Siempre-Virgen Maria, Madre de Dios

La imagen más antigua de la Virgen María, pintados por los cristianos perseguidos en Roma en los años 200, la Catacumba de Priscilla

La imagen más antigua de la Virgen María, pintada por los cristianos perseguidos en Roma en los años 200, la Catacumba de Priscilla

por Arcipreste Jorge Florovski (tr. del ruso por Irina Bogdaschevski)

La doctrina ortodoxa sobre la Virgen María

Toda la doctrina dogmática sobre la Soberana nuestra esta expresado en sus dos nombres: la Madre de Dios (Θεοτοκος) y la Siempre-Virgen (ἀειπάρθενος). Ambos nombres recibieron su católico reconocimiento, ambos fueron aceptados por la Iglesia Universal. Sobre la inmaculada Concepción de Cristo habla directamente el Nuevo Testamento; este dogma es una parte indivisible de la Tradición eclesiástica. “Encarnado por el Espíritu Santo y la Virgen María” (o “nacido de la Virgen María”), — esto dice el Credo. Y esto no es siempre constatación de un hecho histórico. Es una aseveración de la enseñanza de la fe. El nombre “eterna Virgen” fue aceptado formalmente en el Quinto Concilio Universal (año 553). Mientras “la Madre de Dios” es algo superior, que un nombre o un simple título elogioso. Es la designación dogmática en una sola palabra. Hasta antes del Concilio de Efeso (año 431) el nombre Theotokos (Θεοτοκος) ha sido el criterio de la verdadera Fe, la señal distintiva de la Fe Ortodoxa.

Ya san Gregorio el Teólogo había prevenido a Clidonio: “Quien no confiesa a María como Madre de Dios, esta ajeno a Dios” (Epist. 101). Este nombre utilizan ampliamente los Padres del cuarto, y quizás hasta del tercer siglo, por ejemplo Origen — si vamos a creer a Sócrates Escolástico (Hist. ecclesias. 7, 32) y a los fragmentos, conservados en los catenes (In Luc. Hom. 6 y 7). Nestorio y sus seguidores rechazaban e infamaban esa tradición ya consolidada.

La expresión “Madre de Dios” (Theotokos) no se encuentra en los Escritos, y tampoco se encuentra allí la palabra “Hipostático” (ὁμοούσιος). Sin embargo, ni en los Concilios de Nicea, ni de Efeso la Iglesia no introdujo ninguna novedad inaudita. “Nuevas,” “no bíblicas” expresiones fueron elegidas, precisamente, por ser interpretadoras y conservadoras de la antigua fe de la Iglesia. Es cierto, que el Tercer Concilio Universal, ocupado ante todo por la cristología, no había elaborado una especial doctrina “mariológica.” Y por eso resulta aún más extraordinario ese rasgo distintivo, singular contraseña de la cristología ortodoxa, que se hizo precisamente la noción “mariológica.” “La Madre de Dios” es la palabra clave de la cristología. “En este nombre” — dice san Juan Damasceno, — se concluye todo el misterio de la Encarnación (Exposición exacta de la fe ortodoxa. 3,12; PG 94,1029). Según la formulación acertada de Petavio: “Es tan utilizable y de primera orden la palabra “Hipostático” cuando se explica el dogma de la Santa Trinidad, como lo es la palabra “Madre de Dios” — durante la explicación de la “Encarnación” (De incarnacione V, 15). Cual es la causa de tan fija atención, nos parece evidente. La doctrina Cristológica, privada del dogma sobre la Madre de Dios, no permite una exposición justa y exacta. Todos los errores y discusiones mariológicas de tiempos actuales tienen sus raíces en la pérdida de la orientación Cristológica, descubriendo un agudo “conflicto cristológico.”

En la ” truncada cristología” no hay lugar para la Madre de Dios. Los teólogos protestantes no tienen nada que decir sobre Ella. Sin embargo, no reparar en la Madre es — no entender al Hijo. Y viceversa, acercarse a la comprensión de la personalidad de la Virgen Superbendita, comenzar a hablar correctamente de Ella, se puede solamente en el contexto cristológico. Mariología — no es una doctrina independiente, sino un capítulo del tratado sobre la Encarnación. Pero, evidentemente, no es un capítulo fortuito, ni un suplemento, que pudiera ser omitido. Ese capítulo representa la propia esencia de la doctrina. El Misterio de la Encarnación es inconcebible sin la Madre del Encarnado. Sin embargo, esta perspectiva cristológica a veces se encuentra ofuscada por una admiración desmedida, por un entusiasmo espiritualmente no sensatos. La piedad debe seguir el dogma. Existe una rama mariológica también en la enseñanza sobre la Iglesia. Pero de todos modos el propio dogma de la Iglesia representa la “cristología difundida,” la doctrina sobre “todo Cristo — la Cabeza y el Cuerpo de la Iglesia.”

