“… y mandó matar a todos los niños que había en Belén …” (Mateo 2:13-23)

Le massacre des innocents, Paul Rubens (1611-12)

Le massacre des innocents, Paul Rubens (1611-12)

Después de haberse marchado ellos, un ángel del Señor se le apareció a José en sueños, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te diga; porque Herodes va a buscar al niño para matarle. Y él, levantándose, tomó de noche al niño y a su madre, y se trasladó a Egipto; y estuvo allá hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor habló por medio del profeta, diciendo: DE EGIPTO LLAME A MI HIJO.

Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció en gran manera, y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en todos sus alrededores, de dos años para abajo, según el tiempo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por medio del profeta Jeremías, cuando dijo:

SE OYO UNA VOZ EN RAMA, LLANTO Y GRAN LAMENTACION; RAQUEL QUE LLORA A SUS HIJOS, Y QUE NO QUISO SER CONSOLADA PORQUE ya NO EXISTEN.

Pero cuando murió Herodes, he aquí, un ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel, porque los que atentaban contra la vida del niño han muerto. Y él, levantándose, tomó al niño y a su madre, y vino a la tierra de Israel. Pero cuando oyó que Arquelao reinaba sobre Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá; y advertido por Dios en sueños, partió para la región de Galilea; y llegó y habitó en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo que fue dicho por medio de los profetas: Será llamado Nazareno.

 

La Bibila de Las Americas

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
2:7-23

 


Comentario

Entonces Herodes, viéndose burlado por los magos, se irritó sobremanera y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos, de dos años para abajo, según el tiempo que con diligencia había inquirido de los magos [Mateo 2:16].

POR CIERTO, no convenía que él se irritara, sino más bien que temiera y se retrajera, y que entendiera que andaba intentando una empresa que no podría llevar a buen término. Pero no se detiene. Cuando el ánimo es malvado y no admite que se le cure, de nada sirve la medicina que Dios le apronta. Observa cómo insiste en sus propósitos y juntando muertes a muertes, mira cómo se arroja a toda clase de precipicios. Como si un demonio lo hiriera con esa envidia y furor, nada lo detiene, sino que se encoleriza contra la misma naturaleza; y la ira que había concebido contra los magos porque lo burlaron, la descarga sobre niños inocentes, empeñado allá en Palestina en un crimen parecido al que en otro tiempo se cometió en Egipto. Porque dice: Mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos, de dos años abajo, según el tiempo que cuidadosamente había inquirido de los magos.

Poned ahora diligente atención. Muchos hacen bromas acerca de estos niños, al mismo tiempo que representan la injusticia de lo hecho. Otros proponen sus dudas acerca de este punto con mayor modestia, otros con mayor audacia y aun con ira. Pues bien, para librar a unos de su locura y a otros de sus dudas, escuchadnos mientras discurrimos brevemente sobre el asunto. Si alegan que en realidad se descuidó la matanza de los niños, también deben acusar de negligencia a los soldados que custodiaban a Pedro [Hechos 12:19]. Pues del mismo modo que en este pasaje, por un niño que se escapa son castigados otros niños en vez del que se buscaba, así cuando Pedro fue librado de la cárcel y de las cadenas por el ángel, otro tirano, semejante al de este pasaje por el nombre y por las costumbres, lo buscó; y al no encontrarlo en su lugar dio muerte a los guardias que lo custodiaban.

Dirás: ¿A qué viene esto? ¡no es solución! ¡Más bien agrava la cuestión! Bien lo veo. Por eso expongo de una vez todo para dar luego una solución única. ¿Cuál es? ¿Qué solución que tenga probabilidad podemos presenciar? Que Cristo no fue la causa de la muerte de los inocentes, sino la crueldad del rey; del mismo modo que en el otro caso, tampoco lo fue Pedro para la muerte de los soldados, sino el furor loco de Herodes. Si éste hubiera visto taladrados los muros y derribadas las puertas, tal vez con derecho habría podido acusar de negligencia a los guardias que custodiaban al apóstol. Pero todo estaba intacto; las puertas estaban cerradas; las cadenas atadas a las manos de los guardias (pues había otros atados juntamente con Pedro). De manera que por estos indicios bien se podía pensar, si rectamente juzgaba, que había intervenido un poder no humano y de ningún modo un fraude; y que lo sucedido provenía de un poder maravilloso y divino; y así adorar a quien tal prodigio había hecho, en vez de dar muerte a los guardias. Dios de tal manera se había manejado que de nada sirvieran los guardias; y que más bien por medio de ellos llevara a Herodes al conocimiento de la verdad.

