“Sientate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” (Lucas 20:27-44)

Les pharisiens questionnent Jésus ( Los fariseos cuestionan Jesús ), James Tissot (francés, 1886-1894)

Les pharisiens questionnent Jésus (Los fariseos cuestionan Jesús), James Tissot (francés, 1886-1894)

Y acercándose a El algunos de los saduceos (los que dicen que no hay resurrección), le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés nos escribió: Si el hermano de alguno muere, teniendo mujer, y no deja hijos, que su hermano tome la mujer y levante descendencia a su hermano. Eran, pues, siete hermanos; y el primero tomó esposa, y murió sin dejar hijos; y el segundo y el tercero la tomaron; y de la misma manera también los siete, y murieron sin dejar hijos. Por último, murió también la mujer. Por tanto, en la resurrección, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer. Y Jesús les dijo: Los hijos de este siglo se casan y son dados en matrimonio, pero los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni son dados en matrimonio; porque tampoco pueden ya morir, pues son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Pero que los muertos resucitan, aun Moisés lo enseñó, en aquel pasaje sobre la zarza ardiendo, donde llama al Señor, el Dios de Abraham, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob. El no es Dios de muertos, sino de vivos; porque todos viven para El. Y algunos de los escribas respondieron, y dijeron: Maestro, bien has hablado. Porque ya no se atrevían a preguntarle nada.

Entonces El les dijo: ¿Cómo es que dicen que el Cristo es el hijo de David? Pues David mismo dice en el libro de los Salmos: El Señor dijo a mi Señor: “Sientate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.”

David, por tanto, le llama “Señor.” ¿Cómo, pues, es El su hijo?

Lucas 20:27-44, LBLA

 


Homilía por San Juan Crisóstomo (siglo IV)

 

Y pues iba ya a su Pasión, alega una profecía en que abiertamente se le llama Señor; y no sin motivo ni poniendo acento en lo de ser Señor, sino por otro motivo razonable. Puesto que cuando antes les había preguntado El primero, ellos no habían respondido conforme a la verdad (puesto que habían afirmado ser El simplemente hombre), para destruirles esa falsa opinión, alega ahora a David, que proclama su divinidad. Pensaban ellos ser Cristo mero hombre y por eso dijeron: De David. Pero Cristo, enmendando la creencia de ellos, aduce al mismo David profeta que testifica que lo llama Señor y verdadero Hijo del Padre y le atribuye un honor igual al del Padre. Y no se detiene aquí, sino que, para aterrorizarlos, añadió lo que sigue: Entonces ¿cómo David lo llama, inspirado por el Espíritu Santo, Señor cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta tanto que pongo a tus enemigos como escabel de tus pies? [Salmo 109:1 LXX]. Así los encaminaba al verdadero conocimiento. Y luego, para que no pensaran ellos que David había hablado adulando y que había proferido una sentencia meramente humana, continuó con lo que seguía. Pues si David lo llama Señor ¿cómo es hijo suyo? Observa con cuán grande moderación trae al medio la verdadera opinión que de El se ha de tener.

Porque primero les dijo: ¿Qué os parece del Cristo? ¿de quién es hijo? para llevarlos mediante la pregunta y la respuesta a la verdad. Luego, habiendo ellos contestado: De David, prosigue como ya indiqué, pero siempre interrogando: Entonces ¿cómo David, inspirado por el Espíritu Santo, lo llama Señor? para que no se ofendan con tales palabras. Por eso no dijo: ¿Qué os parece de mí? sino: del Cristo. Por la misma razón los apóstoles con moderación se expresaron acerca del patriarca David, diciendo: Permitidme que os diga sin eufemismos que el patriarca David murió y fue sepultado [Hechos 2:29]. Y por la misma Cristo, al modo de quien pregunta y discurre, les presenta el dogma de su divinidad diciendo: Entonces ¿cómo David, inspirado por el Espíritu Santo, lo llama Señor diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha en tanto que pongo a tus enemigos como escabel de tus pies? Y continúa: Si pues David lo llama Señor ¿cómo es hijo suyo? Y no es que Jesús niegue ser hijo de David ¡lejos tal cosa!, sino que quería enmendar la opinión de ellos. De otro modo nunca habría increpado a Pedro por igual motivo [Mateo 16:22,23].

