“Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23-27)

Decía a todos: Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles. Pues de verdad les digo que hay algunos, entre los aquí presentes, que no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios.


 

De El Camino al Reino del Cielo

 

San Inocencio de Alaska (ruso, siglo XIX)

 

    st-innocent

    Veamos ahora con más atención el camino que nos señaló El Señor Jesucristo, Quien dijo:

    Quien quiera seguirme,

    1) que se niegue a sí mismo,

    2) tome su cruz y

    3) Me siga.

    De esta manera el seguidor de Jesucristo debe empezar por negarse a sí mismo. Esto quiere decir renunciar a todas las malas costumbres, eliminar del corazón el apego a los bienes materiales (dinero, lujos, gloria entre los humanos, poderes y otros), no alimentar en sí malos deseos, aplastar los malos pensamientos, evitar situaciones conducentes al pecado, no hacer nada por tozudez o por amor propio sino hacer todo por amor a Dios y para la gloria de Su santo nombre. En resumen, negarse a sí mismo significa, como dijo el apóstol Pablo, estar muertos para el pecado y vivos para Dios.

    Después de esto‚ el discípulo y seguidor de Cristo debe tomar su cruz. Por cruz debemos entender las distintas dificultades relacionadas con la vida cristiana como así también las inevitables penas de la vidas. Las cruces pueden ser internas y externas. Tomar la cruz significa sobrellevar sin quejas todo lo desagradable que nos sucede. Es por eso que si alguien te ofende, se ríe de ti o te llega a desesperar, si alguien a quien ayudaste en vez de agradecerte te tiende redes, si quieres hacer algo bueno y no puedes lograrlo, si te ocurre alguna desgracia, si se enferma algún familiar tuyo, si sufres fracasos a pesar de todos tus esfuerzos y de tus incansables trabajos o si alguna otra cosa te hace sentir abatido, debes sobrellevar cualquiera de estas situaciones sin ira y sin quejas. No te consideres ofendido y trata de sobrellevar todo con entrega a Dios y con fe en Él.

    Llevar la cruz significa no solamente sobrellevar pacientemente todas las dificultades que nos suceden por circunstancias que no dependen de nosotros sino además imponernos tareas a nuestra medida en consonancia con la palabra de Dios y necesarios para nuestro perfeccionamiento espiritual. Por eso, podemos y debemos hacer algo en provecho de los demás como por ejemplo: trabajar para la Iglesia, visitar enfermos y presos, ayudar a los necesitados, juntar dinero para los que necesitan y participar en la distribución de educación espiritual. Es decir, debemos buscar la ocasión para ayudar a la salvación y al bien a los demás y luego actuar con paciencia y mansedumbre en esa dirección con acciones, palabras, rezos y consejos.

    Si durante este proceso surgen en ti pensamientos de soberbia de que eres mejor o más inteligente que los demás, espanta de ti de raíz esas ideas pues éstas anularán todas tus buenas acciones. Bienaventurado aquel que lleva su cruz con cuidado y humildad porque el Señor no permitirá que una persona así vaya a la perdición sino que le dará el Espíritu Santo que lo guiará y lo fortalecerá.

    Para seguir a Jesús no sólo es necesario llevar únicamente la cruz exterior. Pues tales cruces las llevan todos los hombres y no tan sólo los cristianos, pues no existen persona alguna que no sufra ningún tipo de desdicha. Pero quien quiera ser un verdadero alumno de Jesucristo debe llevar además la cruz interna.

    “La cruz interna” es más fácil de encontrar que la externa. Solo hace falta dirigir, con un sentido de arrepentimiento, los pensamientos hacia adentro de uno y observar el alma, y con esto, aparecerán numerosas cruces. Piensa, por ejemplo, cómo surgiste y para qué estás en esta tierra. ¿Vives tú como enseña la fe cristiana? Préstale la debida atención a esto y comprenderás rápidamente que fuiste creado por Dios para cooperar con todos tus actos, con tu vida y con todo tu ser en la propagación del bien y, con esto, en la glorificación del santo Nombre de Dios. Pero tú no sólo no Lo glorificas sino que, por el contrario, Lo ofendes con tus pecados. Piensa después en qué te aguarda después de la muerte y en qué lugar estarás en el momento del Juicio Final, ¿estarás con los justos o con los pecadores? Y si te pones a pensar en eso llegarás involuntariamente a turbarte y empezarás a lamentarte por mucho de lo que dijiste e hiciste y esto será el comienzo de tu cruz interior. Y si te sigues mirando con más atención encontrarás otras cruces internas. Por ejemplo, el infierno, sobre el que antes pensabas en tan contadas ocasiones y con tanta indiferencia, empezará a aparecer ante ti con todos sus horrores. El paraíso que el Señor te preparó y sobre el que tú tan poco pensaste se presentará de manera viva ante ti como lo que es, un lugar de alegrías puras y eternas que tu estás perdiendo por tu superficialidad y por tus pecados.