Si Herodes fue desagradecido y malvado ¿qué se puede achacar al sabido médico de las almas que todo lo hacía para beneficio de aquel príncipe que sufría la enfermedad de la desobediencia? Pues lo mismo debe decirse en nuestro caso. ¡Oh Herodes! ¿Por qué, burlado de los magos, te irritas? ¿Acaso no sabías que aquel nacimiento era divino? ¿No convocaste tú mismo a los príncipes de los sacerdotes? ¿no congregaste a los escribas? ¿No adujeron ellos, una vez llamados, ante tu tribunal al profeta que de antiguo lo había predicho? ¿No caíste en la cuenta de cuan bien consonaba lo antiguo con lo nuevo? ¿No escuchaste que una estrella se hizo sierva de los magos? ¿No te impresionó la diligencia de aquellos bárbaros? ¿No te admiraste de su confianza y libertad en expresarse? ¿No sentiste escalofrío al escuchar la profecía? ¿No consideraste que lo presente no era sino una consecuencia de lo antecedente? ¿Por qué no reflexionaste por todas estas circunstancias en que todo aquello sucedía no por engaños de los magos, sino por la divina virtud que todo lo provenía, como es conveniente que ella lo prevenga? Pero, aun siendo burlado por los magos ¿qué tenía que ver eso con los niños que para nada te habían dañado?

Bien está eso, dirás. Bien has demostrado ser Herodes sanguinario y que no tiene defensa posible. Y sin embargo, aún no has resuelto la objeción sobre la injusticia del hecho. Pues si Herodes obraba injustamente ¿por qué lo permitió Dios? ¿Qué responderé? Responderé lo mismo que no ceso de repetir continuamente en la iglesia y en la plaza y en todas partes, y quiero que con diligencia atendáis a ello, puesto que trato de una regla que debe aplicarse a todas las cuestiones a ésta semejantes. ¿Cuál es esa regla y medida?

Muchos hay que hieren, nadie que sea herido. Para que este enigma no os conturbe, doy inmediatamente la solución. Las injurias que padecemos sin motivo de parte de otros hombres, Dios nos las toma en cuenta o para remisión de nuestros pecados o para premiarnos después. Para que lo dicho quede más claro, pongamos algunos ejemplos. Supongamos un criado que debe a su señor grandes sumas y que sus enemigos lo acometen hasta el punto de arrebatarle parte de sus bienes. Si el señor, que no podía haber impedido al ladrón, no le restituye al criado el dinero que a éste le robaron, pero en cambio se lo pone a la cuenta de lo que el criado le debía ¿quedará el siervo perjudicado? De ninguna manera. Pues ¿qué si el señor incluso le da una mayor cantidad de dinero? ¿Acaso en realidad el criado en vez de perder no ha salido ganando? Es claro para todo el mundo. Pues juzguemos del mismo modo cuando algo padezcamos.

Y que mediante nuestros sufrimientos o pagamos por nuestros pecados, o, si no somos reos de muchos pecados, recibimos más brillantes coronas, oye cómo lo dice Pablo, hablando de un fornicario: Entregad a ese tal a Satanás para ruina de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo [1 Corintios 5:5]. Dirás que esto no viene al caso, pues se trata de los que padecen injurias y no de quienes son corregidos por sus maestros. Tienes razón. No hay semejanza, pues tratábamos de la proposición que dice: En los sufrimientos ningún daño padece el que los sufre. Así pues, para hablar de otro caso que mucho más se acerca al nuestro, acuérdate de David, quien viendo a Semeí que lo perseguía y le lanzaba infinitos improperios, cuando los jefes del ejército querían matarlo, se lo impidió con estas palabras: Dejadlo que me maldiga, para que vea el Señor mi aflicción y me pagará con favores las maldiciones de hoy? Y en los salmos canta y dice: Mira cuan numerosos son mis enemigos. Me odian con un odio feroz. Perdona todos mis pecados? También el pobre Lázaro así alcanzó el descanso: por haber sufrido en esta vida males sin cuento. En conclusión, que los que parecen recibir daño, en realidad no lo reciben, con tal que sobrelleven todas las injurias con fortaleza. Más aún: alcanzan mayores ganancias, ya sea que Dios los pruebe o que el demonio los azote.