Maternidad Divina y la Divina Humanidad

El nombre “Madre de Dios” subraya que Él Nacido de María — no es “simplemente un hombre,” no es una persona humana, sino igual que el Padre — el Único Hijo de Dios, Uno de la Santa Trinidad. Esto es la piedra angular de la fe cristiana. Recordemos la fórmula calcedonia: “Por eso, siguiendo a los Padres Santos, nosotros profesamos la fe en el Un solo HijoNuestro Señor Jesús Cristo… nacido del Padre antes de todos los tiempos, por Divinidad, engendrado no creado, pero en el último tiempo El Mismo por nosotros y por nuestra salvación nacido también, por lo humano,se encarno del Espíritu Santo y María Virgen, Madre de Dios Teotocos.” Pues, entonces se hace hincapié en la absoluta identidad de la personalidad:… “el Idéntico,” y “de Él Mismo,” “Uno y es todo Uno” en los escritos de san León el Grande. Aquí vemos también doble origen del Verbo (pero no dos hijos: ésta es la deformación nestoriana). “El Hijo hay Uno solo”: nacido de la Virgen María y en el total y exacto sentido de la palabra es el Hijo de Dios. Según las palabras de san Juan Damasceno, la Virgen Santa llevaba en su seno “no a un simple ser humano, sino a Dios verdadero,” sin embargo “no a Dios desnudo, sino, encarnado. ” Aquél, Quien ha nacido antes a todos los siglos del Padre, “en estos últimos días “nace también” “sin cambios” de la Virgen (Exposición exacta de la fe ortodoxa 3,12; PG 94, 1028). Pero aquí no encontraremos la mezcla de dos naturalezas. “Segundo nacimiento” es justamente la Encarnación. No fue una nueva persona traída al mundo por la Virgen María, sino que el Siempreeterno Hijo de Dios, se hizo hombre. En esto consiste el misterio de la Maternidad Divina de la Virgen María. La Maternidad, indudablemente, es la relación personal, la relación entre las dos personalidades. Y el Hijo de María es realmente una Personalidad Divina. El nombre de la Madre de Dios proviene inevitablemente del nombre del Hijo de Hombre. Lo uno es imposible sin lo otro.

La enseñanza sobre la unidad hipostática incluye también el concepto de la Maternidad Divina. Lamentamos muchísimo que en nuestros tiempos el misterio de la Encarnación se explica muy a menudo de manera abstracta, como si fuera un abstracto problema metafísico o un enigma dialéctico. El teólogo, que habla de la Encarnación, con mucha facilidad se desliza hacia el laberinto de las especulaciones sobre lo finito y lo infinito, sobre lo eterno y lo temporal, designando con estas nociones sólo las relaciones lógicas o metafísica, — y apasionado por la dialéctica, se olvida de lo más importante. Él se olvida, que la Encarnación, ante todo, es el acto de un Dios Viviente, Su personal irrupción en la existencia de las criaturas, el descenso de la Personalidad Divina, del Dios personal.” En las muchas tentativas actuales de expresar la fe de las Tradiciones en un idioma contemporáneo se percibe un ligero, pero evidente olor a docetismo. Los teólogos contemporáneos subrayan tan enérgicamente la Divinidad del Encarnado, que Su vida terrenal comienza a perderse entre las sombras, transformándose en el “Incógnito Hijo de Dios.” Es evidente, que para estos autores no existe la absoluta identidad del Hijo de Dios y el Cristo histórico. Toda la Encarnación se reduce a los símbolos: el Señor Encarnado se ve como la encarnación de algún principio o idea Divinos (sea la Ira Divina o Su Amor, Su Castigo o Su Piedad, Juicio o Perdón), pero no como una Persona Viviente. El aspecto personal se esquiva o se ignora directamente, ya que la idea, — hasta la idea de Amor y de Misericordia — no puede percibir al hombre filial a Dios: eso es posible sólo para el Señor Encarnado. Algo muy real y muy importante sucedió con el hombre y para el hombre, cuando el Verbo Divino “fue hecho carne y habitó entre nosotros” (Juan. 1:14), o más exactamente — “se instaló en nosotros,” eskinosen en imin, según la pintoresca expresión del apóstol Juan.

La Unión única

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de la mujer.” (Gal. 4:4) Así confirman Las Escrituras aquella verdad, `por la que luchaban los Padres de la Iglesia en Calcedonia. ¿Pero cual es el exacto valor y significado de estas palabras: “nació de una mujer”? La Maternidad — hasta la puramente humana — no se agota con el solo hecho físico de nacimiento. Sólo aquel que permanece en la total ceguera puede no darse cuenta de su significado espiritual. El propio nacimiento establece entre la madre y el niño una especial unión espiritual. Esa unión es única en su género: se basa en la afición y el amor. ¿Podríamos nosotros, diciendo que Cristo Nuestro Señor “nació de la Virgen María,” olvidarnos de este amor? En dicha cuestión, lo mismo que en toda la cristología, en general, no se permite ningún desvío “docético.” Desde ya, Jesús fue (y sigue siendo) el Dios Eterno; sin embargo Él se encarnó, y María — es su Madre, en pleno sentido de la palabra. Si no, la encarnación hubiera sido una mentira. Pero esto significa, que un ser humano está unido al Señor por medio de lazos muy especiales y estrechos: hablando directamente, para esta persona Jesús — no es solamente el Señor y Salvador, sino también es el Hijo.