    Si tú, a pesar de los sufrimientos interiores que te provocan estos pensamientos, decides con firmeza arrepentirte y corregirte y le rezas a Dios con toda sinceridad, sin distraerte con los placeres de la vida, por tu salvación y te entregas enteramente a Su voluntad, El Señor te empezará a mostrar con más claridad las enfermedades de tu alma para que puedas curarte completamente. Sucede que nuestra enfermedad interior se esconde de nuestra vista por una corteza de amor propio y pasiones. Lo que nosotros vemos a veces gracias a nuestra conciencia son solamente las llagas más grandes y evidentes. El diablo, el enemigo de nuestra salvación, sabe cuán salvador es para nosotros entender nuestra enfermedad moral y usa todo tipo de astucias para dificultarnos ese entendimiento y hacernos creer que todo está en orden.

    Cuando el diablo ve que la persona está seriamente ocupada con la corrección de su vida y que empieza a curarse con la ayuda de Dios, utiliza otro método más astuto todavía: descubre ante la persona su enfermedad moral de un modo tan terrible y desesperante que la persona se asusta y aleja de sí toda esperanza de corregirse. Si El Señor le permitiera al diablo usar este ultimo método no muchos de nosotros podrían evitar la desesperación. El Señor, como un médico experto, nos muestra nuestras llagas del alma poco a poco y nos da aliento a medida que nos curamos.

    De esta manera, cuando Jesús ilumine la visión de tu alma, empezarás a tomar conciencia más claramente de que tu corazón esta dañado y que tus pasiones te impiden acercarte a Dios. Empezarás a entender también que lo poco que tienes de bueno está contaminado de amor propio y soberbia. Entonces irremediablemente te pondrás triste y el miedo y la pena te dominarán. Miedo por la amenaza de perdición que pende sobre ti y pena por no haber escuchado por tan largo tiempo la mansa voz del Señor que te llamaba al Reino de los Cielos y por haber hecho tan poco el bien.

    Aunque la cruz interior se te presente pesada no te desesperes y no pienses que el Señor te dejó. ¡No! Él siempre está contigo y te da fuerzas incluso cuando tu te olvidas de Él. Él no permitirá pruebas por encima de tus fuerzas. No le temas a nada y ten paciencia y reza con total sumisión y devoción. Pues Él es el Padre nuestro más bueno que pudimos desear tener. Si alguna vez Él permite que una persona entregada a Él entre en tentación es para mostrarle más claramente su propia debilidad y limpiar completamente su corazón en el que Él tiene pensado habitar con Su Hijo y con El Espíritu Santo.

    En momentos de pena no busques consuelo en la gente. Las personas no espirituales no tienen experiencia en los temas de la salvación y son malos consejeros. Haz que el Señor te ayude, te consuele y te guíe y pídele ayuda únicamente a Él. Es mucho más bienaventurada la persona a la que el Señor le envía penas pues éstas curan el alma. Sobrellevando penas el cristiano se asemeja a Jesucristo y por esto las penas son una benevolencia especial de Dios y una señal de Su empeño en la salvación de la persona.

    Si tu vas a llevar la cruz con sumisión a la voluntad de Dios y no vas a buscar consuelo en otro lugar que no sea en el Señor, Él por Su misericordia no te dejará sin consuelo y estará en contacto con tu corazón y te comunicará los dones del Espíritu Santo. Entonces sentirás una dulzura inimaginable, una tranquilidad y una alegría asombrosas que nunca antes habías sentido y sentirás simultáneamente un aumento de tus fuerzas espirituales, facilidad para la oración y una fe sólida. Entonces tu corazón prenderá de amor a Dios y al prójimo. Todos estos son dones del Espíritu Santo.

    Cuando El Señor te dé este don, no lo consideres de ninguna manera una recompensa por tus esfuerzos y no pienses que alcanzaste la santidad. Tales pensamientos son frutos de la soberbia, que entró tan profundamente en nuestras almas que incluso puede tener lugar en una persona capaz de hacer milagros. Estas consolaciones y este acercamiento del Espíritu Santo no son un premio sino una gracia. El Señor te da para probar los bienes que les preparó a los que Lo quieren para que tú busques con más empeño aún lo celestial.

    Por último, el discípulo de Jesucristo debe ir tras Él. Esto significa que hay que tratar de imitar en cada uno de los actos y actitudes propios los actos y las actitudes de Jesucristo. Debemos vivir y actuar como vivió y actúo Jesús. Por ejemplo, Jesucristo Le agradecía frecuentemente a Su Padre Celestial y Le rezaba constantemente. De igual manera nosotros también debemos agradecerle a Dios y rezarle en todas las circunstancias de la vida, sean estas exitosas o difíciles. Jesucristo respetaba a Su Purísima Madre y obedecía a las autoridades. De igual manera nosotros debemos respetar a nuestros padres y educadores, respetar a las autoridades, someternos a los gobiernos en aquellas cosas que no contradigan la Ley del Todopoderoso.

    Jesucristo cumplía con empeño y amor la tarea por la que vino al mundo. De igual manera nosotros debemos cumplir las obligaciones que nos fijan Dios y el Estado con empeño y a conciencia.