Dirás: pero ¿acaso los niños inocentes tenían algún pecado que pagar? Cualquiera lo afirmaría correctamente de quienes ya adultos han cometido muchas culpas. Pero ¿qué pecados pagaron con padecer semejante calamidad los que fueron arrebatados por una muerte tan prematura? Pues bien: ¿no me oísteis cuando dije que, aun cuando no haya pecado alguno, todavía les espera a los tales que han soportado esas aflicciones, un pago inmenso? ¿Qué daño recibieron esos niños muertos por tal motivo, puesto que al punto llegaron al puerto sin olas? Instarás que tal vez habrían hecho muchos bienes si hubieran vivido. Y sin embargo, no tendrían igual premio como habiendo muerto por el motivo por el que murieron. Dios no habría permitido que los niños murieran con muerte tan prematura si habían de llegar a ser tan excelentes en la virtud. Si a los que irán a vivir en tan grande perversidad con tanta paciencia los soporta, con mayor razón no permitiría que los otros fueran así arrancados de la vida si previera que llevarían a cabo, en caso de vivir, grandes hazañas en la virtud.

Esto es lo que queremos decir. Pero hay otras muchas razones y más oscuras, que conoce bien Aquel que así ordena los acontecimientos. Dejando, pues, en sus manos, esas profundas razones, por nuestra parte mantengámonos firmes en lo que sigue; y aprendamos por las ajenas desgracias a llevar todos los padecimientos con fortaleza. No fue pequeña la tragedia que entonces tuvo lugar en Belén, cuando los niños eran arrebatados del seno de sus madres y llevados a tan inicua muerte. Pero si todavía sientes pusilanimidad y no alcanzas tan alto grado de virtud, anímate oyendo cuál fue el fin y acabamiento del que tales crímenes cometió. Rápidamente le llegó el castigo de su maldad y sufrió el debido suplicio por crimen tan insigne: cerró su vida con una muerte más miserable que las que él había causado, aparte de sufrir otras muchas desgracias. Podéis conocerlas leyendo la historia que escribió Josefo. No hemos pensado oportuno el insertarla aquí, para no alargar nuestro discurso, ni cortar la serie de los sucesos que vamos explicando.

Entonces se cumplió la palabra del profeta Jeremías que dice: Una voz que se oye en Rama, lamentación y gemido grande: es Raquel que llora a sus hijos y rehúsa ser consolada, porque no existen. Tras de haber cubierto de horror al que lee con la narración de la violenta matanza, inicua y cruelísima, enseguida lo consuela enseñándole que tales cosas sucedieron no porque Dios no pudiera impedirlas o no las hubiera previsto; sino que las previo y aun de antemano las predijo por boca del profeta. En consecuencia, no te turbes demasiado ni te desanimes, contemplando su inefable providencia, que puede comprobarse así en lo que hace como en lo que permite. El mismo, en otro pasaje lo dio a entender, hablando con los discípulos. Gomo les hubiera anunciado los tribunales y que los condenarían a muerte y los combates del mundo y las luchas a muerte, finalmente los anima y los consuela diciéndoles: ¿No se venden dos pajaritos por un as? Sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos.

