No hay profeta sin honra sino en su propia tierra (Marcos 6:1-7)

"Nazaret - judío para siempre!" (Aviso por el Alcalde sionista de Nazaret, 2013)

“Nazaret – judío para siempre!” (Aviso por el Alcalde sionista de Nazaret, 2013)

ezquita en el centro de Nazaret

Mezquita en el centro de Nazaret

El se marchó de allí y llegó a su pueblo; y sus discípulos le siguieron. Cuando llegó el día de reposo comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos que le escuchaban se asombraban, diciendo: ¿Dónde obtuvo éste tales cosas, y cuál es esta sabiduría que le ha sido dada, y estos milagros que hace con sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban a causa de El. Y Jesús les dijo: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro; sólo sanó a unos pocos enfermos sobre los cuales puso sus manos. Y estaba maravillado de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor enseñando. Entonces llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.

Una explicación de este pasaje (por Teofilacto de Ohrid, siglo 11):

Aunque Jesús sabía que sería rechazado por la gente de Nazaret, se fue a fin de que no sería capaz de decir más tarde: “Si Él hubiera venido aquí, habríamos creído.” Deberían haber estado contento de que Él trajo honor a su ciudad, pero en vez de eso lo despreciaba por su origen humilde. La envidia es una cosa terrible. Siempre pone las cosas buenas en la oscuridad para que la persona envidiosa ni siquiera puede verlos

Jesús podía hacer obras poderosas no a causa de Su propia debilidad, pero a causa de la incredulidad de ellos. Además, Él no hace ningún milagros, a fin de evitarles aún mayor condenación. Debemos entender que la realización de milagros requiere dos cosas: el poder de quien los hace y la fe de aquellos que los reciben.

Los hermanos de Jesús

Los hermanos y hermanas de Jesús, eran hijos de José por un matrimonio previo, y primos, pues en ningún lugar de la Escritura se les llama hijos de María. La palabra usada en el griego original puede significar hermano o primo. Si hubieran sido ellos hijos de María, Jesús no habría confiado el cuidado de Su madre a Juan cuando Él fue crucificado y murió.


El Señor tuvo hermanos y hermanas, los hijos de José que engendró por la esposa de su hermano Cleofás. Para cuando Cleofas murió sin hijos, José tomó a su esposa, de acuerdo con la ley y tuvo seis hijos con ella, cuatro varones
[Santiago, José, Simón y Judas – Mt 13:55] y dos niñas, María, que se llamaba la hija de Cleofás, de conformidad con la ley, y Salomé (Teofilacto de Ohrid, Explicación del Evangelio según San Mateo

En el siglo cuarto, San Juan Crisóstomo escribió:

Dijo lo que tenía que decirte o sea que la Virgen hasta el parto permaneció intacta. En cambio, lo que de su afirmación se seguía como consecuencia, y además era bien claro, lo dejó a tu buen entender. Por cierto que aquel varón justo jamás se habría atrevido a tocar a aquella Virgen que tan maravillosamente había sido hecha Madre y había merecido tan nuevo y desacostumbrado embarazo.

Si la hubiera conocido y tomado y usado como mujer ¿cómo Jesús la hubiera encomendado al discípulo, como si ella no tuviera esposo, ordenándole que la tomara como a su madre?

Dirás que entonces ¿cómo es que Santiago y otros son llamados hermanos de Jesús? ¿Cómo se explica que María fuera tenida como esposa de José? Fue porque muchos velos se interpusieron para ocultar el modo de este parto. Por eso Juan los llama así con estas palabras: Porque ni sus hermanos creían en él. Y sin embargo, los que primero no creían, fueron después admirables y preclaros creyentes. Así, cuando Pablo, para esclarecer su doctrina subió a Jerusalén, buscó al punto a Santiago, tan admirable que fue el primer obispo de aquella ciudad. Y cuentan de él que llevó tan áspero género de vida que parecían muertos todos sus miembros; y que por la continuidad de su oración y que frecuentemente se prosternaba en el pavimento, su frente se había endurecido en tal grado que casi había contraído la rudeza de la piel en las rodillas del camello: tanta era la frecuencia con que la aplicaba al pavimento.
(HOMILÍA V Sobre el Evangelio de San Mateo)

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