La Salvación es la Renovación Espiritual y la Semejanza a Dios

Bienaventurados sean los que tienen hambre y sed de justicia pues ellos serán saciados 

Mateo 5:6

La enseñanza de nuestro Salvador está iluminada por el relato bíblico de la creación del hombre. Dios se complació en dotar al hombre, a diferencia de los animales, de Su propia imagen y semejanza (Gen. 1:26). “Imagen” y “semejanza” son términos que no son sinónimos. Imagen se refiere a las habilidades o talentos que Dios hizo parte de la naturaleza humana, incluyendo un sentido de moral, la voz de la conciencia, una inclinación hacia el bien, una sed por la inmortalidad, y la necesidad de crecer y ser perfeccionados espiritualmente. Semejanza se refiere a volverse como Dios en Sus perfecciones. Mientras la imagen es una característica inalienable de nuestra naturaleza, la semejanza es sólo una posibilidad, una potencialidad. Dios es infinitamente sabio, bueno, y justo. Él desea que nosotros, Sus niños, adquiramos cuanta más perfección en éstas cualidades como sea posible. Por supuesto, nadie es capaz de llegar a ser sabio o virtuoso en un solo momento o de un solo salto de la imaginación. Uno debe trabajar sobre sí mismo, corregirse y desarrollarse hacia la perfección. ¡Éste era el propósito del hombre en su creación, y permanece el mismo hoy!

El pecado trajo la falta de armonía a nuestra naturaleza. Se convirtió en un obstáculo en la senda hacia la perfección. El veneno del pecado probó ser tan poderoso que ningún mero ser humano podría por sí mismo deshacerse de él por sus propios esfuerzos. Fue necesario para el Hijo de Dios entrar al mundo. Él no sólo enseñó a al hombre como vivir rectamente, sino que tomó la naturaleza humana, e infundió al decrépito organismo humano una fresca corriente de vida divina; de este modo Él nos dio los medios para el renacimiento moral. La participación del hombre en la vida divina se actualiza en la Iglesia. Por ésta razón se llama “Cuerpo de Cristo” (1 Cor. 6:15; Ef. 4:12).

La senda de renovación espiritual comienza con el Sacramento del Bautismo, cuando el hombre es lavado y liberado del veneno del pecado, y unido con la gracia de Dios. El hombre es sacado del mundo que yace en la maldad, y traído dentro del rebaño Iglesia. El Señor Jesucristo y sus Apóstoles siempre contrastaron la vida Cristiana con la vida mundana, la vida del “mundo que yace en la maldad.” “No os ajustéis a éste mundo: sino transformaros mediante la renovación de su mente, para que podáis probar lo que es … [la] voluntad de Dios,” enseña el Apóstol San Pablo (Rom. 12:2). El poder del bautismo, lleno de gracia, es tan grande que el que es bautizado se convierte en una nueva criatura. “Toda persona que está en Cristo, es una creación nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha llegado” (2 Cor. 5:17). Mediante el bautismo un Cristiano muere a todo lo que es pecaminoso. Al convertirse en partícipe del poder renovador de los sufrimientos del Salvador en la Cruz, él muere al pecado y comienza a vivir una vida recta. “Dios prohibe que yo me glorifique, salvo en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por Quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo,” escribió el Apóstol Pablo. “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva criatura”(Gal. 6:14-15). Desde este momento el Cristiano experimenta una reevaluación completo de valores. Él comienza a desear y buscar lo que solía despreciar, y a despreciar lo que le solía dominar.

Las Sagradas Escrituras llaman a este cambio un “paso de la muerte a la vida” (Juan 5:24; 1 Juan 3:14) y “ser resucitado con Cristo” (Col. 3:1-17). Dios desplaza a un hombre fuera del dominio de la oscuridad hacia el interior del reino de luz, donde él es iluminado por el Espíritu Santo (1 Ped. 2:9-10). Es en éste contexto que nuestro Señor Jesús Cristo nos llama a “permitan, pues que brille su luz ante los hombres, que puedan ver estas buenas obras y que con ello den gloria al Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16).

No hay nada superior en todo el mundo a la vocación de ser Cristiano. El Apóstol San Pedro alienta a los creyentes con estas palabras: “Pero ustedes son una generación elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas; pues Él los ha llamado de las tinieblas fuera de la obscuridad hacia Su maravillosa luz. Ustedes antes no eran su pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; no habían alcanzado su misericordia, más ahora les ha sido concedida su misericordia” (1 Ped. 2:9-10). Y San Pablo dice: “En otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Pórtense como hijos de la luz, con bondad, con justicia y según la verdad, pues éstos son los frutos de la luz” (Efe. 5:8-9).

