, sino también castigos enviados del cielo, como el hambre, las pestes, los terremotos. Demuestra así ser El quien permitió que los enemigos invadieran la ciudad y que todo aquello no sucedería fortuitamente y según lo que suele acontecer entre los hombres, sino como castigo de la ira divina. Por esto dice que no sucederán tales cosas por casualidad, ni repentinamente, sino después de dar el cielo las señales. Y para que no dijeran los judíos que los nuevos creyentes eran la causa de aquellos males, les declara la causa verdadera del castigo aplicado. De antemano les había dicho: En verdad os digo que vendrán todas estas cosas sobre esta generación- aludiendo a la muerte de los profetas que ellos habían llevado a cabo. Enseguida, para que no pensaran los discípulos, al oír tan graves calamidades, que por esto quedaría destruida la predicación, añadió: No os alarméis. Es preciso que esto suceda. Es decir, lo que yo he predicho y cuanto he anunciado no se interrumpirá por causa de esa acometida de tentaciones y pruebas. Ciertamente vendrán la turbación y el tumulto, pero no conmoverán ni derribarán mis predicciones.

Y pues había dicho a los judíos: Ya no me volveréis a ver desde ahora hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! [Mateo 23:39, Lucas 13:35] y por esto creían los discípulos que juntamente con la ruina de la ciudad llegaría la consumación del orbe, les corrige semejante opinión y les dice: Pero no llega aún el fin. Y que ellos tuvieran esa sospecha que acabo de indicar, adviértelo por el modo mismo de la pregunta. ¿Qué es lo que preguntan? ¿Cuándo sucederá esto? o sea ¿cuándo será destruida Jerusalén y cuál será la señal de tu advenimiento y del fin del mundo?

Jesús por de pronto nada les responde; sino que primero les dice lo que más interesaba saber. Y no habló al punto de la ruina de Jerusalén ni de su propio advenimiento segundo, sino de las desgracias que ya se echaban encima; y acerca de ellos los hizo solícitos diciendo: Mirad que nadie os extravíe. Pues muchos vendrán en mi nombre y dirán: Yo soy el Cristo. Excitándolos a oír estas cosas, les dice: Mirad que nadie os extravíe. Luego, una vez que ya los ha puesto en guardia y los ha hecho solícitos para vigilar, tras de mencionar a los engañadores y a los seudocristos, finalmente les refiere los males que van a venir sobre Jerusalén; y confirma lo futuro por lo ya sucedido y cierra así la boca a los necios y a los querellosos.

Como ya dije, llama guerras y rumores de guerras a los disturbios que se les van a echar encima. Y como, además, según advertí, pensaban ellos que tras de la guerra se seguiría el fin del mundo, mira cómo los pone en guardia diciendo: Pero no llega aún el fin. Pues se levantarán razas contra razas, reinos contra reinos [Mateo 24:7]. Indica aquí el comienzo de las calamidades de los judíos. Mas todo es sólo el comienzo de los dolores [Mateo 24:8], o sea de los que a ellos les sobrevendrán. Entonces os entregarán para que os atormenten y os matarán [Mateo 24:9]. Oportunamente interpone las calamidades que sufrirán los discípulos, de las que recibirán algún consuelo, a causa de las comunes desgracias. Mas no sólo por eso, sino además por lo que añade: Por mi nombre.

Les dice: Seréis blanco del odio de todas las gentes por causa de mi nombre. Entonces muchos desfallecerán. Y unos a otros se traicionarán. Y surgirán muchos falsos cristos y seudoprofetas y seducirán a muchos. Y como desbordará la iniquidad, se entibiará la caridad de la mayor parte.  Mas el que perseverare hasta el fin ese se salvará [Mateo 24:9-13].  Habla aquí de un mal mayor, que es la guerra intestina, pues hubo muchos falsos hermanos. ¿Observas la triple guerra: de parte de los seductores, de parte de los enemigos y de parte de los falsos hermanos? Mira cómo lo deplora Pablo: De fuera, ataques; de dentro, ansiedades [2 Corintios 7:5]; peligros de parte de los falsos hermanos [2 Corintios 11:26]. Y también: Esos son falsos apóstoles, operarios fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo [2 Corintios 11:13]. Y de nuevo les advierte una pena gravísima sobre todas, que será la de no tener consuelo en la caridad.

En seguida, declarando que el hombre generoso y paciente no sufre daño por esto, les dice: No os alarméis ni os turbéis. Si mostráis la conveniente paciencia, semejantes males no os vencerán. Y señal clara de esto, será que la predicación llenará todo el orbe: tan levantados de la tierra andaréis que semejantes males no os podrán alcanzar. Y para que no dijeran: pero ¿cómo podremos vivir? añadió algo más: No sólo viviréis, sino que enseñaréis por todo el mundo. Por esto dijo: Será predicado este evangelio en todo el mundo, para que su testimonio llegue a todos los pueblos; y entonces vendrá el fin [Mateo 24:14], es decir, la ruina de Jerusalén.

Que se refiera a esa ruina, y que antes de ella el Evangelio se haya predicado, oye cómo lo dice Pablo: Resonó por toda la tierra su voz [Romanos 10:18]; y también: Evangelio que ha sido predicado a toda criatura de debajo del cielo [Colosenses 1:23]. Y ves al mismo Pablo que desde Jerusalén corre hasta España. Pues si uno solo abarcó tan gran parte del orbe, piensa en las hazañas que llevarían a cabo todos los otros. Escribiendo Pablo a otros acerca del Evangelio, les decía que iba creciendo y fructificaba en toda criatura que está debajo del cielo [Colosenses 1:6,23].

