“El buen pastor da su vida por las ovejas” (Juan 10:9-16)

Yo soy la puerta; si alguno entra por mí, será salvo; y entrará y saldrá y hallará pasto. El ladrón sólo viene para robar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el que es un asalariado y no un pastor, que no es el dueño de las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. El huye porque sólo trabaja por el pago y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen, de igual manera que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ésas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor.

 


Recordando a San Juan Crisóstomo, “Boca de Oro” (AD 349-407)

 

Mosaico del San Juan Crisostomo, Hagia Sofia, Constantinopla

Mosaico del San Juan Crisóstomo, Hagia Sofia, Constantinopla

“Violentas tempestades me acosan por todas partes dijo; pero no las temo, porque mis pies descansan sobre la roca. El mar rugiente y las gigantescas olas no pueden hacer naufragar la nave de Jesucristo. No temo la muerte, que considero como una ganancia; ni el destierro, porque toda la tierra es del Señor; ni la pérdida de mis bienes, porque vine desnudo al mundo y desnudo partiré de él.”

Este incomparable maestro recibió después de su muerte el nombre de Crisóstomo o Boca de Oro, en recuerdo de sus maravillosos dones de oratoria. Pero su piedad y su indomable valor son los títulos todavía más gloriosos que hacen de él uno de los más grandes pastores de la Iglesia. San Juan nació en Antioquía de Siria, alrededor del año 347. Era hijo único de Segundo, comandante de las tropas imperiales. Su madre, Antusa, que quedó viuda a los veinte años, consagraba su tiempo a cuidar de su hijo, de su hogar y a los ejercicios de piedad. Su ejemplo impresionó tan profundamente a uno de los maestros de Juan, famoso sifista pagano, que no pudo contener la exclamación: “¡Qué mujeres tan extraordinarias produce el Cristianismo!” Antusa escogió para su hijo los más notables maestros del Imperio. La elocuencia constituía en aquella época una de las más importantes disciplinas. Juan la estudió bajo la dirección de Libanio, el más famoso de los oradores de su tiempo, y pronto superó a su propio maestro. Cuando preguntaron a Libanio en su lecho de muerte quién debía sucederle en el cargo, respondió: “Yo habría escogido a Juan, pero los cristianos nos lo han arrebatado.”

De acuerdo con la costumbre de la época, Juan no recibió el bautismo sino hasta los veintidós años, cuando era estudiante de leyes. Poco después, junto con sus amigos Basilio, Teodoro (que fue más tarde obispo de Mopsuesta) y algunos otros, empezó a frecuentar una escuela para monjes, donde estudió bajo la dirección de Diodoro de Tarso y, el año 374, ingresó en una de las comunidades de ermitaños de las montañas del sur de Antioquía. Más tarde escribió un vívido relato de las austeridades y pruebas de esos monjes. Juan pasó cuatro años bajo la dirección de un anciano monje sirio, y después vivió dos años solo, en una cueva. La humedad le produjo una grave enfermedad, y para reponerse tuvo que volver a la ciudad, en 381. Este mismo año recibió el diaconado de manos de San Melecio. En 386, el obispo Flaviano le confirió el sacerdocio y le nombró predicador suyo. Juan tenía entonces alrededor de cuarenta años. Durante doce años, desempeñó este oficio y cargó con la responsabilidad de representar al anciano obispo. Juan consideraba como su primera obligación el cuidado y la instrucción de los pobres, y jamás dejó de hablar de ellos en sus sermones y de incitar al pueblo a la limosna. Según los propios cálculos del santo, Antioquía tenía entonces unos cien mil cristianos y otros tanto paganos. Juan les alimentaba con la palabra divina, predicando varias veces por semana y aun varias veces al día en algunas ocasiones.

Cuando el emperador Teodosio I se vio obligado a imponer un nuevo tributo a causa de la guerra con Magno Máximo, los antioquenses se rebelaron y destrozaron las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa, sin que los magistrados pudiesen impedirlo. Pero pasada la tempestad, el pueblo empezó a reflexionar en las posibles consecuencias de sus actos, y el terror se apoderó de todos, y aumentó cuando se presentaron en la ciudad dos oficiales de Constantinopla que venían a imponer el castigo del emperador al pueblo. A pesar de su edad, el obispo Flaviano partió bajo la más violenta tempestad del año, a pedir clemencia al emperador, quien, movido a compasión, perdonó a los ciudadanos de Antioquía. Entre tanto, San Juan había estado predicando la más notable serie de sermones en su carrera, es decir, la veintiuna famosa homilías “De las estatuas.” En ellas se manifiesta la extraordinaria comunicación que el orador creaba con sus oyentes y la conciencia que tenía del poder de su palabra para hacer el bien. No hay duda de que la cuaresma del año 387, en la que San Juan Crisóstomo predicó esas homilías, modificó el curso de su carrera y que, a partir de ese momento, su oratoria se convirtió, aun desde el punto de vista político, en una de las grandes fuerzas que movían el Imperio. Después de la tormenta, el santo continuó su trabajo con la energía de siempre; pero Dios le llamó pronto a glorificar su nombre en otro puesto, donde le reservaba nuevas pruebas y nuevas coronas.

