“¡Mujer, he ahí tu hijo!” (Juan 19:25-27; 21:24-25)

Vue depuis la Croix(Vista desde la Cruz, James Tissot (francés, 1886-94)

Vue depuis la Croix (Vista desde la Cruz), James Tissot (francés, 1886-94)

Y junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, la mujer de Cleofas, y María Magdalena. Y cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo a quien El amaba que estaba allí cerca, dijo a su madre: ¡Mujer, he ahí tu hijo! Después dijo al discípulo:¡He ahí tu madre! Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su propia casa. Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que escribió esto, y sabemos que su testimonio es verdadero. Y hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, que si se escribieran en detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían.

 

 


 

Dormición del Santo Apóstol y Teólogo Juan el Evangelista

 

conmemorado el 26 de septiembre

 

Icon de San Prochoros y San Juan el Teólogo (Emmanuel Lambardos, 1602)

Icon de San Prochoros y San Juan el Teólogo (Emmanuel Lambardos, 1602)

El Apóstol y Evangelista Juan pasó los últimos años de su vida en un estricto ascetismo. En virtud de su avanzada edad –alrededor de los noventa y cinco años- la fuerza no le alcanzaba para predicar ampliamente la palabra de Dios, ni siquiera en los lugares cercanos a Éfeso. Por ese tiempo, instruía sólo a los obispos de la iglesia, a quienes alentaba a enseñar incansablemente el Evangelio a la gente y, especialmente, a vivir y predicar el mandamiento del amor. Cuando el Apóstol empezó a debilitarse más, según relata San Jerónimo, sus discípulos solían llevarlo a la iglesia, pero él ya no podía dar largos sermones; su enseñanza la centraba en la incesante repetición de “Hijitos, amaos los unos a los otros”. Un día cuando sus discípulos le preguntaron porqué repetía esto sin cesar, San Juan les respondió con las siguientes palabras: “Este es el mandato del Señor, y si vosotros lo cumplen, ello bastará”.

Prócoro, uno de los siete diáconos elegidos por los Apóstoles, nos relata el descanso de San Juan el Teólogo: después de transcurrir 26 años desde que regresamos de la isla de Patmos a Efeso, Juan reunió a siete de sus discípulos (yo y otros seis) y nos dijo: “tomad las espadas en vuestras manos y seguidme”. Hicimos tal como nos lo ordenó y lo seguimos fuera de la ciudad hasta cierto lugar en donde nos mandó sentarnos. Luego se apartó un poco de nosotros a un sitio tranquilo y comenzó a orar. Era muy temprano; el sol todavía no había salido. Después de rezar nos dijo: “cavad con vuestras espadas una zanja en forma de cruz, del tamaño que yo tengo”. Así lo hicimos mientras él rezaba. Después de terminar su oración, se echó en la zanja y me dijo: “Prócoro, hijo mío, tu debes ir a Jerusalén; allí es donde terminarás tus días”. Luego nos dio instrucciones y nos abrazó, diciendo: “Tomad un poco de tierra madre y cubridme con ella”. Entonces lo volvimos a abrazar y tomando un poco de tierra lo cubrimos sólo hasta las rodillas. Una vez más él nos abrazó diciendo: “Tomad más tierra y cubridme hasta el cuello y colocad un velo delgado sobre mi rostro y abrazadme de nuevo por última vez porque vosotros ya no me veréis más en esta vida”. Volvimos a abrazarlo llenos de pesar, lamentándonos amargamente, mientras él nos despedía en paz. Justo cuando el sol acababa de salir él entregó su espíritu.

De acuerdo con San Jerónimo el Apóstol y Evangelista se durmió en el año 101 d.C., es decir, 68 años después de la Pasión y Resurrección del Señor, lo cual lo confirman también Clemente de Alejandría e Ireneo y muchos otros Padres de la Iglesia.

– Arzobispado Ortodoxo Antioqueno en Argentina
(http://www.acoantioquena.com/content/dormición-del-santo-apóstol-y-teólogo-juan-el-evangelista)

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Lectura para el Día de la Exaltación de la Cruz (Juan 19)

Entonces, cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, gritaron, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle, porque yo no encuentro ningún delito en El. Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según esa ley El debe morir, porque pretendió ser el Hijo de Dios. Entonces Pilato, cuando oyó estas palabras, se atemorizó aún más. Entró de nuevo al Pretorio y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato entonces le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte? Jesús respondió: Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba; por eso el que me entregó a ti tiene mayor pecado.