¿Qué significa: Para que su testimonio llegue a todos los pueblos? Es que aún cuando fue predicado en todas partes, no todos creyeron en él ni en todas partes lo recibieron. Es como si dijera: Será testimonio para los que no han creído; o sea que les servirá de acusación y confutación. Para testimonio, pues los que creyeron darán testimonio contra los que no qui. sieron creer, y los condenarán. Y por este motivo, una vez que el Evangelio fue predicado en todo el orbe, perecieron los de Jerusalén, para que aquéllos desagradecidos no tuvieran ni sombra de excusa.

En efecto: quienes vieron su poder resplandeciente en todo el orbe, y casi instantáneamente apoderado del mundo ¿qué perdón tienen si permanecen en su endurecimiento? Que el Evangelio fue entonces predicado, oye cómo lo testifica Pablo: Evangelio que ha sido predicado a toda criatura de debajo del cielo. Y es esto un argumento fortísimo del poder de Cristo: el que su doctrina, en veinte o treinta años, llenara los confines de la tierra habitada. Dice luego: Y entonces vendrá el fin. El fin de Jerusalén. Lo que sigue demuestra que esto fue lo que Cristo quiso dar a entender. Porque trajo al medio una profecía para afirmar la ruina de la ciudad y dijo: Cuando viereis instalados en el lugar santo el sacrilegio y la devastación predichos por el profeta Daniel – quien lee la Escritura, comprenda [Mateo 24:15] Los remite a Daniel [Daniel 9:27]. Llama abominación y sacrilegio a la estatua del que entonces dominaba la tierra, estatua que éste puso en el interior del templo [2], una vez arruinados la ciudad y el santuario: por esto la llama sacrilegio y devastación. Y para que conocieran que todo esto sucedería viviendo aún algunos de ellos, dijo: Cuando viereis el sacrilegio y la devastación.

En vista de esto, cualquiera debe admirar en gran manera el poder de Cristo y la fortaleza de los apóstoles, pues en tiempos tan apretados predicaron el Evangelio, cuando más eran impugnadas las cosas de los judíos, cuando éstos eran vigilados como gente sediciosa y el César había decretado que todos fueran exterminados [Hechos 18:2]. Sucedió lo mismo que si alguno, estando el mar todo alborotado y las tinieblas llenando todo el ambiente y aconteciendo frecuentes naufragios, y estando en discordia todos los marineros, y apareciendo sobre las aguas los monstruos marinos para ayudar a las olas a hundir a los navegantes, y desatados los rayos y acometiendo los piratas, mientras los mismos que conducen la nave andan entre sí disputando y poniéndose asechanzas, en tales circunstancias, a unos hombres imperitos en el arte de la navegación y que ni siquiera conocen el mar, se les ordenara sentarse al timón, manejar la nave y luchar contra una formidable escuadra que acomete de frente, repleta de fortín simo ejército; y que usaran de una navecilla en la que, como dije, reinara tan grave confusión, y que tomaran al abordaje y echaran a pique la gran embarcación.

Los pueblos odiaban a los apóstoles por ser estos judíos; los judíos los lapidaban por ser impugnadores de sus leyes; y en parte alguna podían establecerse. De modo que todo era precipicios, escollos, arrecifes ocultos en las ciudades, en las villas, en las casas; y todos y cada cual los acometía: jefe, príncipe, pueblo, particulares, pueblos íntegros; y por doquiera había tal perturbación que no puede el discurso explicarla. El linaje judío era abiertamente aborrecido en el Imperio Romano, porque le causaba infinitas molestias. Y sin embargo, nada de eso dañaba a la predicación. Pues tomada ya la ciudad y dada al incendio y deshecha su gente por la fuerza de las desgracias, los apóstoles se marcharon de ahí, y llevando nuevas leyes imperaron sobre los romanos.

¡Ah cosas estupendas y nunca vistas! Cautivaron los romanos a muchos miles de judíos, mas no pudieron vencer a doce hombres que luchaban con ellos desprovistos de armas y de todo. ¿Qué discurso podrá pintar milagro tan ingente? Porque es esencial que quienes han de enseñar, posean dos cosas: que sean fidedignos y que sean gratos a los oyentes. Añade que la doctrina sea tal que con facilidad se acepte; y finalmente que el tiempo esté tranquilo y sin perturbaciones. Pero en aquel entonces todo iba al revés. Porque ellos no parecían dignos de fe; además, echaban de sí a quienes habían sido engañados por los falsos apóstoles, que parecían predicar cosas creíbles; nadie los amaba; más aún, se les odiaba, mientras ellos apartaban a la gente de lo que más gustoso le era, como son las costumbres, la patria y las leyes.

Duros y difíciles eran los preceptos, y las cosas que ellos prohibían redundaban de deleites. Y tanto ellos como sus discípulos tenían que soportar muchas veces peligros de muerte. Aparte de todo esto, las circunstancias del tiempo presentaban graves dificultades, pues estaban llenas de guerras y alborotos, hasta el punto de que aún sin las otras dificultades ya dichas, esta sola bastaba para perturbarlo todo. De modo que aquí resulta oportuno decir: ¿Quién referirá las proezas de Dios y hará oír todas sus alabanzas? [Salmos 105:2 LXX] Si los connacionales de Moisés a causa del lodo y las pajas con que a los principios se les oprimía, no prestaban oídos a Moisés a pesar de los muchos milagros, a los que diariamente sufrían heridas y muertes ¿quién los persuadió a que dejaran su vida de ocio y prefirieran la otra llena de peligros, sangre y muertes en abundancia?

Sobre todo siendo extranjeros los predicadores y prácticamente enemigos de todos. Si alguno introdujera en una nación o en una ciudad o en un pueblo, más aún, en un pequeño domicilio a un hombre odiado de todos los que ahí habitan y procurara por medio de él apartar a cada uno de los seres que más ama, como son el padre, la madre, la esposa, los hijos ¿no sucedería que a ese tal, antes de que abriera la boca lo hicieran pedazos? Y si anduvieran litigando el esposo y la esposa entre sí ¿acaso no lo lapidarían aun antes de traspasar los umbrales de la casa?