A la muerte de Nectario, arzobispo de Constantinopla, en el 397, el emperador Arcadio, aconsejado por Eutropio, su ayuda de cámara, resolvió apoyar la candidatura de San Juan Crisóstomo a dicha sede. Así pues, dio al conde d´Este la orden de enviar a San Juan a Constantinopla, pero sin publicar la noticia para evitar un levantamiento popular. El conde fue a Antioquía; ahí pidió al santo que le acompañase a las tumbas de los mártires en las afueras de la ciudad, y entonces dio a un oficial la orden de transportar al predicador lo más rápidamente posible a la ciudad imperial, en un carruaje. El arzobispo de Alejandría, Teófilo, hombre orgulloso y turbulento, había ido a Constantinopla a recomendar a un protegido suyo para la sede, pero tuvo que desistir de sus intrigas, y San Juan fue consagrado por él mismo, el 26 de febrero del año 398.

En la administración de su casa, el santo suprimió los gastos que su predecesor había considerado necesarios para el mantenimiento de su dignidad, y consagró ese dinero al socorro de los pobres y la ayuda a los hospitales. Una vez puesta en orden su casa, el nuevo obispo emprendió la reforma del clero. A sus exhortaciones, llenas de celo, añadió las disposiciones disciplinarias, aunque es preciso reconocer que, por necesarias que éstas hayan sido, su severidad revela cierta falta de tacto. El santo era un modelo exacto de lo que exigía de los otros. La falta de modestia de las mujeres en aquella alegre capital, provocó la indignación del obispo, quién les hizo ver cuán falsa y absurda era la excusa de que vestían así porque no veían en ello ningún daño. La elocuencia y el celo del Crisóstomo movieron a penitencia a muchos pecadores y convirtieron a numerosos idólatras y herejes. Los novicianos criticaron su bondad con los pecadores, pues el santo les exhortaba al arrepentimiento con la compasión de un padre, y acostumbraba decirles: “Si habéis caído en el pecado más de una vez, y aún mil veces, venid a mí y yo os curaré.” Sin embargo, era muy firme y severo en el mantenimiento de la disciplina, y se mostraba inflexible con los pecadores impertinentes. En cierta ocasión, los cristianos fueron a las carreras un Viernes Santo y asistieron a los juegos el Sábado Santo. El virtuoso obispo se sintió profundamente herido, y el Domingo de Pascua predicó un ardiente sermón “Contra los juegos y los espectáculos del teatro y del circo.” La indignación le hizo olvidar la fiesta de la Pascua, y su exordio fue un llamamiento conmovedor. Se han conservado numerosos sermones de San Juan Crisóstomo, demostrando que no se equivocan quienes le consideran como el mayor orador de todos los tiempos, a pesar de que su lenguaje, especialmente en sus últimos años, era excesivamente violento y combativo. Como alguien ha dicho, “en algunas ocasiones, San Juan Crisóstomo casi grita a los pecadores,” y hay razones para pensar que sus ataques contra los judíos, por motivados que fuesen, causaron en parte los sangrientos combates entre éstos y los cristianos de Antioquía. No todos los que se oponían al obispo eran malos; había entre ellos algunos cristianos buenos y serios, como el que un día sería Cirilo de Alejandría.

Otra de las actividades a las que el arzobispo consagró sus energías fue la fundación de comunidades de mujeres piadosas. Entre las santas viudas que se confiaron a la dirección de este gran maestro de santos, probablemente sea la más ilustre la noble Santa Olimpia. San Juan Crisóstomo no se limitaba a cuidar solo los fieles de su rebaño, sino que extendía su celo a las más remotas regiones. Así, envió a un obispo a evangelizar a los escritas nómadas, y a un hombre admirable a predicar a los godos. Palestina, Persia y muchas otras provincias distantes sintieron los benéficos efectos de su celo. El santo obispo se distinguió también por su extraordinario espíritu de oración, virtud ésta que predicó incansablemente, exhortando a los mismos laicos a recitar el oficio divino a media noche: “Muchos artesanos decía tienen que levantarse a trabajar a media noche, y los soldados vigilan cuando están de guardia; ¿por qué no hacéis vosotros lo mismo para alabar a Dios?” Grande fue también la ternura con que el santo hablaba del admirable amor divino, manifestado en la Eucaristía, y exhortaba a los fieles a la comunión frecuente. Los negocios públicos exigieron a menudo la participación de San Juan Crisóstomo; por ejemplo, a la caída del ayuda de cámara y antiguo esclavo Eutropio, en 399, predicó un famoso sermón en presencia del odiado cortesano, quien se había refugiado en la catedral, detrás del altar. El obispo exhortó al pueblo a perdonar al culpable, ya que el mismo emperador, a quien habían injuriado directamente, lo había perdonado. Como dijo el santo, en adelante no tendrían derecho a esperar que Dios les perdonase, si no perdonaban entonces a quien necesitaba de misericordia y de tiempo para hacer penitencia.