Por supuesto, todo esto presupone una moral irreprochable y una cercanía a Dios. “Sed santos; porque yo soy santo” (1 Ped. 1:16; Lev. 11:45). La santidad se obtiene por un don del Espíritu Santo, pero cada Cristiano debe guardar este don y aumentarlo durante el transcurso de su propia vida. “Procuren estar en paz con todos los hombres, y progresen en la santidad, pues sin ella nadie verá al Señor” (Heb. 12:14).

Los Evangelios y las Cartas de los Apóstoles coinciden al invitar a todos a llegar a ser más y más como Dios en Sus perfecciones morales “Sean por lo tanto seguidores de Dios, como amados niños” (Efe. 5:1). Más concretamente, se nos requiere que sigamos al Hijo de Dios encarnado. Nuestro ideal es llegar a ser como Cristo, o, por así decirlo, vestirnos en Cristo. “Todos se han revestido de Cristo, pues todos fueron entregados a Cristo en el Bautismo” (Gal. 3:27). Por lo tanto, el Apóstol enseña: “Que esta mente esté en ustedes, la cual estaba también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5). “Él, que dijo que el que mora en El debe también andar, hasta como Él andaba” (1 Juan 2:6). Y él escribe, “Exhorto a ustedes que sean mis seguidores, así como yo soy de Cristo … Porque ¿Quién ha conocido la mente del Señor, que pueda instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo” (1 Cor. 4:16; 11:1; 2:16).

Cuanto más lucha un Cristiano y recibe la gracia de llegar a ser como su Prototipo divino, su unión mística con El se vuelve más profunda. El Señor Jesús Cristo Dijo, “Si un hombre me ama, el guardará Mis Palabras: y Mi Padre lo amará, y vendremos hacia él, y haremos nuestro adobe con él” (Juan 14:23). La meta es llegar a ser “partícipes de la Naturaleza Divina” antes de nuestra muerte (2 Ped. 1:4).

Esta meta es tan excelsa que un hombre naturalmente le teme al principio; la considera inasequible. No obstante Dios lo ayuda en la senda a la perfección gradualmente lo conduce hacia arriba más y más alto, hacia Sí mismo. Por esto las Sagradas Escrituras frecuentemente comparan a la Iglesia con una montaña altísima (Sal. 2; Isa. 2:2-3; 11:1-10; 26; Dan. 2:34). Cuando alguien se convierte en Cristiano, comienza a escalar el pie de la montaña. El resto de su vida es un largo ascenso de una escalinata o escalera de perfección. En su mera cúspide está el Señor, rodeado por una multitud de santos. En este contexto podemos comprender el significado de las palabras de San Pablo, cuando les escribe a los Cristianos: “Habéis venido … a la asamblea general e iglesia del primogénito, que están escritas en el cielo, y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los hombres justos hechos perfectos” (Heb. 12:22-23). Estas palabras son dignas deatención, porque proveen una aseguración de que la perfección moral es asequible, aunque dependiente de la capacidad de nuestra naturaleza humana.

De éste modo, éstos y muchos otros pasajes en la Biblia son una evidencia convincente de que la salvación está inseparablemente conectada a un proceso de renovación espiritual. El Paraíso es, primero que todo, el estado o condición de un alma que ha sido restaurada. Dios en Su misericordia nos llama a Su reino celestial; depende de nosotros el hacer el esfuerzo para alcanzarlo. Por lo tanto, “Buscad primero el reino de Dios, y Su rectitud; y todas estas cosas os serán añadidas” (Mat. 6:33). “Porque somos hechos partícipes de Cristo, si mantenemos el comienzo de nuestra confianza con firmeza hasta el final” (Heb. 3:14). Dios nos ha llamado a ser sus niños. En verdad, Él desea que adquiramos una semejanza a Él, ya que Él ha aparecido en la tierra, para restaurar la imagen parecida a Dios en nosotros que fue obscurecida. El pecado nos desvió, profundamente dentro de la senda de la perdición, pero Cristo nos ayuda a regresar continuamente a la senda correcta, la senda que conduce a la salvación. Por lo tanto, el Cristianismo no es tanto una enseñanza o una teoría como es una senda, un modo de vida.

