De la Mansedumbre y la Ira

Consejo del monje sirio, Juan Clímaco (siglo VII)

1. Así como el agua arrojada poco a poco sobre el fuego termina por extinguirlo, así las lágrimas de una verdadera aflicción extinguen todas las llamas de la cólera y el furor. Por eso es conveniente que, habiendo tratado ya del llanto, tratemos ahora de 1? mortificación de la ira, que es el efecto que sigue a esta causa.

2. Mortificación perfecta de la ira es un insaciable deseo de desprecios e ignominias, así como por el contrario la ambición es un apetito insaciable de honras y alabanzas. De modo que así como la ira es apetito de venganza, así la perfecta mortificación de la ira es victoria y señorío de la naturaleza, virtud esta que se alcanza con grandes sudores y batallas.

3. Mansedumbre es un estado constante e inmutable del alma, que persevera de una misma manera ante vituperios y alabanzas, entre la buena y la mala fama.

4. El principio de la mortificación de la ira consiste en cerrar la boca estando el corazón turbado; el progreso está marcado por el silencio de los pensamientos ante todas las turbaciones; y su perfección reside en la imperturbable serenidad del alma frente al soplo de todos los vientos impuros.

5. Ira es la disposición para el odio secreto, la cual procede del recuerdo de las injurias, arraigada en el corazón. Ira es deseo de hacer mal a quien nos ofendió.

6. Furia es un fuego arrebatador, un movimiento del corazón que dura poco.

7. Amargura del corazón es una desabrida pasión que se instala en el alma.

8. Furor es una inestabilidad del humor y una deformidad del alma que descompone y desordena todo el hombre, dentro y fuera de sí.

9. Así como cuando sale el sol huyen las tinieblas, así, cuando comienza a cundir y a expandirse el suavísimo olor de la humildad, se destiefra todo furor y toda amargura.

10. Algunos, que están muy sujetos a esta pasión, son negligentes para curarla, sin entender aquellas palabras de la Escritura que dicen: “El momento de su ira, es el de su caída.”

11/12. Así como la piedra del molino muele más trigo en un momento que la mano en un día, así esta furiosa pasión puede hacer más daño en un momento que otras en mucho tiempo. Así, vemos que un fuego soplado por grandes vientos, cuando se suelta en el campo, hace mayor daño que otro pequeño aunque dure más tiempo. Por lo cual conviene poner gran recaudo en tan desaforada pasión.

13. También debéis saber, hermanos, que algunas veces los demonios se esconden y astutamente dejan de tentarnos, para que nos descuidemos y nos tornemos negligentes con el ocio y la falsa seguridad; y para que habituándonos a esta vida floja y descuidada, venga a ser incurable nuestro mal.

14. Así como una piedra llena de aristas, si se la envuelve y refriega con otras piedras, se despunta y se suaviza y pierde aquella aspereza y los filos que tenía, así también el hombre áspero y airado, si se junta con otros hombres ásperos, y vive en compañía de ellos, ha de terminar en una de dos cosas: o por el uso y el ejercicio del sufrimiento vendrá a despuntarse, a amansarse y a perder los filos y asperezas de la ira; o al menos, buscando el remedio huyendo de las ocasiones del mal, esta huida le servirá de espejo en que verá más claro su debilidad, y con esto ganará en humildad de corazón.

15. Un hombre irascible es un endemoniado voluntario, el cual tomado por la pasión del furor, contra su voluntad cae y se hace pedazos. Y digo, contra su voluntad, porque el furor de la pasión, cuanto disminuye el uso de la razón, tanto impide la libertad de la voluntad.

16. Ninguna cosa conviene menos a los penitentes que el furor de la ira, porque la conversión ha de estar acompañada por la máxima humildad, y este furor es máximo argumento de soberbia.

17. Si es cierto que el término de la suprema humildad es no alterarse teniendo presente al que nos ofendió, sino antes amarlo con sosegado y quieto corazón; así también es cierto que el término del furor será embravecernos con palabras y gestos furiosos contra aquél que nos ofendió.

18. Si el Espíritu Santo es llamado la paz del alma, y la ira es su perturbación, con razón también se dirá que una de las cosas que más cierran la puerta al Espíritu Santo, y que más rápidamente le hacen huir después de venido, es esta pasión.

19. Muchos y crueles son los hijos de la ira; uno de ellos, sin embargo, (aunque adúltero y malo) ocasionalmente vino a ser provechoso. Porque vi algunos que habiéndose enfurecido con la pasión de la ira, y vomitando la causa del furor que hacía muchos días habían concebido en sus entrañas, acaeció que se curaron cuando el que los ofendiera (entendida la causa de su indignación) los aplacó con penitencia, y dándoles satisfacción con humildad. Y de este modo, lo que el furor había dañado, la humildad y la mansedumbre lo remediaron, conforme a lo que está escrito: “El varón airado levanta las contiendas, y el sufrido las apaga después de levantadas” (Cf. Prov. 14:17) y en otro lugar: “La respuesta blanda calma la ira; una palabra áspera enciende la cólera” (Prov. 15:1).