Pero San Juan Crisóstomo tenía todavía que glorificar a Dios con sus sufrimientos, como lo había hecho con sus trabajos. Y, si miramos el misterio de la cruz con ojos de fe, reconoceremos que el santo se mostró más grande en las persecuciones contra él que en todos los otros actos de su vida. Su principal adversario eclesiástico fue el arzobispo Teófilo de Alejandría antes mencionado, que tenía muchos cargos contra su hermano de Constantinopla. Enemigo no menos peligroso era la emperatriz Eudoxia. San Juan había sido acusado de haberla llamado “Jezabel,” y la malevolencia de algunos vio un ataque a la emperatriz en el sermón del obispo contra la malicia y vanidad de las mujeres de Constantinopla. Sabiendo que el obispo Teófilo no quería a Crisóstomo. Eudoxia se unió a él en una conspiración para deponer al obispo de Constantinopla. Teófilo llegó a dicha ciudad en junio de 403, acompañado de varios obispos egipcios; se negó a alojarse en la casa del santo y reunió un conciliábulo de treinta y seis obispos en una casa de Calcedonia llamada “La Encina.” Las principales razones que se alegaban para deponer a Juan eran que había depuesto a un diácono por haber golpeado a un esclavo; que había llamado réprobos a algunos miembros de su clero; que nadie sabía como empleaba sus rentas, que había vendido algunos objetos que pertenecían a la iglesia; que había dispuesto a varios obispos fuera de su provincia; que comía solo, y que daba la comunión a quienes no observaban en ayuno eucarístico. Todas las acusaciones eran falsas, o carecían de importancia. San Juan reunió un concilio local en la ciudad, y se rehusó a comparecer ante el conciliábulo de “La Encina.” En vista de ello, el conciliábulo procedió a firmar la sentencia de deposición y a enviarla al emperador, añadiendo que el santo era reo de tradición, probablemente por haber llamado “Jezabel” a la emperatriz. El emperador dio la orden de destierro contra San Juan Crisóstomo.

Constantinopla vivió tres días de gran agitación, y Crisóstomo lanzó un vigoroso manifiesto desde el púlpito: “Violentas tempestades me acosan por todas partes dijo; pero no las temo, porque mis pies descansan sobre la roca. El mar rugiente y las gigantescas olas no pueden hacer naufragar la nave de Jesucristo. No temo la muerte, que considero como una ganancia; ni el destierro, porque toda la tierra es del Señor; ni la pérdida de mis bienes, porque vine desnudo al mundo y desnudo partiré de él.” El obispo declaró que estaba pronto a dar su vida por sus ovejas, y que todos sus sufrimientos provenían de que no se había ahorrado trabajo alguno para ayudar a sus cristianos a salvarse. Después de este sermón se entregó espontáneamente, sin que el pueblo lo supiera, y un legado del emperador le condujo a Preneto de Bitinia. Pero el primer destierro fue de corta duración. La ciudad sufrió un ligero terremoto que aterrorizó a la supersticiosa Eudoxia, quien rogó a Arcadio que hiciese volver al Crisóstomo del exilio. El emperador le dio permiso de que escribiese el mismo día una carta, en la que la emperatriz rogaba al santo que volviera y aseguraba no haber tenido parte en el decreto de destierro. Toda la ciudad salió a recibir a su obispo, y el Bósforo se cubrió de relucientes antorchas. Teófilo y sus secuaces huyeron esa misma noche.

Pero el buen tiempo duró poco. Frente a la iglesia de Santa Sofía se había erigido una estatua de plata de la emperatriz; los juegos públicos celebrados con motivo de la dedicación de la estatua perturbaron la liturgia y produjeron desórdenes y manifestaciones supersticiosas. Crisóstomo había predicado frecuentemente contra los espectáculos licenciosos. En esta ocasión, habían tenido lugar en un sitio que los hacía todavía más inexcusables. Para que nadie pudiera acusarle de que aprobase el abuso tácitamente, el santo obispo habló atacando los espectáculos con la libertad y el valor que le caracterizaban. La vanidosa emperatriz tomó esto como un ataque personal, y volvió a convocar a los enemigos de San Juan. Teófilo no se atrevió a acudir, pero envió a tres legados. Este nuevo conciliábulo apeló a ciertos cánones de un concilio arriano de Antioquía contra San Atanasio, que mandaba que ningún obispo que hubiese sido dispuesto por un sínodo pudiese volver a tomar posesión de su sede, sino por decreto de otro sínodo. Arcadio ordenó al santo que se retirara de su diócesis, pero éste se negó a abandonar el rebaño que Dios le había confiado, a no ser por la fuerza. El emperador mandó que sus tropas echasen a los fieles fuera de las iglesias el Sábado Santo. Los templos fueron profanados con el derramamiento de sangre y se produjeron otros ultrajes. El santo escribió al Papa San Inocencio I, rogándole que invalidase las órdenes del emperador, que eran notoriamente injustas. También escribió a otros obispos del occidente pidiéndoles su apoyo. El Papa escribió a Teófilo exhortándole a comparecer ante un concilio que debía dictar la sentencia, de acuerdo con los cánones de Nicea. Igualmente dirigió algunas cartas a San Juan Crisóstomo, a sus fieles y algunos de sus amigos, con la esperanza de que el nuevo concilio lo arreglaría todo. Lo mismo hizo Honorio, emperador del occidente. Pero Arcadio y Eudoxia lograron impedir que el concilio se reuniese, pues Teófilo y otros cabecillas de su facción temían la sentencia.

