“¿Aún no entendéis?” (Marcos 8:11-21)

La multiplicité des pains, James Tissot (1886-1896)

La multiplicité des pains, James Tissot (1886-1896)

Entonces salieron los fariseos y comenzaron a discutir con El, buscando de El una señal del cielo para ponerle a prueba. Suspirando profundamente en su espíritu, dijo: ¿Por qué pide señal esta generación? En verdad os digo que no se le dará señal a esta generación. Y dejándolos, se embarcó otra vez y se fue al otro lado.

Y se habían olvidado de tomar panes; y no tenían consigo en la barca sino sólo un pan. Y El les encargaba diciendo: ¡Tened cuidado! Guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes. Y ellos discutían entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta Jesús, les dijo: ¿Por qué discutís que no tenéis pan? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Tenéis el corazón endurecido? Teniendo ojos, ¿No veis? Y teniendo oídos, ¿No ois? ¿No recordáis cuando partí los cinco panes entre los cinco mil? ¿Cuántas cestas llenas de pedazos recogisteis? Y ellos le dijeron: Doce. Y cuando partí los siete panes entre los cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos le dijeron: Siete. Y les dijo: ¿Aún no entendéis?

 

LBLA

 


Cánon de Eusebio:

Mateo Marcos Lucas Juan
16:1 8:11 2:18
16:4 8:12-14
16:5-6 8:15 12:1
16:7-12 8:16-21

 


Comentario

 

Los discípulos, al pasar al otro lado, se habían olvidado de tomar panes. Y Jesús les dijo: Estad atentos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos (Mateo 16:5-6).

¿Por qué no les dijo: Guardaos de la doctrina de los fariseos? Porque quiere traerles a la memoria los sucesos de esos días, porque conocía que ya los habían olvidado. Pero no parecía oportuno en esa ocasión simplemente echárselos en cara: tomar ocasión de lo que ellos dijeran y así increparlos hacía más llevadera la acusación.

¿Por qué no los increpó cuando ellos dijeron: De dónde vamos a sacar en el desierto tantos panes? [Mateo 15:33, Marcos 8:4] Porque esa parecía buena ocasión. Fue para no parecer que tenía ansia de hacer el milagro. Por otra parte, no quería reprenderlos delante de las turbas, ni hacer ostentación de sí mismo. En cambio ahora la acusación resulta más oportuna, pues tales se mostraban ellos tras del doble milagro. Tal es la causa de que, después del segundo milagro, los increpe y saque al medio los pensamientos de ellos. ¿Qué era lo que pensaban?: Es porque no hemos traído panes, dice el evangelista. Todavía estaban adheridos a las purificaciones judaicas y a la discriminación de alimentos; y por lo mismo los increpa Jesús con mayor vehemencia y les dice: ¿Qué pensamientos son los vuestros, hombres de poca fe? ¿Que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni recordáis? Como si les dijera: Obcecado está vuestro corazón, y teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís [Marcos 8:17-18]. ¿Aún no habéis entendido ni recordáis los cinco panes para cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿De los siete panes para cuatro mil hombres cuántas espuertas recogisteis? [Mateo 16:9-10]

¿Adviertes su gran indignación? En ninguna otra parte, según parece, los increpó en tal forma. ¿Por qué lo hace? Para de nuevo desterrar la discriminación en los alimentos. Por esto anteriormente sólo les dijo: No entendéis, no comprendéis. En cambio ahora añade: Hombres de poca fe, increpándolos con vehemencia. Porque no siempre conviene echar mano de la mansedumbre. Así como antes les había infundido confianza, así ahora los increpa, siempre buscando con esta variedad su salud espiritual. Pero observa cómo al mismo tiempo que los increpa, les muestra su gran mansedumbre. Pues enseguida, como justificándose de haberlos reprendido con aspereza, les dice: ¿Aún no habéis entendido ni os acordáis de los cinco panes para cinco mil hombres y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni de los siete panes para los cuatro mil hombres y cuántas espuertas recogisteis? Recuerda el número así de los que comieron como de los sobrantes, tanto para traerles a la memoria los milagros pasados, como para hacerlos más atentos a los que van a seguirse.

Y para que veas cuánto pudo aquella increpación y cómo despertó la mente soñolienta de los discípulos, oye lo que dice el evangelista. Pues como Cristo nada más dijera, sino solamente los hubiera increpado, añadiendo: ¿Cómo no habéis entendido que no os hablaba del pan? Guardaos digo del fermento de los fariseos y saduceos, el evangelista prosigue: Entonces cayeron en la cuenta de que no les había dicho que se guardaran del fermento del pan, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos [Mateo 16:12]; aunque él claramente los increpó para eso.