Pues qué, si además de ser él personalmente aborrecido, ordenara cosas pesadas y dispusiera que vivieran con moderación los que andan entregados a sus placeres; y además emprendiera la lucha contra muchos, numerosos y más fuertes que él ¿acaso no es manifiesto que perecería con toda certeza? Pues esto que aún en sola una casa no se puede así lograr, Cristo lo hizo en todo el universo, conduciendo a los médicos del orbe por toda la tierra por entre precipicios, hornos, desfiladeros, montes, tierras y mares y guerras sin cuento. Si quieres conocer todo esto con más pormenores y mayor certidumbre, o sea las hambres, pestes, terremotos y demás catástrofes, lee la historia de Josefo [3] y lo sabrás con exactitud.

Por esto decía Jesús: No os alarméis. Es preciso que esto suceda. Y: El que perseverare hasta el fin ése se salvará. Y además: Será predicado este evangelio del reino en todo el orbe. Y a sus discípulos quebrantados por el terror y con ánimo decaído, les infunde mejores esperanzas; y les anuncia que aún cuando haya mil dificultades es necesario que el Evangelio sea predicado por todo el orbe y después vendrá el acabamiento. ¿Has advertido en qué condición se encontraban entonces las cosas y cuan variadas guerras había; y esto a los comienzos, que es cuando para cada buena obra se requiere grande paz? ¿En qué situación se hallaban las cosas? Pues nada impide que resumamos lo dicho. La primera guerra era la de los seductores. Pues dice: Vendrán muchos seudocristos y falsos profetas. La segunda era la de los romanos: Habéis de oír guerras. La tercera guerra es la del hambre que sobrevendrá. La cuarta es la de la peste y los terremotos. La quinta es que os entregarán a la muerte. La sexta, que todos os aborrecerán por causa de mi nombre. La séptima, que unos a otros se traicionarán y se odiarán, donde anuncia una guerra intestina Luego, los seudocristos y los falsos hermanos. Finalmente, que se entibiará la caridad de la mayor parte, lo que es causa de todos los males.

¿Adviertes los mil géneros de guerras, todas nuevas y estupendas? Y en medio de todo esto y de otras muchas cosas (pues a la guerra civil se añadirá la de los parientes), la predicación sin embargo llenó todo el orbe. Porque dice: Será predicado este Evangelio del reino en todo el orbe. ¿Dónde están los que introducen la tiranía de los horóscopos y las vueltas de los tiempos entre los dogmas y verdades de la Iglesia? ¿Quién ha narrado haberse visto otro Cristo y haber acontecido cosa o suceso a éste parecido? Aunque refieran mil falsedades (por ejemplo que ya han pasado cien mil años), sin embargo nadie se ha atrevido a fingir otro hecho a éste semejante.

Entonces ¿a qué círculos de los tiempos os referís? Porque ni la destrucción de Sodoma, ni la de Gomorra, ni otro cataclismo alguno igual se ha repetido jamás. ¿Hasta cuándo, pues, estaréis hablando en broma y diciendo de otro círculo del tiempo y otros horóscopos? Preguntarás: ¿cómo es entonces que muchas cosas se predicen y luego suceden? Pues porque tú mismo te has privado del auxilio divino y te has perdido y colocado fuera de la providencia de Dios, el demonio a su antojo baraja las cosas. No lo hace así con los santos, pero ni aun con nosotros, pecadores, pero que en absoluto desechamos tales cosas. Pues aun cuando nuestro modo de vivir sea intolerable, sin embargo, a causa de que con la gracia de Dios mantenemos los dogmas verdaderos de la Iglesia, nos hallamos ser superiores a las asechanzas del demonio.

Pero en fin ¿a qué se reducen los horóscopos? No a otra cosa, sino a perversidad y confusión y a que todo se hace al acaso y a como salga; ni solamente al acaso, sino incluso contra la razón. Objetarás: pero si no existen los horóscopos ¿por qué éste es rico y aquél es pobre? ¡No lo sé!… Pero voy a discutir contigo en el sentido de hacerte caer en la cuenta de que no todo se ha de investigar con vana curiosidad, ni se han de creer las cosas como si fueran al acaso. Porque tú no debes, por el hecho de ignorar eso, fingir falsedades. Es preferible honradamente ignorar a malamente aprender. Quien ignora la causa fácilmente es conducido por la razón; pero aquel que por no saber la causa verdadera, inventa una falsa, ya no podrá con facilidad aceptar la verdadera, porque necesitará de mucho mayor trabajo y sudores para abandonar su primera opinión.

Sucede como en las tablillas enceradas que una vez que se borran puede cualquiera escribir en ellas fácilmente otra cosa, mientras que en las grabadas no sucede lo mismo, puesto que se hace necesario traer primero lo mal escrito. También entre los médicos es preferible el que nada receta ai que prescribe medicinas dañosas. Y en la arquitectura es peor el que sin fundamentos edifica que el que nada- edifica; y es mejor la tierra que nada produce que la otra que engendra solamente espinas.

En consecuencia, no tengamos prisa en aprenderlo todo, ni llevemos molestamente el ignorar algunas cosas. Para que no suceda que si luego encontramos algún maestro, le demos doble trabajo. Y lo que es peor aún, algunos, por padecer enfermedad incurable, una vez que han caído en esos dogmas falsos, en ellos se aferran. No es lo mismo tener que arrancar primero del campo las malas hierbas que ya arraigaron, que sembrar y plantar en un campo limpio. En aquél se hace necesaria una limpia previa y hasta después sembrar; en este otro ya están preparados los oídos.