Crisóstomo solamente pudo permanecer en Constantinopla hasta dos meses después de la Pascua. El miércoles de Pentecostés, el emperador firmó la orden de destierro. El santo se despidió de los obispos que le habían permanecido fieles y de Santa Olimpia y las demás diaconisas, que estaban desoladas al verle partir, y abandonó sus diócesis furtivamente para evitar una sedición. Llegó a Nicea de Bitinia el 20 de junio de 404. Después de su partida, un incendio consumió la basílica y el senado de Constantinopla. Muchos de los partidarios del santo obispo fueron torturados para que descubrieran a los causantes del incendio, pero no se consiguió averiguar nada. El emperador determinó que San Juan Crisóstomo permaneciese en Cucuso, pequeña aldea de las montañas de Armenia. El santo partió de Nicea en julio, y debió sufrir mucho a causa del calor, la fatiga y la brutalidad de los soldados. Después de setenta días de viaje, llegó a Cucuso, donde el obispo del lugar y todo el pueblo cristiano rivalizaron en las muestras de respeto y cariño que le prodigaron. Han llegado hasta nosotros las cartas que San Juan Crisóstomo escribió desde el destierro a Santa Olimpia y a otras personas, así como el tratado que dedicó a dicha santa: Que nadie puede hacer daño a aquél que no se hace daño a sí mismo.”

Entretanto, el Papa Inocencio y el emperador Honorio habían enviado cinco obispos a Constantinopla para preparar el concilio, exigiendo al mismo tiempo que el santo continuase en el gobierno de su diócesis, hasta ser juzgado. Pero dichos obispos fueron hechos prisioneros en Tracia, pues el partido de Teófilo sabía muy bien que el concilio los condenaría. Los partidarios de Teófilo consiguieron también que el emperador desterrase a San Juan a Pitio, un lugar todavía más lejano en el extremo oriental del Mar Negro. Dos oficiales partieron con el encargo de conducirle hasta allá. Uno de ellos conservaba todavía un resto de compasión humana, pero el otro era incapaz de dirigirse al obispo en términos correctos. El viaje fue extremadamente penoso, ya que el calor hacía sufrir mucho al anciano obispo, y los oficiales imperiales le obligaban a marchar en las horas de sol abrazador. Al pasar por Comana de Capadocia, el santo iba ya muy enfermo. Esto no obstante, los oficiales le obligaron a arrastrarse hasta la capilla de San Basilisco, unos diez kilómetros más lejos. Durante la noche, San Basilisco se apareció a San Juan y le dijo: “Animo, hermano mío, que mañana estaremos juntos.” Al día siguiente, sintiéndose exhausto y muy enfermo, el obispo rogó a los oficiales que le dejasen reposar un poco mías. Estos se rehusaron a concederle esa gracia. Apenas habían caminando siete kilómetros, vieron que el obispo estaba entrando en agonía y le condujeron de nuevo a la capilla. Ahí el clero le revistió los ornamentos episcopales, y el santo recibió los últimos sacramentos. Pocas horas más tarde, pronunció sus últimas palabras: “Sea dada la gloria a Dios por todo,” y entregó su alma. Era el día de la Santa Cruz, 14 de septiembre de 407.

Al año siguiente, el cuerpo de San Juan Crisóstomo fue trasladado a Constantinopla. El emperador Teodosio II y su hermana Santa Pulqueria acompañaron en posesión el cadáver junto con el arzobispo San Patroclo, pidiendo perdón por los pecados de sus padres, que tan ciegamente habían perseguido al siervo de Dios. El cuerpo del santo fue depositado en la iglesia de los Apóstoles el 27 de enero, fecha en que se conmemora en occidente. En oriente su fiesta se celebra el 13 de noviembre y otros días. En la iglesia bizantina, San Juan Crisóstomo es uno de los tres Santos Patriarcas y Doctores Universales; los otros dos son San Basilio y San Gregorio Nazianceno. La Iglesia de occidente cuenta también a San Atanasio en el grupo de los grandes doctores griegos.