De manera que cuando dice: ¿Cómo es hijo suyo? quiere significar que no lo es en el sentido en que ellos lo afirmaban. Porque ellos decían que el Cristo era únicamente hijo de David y por lo mismo no Señor de David Y una vez que trajo al medio el testimonio del profeta, suavemente añadió: Si pues David lo llama Señor ¿cómo es su hijo? Los fariseos cuando esto oyeron nada le contestaron: es que no estaban en disposición de aprender nada que fuera idóneo y verdadero. Por esto añadió aquello: Es Señor suyo. Más aún: ni siquiera dijo eso como suyo, sino invocando al profeta, puesto que ellos no se fiaban de Cristo y aun hablaban mal de El. Teniendo esto en cuenta, no conviene que nos escandalicemos cuando lo oímos decir de sí algo bajo y humilde, pues había muchos motivos para que Jesús atemperara su modo de hablar conforme a la capacidad de aquellos oyentes.

Por eso les va dando su enseñanza mediante preguntas y respuestas, pero dejando siempre entender su verdadera dignidad de Hijo de Dios. Al fin y al cabo no era lo mismo oír que les decía ser el Cristo Señor de los judíos y decir que era Señor de David. Advierte además la oportunidad. Pues cuando dice: Uno es el Señor, habla también de sí mismo, puesto que en realidad es Señor, como se deduce no solamente de las obras, sino además de la profecía. Y les declara que el Padre habrá de tomar venganza de ellos, cuando añade: Hasta tanto que pongo a tus enemigos como escabel de tus pies. Muestra con esto la gran concordia y el honor igual que tiene con el Padre. Y puso así un remate sublime y excelso a su discurso con esas palabras que podían reducir al silencio a sus adversarios. Y desde entonces éstos guardaron silencio, no voluntariamente, sino porque nada tenían que replicar. Tan grande herida recibieron que renunciaron a acometer de nuevo la misma cuestión. Pues dice el evangelista: Nadie se atrevió desde aquel día a proponerle ninguna cuestión.

Sin embargo, aquellas discusiones traían gran utilidad a las turbas; por lo cual Jesús abandonó a aquellos lobos, una vez deshechas sus asechanzas, y enderezó su enseñanza a las turbas. Los enemigos no sacaban de ella ninguna ganancia por estar cautivos de la vanagloria y haber caído en tan terrible enfermedad. Porque la vanagloria es grave enfermedad y monstruo de muchas cabezas: arrebatados por ella, unos ansían el principado, otros la riqueza, otros el poder. Y pasando adelante ese monstruo se llega hasta la limosna, el ayuno, las oraciones y la doctrina: muchas cabezas tiene semejante monstruo. Y a la verdad que de aquellas otras cosas saquen vanagloria los así afectados, nada tiene de admirable; lo estupendo y digno de llorarse es que la logren mediante el ayuno y la oración. Pero no nos contentemos con recriminar, sino declaremos además el modo de huir de la enfermedad.

¿A quiénes abordaremos primero? ¿A los que se glorían de sus riquezas o de sus vestidos? ¿O a los que se glorían de sus dignidades? ¿O a los que se glorían de su saber o de su cuerpo o de sus habilidades o de su belleza o de sus adornos? ¿O a los que se glorían de su propia crueldad o de su propia bondad o de las limosnas que hacen? ¿O a los que se glorían de su propia perversidad o en su muerte o aun después de su acabamiento? Pues, como ya dije, muchos y complicados escondrijos tiene esta enfermedad y va hasta más allá de nuestra vida. Públicamente se dice: Fulano murió y para causar admiración ordenó que se hiciera esto y aquello; y por eso aquél quedó pobre, aquel otro quedó rico. Porque -cosa de verdad amarga- semejante fiera hiere por encontrados modos.