Con que, en fin ¿de dónde proviene que uno sea rico y el otro pobre? Lo diré ya: unos poseen riquezas porque Dios se las da; otros porque El permite que las posean; otros por una arcana providencia de Dios. Y esta razón es la más breve y sencilla. Instarás: ¿por qué al fornicario lo enriqueció y lo mismo al adúltero, al libinidoso y al que luego usa mal de sus posesiones? Respondo que Dios no lo hace rico, sino que permite que se enriquezca; y hay gran diferencia entre hacer y permitir. Mas ¿por qué en absoluto no se lo permite? Porque aún no ha llegado el tiempo del juicio, para que cada cual reciba su merecido. ¿Quién peor que el rico aquel que no daba a Lázaro ni las migajas de su mesa? Y sin embargo, fue luego el más miserable de los hombres, pues no pudo lograr ni una gota de agua. Y todo porque habiendo sido rico no fue humano ni compasivo. Si hay dos que tengan desigual fortuna, pero ambos son malvados, y uno de ellos es rico y el otro pobre, no serán castigados igualmente, sino que el rico tendrá penas más graves.

¿Ves cómo este segundo es castigado con más graves suplicios por haber recibido los bienes en esta vida? Así pues, cuando veas a los que injustamente se han enriquecido llevar una vida próspera gime, derrama lágrimas, pues su riqueza se convertirá en aumento de castigo. Así como los que pecaron, y no quieren hacer penitencia, se preparan un tesoro de ira divina, así los que acá no sufrieron el castigo, sino que vivieron prósperamente, serán con mayor gravedad castigados.

Si te place, te demostraré lo mismo no sólo por lo de la vida futura, sino también con el ejemplo de la presente. Al bienaventurado David, después de haber pecado con Bersabé, como el profeta Ib reprendiera, principalmente lo acusó con mayor fuerza por haber recibido muchos beneficios y haberse portado así a pesar de ellos. Oye cómo lo reprende Dios: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl. Te he dado la casa de tu señor. Te he dado la casa de Israel y de Judá. Y si es poco, añadiré todavía otras cosas más. ¿Por qué has hecho lo malo ante mis ojos? [2 Samuel 12:7-9] Los castigos de los pecados no son todos iguales, sino que varían con la edad, las personas, las dignidades, la prudencia y muchas otras circunstancias.

Más claro todavía. Tráigase al medio un pecado. Sea la fornicación Considera ahora cuántos géneros de castigos se le han aplicado, tomándolos no de nuestro discurso, sino de las Escrituras. Si alguno fornicó antes de la Ley, sufrió un género de castigo, como lo demuestra Pablo diciendo: Cuantos pecaron antes de la Ley, sin la Ley serán castigados Fornicó alguno después de la Ley, padecerá más grave suplicio [Romanos 2:12]. Pues: Cuantos pecaron en la Ley serán juzgados por la Ley. Fornicó algún sacerdote, a causa de su dignidad sufre el máximo aumento de pena. Por este motivo las otras doncellas fornicarias eran condenadas a muerte; pero las hijas de sacerdotes eran quemadas, demostrando así el legislador cuan grave castigo amenazaba al sacerdote que así pecara. Pues si la joven, por ser hija de un sacerdote, lleva una pena mayor, mucho más grave la padecerá el sacerdote mismo.

¿Una mujer sufrió violencia? Está libre de culpa y de castigo. ¿Fornicaron dos, una rica y otra pobre? También aquí se da una diferencia en el castigo. Esto se ve claro por lo que acabamos de decir de David. ¿Ha fornicado alguno después de la venida de Cristo, pero es de los aún no iniciados? Sufrirá mayores penas que esos anteriores. ¿Fornicó alguno después del sagrado bautismo? A éste no le queda ya consuelo ni alivio, ha mostró Pablo al decir: Si alguno desprecia la Ley de Moisés, muere sin misericordia bajo palabra de dos o tres testigos. Pues ¿con cuánta mayor pena pensáis que será castigado el que conculca al Hijo de Dios; el que tiene como sangre vulgar y ordinaria la sangre del Testamento, sangre con que él mismo ha sido santificado y enseguida injuria al Espíritu Santo? [Hebreos 10:28,29] ¿Ha fornicado en este tiempo algún sacerdote? Es esto el colmo de todas las desgracias. ¿Has visto cuánta diferencia de castigos respecto de un mismo pecado? Un castigo hay antes de la Ley; otro después de la Ley; otro es el del ministro sagrado; otro el de la mujer, según sea rica o pobre; y otro el del catecúmeno, el del fiel, el del sacerdote. También por razón de la prudencia hay diferencia de castigos y grande. Puesto que dice: El que conoce la voluntad de su señor y no la cumple, será grandemente azotado [Lucas 12:47].

También por haber precedido tantos y tan grandes ejemplos sufre el pecador mayores castigos. Pues dice: Vosotros ni viendo hicisteis luego penitencia [Mateo 21:32], aun cuando hayáis sido ensalzados con grandes honores. Y esto es lo que le reprende Jesús a Jerusalén diciendo: ¡Cuántas veces quise congregar a vuestros hijos y no quisisteis [Lucas 13:34]. De los que pecan por exceso de placeres, tienes ejemplo en lo de Lázaro [Lucas 16:19-31]. Pero también por el sitio se acrecienta la gravedad del pecado. Así lo declara Jesús con aquella expresión: Entre el santuario y el altar [Mateo 23:35]. También por el modo con que se ha cometido el delito. Pues dice: No es cosa admirable que alguien robe [pues roba para saciar su hambre] [Proverbios 6:30 LXX]. Y también: Mataste a tus hijos y a tus hijas; esto además de tu fornicación y de tus abominaciones [Ezequiel 16:20,21 LXX]. Y según las personas: Si alguno peca contra otro hombre, orarán por él; pero si alguno peca contra Dios ¿quién orará en su favor? [1 Samuel 2:25 LXX]

