Jesús envía a los doce (Marcos 6:7-13)

Duccio di Buoninsegna, Apparizione sui monti di Galilea (1311)

Duccio di Buoninsegna, Apparizione sui monti di Galilea (1311)

Entonces llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos; y les ordenó que no llevaran nada para el camino, sino sólo un bordón; ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinto; sino calzados con sandalias. No llevéis dos túnicas —les dijo—y dondequiera que entréis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de la población. Y en cualquier lugar que no os reciban ni os escuchen, al salir de allí, sacudid el polvo de la planta de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y saliendo, predicaban que todos se arrepintieran. Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.

Comentario por San Juan Crisostomo (siglo IV):

    En cualquiera ciudad o aldea en donde entréis, informaos de quién hay ahí digno, y quedaos ahí hasta que partáis. Como si les dijera: No porque os dije: El obrero es acreedor a su sustento, ya por eso os he abierto las puertas de par en par y de todos, sino que también en esto espero de vosotros grande cuidado; porque esto mismo será para vosotros alabanza y honor y aun para el alimento os vendrá bien. Porque si el que os hospeda es persona digna, os dará plenamente vuestro alimento, en especial si no pedís sino lo necesario. Ni sólo ordena que se busquen personas dignas, sino que prohíbe andar de casa en casa, tanto para no molestar al que los hospeda, como para no parecer ellos gente ligera y dada a la crápula. Esto fue lo que declaró con aquellas palabras: Permaneced ahí hasta que partáis. Así se ve también por los otros evangelistas.

    ¿Observas de qué manera hace a los discípulos más honorables y a los hospedadores más diligentes, demostrándoles cómo llevan máximas ganancias, tanto en gloria como en provecho?

    Y sigue luego la misma materia: Entrando en la casa, saludad la. Si la casa fuere digna, venga sobre ella vuestra paz; si no lo fuere, vuelva vuestra paz a vosotros. ¿Observas cómo ordena esto minuciosamente? Y con razón. Está instruyendo a los atletas de la religión y preparando a los pregoneros de todo el orbe; y por estos caminos los hace más moderados y más amables.

    Y añade: Si no os reciben y no escuchan vuestras palabras, saliendo de aquella casa o de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que más tolerable suerte tendrá la tierra de Sodoma y Gomorra en el día del juicio que aquella ciudad.

    Como si les dijera: no porque enseñáis, esperéis que otros os saluden primero, sino adelantaos a hacerles este honor. Y luego para declarar que no se trata de un simple saludo, sino de una bendición, dice: si esa casa fuere digna, vendrá la bendición sobre ella; pero si es casa de querellas, el primer castigo será que no gozará de paz; y el segundo que será castigada como Sodoma. Y si dijeren: ¿qué tenemos que ver con esos castigos? les responde: tendréis casas más dignas.

    Y ¿qué significa: sacudid el polvo de vuestros pies? Es para testificar que nada han recibido de ellos, o bien en testimonio del largo camino emprendido para ir a ayudarlos. Por lo demás considera cómo no les da todo de una vez. No les concede la preciencia para poder de antemano saber quiénes son dignos y quiénes indignos; sino que les ordena explorar e ir experimentando y examinando. Entonces ¿por qué El convivía con el publicano? Porque el publicano se había hecho digno mediante la conversión Advierte cómo, tras de despojarlos de todo, les da todo al mandarles que permanezcan en la casa de los discípulos y entren en ella sin llevar nada. Con esto quedan libres de toda solicitud y persuadirán a los discípulos de que no venían con alguna otra finalidad, sino su salvación; tanto por llegar sin nada como por sólo pedir lo necesario y finalmente por no hospedarse con todos sin previo examen.

    No quiso que brillaran únicamente por los milagros, sino mucho más por la virtud que por los milagros; ya que nada caracteriza mejor una doctrina y virtud como el nada poseer superfluo y que en cuanto sea posible de nada se necesite. Así lo sabían incluso los falsos apóstoles. Por lo que Pablo decía: Para cortar toda ocasión a los que buscan encontrar algo en que gloriarse igual que nosotros. Si cuando vamos de viaje a una región extraña y estamos entre gente desconocida no hay que buscar otra cosa que el diario alimento, mucho más debemos hacerlo cuando estamos hospedados en una casa.