Por otra parte, María ha sido la verdadera Madre de su Niño, y aquello, de que Ella es la Madre del hombre, no es menos importante de que Ella es la Madre de Dios. El Niño de María era Dios. Sin embargo, lo excepcional de esta situación no disminuye el lado espiritual de Su Maternidad, del mismo modo, que la Divinidad de Jesús no Le molestó ser un hombre verdadero y experimentar los sentimientos filiales en respuesta al amor maternal de Ella. Y estas no son digresiones sin sentido. Es inadmisible entremeterse en el santo misterio de las relaciones únicas indescriptibles de la Madre y Su Hijo Divino. Pero aún menos admisible es rodear este misterio con el silencio absoluto. De un u otro modo hubiera sido una mediocridad lamentable ver en la Madre del Señor sólo un instrumento físico para revestir a Cristo de carne. Semejante opinión no sólo es estrecha y blasfema, sino que ha sido rechazada formalmente, desde los tiempos más antiguos, por la misma Iglesia. La Madre de Dios no es un “canal,” por cuyo medio apareció en el mundo Nuestro Señor, sino es la Madre verdadera, de La que Cristo adquiere Su naturaleza humana. San Juan Damasceno de esta manera, justamente, formula la doctrina de la Iglesia: Jesús no ha venido como a través de “un canal,” sino “adquirió de Ella  la carne consubstancial a la nuestra. (Exposición exacta de la fe ortodoxa, 3, 12; PG 94,1028).

La pre-eterna elección

María “has hallado gracia delante de Dios” (Luc. 1:30). Ella ha sido elegida para servir al misterio de la Encarnación. Con esta elección (sempiterna) anterior a la eternidad y con esta predestinación Ella ha sido, en alguna medida, separada de la humanidad, destacada de toda la creación. Puede decirse, que Ella ha sido elevada sobre toda la criatura. Ella resulta ser la representante del género humano, y al mismo tiempo lo supera. Esta elección Divina contiene una contradicción. María fue destacada de toda la humanidad. Aún antes de la Encarnación, como la futura Madre de Dios Encarnado, Ella se encuentra en especiales e irrepetibles relaciones con Dios, con la Santa Trinidad, porque aquello, que Le sucede — no es simplemente un suceso histórico, sino es el cumplimiento de una eterna designación Divina. En la Divina iconomia de la Salvación Ella tiene Su lugar especial. A través de la Encarnación el hombre obtiene de nuevo su unión con Dios, degradada y rota por el pecado original. La santificada humanidad de Cristo se transformó en el puente que cruza el abismo del pecado. Y esta humanidad Le fue dada por la Virgen María. La misma Encarnación abrió para la humanidad un nuevo camino, dio comienzo al hombre nuevo.

En la Encarnación nació “el Último Adán” — realmente un hombre, pero más que un simple hombre: “Segundo hombre — el Señor, es del cielo” (1 Cor. 15:47). Y María, como Madre de este “Segundo Hombre,” participa directamente en el misterio de la nueva creación redentora del mundo. Con seguridad, Ella es una de los redimidos. Ella es, la que en primer lugar obtiene la Salvación. Su Hijo — es su Redentor y Salvador, así como es el Redentor de todo el mundo. Sin embargo, sólo para la Virgen María el Redentor del Mundo — es Su Hijo, el Niño que Ella llevó en su vientre y alumbró. Jesús nació “no engendrado de sangre, ni de voluntad de la carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13) — (este versículo se refiere tanto a la Encarnación, como a la regeneración del hombre en el bautismo) — y sin embargo Él es, en sentido directo de la palabra, “el fruto del vientre” de María. Su nacimiento extra-natural es la imagen y la fuente de la nueva existencia, del nuevo nacimiento espiritual de todos los creyentes, y no es otra cosa, que adoptacion a Dios — participación a la humanidad santificada, con el “Segundo Hombre,” con el “Último Adán.”