Les decía esto para darles a entender que nada se hace ignorándolo Dios; sino que todo lo sabe, aunque no todo lo hace. Les dice, pues: no os turbéis ni os impresionéis. Pues quien conoce lo que padecéis y puede impedirlo, sin duda que no lo impide precisamente porque tiene cuidado y providencia de vosotros. Esto mismo es necesario que pensemos en las tentaciones y sacaremos de ello grande consuelo. Pero ¿qué tiene de común Raquel con Belén?, preguntará tal vez alguno. Pues dice: Raquel que llora a sus hijos. Y lo mismo: ¿Qué tiene que ver Rama con Raquel? Raquel fue madre de Benjamín y a ella la sepultaron, tras de su muerte, en el hipódromo vecino a esa región. Y por estar vecino el sepulcro y en región que pertenecía por suerte a su hijo Benjamín, pues Rama era de la tribu de Benjamín, con razón el profeta, por el que fue cabeza de la tribu y por el sitio del sepulcro, llama a los niños asesinados hijos de Raquel.

A continuación demuestra que tan cruel herida no admitía remedio, cuando dice: Y rehúsa ser consolada porque no existen. Con lo cual nos enseña lo mismo que veníamos diciendo: que no conviene perturbarse porque los sucesos parezcan contrarios a las promesas divinas. Así cuando Cristo viene a salvar a su pueblo y aun a todo el mundo ¿cuáles son sus principios? La madre huye de su patria y es afligida por intolerables calamidades, se comete una acerbísima matanza y por todas partes se escuchan innumerables gemidos y llantos. Pero no te turbes. Suele llevar Dios su providencia por medios que parecen opuestos, dándonos por este camino la más grande prueba de su poder.

Y formó y educó a sus discípulos de manera que así lo llevaran todo a cabo: procurando las cosas por sus contrarios, a fin de que todo fuera más milagroso. Y así los discípulos azotados, echados de las ciudades, padeciendo penalidades infinitas, superaron a quienes los azotaban y expatriaban. Muerto ya Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate y toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel. Ya no le dice: huye; sino vete. ¿Adviertes el descanso después de la prueba? Porque José, vuelto después del destierro, regresó a su patria y pudo ver al matador de los niños inocentes muerto ya Mas, apenas vuelto a la patria, se encontró con las reliquias de los antiguos peligros. Porque vivía y reinaba un hijo del tirano. Preguntarás: ¿cómo fue que Arquelao reinara en Judea, siendo presidente Pilato? Estaba reciente la muerte de Herodes y su reino aún no se había dividido en varias porciones. Por muerte de Herodes, quedó con el mando su hijo. Mas porque el hermano de Arquelao también se llamaba Herodes, el evangelista distinguió y dijo: En lugar de su padre Herodes.

Pero si José temía ir a Judea a causa de Arquelao, le era necesario en Galilea temer a Herodes hijo. Sin embargo, una vez que José cambió de lugar, el negocio se dio al olvido, pues el asalto había sido contra Belén y sus términos. De manera que Arquelao, una vez concluida la matanza, pensó que todo había terminado y que aquel a quien él buscaba habría perecido entre los muchos que murieron. Por otra parte, habiendo visto cómo murió su padre, él se tornó un tanto moderado y no quiso continuar la persecución ni compartir en la perversidad. Así regresó José a Nazaret, tanto para huir del peligro, como para vivir en su amada patria.

Y para que más confiadamente procediera, recibió acerca de ello el oráculo de parte del ángel. Sin embargo, Lucas no dice que haya ido a Nazaret por fuerza del oráculo; sino que terminado lo de la Purificación, bajaron a Nazaret. ¿Qué decir a esto? Que Lucas lo dijo hablando del tiempo que precedió a la huida a Egipto. Porque no dice que fueron allá antes de la Purificación, a fin de que en nada se traspasara la Ley; sino que esperaron hasta que se llevara a cabo la Purificación y regresaran a Nazaret, y después fueran a Egipto. Ya vueltos de Egipto, dice que tornaron a Nazaret. La primera vez ningún oráculo les avisó que regresaran, sino que por propia voluntad fueron a su amada patria. No habiendo ido a Belén sino por motivo del censo y no habiendo encontrado sitio en el mesón para detenerse, apenas terminado el negocio se volvieron a Nazaret.

