“El reino de Dios entre vosotros está” (Lucas 17:20-25)

Habiéndole preguntado los fariseos cuándo vendría el reino de Dios, Jesús les respondió, y dijo: El reino de Dios no viene con señales visibles, ni dirán: “¡Mirad, aquí está!” o: “¡Allí está!” Porque he aquí, el reino de Dios entre vosotros está. Y dijo a los discípulos: Vendrán días cuando ansiaréis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Y os dirán: “¡Mirad allí! ¡Mirad aquí!” No vayáis, ni corráis tras ellos. Porque como el relámpago al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro extremo del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día. Pero primero es necesario que El padezca mucho y sea rechazado por esta generación.

 

La Búsqueda de la Felicidad

 

CADA UNO DE NOSOTROS quiere para sí mismo el bien, la felicidad. El Señor nos dió la tierra, para que habitemos en ella alegremente, para que bienaventuremos, para que participemos de la gloria de Dios. Sin embargo, frecuentemente solemos escuchar que nuestra vida no nos trae ninguna alegría. Día a día nos levantamos, trabajamos y nos cansamos; siempre la misma rutina, todo nos cansa, estamos aburridos, y vemos todo gris alrededor nuestro. Realmente si nos miramos, vemos que todo el día nos gestionamos, nos preocupamos, nos ofendemos, nos irritamos, nos peleamos por pequeñeces y nos sentimos desgraciados, innecesarios y solos. Resultamos ser desgraciados, ya que somos esclavos de las cosas materiales, y vivimos mecánicamente, dependemos de las circunstancias que atravesamos. Ponemos toda nuestra energía en cosas insignificantes, las cuales hoy están, y mañana pueden no estar.

Esta vida inestable y transitoria, con sus ofensas, sus pecados de juzgar al prójimo, y sus envidias, la tomamos como nuestra vida real. Irritándonos y ofendiéndonos, perdemos la paz en nuestro corazón, y nos cargamos de oscuridad. Todo nos desagrada, nuestros amigos parecen ser enemigos, hasta la luz del sol no nos ilumina, y los pájaros no cantan para nosotros. Estando en esta situación nos ocultamos a nosotros mismos nuestra propia fuente de bien, y de alegría. No vemos el bien ni en nosotros, ni en los demás. Todo nos parece malo. Pero ¿Dónde está el problema? ¿Qué es lo que arruina tanto nuestras vidas? Vivimos con los corazones oscurecidos. Tomamos la victoria temporal de las fuerzas oscuras, ese estado pecador de nuestras almas, como algo verdadero, como algo original nuestro. Caminamos por la oscuridad, y el que camina por la oscuridad se tropieza. Tenemos adjuntos los pecados del mal: el pecado de juzgar a los demás, el de irritación y el de odio, lo que nos convierte en poco pacíficos. Cuando nos relacionamos con otras personas que internamente no tienen paz, provocamos la separación y el alejamiento al uno del otro. Al sentir la separación, sentimos el mal y la desgracia, y realmente sufrimos.

¿En la vida cotidiana, dónde está el bien y la alegría? ¿Cómo iluminar nuestra vida? ¿Cómo encontrar el sendero hacia la luz? El Señor es fuente de luz y de alegría, y el maligno nos trae la oscuridad. Somos esclavos del maligno. Nuestro enemigo nos trae oscuridad a nuestro corazón, y en medio de la oscuridad tomamos la vida equivocadamente. La oscuridad de nuestro corazónaltera nuestra vida. Realizamos pasos inciertos, decimos cosas innecesarias, hacemos movimientos poco seguros, dejamos de ver la verdadera cara de la persona, y la valoramos incorrectamente, tomando su estado temporal como su verdadera existencia. Tomando lo acumulado como algo válido, nos encontramos en un estado que nos lleva a la desgracia mutua y a la separación. Nuestros ancestros fueron creados sin pecado. Debido a los tiempos de caída espiritual, es como que el pecado entra en nuestra composición natural, se nos adhiere y nos tiene cautivos. Tenemos todo ligado al pecado, y mediante el pecado perdemos la alegría de la vida.

La vida cotidiana es el medio para formar la verdadera vida. Nosotros al medio lo convertimos en el objetivo. Nuestros pasos reales, que se desprenden de lo irreal, llevan consigo el mal, la pena y el sufrimiento. Caminamos como si estuviésemos en un sueño, y cargados por la oscuridad y las pasiones, miramos y vemos solo la oscuridad. El maligno no nos deja ver la luz. Somos instrumentos ciegos de las fuerzas oscuras, por lo cual sufrimos. No somos creadores de la vida, sino que somos esclavos suyos.

¿Cómo hay que ser? Hay que abrir los ojos. Recibir la vida buena, ya que es algo posible. Tan solo hay que usar las fuerzas para poder recibir este tesoro. Este tesoro está en nosotros mismos, y en los que nos rodean.