En fin: ¿contra quiénes primeramente entablaremos el combate y ordenaremos la batalla? No basta un solo discurso para combatirlos a todos. ¿Os parece que comencemos por los que se glorían de sus limosnas? A mí paréceme ser oportuno. Porque mucho estimo yo el hacer limosnas y deploro que eso se haya venido abajo. Tal vanagloria me parece como una institutriz que pone asechanzas a una princesa; porque la va alimentando, pero para la torpeza y para su daño, halagándola con el placer y despreciando el educarla conforme a la dignidad de su padre, de manera que venga a dar gusto a hombres criminales y perversísimos: para eso la persuade que use de ciertos adornos, desvergonzados, infames, con que pueda agradar a los extraños, pero no a su padre. ¡Ea, pues! ¡acometamos a éstos! ¡veamos la limosna abundantemente repartida, pero con esa finalidad!

La dicha princesa, digo la limosna, quiere el padre que ni siquiera se torne a ver a la derecha [Mateo 6:3]; pero la institutriz la saca de su tálamo; y luego la muestra y la hace espectáculo de los criados y de hombres cualesquiera, que ni siquiera la conocían. ¿Has visto a la meretriz prostituta entregándose a malvados amores y cómo se adorna según el gusto de ellos? ¿Quieres ver cómo la vanagloria torna al alma no solamente meretriz sino también loca furiosa? Pues observa sus intenciones. Porque corriendo esa princesa tras de los fugitivos y los criados, olvidada del cielo y aun positivamente habiéndolo rechazado, se da a perseguir por calles y encrucijadas a quienes la aborrecen, hombres feos y degradados, que ni siquiera desean verla, pues de ver cómo anda loca de amores por ellos, por eso mismo la odian. Y ¿habrá persona más loca que una tal? Porque los más de los hombres a nadie aborrecen más que a quienes los quieren como instrumentos para conseguirte gloria. Inventan miles de reproches contra ésos. Sucede lo mismo que si a una princesa que ha sido arrojada del trono se le ordenara prostituirse con gladiadores que la aborrecieran.

Cuanto más tú busques a tales, instrumentos más te aborrecen. En cambio, Dios, cuanto más lo buscas tú tanto más te atrae y te alaba y te da una ingente recompensa. Pero si te parece, y quieres conocer desde otro ángulo de vista cuán grande sea el daño que te viene cuando das limosna por ostentación, medita en lo grave del dolor y continua tristeza que te sobrevendrá cuando Cristo te inspire y te repita aquellas palabras: Has perdido totalmente tu recompensa [Mateo 6:1]. La vanagloria es mala en toda ocasión, pero sobre todo cuando se ejercita la misericordia; lo cual viene siendo una extrema crueldad, pues se acrece mediante las desgracias ajenas y en cierto modo injuria a los pobres. Si andar uno refiriendo los beneficios que ha hecho es injuriar a quien los ha recibido, el publicanos delante de muchos ¿qué crimen piensas que sea?

Pero ¿cómo huiremos de mal semejante? Aprendiendo el modo que se ha de tener en compadecerse. Considerando la gloria de quienes buscamos. Dime: ¿quién es el autor de la limosna? Sin duda quien enseñó a hacerla, o sea Dios. El sobre todo sabe lo que es, y la ejerce en modo infinito. ¡Vamos! Si te ejercitas en la palestra para aprender ¿a quiénes te pondrás a ver? ¿Al que vende legumbres y peces o al entrenador? Cierto que aquéllos son muchos y éste es solamente uno. Pues bien y sin embargo, si él te ensalzara mientras los otros te burlaban ¿acaso no te reirías de todos juntamente con él? Y si estuvieras aprendiendo el pugilato ¿acaso no pondrías atención igualmente al que en tal arte fuera maestro? Si te propusieras ser orador ¿acaso no estimarías en mucho las alabanzas del maestro de oratoria y despreciarías las de los otros? Entonces ¿cómo no ha de ser absurdo que en las demás, artes solamente se atienda al maestro y en cambio en la limosna hacer lo contrario? Y eso que el daño no es igual en ambos casos.