Cuando uno ha comprendido esto, está abierto a la lógica y sabiduría de todo lo que constituye el aspecto distintivo de la Ortodoxia: sus enseñanzas acerca del ascetismo y abstinencia; sus sacramentos, ayunos, festejos, y servicios de iglesia; su arquitectura eclesiástica, canto y arte. Todas esas cosas son ayudas en la senda hacia la perfección espiritual. Como se ha dicho, “Probad todas las cosas; afirmaros en lo que es bueno” (1 Tes. 5:21).

Algunas personas – generalmente aquellas cuya actitud hacia el Cristianismo es simplista y formalista – podrán ver lo que estamos diciendo aquí como algo nuevo y hasta extraño. Podrían preguntar, “Si tú debes esforzarte y luchar para llegar a ser perfecto, ¿Qué pasó con la salvación mediante la fe y la gracia de Cristo?”

Tal confusión puede esclarecerse fácilmente. De ninguna manera estamos restando importancia a la fe o a la gracia; por el contrario, estamos poniendo en claro la absoluta necesidad de estas cosas. Esto se puede ilustrar con el siguiente ejemplo. Supóngase que un rico filántropo decide ofrecerle a un joven pobre y descalzo que ha estado viviendo en la jungla la oportunidad de estudiar en una escuela cara, de mucho prestigio. Él se encarga de cubrir todos los gastos relacionados con este esfuerzo: la cuota de la escuela, alojamiento, comidas, libros de texto, computadoras, equipo de laboratorio, todo lo que fuera necesario. La institución educativa se jacta de tener las condiciones de aprendizaje más favorables que el estudiante pueda desear. Una espléndida carrera le espera a este estudiante después de haber completado sus estudios. Todo lo que tiene que hacer es aprovechar la bondad del filántropo y no ser perezoso; después de todo, nadie le puede llenar la cabeza de conocimientos por la fuerza. Sin los esfuerzos personales del estudiante, todas las buenas intenciones del filántropo serán en vano, y el holgazán sólo deberá regresar a su jungla.

De igual forma, la gracia de Cristo nos da todo lo necesario para la salvación como un don gratuito, sin ningún mérito de nuestra parte. Dios perdona nuestros pecados porque Cristo sufrió por ellos en la Cruz. Dios renueva nuestras almas, sana las heridas de nuestras pasiones, ilumina nuestras mentes, calma nuestros corazones, y nos fortalece espiritualmente. Él nos toma de la mano y nos ayuda en cada paso del camino. Sin embargo, Él no puede forzarnos a ser virtuosos, sin violar nuestra libertad. Por esto, es necesaria nuestra propia voluntad y esfuerzo. Todas las escrituras del Nuevo Testamento sirven para explicar este concepto.

Alguien puede preguntar, “¿Y que hay del Ladrón? Él fue salvado sin ninguna labor; él simplemente se arrepintió.” Se debe comprender que Dios ha establecido para cada hombre su propio nivel de perfección. Hasta algunos paganos serán salvados, ya que ellos actuaron de acuerdo con lo que sus conciencias les dijeron (Rom. 2:14-16). Al mismo tiempo, no se debe olvidar que “a quienquiera que se le haya dado mucho, mucho le será requerido” (Lucas 12:48). Si cualquiera piensa que la Cristiandad en demasiado difícil, que por lo menos no se queje de la misericordia de Dios.

El Cristianismo es notorio por el hecho de que le abre al hombre posibilidades espirituales ilimitadas. No sólo le ofrece el privilegio de ser un niño de Dios, también lo habilita a crecer para parecerse a su Padre. Al mismo tiempo, no le imparte al hombre instrucciones para que siga un tipo de vida en particular; no exige proezas imposibles. A cada persona le ofrece la libertad de crecer tanto como desee. Si piensas que es muy difícil obtener un doctorado, por lo menos trata de obtener una licenciatura. Si esto parece muy difícil, entonces termina la preparatoria. ¿La preparatoria es demasiado para tí? termina la primaria, o por lo menos el primer año. Pero no permanezcas ocioso; no entierres el talento de la fe. Aunque seas renuente a hacer el más mínimo esfuerzo para mejorarte a tí mismo, por lo menos sé humilde ante Dios y dile que te arrepientes por ser perezoso. Hay una sola cosa que te pediría: No degrades las enseñanzas de Cristo; no digas que ya estás salvado y no tienes necesidad de esforzarte hacia la perfección, ya que la lucha es la esencia misma del Cristianismo!

 

– Obispo Alejandro Mileant (tr. del ruso por Bernardo Aramburu y Natalia Ostroumoff)

http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/essence_christianity_1s.htm

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