La Madre del “Segundo Hombre,” indudablemente, entra en la nueva vida por medio de Su propio, especial modo. Y no sería demasiado arriesgado decir, que para Ella — la Redención ha estado de alguna manera anticipada ya en la misma Encarnación. “El Espíritu Santo vendrá sobre Ti, y el poder del Altísimo te cubrirá” (Luc. 1:35). Esta es la verdadera “epifania” en la plenitud del Espíritu y de la Gracia. “Sombrear” es la expresión teofanica, es el símbolo teofanico. Y María es realmente bendita, llena de gracia Divina. La Anunciación para Ella — es la anticipación del Pentecostés. La inconcebible lógica de la elección Divina nos empuja hacia esta comparación audaz. Pues, no podemos considerar la Encarnación como sólo un cierto truco metafísico, que no tuvo ninguna influencia sobre el destino de las personas que tuvieron parte en este hecho, de un u otro modo. El Dios nunca utiliza al hombre como lo hace el maestro con su herramienta. Cada hombre es una persona viviente. La Virgen Santa no se ha transformado en un “instrumento” cuando ha sido “cubierta por la fuerza del Altísimo.” No hay duda, que la posición especial de la Santa Virgen no es Su personal “logro,” no es un premio por los “méritos,” ni un “anticipo” en previsión de Sus futuros méritos y virtudes. Es el don libre de Dios, en sentido directo de la palabra. Esta elección es sempiterna y absoluta, aunque no es incondicional — está condicionada por el misterio de la Encarnación. María ocupa un lugar especial en la creación del universo no simplemente como Virgen, sino como Virgen-Madre — la futura Madre de Dios. Su papel en la Encarnación es doble. Por un lado Ella asegura la continuidad del género humano. Su Hijo, por medio de Su “segundo nacimiento” — es el Hijo de David, Hijo de Abraham y de todos los “antepasados” (esto está subrayado en ambas variantes genealógicas).

Según las palabras del santo Mártir Irineo de Lyon, Jesús había encabezado una larga lista de la humanidad,” (Adv. Haeres. 3, 18, 1) “juntó dentro de Si a todos los pueblos, difundidos desde el Adan” (3, 22, 3) y “percibió en Si la creación antigua” (4, 23, 4). Pero, por otra parte, Él “mostró nuevo nacimiento” (5, 1, 3). Él se hizo “e Nuevo Adán.” En la continuidad del género humano se produjo un brusco corte, el real viraje de la propia esencia del ser. Y comienza esta sedición desde la Encarnación, desde el Nacimiento del “Segundo Hombre.” El Santo Mártir Irineo habla de la vuelta hacia atrás — de María a Eva (3, 22, 4). Como la Madre del Hombre Nuevo, María anticipa la renovación universal.

Desde ya, Jesús Cristo — es el único Señor y Salvador. Pero María es Su Madre. Ella es la “Estrella que anuncia el sol,” la que predice el amanecer del “Sol de la Salvación.” Ella es “la Aurora del Día Misterioso” (del acatista a la Santa Madre de Dios). Y hasta el propio nacimiento de la Madre de Dios en alguna medida pertenece al misterio de la Salvación. “Nacimiento Tuyo, Virgen María Madre de Dios, anunció alegría a todo el universo: de Ti proviene el resplandor del Sol de la Verdad, Cristo nuestro Señor” (Troparion del día de Nacimiento de la Madre de Dios). El pensamiento cristiano se mueve siempre en el espacio de las personalidades y no de las ideas generalizadas. Para Ella el misterio de la Encarnación resulta ser el misterio de la Madre y del Hijo. La Maternidad de la Madre de Dios — es el centinela de lo concreto del Evangelio, ante cuya mirada huye cualquier docetismo. En el tradicional icono oriental de la Madre de Dios nosotros siempre vemos a la Virgen con el Niño: es el icono de la Encarnación. Y se entiende, que a ningún icono, a ninguna imagen de la Encarnación le puede faltar la imagen de la Madre de Dios.

Hágase conmigo conforme a Tu palabra

De esta manera, la Anunciación es “el principio de nuestra salvación: la manifestación del misterio eterno, el Hijo de Dios se hace hijo de una Virgen, y Gabriel anuncia la divina gracia” (Troparion de la festividad de la Anunciación, tono 4). Arcángel anunció y declaró la voluntad de Dios. Pero la Virgen no se queda callada. Ella responde al llamado de Dios, responde con fe y humildad. “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a Tu palabra.” Ella acepto la decisión de Dios y respondió a Su llamado. Esta respuesta del ser humano a Dios es extremadamente importante. La obediencia de María equilibra la desobediencia de Eva. En este sentido a María la llaman Segunda Eva, igual que a Su Hijo le dicen — Segundo Adán. Esos paralelismos se observan desde los tiempos mas tempranos. Por primera vez — en san Justín (Dial. cum Tryph., 100).