    Jesucristo quería a todas las personas y les hacía el bien a todos. Así también nosotros debemos querer a nuestros prójimos y hacerles el bien, en la medida de nuestras posibilidades, con hechos, palabras y pensamientos. Jesucristo entregaba todas sus fuerzas para la salvación de la gente. De igual manera nosotros no debemos escatimar ni nuestras fuerzas ni nuestra salud para el bien de los demás.

    Jesucristo sufrió y murió por nosotros voluntariamente. Por eso no nos debemos quejar cuando nos alcanzan desgracias sino, al contrario, debemos sobrellevarlas con humildad y devoción hacia a Dios. Jesucristo le perdonaba a Sus enemigos todo lo que ellos Le hacían y les deseaba el bien. Nosotros, de igual manera, debemos perdonar a nuestros enemigos, responderles con el bien a su mal y bendecir a quienes nos insultan.

    Jesucristo, Rey del cielo y de la tierra, vivió en la pobreza y obtenía lo necesario para vivir con Su trabajo. De igual manera nosotros debemos ser trabajadores y contentarnos con lo que Dios nos dio y no buscar ser ricos pues, según las palabras del Salvador, es más fácil para un camello pasar por el ojo de la aguja que para un rico entrar al Reino de los Cielos.

    Jesucristo, que era manso y humilde de corazón, nunca buscó los elogios sino que siempre buscó la gloria de Su Padre. Nosotros tampoco debemos exponernos ante los demás. Por ejemplo si le ayudas al prójimo o das limosnas, vives de manera más correcta que los que te rodean, si eres más sabio e inteligente que tus conocidos o si en algún aspecto eres superior a los demás no te enorgullezcas por ello delante de los demás ni internamente porque todo lo que tienes de bueno y elogiable no es tuyo sino que es un don de Dios; lo que sí son tuyos son tus pecados y tus debilidades.

    “Ir tras Cristo” significa aceptar, creer y cumplir todo lo que dijo Jesús con fidelidad y sencillez de corazón. Quien escucha la palabra de Dios es Su alumno y aquel que cumple lo dicho por Él con devoción es un verdadero y querido seguidor de Él.

    Esto es lo que quiere decir negarse a sí mismo, tomar su cruz e ir tras Jesucristo. Éste es el único camino al Reino de los Cielos. Éste es el camino que siguió Jesucristo y es el camino que debemos seguir. No hubo y no habrá otro camino alternativo. A los que lo empiezan el camino les puede parecer angosto y empinado. Pero parece así no porque lo sea en realidad sino porque nosotros tenemos desvirtuadas las nociones de bien y de felicidad. Sentimos lo amargo como dulce y lo dulce como amargo. Sin embargo, a medida que nos acercamos a Dios muchas cosas que antes nos parecían difíciles nos resultarán fáciles y agradables y aquello que nos alegraba antes nos parecerá aburrido y pesado.

    Habrá, por supuesto, también momentos difíciles en los que el camino de ascenso a Dios te parecerá extremadamente dificultoso. Pensemos en esos momentos que por cada paso que hagamos se nos preparan miles de recompensas. Los padecimientos en este camino serán cuestión de minutos mientras que la recompensa por ellos será infinita. Por eso no le temas al camino del Señor pues el camino llano y ancho conduce al infierno mientras que el que es angosto y tiene espinas lleva al Cielo.

    – traducido del ruso por Margarita E. C. Guisasola y Nicolas Vorobiev

El obispo Inocencio (Ivan Popov-Veniaminov antes de su vida monástica) nació en 1797 en el pueblo de Anchinsk en la provincia siberiana de Irkutsk. Perdió a su padre de niño y creció bajo el especial cuidado de Dios. Aprendió sólo a leer y a escribir y ya a los siete años leía perfectamente los Salmos y las Epístolas en la Liturgia. Los feligreses de su iglesia convencieron a la madre para que lo enviara a la escuela e Inocencio fue aceptado en el seminario de Irkutsk, costeado por el gobierno, donde se graduó con excelencia. Se casó en 1821 y fue consagrado sacerdote. En 1823 fue enviado como misionero a Alaska a donde fue con su esposa. Con una elevada abnegación y mucho éxito predicó las enseñanzas de Cristo entre los primitivos aleutianos. Compuso el primer alfabeto y la primera gramática para el idioma Aleutiano y tradujo varios libros de las Sagradas Escrituras, sermones y oficios al idioma aleutiano. Después de varios años en América Inocencio fue a San Petersburgo para obtener ayuda en su trabajo misionero. Mientras estaba allí se le notifica la noticia de la muerte de su señora e ingresa a la vida monástica. En 1840 es consagrado obispo y asignado al obispado de “Kamchatka, islas Kuriles e islas Aleutianas” y aumenta aún más su actividad misionera. Veintiocho años después es trasladado al obispado moscovita por el mismo Metropolitano. Fallece en 1879 y en febrero de 1994 fue canonizado como santo en la catedral “Alegría de los que sufren” de San Francisco junto con el arzobispo Nicolás, el apóstol de Japón.

http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/camino_al_reino.htm

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