También cuando alguno supera en desidia a otros que son peores que él, es cosa que reprende Dios por Ezequiel diciendo: Porque ni siquiera os habéis ajustado a las normas de las nadones que os rodean [Ezequiel 5:7]. También cuando no nos enmendamos ni aun teniendo delante el ejemplo de los demás, pues dice: Vio a su hermana y la justificó [Ezequiel 16:51]. También cuando alguno ha disfrutado de un especial patrocinio: Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho estos milagros ha tiempo que habrían hecho penitencia [Mateo 9:21,22]. Por lo cual serán tratadas Tiro y Sidón con menos rigor que esta ciudad. ¿Has observado la gran exactitud y cómo no todos sufren el mismo castigo por iguales pecados? Cuando después de larga espera de parte de Dios nada aprovechamos, más graves penas tendremos que sufrir. Así lo indica Pablo diciendo: Por tu endurecimiento e impenitente corazón te atesoras cólera para el día del castigos [Romanos 2:5].

Sabiendo todo esto, no nos molestemos ni turbemos a causa del curso de los acontecimientos, ni nos dejemos alterar por el oleaje de nuestros pensamientos; sino que, teniendo en cuenta la incomprensible providencia de Dios y acomodándonos a ella, cuidemos de ejercitar la virtud y huyamos de la perversidad, para que disfrutemos de los bienes futuros, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, la gloria, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía LXXXV sobre el Evangelio de San Mateo (tr. por Rafael Ramírez Torres, SJ)

[1] El sitio de Jerusalén del año 70 d. C. fue un acontecimiento decisivo en la Primera guerra judeo-romana. Fue seguido por la caída de Masada en el año 73. El ejército romano, dirigido por el futuro emperador Tito, con Tiberio Julio Alejandro como su segundo al mando, sitió y conquistó la ciudad de Jerusalén, que había estado ocupada por sus defensores judíos en el año 66 d. C. La ciudad y su famoso templo fueron destruidos el mismo año de su conquista. La destrucción del Templo de Jerusalén todavía es lamentada anualmente durante la festividad judía Tisha b’Av y en el Arco de Tito (todavía en pie en Roma), donde se representa y celebra el saqueo de Jerusalén y el Templo. La destrucción del Templo fue un acontecimiento importante para la historia y la tradición judía, conmemorado anualmente por los judíos durante el ayuno de Tisha b’Av. Es igualmente importante para la teología cristiana. Este evento ha sido relatado en detalle por el dirigente judío que había entrado al servicio de los romanos y, luego, se convirtió en historiador, Flavio Josefo. (Fuente: “Sitio de Jerusalén” en Wikipedia )

[2] Los romanos erigieron un monumento al general vencedor después de que capturaron el Templo

[3] Tito Flavio Josefo, también conocido por su nombre hebreo José ben Matityahu o Josefo ben Matityahu (n. 37-38 – Roma, 101), fue un historiador judío fariseo, descendiente de familia de sacerdotes. Hombre de acción, estadista y diplomático, fue uno de los caudillos de la rebelión de los judíos contra los romanos. Hecho prisionero y trasladado a Roma, llegó a ser favorito de la familia imperial Flavia. En Roma escribió, en griego, sus obras más conocidas: La guerra de los judíos, Antigüedades judías y Contra Apión. Fue considerado como un traidor a la causa judía y odiado por los judíos. Su obra fue preservada por los romanos y los cristianos (Fuente: “Flavio Josefo” en Wikipedia)

El Hijo Pródigo (Lucas 15:11-32)

De terugkeer van de verloren zoon,  Rembrandt van Rijn (1668)

De terugkeer van de verloren zoon, Rembrandt van Rijn (1668)

También dijo: Un hombre tenía dos hijos;y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

 

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
15:11-16:12

 


Comentario

Esta parábola complementa la precedente [La oveja extraviada, Lucas 15:1-7] debido a su segundo aspecto el cual consiste en la salvación del hombre que vuelve voluntariamente hacia su Padre Celestial. En la primer parábola se habla sobre el Salvador que busca al pecador para ayudarle y en la segunda parábola, sobre el esfuerzo de la persona necesario para la unión con Dios.

En esta parábola se ofrecen ciertas características de la vida terrenal del pecador. Estando aferrado por mucho tiempo a los placeres terrenales recapacita después de muchos errores y caídas, o sea, comienza a reconocer todo el vacío y las impurezas de su vida y arrepintiéndose toma una firme decisión de volver a Dios. Esta parábola es muy vital del punto de vista psicológico. El hijo pródigo pudo realmente apreciar la felicidad de estar reunido devuelta con su padre después de que él sufrió al máximo la separación con él. De la misma forma muchos comienzan a apreciar la relación con Dios en el momento que ellos llegan profundamente a sentir por dentro sus imperfecciones y sus vidas sin ningún objetivo. De este punto de vista, esta parábola verdaderamente muestra el lado positivo de la vida de las penas y disoluciones. El hijo pródigo seguramente nunca hubiese vuelto en sí, si no fuera por la pobreza y el hambre que despertaron en él la conciencia.

En esta parábola se habla en una forma alegórica sobre el amor de Dios con respecto a la gente, en el ejemplo del padre que sufre y sale a la calle todos los días con la esperanza de ver a su hijo volver. Las dos parábolas ya presentadas sobre la Oveja Extraviada y el Hijo Pródigo, hablan de lo importante que es para Dios la salvación del hombre. Al final de la parábola sobre el hijo pródigo (no descrita aquí) se cuenta sobre el hijo mayor que se encuentra descontento con respecto a su padre por haber perdonado al hermano menor. Jesucristo, asemeja al hermano mayor a los envidiosos escribas judíos. Por un lado ellos detestaban profundamente a los publicanos, fornicadores y otros pecadores sin querer tener con ellos ningún tipo de relación, y por otro lado, ellos protestaban de que Jesucristo hablaba con los pecadores tratando de ayudarlos a encaminarse. Esta misericordia de Cristo con respecto a los pecadores los enfurecía.