Queremos vivir felices y bien. Pero ¿qué hacemos para lograr esto? Hasta las oraciones de la mañana, y las de la noche no nos dejan ver nuestro estado de perdición. Es imprescindible que entendamos el sentido de la oración, entonces encontraremos el reconocimiento de nuestros pecados, y reconoceremos la misericordia de Dios. Estas oraciones definen toda nuestra vida y sus acciones, ellas nos indican que tenemos que hacer, y que es lo que tenemos que evitar.

En las oraciones de noche, y en las de la mañana estamos parados ante el rostro de Dios, y nos miramos a nosotros mismos. Estas oraciones nos descubren a nosotros mismos. Es importante que lo poco que nos espera en el día, lo iluminemos con la razón divina.

Nuestra alma está creada para la eternidad, pero nosotros completamente no nos preocupamos por ella. Tratamos de adquirir todos los tesoros posibles, excepto el tesoro de la eternidad. Somos malos comerciantes, y valoramos barato nuestra alma. Pero sin embargo no hay nada más valioso que nuestra alma. Solo compramos aquello que no tiene ningún valor en la eternidad, y aquello que va a la eternidad no lo adquirimos. Esto pasa por que tenemos todo confundido, todos los valores están transgredidos: el pecado nos nubló el valor real de las cosas. Cuando realmente sintamos toda la falsedad, y lo incorrecta que es nuestra vida, entonces se realizará la verdadera adquisición. La persona ante la luz Divina empezará a arreglar el desorden de su vida, y tenderá al bien y a la eternidad.

Es importante que cada día no se valla vacío a la eternidad, hay que encontrar lo valioso en la vida de cada día. Cada día se nos da para sacar aunque sea un mínimo de aquel bien, aquella alegría que esencialmente es la eternidad, y la cual irá con nosotros a la vida futura. Para extraer lo valioso de cada día, hay que relacionarse creativamente con cada momento de nuestra vida. Con el espíritu creador podemos superar nuestra inercia, liberarnos de la oscuridad de la pasión que nos gobierna. La victoria sobre el pecado nos lleva a percibir la paz alegremente, a conocer a Dios, y lleva consigo la formación de la vida real, a la cual, en esencia, es llamado el hombre.

¿Cómo llegar a esta vida creativa? La fuente de nuestra vida es nuestro corazón. Nuestro corazón es el campo de lucha entre el maligno y Dios, y esta lucha sucede a cada hora, y a cada minuto. Hay que estar todo el tiempo en guardia, vigilando el corazón, entender las maquinaciones del diablo y rechazarlas. Entonces tendremos una relación creativa con cada momento de nuestra vida. Todo el tiempo estamos parados en el límite entre el bien y el mal. Depende de nuestra voluntad en que nos inclinemos al bien, o que sin fuerzas nos subordinemos al mal. El maligno nos quiere poseer, y nosotros tenemos que resistirnos. El maligno nos incita al pecado del bien solo aparente, y nos induce a aquello que no es bueno para nosotros. Él nos introduce el pecado con apariencia de alegría.

En cada persona hay más bondad que maldad, solo que el bien esta mezclado con el mal. Usted me dirá “¿Cómo es eso? ¿Por qué vemos en el otro tanto mal? Todo un mar de maldad.” Sí, el mal es un mar, pero el bien es un océano. El mal trepa en nosotros, se desprende por los ojos, y el bien esta escondido en nosotros, esta disperso, no esta totalizado. El mal es insolente, y el bien es modesto. El mal es la oscuridad, el pecado, nuestra falta de fuerza, la depravación, la desgracia y la muerte. El bien es la luz, la unión, la fuerza, el poder, la alegría y la vida espiritual.

El comienzo fastidioso de cada día, y de cada hora, se lo puede iluminar, hacerlo alegre, si es que tomamos de la vida el bien, la luz y el color. Debo dirigir la atención correctamente a la vida que me rodea. Si voy a encaminar mi ojo interno hacia la luz, entonces la podré ver. La atención es un acto grandioso de la vida espiritual. Lucha, esforzate en encontrar la luz, y la verás. Esta dicho:“Buscad, y hallaréis” (Mateo 7:7). Nuestra existencia esta llena con dos tercios de luz, pero esta luz interna no se nos manifiesta. Venciendo a la oscuridad, dejamos pasar la luz a nuestro corazón, es decir al Señor. Esto ya nos es un momento pasivo, sino que creador. Hay que revelar el espíritu creador. Creando una nueva vida podemos llegar a la Fuente de Luz, que todo lo ilumina.

El bien es eterno y proviene de Dios, y a Él se unirá. Este movimiento del bien hacia Dios, es la construcción del Reino de Dios en la tierra. Hay que esforzarse hacia el bien, y el bien solo se atraerá a nosotros. Yo voy al Padre, y el Padre viene hacia mi encuentro (parábola del hijo pródigo). Echando al maligno de nuestro corazón, liberamos allá un lugar para el Señor. El Señor entra en nuestro corazón y reina en él, con lo cual se construye el Reino de Dios. Es un bien real en la tierra, es el regocijo del Espíritu Santo. Entonces se abre en nosotros la vida celestial, lo ideal se vuelve real. Rezamos: “vénganos Tu Reino,” esto es algo real. La permanente lucha contra el pecado es un estado de luz, de santidad, que tiene como fuente al Espíritu Santo, de la Fuente de la Luz, que es Dios. Por eso el apóstol Pablo determina que: “No consiste el reino de Dios en el comer, ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo” (Romanos 14:17). En este estado el hombre se une a Dios, y siente la alegría del Espíritu Santo con toda su existencia. Esto se debe a que el hombre regresa a Dios, su Padre, a su casa.