20. Vi también algunos que mostrando por fuera una aparente longanimidad y mansedumbre, llevaban arraigado el recuerdo de la injuria en lo íntimo de su corazón, a los cuales tuve por peores que los que manifiestamente estaban furiosos, pues así oscurecían la blanca paloma de la simplicidad y de la mansedumbre con malicioso disimulo.

21. Es conveniente, entonces, armarnos con gran cuidado contra esta serpiente de la ira, pues ella tiene por ayudantes a nuestra propia naturaleza y a la injuria.

22. He visto algunos que por estar inflamados con el furor de la ira, de puro enojo dejaban de comer, los cuales ninguna otra cosa hacían con esta desaforada abstinencia sino añadir un veneno a otro veneno. Vi también a otros que al ser tomados por esta pasión, encontraron ocasión para entregarse a los deleites de la gula, procurando en ella el consuelo que no podían hallar en la venganza. Lo cual no fue otra cosa que de un despeñadero caer en otro. Y vi a otros más prudentes que como sabios médicos templaron lo uno con lo otro, tomando la refección más moderada, ayudándose con esta natural consolación juntamente con la razón, para despedir de sí la pasión. De donde sacaron mucho fruto, aprendiendo a regirse de allí en adelante, y a no entregarse a la ira.

23. También el canto y la suave melodía de los Salmos amansan el furor, como lo hacía la música de David cuando era atormentado Saúl. Asimismo el deseo y el gusto de las consolaciones divinas destierran del alma toda amargura y furor, así como también destierra (el deseo de) las consolaciones y de los deleites sensuales; porque no menos aprovecha este gusto celestial contra el .furor de la ira que contra los deleites de la carne, de los cuales muchas veces el furioso no quiere gozar por mantenerse en su pasión. Conviene también para esto tener perfectamente ordenado y repartido nuestro tiempo, y determinado lo que hemos de hacer en cada momento, para que de este modo no encuentre lugar en nosotros la ociosidad y el hastío por las cosas espirituales, que dan entrada al enemigo.

24. Estando yo por otro asunto durante un cierto tiempo junto a la celda de unos solitarios, oí que estaban altercando entre sí como urracas, con gran furor y saña, enfureciéndose contra una tercera persona que los había ofendido, y riñen-do con ella cual si estuviera presente. Yo los amonesté fiel y caritativamente, instándolos a que no viviesen más en soledad si no querían de hombres hacerse demonios, tornándose crueles y pudriéndose entre sí con semejantes pasiones. Vi también otros, amigos de comer, de beber, y de regalos, los cuales por otra parte parecían blandos, amorosos y mansos de condición (como algunas veces suele suceder con los tales) por lo que habían alcanzado renombre de santidad. A estos, por el contrario, les aconsejé que se pasasen a la soledad — que como una navaja suele cortar todas las ocasiones propicias a estos deleites y regalos — , si no querían, de criaturas racionales hacerse brutos, dándose a vicios que son propios de ellos.

25. Otros vi más miserables que éstos, que ni cabían en la compañía ni en la soledad, a los cuales aconsejé que de ningún modo se gobernasen a sí mismos; y a sus maestros benignamente sugerí que condescendiesen con ellos, dejándolos a tiempos en la soledad y a tiempos en la compañía, y ocupándose ya en unos ejercicios ya en otros, y con la condición de que, baja la cerviz, en todo y por todo, obedeciesen a su director.

26. El que es amigo de deleites se hace daño a sí mismo, y puede hacerlo a otro con su mal ejemplo; mas el furioso y airado, a manera de lobo, muchas veces perturba a toda la manada, y revuelve toda una comunidad, hiriendo y mordiendo muchas almas. Cosa grave es llevar el corazón turbado por la ira, según se quejaba el Profeta cuando decía: “Se turbaron con el furor mis ojos” (Cf. Sal. 6:8). Pero más grave cosa es cuando a la turbación del corazón se añade la aspereza de las palabras. Y muchísimo más grave es, y muy contrario a la vida monástica, y angélica, y divina, es querer satisfacer con las manos al furor.

27. Si quieres quitar la paja del ojo del otro, o te parece a ti que la quieres quitar, no la quites con una viga en la mano sino con un instrumento más delicado. Quiero decir: no quieras curar el vicio del prójimo con palabras injuriosas y gestos desagradables, sino con suave y mansa reprensión. Porque el Apóstol no dijo a su hijo Timoteo: “azota y hiere,” sino “arguye, ruega y reprende con toda paciencia y doctrina” (Cf. 2 Tim. 4). Y si fuera necesario castigo de manos, que sea pocas veces, y no lo debes hacer por ti, sino por mano ajena.

28. Si observamos atentamente, veremos algunos que siendo muy propensos a la ira, son por otra parte muy dados al ayuno, a las vigilias y al recogimiento, todo lo cual es obra de la astucia del demonio, que bajo el color de la penitencia y el llanto les lleva a cumplir estos ejercicios desordenadamente, llenándose de melancolía y acrecentando el furor.