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/santos_juliania.htm#_Toc28073185)

 


Dijo el padre Antonio aún: “Nadie, si no es tentado, puede entrar en el reino de los cielos; de echo — dice — quita las tentaciones, y nadie se salva.”

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto


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“También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir” (Juan 10:9-16)

السيد يسوع المسيح الراعي ( Cristo el Buen Pastor), icono, Monasterio Santa Demiana, Egipto

السيد يسوع المسيح الراعي ( Cristo el Buen Pastor), icono, Monasterio Santa Demiana, Egipto

Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.


El Camino al Reino del Cielo

Introducción, por San Inocencio, obispo de Alaska (Originalmente escrito en el idioma las islas Aleutianas, Alaska, 1833)

    Los hombres no fuimos creados para vivir en la tierra, como los animales que desaparecen después de su muerte, sino con el único fin de vivir con Dios no por cien ni por mil años sino eternamente.

    Cada hombre busca naturalmente la felicidad. Esta tendencia nos fue implantada por El Mismo Creador y por lo tanto no es pecaminosa. Pero es menester saber que aquí, en nuestra vida temporal, es imposible encontrar la felicidad completa pues ésta se encuentra en Dios y no se puede hallar fuera de Dios. Sólo Aquél que es el Bien Supremo y Fuente de toda la vida puede saciar toda la sed de nuestra alma y darnos la alegría superior.

    Los bienes materiales no nos pueden satisfacer totalmente. Debemos saber que todo aquello que deseamos nos gusta sólo mientras no lo tenemos y cuando finalmente lo conseguimos no tarda en aburrirnos. El ejemplo más notable de esto es el del rey Solomon que era tan rico que toda la vajilla en sus palacios era de oro puro. Era tan sabio que reyes y personas de países lejanos venían sólo a escucharlo. Tenía tanta gloria que sus rivales temían su nombre. Él podía satisfacer fácilmente cualquiera de sus deseos y parecía que no había nada que no tuviera o pudiera conseguir. Pero a pesar de todo esto Solomon hasta el fin de su vida no pudo conseguir la satisfacción total. Él describió sus búsquedas de muchos años y sus continuas desilusiones en el “Libro de Eclesiastés” que terminó con la siguiente frase: “¡Todo en el mundo es vanidad y aflicción del espíritu!”

    A semejante convicción llegaron también muchos otros sabios y exitosos de la vida. Por lo visto, en la profundidad de nuestro subconsciente hay algo que nos hace recordar que somos pasajeros en la tierra y que el auténtico bienestar no está en esta vida sino en un mundo distinto, mejor llamado paraíso o Reino de los Cielos. Aunque un hombre fuera dueño de toda la tierra y de todo lo que hay en ella, se podría decir que esto lo mantendría ocupado sólo por un tiempo mientras que el alma inmortal, sedienta de comunicación personal con Dios, quedaría insatisfecha.

    Jesucristo, El Hijo de Dios, vino a este mundo para devolvernos la vida eterna y la felicidad verdadera perdidas. Él le hizo descubrir a la gente que todo su mal está en el pecado y que nadie puede vencer al mal en su persona ni acercarse a Dios con sus propios esfuerzos. El pecado asentado en nuestra naturaleza como una alta pared nos separa de Dios. Si el Hijo de Dios, por Su misericordia, no hubiera descendido a la tierra ni hubiera tomado nuestra naturaleza humana ni hubiera vencido con Su muerte al pecado toda la gente se habría perdido inexorablemente.

El Camino al Reino del Cielo, (tr. del ruso por Margarita E. C. Guisasola y Nicolas Vorobiev)

El libro completo en español se puede encontrar en http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/camino_al_reino.htm


San Inocencio (Rusia, Alaska, siglo XIX)

Conmemorado el 6 octubre

    Pintura por Mikhail Shankov

    Pintura por Mikhail Shankov

    El obispo Inocencio (Ivan Popov-Veniaminov antes de su vida monástica) nació en 1797 en el pueblo de Anchinsk en la provincia siberiana de Irkutsk. Perdió a su padre de niño y creció bajo el especial cuidado de Dios. Aprendió sólo a leer y a escribir y ya a los siete años leía perfectamente los Salmos y las Epístolas en la Liturgia. Los feligreses de su iglesia convencieron a la madre para que lo enviara a la escuela e Inocencio fue aceptado en el seminario de Irkutsk, costeado por el gobierno, donde se graduó con excelencia. Se casó en 1821 y fue consagrado sacerdote. En 1823 fue enviado como misionero a Alaska a donde fue con su esposa. Con una elevada abnegación y mucho éxito predicó las enseñanzas de Cristo entre los primitivos aleutianos. Compuso el primer alfabeto y la primera gramática para el idioma Aleutiano y tradujo varios libros de las Sagradas Escrituras, sermones y oficios al idioma aleutiano. Después de varios años en América Inocencio fue a San Petersburgo para obtener ayuda en su trabajo misionero. Mientras estaba allí se le notifica la noticia de la muerte de su señora e ingresa a la vida monástica. En 1840 es consagrado obispo y asignado al obispado de “Kamchatka, islas Kuriles e islas Aleutianas” y aumenta aún más su actividad misionera. Veintiocho años después es trasladado al obispado moscovita por el mismo Metropolitano. Fallece en 1879 y en febrero de 1994 fue canonizado como santo en la catedral “Alegría de los que sufren” de San Francisco junto con el arzobispo Nicolás, el apóstol de Japón.