En el santo mártir Irineo encontramos una concepción ya elaborada, unida orgánicamente con su idea básica de “encabezamiento.” “Así como Eva, con la palabra del ángel, cayó y huyó de Dios al quebrantar Su mandamiento, así hizo María, que al recibir del ángel la buena promisión, que de Ella nacerá Dios, obedeció lo que se le dijo. Y, aunque la primera desobedeció a Dios, la segunda Le obedeció: así la Virgen María se hizo defensora de la virgen Eva. Y como por medio de una virgen el género humano ha sido sometido a la muerte, así por medio de la Virgen será salvado, porque la desobediencia de una virgen ha sido contrabalanceada por la obediencia de la Otra” (Adv. haeres 5, 19, 1). O vemos en otro lugar: “Así que el nudo de la desobediencia de Eva ha sido desatado por la obediencia de María; porque, lo que la virgen Eva ató con su falta de fe, la Virgen María desató con Su Fe” (3,22,4). Esta confrontación es tradicional tanto para el Oriente, como para el Occidente, — especialmente en las pláticas de la conversión. “He aquí el gran misterio, cómo a través de la mujer la muerte se hizo nuestro destino, y cómo la vida nació para nosotros por medio de otra Mujer” — dice san Agustín (De agone Chris. 24, — y en otro lugar él cita simplemente a san Irineo). “La muerte a través de Eva, la vida a través de María,” — declara aforísticamente san Jerónimo (epist. 22, mors per Evam, vita per Mariam; PL. 22,408).

Citaremos también el encantador fragmento del sermón del metropolitano Filaret de Moscú (1782-1867): “En los días de la creación del mundo, cuando Dios pronunciaba Su vivo y poderoso: “que sea” — la palabra del Creador engendraba seres para el mundo; pero en aquel incomparable día para la existencia del mundo, cuando la divina Miriam pronunció Su dócil y obediente “que sea,” — apenas puedo decir lo que sucedió entonces, — la palabra de la criatura hace que el Creador descienda al mundo. Y aquí el Dios dice Su palabra: “Engendraras en Tu vientre y alumbraras al Hijo… Éste será Él más grande… Y reinará en la casa de Jacob por siglos de los siglos.” Pero, — lo que sigue siendo maravillosos e inconcebible — el propio Verbo de Dios demora en actuar, detenido por la pregunta de María: “¿Cómo será esto?” Fue necesario Su dócil: “Que sea” para que actuase la majestuosa palabra de Dios: “Que acontezca.” Pues, ¿qué clase de poder secreto reside en estas simples palabras: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a Tu palabra,” y que producen la reacción tan inusual? — Este poder maravillosos es la purísima y absoluta entrega de María a Dios, la entrega de Su voluntad, de Sus pensamientos, de Su alma, de todo Su ser, de cada facultad Suya y de cada acción, de cada esperanza y anhelo Suyas” (La elocución pronunciada en el día de la Anunciación de la Santa Virgen Madre de Dios, año 1822).

La Encarnación es un libre acto de Dios, sin embargo ella descubre no sólo la omnipotencia Divina, sino, y ante todo, Su amor Paternal. Dios otra vez clama dirigiéndose a la libertad humana, así como había clamado en el principio de los tiempos, al crear a los seres razonables. La iniciativa, evidentemente pertenece a Dios. Sin embargo, como el medio elegido por Dios para la salvación consiste en la unión del Ser Divino con la naturaleza humana, el hombre no puede permanecer como un observador pasivo en este misterio. Por boca de María, la representante de la humanidad, todo el género humano respondió a la decisión redentora del amor Divino. Porque en sí misma, con su propia personalidad, María representaba a toda la humanidad. La sumisa y alegre aceptación de la Redención, expresada tan hermosamente en “El Cántico de Teotocos,” era libre. Desde ya, esta libertad no presupone tomar iniciativa, sin embargo es una libertad verdadera, la libertad del amor y admiración, sumisión y confianza, la libertad de la colaboración (comp. santo mártir Irineo de Lyon, Adv. Haeres 3,21, 7. “María, la colaboradora en la dispensación de la Salvación”) — esta es, precisamente, la libertad humana. La Gracia de Dios no puede ser mecánicamente, por decirlo así, impuesta al hombre. Ella debe ser aceptada libremente, en humildad y sumisión.

La Virgen María es también la hija de Eva

María fue elegida para ser Madre del Señor Encarnado. Nosotros debemos suponer, que Ella estaba preparada para el servicio tan extraordinario — preparada por el Propio Dios. ¿Acaso podemos nosotros determinar en qué consistía la esencia y el carácter de esta preparación? Aquí nos encontramos ante la antinomia, la que ya hemos mencionado. La Santa Virgen es la representante de todo el género humano, quiere decir, de toda la humanidad caída, del “Viejo Adán.” Pero Ella es también la “segunda Eva” Ella da comienzo a la nueva generación. Por medio del sempiterno consejo Divino Ella ha sido distinguida de entre toda la humanidad, pero esta “distinción” no corta Su unión esencial con el género humano. ¿Es posible que esta misteriosa contradicción encuentre cabida dentro de un esquema lógico? El dogma católico-romano sobre la Inmaculada Concepción de la Virgen María representa una audaz y noble tentativa de solucionar este problema. Pero semejante solución tiene sentido sólo en el contexto especial de un concepto católico, básicamente erróneo, sobre el pecado inicial del hombre. Rigurosamente hablando, este “dogma” resulta ser una complicación inútil y su terminología no muy lograda oscurece la indiscutible verdad de la Fe católica. “El privilegio” de ser la Madre de Dios no se basa en la “liberación del pecado inicial.”

