Jesús sana a una mujer (Marcos 5:24-34)

Paolo Veronese, Cristo e la donna con il flusso di sangue

Paolo Veronese, Cristo e la donna con il flusso di sangue

Y una mujer que había tenido flujo de sangre por doce años, y había sufrido mucho a manos de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, sino que al contrario, había empeorado; cuando oyó hablar de Jesús, se llegó a El por detrás entre la multitud y tocó su manto. Porque decía: Si tan sólo toco sus ropas, sanaré. Al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su aflicción. Y enseguida Jesús, dándose cuenta de que había salido poder de El, volviéndose entre la gente, dijo: ¿Quién ha tocado mi ropa? Y sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te oprime, y dices: “¿Quién me ha tocado?” Pero El miraba a su alrededor para ver a la mujer que le había tocado. Entonces la mujer, temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que le había sucedido, vino y se postró delante de El y le dijo toda la verdad. Y Jesús le dijo: Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz y queda sana de tu aflicción.

La explicación de este pasaje (Teofilacto de Ohrid, siglo 11):

Esta mujer tenía una gran fe – pensó que simplemente tocar el manto de Jesús le ayudaría. Y, de hecho ella fue sanada. Debemos entender que la naturaleza humana también tiene “un problema de la sangre.” No podía ser curado por los muchos médicos, es decir los sabios de este mundo. Pero se cura tan pronto como se toca a Cristo.

Mirad que ninguno de los que se agolpaban alrededor de Jesús realmente lo tocó. Aprendemos un misterio de esto: Los que están en el tumulto y la confusión sólo se agolpan alrededor de Jesús. Pero el que toca a Jesús es el que no rodea la Palabra dentro de sí mismo con agitación y tumulto.

¿Qué pasó con la mujer que había sido sanado?

Santa Verónica llegó a Cesarea de Filipo (Paneas) y fue sanada por nuestro Señor Jesucristo, de una hemorragia que había padecido durante doce años (Mt. 9:20). En acción de gracias, hizo hacer una estatua de bronce, que representaba a Cristo con su mano extendida sobre una mujer arrodillada frente a él. A sus pies, en el zócalo, estaba escrito: Para Dios, el Salvador del mundo, una planta que creció para sanar todas las enfermedades. Verónica colocó la estatua al frente de su casa, de manera que todos los que pasasen pudiesen venerarla y tener presente en su corazón el recuerdo de su modelo, el Dios-Hombre.

Habiendo pasado el resto de su vida en santidad y de una manera agradable a Dios, se durmió en paz, para regocijarse ante la faz del Señor eternamente.


Según una tradición latina, Santa Verónica fue la mujer que secó la cara empapada de sangre del Señor mientras cargaba su Cruz hasta el Gólgota. La imagen del Señor quedó impresa en la prenda, considerada una de las imágenes ‘no hecha por mano humana’. Pero de acuerdo a un escrito apócrifo antiguo, Los Hechos de Pilato, Verónica (Berenice) fue la mujer con flujo de sangre que poseía la imagen de Cristo, la cual presentó al emperador Tiberio en Roma. A su muerte, el precioso retrato le fue dado a San Clemente.
(Arzobispado Ortodoxo Antioqueno en Argentina).

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