La felicidad no se puede obtener mediante el pecado, quebrantando la Ley de la vida ¿Cómo empezar la lucha contra el pecado? Hay que encontrar la fuerza que derriba y deja sin fuerzas al pecado. Hay que unirse a la Fuente de fuerza del bien, a Dios, dirigiéndonos hacia Él con oraciones, para que nos ayude, ya que nos domina la fuerza del pecado que deja sin fuerzas nuestros esfuerzos, y sin ayuda de Dios no estamos en condiciones de cambiar nuestra naturaleza pecadora.

El Señor está cerca, viene al encuentro, y ayuda. Con un pequeño llamado a Dios, con las palabras: “Señor, ayúdame,” en un momento que prevalezca sobre nosotros la fuerza oscura, llamamos a nuestra vida de la inexistencia hacia la existencia. Llamar a Dios es un acto de la voluntad, llamar a la Fuente de luz. El acto de llamar a Dios en los momentos de oscuridad del corazón (irritación, rencor, envidia u otra pasión), diciendo las palabras: “Señor, ayúdame,” disminuye las distancias entre la tierra y el cielo. En respuesta al llamado, desciende del Cielo la ayuda, que llega directo al corazón, con un rayo de luz que ilumina la oscuridad, y la dispersa. Pensar en Dios es la acción del Espíritu Santo dentro de nosotros. Llamando a Dios, con la voluntad pasamos a otro campo de la vida, esto es un acto espiritual, que se une con la luz divina. Invocando a Dios, Verbo de la oración, recibimos en respuesta la luz divina, que resulta ser la estrella que nos guía en nuestras vidas. Invita a actuar las fuerzas del bien, y en la persona se generan brotes de vida, en esta tierra helada e indiferente.

El momento de invocación a Dios es la guía de la luz en nuestra alma. Como si fuese poco decir: “Señor, ayúdame,” y ante nosotros es como que se abre el cielo con la morada de Dios, del cual se desprende la luz que llega hacia nosotros, y es como que solos entramos en la eternidad. La misma eternidad entra en nuestra vida, como un momento que nos acerca a la Fuente de luz. Esta luz junta nuestros granos del bien, en medio del caos del bien y del mal, característico de nuestra vida cotidiana. El Señor reina en nuestro corazón, y con esto se forma el Reino de Dios, que es de paz y de alegría.

En el proceso de lucha contra el pecado es como que solos renacemos: de irritados pasamos a ser dóciles, de mezquinos a generosos, de malos a buenos, de crueles a misericordiosos, de atareados con las vanidades a graduales. Se nos forman nuevos sentimientos y emociones. Se nos abren los ojos. La oscuridad de nuestro corazón se reemplaza por la luz, y esto es un milagro, que es la aparición de la fuerza divina. Esto es una renovación, apartar (quitar) a la persona vieja (pecadora) y formar una nueva persona, un nuevo ser, es una transfiguración. Lo eterno, lo celestial entra en nuestra vida, y con esto entramos a la eternidad. Al hombre se le da una enorme fuerza, con ayuda de Dios, que es la de cambiar la vida pecadora por una vida nueva. Construir el Reino de Dios en la tierra. El Espíritu Santo empieza a actuar en nosotros, los frutos del Espíritu son: “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio” (Gal. 5:22).Entonces cada persona se vuelve como si fuese creador de milagros, ya que vence al pecado, realiza un milagro, abriendo en sí mismo a Dios. Empezamos a ver todo el espejismo de nuestra vida.

Sin llamar a Dios, e ir tras Él, no podemos salir de la esclavitud de las cosas y de las situaciones, somos sus esclavos. En la medida de lo posible, hay que iluminar más frecuentemente nuestros días con los rayos de luz divina, abrir una especie de ventana al cielo, para que la luz celestial se vierta en nuestro corazón. Cuanto más tengamos estos momentos de iluminación, más iluminada de luz divina estará nuestra vida. El mundo va a adquirir su belleza verdadera, y el hombre su verdadera existencia, y va a sentir la alegría de la vida. El cristianismo no es una religión de penas, sino que una religión de alegría y bienaventuranzas. El apóstol Pablo dice: “Alégrense siempre” (1 Tesal. 5:16). Esto es el comienzo de aquella bienaventuranza, de la cual está dicho: “Lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento, lo tiene Dios preparado para aquellos que lo aman” (1 Corintios 2:9).

– Arzobispo Sergio Korolev de Praga (ruso), (tr. por Juan Vorobioff)

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/vida_espiritual_arzobispo_sergio.htm#_Toc38175934)

 


Dijo el padre Antonio: “Hay algunos que han martirizado su cuerpo con la ascesis y, por falta de discernimiento, se alejan de Dios.”

– de Las Palabras de Los Ancianos del Desierto


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