En realidad, a la Santa Virgen le fue dada la plenitud de la Gracia y Su pureza personal ha sido cuidada por la conducción del Espíritu Santo. Pero eso sólo no nos preserva del pecado. El pecado fue abatido solamente en el Madero de la Cruz, mientras antes de la Cruz el pecado ha sido el estado común y total de la humanidad, y de ninguna “liberación” del pecado no se podía hablar. El pecado no fue aniquilado ni por medio de la Encarnación, aunque ésta representa el comienzo de la nueva Creación. La Encarnación fue sólo la base, “el punto de partida” de la acción redentora del Señor. Y el mismo “Segundo Hombre” entra en la plenitud de su Gloria a través de la puerta de la muerte. La Redención es un acto muy complejo, en el cual es indispensable distinguir aislados elementos, a pesar de que en el sempiterno, supremo consejo Divino la Redención ha sido pensada y solucionada en toda Su plenitud. Proyectada sobre el eje temporal, la acción unida redentora se divide en fases separadas, que se reflejan las unas en las otras, y su cumplimiento final se anticipa y se preconstituye en cada una de ellas. La Redención tiene una historia y ésta sigue adelante. María como la Madre de Dios Encarnado halló la gracia de la Encarnación, pero esta no es absoluta plenitud de la Gracia, porque no se cumplió aún la Redención. Sin embargo la justicia personal es posible también en el mundo no-redimido, y con más razón todavía — en el mundo, donde se cumple la Redención. El verdadero problema teológico representa el problema de la elección Divina. En la Encarnación la Madre y el Niño están unidos indisolublemente. La Encarnación es el punto de viraje completo de la historia, y cada cambio completo es inevitablemente contradictorio: en él se unen lo viejo y lo nuevo. Ulteriormente — silencio. Dejemos las reflexiones y observemos estremecidos la aparición del Misterio.

La perfección moral de la Virgen María

La experiencia interior de la Madre de Dios nos está vedada. Por la propia naturaleza de esta experiencia ella es inaccesible para cualquier otro. Es el misterio de la personalidad de la Santa Virgen. Y la Iglesia, hablando de María, elude las definiciones dogmáticas. Ella recurre al idioma de la oración poética, al idioma de las imágenes y metáforas antinómicas. No hay ninguna causa, ni necesidad de considerar, que la Santa Virgen ha realizado en seguida toda la plenitud, toda la riqueza de la Gracia, que Le fue dada por Dios. No hay ni razón, ni necesidad de considerar que “la plenitud” de la gracia en este caso se acepta como una suma aritmética y significa la reunión de todas las perfecciones posibles y de toda la diversidad de dones espirituales. La palabra “plenitud” se refiere a María: esta plenitud era para Ella; Ella era llena de Gracia. Y fue la Gracia muy especial, la de la Madre de Dios, de la Virgen-Madre, “Novia no desposada.” Desde ya, Ella tiene Su camino espiritual, Su crecimiento personal en la Gracia. Todo el significado del misterio de la Salvación se abre para Ella paulatinamente. Y Ella participa en el Sacrificio en la Cruz: “Y una espada traspasará Tu misma alma” (Luc. 2:35).

La viva luz brilló solamente en la Resurrección. Antes a esto tampoco Cristo ha sido aún glorificado. Y después de la Asunción vemos a la Santa Virgen entre los Apóstoles en el centro de la Iglesia creciente. Hay una cosa segura: la impresión (si se podría decir así) que produjo la visita del arcángel, la Anunciación del maravilloso misterio y su cumplimiento, es lo que la Santa Virgen guardaba en Su corazón durante toda la vida. ¿Pero, cómo podría ser de otra manera? Repetiremos una vez más: lo esencial de Su experiencia nos está vedado. ¿Pero si nosotros desistiremos de buscar devotas suposiciones, no sería esto como traicionar el propio misterio? “María guardaba todas estas cosas, meditándolas en Su corazón” (Luc. 2:19). Toda Su vida interior se concentraba alrededor de este acontecimiento. Porque el misterio de la Encarnación es indudablemente también el misterio de Su persona. Su situación en este mundo es única y excepcional, y con esta situación deben corresponder Sus cualidades personales. Ella debe corresponder a la situación que Le ha tocado. En esto consiste la propia naturaleza de Su especial perfección, que lleva el nombre de “la Eterna Virgen.” María —Virgen. Aquí la virginidad no es simplemente una cualidad física. Es, en primer lugar, Su especial concepción del mundo, sin el cual la virginidad no presenta ningún beneficio. Y el nombre de Siempre-Virgen, sin duda, se refiere no solo, y no tanto al ámbito de la fisiología. Se refiere no sólo al virginal alumbramiento y no significa solamente de que Ella ha conservado Su virginidad también en el futuro (si nosotros creemos en la concepción inmaculada y en la Divinidad de Jesús, — la última condición no representa ninguna duda). Esto ante todo desmiente cualquier elemento “erótico” en su vida espiritual, todas las pasiones y deseos sensuales, cualquier dispersión de la mente o del corazón. La virginidad del cuerpo es sólo una señal exterior de la integridad y pureza, — porque sólo los que tienen puro el corazón, — está dicho, — “verán a Dios.”