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/camino_al_reino.htm)

“¡Mujer, he ahí tu hijo!” (Juan 19:25-27; 21:24-25)

Vue depuis la Croix(Vista desde la Cruz, James Tissot (francés, 1886-94)

Vue depuis la Croix (Vista desde la Cruz), James Tissot (francés, 1886-94)

Y junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, la mujer de Cleofas, y María Magdalena. Y cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo a quien El amaba que estaba allí cerca, dijo a su madre: ¡Mujer, he ahí tu hijo! Después dijo al discípulo:¡He ahí tu madre! Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su propia casa. Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que escribió esto, y sabemos que su testimonio es verdadero. Y hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, que si se escribieran en detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían.

 

 


 

Dormición del Santo Apóstol y Teólogo Juan el Evangelista

 

conmemorado el 26 de septiembre

 

Icon de San Prochoros y San Juan el Teólogo (Emmanuel Lambardos, 1602)

Icon de San Prochoros y San Juan el Teólogo (Emmanuel Lambardos, 1602)

El Apóstol y Evangelista Juan pasó los últimos años de su vida en un estricto ascetismo. En virtud de su avanzada edad –alrededor de los noventa y cinco años- la fuerza no le alcanzaba para predicar ampliamente la palabra de Dios, ni siquiera en los lugares cercanos a Éfeso. Por ese tiempo, instruía sólo a los obispos de la iglesia, a quienes alentaba a enseñar incansablemente el Evangelio a la gente y, especialmente, a vivir y predicar el mandamiento del amor. Cuando el Apóstol empezó a debilitarse más, según relata San Jerónimo, sus discípulos solían llevarlo a la iglesia, pero él ya no podía dar largos sermones; su enseñanza la centraba en la incesante repetición de “Hijitos, amaos los unos a los otros”. Un día cuando sus discípulos le preguntaron porqué repetía esto sin cesar, San Juan les respondió con las siguientes palabras: “Este es el mandato del Señor, y si vosotros lo cumplen, ello bastará”.

Prócoro, uno de los siete diáconos elegidos por los Apóstoles, nos relata el descanso de San Juan el Teólogo: después de transcurrir 26 años desde que regresamos de la isla de Patmos a Efeso, Juan reunió a siete de sus discípulos (yo y otros seis) y nos dijo: “tomad las espadas en vuestras manos y seguidme”. Hicimos tal como nos lo ordenó y lo seguimos fuera de la ciudad hasta cierto lugar en donde nos mandó sentarnos. Luego se apartó un poco de nosotros a un sitio tranquilo y comenzó a orar. Era muy temprano; el sol todavía no había salido. Después de rezar nos dijo: “cavad con vuestras espadas una zanja en forma de cruz, del tamaño que yo tengo”. Así lo hicimos mientras él rezaba. Después de terminar su oración, se echó en la zanja y me dijo: “Prócoro, hijo mío, tu debes ir a Jerusalén; allí es donde terminarás tus días”. Luego nos dio instrucciones y nos abrazó, diciendo: “Tomad un poco de tierra madre y cubridme con ella”. Entonces lo volvimos a abrazar y tomando un poco de tierra lo cubrimos sólo hasta las rodillas. Una vez más él nos abrazó diciendo: “Tomad más tierra y cubridme hasta el cuello y colocad un velo delgado sobre mi rostro y abrazadme de nuevo por última vez porque vosotros ya no me veréis más en esta vida”. Volvimos a abrazarlo llenos de pesar, lamentándonos amargamente, mientras él nos despedía en paz. Justo cuando el sol acababa de salir él entregó su espíritu.

De acuerdo con San Jerónimo el Apóstol y Evangelista se durmió en el año 101 d.C., es decir, 68 años después de la Pasión y Resurrección del Señor, lo cual lo confirman también Clemente de Alejandría e Ireneo y muchos otros Padres de la Iglesia.