En todas las artes, si luchas según el beneplácito del vulgo y no del maestro, todo el daño queda reducido a perder en la competencia; pero en el arte de la limosna se pierde la vida eterna. Por la misericordia te asemejas a Dios; pues hazte también semejante a El evitando la ostentación. Cuando Jesús obraba las curaciones, ordenaba a los beneficiados que a nadie lo dijeran. Tú en cambio ¿anhelas que los hombres te llamen misericordioso? ¿Qué ganancia percibes con eso? Ninguna, sino un daño infinito. Porque esos mismos a quienes tú tomas como testigos de tu misericordia, se convierten en ladrones de tus tesoros colocados en el cielo. O mejor dicho, no ellos, sino nosotros mismos que nos hurtamos nuestras mismas riquezas y disipamos lo que en el cielo se amontona. ¡Oh nuevo género de desgracias! ¡oh enfermedad extraña! Allá en donde ni la carcoma destruye ni los ladrones desentierran, la vanagloria todo lo dilapida. Ella es la polilla del tesoro celeste; ella el ladrón de las opulentas riquezas del cielo que roba los bienes ya colocados allá y puestos en seguro! Ella todo lo’ echa a perder y lo destruye. Habiendo visto el demonio que el cielo es un sitio inaccesible a los ladrones y a la carcoma, roba las riquezas de allá mediante la vanagloria.

Pero es que ambicionas la gloria. ¿No te basta con la que recibes del que toma tu limosna, que es el benignísimo Dios, sino que andas en busca también de la gloria humana? Pues mira no sea que te acontezca todo lo contrario: no sea que te condenen como no compasivo sino anhelante del fausto y entregado a la ambición, y como traidor de las ajenas desdichas. La limosna es un misterio. Cierra pues las puertas para que nadie vea lo que es crimen publicar. Estos son nuestros supremos misterios: la misericordia y la benignidad de Dios. El, según su gran misericordia, se compadeció de nosotros, que le éramos desobedientes. La primera oración que recitamos sobre los energúmenos llena está de alusiones a la misericordia; y!a segunda a su vez pide abundante misericordia para los que están en estado de penitencia. Y la tercera, que es en favor de nosotros mismos, trae junto a nosotros a los infantes inocentes para que provoquen a Dios a misericordia.

Porque detestamos nuestros pecados suplicamos en favor de los que grandemente pecaron y han de ser acusados. Y en favor nuestro suplican los inocentes niños, e imitándolos en su sencillez se alcanza el reino de los cielos. Así se muestra la forma misma de rogar, puesto que quienes son sinceros y humildes a la manera de los niños conviene sobre todo que rueguen por los pecadores. Saben bien los iniciados de cuan inmensa misericordia y de cuán grande benignidad está lleno el misterio de la mesa sagrada. Pues bien, tú a tu vez, cuando haces limosna cierra la puerta de tu casa; que solamente la presencie aquel a quien la haces; y aun si es posible ni él. Si abres tu puerta, divulgas tu misterio. Piensa que aquel mismo de quien esperas gloria te condenará. Si es amigo te recriminará en su interior; y si es enemigo te descubrirá delante de los demás. Y así te acontecerá todo lo contrario de lo que anhelabas.

Querías tú que él te proclamara como misericordioso; pero él no clamará eso, sino que te llamará ambicioso de la vana gloria y que andas captando el aura popular, y añadirá otras cosas peores. Pero si ocultas tu limosna, entonces proclamará todo lo contrario y te llamará benigno y misericordioso. Pues Dios no permite que esa buena obra quede oculta. Si tú la ocultas El la publicará, de donde se te seguirá mayor admiración y más grande ganancia. De modo que la ostentación es un obstáculo para alcanzar gloria: el mismo andar buscándolo es un obstáculo para obtener lo que anhelamos. Porque no sólo no alcanzamos la gloria y alabanza debida a la misericordia, sino que logramos lo contrario; y además se nos sigue un daño grande.

Por todos estos motivos, rechacemos la gloria vana y solamente amemos la gloria de Dios. Por ese camino alcanzaremos gloria acá abajo y además los bienes eternos serán nuestro gozo, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, al cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía LXXI (tr. por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

(http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/eww.htm#cl)

 


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