“También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir” (Juan 10:9-16)

السيد يسوع المسيح الراعي ( Cristo el Buen Pastor), icono, Monasterio Santa Demiana, Egipto

السيد يسوع المسيح الراعي ( Cristo el Buen Pastor), icono, Monasterio Santa Demiana, Egipto

Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.


El Camino al Reino del Cielo

Introducción, por San Inocencio, obispo de Alaska (Originalmente escrito en el idioma las islas Aleutianas, Alaska, 1833)

    Los hombres no fuimos creados para vivir en la tierra, como los animales que desaparecen después de su muerte, sino con el único fin de vivir con Dios no por cien ni por mil años sino eternamente.

    Cada hombre busca naturalmente la felicidad. Esta tendencia nos fue implantada por El Mismo Creador y por lo tanto no es pecaminosa. Pero es menester saber que aquí, en nuestra vida temporal, es imposible encontrar la felicidad completa pues ésta se encuentra en Dios y no se puede hallar fuera de Dios. Sólo Aquél que es el Bien Supremo y Fuente de toda la vida puede saciar toda la sed de nuestra alma y darnos la alegría superior.

    Los bienes materiales no nos pueden satisfacer totalmente. Debemos saber que todo aquello que deseamos nos gusta sólo mientras no lo tenemos y cuando finalmente lo conseguimos no tarda en aburrirnos. El ejemplo más notable de esto es el del rey Solomon que era tan rico que toda la vajilla en sus palacios era de oro puro. Era tan sabio que reyes y personas de países lejanos venían sólo a escucharlo. Tenía tanta gloria que sus rivales temían su nombre. Él podía satisfacer fácilmente cualquiera de sus deseos y parecía que no había nada que no tuviera o pudiera conseguir. Pero a pesar de todo esto Solomon hasta el fin de su vida no pudo conseguir la satisfacción total. Él describió sus búsquedas de muchos años y sus continuas desilusiones en el “Libro de Eclesiastés” que terminó con la siguiente frase: “¡Todo en el mundo es vanidad y aflicción del espíritu!”

    A semejante convicción llegaron también muchos otros sabios y exitosos de la vida. Por lo visto, en la profundidad de nuestro subconsciente hay algo que nos hace recordar que somos pasajeros en la tierra y que el auténtico bienestar no está en esta vida sino en un mundo distinto, mejor llamado paraíso o Reino de los Cielos. Aunque un hombre fuera dueño de toda la tierra y de todo lo que hay en ella, se podría decir que esto lo mantendría ocupado sólo por un tiempo mientras que el alma inmortal, sedienta de comunicación personal con Dios, quedaría insatisfecha.

    Jesucristo, El Hijo de Dios, vino a este mundo para devolvernos la vida eterna y la felicidad verdadera perdidas. Él le hizo descubrir a la gente que todo su mal está en el pecado y que nadie puede vencer al mal en su persona ni acercarse a Dios con sus propios esfuerzos. El pecado asentado en nuestra naturaleza como una alta pared nos separa de Dios. Si el Hijo de Dios, por Su misericordia, no hubiera descendido a la tierra ni hubiera tomado nuestra naturaleza humana ni hubiera vencido con Su muerte al pecado toda la gente se habría perdido inexorablemente.

El Camino al Reino del Cielo, (tr. del ruso por Margarita E. C. Guisasola y Nicolas Vorobiev)

El libro completo en español se puede encontrar en http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/camino_al_reino.htm


San Inocencio (Rusia, Alaska, siglo XIX)

Conmemorado el 6 octubre

    Pintura por Mikhail Shankov

    Pintura por Mikhail Shankov

    El obispo Inocencio (Ivan Popov-Veniaminov antes de su vida monástica) nació en 1797 en el pueblo de Anchinsk en la provincia siberiana de Irkutsk. Perdió a su padre de niño y creció bajo el especial cuidado de Dios. Aprendió sólo a leer y a escribir y ya a los siete años leía perfectamente los Salmos y las Epístolas en la Liturgia. Los feligreses de su iglesia convencieron a la madre para que lo enviara a la escuela e Inocencio fue aceptado en el seminario de Irkutsk, costeado por el gobierno, donde se graduó con excelencia. Se casó en 1821 y fue consagrado sacerdote. En 1823 fue enviado como misionero a Alaska a donde fue con su esposa. Con una elevada abnegación y mucho éxito predicó las enseñanzas de Cristo entre los primitivos aleutianos. Compuso el primer alfabeto y la primera gramática para el idioma Aleutiano y tradujo varios libros de las Sagradas Escrituras, sermones y oficios al idioma aleutiano. Después de varios años en América Inocencio fue a San Petersburgo para obtener ayuda en su trabajo misionero. Mientras estaba allí se le notifica la noticia de la muerte de su señora e ingresa a la vida monástica. En 1840 es consagrado obispo y asignado al obispado de “Kamchatka, islas Kuriles e islas Aleutianas” y aumenta aún más su actividad misionera. Veintiocho años después es trasladado al obispado moscovita por el mismo Metropolitano. Fallece en 1879 y en febrero de 1994 fue canonizado como santo en la catedral “Alegría de los que sufren” de San Francisco junto con el arzobispo Nicolás, el apóstol de Japón.

(http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/camino_al_reino.htm)

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