– Arzobispado Ortodoxo Antioqueno en Argentina
(http://www.acoantioquena.com/content/dormición-del-santo-apóstol-y-teólogo-juan-el-evangelista)

“Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que Yo soy” (Juan 8:21-30)

Iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz, Druhobych, Ucrania (siglo XVI)

Iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz, Druhobych, Ucrania (siglo XVI)

Entonces les dijo de nuevo: Yo me voy, y Me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado; adonde Yo voy, vosotros no podéis ir. Por eso los judíos decían: ¿Acaso se va a suicidar, puesto que dice: “Adonde yo voy, vosotros no podéis ir”? Y Jesús les decía: Vosotros sois de abajo, Yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, Yo no soy de este mundo. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados. Entonces le decían: ¿Tú quién eres? Jesús les dijo: ¿Qué os he estado diciendo desde el principio? Tengo mucho que decir y juzgar de vosotros, pero el que Me envió es veraz; y Yo, las cosas que oí de El, éstas digo al mundo. No comprendieron que les hablaba del Padre. Por eso Jesús dijo: Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que Yo soy y que no hago nada por Mi cuenta, sino que hablo estas cosas como el Padre Me enseñó. Y El que Me envió está conmigo; no Me ha dejado solo, porque yo siempre hago lo que le agrada. Al hablar estas cosas, muchos creyeron en El.

 

Comentario por San Juan Crisostomo (siglo IV):


The Destruction of Jerusalem by the Romans (La Destrucción de Jerusalén por los Romanos), David Roberts (inglés, 1851)

The Destruction of Jerusalem by the Romans (La Destrucción de Jerusalén por los Romanos), David Roberts (inglés, 1851)

    Cuando levantéis al Hijo del hombre en alto, entonces conoceréis que Yo soy y que no hablo de Mí mismo, sino que trasmito el mensaje que me confió el Padre. Y el que me ha enviado está conmigo y el Padre no me ha dejado solo.

    Declara ahora cómo con toda razón les dijo: Precisamente el que os estoy declarando. ¡Hasta tal punto no atendían a lo que les decía!

    Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre. ¿Acaso no es lo que vosotros estáis esperando, o sea, que una vez quitado yo de en medio ya no os cause molestia? Pues bien, yo os digo: Entonces, sobre todo, conoceréis que Yo soy, por mi resurrección, por los milagros, por vuestra ruina [de Jerusalén][1]. Porque todo esto les demostraría su poder. Y no les dijo: “Entonces conoceréis quién soy”; sino “cuando viereis que nada me sucede con la muerte, entonces conoceréis que soy Yo. O sea, el Cristo, el Hijo de Dios que todo lo hago y que no soy contrario al Padre.”

    Por esto añade: “Y que trasmito el mensaje que me confió el Padre.” Conoceréis ambas cosas: mi poder y mi conformidad con el Padre. Porque la expresión: “Yo no hablo de Mí mismo, sino que trasmito el mensaje que me confió,” denota que tienen la misma substancia y que El nada habla fuera de lo que el Padre piensa. Como si dijera: “cuando perdáis vuestro culto y no podáis ya darlo a Dios según vuestras antiguas costumbres, entonces conoceréis que Me estoy vengando[2], indignado contra quienes no Me oyeron. Si yo fuera extraño y contrario a Dios, El no habría concebido contra vosotros una ira tan grande.”

    Lo mismo dice Isaías: Castigará a los impíos por su sepultura [Isaías 53:9, LXX]. Y David dice: Luego en Su ira les hablará [Salmo 2:5][3]. Y el mismo Jesús: Vuestra casa y templo quedará desierta [Mateo 23:38]. Lo mismo se indica en las parábolas: ¿Qué hará el dueño de la viña con aquellos agricultores? Como a perversos los hará perecer cruelmente [Mateo 21:40,41]. Advierte cómo siempre se expresa porque ellos no creían. Pero si afirma que los va a hacer perecer, como en efecto lo hará, pues dice: Traedlos acá y degolladlos en mi presencia?[Lucas 19:27] ¿por qué les dice que será obra no suya, sino del Padre? Para acomodarse a la rudeza de los judíos y al mismo tiempo honrar al Padre. Por esto no dijo: “Yo dejo desierta vuestra casa y templo”; sino que habló en forma impersonal diciendo: Será abandonada [Mateo 23:38]. Y cuando dice: ¿Cuántas veces he querido congregar a tus hijos, y no quisisteis? [Mateo 23:37] luego añade: Será abandonada. Con lo cual está indicando ser El el autor de la ruina. Como si les dijera: “Pues no os dejasteis persuadir para creer mediante los beneficios, por el castigo vendréis a conocer quién soy Yo.” [4]

Homilías Sobre el Evangelio de San Juan, Homilia LIII (tr. del griego por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

    [1] Los romanos destruyeron Jerusalén en el año 70 dC

    [2] Traducción alterna: “Me está vengando” [es decir, Dios el Padre está vengando]

    [3] Tanto la Septuaginta y el Texto Masorético dicen “en Su ira”, pero el padre Rafael escribió “en su favor” en su traducción. Tal vez un pequeño error.