29. Si un lobo, como ya dijimos, ayudado por el demonio, basta para revolver y destrozar todo un rebaño, también un religioso muy discreto, como un vaso de óleo, ayudado por el Ángel bueno, mudará la furia de la tempestad en serena tranquilidad y pondrá el navío a salvo. Y siendo de este modo ejemplo de todos, recibirá de Dios tan gran corona por esta pacificación como gran castigo recibirá el otro por aquella perturbación.

30. El principio de este bienaventurado sufrimiento consiste en sufrir ignominias con dolor y amargura en el alma; el medio, en sufrirlas sin esta tristeza y sin esta amargura; y el fin, en tenerlas por suma gloria y alabanza. Gózate tú en el primer grado, y alégrate mucho más en el segundo; mas tente por dichoso y bienaventurado en el tercero, pues te alegras en el Señor.

31. Noté una vez una cosa miserable en los que están sujetos a la ira, la cual les procedía de una secreta soberbia. Porque habiéndose airado en una oportunidad, venían después a mirarse al verse vencidos por la ira; y mucho me asombro de ver cómo enmendaban una caída con otra caída, y tuve mucha lástima de ellos, viendo como perseguían un pecado con otro pecado. Y tanto me espanté ante la gran astucia de los demonios, que faltó poco para desesperar de mi propio remedio.

32. Si alguno al verse vencido cada día por la soberbia, por la malicia y por la hipocresía, desea tomar las armas de la mansedumbre y de la paciencia contra estos vicios, que trabaje por ingresar en algún monasterio como quien entra en una lavandería; y si quiere ser perfectamente curado, busque la compañía de los monjes más rigurosos y rudos que hallare, para que siendo allí humillado y probado con injurias, y trabajos, y disciplinas, y pisado y acosado por aquéllos, quede su alma como un paño batanado y limpio de todas las inmundicias de pecados que tenía. Y no es mucho decir que las injurias y los oprobios son como un lavadero espiritual para las almas, pues también en el lenguaje común se dice, cuando hemos injuriado a uno, que lo hemos enjabonado muy bien.

33. Una es la mortificación de la ira que procede del dolor y la penitencia de los principiantes, y otra es la de los perfectos; porque en la primera ella está atada con la virtud de las lágrimas como con un freno, pero en la segunda es como una serpiente degollada con un gran cuchillo, o sea con la tranquilidad del alma, que cual reina y señora tiene sojuzgada todas las pasiones.

34. Vi yo una vez tres monjes que habían sido ofendidos e injuriados, de los cuales, uno reprimía la ira del corazón con el silencio de las palabras; el otro se alegraba en lo que a él concernía, aunque se dolía por la culpa del ofensor; mas el otro, sin considerar otra cosa más que el daño de su prójimo, derramaba muchas lágrimas. Y así era muy dulce espectáculo contemplar a estos tres santos obreros espirituales: a uno de los cuales movía el temor de Dios, al otro el deseo de recompensa, y al otro solamente la sincera y perfecta caridad.

35. Así como la fiebre de los cuerpos enfermos, siendo una no procede de una sola causa, sino de muchas y diversas, así el ardor y el movimiento de la ira — como en las otras pasiones — procederá también de muchas causas. No será conveniente, entonces, señalar una sola regla para cosas tan variadas. Por tal razón doy por consejo que cada uno ordene la medicina conforme a la disposición del enfermo. Según esto, el primer paso del tratamiento será que cada cual se esfuerce por entender la causa de su pasión; y cuando ella hubiera sido hallada, las enfermedades recibirán, de la Providencia de Dios y de sus médicos espirituales, el remedio eficaz.

36. Según esto, los que deseen filosofar con nosotros sobre esta materia, penetren en un tribunal semejante al que se usa en el mundo, donde los jueces examinan y sentencian a los reos, y allí procuren inquirir las causas y efectos de las pasiones y el remedio para ellas. Que el tirano de la cólera sea atado con las cuerdas de la mansedumbre, azotado con la paciencia, por la caridad presentado ante el tribunal de la razón mientras le son hechas estas preguntas: “Dinos, insensato e imprudente, los nombres de los padres que te engendraron y los de tus malvados hijas e hijos, y no solamente esos sino indícanos también quiénes son los que te combaten y te matan.” A esto, creemos nosotros que la cólera nos responderá: “Numerosos son los que me han engendrado, yo tengo más de un padre. Mis madres son la vanagloria, el amor al dinero, la gula y muchas veces la lujuria. El nombre de mi padre es ostentación. Mis hijos son el rencor, la enemistad, la tozudez, el desamor. En cuanto a mis adversarios, los que ahora me tienen preso, son la mansedumbre y la dulzura; y aquella que me tiende la trampa se llama humildad y si deseáis saber quien es su padre, preguntádselo a ella misma.

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