– Obispo Alejandro Mileant (Ruso, siglo XX), “Parábolas Evangélicas” (tr. por Nicolas Mitakys)

Presentación del Señor en el Templo (Lucas 2:22-40)

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Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, Le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor), y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos. Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del Niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por Él conforme al rito de la ley, él Le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:

Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; Porque han visto mis ojos Tu salvación, La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel.

Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de Él. Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, Éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones. Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.

Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el Niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre Él.

 

Reina Valera Revisada (1960)

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
1:36-2:46

 


Comentario

Pasados ocho días y como lo establecía la ley de Moisés (Lev 12:3), el recién nacido fue circuncidado, imponiéndosele el nombre de Jesús, que significa Salvador, el mismo nombre que le fue dado por el Angel antes de que su madre lo hubiese concebido en su seno.

Según la ley de Moisés la mujer que daba a luz a un hijo varón era considerada impura por un periodo de cuarenta días (si engendraba una niña el término era de ochenta días). Al cuadragésimo día la madre debía presentar en el templo, como ofrenda en holocausto, un cordero de un año y, como ofrenda por el pecado, un pichón de paloma o de tórtola; en caso de pobreza, dos tórtolas o palomas, una por cada ofrenda. Acatando esta ley de purificación, la Santísima Virgen y José trajeron al Niño con ellos a Jerusalén para así pagar los 5 siclos establecidos. Según la ley vigente todos los primogénitos hebreos debían consagrarse al servicio de Dios en el templo, en conmemoración de la víspera del Exodo judío de Egipto, cuando el Angel del Señor exterminó a todos los primogénitos egipcios. Con el tiempo el servicio en el templo recayó en la tribu de Levi y los primogénitos quedaron eximidos de esa obligación mediante el pago de un tributo de 5 siclos de plata (Num 18:16). De la narración evangélica surge que la Santísima Virgen y José presentaron la ofrenda de la gente pobre: dos palomas.

¿Cuál era la necesidad de que Jesús fuese circuncidado y su Purísima Madre se sometiese a la ley de la purificación, si tanto la concepción como el Nacimiento del Señor fueron ajenos al pecado?. En primer lugar, para “cumplir con toda justicia” (Mt 3:15) y mostrar el ejemplo de perfecta subordinación a la ley de Dios. En segundo lugar, esto era imprescindible para el futuro ministerio del Mesías ante los ojos de Su pueblo pues, un incircunciso no podía integrar la comunidad del pueblo de Dios, no podía ingresar al templo ni a la sinagoga y como incircunciso El no hubiese tenido influencia sobre el pueblo ni hubiese sido reconocido como Mesías. De igual manera, su santa Madre no hubiese sido una auténtica israelita sin antes purificarse delante de los sacerdotes y el pueblo. El misterio de la concepción y del nacimiento no fue revelado a nadie salvo a la Virgen María y a José, por esa razón todo lo exigido por la ley debía cumplirse con exactitud.

En momentos en que la Madre de Dios presentaba su ofrenda y realizaba el pago del tributo, en el templo se encontraba un recto y piadoso anciano llamado Simeón, que aguardaba “la consolación de Israel,” es decir, al Mesías prometido por Dios, cuya venida traería el consuelo para su pueblo (ver Isaias 40:1). El Evangelista no brinda otros datos sobre Simeón, en cambio menciona que el Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte sin antes conocer a Cristo, el Señor, es decir, el “consuelo” anhelado por él. Una antigua tradición cuenta que Simeón fue uno de los 72 ancianos eruditos a quienes el rey egipcio Ptolomeo les había encomendado traducir los sagrados libros del Antiguo Testamento del hebreo antiguo al griego. Simeón debía traducir el libro del profeta Isaias. Al llegar al relato que anunciaba el nacimiento de Emmanuel de una Virgen (7:14), experimentó la duda. Entonces se le apareció un Angel para anunciarle que el no moriría hasta haber visto con sus propios ojos el cumplimiento de esa profecía. Inspirado por el Espíritu Santo el se acercó al altar de los holocaustos en el templo y, al ver a la Santísima Madre de Dios presentar al Niño reconoció en Él al Mesias-Cristo. Él lo tomó en sus brazos y sus labios pronunciaron una inspirada oración en agradecimiento a Dios por haberlo hecho digno de ver en la persona de ese Niño la salvación preparada para la humanidad.

“Ahora Señor permite a tu siervo partir en paz,” como diciendo: “en este instante ha sido cortado el lazo que me une a esta vida y Tu, Soberano, me liberas de ella hacia una nueva vida, “según Tu palabra,” conforme a lo revelado por Ti a través de tu Santo Espíritu, “en paz,” con plena tranquilidad espiritual, “pues mis ojos han visto la salvación,” la salvación prometida por Ti al mundo a través del Mesías Redentor, a quien ahora tengo el enorme gozo de contemplar ante mí; la salvación que preparaste ante la faz de todos los pueblos, no solo para los judíos sino para todas las naciones. Esta salvación es “luz para ser revelada a los gentiles” y para gloria del pueblo de Dios, Israel”.