Ahora en cambio, el ángel los hace regresar a su casa, para que ahí se establezcan. Y esto no sin motivo, sino porque así estaba profetizado. Para que se cumpliera lo dicho por los profetas, que se llamaría Nazareno. ¿Cuál de los profetas dijo esto? No lo preguntes, ni lo examines con vana curiosidad. Muchos libros proféticos perecieron, como puede verse por los Paralipómenos. Descuidados eran los judíos y con frecuencia caían en la impiedad; y así unos libros se perdieron por su incuria, otros ellos mismos los quemaron o rompieron. De lo primero, cuenta Jeremías; de lo segundo el que escribió el Libro IV de los Reyes. Pues dice que después de mucho tiempo, apenas pudo encontrarse el Deuteronomio enterrado, que antes se había perdido. Y así desaparecieron muchos libros cuando los bárbaros no estaban encima y mucho más una vez que éstos se echaron sobre el pueblo judío. Por lo demás los apóstoles, apoyados en los profetas, con frecuencia llaman a Jesús el Nazareno.

Preguntarás si fue esto lo que hizo oscura la profecía sobre Belén. De ninguna manera. Al revés. Eso mismo excitaba y empujaba más a explorar lo que de Cristo se había anunciado. Así se acercó Natanael para inquirir y preguntó: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Pues se trataba de un pueblecito despreciable. Y aun toda Galilea era despreciada. Por eso decían los fariseos: Investiga y verás que de Galilea no ha salido profeta alguno. Pero Jesús no se avergüenza de ser llamado con el apelativo de su patria, demostrando así que no necesita de cosa alguna humana; y escoge sus discípulos en Galilea, quitando así todas las argucias y ocasiones a los que todavía quisieran ser perezosos; y demostrándonos al mismo tiempo cómo tampoco nosotros necesitamos de nada de las cosas exteriores, si nos damos a ejercitar la virtud. Por tal motivo, ni siquiera tuvo habitación, sino que dijo: El Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar su cabezal Y cuando Herodes lo persiguió con asechanzas, huyó; fue puesto en un pesebre; permanece en el mesón, elige una Madre pobre. Todo para enseñarnos que nada de eso lo estimemos vergonzoso, ya que él desde el principio pisotea el fausto humano; y nos ordena adherirnos no a otra cosa sino a la virtud.

¿Por qué, nos dice, te glorías de tu patria, cuando yo te ordeno que en toda la tierra seas peregrino? ¿cuándo sucede que tú puedas ser tal que todo el mundo no sea digno de ti? Tales cosas han de ser despreciadas en tal forma que ni a los filósofos griegos les parecen tener valor alguno, sino que las llaman extrañas y las tienen como ínfimas. Dirás que sin embargo Pablo se abraza con ellas cuando dice: Según la elección son amados a causa de sus padres. Sí. Pero dime a quiénes habla, cuándo y de quiénes. Porque trata ahí con los que se habían convertido de entre los gentiles y andaban soberbios e hinchados y se levantaban contra los judíos, y alegando ese motivo los discriminaban. De manera que propiamente reprimiendo su hinchazón los halaga y los excita a tener el mismo empeño que los judíos.

Tratando de aquellos grandes y fervorosos varones, oye cómo se expresa: Los que tales cosas dicen dan bien a entender que buscan la patria. Que si se acordaran de aquella de donde habían salido, tiempo tuvieron para volverse a ella. Pero deseaban otra mejor, esto es, la celestial? Y también ahí mismo: En la fe murieron todos sin recibir las promesas, pero viéndolas de lejos y saludándolas. Y el Bautista a quienes se acercaban, les decía: No queráis decir: tenemos por padre a Abrahán. Y de nuevo Pablo: Es que no todos los nacidos de Israel son Israel; ni todos los hijos de la carne son hijos de Dios. Y a la verdad a los hijos de Samuel que no heredaron las virtudes de su padre ¿de qué les sirvió la nobleza de éste? ¿Qué ganancia obtuvieron los hijos de Moisés, pues no imitaron su presteza en la virtud? No obtuvieron el mando después de él; sino que mientras ellos se gloriaban de su padre, la jefatura del pueblo pasó a otro varón, hijo de Moisés por la virtud.