Entonces Pilato, cuando oyó estas palabras, sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en un lugar llamado el Empedrado, y en hebreo Gabata. Y era el día de la preparación para la Pascua; era como la hora sexta. Y Pilato dijo a los judíos: He aquí vuestro Rey. Entonces ellos gritaron: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: ¿He de crucificar a vuestro Rey? Los principales sacerdotes respondieron: No tenemos más rey que el César. Así que entonces le entregó a ellos para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y El salió cargando su cruz al sitio llamado el Lugar de la Calavera, que en hebreo se dice Gólgota, donde le crucificaron, y con El a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio. Pilato también escribió un letrero y lo puso sobre la cruz. Y estaba escrito: JESUS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDIOS. Entonces muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, en latín y en griego.

Por eso los soldados hicieron esto. Y junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, la mujer de Cleofas, y María Magdalena. Y cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo a quien El amaba que estaba allí cerca, dijo a su madre: ¡Mujer, he ahí tu hijo! Después dijo al discípulo: ¡He ahí tu madre! Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su propia casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed.

Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de preparación para la Pascua, a fin de que los cuerpos no se quedaran en la cruz el día de reposo (porque ese día de reposo era muy solemne), pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y se los llevaran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero, y también las del otro que había sido crucificado con Jesús; pero cuando llegaron a Jesús, como vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua. Y el que lo ha visto ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis.

 

Esta es la lectura de la antigua Iglesia por este día – el día de la Exaltación de la Preciosa y Vivificadora Cruz.  La historia de este día:

En el tiempo en que los cristianos eran perseguidos, el rey Constantino, mientras se preparaba para enfrentar a su enemigo Macendio y entrar a Roma, vio en el cielo la señal de la Cruz Dadora de Vida en la que se leía esta frase:“con esta señal vencerás”. Y es así que decidió adoptarla como símbolo para su ejército. Como sabemos, Constantino triunfó y fue coronado nuevo Emperador. En el vigésimo aniversario de su reinado, Constantino envió un grupo encabezado por su madre, Santa Elena, a Tierra Santa para que buscaran el mismo madero de la Cruz en la que había sido puesto nuestro Señor. Llegando a Tierra Santa, el grupo averiguó que, según lo dicho entre la gente, la Cruz había sido enterrada bajo el templo de Venus, construido por el emperador Adriano en el siglo II después de Cristo. Iniciaron, pues, las excavaciones hasta que encontraron no una sino tres cruces. Elena, perpleja ante aquel acontecimiento, se preguntaba cuál sería la Cruz de Cristo. Mientras esto ocurría, cerca de allí pasaba una marcha fúnebre. El obispo de Jerusalén, llamado Macario, se aproximó a la caravana pidiendo que se detuvieran. Ordenó que se llevaran las tres cruces y que se tocara al cadáver con estas, una por una. En cuanto una de las tres tocó al difunto, volvió a la vida inmediatamente. Cuando todos vieron esto no hubo más que preguntar: la Cruz de Cristo había sido encontrada. Macario, entonces, levantó la Cruz con ambas manos bendiciendo al pueblo que exclamó a una sola voz: Señor ten piedad. Desde entonces los padres decidieron que el 14 de septiembre fuera la fecha para festejar la exaltación de la preciosa y vivificadora Cruz en todas las iglesias. Casi 300 años después, en el 614, el rey persa Quisro conquistó Jerusalén y una de las cosas que hizo fue apoderarse de la Cruz, y llevarla a su capital llamada “Al-madáen”. Allí estuvo 14 años hasta que fue recuperada por el rey Heráclito. Celebramos esta fiesta no solo por haber encontrado el madero de la santa Cruz, ni solo su elevación o su recuperación, sino también por lo que se hizo por medio del madero: por la Cruz “vino la alegría a todo el mundo”, y por ella el Señor ha elevado “la naturaleza caída de Adán.” Por el madero se cumplió la voluntad divina. (Arzobispado Ortodoxo Antioqueno en Argentina)