Considera cuántos bienes se siguieron de esa increpación. Pues por una parte los retrajo de las observancias judaicas; por otra, como ellos antes estuvieran soñolientos los volvió más atentos y los fortificó en la fe, de manera que no teman ni se atemoricen si les acontece tener pocos panes, ni se afanen por cuidarse del hambre, sino que desprecien todas las cosas. En consecuencia, tampoco nosotros querramos adular a los súbditos y caerles bien siempre, ni querramos que quienes nos gobiernan nos den continuamente gusto en todo. El alma humana necesita de ese doble remedio. Y este es el motivo por el que Dios administra así las cosas humanas, procediendo a veces de un modo y a veces de otro, sin permitir que los bienes ni los males sean inmutables.

Así como unas veces es de día y otras es de noche, y unas veces hay invierno y otras verano, así en las cosas humanas: unas veces hay alegría y otras tristeza; unas veces enfermedad y otras salud. No nos espantemos, pues, si caemos enfermos, siendo así que aún deberíamos admirarnos de estar con salud. No nos turbemos cuando nos aprieta el dolor, pues aun al tiempo en que gozamos, lo conveniente sería que nos perturbáramos. En conclusión: todo viene según el orden natural de las cosas. ¿Cómo puedes admirarte de que así suceda cuando vemos que aún a los santos iguales cosas les han acontecido?

Y para que lo comprendas ¡ea! ¡traigamos al medio la vida de alguno que tú pienses estar más lejos de los negocios y más lleno de delicias! ¿Te parece que examinemos desde el principio la vida de Abrahán? ¿Qué fue lo primero que se le ordenó?: Sal de tu tierra y de tu parentela [Genesis 12:1] ¿Observas cómo semejante mandato está pleno de dolor? Pues advierte cómo se le sigue una prosperidad: Y ve a la tierra que yo te mostraré Yo te haré un gran pueblo. Y ¿qué sucedió? ¿Acaso una vez que llegó a la tierra aquella y tomó puerto ahí, ya no hubo más tristezas? De ninguna manera. Cayó en cosas más amargas: hambre, peregrinación, rapto de su mujer. Mas luego hubo bienes de nuevo: el castigo del Faraón, el salir libre, el honrarlo aquéllos con dones abundantes y el retorno a su casa. Y en fin, todo lo que sigue es una cadena de bienes y de males, entremezclados.

También a los apóstoles acontecieron cosas semejantes. Por esto Pablo decía: El que nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos consolar nosotros a todos los atribulados [2 Corintios 1:4]. Dirás: “Pero a mí eso ¿qué me importa, pues vivo en perpetuo dolor?” No seas malagradecido ni olvides los beneficios. No es posible que alguien viva solamente en perpetuos dolores, pues la naturaleza no lo podría tolerar. Porque quisiéramos vivir en perpetuo gozo, creemos que vivimos en perpetuo dolor. Y no es este el único motivo, sino que al punto nos olvidamos de las cosas buenas y de la prosperidad, mientras que, por el contrario, continuamente nos acordamos de lo que aflige; y por esto decimos que pasamos la vida en perpetuo dolor.  Si os place, examinemos la vida de quien la pasa entre continuas delicias; es decir, la de un hombre delicado, que tiene abundancia de todo, sin aflicciones, sin tristezas, sin molestias. Os probaremos que ni éste está del todo libre del dolor, ni aquel otro de alguna tranquilidad. Pero no os conturbéis.

Veamos a un esclavo y a un rey joven y a un pupilo que ha logrado una enorme herencia. Consideremos a un operario que todo el día trabaja y a otro que vive en continuos placeres. ¿Te parece que ante todo describamos los dolores del que vive entre continuos placeres? Pues considera cuánto es necesario que se agite y fluctúe al anhelar una gloria mayor que la que puede alcanzar; y cuando lo desprecian sus criados; y cuando los inferiores lo injurian; y cuando ve que tiene infinitos acusadores que lo calumnian acerca de que hace gastos enormes; y cuando le acontecen infinitas otras cosas que suelen acaecer en medio de la abundancia de riquezas, como son las enemistades, los enojos, las acusaciones y reproches, los daños, la cantidad de asechanzas de parte de los envidiosos que no pudiendo apoderarse de sus riquezas, por todas partes lo acometen, lo desgarran y le levantan infinitas tempestades.

¿Quieres que ahora te enumere los deleites de aquel obrero mercenario? Se halla libre de todo lo dicho. Aun cuando alguno lo injurie, no se duele; a nadie teme ni tiene por superior a él; no tiembla por causa de las riquezas; toma con placer sus alimentos, duerme gozoso. No se alegran como él los que beben el vino de la isla de Tasos, cuando va a las fuentes de agua para beber de sus raudales. Cierto que no es como ésta la condición del que antes dijimos. Pero, si aún no estás satisfecho, para quedar yo más victorioso ¡ea! comparemos al rey que yo decía con el esclavo. Verás con frecuencia a éste saltar de gozo, jugar, mientras el otro, adornado de púrpura y diadema, anda triste y comido de infinitos cuidados y muerto de miedo.