¿En qué le estorbó a Timoteo el haber nacido de padre gentil y en cambio qué logró el hijo de Noé por la virtud de su padre? ¡De libre quedó convertido en esclavo! ¿Ves cómo la alteza del padre no es suficientemente idóneo patrocinio para el hijo? La perversidad de su propósito venció las leyes de la naturaleza, de manera que lo derrocó no sólo de la nobleza paterna, sino que además lo hizo esclavo. ¿Acaso Esaú no era hijo de Isaac y éste lo patrocinaba? Porque su padre cuidaba y procuraba que alcanzase las bendiciones y con el mismo objeto ejecutaba todo lo que su padre le ordenaba. Pero por ser malvado, ninguna utilidad reportó. Aun siendo el primogénito; aun favoreciéndolo en todo su padre, todo lo perdió porque Dios no le ayudaba. Mas ¿para qué traigo a la memoria a los hombres? Hijos de Dios fueron los judíos, pero de semejante nobleza ningún provecho sacaron.

De manera que aún cuando alguno sea hijo de Dios, si no demuestra una virtud correspondiente a tan alta nobleza, será más gravemente castigado. ¿Para qué vienes aquí a publicar la nobleza de tus antepasados? Y esto no sucede únicamente en el Antiguo Testamento, sino también en el Nuevo verás que sucede lo mismo. Porque dice: Mas a cuantos lo recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios. Y sin embargo, afirma Pablo que a muchos de esos hijos de nada les aprovechó semejante Padre: Si os circuncidáis, Cristo de nada os aprovechará. Pues si Cristo en nada aprovecha a quienes no quieren seguirlo ¿cómo les aprovechará el hombre?

En consecuencia, no nos vanagloriemos de la nobleza ni de las riquezas. Más aún: no tengamos aprecio alguno de los que se vanaglorian. Tampoco perdamos ánimo por causa de la pobreza, sino busquemos las riquezas que consisten en las buenas obras. Huyamos de la pobreza que nos arroje a la perversidad: esa con que aquel rico era pobre, ya que no logró ni siquiera una gota de agua, ni con grandes súplicas. Y eso que de entre nosotros ¿quién hay tan pobre que no tenga siquiera una gota de agua? ¡Nadie, en verdad! Aun los que desfallecen por una hambre extrema, pueden gozar de algunas gotas de agua; ni sólo de algunas gotas de agua, sino también de un refrigerio mejor. No así aquel rico, pues llegó a tal grado de pobreza que no logró encontrar el menor refrigerio posible.

Entonces ¿por qué anhelamos andar tras de las riquezas? ¡No pueden conducirnos al cielo! Dime: si un rey terreno proclamara que ningún rico podía brillar en su palacio ni disfrutar de ningún favor ¿acaso no todos al punto despreciaríais las riquezas y las arrojaríais allá lejos? Pues si las riquezas así nos apartaran de los honores en los palacios de la tierra, serían despreciadas. En cambio, clamando y diciendo día por día el Rey de los cielos que es difícil entrar a los sagrados atrios celestes cargados de riquezas ¿no renunciaremos a ellas para poder con libertad entrar suavemente en aquellos palacios? ¿De qué perdón seremos dignos si anhelosos nos abrazamos con las cosas que nos cierran la entrada aquella y las andamos atesorando en torres fortificadas y aun escondiéndolas bajo tierra, siendo así que podemos colocarlas para que nos las guarden en el cielo? Haces en eso lo mismo que harían los agricultores que habiendo recibido la simiente para sembrarla en un fértil campo, fueran y la arrojaran toda en un hoyo, de modo que ni ellos la disfrutaran y ella acabara podrida y pereciera.

Pero ¿qué excusa presentan cuando por esto los acusamos? Dicen: no pequeño consuelo nos acarrea el saber que nuestra riqueza está oculta en un lugar seguro. Pues por el contrario lo que debía consolarte sería saber que no está oculta. Porque aún cuando no sufras de hambre, pero hay que tener en cuenta muchos otros peligros y más graves: la muerte, las asechanzas, la guerra. Si viene el hambre, el pueblo, empujado por la necesidad de su estómago, a mano armada asaltará tu casa. Más aún: al proceder así, tú mismo produces el hambre en las ciudades y metes en tu casa el peligro, más grave que el hambre.