La virginidad es la liberación de las pasiones, la verdadera apatía, que representa la esencia de la vida espiritual. La liberación de las pasiones y de las “atracciones” (epithemia) — libertad del poder de las “ideas” de la mente, el rechazo de las falsedades del mal, según la expresión de san Juan Damasceno. El alma de María está sólo bajo el dominio de Dios, aspira sólo llegar a Él. Todos Sus pensamientos y deseos se dirigen (están atraídos, acercados, según las palabras de san Juan) hacia los objetos dignos de Sus deseos y atracciones. Ella no conoce la pasión (thimos). Ella conserva la virginidad de la mente, del alma y del cuerpo. (Hom. 6 in Nativitatem B. V. Mariae, 9 et 5; PG 96 676A et 668C). Esta invocación absoluta al Señor, Su propia y total dedicación, de toda Su vida — a Dios, ser realmente una “esclava del Señor” significa justamente ser la Siempre-Virgen, la que no tiene aspiraciones carnales. La virginidad espiritual — ser sin pecado, — pero, sin embargo, no es, “la absoluta perfección,” la libertad de todas las tentaciones. Hasta Cristo, nuestro Señor ha sido, en algún sentido, vulnerable a las tentaciones, — no han sido casuales las tentaciones, con las que el satanás trataba de seducir a Jesús en el desierto…

Nuestra Soberana también tuvo, posiblemente, Sus tentaciones, pero Ella las vencía con Su firme fe y fidelidad a Dios. Y el simple, terreno amor maternal, en su punto más alto, se transforma en la auto-indentificación espiritual con el niño, — el sentimiento que incluye la abnegación y sacrificio. Y María amaba a Su Hijo, sin duda, no menos que una madre común ama a su corriente niño. Su Hijo será grande y será llamado el Hijo del Altísimo (mir. Luc. 1:32). Es evidente, que es Aquel, “Que había de venir,” el Mesías (ver Lucas 7:19). María confiesa Su fe en “El Cántico de la Madre de Dios,” el himno de la alabanza y gratitud mesiánica. María no pudo no comprender el significado de todo lo que estaba sucediendo con Ella, pero, probablemente, lo comprendía paulatinamente, con el tiempo, juntando en su corazón las promesas misteriosas. Para Ella existía un solo camino. Ella estaba absorbida por una sola idea, — la idea de obedecer a Dios, Quien “a mirado la humildad de Su sierva” y “dio grandeza” a ella. Así describe el apóstol Pablo el estado y la belleza de la virginidad: “La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo como en espíritu”(1 Cor. 7:34). La cúspide de este servicio virginal es — la santidad de la Teotocos, Pura e Inmaculada.

Madre de todos nosotros

Cardinal Newman en su maravillosa “Carta a Su Reverencia E. B. Pewse, doctor en teología, con respecto a su trabajo “Irenikon” (1865), hace una observación muy acertada: “La Teología se ocupa de los asuntos sobrenaturales, indaga eternamente sobre los misterios, que la razón no está en condiciones ni de concebir, ni de aproximar a su entendimiento. El pensamiento se desgarra, y el tratar de seguir o finalizarlo significa zambullirse en el abismo. San Agustín nos advierte, que si trataremos de encontrar y atar los cabos de las líneas que llevan al infinito, empezaremos solamente a contradecir a nosotros mismos” (“Difficulties felt by Anglicans in Catholic Teaching.” 5-ta ed., pag. 430) Todos están de acuerdo, que al fin de cuentas, como criterio de la veracidad de tal o cual tradición cristiana, nos debe servir el dogma. Los argumentos históricos — a causa de su vejez o por las reticencias, resultan ser pocos, en este caso. Ellos deben ser sometidos a la escrupulosa revisión teológica, a la luz de la fe cristiana en su totalidad. La pregunta se formula de esta manera: ¿seguimos nosotros guardando la fe de las Escrituras y de la Iglesia, y si comprendemos y confesamos la Fe del Credo, en aquel sentido, precisamente, en que ésta nos ha sido entregada, y si creemos correctamente en la verdad de la Encarnación?

Citaré otra vez a Newman: “Quiero decir, — prosigue — que si nos hemos acostumbrado a aquella afirmación, de que María alumbró y luego nutrió y llevó en sus brazos al Sempiterno, hecho niño,- entonces, cómo podemos detener el alud más y más violento de pensamientos u conjeturas, provocados por habernos dado cuenta de tales hechos? ¡Qué estremecimiento y asombro nos embargan con la idea, de que la creación se haya podido acercar tanto a la Esencia de la Divinidad!” (Opus citado, pag. 431).