Porque en conclusión, ¡no se puede! ¡no, no se puede encontrar una vida sin dolor ni tampoco privada en absoluto de algún placer! Pues, como ya lo dije, no podría la naturaleza nuestra soportar eso. Que uno goce más que otro, se duela más que otro, eso nace del mismo que vive en el dolor porque es de poco ánimo, pero no de la naturaleza de las cosas. Si queremos gozarnos con frecuencia, muchas ocasiones tenemos. Desde luego, si nos dedicamos a la virtud, ya nada podrá causarnos dolor. Pues la virtud es causa en el alma de la buena esperanza en quien la ejercita; lo hace agradable a Dios y bien visto de los hombres y nos aporta un inefable gozo. Si la virtud es trabajosa en su ejercicio, pero está llena la conciencia de abundante alegría, pone en lo interior tanto gozo cuanto no puede explicarse. Porque ¿qué es lo que en la vida presente parece más deleitable? ¿La mesa opípara, la buena salud corporal, la gloria, las riquezas? Pues bien: si eso que te parece agradable lo comparas con la virtud, encontrarás ser lo más amargo de todo. Porque nada hay más dulce que la buena conciencia y la buena esperanza.

Si queréis todavía mejor comprenderlo, vayamos a un moribundo o a un anciano. Recordémosle las mesas opíparas bien abastecidas que tuvo, y la gloria y los honores, y las buenas obras que practicó durante su vida; y preguntémosle de cuáles más se goza. Observaremos que de aquellas primeras se ruboriza y avergüenza, mientras que de estas últimas se regocija y alegra. Así el rey Ezequías, cuando cayó enfermo, no recordó la gloria, ni el reino, ni la mesa suculenta, sino su justicia: Acuérdate, dice, o Señor, de que he andado en tu presencia [2 Reyes 20:3]. Mira cómo también Pablo se regocija por lo mismo y exclama: He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe? [2 Timoteo 4:7] Preguntarás: “Pero ¿qué otras cosas podía enumerar Pablo?” Muchas otras: honores, greyes de amigos, muchos servidores.

¿No lo oyes que dice: Me recibisteis como a un ángel del Señor, como a Cristo Jesús; y si hubiera sido posible os habríais arrancado los ojos y me los habríais dado? [Gálatas 4:14,15] Y además, que expusieron su cabeza por salvarle la vida [Romanos 16:4]. Pero nada de eso alega, sino únicamente sus trabajos, sus peligros y los triunfos en esa materia conseguidos. Y con razón. Pues aquellas otras cosas aquí se quedan; pero éstas van con nosotros. De aquéllas tendremos que dar razón; de estas otras .esperamos recompensa. ¿Ignoráis acaso cómo los pecados afligirán al alma en aquel último día y cómo punzarán el corazón? Pero entonces el recuerdo de las buenas obras, a la manera de una bonanza en plena tempestad, consolarán al alma en su turbación. Si vigilamos y vivimos con sobriedad, durante la vida toda nos acompañará ese santo temor; pero como vivimos descuidados, se nos echará encima cuando salgamos de aquí. El encadenado más se duele cuando lo sacan y carean con los jueces; entonces más tiembla, cuando se acerca al tribunal, cuando ha de dar razón de sus hechos.

Por eso muchos cuentan horrendas visiones que en semejante ocasión se les presentaron; y no pudiendo soportarlas los moribundos, tendidos en el lecho, se sacuden grandemente con ímpetu; y a los presentes los miran con torvas miradas, porque interiormente el alma se agita y no quiere apartarse del cuerpo ni puede soportar la presencia de los ángeles que se acercan. Si cuando vemos a hombres temibles temblamos, cuando veamos a los ángeles amenazantes y a las tremendas Potestades ¿qué no sufriremos, arrancada ya el alma del cuerpo y doliéndose grandemente, pero en vano? Porque aquel rico del evangelio, Epulón, una vez que hubo muerto lloró, lloró mucho; pero no le sirvió.

Imaginando, pues, todo esto y meditándolo, guardemos el santo temor para que no padezcamos otro tanto y para que escapemos de aquel eterno suplicio y consigamos los bienes eternos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien con el Padre sea la gloria, juntamente con el santo y vivificante Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

– San Juan Crisóstomo (siglo IV), Homilías Sobre el Evangelio de San MateoHomilía LIII

 


Ahora bien, en una casa grande no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, y unos para honra y otros para deshonra. Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra. Huye, pues, de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro. Pero rechaza los razonamientos necios e ignorantes, sabiendo que producen altercados. Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad, y volviendo en sí, escapen del lazo del diablo, habiendo estado cautivos de él para hacer su voluntad.” (2 Timothy 2:20–26, LBLA)

 

Las lecturas tomadas del Leccionario de la Iglesia Ortodoxa de 14 de diciembre 2014

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