“No juzguen y no serán juzgados” (Lucas 6:37-45)

Χριστός Παντοκράτωρ (Cristo Pantokrator), mosaico Deësis de Hagia Sophia, Constantinopla, 1261

Χριστός Παντοκράτωρ (Cristo Pantokrator), mosaico Deësis de Hagia Sophia, Constantinopla, 1261

No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará; una medida buena, apretada, sacudida, rebosante pondrán en el pliegue de sus vestidos. Porque con la medida con que midan se les medirá.» Les añadió una parábola: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Será como el maestro cuando esté perfectamente instruido. ¿Cómo es que miras la astilla que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que saque la astilla que hay en tu ojo”, si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la astilla que hay en el ojo de tu hermano. Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se cosechan uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.


Comentario

Obispo Alejandro Mileant (ruso, siglo XX)

    Un gran mal y tentación para el hombre es la costumbre de hablar mal de otros. El Señor prohíbe severamente juzgar y condenar: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido [Mat 7:1-5].

    Sabemos que el renacimiento espiritual no viene por si solo. Exige una severa verificación de actos, pensamientos y sentimientos, está construido sobre una activa corrección de sí mismo. El hombre que sinceramente pretende vivir en forma cristiana, no puede, a veces, dejar de notar el nacimiento en él de pensamientos malos, impulsos pecaminosos, que aparecen como por si mismos. Venciendo estas tentaciones internas, él sabe por experiencia propia cuan difícil y tensa es la lucha con sus faltas, cuanto esfuerzo cuesta hacerse virtuoso. Por eso, un verdadero cristiano siempre piensa de sí mismo en forma muy modesta, se considera pecador y se entristece por su falta de perfección y pide a Dios perdón de sus pecados y ayuda para mejorar. Tal conciencia sincera de su imperfección vemos en todos los verdaderos justos. Así, por ejemplo, San Apóstol Jacobo escribía que todos nosotros pecamos mucho [Jac 3:2] y San Apóstol Pablo afirmaba que el Señor vino a salvar a los pecadores, de los cuales él era el primero [1Tim 1:15]. San Apóstol Juan el Teólogo pensaba así de aquellos que se consideraban sin pecado: Si decimos que no pecamos; nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros [1Ju 1:8]. Naturalmente, el hombre, que con todas sus fuerzas trata de corregirse, no mostrará curiosidad por los pecados ajenos, mas todavía no encontrará solaz en su difusión.

    Sin embargo, gente, que conoce solo superficialmente la enseñanza Evangélica, y que no viven en forma cristiana, a menudo, son muy atentos en las faltas ajenas y gozan hablando mal de otros. La condenación es el primer signo de la ausencia en el hombre de la vida espiritual. Es todavía peor cuando un descuidado pecador en su ceguera espiritual, trata de enseñar a otros. El Señor pregunta a semejante hipócrita: O ¿como dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? [Mat 7:4]. Bajo la “viga” se puede entender la ausencia en el hombre que juzga de la sensibilidad espiritual — su grosería moral. Si él se preocuparía de la purificación de su conciencia y por experiencia sabría todas las dificultades del camino de la virtud, no se atrevería de proponer a otro sus lastimosos servicios. ¡No es natural para un enfermo tratar de curar a otros!

    Así, según las palabras del Señor, la ausencia de la sensibilidad espiritual es peor que otras faltas, cuanto una “viga” es mas pesada que una paja. Semejante ceguera espiritual demostraron los jefes judíos de los tiempos de la vida terrenal del Salvador — los eruditos y fariseos. Juzgando en forma despiadada a todos, ellos se consideraban solo a sí mismos justos. ¡Hasta en Cristo encontraban faltas y ante todo el pueblo Lo criticaban porque Él no guardaba el sábado, aceptaba comer con publicanos y pecadores! No entendían ellos que el Señor hacía todo esto para la salvación de la gente. Los eruditos y fariseos, escrupulosamente, se ocupaban de los detalles ceremoniales — sobre la limpieza ritual de la vajilla, muebles, sobre el pago del diezmo, sobre la menta y el anís y al mismo tiempo, sin remordimiento eran hipócritas, odiaban y trataban mal a la gente [ver Mat cap. 23]. Llegando a la extrema obnubilación, ellos condenaron a muerte en la cruz al Salvador del mundo y luego ante el pueblo mintieron sobre Su resurrección de los muertos. ¡Con todo esto ellos seguían visitando el templo y largamente oraban para mostrarse! Por eso no es extraño que ahora como entonces, y en todos los tiempos los hipócritas autosatisfechos, parecidos a ellos, encontrarán causas para condenar a otros.

    El Apóstol Jacobo explica que el derecho de juzgar pertenece solo a Dios. Él es el Único Legislador y Juez. Todos los hombres, sin excepción, siendo pecadores en distinto grado, son Sus acusados. Por eso, el hombre que condena a sus prójimos, se apropia para sí el nombre de juez y con esto peca mucho [Jac 4:11]. El Señor dice que cuan mas severamente el hombre juzga a la gente, tanto mas severamente será juzgado por Dios.

    La costumbre de juzgar a otros tiene raíces profundas en la sociedad contemporánea. A menudo, una inocente conversación entre feligreses, sobre cualquier tema, pasa a juzgar a los conocidos. Hay que recordar, que el pecado es un veneno espiritual. Tanto, como la gente que tiene contacto con venenos comunes, se encuentra siempre en peligro de envenenamiento por un contacto descuidado o por respirar sus efluvios, así, también la gente que gusta de hablar sobre las faltas de sus conocidos, con esto contacta el veneno espiritual y se envenena. Por eso no es sorprendente que ellos se impregnen paulatinamente con este mal que condenan. San Marcos el asceta instruía sobre ese tema: “No desees saber las iniquidades de los demás, porque describiéndolas, se graban en ti.” A la gente de alta vida espiritual San Marcos aconsejaba tener compasión de la gente que todavía no había llegado a la altura espiritual. Esta compasión y comprensión, según sus palabras, es necesaria para conservar entero su propio orden espiritual. “El que posee algún talento espiritual y compasión con respeto a los que carecen de esta espiritualidad, con esta compasión, conserva su propio talento” (Amor a la bondad, volumen primero). El gran santo ruso San Serafín de Sarov, saludaba a todos los que venían a él: “¡Alegría mía!” A sí mismo se llamaba siempre como “pobre Serafín.” ¡Este es el verdadero modelo cristiano!

    Prohibiendo condenar (juzgar), el Señor luego explica que no condenar no significa la indiferencia ante el mal y ante todo lo que pasa alrededor. El Señor no quiere que se toleren con indiferencia costumbres pecaminosas en nuestro medio o que se permita a los pecadores un acceso igual al santuario como a los justos. El Señor dice: No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen [Mat 7:6]. Aquí el Señor llama “perros” y “cerdos” a la gente moralmente baja, que se tornó vulgar e incapaz de corregirse. El cristiano debe guardarse de gente así: no revelarles las verdades profundas de la fe cristiana ni dejarles llegar hasta los sacramentos de la Iglesia. Sino ellos pueden burlarse y profanar lo santo. Tampoco es indicado de compartir con los cínicos los sentimientos profundos, abrir ante ellos el alma para que ellos puedan según las palabras del Salvador: No lo pisoteen y se vuelvan y os despedacen [Mat 7:6]. Así en esta parte del Sermón de la Montaña el Señor nos previene contra dos extremos: indiferencia hacia el mal y condena de los prójimos.

– traducido del ruso por Dra. E. Ancibor

http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/sermon_monte.htm

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