    Pero tales cosas no únicamente oigámoslas, sino imitémoslas. No se han dicho para sólo los apóstoles, sino para todos los futuros fieles. Seamos dignos de semejante herencia. La paz a veces va y a veces viene, conforme a la voluntad de los que la reciben. Esto depende no sólo de la virtud y potestad del que enseña, sino además de la dignidad de los que lo reciben. Y no pensemos ser poco daño que no disfrutemos de esa paz. Semejante paz profetizaba Nahum al decir: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian la paz. Y luego, declarando cuan digna sea, añade: De los que anuncian los bienes. Y también Cristo predicó sus grandezas diciendo: La paz os dejo, mi paz os doy. No omitamos medio alguno para gozarla, tanto en el hogar como en la iglesia.

    En la iglesia dé la paz el que preside. Ésto es tipo y figura de Cristo; y conviene recibirlo con gran anhelo, antes con el corazón y el ánimo mismo, que en la mesa sagrada. Pues si es cosa que apena no hacerse participante de la mesa ¿cuánto más penoso será echarlo y rechazarlo cuando habla? Por ti se sienta aquí el presbítero, por ti está presente el maestro fatigado y trabajado. Pues ¿qué excusa tendrás si tú no tienes paciencia ni siquiera para escucharlo? Casa común es la iglesia y entramos en ella nosotros precedidos de vosotros, guardando la forma y ejemplo que los apóstoles nos dieron. Por esto, según la ley puesta por Cristo, apenas entrados, a todos vosotros y juntamente os damos la paz.

    Así, pues, que nadie se muestre negligente y perezoso cuando los sacerdotes, tras de haber entrado, dan la paz; porque semejante negligencia acarrea no pequeño castigo. Yo preferiría ser mil veces despreciado al entrar en vuestra casa que no ser escuchado aquí cuando os hablo. Esto me sería más pesado que aquello, puesto que mucho más digna es esta casa: ¡aquí está el depósito de nuestros mayores tesoros y toda nuestra esperanza! ¿Qué hay aquí que no sea tremendo? ¿qué hay que no sea grande? Esta mesa sagrada es con mucho, más honorable y dulce que la de tu casa; esta lámpara, más que tu lámpara. Lo saben cuantos a tiempo han sido ungidos con este óleo y han recobrado la salud. También esta arca es mucho mejor que la que tú tienes y más necesaria: no encierra vestidos, sino limosnas, aunque sean aquí pocos los que tienen la virtud de hacer limosnas. También el lecho es más excelente; por la lectura de las Letras Sagradas es más suave que cualquier lecho. Si tuviéramos concordia, no tendríamos otra casa.

    Que lo que aquí yo ahora aconsejo no sea laborioso lo testifican aquellos tres mil y aquellos cinco mil hombres que tenían juntos una misma casa, una misma mesa y una sola alma. Pues dice: La multitud de los que habían creído tenía un corazón y un alma sola. Pero cómo estamos tan distantes de la virtud de aquéllos y nos encontramos separados en diversas casas, a lo menos cuando aquí nos reunimos procuremos esa concordia cuidadosamente. Si en otras partes somos mendigos y pobres, aquí todos somos ricos. En consecuencia, a lo menos cuando aquí entramos recibidnos con amor. Y cuando os digo: La paz sea con vosotros, contestad: Y con tu espíritu; pero no con la voz únicamente, sino con todo el ánimo. Mas si cuando aquí dices: Paz también a tu espíritu, luego allá fuera me combates, me escupes, me maldices, me acometes con infinitos insultos ¿qué clase de paz es ésa?

    Por mi parte, aun cuando un sinnúmero de veces me maldigas, de corazón sincero té digo y doy la paz y con ánimo pleno; ni puedo desearte mal alguno porque llevo entrañas de padre. Y si algunas veces te reprendo lo hago movido de tu interés. Tú, en cambio, a escondidas me muerdes; y cuando no me recibes en la casa del Señor, temo que vas a aumentar mi tristeza, no porque me has injuriado, ni porque me has cerrado la puerta sino porque tú has rechazado la paz y has acarreado sobre ti un grave castigo. Aunque yo no sacuda el polvo de mi calzado, aunque no me aparte, sin embargo, permanece firme la amenaza del castigo.