José y la Madre del Divino Niño estaban maravillados pues por doquier encontraban gentes a quienes Dios había revelado el misterio de este Niño. Entregando el Niño a su Madre, con una bendición para Ella y José, el anciano sobre quien reposaba el Espíritu Santo, anuncia que este Niño será motivo de contiendas entre sus seguidores y sus enemigos “pues serán descubiertos los pensamientos de muchos corazones.” Según el tipo de relación que cada uno entable con este Niño, así se exteriorizara la inclinación de su corazón y la disposición de su alma. El que ama la verdad y anhela cumplir la voluntad de Dios creerá en Cristo, mientras que el que ama la maldad y realiza obras de las tinieblas, aborrecerá a Cristo y para justificar su maldad contra Él, lo difamará por todos los medios. Esto se cumplió en escribas y fariseos, y continúa cumpliéndose en la actualidad en todos los ateos y enemigos de Cristo. Para aquellos que creen en Él “será puesto para resurrección,” es decir, para la salvación eterna; para los incrédulos exasperados contra Él “será puesto para la caída,” es decir, la condenación eterna, la eterna perdición. Simeón con una preclara visión espiritual anticipa los sufrimientos de la Santísima Virgen por su Hijo Divino: ” y a ti misma una espada te atravesará el corazón”.

Estaba presente también Ana, hija de Fanuel, a la que el Evangelista llama “profetisa” en virtud del don de la inspiración en la palabra otorgado por el Espíritu de Dios. San Lucas la elogia presentándola como una viuda honorable, consagrada a Dios luego de haber vivido con su marido solo siete años y habiendo llegado hasta los ochenta y cuatro años de edad sin apartarse del templo, “sirviendo día y noche entre ayunos y oraciones.” Ella al igual que Simeón, glorificaba al Señor y hablaba sobre aquel Niño en un estado de inspiración profética, repitiendo las palabras del anciano a todos aquellos que aguardaban la venida del Mesías, anticipando la liberación de Jerusalén. El Evangelista prosigue diciendo que una vez cumplido todo lo exigido por la ley, la Sagrada Familia retornó a Galilea, “a la ciudad de Nazareth.” Aquí san Lucas no menciona todo lo sucedido después de la Presentación en el Templo indudablemente porque san Mateo ya lo ha relatado en detalle: la adoración de los magos en Belén, la huida a Egipto, la matanza de los inocentes ordenada por Herodes, y el retorno desde Egipto después de su muerte. Entre los escritores de los libros sagrados es frecuente hallar similares síntesis narrativas.

– Arzobispo Averky Tauchev (Ruso, siglo XX), “Guia Para el Estudio de los Cuatro Evangelios”

“Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más poderoso que yo …” (Lucas 3:1-18)

Juan Bautista, icono por Andrei Rublev (siglo XV, Rusia)

Juan Bautista, icono por Andrei Rublev (siglo XV, Rusia)

En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de la región de Iturea y Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, durante el sumo sacerdocio de Anás y Caifás,vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados; como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías:

VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO: “PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR, HACED DERECHAS SUS SENDAS.

TODO VALLE SERA RELLENADO, Y TODO MONTE Y COLLADO REBAJADO; LO TORCIDO SE HARA RECTO, Y LAS SENDAS ASPERAS SE VOLVERAN CAMINOS LLANOS;

Y TODA CARNE VERA LA SALVACION DE DIOS.”

Por eso, decía a las multitudes que acudían para que él las bautizara: ¡Camada de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira que vendrá? Por tanto, dad frutos dignos de arrepentimiento; y no comencéis a deciros a vosotros mismos: “Tenemos a Abraham por padre”, porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras. Y también el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Y las multitudes le preguntaban, diciendo: ¿Qué, pues, haremos? Respondiendo él, les decía: El que tiene dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. Vinieron también unos recaudadores de impuestos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? Entonces él les respondió: No exijáis más de lo que se os ha ordenado. También algunos soldados le preguntaban, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y él les dijo: A nadie extorsionéis, ni a nadie acuséis falsamente, y contentaos con vuestro salario. Como el pueblo estaba a la expectativa, y todos se preguntaban en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo, Juan respondió, diciendo a todos: Yo os bautizo con agua; pero viene El que es más poderoso que yo; a quien no soy digno de desatar la correa de Sus sandalias; El os bautizará con el Espíritu Santo y fuego. El bieldo está en su mano para limpiar completamente su era y recoger el trigo en su granero; pero quemará la paja en fuego inextinguible. Y también con muchas otras exhortaciones Juan anunciaba las buenas nuevas al pueblo.

 

La Bibila de Las Americas

 

*3:3 … predicando un bautismo de arrepentimiento por LBLA. Mas bien,… predicando EL bautismo de arrepentimiento [κηρύσσων βάπτισμα μετανοίας]

Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
3:1-2 3:1-2 1:6-8; 3:23
3:3 1:3 3:3-6 1:23
3:7-10 3:7-9
3:10-15
3:11 1:7-8 3:16 1:15,26-27,30-31; 3:28
3:12 3:17-18

 


Comentario

Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan  (Juan 1:6)

El Evangelista, en su doctrina sobre el Dios Verbo, puso las cosas más esenciales y necesarias; y procediendo por su orden, vino luego al Precursor del Verbo, llamado Juan. Pero tú, cuando oyes que fue enviado por Dios, piensa desde luego que nada de lo que dice lo dice al modo humano. Porque no dice cosas suyas, sino del que lo envía. Por tal motivo fue llamado ángel o enviado [ἄγγελος, angelos] [Malaquías 3:1]. El oficio del ángel o enviado es no decir nada suyo. Además, eso de hubo no significa que vino a la existencia, sino que se le dio una misión. Fue enviado por Dios es lo mismo que fue enviado de Dios. Yo pregunto: ¿cómo es que los herejes dicen que aquello de: Subsistiendo en la naturaleza divina [Filipenses 2:6] no se ha de entender de una igualdad del Hijo con el Padre, porque la palabra Dios no lleva artículo? Tampoco acá hay artículo alguno. Entonces ¿aquí no se refiere al Padre? Pero ¿qué diríamos del profeta que clama: He aquí que yo envié a mi mensajero para allanar el camino delante de ti [Malaquías 3:1, Marcos 1:2]? Ese mi y ti significan personas.