Por suerte, el teólogo en sus búsquedas se deja guiar no sólo por la lógica y la erudición. Lo guía la fe: creo, para comprender. La fe esclarece la razón. Los conocimientos, la memoria del pasado, reviven en la constante experiencia de la Iglesia. La teología católica sigue tras la autoridad instructiva de la Iglesia, tras su tradición viva. El teólogo ortodoxo, el mismo, vive en la Iglesia, en el Cuerpo de Cristo. La Iglesia es aquel cuerpo místico donde, podemos decir — no deja de actuar el Misterio de la Encarnación, descubriendo sus, cada vez nuevas facetas en los misterios y experiencias de oraciones. En la Celestial — verdaderamente Conciliar y Universal — Iglesia, el misterio de la Nueva Humanidad se presenta como la existencia realmente nueva. Y aquí, en la unión viviente del místico Cuerpo de Cristo, la personalidad de la Santa Virgen se presenta en todo Su brillo y gloria. Aquí la Iglesia observa Su perfección inalcanzable. Aquí se ve claramente, cuan indisoluble es Su unión con el Hijo, “Sentado a la derecha del Padre.” Para Ella ya ha llegado el cumplimiento de aquello, lo que aún espera a la humanidad. “En Tu Dormision….Te presentaste a la Vida, siendo Madre de la Vida” — canta la Iglesia. “La Madre de Dios… no ha sido retenida por el sepulcro: porque siendo la Madre de la Vida, fue trasladada a la vida por Aquel, que se encarno de su vientre virginal” (Troparion y Kondakion para el día de la festividad de la Dormision de la Virgen).

Repetimos: esto no ha sido tanto la “recompensa” por su pureza y virtud, sino más bien la imprescindible consecuencia de Su servicio como Madre de Dios. La Iglesia Triunfante es ante todo la Iglesia orante, su existencia es su participación en el servicio de Cristo, en Su protección y amor redentor. La unión con Cristo es la meta constitutiva de la existencia de la Iglesia, — y de cada cristiano por separado, — y es ante todo la comunión con Su amor y sacrificio por la humanidad. Y aquí el papel preponderante pertenece a Aquella, que está unida de manera excepcional con el Redentor por medio de los lazos del amor maternal. La Madre de Dios se transforma en la Madre de todos los vivientes, de todo el genero cristiano, de cada nacido y renacido en el Espíritu y en la verdad. El punto más alto del amor maternal, — la identificación con el niño — se revela aquí en toda su plenitud. La Iglesia no habla mucho en sus dogmas sobre los misterios de su propio ser. Y el misterio de María es el misterio de la Iglesia. La madre Iglesia y la Madre de Dios juntas hacen nacer la vida nueva. Y ambas son — las abogadoras.

La Iglesia llama a su seno a los creyentes y les ayuda arraigarse espiritualmente en estos misterios de la fe, en el misterio de su propia existencia y el destino de su alma. En la Iglesia ellos aprenden observar a Cristo viviente junto con los creyentes reunidos. A la Iglesia de los primogénitos, escritos en el Cielo (ver Hebr. 12:23) inclinarse ante ellos. Y en esta reunión que brilla por su gloria ellos distinguen el rostro de la Santa Madre de Dios y de Redentor, el rostro lleno de gracia y de amor, compasión y misericordia — el rostro de “la más Honorable que los Querubines y incomparablemente más Gloriosa, que los serafines, que sin corrupción diste al mundo a Dios el Verbo, sin dejar de ser Virgen” A la luz de esta contemplación y en el espíritu de la fe debe el teólogo cumplir con su trabajo: explicar a los creyentes y a todos los que buscan la verdad, el sublime misterio de la Encarnación. Este misterio, comenzando desde la época de los Padres, tiene como símbolo un nombre sagrado: María Madre de Dios, la Madre de Dios Encarnado.

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/maria_florovsky_s.htm)

 

Jorge Florovski (1893-1979) era un importante teólogo ortodoxo ruso del siglo XX.  El desarrolló su teología en clave “cristológica”. bSu deseo es volver a las fuentes, las Escrituras y los Padres, y de proponer una teología más tradicional, más rigurosamente fiel a las formulaciones dogmáticas. La Iglesia es el obrar de Cristo en la tierra. En la Iglesia nuestra salvación es perfecta; la santificación y transfiguración, la «theiosis» de la raza humana es completa. La Iglesia, en su totalidad, tiene su centro personal solamente en Cristo, ella no es una encarnación del Espíritu Santo, sino precisamente el Cuerpo de Cristo, el Señor encarnado. La sobornost significa para él, “catolicidad”. El ministerio en la Iglesia, es principalmente el “ministerio de los sacramentos”. En esta perspectiva, la jerarquía es un órgano de unidad. Ella es a la Iglesia lo que la sangre al cuerpo.

(https://es.wikipedia.org/wiki/Georgi_Florovski)

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