La Concepción de San Juan el Bautista (Lucas 1:5-25)

Icono moderno de la Concepción de San Juan Bautista, Iconografía Bizantina, Athens, Greece

Icono moderno de la Concepción de San Juan Bautista, Iconografía Bizantina, Athens, Grecia

Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, cierto sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, que tenía por mujer una de las hijas de Aarón que se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y se conducían intachablemente en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, porque Elisabet era estéril, y ambos eran de edad avanzada. Pero aconteció que mientras Zacarías ejercía su ministerio sacerdotal delante de Dios según el orden indicado a su grupo, conforme a la costumbre del sacerdocio, fue escogido por sorteo para entrar al templo del Señor y quemar incienso. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora de la ofrenda de incienso. Y se le apareció un ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se turbó, y el temor se apoderó de él. Pero el ángel le dijo: No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y lo llamarás Juan. Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán por su nacimiento. Porque él será grande delante del Señor; no beberá ni vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre. Y él hará volver a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios. E irá delante de El en el espíritu y poder de Elías PARA HACER VOLVER LOS CORAZONES DE LOS PADRES A LOS HIJOS, y a los desobedientes a la actitud de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. Entonces Zacarías dijo al ángel: ¿Cómo podré saber esto? Porque yo soy anciano y mi mujer es de edad avanzada. Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte estas buenas nuevas. Y he aquí, te quedarás mudo, y no podrás hablar hasta el día en que todo esto acontezca, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su debido tiempo. Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de su tardanza en el templo. Pero cuando salió, no podía hablarles, y se dieron cuenta de que había visto una visión en el templo; y él les hablaba por señas, y permanecía mudo. Y cuando se cumplieron los días de su servicio sacerdotal, regresó a su casa. Y después de estos días, Elisabet su mujer concibió, y se recluyó por cinco meses, diciendo: Así ha obrado el Señor conmigo en los días en que se dignó mirarme para quitar mi afrenta entre los hombres.


Comentario

San Gregorio de Palamás (Grecia, siglo XIV)

    Si la muerte de sus fieles le cuesta mucho al Señor y si el recuerdo del justo será perpetuo, ¿cuánto más no deberemos alabar el recuerdo de Juan, que llegó a las más aireadas cimas de la santidad y de la justicia, que saltó de gozo y fue el Precursor y heraldo del Verbo de Dios hecho carne por nosotros? De él dijo y afirmó Jesús que era el mayor de todos los profetas, santos y justos de este mundo. Si esto dijo de él, nada pueden añadir todas las alabanzas humanas, pues no necesita nuestros panegíricos quien recibió el testimonio y el favor del unigénito Hijo de Dios. Por tanto, mejor sería callarnos en presencia de aquel a quien la Escritura llama Voz de la Palabra del Altísimo. Pero puesto que recibió de Cristo, Señor de todo, tal testimonio y tamaño calificativo, que toda lengua fiel —en la medida de sus posibilidades— le cante un himno, no cierto, para añadir nada a semejante alabanza —¿cómo podríamos hacerlo?—, sino para pagarle una deuda. Por tanto, que cada cual cante con su lengua y proclame al unísono todas las maravillas que en Juan se han realizado.

    Toda la vida del que fue el más grande de los nacidos de mujer, es una sucesión de milagros. Y no sólo la vida de Juan —profeta antes de nacer y máximo entre los profetas—, sino todo lo que a él se refiere, tanto antes de su nacimiento como después de su muerte, sobrepasa los verdaderos milagros. En efecto, las predicciones que de él hicieron los más preclaros profetas lo llaman no hombre, sino ángel, antorcha luciente, astro radiante dotado de luz divina, precursor del Sol de justicia y Voz del mismo Verbo de Dios.

    ¿Qué más cercano y afín a la Palabra de Dios que la Voz de Dios? Al acercarse su concepción, un ángel venido del cielo sana la esterilidad de Zacarías y de Isabel, prometiéndoles que en su avanzada vejez engendrarán un hijo los que eran estériles desde su juventud, y asegurándoles que muchos se alegrarían de aquel nacimiento, que traerá a todos la salvación. En efecto, será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; además se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor; con el espíritu y poder de Elías. Como éste, permanecerá virgen, habitará como él en el desierto y corregirá a los reyes y reinas culpables. Pero le superará principalmente por ser el Precursor de Dios, pues irá delante de él.

    No siendo el mundo digno de él, desde los más tiernos años vivió habitualmente en el desierto, sin angustias, sin preocupaciones, llevando una vida tranquila, viviendo sólo para Dios, viendo únicamente a Dios y haciendo de Dios todas sus delicias. Vivirá, pues, en un lugar solitario de la tierra: Vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

    Y así como hubo una hora en que el Señor, movido por su inefable clemencia para con nosotros pecadores, descendió del cielo, así también la hubo para que, por nosotros, Juan saliera del desierto a cumplir la voluntad de Dios. Y se mostró un ministro tal de la sobreabundante clemencia y de la bondad divina para con los hombres arrojados en el abismo del pecado, que, por su gran virtud, de tal modo atrajo a Dios a cuantos le veían, convirtiéndolos con sus milagros y mostrándoles su vida intachable, que no hubo otro igual a él. Exhortaba con una predicación digna de su santa vida, prometía el reino de los cielos, amenazaba con el fuego inextinguible y señalaba a Cristo como rey de la gloria, y decía: Tiene un bieldo en la mano: aventará la parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.

– Homilia XL

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