    Por mi parte, con frecuencia os repito y doy la paz, y no cesaré de darla; y si me recibís con injurias, ni aún así sacudiré el polvo; y no porque no obedezca al Señor, sino porque ardo en caridad vehemente para con vosotros.

    Por lo demás, yo no he llevado a cabo por vosotros nada arduo; no he emprendido largas peregrinaciones; no me he llegado en hábito pobre y penitente; y es preciso que yo me acuse delante de todos. Yo no vine descalzo ni sin dps túnicas; y quizás en virtud de esto os habéis descuidado de vuestros intereses espirituales. Pero, a pesar de todo, nada de eso os sirve de disculpa, aunque nuestro pecado sí resulta mayor; pero esto no os alcanza a vosotros el perdón. En aquellos tiempos apostólicos ¡a casa común era la iglesia. Entonces en aquella casa no se tenían pláticas seglares. Ahora en cambio en la iglesia no se tiene conversación alguna espiritual, sino que venís acá incluso a tratar negocios propios de la plaza. Hablando acá Dios, ni siquiera lo oís en silencio, sino que, por el contrario, habláis de negocios del siglo; y ojalá hablarais únicamente de lo que os atañe, pero habláis y escucháis lo que nada tiene que ver con vosotros. Por esto lloro y no cesaré de llorar. Porque no puedo marcharme de esta casa, sino que es necesario que en ella permanezca, hasta que salgamos de la vida presente.

    Recibidnos, pues, como lo ordena Pablo. Porque no hablaba él de la mesa, sino de la buena voluntad y disposición de ánimo. Y esto es lo que pedimos de vosotros: caridad, amor ardiente y sincero. Si tales disposiciones no traéis, a lo menos amaos los unos a los otros, haciendo a un lado toda la tibieza presente. Esto bastará para nuestro consuelo: ver que procedéis correctamente y que mejoráis en las costumbres. Por mi parte, os mostraré mayor caridad aún, aun cuando, amándoos más fervorosamente, sea menos amado de vosotros. Muchos lazos nos unen: tenemos delante una mesa común; tenemos un mismo Padre; todcs nacimos de un parto espiritual; se nos ha dado una misma bebida; ni solo la misma bebida, sino el tomar del mismo cáliz. Porque nuestro Padre y pastor, queriendo unirnos en mutua caridad, nos dio a que bebiéramos de un mismo cáliz, lo que es señal de suma caridad.

    Diréis que no somos dignos de los apóstoles. Por mi parte lo confieso, y nunca lo negaré, pues no podemos compararnos ni con la sombra de ellos Sin embargo, cumplid vosotros con vuestro deber. De esto jamás os avergonzaréis y os será de gran utilidad. Cuando aun para quienes somos indignos mostrareis tan grande caridad, tan grande obediencia, seréis sin duda en forma mayor recompensados. Y en esto no hablemos cosas nuestras ni tenemos maestro acá sobre la tierra; sino que os damos lo que recibimos y por lo que os damos no pedimos nada en recompensa, sino únicamente vuestra caridad en pago. Y si aun de vuestra caridad no somos dignos, creo que pronto lo seremos, a lo menos porque sinceramente os amamos. Tenemos el mandato de amar no sólo a quienes nos aman sino también a nuestros enemigos. Y ¿quién será tan brutal e inhumano que habiendo recibido este mandato aborrezca y odie a quienes lo aman, aun cuando lo supongamos llenos de vicios? Hemos participado de la misma mesa espiritual, seamos consortes de la misma caridad. Si los ladrones cuando comen juntos olvidan su fiereza ¿qué excusa tendremos nosotros que participamos del mismo cuerpo de Cristo, pero no imitamos ni siquiera esa mutua mansedumbre de los ladrones?