La desgracia del hambre no sé yo que haya consumido a nadie repentinamente; porque muchos medios pueden pensarse para aliviar tan temible miseria. En cambio, podría yo señalar a muchos que han muerto ya pública ya privadamente a causa de la riqueza y sus equivalentes. De semejantes casos están llenos los caminos y los tribunales y las plazas. Pero ¿qué digo caminos, tribunales y plazas? El mar mismo lo he visto lleno de sangre. Porque la tiranía de las riquezas no sólo ha llenado la tierra, sino que se ha desatado furiosísima en el mar. Uno navega en busca del oro; otro a causa del oro sucumbe degollado: ¡una misma tiranía produce al mercader y al homicida! ¿Qué cosa hay en la que menos pueda confiarse que la riqueza, pues por su causa muchos andan peregrinando, caen en peligros, encuentran la muerte? Pero dice la Escritura: ¿Quién se compadecerá del encantador a quien muerde la serpiente?’ Conociendo pues lo terrible de semejante tiranía, conviene huirla y reprimir el anhelo de lo que es tan dañoso.

Preguntarás ¿cómo puede eso lograrse? Sustituyendo ese amor con otro amor: es a saber, con el amor del cielo. Quien anhela el reino celestial desprecia las riquezas. Quien haya sido hecho siervo de Cristo, nunca será esclavo de las riquezas, sino que atrevés a ellas las esclavizará. Porque acostumbra la riqueza perseguir al que la huye y huir del que la persigue: ¡a nadie honra tanto como a quien la desprecia! De nadie se burla tanto como de quien la anhela; ni sólo se burla, sino que con infinitas cadenas lo ata. Rompamos, pues, aunque tarde, esas dañosas cadenas. ¿Por qué obligas al alma racional a servir a la materia irracional, madre de infinitos males? Pero… ¡vaya un asunto digno de risa! Con las palabras la combatimos, pero ella con realidades nos combate y nos trae y nos lleva, como si nos hubiera comprado para azotarnos. ¿Qué cosa habrá más de vergüenza y de indignidad?

Por otra parte, si no superamos las cosas materiales ¿cómo venceremos a las Potestades incorpóreas? Si no despreciamos las viles piedras y mísera tierra ¿cómo sujetaremos a los Principados y Potestades del infierno? ¿Cómo ejercitaremos la temperancia? Si nos apasiona el brillo del oro ¿cómo podremos abstenernos del brillo de un rostro hermoso? Porque hay hombres que hasta tal punto se hallan sujetos a semejante tiranía, que aún el solo brillo del oro los apasiona y entre risas y donaires exclaman: ¡una moneda de oro con sólo verla deleita! ¡No juegues así, oh hombre! Pues nada hay que así dañe los ojos del cuerpo y del alma como el anhelo de esas monedas. Este fue el mal amor que extinguió las lámparas de las vírgenes necias y las excluyó del tálamo del Esposo. Esa mirada que dices que alegra tus ojos, fue la que impidió escuchar al mísero Judas la voz del Señor y lo llevó al lazo corredizo: esa lo hizo reventar por el medio y finalmente lo arrojó a la gehena.

¿Qué hay pues más inicuo, qué hay más horrible que semejante peste? Yo no reprendo los dineros ni las cosas materiales, sino el furioso y loco anhelo de ellas. Ese anhelo destila sangre humana, tiene aspecto sangriento, es más cruel que cualquier bestia feroz y destroza cuanto encuentra a la mano. Y lo que es mucho peor, ni siquiera permite que lo sienta el que es destrozado. Cuando convenía que quienes así se encuentran, extendieran su mano pidiendo auxilio a los transeúntes, al revés, agradecen semejantes heridas. ¿Qué puede haber más miserable? Reflexionando sobre esto, huyamos de esa enfermedad incurable y apartémonos lejos de semejante peste y curémonos de las heridas que ya nos haya causado. Así llevaremos acá una vida segura y sin perturbaciones y alcanzaremos los eternos tesoros. Ojalá todos nosotros los consigamos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien con el Padre y el Espíritu Santo, sea la gloria, el imperio y el honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Juan Crisóstomo (Constantinopla, siglo IV), Homilías sobre el Evangelio según San Mateo, Homilía IX

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