    [4] La frase, “Yo Soy”, tiene un significado especial. La frase griega, egó eimi, se utilizó para traducir el tetragrámaton hebreo – las cuatro letras en el Antiguo Testamento que representan el nombre de Dios. Los que oyeron a Jesús habría entendido esto cuando usó la frase “Yo Soy”. Esta es una explicación de por qué los soldados que vinieron a arrestar a Jesús primero cayó a sus pies cuando Él les respondió: Entonces Judas, tomando la cohorte romana, y a varios alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allá con linternas, antorchas y armas. Jesús, pues, sabiendo todo lo que le iba a sobrevenir, salió y les dijo: ¿A quién buscáis? Ellos le respondieron: A Jesús el Nazareno. Él les dijo: Yo Soy. Y Judas, el que le entregaba, estaba con ellos. Y cuando El les dijo: Yo Soy, retrocedieron y cayeron a tierra [Juan 18:3-6].

Lectura para el Día de la Exaltación de la Cruz (Juan 19)

Entonces, cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, gritaron, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle, porque yo no encuentro ningún delito en El. Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según esa ley El debe morir, porque pretendió ser el Hijo de Dios. Entonces Pilato, cuando oyó estas palabras, se atemorizó aún más. Entró de nuevo al Pretorio y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato entonces le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte? Jesús respondió: Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba; por eso el que me entregó a ti tiene mayor pecado.

Entonces Pilato, cuando oyó estas palabras, sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en un lugar llamado el Empedrado, y en hebreo Gabata. Y era el día de la preparación para la Pascua; era como la hora sexta. Y Pilato dijo a los judíos: He aquí vuestro Rey. Entonces ellos gritaron: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: ¿He de crucificar a vuestro Rey? Los principales sacerdotes respondieron: No tenemos más rey que el César. Así que entonces le entregó a ellos para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y El salió cargando su cruz al sitio llamado el Lugar de la Calavera, que en hebreo se dice Gólgota, donde le crucificaron, y con El a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio. Pilato también escribió un letrero y lo puso sobre la cruz. Y estaba escrito: JESUS EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDIOS. Entonces muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, en latín y en griego.

Por eso los soldados hicieron esto. Y junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, la mujer de Cleofas, y María Magdalena. Y cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo a quien El amaba que estaba allí cerca, dijo a su madre: ¡Mujer, he ahí tu hijo! Después dijo al discípulo: ¡He ahí tu madre! Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su propia casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed.

Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de preparación para la Pascua, a fin de que los cuerpos no se quedaran en la cruz el día de reposo (porque ese día de reposo era muy solemne), pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y se los llevaran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero, y también las del otro que había sido crucificado con Jesús; pero cuando llegaron a Jesús, como vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua. Y el que lo ha visto ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis.

 

Esta es la lectura de la antigua Iglesia por este día – el día de la Exaltación de la Preciosa y Vivificadora Cruz.  La historia de este día:

En el tiempo en que los cristianos eran perseguidos, el rey Constantino, mientras se preparaba para enfrentar a su enemigo Macendio y entrar a Roma, vio en el cielo la señal de la Cruz Dadora de Vida en la que se leía esta frase:“con esta señal vencerás”. Y es así que decidió adoptarla como símbolo para su ejército. Como sabemos, Constantino triunfó y fue coronado nuevo Emperador. En el vigésimo aniversario de su reinado, Constantino envió un grupo encabezado por su madre, Santa Elena, a Tierra Santa para que buscaran el mismo madero de la Cruz en la que había sido puesto nuestro Señor. Llegando a Tierra Santa, el grupo averiguó que, según lo dicho entre la gente, la Cruz había sido enterrada bajo el templo de Venus, construido por el emperador Adriano en el siglo II después de Cristo. Iniciaron, pues, las excavaciones hasta que encontraron no una sino tres cruces. Elena, perpleja ante aquel acontecimiento, se preguntaba cuál sería la Cruz de Cristo. Mientras esto ocurría, cerca de allí pasaba una marcha fúnebre. El obispo de Jerusalén, llamado Macario, se aproximó a la caravana pidiendo que se detuvieran. Ordenó que se llevaran las tres cruces y que se tocara al cadáver con estas, una por una. En cuanto una de las tres tocó al difunto, volvió a la vida inmediatamente. Cuando todos vieron esto no hubo más que preguntar: la Cruz de Cristo había sido encontrada. Macario, entonces, levantó la Cruz con ambas manos bendiciendo al pueblo que exclamó a una sola voz: Señor ten piedad. Desde entonces los padres decidieron que el 14 de septiembre fuera la fecha para festejar la exaltación de la preciosa y vivificadora Cruz en todas las iglesias. Casi 300 años después, en el 614, el rey persa Quisro conquistó Jerusalén y una de las cosas que hizo fue apoderarse de la Cruz, y llevarla a su capital llamada “Al-madáen”. Allí estuvo 14 años hasta que fue recuperada por el rey Heráclito. Celebramos esta fiesta no solo por haber encontrado el madero de la santa Cruz, ni solo su elevación o su recuperación, sino también por lo que se hizo por medio del madero: por la Cruz “vino la alegría a todo el mundo”, y por ella el Señor ha elevado “la naturaleza caída de Adán.” Por el madero se cumplió la voluntad divina. (Arzobispado Ortodoxo Antioqueno en Argentina)