    Para muchos no ya la mesa común, sino el solo ser de la misma ciudad bastó para la amistad. Pues nosotros que tenemos comunes la ciudad y la casa y la calle y la puerta y la raíz y la vida y la cabeza y el Pastor y el Rey y el maestro y el Juez y el Creador y el Padre y en fin todo común ¿de qué perdón seremos dignos si mutuamente andamos en discordias? ¿Buscáis quizá los mismos milagros que aquellos primitivos hacían cuando se presentaban limpiando a los leprosos, echando los demonios, resucitando a los muertos? Pero precisamente lo propio de nuestra nobleza y la gran señal de caridad es el que creáis en la palabra de Dios sin esas prendas. Dios ha cesado de hacer milagros para eso; pero además os presentaré otro motivo. Pues si habiendo cesado los milagros, se entregan a la predicación los que están dotados de otras cualidades, como la amplitud en la doctrina o la excelencia en la piedad, y soberbios con eso se apartan de los demás ¿qué cismas y divisiones no habría si se les añadiera el carisma de los milagros?

    Y que esto no lo digo por meras conjeturas, lo testifican los corintios, quienes por ese motivo se dividieron en bandos. No busques milagros sino la salvación de tu alma; no anheles ver a un muerto resucitado; no anheles ver a un ciego sanado; sino advierte cómo ahora todos ven con una vista mejor y más útil y aprende de aquí a usar con más moderación tus miradas y a corregir tus ojos. Si la vida de todos nosotros fuera la que debe ser, los gentiles nos admirarían más que si hiciéramos milagros. Al fin y al cabo, los milagros con frecuencia no se reputan por tales milagros y están sujetos affinchas sospechas perversas; aunque a la verdad nuestros milagros evangélicos no son de semejante naturaleza. En cambio, la verdadera virtud cierra todas las bocas.

    Apliquémonos, pues, a la virtud, pues muchas riquezas contiene y es grandemente admirada. Ella engendra la verdadera libertad, de tal manera que aún en la esclavitud se hace notar.

    Y esto, no porque saque de la esclavitud sino porque hace a los esclavos más excelentes que a los libres, cosa de mayor precio que la libertad material. No hace rico al pobre; pero aunque éste permanezca pobre, lo hace más opulento que al rico. Si quieres hacer milagros, líbrate del pecado y ya los habrás hecho. Por que, carísimo, gran demonio es el pecado y si lo echas fuera, habrás hecho una obra más eximia que quien expulsa a mil demonios.

    Oye á Pablo que dice, anteponiendo la virtud a los milagros: Aspirad a los dones mejores; y todavía os demuestro un caminó mejor. Y al exponer este camino, no habla de muertos resucitados ni de leprosos limpiados ni de alguna otra cosa semejante, sitio que en lugar de todo eso, habla de la caridad. Oye también a Cristo que dice: no os alegréis de que los espíritus os estén sometidos, sino de que vuestros nombres están es-critos en los cielos! Y ya antes había dicho: Muchos me dirán en aquel día: ¡Señor, Señor! ¿no profetizamos en tu nombre y en nombre tuyo atrojamos los demonios y en nombre tuyo hicimos muchos milagros? Y yo entonces les diré: Nunca os conocí.

    Y cuando iba hacia la cruz, llamó a sus discípulos y les dijo: En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis caridad los unos para con los otros; y no en sí arrojáis demonios. Y también: En esto conocerán todos que tú me enviaste: no en sí resucitan muertos, sino si son uno.

    Con frecuencia los milagros han ayudado para esto y han ayudado a otros, pero han dañado al que los hace arrojándolo a la vanagloria y a la hinchazón, o en fin de algún otro modo. Pero en las buenas obras no cabe esta sospecha, pues ayudan a quien las ejercita y a otros muchos. Practiquémoslas con gran diligencia. Si de tu inhumanidad te conviertes a dar limosna, ya habrás extendido la mano seca. Si absteniéndote del teatro entras en la iglesia, ya habrás sanado a un cojo. Si apartas tus ojos de una meretriz y de la belleza ajena, los ojos que antes estaban ciegos los habrás abierto. Si en vez de las canciones diabólicas aprendes los salmos, habiendo sido antes mudo por fin hablas. Milagros grandísimos son éstos y potentes y eximios. Perseveremos en hacer estos milagros y ellos son los que nos harán grandes y admirables y atraeremos a la virtud a todos los perversos y gozaremos de la gloria futura. Ojalá que todos la consigamos, por gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo a quien sea la gloria por infinitos siglos de los siglos. Amén.

– Homilías Sobre el Evangelio de San Mateo, Homilia XXXII (tr. del griego por Padre Rafael Ramírez Torres, SJ)

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