Este vino como testigo para dar testimonio de la luz (Juan 1:7).

Preguntará alguno: ¿Cómo es eso de que el siervo da testimonio del Señor? Pues bien: ¿no te admirarás más aún y dudarás cuando veas que no sólo es testificado por el siervo, sino que El mismo acude al siervo y es bautizado por el siervo, estando mezclado con los demás judíos? No conviene perturbarse ni alborotarse, sino más bien admirarse de la inefable benignidad del Señor. Si alguno duda y permanece turbado, el Señor le dirá lo que al Bautista: Déjame ahora hacer: pues así conviene que cumplamos toda justicia [Mateo 3:15]. Y si más aún se conturba, le añadirá lo que dijo a los judíos: Yo no necesito que un hombre testifique en favor mío [Juan 5:34]. Pero si Jesús no necesita de semejante testimonio, entonces ¿por qué Juan fue enviado por Dios? No fue porque Cristo necesitara de semejante testimonio: afirmarlo sería el colmo de la impiedad. Entonces ¿por qué? Juan mismo nos lo enseña cuando dice: Para que todos creyeran en El [Juan 1:7].

Cristo, habiendo dicho: Yo no necesito que un hombre testifique en favor mío [Juan 5:34], para no parecer ante los necios como contradiciéndose, ya que en una ocasión afirma: Es otro el que da testimonio de Mí y sé Yo que su testimonio es verdadero [Juan 5:32] refiriéndose a Juan; y en esta otra dice: Yo no necesito que un hombre testifique en favor mío, El mismo añadió la solución: Lo digo por vosotros, para que os salvéis [Juan 5:34]. Que es como si dijera: Soy Dios y verdadero Hijo de Dios y de su misma substancia inmortal y feliz, y no necesito del testimonio de ningún hombre. Pues aun cuando nadie quisiera testificarlo, no por eso sería yo en nada inferior en naturaleza al Padre. Mas como tengo el cuidado de muchos, me he abajado a esta humillación de dar el oficio de testificar de Mí a un hombre.

Atendiendo a la debilidad y bajas apetencias de los judíos, parecía que por este camino sería más fácil que creyeran en El. De manera que así como se revistió de carne para no descender al certamen en su manifiesta divinidad, lo que hubiera sido dar muerte a todos, así envió a un hombre como heraldo, para que escuchando ellos la voz de uno de su mismo linaje, más fácilmente se le acercaran los que entonces lo oyeran. No teniendo necesidad del testimonio del Bautista, cosa que sólo podía demostrarse apareciendo en clara substancia, con lo que habría espantado a todos, no procedió así, como hace un momento lo dije, pues a todos los hubiera perdido, por no poder nadie resistir la fuerza de aquella luz inaccesible. Tal fue el motivo de revestirse de carne y dar a uno de nuestros consiervos el oficio de testimoniar acerca de El; porque El todo lo hizo buscando siempre la salvación de los hombres. Por lo cual cuidó al mismo tempo de su propia dignidad y de la capacidad de entender de sus oyentes y de la utilidad de los mismos.

Dando a entender esto, decía: Esto lo digo por vosotros, para que seáis salvos. Y el evangelista, que dice lo mismo que afirma el Señor, una vez que dijo: Para dar testimonio de la luz, añadió: Para que por su medio creyeran todos en El [Juan 1:7]. Como si dijera: No pienses que vino Juan el Bautista para añadir algo a la fe en las palabras del Señor. No vino para eso, sino para que por su medio creyeran sus congéneres los judíos. Y que el evangelista lo haya dicho para suprimir esa imaginación, consta por lo que sigue. Pues añadió: No era él la luz [Juan 1:8]. Si no lo hubiera dicho con el objeto de apartar la imaginación que indiqué, resultaría inútil decirlo y más sería una repetición que no una explicación de la doctrina. Habiendo dicho ya: Fue enviado para que diera testimonio de la luz ¿por qué había de añadir: No era él la luz? No lo hizo sin causa y motivo. Lo que sucede es que como entre nosotros con frecuencia es de mayor dignidad el que testifica que aquel de quien testifica, por lo cual de ordinario se le juzga más digno de fe, para que nadie imaginara eso del Bautista, ya desde el principio lo excluye; y una vez corregido eso de raíz, declara quién es el que testifica y quién aquel del que da testimonio, y cuán grande es la diferencia entre ambos.

Hecho esto, y demostrada la incomparable excelencia del Verbo, prosigue confiadamente con lo demás. Rechazado ya con diligencia lo que de absurdo podría ocurrirse a los necios, se dedica a enseñar la doctrina fácilmente y sin tropiezo. Roguemos, pues, al Señor que, ya que poseemos la revelación de tantas y tan excelentes cosas, y juntamente la recta y sana doctrina, llevemos una vida pura y santa. Pues la doctrina de nada nos aprovecha sin las buenas obras. Aun cuando logremos una fe plena y una inteligencia clara de todas las Escrituras, si no tenemos el patrocinio de una vida buena, nada obstará para que caigamos en la gehenna del fuego y nos quememos para siempre en la llama inextinguible. Así como los que obraron el bien resucitarán para vida eterna, así los que se atrevieron a llevar una vida desordenada, resucitarán para un castigo sin acabamiento y eterno.

En consecuencia, empleemos todo nuestro empeño, para que la ganancia lograda mediante la fe correcta, no la perdamos a causa de la perversidad en nuestras obras; sino que tras de vivir acá piadosamente, nos presentemos confiados ante Cristo, felicidad que no tiene igual. Ojalá que nosotros, conseguido todo lo dicho, en todo procedamos para la gloria de Dios; al cual sea la gloria, juntamente con el Hijo Unigénito y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

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